El Revolucionario Nº47 (Junio de 2009)
Lo que vendrá después del 28 de junio es algo ya conocido: terminado el ritual de la campaña y las repetidas promesas sobre la pronta y efectiva resolución de tantas carencias en trabajo, vivienda, alimentación, salud, o educación; los políticos del sistema encontrarán la forma más elegante de negar todo lo dicho y plantearán que hay que esperar para ver resueltos los problemas de los pobres. En su lugar se dedicarán a gobernar para los más poderosos: millonarios de aquí y de afuera, empresarios, banqueros, grandes grupos del agro y del comercio, y se enriquecerán ellos también a costa del pueblo.
El tan mentado “derecho” al voto consiste, en realidad, en que a todos se nos exija “obligatoriamente” asistir, cada dos o cuatro años, a elegir dentro del cuarto oscuro, durante un minuto, entre varias figuras de la politiquería nacional, de las cuales todas las que pueden llegar a tener la más mínima chance de incidir en la política del país, son siempre abiertos defensores de los capitalistas.
Cada uno de los grandes políticos junto a sus alianzas circunstanciales han garantizado, antes que nada, sentarse con los grupos de empresarios, escuchando sus condicionamientos y jurando fidelidad al respeto de sus propiedades, sus inversiones, su libertad para explotar en condiciones paupérrimas a los trabajadores, o para despedir cuando les venga en gana. Y cada uno de ellos se ha esmerado, además, por juntarse con los representantes de EEUU, desde Obama hasta el ex embajador Wayne, prometiendo sostener el superávit fiscal que impusiera el FMI y el pago permanente de la deuda externa.
Ellos mismos suelen ser empresarios y magnates. Macri, Scioli, De Narváez, Kirchner, Bullrich, Reutemann, Heller y tantos otros, son todos capitalistas millonarios cuya fortuna alcanzaría para dar de comer, vestir educar y curar a todos los pobres de este país. Son ricos a costa de los pobres. Desde sus mismos puestos de gobierno dejan siempre sin resolver los problemas de los trabajadores y hacen, en su lugar, grandes negocios. Vacían los hospitales, pero crecen la fortuna y las tierras de los Kirchner; rematan las empresas estatales y a costa de ello empresarios/políticos como Macri hacen sus fortunas.
Para ellos el estado es una fuente de financiamiento. Así ajustan los derechos sociales fundamentales y se llevan la plata para la campaña por medio de los aparatos de la UCR, el PJ (sea para Kirchner o para De Narváez) o los más pequeños de los grupos locales del interior y la capital. Y en ese tren se sirven tanto del clientelismo con el que compran votos a cambio de planes, comida, chapas, o cargos públicos; como de los negocios legales e ilegales. Baste recordar, para el caso del kirchnerismo, a su eterno ministro De Vido y sus negociados con Skanska o con Antonini Wilson, o a la ex ministra de economía Miceli y su bolsa de dinero escondida en su despacho, o el millonario negociado de Cristina Kirchner con la empresas mineras del sur.
Y en la base de todo este circo, financiando a su mejor representante, siguen estando los capitalistas. Empresarios destacados apoyan y aportan al sostenimiento del kirchnerismo (Cristóbal López es el favorito) y otros tantos a la “oposición” (en primer lugar los millonarios grupos agrarios y exportadores pero también muchos industriales). Todos los capitalistas, incluyendo a los narcotraficantes, juegan este juego, como nos lo recuerda el narco Forza con su aporte al financiamiento de la campaña de Cristina Fernández.
Así las cosas: en este régimen social y sus “elecciones democráticas”, no hay ningún lugar para los que estamos abajo. Nunca el pueblo trabajador que lucha cotidianamente para llegar a fin de mes, ha tenido ni tendrá la posibilidad de la más mínima participación en las decisiones reales.
No sólo porque ningún trabajador podría jamás competir en ese juego millonario, sino porque de lo que se trata, siempre que se va a votar, es de elegir entre varios representantes de la misma clase social que viene gobernando contra el pueblo década tras década.
Eso sí, luego los votos serán esgrimidos por los ganadores para justificar cada nuevo ataque contra el pueblo, cada ajuste, cada concesión a los grandes grupos económicos, cada nuevo pago de deuda externa, y cada nuevo pedido de “paciencia” al pueblo trabajador para que espere y no reclame que se suban los salarios o las jubilaciones o se resuelvan los acuciantes problemas de alimentación, salud, educación o trabajo.
Lo que vendrá después del 28 de junio es algo ya conocido: terminado el ritual de la campaña y las repetidas promesas sobre la pronta y efectiva resolución de tantas carencias en trabajo, vivienda, alimentación, salud, o educación; los políticos del sistema encontrarán la forma más elegante de negar todo lo dicho y plantearán que hay que esperar para ver resueltos los problemas de los pobres. En su lugar se dedicarán a gobernar para los más poderosos: millonarios de aquí y de afuera, empresarios, banqueros, grandes grupos del agro y del comercio, y se enriquecerán ellos también a costa del pueblo.
El tan mentado “derecho” al voto consiste, en realidad, en que a todos se nos exija “obligatoriamente” asistir, cada dos o cuatro años, a elegir dentro del cuarto oscuro, durante un minuto, entre varias figuras de la politiquería nacional, de las cuales todas las que pueden llegar a tener la más mínima chance de incidir en la política del país, son siempre abiertos defensores de los capitalistas.
Cada uno de los grandes políticos junto a sus alianzas circunstanciales han garantizado, antes que nada, sentarse con los grupos de empresarios, escuchando sus condicionamientos y jurando fidelidad al respeto de sus propiedades, sus inversiones, su libertad para explotar en condiciones paupérrimas a los trabajadores, o para despedir cuando les venga en gana. Y cada uno de ellos se ha esmerado, además, por juntarse con los representantes de EEUU, desde Obama hasta el ex embajador Wayne, prometiendo sostener el superávit fiscal que impusiera el FMI y el pago permanente de la deuda externa.
Ellos mismos suelen ser empresarios y magnates. Macri, Scioli, De Narváez, Kirchner, Bullrich, Reutemann, Heller y tantos otros, son todos capitalistas millonarios cuya fortuna alcanzaría para dar de comer, vestir educar y curar a todos los pobres de este país. Son ricos a costa de los pobres. Desde sus mismos puestos de gobierno dejan siempre sin resolver los problemas de los trabajadores y hacen, en su lugar, grandes negocios. Vacían los hospitales, pero crecen la fortuna y las tierras de los Kirchner; rematan las empresas estatales y a costa de ello empresarios/políticos como Macri hacen sus fortunas.
Para ellos el estado es una fuente de financiamiento. Así ajustan los derechos sociales fundamentales y se llevan la plata para la campaña por medio de los aparatos de la UCR, el PJ (sea para Kirchner o para De Narváez) o los más pequeños de los grupos locales del interior y la capital. Y en ese tren se sirven tanto del clientelismo con el que compran votos a cambio de planes, comida, chapas, o cargos públicos; como de los negocios legales e ilegales. Baste recordar, para el caso del kirchnerismo, a su eterno ministro De Vido y sus negociados con Skanska o con Antonini Wilson, o a la ex ministra de economía Miceli y su bolsa de dinero escondida en su despacho, o el millonario negociado de Cristina Kirchner con la empresas mineras del sur.
Y en la base de todo este circo, financiando a su mejor representante, siguen estando los capitalistas. Empresarios destacados apoyan y aportan al sostenimiento del kirchnerismo (Cristóbal López es el favorito) y otros tantos a la “oposición” (en primer lugar los millonarios grupos agrarios y exportadores pero también muchos industriales). Todos los capitalistas, incluyendo a los narcotraficantes, juegan este juego, como nos lo recuerda el narco Forza con su aporte al financiamiento de la campaña de Cristina Fernández.
Así las cosas: en este régimen social y sus “elecciones democráticas”, no hay ningún lugar para los que estamos abajo. Nunca el pueblo trabajador que lucha cotidianamente para llegar a fin de mes, ha tenido ni tendrá la posibilidad de la más mínima participación en las decisiones reales.
No sólo porque ningún trabajador podría jamás competir en ese juego millonario, sino porque de lo que se trata, siempre que se va a votar, es de elegir entre varios representantes de la misma clase social que viene gobernando contra el pueblo década tras década.
Eso sí, luego los votos serán esgrimidos por los ganadores para justificar cada nuevo ataque contra el pueblo, cada ajuste, cada concesión a los grandes grupos económicos, cada nuevo pago de deuda externa, y cada nuevo pedido de “paciencia” al pueblo trabajador para que espere y no reclame que se suban los salarios o las jubilaciones o se resuelvan los acuciantes problemas de alimentación, salud, educación o trabajo.