Las elecciones no representan ninguna salida para los trabajadores. Son, en cambio, una herramienta que tienen los más poderosos para perpetuarse en el poder, reproduciendo la explotación y las nefastas condiciones de vida que existen bajo el capitalismo.
El Revolucionario Nº47 (Junio de 2009)
El resultado de las elecciones es siempre el mismo: por un lado los banqueros, los industriales, los empresarios agrícolas, los grandes comerciantes, los grupos trasnacionales y el coro de políticos que les sirven, seguirán festejando la abundancia de sus lujosas casas, sus fastuosas colecciones de autos, sus viajes por el mundo, sus negocios millonarios… Y por el otro lado, la enorme masa del pueblo trabajador se encontrará con que sigue soportando condiciones degradantes de vida, salarios miserables, pautas de trabajo inhumanas, falta de vivienda, desocupación, desmantelamiento de los servicios más básicos como la educación o la salud, muertes por accidentes de trabajo o enfermedades evitables, y tantas otras penurias.
Pero el actual régimen democrático, sostenido en la reiteración de las elecciones, no solamente no resuelve en lo más mínimo las aspiraciones más básicas y fundamentales del pueblo trabajador, sino que, además, funciona como un mecanismo de control social al instituir que los trabajadores no deben romper con lo establecido, no deben organizarse ni pelear para cambiar las cosas, sino que deben mantenerse dentro de la “legalidad”, reclamar por la vía institucional y esperar a las próximas elecciones para volver a “elegir” entre un cúmulo de candidatos que se disputan un sillón de diputado, senador o presidente para gobernar en defensa de los capitalistas.
Así como en el pasado nunca hemos conseguido cambios profundos y sostenidos en el tiempo por la vía institucional de la democracia electoral; tampoco en el futuro estará a nuestro alcance ninguna transformación estructural mientras nuestro pueblo deposite su confianza en los políticos del sistema, los burócratas sindicales o cualquier otro servidor del capitalismo.
En realidad, toda la historia de los trabajadores nos enseña que el camino es muy distinto: sólo desarrollando la lucha de los explotados contra los patrones, sólo orientando la pelea de todo el pueblo oprimido contra las imposiciones inhumanas de este sistema injusto, sólo fortaleciendo la organización del pueblo trabajador contra la clase que lo explota y desangra, sólo por ese camino de organización y lucha es como los trabajadores hemos conseguido en nuestra historia, y como podremos lograr en el futuro, la realización de verdaderas transformaciones sociales para el bienestar del conjunto del pueblo trabajador.
Numerosos ejemplos pequeños y grandes, desde la militancia cotidiana de tantos compañeros en los ámbitos de base, hasta las revoluciones en las que heroicamente se ha combatido para el triunfo de los trabajadores, constituyen un cúmulo de experiencias que nos marcan un camino a seguir: el camino de la lucha para conquistar una nueva sociedad, el camino de la revolución.
Contra la posibilidad de que nuestro pueblo se levante y luche por su emancipación, escucharemos siempre cantos de sirena que hablarán del cambio de época, de las enormes dificultades, de la pretendida eternidad del capitalismo o su posibilidad de humanizarse y demás discursos que buscan la resignación de quienes se saben explotados, oprimidos y condenados por este sistema de injusticias, y que buscan contra él el camino de la revolución.
Pero lo cierto es que, más temprano que tarde, los trabajadores, que somos la inmensa mayoría de este país, lograremos darnos la organización que nos permita levantarnos como una fuerza revolucionaria para voltear las barreras que ponen los poderosos en el camino al poder. Si no tomáramos el camino de la revolución sólo nos quedaría la pura resignación, la tolerancia frente a este sistema y sus miserias, la aceptación de que nuestros hijos y los de nuestro pueblo vivan analfabetos, dañados por enfermedades curables, sobrepasados por el paco, o mueran desnutridos o asesinados por el gatillo de la represión.
Esos llamados a la resignación no son nuestro problema, pues nuestro pueblo trabajador ha demostrado en innumerables oportunidades su disposición combativa y su aspiración de cambio.
Nuestro problema actual, para que esta situación cambie de una vez, es desarrollar urgente y cotidianamente la lucha y la organización que nos abra el camino hacia la revolución. Y eso implica una militancia constante y tenaz. La militancia en nuestros ámbitos naturales, en el trabajo, en los lugares de estudio, en nuestros barrios, para organizar a los compañeros contra las injusticias que a diario sufre nuestro pueblo como consecuencia de este sistema de explotación y miseria. Pero además, para que esas tareas de organización y esas luchas cotidianas se orienten de conjunto hacia la revolución, es preciso que logremos construir el partido en el que se organicen los trabajadores revolucionarios que dedican sus energías a la lucha por el poder contra este sistema de explotación
A esa tarea prioritaria vuelca todos sus esfuerzos nuestra organización.
El resultado de las elecciones es siempre el mismo: por un lado los banqueros, los industriales, los empresarios agrícolas, los grandes comerciantes, los grupos trasnacionales y el coro de políticos que les sirven, seguirán festejando la abundancia de sus lujosas casas, sus fastuosas colecciones de autos, sus viajes por el mundo, sus negocios millonarios… Y por el otro lado, la enorme masa del pueblo trabajador se encontrará con que sigue soportando condiciones degradantes de vida, salarios miserables, pautas de trabajo inhumanas, falta de vivienda, desocupación, desmantelamiento de los servicios más básicos como la educación o la salud, muertes por accidentes de trabajo o enfermedades evitables, y tantas otras penurias.
Pero el actual régimen democrático, sostenido en la reiteración de las elecciones, no solamente no resuelve en lo más mínimo las aspiraciones más básicas y fundamentales del pueblo trabajador, sino que, además, funciona como un mecanismo de control social al instituir que los trabajadores no deben romper con lo establecido, no deben organizarse ni pelear para cambiar las cosas, sino que deben mantenerse dentro de la “legalidad”, reclamar por la vía institucional y esperar a las próximas elecciones para volver a “elegir” entre un cúmulo de candidatos que se disputan un sillón de diputado, senador o presidente para gobernar en defensa de los capitalistas.
Así como en el pasado nunca hemos conseguido cambios profundos y sostenidos en el tiempo por la vía institucional de la democracia electoral; tampoco en el futuro estará a nuestro alcance ninguna transformación estructural mientras nuestro pueblo deposite su confianza en los políticos del sistema, los burócratas sindicales o cualquier otro servidor del capitalismo.
En realidad, toda la historia de los trabajadores nos enseña que el camino es muy distinto: sólo desarrollando la lucha de los explotados contra los patrones, sólo orientando la pelea de todo el pueblo oprimido contra las imposiciones inhumanas de este sistema injusto, sólo fortaleciendo la organización del pueblo trabajador contra la clase que lo explota y desangra, sólo por ese camino de organización y lucha es como los trabajadores hemos conseguido en nuestra historia, y como podremos lograr en el futuro, la realización de verdaderas transformaciones sociales para el bienestar del conjunto del pueblo trabajador.
Numerosos ejemplos pequeños y grandes, desde la militancia cotidiana de tantos compañeros en los ámbitos de base, hasta las revoluciones en las que heroicamente se ha combatido para el triunfo de los trabajadores, constituyen un cúmulo de experiencias que nos marcan un camino a seguir: el camino de la lucha para conquistar una nueva sociedad, el camino de la revolución.
Contra la posibilidad de que nuestro pueblo se levante y luche por su emancipación, escucharemos siempre cantos de sirena que hablarán del cambio de época, de las enormes dificultades, de la pretendida eternidad del capitalismo o su posibilidad de humanizarse y demás discursos que buscan la resignación de quienes se saben explotados, oprimidos y condenados por este sistema de injusticias, y que buscan contra él el camino de la revolución.
Pero lo cierto es que, más temprano que tarde, los trabajadores, que somos la inmensa mayoría de este país, lograremos darnos la organización que nos permita levantarnos como una fuerza revolucionaria para voltear las barreras que ponen los poderosos en el camino al poder. Si no tomáramos el camino de la revolución sólo nos quedaría la pura resignación, la tolerancia frente a este sistema y sus miserias, la aceptación de que nuestros hijos y los de nuestro pueblo vivan analfabetos, dañados por enfermedades curables, sobrepasados por el paco, o mueran desnutridos o asesinados por el gatillo de la represión.
Esos llamados a la resignación no son nuestro problema, pues nuestro pueblo trabajador ha demostrado en innumerables oportunidades su disposición combativa y su aspiración de cambio.
Nuestro problema actual, para que esta situación cambie de una vez, es desarrollar urgente y cotidianamente la lucha y la organización que nos abra el camino hacia la revolución. Y eso implica una militancia constante y tenaz. La militancia en nuestros ámbitos naturales, en el trabajo, en los lugares de estudio, en nuestros barrios, para organizar a los compañeros contra las injusticias que a diario sufre nuestro pueblo como consecuencia de este sistema de explotación y miseria. Pero además, para que esas tareas de organización y esas luchas cotidianas se orienten de conjunto hacia la revolución, es preciso que logremos construir el partido en el que se organicen los trabajadores revolucionarios que dedican sus energías a la lucha por el poder contra este sistema de explotación
A esa tarea prioritaria vuelca todos sus esfuerzos nuestra organización.