El Revolucionario Nº47 (Junio de 2009)
Mes electoral. Casi la totalidad de las noticias que difunden los medios masivos de comunicación se refieren a las próximas legislativas. Los políticos de todo pelaje se lanzaron a desfilar en busca de fama por los más variados programas de radio y televisión. Hasta el matrimonio presidencial, habitualmente renuente a las entrevistas, figuró en los medios. Las calles de todo el país parecen góndolas de un supermercado que ofrece caras de políticos sonrientes y frases que no dicen ninguna cosa. Pareciera que nada más importante ocurre en el país. La propaganda electoral se impone con tanta prepotencia que eclipsa problemas tan graves para el pueblo como la inflación, los despidos, las suspensiones, los desalojos y la epidemia de dengue.
Todos los partidos políticos de esta democracia se encuentran en plena recta final de la disputa electoral. Un sólo objetivo los desespera: acomodarse en algún rinconcito del poder para usufructuar negociados, privilegios y algo de prestigio personal. Por eso, todas y cada una de las alianzas y rupturas entre los partidos electorales tienen su fundamento en el tironeo de lugares en las listas. Si el reparto los satisface, se unen. De lo contrario, pasan a ser enemigos declarados. No son las ideas, ni los puntos programáticos los que los separa. La lucha es por un cargo en el estado. Simplemente eso.
Pese al particular mamarracho que caracterizan estas elecciones, la burguesía en su conjunto se preocupa por presentar como un ritual sagrado todo proceso electoral. “Ante todo la democracia”, repiten al unísono. Pero el tan propagandizado sufragio universal, es el velo que cubre e intenta dar legitimidad a la dominación de los capitalistas sobre la clase trabajadora. Nada cambia en la vida del pueblo trabajador que se renueve tal o cual banca, que este o aquel grupo político pierda o gane la mayoría en el congreso, porque una ínfima minoría de capitalistas sigue viviendo a costa del trabajo y el sudor de la gran mayoría trabajadora.
De hecho, con el voto nada elige el pueblo. Lo que podríamos llamar la verdadera disputa se desarrolla bien lejos del escenario electoral. Se da en los pasillos y las oficinas de las principales cámaras empresariales del país. Así lo atestigua la seguidilla de reuniones del autodenominado G-7 local. Es un secreto a voces que estas asociaciones de capitalistas están discutiendo cómo manejar Argentina después del 28 de junio. Sobre su mesa circulan planes para incrementar su rentabilidad, para disparar la devaluación, para implementar la política impositiva que más les convenga, para congelar y hasta recortar salarios, para desatar las suspensiones y los despidos y un sinnúmero de medidas que demuestran que son los capitalistas los únicos que gobiernan en el país a través de sus representantes, en este caso, el gobierno de los Kirchner con congreso, justicia y todo.
Evitando, debido a la crisis capitalista, todo retraso innecesario, el gobierno argentino se encargará de seguir instrumentando las medidas que necesita el empresariado para amortiguar la crisis. Claro que ninguna de estas medidas contempla la posibilidad de un mejor pasar para la clase trabajadora. Los planes capitalistas sólo consideran la mejor administración de sus negocios para seguir haciendo crecer sus ganancias.
No es menor la colaboración de la burocracia sindical. Mientras miles de trabajadores cargan el peso de la crisis, mientras la inflación corroe los salarios día tras día, mientras los puestos de trabajo son cada vez más inestables, mientras se sufren despidos masivos... los dirigentes de la CGT y la CTA, después de abrirse camino a los codazos para encontrar albergue en alguna lista patronal, están en plena campaña con sus aliados del gobierno y el empresariado. Pocas veces tan explícita la “triple alianza” antiobrera: empresariado, gobierno y burocracia unidos contra la clase trabajadora.
En las elecciones, los trabajadores no tenemos elección. Indudablemente, contamos con nuestras propias fuerzas. Ningún empresario, ni nacional, ni extranjero, ni pequeño, ni grande, ninguno; ningún partido burgués, ni de derecha, ni progresista, ni nuevo, ni viejo, ninguno; nadie más que los trabajadores organizados podremos defender los intereses de nuestra clase. Organizarse en cada lugar de trabajo para dar la pelea por salario y mejores condiciones laborales, organizarse en cada sindicato para recuperarlos es una dura tarea que debemos desarrollar pacientemente, sin distraernos de la necesaria construcción del partido revolucionario de la clase trabajadora, organización indispensable para hacer la revolución socialista en Argentina y, así, poner de pie, todo lo que hoy está de cabeza.
Todos los partidos políticos de esta democracia se encuentran en plena recta final de la disputa electoral. Un sólo objetivo los desespera: acomodarse en algún rinconcito del poder para usufructuar negociados, privilegios y algo de prestigio personal. Por eso, todas y cada una de las alianzas y rupturas entre los partidos electorales tienen su fundamento en el tironeo de lugares en las listas. Si el reparto los satisface, se unen. De lo contrario, pasan a ser enemigos declarados. No son las ideas, ni los puntos programáticos los que los separa. La lucha es por un cargo en el estado. Simplemente eso.
Pese al particular mamarracho que caracterizan estas elecciones, la burguesía en su conjunto se preocupa por presentar como un ritual sagrado todo proceso electoral. “Ante todo la democracia”, repiten al unísono. Pero el tan propagandizado sufragio universal, es el velo que cubre e intenta dar legitimidad a la dominación de los capitalistas sobre la clase trabajadora. Nada cambia en la vida del pueblo trabajador que se renueve tal o cual banca, que este o aquel grupo político pierda o gane la mayoría en el congreso, porque una ínfima minoría de capitalistas sigue viviendo a costa del trabajo y el sudor de la gran mayoría trabajadora.
De hecho, con el voto nada elige el pueblo. Lo que podríamos llamar la verdadera disputa se desarrolla bien lejos del escenario electoral. Se da en los pasillos y las oficinas de las principales cámaras empresariales del país. Así lo atestigua la seguidilla de reuniones del autodenominado G-7 local. Es un secreto a voces que estas asociaciones de capitalistas están discutiendo cómo manejar Argentina después del 28 de junio. Sobre su mesa circulan planes para incrementar su rentabilidad, para disparar la devaluación, para implementar la política impositiva que más les convenga, para congelar y hasta recortar salarios, para desatar las suspensiones y los despidos y un sinnúmero de medidas que demuestran que son los capitalistas los únicos que gobiernan en el país a través de sus representantes, en este caso, el gobierno de los Kirchner con congreso, justicia y todo.
Evitando, debido a la crisis capitalista, todo retraso innecesario, el gobierno argentino se encargará de seguir instrumentando las medidas que necesita el empresariado para amortiguar la crisis. Claro que ninguna de estas medidas contempla la posibilidad de un mejor pasar para la clase trabajadora. Los planes capitalistas sólo consideran la mejor administración de sus negocios para seguir haciendo crecer sus ganancias.
No es menor la colaboración de la burocracia sindical. Mientras miles de trabajadores cargan el peso de la crisis, mientras la inflación corroe los salarios día tras día, mientras los puestos de trabajo son cada vez más inestables, mientras se sufren despidos masivos... los dirigentes de la CGT y la CTA, después de abrirse camino a los codazos para encontrar albergue en alguna lista patronal, están en plena campaña con sus aliados del gobierno y el empresariado. Pocas veces tan explícita la “triple alianza” antiobrera: empresariado, gobierno y burocracia unidos contra la clase trabajadora.
En las elecciones, los trabajadores no tenemos elección. Indudablemente, contamos con nuestras propias fuerzas. Ningún empresario, ni nacional, ni extranjero, ni pequeño, ni grande, ninguno; ningún partido burgués, ni de derecha, ni progresista, ni nuevo, ni viejo, ninguno; nadie más que los trabajadores organizados podremos defender los intereses de nuestra clase. Organizarse en cada lugar de trabajo para dar la pelea por salario y mejores condiciones laborales, organizarse en cada sindicato para recuperarlos es una dura tarea que debemos desarrollar pacientemente, sin distraernos de la necesaria construcción del partido revolucionario de la clase trabajadora, organización indispensable para hacer la revolución socialista en Argentina y, así, poner de pie, todo lo que hoy está de cabeza.