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La izquierda y las elecciones: La campaña electoral del FIT


Entre los compañeros de izquierda, los que nos encontramos en ámbitos de organización y de lucha, en asambleas y movilizaciones, tenemos habitualmente importantes coincidencias, pero también profundos debates. Muchas veces coincidimos en la lucha por la recuperación de los ámbitos de organización gremial, enfrentando juntos a la burocracia, las patronales, el estado y el gobierno. Algo similar sucede con algunas concepciones políticas de fondo: enfrentamos al capitalismo y reivindicamos el socialismo y para ello nos planteamos impulsar un proceso revolucionario que acabe con la explotación de la burguesía sobre la clase obrera. Pero tenemos también nuestros debates. Uno de ellos tiene como eje el problema de la participación electoral de la izquierda y sus implicancias políticas. En este punto disentimos enormemente con las direcciones que hoy promueven la participación electoral y en particular somos críticos del carácter que ha tomado la campaña del FIT, cuyo perfil, entendemos, da una pauta sobre concepciones profundas que sostienen las direcciones que lo componen. Acá planteamos el debate.

El primer tramo de la campaña electoral de la izquierda culminó con Jorge Altamira, el máximo candidato del FIT, festejando y brindando con un champagne de más de $1.500 con el periodista Chiche Gelblung, un claro representante mediático de la burguesía argentina, defensor de la mano dura y permanente propagandista contra las luchas de la clase trabajadora.
La escena del brindis entre el líder del PO y el amigo de la dictadura no es un exabrupto, sino una síntesis de lo que fue una campaña electoral centrada en la publicidad del FIT por todos los medios, incluyendo la farándula, y adaptándose al discurso de éstos. Fue el cierre de la campaña “un milagro para Altamira” en la que tomaron parte figuras recalcitrantes de la política y el periodismo argentinos como el mismo Gelblung, Jorge Rial o el derechista Antonio Laje. Éste último, también abierto enemigo de las luchas de la clase trabajadora, en sintonía con la campaña de la izquierda, pidió un lugar para el FIT explicando que, además de los que disputan verdaderamente el poder, siempre deben estar los partidos chicos que sacarán pocos votos pero que demuestran que en la democracia todos tienen un lugar. Por eso pidió que se lo vote a Altamira, “el único que es sincero y dice: muchachos, vótenme  porque si no me quedo sin laburo”.
Si toda una serie de personeros mediáticos de la burguesía argentina promovió las candidaturas del FIT, fue porque compartió el lema central de su campaña, formulada con variantes (como el rechazo a la “proscripción”), en la que se llamaba a la “ciudadanía” a apoyarlos, no por sus concepciones de izquierda, sino por solidaridad demócrata, lo que en su esencia podía sintetizarse como un planteo de defensa y profundización de la democracia. Éste ha sido el eje de la campaña hacia las masas (buscando el efecto “lástima”), dejando en evidencia que el planteo de una agitación de posiciones revolucionarias era sólo un recurso para convencer al activismo y a la propia base partidaria de la viabilidad de la participación electoral.
Como aditamento, la difusión mediática encontró eco, también, por el hecho de que los dirigentes se prestaron a las burlas que permitían a los programas cómicos, de la farándula y del periodismo amarillo obtener raiting a partir del ridículo (recuérdese, por ejemplo, a Altamira y un imitador de Jesucristo mostrándose de acuerdo y caminado del brazo en el programa CQC). Así, el resultado de la campaña no es la difusión de las concepciones de la izquierda, sino su banalización. En consecuencia, cuando las figuras que se promueven como alternativa son cuestionadas públicamente por su coqueteo mediático y sus buenas relaciones con lo más reaccionario del periodismo, la izquierda se aleja también de constituirse como una referencia ética que se propone forjar una nueva sociedad con valores socialistas.
El “pragmatismo” sostenido por la dirección del FIT con su balance positivo de la campaña por la obtención del 2,5% más allá de que haya sido a costa de este rebaje político, ético y programático, plantea una peligrosa orientación tacticista que pierde de vista los valores y objetivos revolucionarios con tal de alcanzar objetivos inmediatos como una banca parlamentaria, haciendo de estos el eje central de la política.
En contraposición a esta orientación sostenemos que los militantes de izquierda, si queremos constituir una referencia política para el pueblo trabajador para impulsar la lucha revolucionaria por el socialismo, debemos manejarnos con otros criterios. Eso implica impulsar la organización política (que no es sinónimo de “electoral”) y la propaganda socialista, el desarrollo de las organizaciones de base y la movilización popular combativa, sosteniendo una conducta ética que pueda servir de referencia al conjunto de los trabajadores, señalando con claridad el rol de las instituciones de la democracia burguesa y de los enemigos de la clase obrera como Gelblung, Laje y Cia.
Difícilmente el pueblo trabajador se puede sentir convocado a luchar por una nueva sociedad sin privilegios cuando el que lo llama lo hace festejando con un champagne de $1.500 junto al antiobrero de Gelblung. Y difícilmente se puede sentir hermanado en la profunda convicción de principios de los socialistas, cuando quienes enarbolan esos principios pueden dejar a un lado posiciones políticas y conductas éticas para poder salir en la televisión.
La unidad entre las concepciones y la práctica, es algo que debemos defender incansablemente, como uno de los más grandes baluartes de los revolucionarios socialistas. Sin embargo, la reciente campaña se orienta en un sentido político muy distinto. No sólo porque convoca a la participación electoral en momentos en que eso contribuye principalmente a la legitimación de los mecanismos de dominación de la burguesía usufructuados por el kirchnerismo. No sólo porque lleva una enorme energía militante de compañeros comprometidos con la clase obrera y el socialismo a la vía muerta de la intervención electoral, retrasando las tareas de construcción social y política que hoy son urgentes y prioritarias. Sino también porque produce una banalización de la política de izquierda e incentiva las concepciones pragmáticas que se guían casi exclusivamente por las necesidades tácticas dejando a un lado los principios revolucionarios. Por todo esto es que no compartimos el balance “optimista” de la dirección del FIT, y consideramos en cambio que el activismo de izquierda necesita profundizar seriamente la discusión para balancear los canales que permitan avanzar en la lucha y la organización política, y dar impulso a la revolución socialista en nuestro país. 

La izquierda y las elecciones

La coyuntura electoral pone en el tapete la discusión sobre las posiciones que desde la izquierda debemos tomar ante este proceso impulsado por los sectores patronales para dirimir sus diferencias y legitimar su dominio. Los debates incluyen las posibilidades y el rol de la participación electoral por parte de la izquierda y la posición a tomar frente a elecciones (sobre todo los ballotages) en las que existe como única opción la elección de candidatos patronales.



El primer aspecto tiene que ver con la caracterización positiva que algunas fuerzas le asignan a la participación electoral. Ya hemos señalado más de una vez(1), por qué consideramos que en el marco de situación actual, la participación electoral de la izquierda no contribuye a la organización de este campo. Con ello se dedican enormes esfuerzos y recursos a una campaña en la que se contribuye a legitimar el mecanismo de renovación de los gobiernos de la burguesía, sacando fuerzas de los lugares de organización y lucha del pueblo trabajador. Pero además, uno de los problemas más evidentes del proceso electoral, es que la izquierda, en su esfuerzo por captar votos, ablanda su discurso a las pretensiones de los sectores medios, e incluso llega, como sucede ahora, a convocar a apoyar la candidatura de Cristina Fernández, pidiendo que se la acompañe con las boletas de diputados de izquierda.

Esto último es lo que salió a plantear el máximo candidato del Frente de la Izquierda y los Trabajadores (FIT), que en un intento por conseguir ampliar su caudal de votos, empezó a diferenciar a Cristina Fernández del conjunto de su séquito (algo así como una renovada teoría del entorno), cargando las culpas sobre quienes la rodean y no sobre la máxima dirigente del gobierno y del PJ. En una nota periodística Jorge Altamira decía: “...pasa lo siguiente, ¿qué hacemos con Cristina que me lleva de candidato a un amigo del hombre que mató a mi compañero Mariano Ferreyra como lo es Carlos Tomada? ¿Llamo a votar a Tomada? Ni muerto. (...) Yo no voy a votar a Gioja que es un hombre de la Barrick Gold. ¿Puedo votar a Peralta?, si está reprimiendo a los docentes y trabajadores de Santa Cruz. No, yo creo que a la gente militante y luchadora del kirchnerismo hay que decirle: ‘Querés defender a Cristina, bueno votála sólo a ella. Para abajo votá al Frente de Izquierda’. Si Cristina es el proyecto y los demás son todos derechistas, votá al Frente de Izquierda”(2). Es decir que con tal de sacar votos, el dirigente del FIT propone algo así como “colectoras” junto al Frente para la Victoria que incluirían fórmulas como “Cristina Fernández-José Montes” en provincia de Buenos Aires o “Cristina Fernández-Marcelo Ramal” en la capital.

En fin... aunque según sus defensores se trata de meter una cuña y amplificar la voz de los trabajadores socialistas en medio de las instituciones de la burguesía, lo que vemos de la participación electoral es una orientación a legitimar, no sólo a las instituciones patronales, sino ahora también a sus candidatos, hasta el punto de llamar a votar por Cristina Fernández.

El otro aspecto, es la decisión de apoyar a lo que algunos suponen un “mal menor” en referencia a los candidatos del PJ kirchnerista, en contraposición a otros considerados “peores”. Esto es algo que acabamos de ver para el ballotage de la ciudad, y que tranquilamente puede repetirse en la escena nacional. Es la opción seguida por aquellos que, sin sumarse a las filas gubernamentales, vienen insistiendo en los supuestos “aspectos positivos” del kirchnerismo. Así sucede con el grupo Juventud Rebelde 20 de Diciembre (La Mella), que en la segunda vuelta de las elecciones porteñas convocó votar a Filmus, explicando: “para los que sabemos lo que es el macrismo y lo sufrimos en carne propia los llamados al “voto en balnco” y las posturas prescindentes suponen, cuanto menos, errores incomprensibles”(3).

Como hemos insistido ya en numerosas oportunidades, no compartimos la posición de aquellos que ubican al kirchenrismo como un punto intermedio entre la izquierda y otros sectores patronales como Duhalde o Macri, en nombre de algunos planteos gubernamentales, principalmente los referidos a DDHH. En primer lugar porque, por ejemplo como sucede en el tan citado caso de los DDHH, el gobierno no sólo no es un ejemplo positivo, sino que, por el contrario, se caracteriza por sostener una campaña represiva sin parangón, con record de presos políticos (más de cien), 15 asesinados en protestas populares, miles de procesados, más de 1.700 asesinados por el gatillo fácil y la tortura, etc. Es decir que, más allá de la discursividad, el sesgo progresista no es tal. Pero además, en segundo lugar, porque, por más que se contemplaran cambios positivos en tal o cual campo, lo esencial, lo más importante para una caracterización del kirchnerismo, más allá de los matices sobre cuestiones accesorias, es la posición que asume el gobierno contra el pueblo trabajador y en defensa de los intereses patronales, junto a los grandes grupos económicos, las cúpulas empresarias, la burocracia sindical, el aparato punteril del PJ y la dirección del estado represor. Siendo así las cosas, llamar a votar a favor de los candidatos del gobierno (o en contra de su oponente, que es lo mismo), es contribuir al fortalecimiento de un proyecto antiobrero y abonar la confusión entre las filas del pueblo trabajador.

Si hoy la discusión está tan centrada en la agenda electoral que ha puesto la burguesía es porque desde el pueblo trabajador no hemos desarrollado los canales de organización y lucha orientados a una transformación revolucionaria que marquen un camino alternativo. Por supuesto que hemos avanzado en este tiempo, en que se ha fortalecido la actividad del movimiento obrero independiente, recuperando comisiones internas y otras instancias de organización. Pero está pendiente, además de su importante ampliación, el avance en las instancias de organización política, para la conformación de un partido revolucionario de los trabajadores.

La convocatoria electoral es una agenda impuesta por la burguesía sobre la cual esta izquierda (con poco desarrollo y sin partido revolucionario) no tiene capacidad de incidir. En este marco, insistimos, nuestras tareas están por fuera del proceso electoral. Por supuesto, no compartimos el apoyo, ni abierto ni crítico, al gobierno nacional y sus funcionarios, responsables, entre otras cosas, del asesinato de Mariano Ferreyra y de los luchadores de Ledesma. Y a su vez, consideramos que participar de las elecciones en estas condiciones contribuye a legitimar los mecanismos de dominación, lleva a un corrimiento casi total de las tareas de organización de base, y lo que es más grave aún, termina diluyendo las posiciones de clase y adaptándose al discurso patronal en defensa de la democracia, de las instituciones, la reproducción del discurso de “la inseguridad” y hasta el apoyo a sus candidatos.

En contraposición, es preciso que nos aboquemos esforzadamente a desarrollar la organización y la lucha del pueblo trabajador, sin llamar a apoyar a ninguno de los representantes patronales, y sin abandonar nuestros espacios de lucha ni nuestras posiciones de principios empujados por los condicionamientos de la agenda electoral. Si avanzamos en nuestra organización independiente, podremos, entonces, marcar nuestra propia agenda para alcanzar el cambio de esta sociedad. Y no dependerá de unas elecciones.



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NOTAS:

1)”La falsa opción de la izquierda electoral” en ER N°68 y “La política de la izquierda electoral” en ER N°70.

2) Entrevista publicada en el diario “Diagonales” el 24 de julio.

3) “Construir una fuerza popular contra el macrismo”, Juventud Rebelde 20 de Diciembre.

La “política” de la izquierda electoral

Cada vez que se abre un nuevo proceso eleccionario en que la burguesía medirá fuerzas entre sus distintos representantes y legitimará a sus principales candidatos para reafirmar su conducción del estado patronal, una parte de la izquierda se lanza de lleno a la práctica electoral. En lo que sigue presentamos un debate con esos compañeros.



Entre los sectores de la izquierda que se inclinan hacia la práctica electoral, hay quienes consideran que es posible avanzar hacia la transformación social por medio de la vía parlamentaria. Son abiertos representantes de una corriente histórica, la socialdemocracia, que rechaza el camino de la revolución y se incorpora, en cambio, a la práctica institucional del capitalismo, para intentar cambiar algunas cosas “desde adentro”. Su destino comprobado es, o bien pervivir como grupos irrelevantes (que, además de rechazar la organización para la revolución, tampoco logran peso en la política burguesa), o, bien, adaptarse por completo a las pautas del parlamentarismo capitalista, acercándose a partidos patronales para poder tener chances. Es el destino tantas veces repetido que, en el caso de llegar a instancias de poder representan opciones abiertamente antipopulares como el PT de Lula en Brasil, el Frente Amplio uruguayo de Mujica, o el Frente Grande y la Alianza de De la Rúa en nuestro país. Hoy esas experiencias intentan repetirse, y distintos grupos se incorporan a proyectos como Proyecto Sur, el socialismo de Binner, o el mismo kirchnerismo.

Pero además de esta visión “posibilista” que nos llama abiertamente a bajar las banderas socialistas contra la explotación y la opresión, hay otra versión del electoralismo de izquierda que sostiene ser capaz de mantener una práctica clasista militante y, al mismo tiempo, aprovechar “tácticamente” la participación electoral, con lo cual, se supone, la actividad electoral no sería el centro de su política.

Este llamamiento a la participación electoral, tiene un primer problema serio: se vuelve imposible para estas fuerzas ser claros en la necesaria denuncia sobre el carácter capitalista del estado y del rol legitimador que cumple el sistema electoral para sostener el dominio de la burguesía, toda vez que ellos mismos buscan ser parte de ese proceso. Así, vemos como, lejos de poder desenmascarar el rol de la democracia parlamentaria como recurso para el dominio patronal, su discurso se reorienta hacia un reclamo para profundizar ese sistema, pidiendo “más democracia”, “pautas claras”, “igualdad de tratamiento” y demás formulaciones(1).

Más allá de este problema central, es preciso hacer notar que esa pretendida “táctica” electoral que, se supone, sólo estaría acompañando una política más general para el desarrollo de la revolución, se transforma, en realidad, en el centro de la política de muchas de estas fuerzas. Así, pasan a centrar toda su militancia sobre el plano electoral, poniendo a disposición para eso el grueso de sus medios de difusión, económicos y sus militantes, e incluso tratan de que todas las organizaciones sociales, sindicales y políticas se encuadren en esa misma dinámica electoralista.

Tan profunda es su aprehensión a este recurso que consideran que participación electoral es sinónimo de “política”, acusando a quienes no comparten su afán electoralista de “apolíticos” y “sindicalistas”, y tirando así por la borda los planteos más elementales del marxismo y del leninismo que jamás asimilaron mecánicamente, como ellos, a la política con el electoralismo.

Pero además de estos problemas para nada menores, es necesario poner en evidencia también, cómo el camino electoral tracciona fuertemente a estas fuerzas hacia posicionamientos que nada tienen que ver con una orientación revolucionaria, como ahora sucede con el Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT). Es que, al contrario de lo que dicen, sobre que la “táctica” electoral serviría para amplificar la difusión de ideas revolucionarias, lo que vemos más bien es cómo, para poder ser aceptados en el marco de la disputa electoral que domina la burguesía, los candidatos y las fuerzas van acomodando su discurso y lenguaje a las exigencias de la democracia parlamentaria (defensora de las instituciones, obviamente) y a los reclamos de las clases medias.

Tal vez uno de los puntos donde eso se hace más patente es en la posición de esta izquierda electoral ante el reclamo reaccionario de “mayor seguridad”, lo que en criollo significa, ni más ni menos que más represión para los más pobres. Lejos de señalar esta realidad tan evidente (que tal vez no brinde tantos votos), sus candidatos y programas se proponen presentar “soluciones” a la inseguridad.

Por supuesto, jamás le reclamaríamos a la izquierda electoral que sea capaz de realizar un imposible, como sería lograr desde una banca de legislador transformar las condiciones estructurales que en la sociedad actual dan lugar a la delincuencia. Es claro que para eso sería indispensable cambiar las condiciones de vida de los trabajadores y el pueblo pobre, impactando de tal forma en la alimentación, la vivienda, la educación y demás puntos centrales, que permitan revertir la desesperación y la descomposición a que nos ha llevado el capitalismo dependiente argentino. No le pediríamos jamás a un legislador que intente hacer lo que sólo una revolución puede hacer. Lo que es realmente sorprendente es cómo, siendo así las cosas, la izquierda electoral es capaz de hacer programas contra la inseguridad, brindando supuestas alternativas dentro del sistema actual. Así, el FIT, por ejemplo, plantea la creación de nuevas fuerzas represivas supuestamente “democratizadas” a partir del control o la elección ciudadanas, algo que linda peligrosamente entre el ridículo y formas de legitimación de la represión.

En la campaña de la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, un programa de 10 puntos del FIT dice en el eje “inseguridad ciudadana”: “A diferencia de Solanas que propone la transferencia de la sospechada Federal a la Ciudad, o sea, una medida jurisdiccional, planteamos la creación de una fuerza realmente autónoma de protección de los derechos ciudadanos, responsable ante la población y cuyos integrantes resulten seleccionados por organizaciones populares y de derechos humanos independientes del Estado. De este modo, combatiremos la inseguridad cotidiana en su raíz...”. Y en otro volante del FIT para el mismo distrito puede leerse, entre lo que llaman “nuestras propuestas”: “Derecho a la sindicalización policial y elección del comisario. Autoorganización de los vecinos para disuadir el delito”. En fin... difícil ser más explícitos. Con tal de conseguir el apoyo de quienes reclaman mayor seguridad, la izquierda electoral es capaz de acercarse a sus discursos y prácticas, diluyendo así las posiciones de clase. No en vano, quienes hoy encabezan el FIT convocaron y participaron de las movilizaciones de Blumberg contra la inseguridad, con la intención de mostrarse susceptibles a un recamo popular... de derecha. Hoy nos proponen métodos para el fortalecimiento de la corporación policial (como ya sucede en Europa, abonando la sindicalización de los represores), la “elección democrática” de los comisarios verdugos del pueblo, o directamente armar a los vecinos de la Ciudad de Buenos Aires para combatir la inseguridad... algo abiertamente reaccionario.

Así, con la participación electoral, no sólo apoyan los mecanismos institucionales para la dominación, dificultando su denuncia, no sólo desplazan recursos y energías a la vía muerta del parlamentarismo, sino que además se empapan ellos mismos de concepciones reñidas con las tareas de la revolución y el socialismo. Eso sí, están convencidos de que eso es “hacer política”. No lo compartimos, compañeros.


NOTAS:

1) Es lo que pasó, por ejemplo, tras la modificación de la ley electoral y la campaña contra la “proscripción” de la izquierda y por la “democratización” del sistema electoral.

El rol de la izquierda electoral

Si los partidos patronales llaman con energía a participar en las elecciones y “defender la democracia” es porque saben muy bien que de esa forma están preservando sus intereses: la elección de uno de sus candidatos será presentada como una “decisión popular”, y esa fortaleza le dará mayor margen para defender las ganancias empresarias y avanzar contra las conquistas populares.

Los trabajadores sabemos que no somos parte de esa disputa interburguesa, que no tenemos la posibilidad de acceder al poder siguiendo sus pautas electorales (a las que sólo tienen acceso los representantes de los poderosos) y que nuestro camino es muy distinto: la organización y la lucha que nos permita acumular fuerzas para enfrentar a la burguesía y disputar finalmente el poder por medio de la lucha revolucionaria. La tarea es ardua, pero imprescindible para poder cambiar esta realidad.

Lamentablemente, las posiciones de los sectores electoralistas de la izquierda no ayudan a desarrollar esa perspectiva. Por el contrario, siembran confusión: no señalan que las elecciones sirven para legitimar a la burguesía y sus gobiernos y, en cambio, llaman a participar y generan expectativas en ellas, contribuyendo a su legitimación. De esta forma, además de convocar a cuestiones que nada tienen que ver con el desarrollo de la organización y la lucha independiente de la clase trabajadora, derrochan sus propios esfuerzos, sumiendo al grueso de la militancia partidaria en una frenética campaña electoral, que los lleva muchas veces a retirar a sus propios compañeros de los frentes de lucha y que se empeña en imprimirle a los ámbitos de organización popular la lógica electoral.

La falsa opción de la izquierda electoral

Mientras las elecciones funcionan como un mecanismo central para la legitimación del dominio de la burguesía y sus partidos patronales, hay un arco de la izquierda que no sólo no señala ese rol, sino que, por el contrario, convoca a participar en ellas y trata de incorporarse poniendo sus candidatos.


Como es evidente, el primer efecto nocivo de esta intervención electoral de algunas organizaciones de la izquierda es su enorme contribución a la confusión en el pueblo trabajador. Si el hecho de que el pueblo deba votar es un recurso fundamental para legitimar a cada nuevo gobierno burgués, éste se encuentra magnificado por el hecho de que quienes dicen plantear otro tipo de sociedad también convocan a participar en esas elecciones. Además, en este terreno de la burguesía, donde la elección se dirime en base al apoyo político y económico de los grandes capitalistas, la izquierda es indefectiblemente derrotada, contribuyendo a su ridiculización y a un mayor fortalecimiento de la burguesía. Así pues, la convocatoria a votar hecha por la izquierda electoral convalida ese recurso de dominio de la burguesía.

El sector electoralista de la izquierda desestima la centralidad de este problema político, y se maneja, en cambio, por un discutible sentido de la oportunidad según el cual “hay que aprovechar” que la burguesía impone la agenda electoral, para tratar de ampliar su propia influencia política. Así, con un afán comparable con el de los demás partidos, vuelcan el grueso de sus esfuerzos hacia la campaña electoral, a la que consideran como el hecho central de su política.

Desde el punto de vista político, esto implica serios retrocesos. En algunos casos estos partidos se ven arrastrados al abandono de posiciones políticas y a la alianza con sectores propatronales, para poder adquirir mayor peso dentro de la lógica de las elecciones burguesas. Por eso los vemos, acercándose a los distintos bloques patronales como el kirchnerismo o Proyecto Sur. Aún sin llegar a tanto, una práctica habitual de la izquierda electoral es la adopción de programas y consignas afines a los sectores medios, buscando “salidas para el problema de la inseguridad”, haciendo eje en los reclamos “contra las megatorres” de Caballito o cosas por el estilo. Es que, para tratar de ser parte de este evento planteado por la burguesía en donde se discute de qué forma administrar mejor el capitalismo, se ven en la necesidad de plantear “salidas” dentro del sistema, cayendo así en una abierta práctica reformista. En ese sentido se proponen también ser elegidos para los distintos parlamentos, con la promesa de “legislar para los trabajadores”, como si fuera posible hacer transformaciones significativas desde el legislativo, instancia dominada por la burguesía y destinada a su dominio sobre la clase trabajadora. Eso sí, no reparan que en ese camino, están llamando a los trabajadores a confiar en la democracia parlamentaria, por el supuesto aporte que harán allí los legisladores de izquierda.

Y además esta política significa un freno para la organización del pueblo trabajador, puesto que cientos o miles de activistas obreros y populares son impulsados a dedicarse al electoralismo, juntando avales y difundiendo candidatos, y abandonando la tarea central de desarrollar la lucha y la organización independiente del pueblo trabajador. Cuando se acerca un período electoral (como ahora) vemos muy habitualmente que los activistas de la izquierda electoral desaparecer de sus frentes de militancia y de lucha popular. Y si no, tratan de adaptar todos los ámbitos de organización en reproductores propagandísticos de su propia fórmula electoral. Así, el 1° de mayo, lejos de ser una jornada de lucha unitaria de los trabajadores, se transforma para ellos, por ejemplo, en el lanzamiento del “frente de izquierda” electoral. Y así con todo: las listas de disputa gremial deben ahora llevar la consigna electoral, a los caídos en la lucha popular (como a Mariano Ferreyra) se los usa de bandera para su agitación electoralista, y así seguimos...



Ante la iniciativa de la burguesía, desarrollemos la iniciativa de los trabajadores

En el momento actual, la clase trabajadora aún es débil. Necesita desarrollar su lucha y su organización consciente para forjarse como un actor de peso que dispute la orientación de la sociedad. En este marco, la burguesía tiene la iniciativa y define en gran medida la agenda política sobre la que discute el conjunto del pueblo. Así, plantea la ratificación de su dominio de clase por la vía electoral. La burguesía busca con ello fortalecerse y legitimarse. La izquierda electoral cree que puede sacar ventaja sumándose a esa iniciativa de la burguesía.

Por el contrario, es preciso no desviar el camino: desarrollar todas las instancias organizativas y de lucha en el seno del pueblo y trabajar fuertemente para construir un partido revolucionario con el proyecto de la toma del poder. El desarrollo de la actividad de la clase trabajadora y el fortalecimiento de su organización consciente son la premisa que nos permitirá avanzar por el camino de la revolución, para una verdadera transformación de la sociedad. No hay tiempo que perder.

LA “CLASE MEDIA” Y SUS PROFESORES DE LA ESTAFA

Revista El Revolucionario Nº1 (Noviembre de 2008)

Pacientemente los trabajadores se foguean en la lucha contra la explotación y la opresión; una lucha que no tendrá fin hasta que no se derribe la causa de esas miserias, el capitalismo. Por su parte, los capitalistas intervienen en defensa del régimen recurriendo al engaño y la represión. En nuestra prensa mensual exponemos reiteradamente estos artilugios de la burguesía para aplacar la lucha de los trabajadores y coartar toda perspectiva revolucionaria. En esta oportunidad, queremos destacar un aspecto de esta propaganda contra la lucha independiente de la clase obrera y la revolución, que es impulsada por los capitalistas y recogida por muchos que se consideran “consejeros” de los trabajadores, aunque más bien son repetidores de las teorías stalinistas de la alianza y subordinación de la clase obrera a la burguesía y la pequeña burguesía: nos referimos al insistente enaltecimiento de la “clase media”.

“¡La clase media debe aliarse con los trabajadores, y no con los poderosos, como la sociedad rural!”, gritaba Néstor Kirchner en los actos contra la banda de Miguens, Buzzi, De Angeli y compañía. Así, de la boca de un recauchutado del peronismo (cuadro de mediocre para malo) salía la línea que es seguida por la “izquierda del kirchnerismo” (y sostenida también por gran parte de la izquierda argentina y sus profesores1). Nos referimos a la adoración de la “clase media” y su ubicación como eje de las tareas políticas, lo que no es más que la subordinación de la lucha de los trabajadores a los tiempos y aspiraciones de la pequeña burguesía.
Estos “pensadores”, que tratan a los activistas de izquierda de “compañeros” y se consideran, también ellos, “revolucionarios” (mientras suelen cumplir sus puestos de funcionarios, escribas o apologistas de este gobierno cipayo), son hijos de la doctrina del “frente popular”, planteo trazado por el tristemente célebre Dimitrov, un alcahuete de Stalin, que terminó sus días en el paredón de su jefe. Estos últimos, traidores de la revolución bolchevique, inculcaron en sus seguidores la doctrina cuyo fondo era la negación de la lucha obrera por el poder y la alianza de los trabajadores con la “burguesía progresista”, política que replegó las pretensiones revolucionarias de la clase trabajadora para amoldarse a proyectos reformistas en el marco del capitalismo. Los stalinistas sostenían que había que contener las aspiraciones radicalizadas por la toma del poder, y que, en su lugar, había que contentarse con algunas concesiones, aspirar a un régimen capitalista más progresista, el que, según ellos, sentaría las bases sociales para avanzar gradual y pacíficamente hacia el socialismo. Numerosas experiencias históricas han seguido la línea stalinista, como lo ejemplifican la derrota popular tras la guerra civil española, coronada con un gobierno del “frente popular” que abandonó los reclamos obreros y entregó el gobierno a la burguesía, o la más cercana y también trágica experiencia del frente popular chileno de Allende, otra nueva derrota para los trabajadores que confiaron en un proyecto de “moderación” que se subordinaba al régimen burgués y su legalidad.
Pero, a pesar del tiempo y las experiencias históricas transcurridas, innumerables “pensadores” que se han atalonado en las comodidades de la “clase media”, repiten y actualizan continuamente este pensamiento antiobrero, cuyo eje es la subordinación de los trabajadores a las magras opciones de reforma que, a veces, le ofrece el capitalismo. Como antaño, el reclamo es el mismo: no avanzar demasiado rápido, no plantear cambios radicales, no pretender combatir “ahora mismo” al capitalismo... Por eso, es que estos “capitalistas de izquierda” encuentran sus íconos en los gobiernos de Chávez, Morales, Correa, Ortega, e incluso Lula da Silva o Tabaré Vázquez... todos abiertos defensores del sistema actual y su médula, la propiedad privada. Y por eso, también catalogan de “sectarios” a quienes impulsamos un camino independiente de los trabajadores, enorme mayoría y única fuente de riqueza de la sociedad. En su lugar, prefieren hablar, como lo hace el stalinismo, que el sujeto revolucionario ya no es la clase obrera, sino el “sujeto-pueblo”, para licuar así a los capitalistas que consideran aliados y al conjunto de su tan adorada “clase media”.

PRIVILEGIOS DE “CLASE MEDIA”
De más está decir que ningún “burgués nacional” (sea tan conocido como Macri, Rocca, o Pérez Companc, o sea un amigo del gobierno más solapado, como los millonarios Cristóbal López o Eskenazi) tiene la más mínima afinidad con la clase obrera y su programa de abolición del capitalismo, que liquidará sus fortunas y arrancará sus privilegios, para socializar la economía nacional en beneficio del conjunto de los trabajadores. Tampoco comparten en lo más mínimo la lucha revolucionaria por el socialismo los pequeños explotadores, esos chacareros, comerciantes o pequeños empresarios que sólo son “chicos” por imposición de la competencia y cuyo esfuerzo por escalar posiciones en la estructura del capitalismo, se sostiene en la explotación del trabajo ajeno, habitualmente llevado a las más denigrantes condiciones en las cosechas en que se hace trabajar hasta a los chicos; en los talleres clandestinos, donde se llega a encerrar a los trabajadores; en los pequeños comercios donde se trabaja 12, 14 o 16 horas diarias...
Pero es bueno señalar también que la pequeña burguesía que no explota, pero vive en condiciones muy distintas a las de la clase obrera, que cuenta con sueldos que multiplican varias veces la media de los trabajadores y detenta un capital social inaccesible para un trabajador común: sus altos estudios, la posibilidad de obtener ayuda de sus pares y familiares, los contactos que le permiten acceder a mejores trabajos y demás privilegios que les da su condición social... esa “clase media” tiene también fuertes condicionamientos materiales que la aferran a una posición conservadora frente a la clase obrera y su lucha por la revolución.
Hoy, muchos “pensadores” e “intelectuales” que defienden y participan del gobierno están atados por un vínculo material a través de los cuantiosos ingresos que reciben, unos en forma directa, otros por los negocios que hacen. Así, por ejemplo, si uno revisa los nombres en la Carta de los Intelectuales que apoyaron al gobierno durante el conflicto con los empresarios del campo (en la que se mezclan sindicalistas, empresarios, banqueros, jefes partidarios, artistas, etc.), encontrará gente como Feinmann (que hace negocios desde el canal de TV estatal) u Horacio González (con su suntuoso sueldo como director de la Biblioteca Nacional). El coro de “pensadores” es largo. Incluye, por ejemplo, al delator Rubén Dri, quien junto con Manuel Gaggero no dudó en presentarse voluntariamente para declarar que nada tenía que ver con los militantes que entraron al cuartel de La Tablada. Se destacan también artistas como León Ferrari o Tato Pavlovsky (autodenominado marxista), que luego de comentar las “nimiedades” que les molestaban del documento2, decidieron apoyarlo por acordar en lo sustancial de la defensa del gobierno peronista. Ninguno de estos “pensadores” e “intelectuales” cuestiona que acá se “honra la deuda” y se respeta a rajatabla la “seguridad jurídica” de las privatizaciones hechas por el mismo PJ dirigido por Menem. Claro, señalar esto sería romper con este gobierno, y a la vez, cerrar las puertas a los jugosos emprendimientos (subsidios) a los que están invitados. Lo mismo sucede con los “artistas populares” que a cambio de prebendas que llegan a ser millonarias, se ubican junto al gobierno, participando en sus actos y campañas y defendiéndolo públicamente. Basta citar a León Gieco, Teresa Parodi, Mercedes Sosa y Adriana Varela, quienes por participar asiduamente en los actos kirchneristas fueron retribuidos por el gobierno con 830.000 tras su actuación en “Expo Zaragoza 2008”. Más vergonzoso es el caso de los conductores televisivos Coco Silly y Daniel Aráoz, quienes ofician de presentadores en los actos oficiales y a cambio consiguieron un contrato para canal 7 de nada menos que cinco millones de pesos3.

LOS PROFESORES DE LA ESTAFA
El eje en la “clase media” no lo sostienen sólo los “pensadores” que están en el gobierno y su “pata izquierda” (como son la fracción Libres del Sur, el Partido Comunista, el ibarrismo, y todos los que debaten en Página/12, con permiso de Verbitsky). También hay quienes posando de combativos e independientes, mantienen vínculos amistosos y de no agresión con este sector.
El economista y periodista Daniel Muchnik expresa muy bien a este sector. Este consejero de la burguesía trabaja denodadamente en rehacer la teoría de Dimitrov. En su libro “Negocios son negocios”, por ejemplo, refiriéndose a la Alemania pre-nazi de la República de Weimar durante su espiral híper-inflacionaria, de manera totalmente arbitraria, afirma que quien más sufrió fue la “clase media” (los rentistas, los pequeños empresarios, etc.). ¿De dónde saca este “gran profesor” que un pequeño burgués, que es propietario de su casa, cuyo valor aumenta con la inflación, la sufre más que un obrero? Lo que pasa es que Muchnik, como tantos “pensadores” apologistas de la “clase media”, toma partido por sus pares, no concibe otro sufrimiento más que el propio, y le aterra la idea de perder las comodidades y privilegios que poseé su clase.
Otro “gran profesor” que comulga con las mismas ideas es Atilio Borón, hombre que escribe en Página/12, diario con el que también tiene un pacto de no agresión. En la nota “Burgués sí, ¿pero reformista?”4, debate contra las ideas de Verbitsky y su defensa del gobierno. Para Borón, el recurso de agitar “un fantasmagórico ‘mal mayor’”, como lo hace Verbitsky, sería la justificación de “quienes quieren que nada cambie en este país y que termina en el posibilismo y la resignación”. Pero, a renglón seguido, defiende al gobierno diciendo que le “parece un disparate decir, como lo hace cierta izquierda trasnochada, que este gobierno es igual al de Menem”, y convoca a exigir al kirchnerismo que “se atreva a ser un poquito reformista”, pues “... mientras maduran las complejas condiciones para su construcción [la del socialismo] es posible la realización inmediata de algún “bien”, de algunas reformas que pongan fin a la escandalosa situación en que nos hallamos”, como si en tal “escandalosa situación” el gobierno nada tuviera que ver.
Deberíamos, por estas elucubraciones, darle un premio académico al “Profesor de la Estafa”, pues para este personaje, que suele transitar los pasillos de la izquierda y que escribe sobre el “socialismo”5, el kirchnerismo “no es lo mismo” que el menemismo… porque con este gobierno también hacen negocios él y su gente (el Centro Cultural de la Cooperación, el Partido Comunista Argentino, etc.). Este estafador (la burguesía cuenta con miles de “teóricos del disparate” en su historia) reconoce la inexorable continuidad en el pago de la deuda y el respeto a las privatizadas, pero ve una diferencia porque hay clases de “cocina revolucionaria”, como las que se transmiten por TV6 desde la ex ESMA. Como hoy los centros de tortura fueron transformados en centros culturales (cosa que con Menem ni soñaban), argumenta que este peronismo, que este gobierno, no sería “más de lo mismo”. Así, este estafador cumple con su papel de engañar, como cualquier charlatán de feria, al hacer pasar los elementos centrales y primarios (la dependencia, el pago de la deuda, la enajenación de la banca, los recursos estratégicos naturales en manos privadas, el saqueo, la explotación...) como si fueran secundarios, mostrando como fundamentales los centros culturales, los juicios a septuagenarios represores (hoy obsoletos para la burguesía) o los viajes a Venezuela y Cuba, que también él y los suyos disfrutan. Porque no es necesario tener un manejo al estilo “menemista” para estar atado por la materialidad. De hecho, estos intelectuales, profesionales, artistas y demás, defienden tan férreamente lo suyo, como aquellos la pizza con champagne. El hecho de que su moda no sea la ostentación, no quita que su posición no esté atalonada en un profundo conservadurismo a fuerza de “pequeños lujos”, como un viaje familiar en avión con estadía en Cuba, México, EEUU o Europa, una mucama en la casa, el hábito de comer afuera, una casa quinta de veraneo, el disfrute continuo de espectáculos y eventos artísticos de alto nivel, selectos vinos y sofisticadas comidas...
Estos adoradores de la “clase media” no siempre lo saben, pero comulgan con el estalinismo. Abstraen una parte del todo y la generalizan. Así, explican que el estalinismo es la tiranía, la burocracia “idiota y gris” como dice Muchnik, y no un todo antimarxista, contrario a los intereses de la clase obrera.
Siempre van a encontrar (inventar) teorías de lo “importante” e inevitable que es hacer eje en los sectores medios. Están hablando de ellos mismos, de sus comodidades, de sus privilegios. Pero sus susurros no hacen más que recordarnos que la tarea de los trabajadores pasa por un lugar diametralmente opuesto: lejos de las trabas y contemplaciones “clasemedieras”, debemos desarrollar nuestra organización independiente, capaz de enfrentar por todos los medios, y hasta las últimas consecuencias, este sistema de injusticias, para acabar, de una vez por todas, con los privilegios de unos pocos y conquistar el bienestar del conjunto de la clase obrera.
...
NOTAS:
1. Si bien en esta nota no nos ocuparemos de este asunto, es bueno recordar el intento permanente que gran parte de la izquierda argentina hace por ganar la simpatía de la clase media, entregando enormes esfuerzos a esa tarea. Incluyen abiertos llamamientos a la alianza con los pequeños capitalistas urbanos y agrarios, ya sea defendiendo a las hiper-explotadoras PyMES, ya sea acompañando a la Federación Agraria y con ella a la Sociedad Rural y demás magnates agrícolas. Pero también hay búsquedas más solapadas para ganar el apoyo de la pequeña burguesía por medio de las campañas electorales, o movilizando allí donde la clase media va con sus consignas: haciendo campañas “ciudadanas” contra las “megatorres”, o acompañando a Blumberg en su marcha para ganar la simpatía de los promotores de la “seguridad” (o el garrote).
2 Tanto Ferrari como Pavlovsky objetaron que no se mencionaran temas como la personería gremial de la CTA. Sin embargo nada dijeron del superpago de la deuda externa, la pervivencia de un enorme índice de pobreza, del crecimiento de la explotación infantil, la prostitución, la trata de blancas, el tráfico de drogas a costa de la degradación de los jóvenes más humildes, etc., etc., etc... todo profundizado por el gobierno actual.
3. El detalle de estos negociados fue publicado por la revista Noticias el 31/10/08, en su nota de tapa: “Canciones para la corona”.
4. Página/12, 29 de abril de 2008
5. Recientemente publicó un libro titulado “El socialismo en el siglo XXI”.
6. La presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, por su apoyo al gobierno, ha sido retribuida con grandes sumas y premios. Uno de ellos es un programa en canal 7 donde, entre otras cosas, da cursos de cocina desde el predio de la ESMA, centro de tortura de los secuestrados durante la dictadura.

LAS COSAS POR SU NOMBRE

El Revolucionario Nº25 (Junio de 2007)

“Como la cosa estaba agarrando color de hormiga
los ricos desempolvaron la mejor de las armas
contra el ultraizquierdismo
o sea las eleccioneslas elecciones
para coexistir en las urnas
donde todos los salvadoreños fueran iguales
o sea donde todos fueran igualmente engañados
con música de fondo de democracia y paz”.
“Los ultraizquierdistas”, Roque Dalton.

El capitalismo tiene herramientas bien aceitadas. Es lo que sucede con la propaganda. En la actualidad, hasta los conceptos más elementales de la política se presentan diariamente desvirtuados, vaciados de su contenido verdadero y rellenados cosméticamente en función de las necesidades de la burguesía y sus gobiernos. Tanto es así que hasta la idea misma de qué es la “derecha” y qué la “izquierda” se desdibuja ante los ojos de nuestro pueblo gracias a las mentiras y disloques que sostienen los más diversos defensores de la democracia burguesa: desde los medios masivos de comunicación, pasando por los partidos patronales o las instituciones académicas, hasta llegar a las corrientes reformistas autodenominadas “de izquierda” o “populares” cuyo planteo siempre consiste finalmente en la adaptación al sistema.
La resignificación de los términos “derecha” e “izquierda” y más aún sus prolongaciones “extremas” (la “ultraderecha” y sobre todo la “ultraizquierda”) tiene un carácter profundamente político: demarcar con claridad cual es el rango dentro del que está permitido moverse; delimitando cuáles son las diferencias e iniciativas que pueden ser toleradas en el marco de un régimen burgués, y por supuesto, cuáles son las posiciones y actividades que se encuentran negadas y prohibidas y cuya defensa y ejecución serán motivo indiscutible de represión por parte de la clase dominante (y de condena por parte de todos los defensores del régimen democrático).
Por eso es que los representantes más ortodoxos de la burguesía, declarada y probadamente antipopulares son llamados por sus propios medios con términos moderados como “de centro” o “centroderecha”, incluyendo con ello a políticos reaccionarios, dictadores, empresarios, golpistas, oligarcas, represores … en fin, a toda la plana mayor de la reacción burguesa más recalcitrante, en la que se incluyen personajes como Patti, López Murphy, Menem, Aldo Rico, Cavallo, Blumberg, Lavagna, Macri, o Sobisch. Es el mismo rótulo que se utiliza habitualmente para calificar a los gobiernos más asesinos y proyanquis de América Latina (como es el del paramilitar Uribe en Colombia o el mexicano Calderón, responsable de decenas de asesinatos y desapariciones en Oaxaca) o aún a los jefes de estados imperialistas como EEUU, Inglaterra, Francia, Alemania, etc.
Y si como “centro” se presenta a lo más concentrado del capitalismo y sus esbirros, no habría razón para no creer con Clarín, La Nación o cualquier noticiero de radio o TV, que acérrimos defensores del sistema capitalista como Nilda Garré, Elisa Carrió, o Chacho Álvarez son las figuras de la “centroizquierda” en nuestro país(1), como lo son en el mundo Bachelet, Zapatero… o Tony Blair, cuyo apoyo al imperialismo (y particularmente a su política guerrerista) sólo es comparable con su fanática defensa de la explotación y el libre mercado.
Con estos parámetros, repetidos una y otra vez por los voceros de la burguesía, es absolutamente comprensible que el calificativo de “izquierda” sea guardado para aquellos defensores del régimen democrático que cuentan con un perfil público más moderado o populista. Así, según el escriba de turno, podremos hallar en este campo al banquero y candidato a vicejefe de gobierno por el kirchnerismo Carlos Heller, a los presidentes proyanquis Lula o Tabaré, o a su larga lista de imitadores que plantean la posibilidad de acceder a un “gobierno de los trabajadores” por medio de un camino electoral, pacífico y democrático. De hecho los mismos reformistas son calificados de “duros”, “sectarios” u otras yerbas en la medida que su política de adaptación democrática es acompañada por algún tipo de actividad sindical o lucha popular. Así sucede en la actualidad con todo el arco de la socialdemocracia argentina (PC, MST, PO, PCR, PTS, etc.) y el resto de las organizaciones populares que no han adoptado siquiera una identidad clasista o de izquierda (FPDS, CTD y MTD-AV, etc.) calificados por la prensa burguesa como piqueteros, movimientos o sindicatos “duros”, en tanto reclamen en la calle por derechos sociales postergados, por más que no sostengan un cuestionamiento efectivo al sistema de explotación, sino más bien caminos de adaptación al régimen burgués por medio del cooperativismo, la autogestión, el electoralismo, o directamente el acompañamiento a los partidos patronales en las direcciones burocráticas de los sindicatos o en las instituciones de gobierno.
A la primera “irregularidad” sobre el actual estado de cosas, la burguesía sale a la carga con la acusación de “ultraizquierdista”, alertando con ello que se están sobrepasando los límites de lo aceptado en su régimen de gobierno y que estará justificada cualquier acción represiva para garantizar su sometimiento. Los sectores más reaccionarios arrojan ese calificativo contra los gobiernos burgueses populistas(2), y el grupo mediático más importante de nuestro país se lo achaca incluso a las corrientes socialdemócratas y electoralistas que se separan del impulso liberal y proimperialista de sus gobiernos(3). No es para nada sorprendente entonces que cualquier reacción popular, aún la más mínima, un escrache, la resistencia a un desalojo, o el enfrentamiento contra la represión, sean tomados unánimemente como una acción “ultraizquierdista”, no sólo por todo el espectro de medios de comunicación oficiales, sino incluso por las corrientes reformistas que deben justificar su propia política de conciliación. Esta acusación se repite insistentemente, por ejemplo, sobre un grupo abiertamente nacionalista como Quebracho que niega cualquier vinculación con el programa socialista y los principios de la izquierda, y cuyas acciones se inscriben en el marco de la resistencia callejera. Esta terminología pretende marcar los límites dentro del sistema actual, ya que desde la perspectiva de clase de la burguesía una acción de lucha popular es vista como un “desborde” y es motivo más que “justificado” para llevar adelante la represión y el encarcelamiento de los participantes.
Como está visto, en su categorización que va desde la “centroderecha” hasta la “ultraizquierda”, la burguesía no incluye otra cosa que opciones de adaptación y disputa por dentro de los marcos del sistema democrático-burgués, tomando como “ultraizquierdistas” a los movimientos nacionalistas y las acciones espontáneas del pueblo y dejando afuera de su espectro a cualquier iniciativa de organización y lucha que tenga un carácter revolucionario. Por supuesto el reformismo pacifista y electoralista, no sólo repite sino que a veces hasta exagera estos mismos argumentos por el terror que le provoca ser confundido con cualquier iniciativa que pueda valerle la acusación de “antidemocrático” y que ponga en riesgo su personería jurídica partidaria(4).
Sin embargo la burguesía tiene bien presente la existencia de experiencias de resistencia que superan con creces las condiciones que ella impuso para considerarlos “políticos”. La larga lista de movimientos que actúan en las luchas de resistencia y de liberación actuales (Irak, Afganistán, Palestina, País Vasco, Colombia…) son tomados por políticos, intelectuales y periodistas del régimen como si fueran actores extra políticos y antisociales, para los cuales se han acuñado otros términos con los que pretenden justificar su persecución y eventual aniquilamiento, como son: “extremistas”, “terroristas”, “narcoterroristas”, etc.
De esta forma, la burguesía habla del “terrorismo” como si fuera un término neutral cuando es usado en realidad con una indiscutible concepción de clase. Así pues, se excluye conscientemente a los gobiernos y estados que son responsables de las masacres más alevosas (EEUU, Israel, Inglaterra, Francia…) y a sus más cercanos colaboradores (como sucede ahora con el agente de la CIA Posada Carriles) mientras se pretende acusar de “terroristas” a todos aquellos que emprenden algún tipo de resistencia, incluyendo a hombres, mujeres y niños que deben enfrentar la prepotencia imperial prácticamente sin ningún tipo de recursos bélicos. Así se pretende englobar en este campo a las prácticas históricas de los revolucionarios: la resistencia, el enfrentamiento al estado opresor, la lucha y la organización del pueblo para conquistar mejores condiciones de vida. Por eso es que el rótulo de “terrorista” es hoy una herramienta fundamental con que la burguesía enfrenta el surgimiento y desarrollo de las organizaciones que cuestionan su dominio, sea en la guerra abierta (como sucede con la lucha del pueblo iraquí o la insurgencia colombiana), o sea bajo condiciones de mayor estabilidad del régimen, como sucede en nuestros países, donde las leyes antiterroristas son el reaseguro legal para desbaratar todo proyecto de organización revolucionaria que ponga en cuestión al sistema.
Para robustecer esta propaganda ideológica en defensa del capitalismo y sus gobiernos, los voceros de la burguesía han vinculado intencionalmente conceptos no sólo distintos sino antagónicos. Así el narcotráfico, cuyo máximo rector es justamente la clase dominante (beneficiada tanto por sus réditos económicos como por el efecto aletargador que las drogas ejercen sobre un pueblo que pretende rebelarse), es vinculado deliberadamente con las organizaciones que se alzaron en lucha revolucionaria contra las condiciones de vida que les impone el capitalismo (incluyendo con ello el flagelo de las drogas) y que en ocasiones plantean incluso un programa socialista, enemigo desde el vamos de las drogas y demás formas de la alienación humana. Es ejemplificador para ello el caso colombiano, en donde una serie de movimientos y organizaciones encabezados por las FARC vienen dando pelea en forma ininterrumpida por más de 40 años, desarrollando la lucha por una transformación revolucionaria que ha conquistado el apoyo de gran parte de su pueblo, y esa pelea que es combatida en forma directa por militares y paramilitares colombianos y marines yanquis pretende ser presentada públicamente por el imperialismo y la burguesía local como un combate contra el narcotráfico. Hasta tal punto es así, que cada vez son más los sectores que optan por distanciarse, retirando su apoyo y solidaridad a la lucha colombiana, por temor a quedar ligados a las acusaciones imperialistas sobre el narcotráfico y el “terrorismo”.
El imperialismo yanqui es hoy el principal promotor de esta categorización, según la cual las luchas de resistencia y cualquier emprendimiento revolucionario son acciones de “terrorismo”, mientras su gobierno invasor y sus aliados quedan exentos de cualquier tipo de acusación. Y la presión e influencia que ejerce es de gran importancia, pues no son sólo sus aliados más cercanos sino la gran mayoría de los países del mundo los que han adoptado estas posiciones en términos bien prácticos(5), destinando miles de dólares y soldados para perseguir al “terrorismo” (en general), formando y financiando a ejércitos de paramilitares en nombre de la lucha contra el narcotráfico, entrenando en forma conjunta y bajo el mandato norteamericano las tropas estatales con técnicas antisubversivas, promoviendo duras penas contra la organización y la lucha popular en nombre del “antiterrorismo”, etc.
Claro que con esta idea tan en boga, toda la corriente del marxismo revolucionario, desde los tiempos del mismo Marx hasta nuestros días sería catalogada por los ideólogos actuales de la burguesía, sin lugar a dudas, como ejemplares del “terrorismo”. Todas las revueltas en que intervino la I internacional de Marx y Engels a mediados del siglo XIX (que por cierto no tuvieron nada de “pacíficas”) con su gran hito, la Comuna de París de 1871; toda la experiencia de la socialdemocracia rusa y europea a principios del siglo XX, incluyendo los combates de 1905 y de 1917 en Rusia y los innumerables procesos de lucha que se llevaron a cabo entonces en Europa; las experiencias revolucionarias que en el mundo entero recorrieron el siglo XX, desde España hasta Nicaragua, desde China hasta Argelia, y desde Cuba hasta el Congo; todo el proceso de luchas que en nuestro país formó una vanguardia obrera y revolucionaria cuyo ejemplo fue el cordobazo y donde el PRT se constituyó como la expresión más alta de acción y programa … en fin, la historia de la lucha revolucionaria argentina, latinoamericana y mundial, no sería, para el lenguaje actual de los voceros burgueses, más que un cúmulo de expresiones “terroristas”, al margen de toda condición política.
Por supuesto que la burguesía siempre apelará a los mismos recursos, buscando la persecución y el desprestigio de los revolucionarios. Por supuesto, además, la socialdemocracia y el reformismo en general, ante el temor de ser acusados por los agentes del capital de cómplices y defensores de los métodos y actores revolucionarios, no dudarán en sumarse a la condena y pasarse del lado del patrón. Es imposible olvidar cómo el máximo jefe del PC boliviano, corría para presentarse ante las cámaras de TV y condenar públicamente las acciones emprendidas por el más grande revolucionario de nuestro continente, el Comandante Che Guevara, quien en absoluta soledad había asumido una tarea que todo el PC había abandonado desde hacía ya varias décadas. Se hace imposible olvidar también cómo Luis Zamora, la máxima figura del MAS argentino (fuerza de la que provienen numerosas corrientes de la socialdemocracia actual), con el mismo afán de despegarse, salió corriendo a denunciar a los activistas que habían tomado el cuartel de La Tablada, y acercó sus condolencias a los milicos en el mismo momento en que estos torturaban a los sobrevivientes (luego fusilados y desaparecidos) y recogían los muertos que habían sido pulverizados con fósforo blanco.
Como dieron cuenta los grandes ejemplos del pasado como Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Lenin, León Trotsky y el Che Guevara; el futuro llegará de la mano de aquellos que, evitando ser arrastrados por las imposiciones de la clase dominante, mantengan en alto su dignidad y sus principios, y marchen inclaudicablemente y llevando a cabo todas las acciones necesarias para que triunfe de una vez y para siempre la revolución socialista, único camino que traerá la felicidad a los oprimidos y explotados de nuestro pueblo.
En su intento por desprestigiar la revolución, la burguesía y la socialdemocracia repiten sus consignas vacías: hoy “terroristas”, “extremistas”, hace algunos años “ultraizquierdistas”… Roque Dalton, revolucionario y poeta salvadoreño, dejó en claro entonces cual era el camino de los revolucionarios:

En un país como el nuestro
donde todo está cerca y concentrado
donde el amontonamiento histórico es tan denso
el ultraizquierdismo que no se quede en palabras
y tenga con qué ser ultraizquierdista en los hechos
irá siempre más hondo calando en el corazón popular
que sigue estando en la ultraizquierda del pecho.

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NOTAS
(1) El diario La Nación, por ejemplo, en su edición del 20/04/07 titulaba “Encuentro de dirigentes de centroizquierda”, dando cuenta de un acto encabezado por la ministra de defensa Nilda Garré (actual responsable de la participación argentina en la invasión a Haití), el ministro de trabajo Carlos Tomada (actual responsable de la vigencia de la flexibilización laboral y la precarización del 50% de los trabajadores) y el ex presidente del renunciante De la Rúa, Chacho Álvarez.
(2) El gusano Oppenheimer, por ejemplo, en sus columnas en el diario La Nación suele acusar de “ultraizquierdistas” a los actuales garantes de la propiedad privada en Bolivia y Nicaragua: Evo Morales y Daniel Ortega.
(3) Así llama el diario Clarín del 2/10/06 a la candidata del PSOL (división del gobernante PT de Lula) Heloisa Helena.
(4) Como ejemplo recordemos que cuando en Mar del Plata se repudió la presencia de Bush en nuestro país, el PO acusaba a los activistas antiimperialistas de “petardistas”.
(5) Incluso el mandatario cubano Fidel Castro, asediado política y económicamente por los EEUU y su bloqueo de más de 45 años, llegó a declarar contra “el terrorismo” (en general) tras el atentado a las torres gemelas en 2001.

AMÉRICA LATINA: LA SOCIALDEMOCRACIA BLINDADA

El Revolucionario Nº24 (Mayo de 2007)

El líder socialista y anfitrión del Foro Social Mundial, Lula da Silva, llegó al gobierno en Brasil con la promesa de acabar con el hambre y la marginación, por los caminos pacíficos e institucionales de la democracia. Era entonces icono y ejemplo de aquellos que creen que es posible doblegar la furia capitalista por medio de meras reformas al sistema actual y que en su afán por avanzar por esos caminos vuelcan todo su esfuerzo a un proyecto electoral, al tiempo que rechazan de plano cualquier actividad violenta o de resistencia.
Pero el gobierno del Partido de los Trabajadores, no sólo no “cambió” la sociedad, sino que profundizó sus carencias, su desigualdad, su dependencia y postración ante EEUU. El cumplimiento a rajatabla con los mandatos norteamericanos (con record en ajuste y superávit fiscal) y con sus planes guerreristas (encabezando la misión latinoamericana en la invasión a Haití), son el marco de una política de indigencia, donde se multiplican hasta niveles dramáticos el hambre, la pobreza, el hacinamiento en las multitudinarias villas de emergencia (favelas), las condiciones inhumanas de vida de los campesinos pobres…
Ya en el poder, el “socialista” da Silva ostenta ante su pueblo un gabinete infectado de los mismos banqueros, empresarios y partidos liberales a los que decía enfrentar; todo un partido empresarial sumido en la corrupción más escandalosa (paradójicamente llamado PT), y enormes redes de negocios que van desde el narcotráfico al juego y la prostitución, atravesando por completo el estado lulista: sus partidos, sus funcionarios, su policía…
Y como buen “socialista-pacifista” que apela a la democracia capitalista para llevar adelante su mentiroso proyecto de transformación, no encontró otra forma para sostener sus negocios y los de toda la clase dominante que una política represiva, un tanto alejada del pacifismo pregonado. Así, las masacres de centenares de campesinos sin tierra, la represión contra los activistas sociales (con gran despliegue para sofocar el repudio a la reciente visita de su jefe Bush), la militarización sobre la población y la promoción de más legislación represiva, son todas facetas de una política que hoy tiene al gobierno y su burguesía discutiendo para dar un nuevo paso.
Con marchas y contramarchas, el presidente Lula y su PT, la cúpula de las Fuerzas Armadas, el gobernador de Río de Janeiro y demás representantes del estado brasileño, buscan establecer el marco legal y las condiciones necesarias para poner a las FFAA a patrullar las calles de la populosa ciudad de Río de Janeiro. El acuerdo, en primera instancia, plantea “que los militares ocupen centros neurálgicos de la ciudad por lo menos un año”(1) Una tarea indispensable, según el gobernador del estado, Sergio Cabral “para garantizar la ley y el orden en el estado y en la región metropolitana de Río de Janeiro”. Hasta el momento, y como anticipo, el gobierno de Lula ya ha gestionado el aumento de los efectivos de la policía militar en esa ciudad, mientras busca un acuerdo con la cúpula castrense para su intervención, puesto que ésta reclama que su fuerza cuente con el “poder total” sobre la ciudad, para que no se caiga en una “vulgarización” de las tareas militares. “Para actuar exigen que Cabral se decrete incapaz de mantener el control de la ciudad y entregue el control de la seguridad a los militares”(2), pasando directamente a una “intervención militar” del estado y la ciudad.
El emprendimiento represivo, planteado como una lucha contra el narcotráfico, cuenta con un problema nada menor, y es que el principal actor en el negocio del tráfico de drogas (como de tantos otros) es justamente el estado brasileño y sus fuerzas de seguridad. Así, mientras su propio estado “tiene como base del sistema de seguridad a cuerpos policiales totalmente atravesados (o comprados) por las organizaciones delictivas”(3), el gobierno del pseudo pacifista Lula da Silva, aquél que apoyado por un amplio arco de organizaciones sociales y políticas desde el Foro Social Mundial, se propuso mostrarle al mundo la viabilidad de los caminos pacíficos e institucionales para lograr las conquistas obreras y populares, no tiene mejor salida para su gobierno de ladrones y capitalistas que impulsar la “intervención militar” de una de las más amplias áreas metropolitanas de su país, imponiendo la represión sobre los millones de pobres que habitan en las favelas.
Como suele suceder, hoy ya muchos de los que defendieron e impulsaron ante nuestros pueblos esos caminos truncos del reformismo pacifista, miran para otro lado y siguen su rumbo. Pero una y otra vez vuelven al ruedo con nuevos intentos de la misma calaña, causando una enorme y perniciosa confusión. Así, algunos años más tarde del triunfo de Lula, cuando su actitud servil de lamebotas del imperio y sus políticas antiobreras se prestaban para el escándalo, los defensores de una democracia (capitalista) “de izquierda” se reciclaron acompañando el triunfo electoral de Tabaré Vázquez y el Frente Amplio en Uruguay. El desastre fue aún más veloz: el intento de firmar un TLC (su propio ALCA) con EEUU, el apoyo material a las invasiones sobre Haití y el Congo, la continuidad de un programa liberal de gobierno que sostiene altísimos niveles de pobreza y grandes carencias sociales… cada paso del gobierno “progresista” uruguayo daba cuenta de un nuevo fracaso de la utopía reformista. Las cualidades de su política “democrática” y “pacífica” también se hicieron conocer: mientras las tropas uruguayas eran acusadas por violar a cientos de jóvenes congolesas, la política interna del gobierno del Frente Amplio batía records, superando en mucho las propuestas del argentino Blumberg, al acusar legalmente con el cargo de “sedición” a los activistas que fueron detenidos tras participar de las movilizaciones contra Bush.
La utopía progresista vuelve una y otra vez. Pero los gobiernos pseudo progresistas que juran profundas reformas, sin confrontar contra la burguesía, sino accediendo pacíficamente al poder del estado burgués y usando los aparatos de dominación de aquél, terminan más tarde o más temprano, volviendo contra el pueblo los fusiles de la represión, para garantizar el actual estado de cosas en el que los ricos se enriquecen y los pobres se empobrecen cada vez más. Es significativo que un símbolo del progresismo actual, del “bolivarianismo”, el ahora nominado a candidato para el premio nobel de la paz y presidente boliviano, Evo Morales, deba dar cuenta, nuevamente, de otro muerto en manos de su represión(4), en el marco de una lucha por hacer efectivas la nacionalización de los hidrocarburos que el mandatario ha traicionado. Es justamente el dirigente cocalero quien llamó a parar la lucha y encausarla por los carriles del dialogo y la paz, acordando con los gobiernos proyanquis de Lozada y Mesa para buscar una salida institucional de una dura lucha que venía llevando su pueblo. Y es una vez más el gobierno “popular”, el que haciendo uso de las herramientas de la democracia burguesa, arremete ahora contra aquellos que pretenden mantener las banderas de su lucha.
Sea como sea, es claro que la socialdemocracia, el progresismo, el populismo y toda esta serie de falsas salidas que nos presenta la burguesía, no son tan pacíficos como nos plantean a la hora de reprochar la lucha revolucionaria. Cuando les toca a ellos gobernar y se hacen responsables de defender los sagrados intereses de la burguesía y el imperialismo, están bien dispuestos a tomar las armas… pero apuntando hacia nuestro lado.
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(1) Clarín 12/04/07, en la nota: “Lula ordena el envío de tropas de las FFAA a Río de Janeiro”.
(2) La Nación 17/04/07.
(3) Clarín 12/04/07.
(4) Derman Ruiz, 37, fusilado el 18 de abril por la policía boliviana que reprimió a la multitud que ocupaba la planta de Transredes, operada por Shell.

EL CHIQUERO ELECTORAL

El Revolucionario Nº24 (Mayo de 2007)

“La democracia creada por la burguesía no es, como lo creyeron Bernstein y Kautsky, una bolsa vacía que puede ser llenada sin problemas con cualquier tipo de contenido de clase. La democracia burguesa sólo puede servir a la burguesía”.
León Trotsky, “A noventa años del Manifiesto Comunista”, octubre de 1937.

“Estamos en manos de verdaderos plutócratas. Aquí, sólo los ricos pueden ser candidatos, o los que manejan los recursos del estado. Eso es matar la democracia, matar la república”(1).
“Parece que hay sólo tres candidatos, porque los únicos que pueden hacer campaña en los medios son los que usan los recursos del gobierno nacional, porteño o la fortuna de papá”(2).
Si no dijéramos más abajo de quiénes son estas declaraciones, podrían perfectamente pasar por las de cualquier “personalidad” de la izquierda reformista argentina. Pero no. Una es de uno de los dirigentes más reaccionarios del país y la otra, de uno de los progresistas más renombrados. Son declaraciones de burgueses nacionales, preocupados, en plena época electoral, por la “calidad institucional” de su sistema de dominación: la democracia burguesa.
Un poco más enojado podemos ver a uno de los “cerebros” políticos de Clarín, el prolífico Eduardo Van der Kooy, aquél que sugirió “apretar” a los posibles involucrados en los hechos que culminaron con la muerte del suboficial Sayago. En su columna de panorama político del 29 de abril, se despachó a gusto en una nota titulada “La iglesia y el chiquero electoral”.
Allí, desarrollando sus dotes de consejero de los políticos de la clase dirigente argentina (oficialista y opositora), emplea frases y términos como “pasan los años de democracia y de campañas electorales, pero el teatro de la política sigue con actuaciones de mísera calidad”. Este escriba pone “mísera calidad” en negrita. La nota es un gran reto pues, de manera desesperada, trata de llamar la atención y alertar a sus dirigentes sobre el peligro que representan siendo lo que son. Para este escriba está en juego, y más aún en una coyuntura electoral que como siempre está destinada a “renovar” su gallina de los huevos de oro, la democracia capitalista.
Es que realmente las próximas elecciones en capital son un verdadero chiquero. Cualquier prensa de la burguesía describe lo poco serias, carentes del más mínimo principio, espurias y oportunistas que son todas y cada una de las alianzas que se presentan para el 3 de junio. Para ejemplificar recordaremos nomás que Elisa Carrió, después de decir en octubre pasado “Telerman es Duhalde” y “Telerman es De Vido”, terminó cerrando un acuerdo electoral con el actual jefe de gobierno. Que además del apoyo de Carrió, paradigma del “pacto moral”, Telerman cuenta con la adhesión de la UCD, el PS, Libres del Sur y demás sectores kirchneristas entre otra mélange. Por su parte, Filmus acopló a su campaña a personalidades como Ibarra, Ginés García y el banquero Heller, hombre del PC y … Libres del Sur y demás sectores kirchneristas. Pero además, parte del PC también brinda su apoyo a la candidatura de Lozano quien en su fórmula lleva a una legisladora del ARI y al ex ministro de gobierno del interventor de la Alianza en Corrientes, y así sucesivamente...
En junio de 2006 decíamos que “...la izquierda mayoritaria local prepara un nuevo desastre, prestándose al juego del partido único de la burguesía, jugando el único rol que éste le asigna: el del payaso”.(3) Anteriormente, en octubre de 2005, explicábamos que “Su lugar ya está determinado. El lugar de la izquierda electoralista (...) es el que la prensa burguesa determina como “otros”, y que se encarga de aclarar que ‘es tan bajo el nivel de intención de voto de estas expresiones que son difíciles de medir y se confunden con el margen de error’.”(4) Y así, ante cada nueva coyuntura electoral.
Pues bien, nuevamente, la izquierda en bancarrota es la que lleva los trajes de colores y cascabeles. Nuevamente, el papel de bufones.
Desesperado, corriendo atrás de la iniciativa implacable de la burguesía y pretendiendo instalar en la calle el clima de participación electoral que la burguesía tanto reclama, el PO se equivocó en los carteles, pegándolos con los nombres, los cargos y las fotos de sus candidatos cambiados. Pero además, dando cuenta de su oportunismo para caerle bien a la clase media, con los mismos argumentos que ayer movilizó junto a Blumberg, hoy propone “una ciudad contra las megatorres”, consigna compartida con Mauricio Macri quien afirma “Estaría bueno construir Buenos Aires sin construir en cualquier lado”.
Otra organización que salió con todo a pegar carteles es el PTS, partido que piensa que Kirchner no es de derecha ya que las consignas en sus carteles rezan: “ni doble disKurso, ni derecha”. De este modo, en su oportunismo, sostienen que un gobierno que es privatizador, represor y proimperialista como éste, no es de derecha. Gran favor le hacen al kirchnerismo con semejante concepción y propaganda.
Por su parte, el MST, que plantea “contra la vieja política, una nueva izquierda” de la mano de sus eternos y permanentes candidatos, propone “combatir la desigualdad social”. Con esta consigna tranquilamente puede adherir a la fórmula de la CTA y AMPM “distribución de la riqueza, ya”. Como si fuera poco, también propone la libre elección de comisarios y demás barbaridades.
El PC, además de lo descrito más arriba, en su prensa llama a votar por el candidato kirchnerista que acompaña Heller y se autoboicotea ya que no propone votar la lista de Lozano, donde hay varios miembros del partido, por considerarla “testimonial”.
En medio de nuevas causas de coimas, como son la de Skanska y la reactivación del caso Greco, que escandaliza a los consejeros de la clase dirigente, los partidos de la burguesía se disputan los negocios en las próximas elecciones en capital. Es que nadie quiere quedar afuera de los millonarios negociados y todos quieren contar con los recursos del gobierno porteño. En un contexto en el que la mayoría de la sociedad, sobre todo la clase trabajadora, no tiene ningún interés en participar electoralmente, y no tiene la necesidad de que nadie le explique que tal o cual candidato no va a cambiar nada, la izquierda argentina contribuye a legitimar la democracia capitalista cumpliendo el vergonzoso papel que siempre cumple.
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Notas
1) López Murphy, en declaraciones a Radio América el 22 de abril.
2) Claudio Lozano, en declaraciones radiales el 1 de mayo.
3) “Con el partido único de la burguesía continúa la entrega nacional” en ER N°14.
4) “El circo electoral” en ER N°7.

EL ACTO EN FERRO: CON ESOS “ANTIIMPERIALISTAS”, EL IMPERIO NO TIENE NADA QUE TEMER

El Revolucionario Nº23 (Abril de 2007)

Por tercera vez, desde noviembre de 2005, Hugo Chávez fue protagonista de un acto co-organizado con el gobierno argentino y promocionado como antiimperialista. Como en Mar del Plata y Córdoba (aunque sin Maradona ni Fidel) la anfitriona fue Hebe Pastor de Bonafini, que presentó al presidente venezolano como “el otro hijo de las Madres”. Al primogénito, el presidente argentino, le agradeció no una, sino tres veces, los recursos para armar el espectáculo. Chávez, a su turno, nombró a Kirchner varias veces, llamándolo “mi buen amigo y compañero”, sin olvidarse de la candidata consorte ni de varios ministros.
También como en Mar del Plata y Córdoba, la concurrencia mezclaba en “democrática” armonía las banderas oficialistas de Libres del Sur, Barrios de Pie, FTV, Martín Fierro, el Movimiento Evita, y otros peronistas, con el PC-MTL, PCR-CCC, MST, Quebracho, MTD Aníbal Verón y otros grupos menores.
De antemano se sabía que no se escucharía ni un indisciplinado silbido contra Kirchner. Fue una condición expresamente impuesta por Chávez, y los dos gobiernos organizadores dispusieron de tropas especiales para garantizarla: varios centenares de militares venezolanos rodeando el palco, un espectacular operativo de la policía federal afuera, y entre 1.000 y 2.000 militantes kirchneristas mezclados con la concurrencia para “prevenir desórdenes”, como informaron profusamente los diarios. Al final fue superabundante tanto despliegue, porque la orden fue acatada sin discutir ni chistar. El 9 de marzo tituló Clarín: Pacto de "convivencia" con la izquierda para el acto de Chávez de hoy en Ferro. Lo acordaron grupos oficialistas con los piqueteros duros. Los canales de televisión que emitían en directo tuvieron especial cuidado en mostrar los sectores del estadio ocupados por los “no kirchneristas” cada vez que se nombraba a Kirchner. Ni un chiflido. Eso es democracia, madurez y unidad de acción.
Los comentarios posteriores al acto de los que concurrieron son bien elocuentes. El PC, en la pluma de su máximo dirigente Patricio Echegaray, dice que “algo para destacar ha sido el espíritu unitario de este acto, lo que se vio en su convocatoria, en las fraternales y consideradas palabras de Hebe de Bonafini para todos los participantes y en la armonía con que diferentes sectores del peronismo y variados partidos de izquierda compartieron la movilización” (1). Y concluye, en criminal omisión histórica, que fue “lo más alto de la expresión contra el imperialismo que ha tenido lugar en nuestro país”. Ciertamente no se puede pedir más al partido que, confirmando su prosapia proburguesa, hoy acuerda electoralmente a través de Carlos Heller con Filmus, Bonasso e Ibarra.
El MST defendió el acto como “acción altamente progresista” porque sus “consignas eran correctas” (2), incapaces de distinguir entre una consigna oportunista y una política de estado consistente, que reprime, paga la deuda, manda soldados a invadir Haití y cumple las exigencias imperiales en materia de “leyes antiterroristas” y seguridad de las inversiones extranjeras. Los morenistas aprovecharon la oportunidad para defender en su prensa lo que entienden por “unidad de acción”, reivindicando su prédica constante por compartir espacios con el kirchnerismo y otros sectores burgueses, como cuando invitaron al oficialismo a incorporarse a la campaña por la aparición de López o a la preparación de los actos del 24 de marzo. Tampoco puede esperarse más de los que creen posible la reforma y hasta la reconversión revolucionaria de las fuerzas de seguridad y son solidarios con los reclamos mal llamados “sindicales” de la corporación policial. Dice también el MST que quienes no fueron a Ferro “no comprenden el proceso venezolano (…) profundamente revolucionario y (que) ha conquistado una relativa independencia del imperialismo”. Desde estas páginas hemos analizado una y otra vez el chavismo y su política, por lo que podemos sintetizar que el nacionalismo populista, a lo sumo, puede mejorar en algo los términos de la dependencia, y no necesariamente para el disfrute del pueblo.
Quebracho, que hace del antiimperialismo su bandera principal y más ruidosa, anunció en un comunicado antes del acto que varios de sus compañeros estarían en el palco, expectativa que no se cumplió. Frente a la embajada de Uruguay, uno de sus dirigentes explicó que iban a Ferro porque Chávez no es lo mismo que Kirchner, porque “está nacionalizando los recursos petrolíferos; no envía tropas a Haití y es amigo de Irán” (3). Otra vez, la simplificación absoluta, y la sumisión al acuerdo Kirchner-Chávez.
El PCR-CCC destaca en su prensa que Chávez atacó el “imperialismo ruso” y, como el MST, celebró la sugerencia de que es posible, hoy y aquí, que las fuerzas represivas “den vuelta la punta de sus fusiles” (4) como confesó Chávez en su discurso (ver Persiguiendo guerrilleros). Con eso le bastó al PCR para justificar su presencia en un acto que, admiten, era oficialista.
Ni el nacionalismo burgués ni el reformismo podrán jamás resolver los problemas de los pueblos, ni empezar siquiera a hacerlo. El uno, variante demagógica de la dominación de la burguesía, intenta confundir a las masas con un hueco discurso de liberación, mientras allana el camino a nuevas y más sutiles formas de penetración extranjera. El otro, difunde nocivas ideas pacifistas mientras embellece a las burguesías autóctonas, a sus ejércitos y policías, con quienes constantemente busca aliarse. El camino revolucionario no es fácil ni sencillo. Requiere combatir al imperialismo, pero también exige librar la lucha política e ideológica contra los fraudes y las desviaciones que conspiran poderosamente contra la independencia política de la clase.
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(1) Nuestra propuesta nº 816, “En el marco del antiimperialismo, unidad de los pueblos”.
(2) Alternativa Socialista nº 448, “¿Había que ir al acto de Ferro?”.
(3) Comunicado difundido por Internet.
(4) Hoy nº 1157, “El presidente Chávez en Ferro: Estamos resueltos a ser libres”.

SIN VERGÜENZA

Comienza la campaña electoral de la socialdemocracia y, con ella, el desfile de alianzas a “troche y moche”

El Revolucionario Nº20 (Diciembre de 2006)


Empezó la campaña, y con ella la eterna carrera por formar alianzas, frentes, concertaciones y coaliciones que permitan salir al mercado electoral con alguna propuesta atractiva que, aunque no deje un cargo con sus consabidos contratos y otros negocitos, por lo menos permita recaudar el peso cincuenta oficial por voto. Hay ofertas de todo tipo por derecha y centro, pero también de las que se reclaman de izquierda o “progresistas”. A la cabeza de éstas, el Partido Comunista Argentino, para el que ir a elecciones en frentes de cualquier tipo es línea política histórica. Y si es con algún “buen burgués”, mejor. El documento de su último Congreso convoca desde la primera frase a la “construcción de la fuerza política alternativa… capaz de superar la dispersión del campo popular… que debería ser el primer punto de la agenda del movimiento popular, de los piqueteros, de los activistas sindicales clasistas, de todos y todas los compañeros de izquierda, en su más variada pluralidad” porque su ausencia es “la debilidad principal del sujeto pueblo”.
La historia del PC viene repleta de estos intentos, como cuando en tiempos del Frente del Pueblo (1986/1987) propiciaban aglutinar a los “progresistas y de izquierda” tras la candidatura del fiscal de investigaciones administrativas Ricardo Molinas, o, como ellos mismos lo admiten en el documento citado, cuando financiaban el diario Sur, dirigido por el actual secretario de DDHH kirchnerista, Eduardo Luis Duhalde. Después vendría el FRAL, con el Partido Humanista, el Partido Intransigente de Santa Fe, el Radicalismo de la Liberación de Córdoba, la Corriente Patria Libre y el filoperonista Movimiento 26 de Julio. En 1992 el frente se llamaría “del Sur”, con el peronista Pino Solanas como figura, en alianza, entre otros, con el PCR. El Frente del Sur pronto se ampliaría aún más como Frente Grande, con los ex Grupo de los Ocho peronistas Chacho Alvarez, Juampi Cafiero y Darío D’Alessandro, y los ex FRECILINA (Frente Cívico para la Liberación Nacional) Aníbal Ibarra y Graciela Fernández Meijide. En 1999, mientras buena parte de su dirección nacional y de la juventud sinceraba su camino diluyéndose en la alianza con la UCR, el partido acordó con el MST la Izquierda Unida, que se rompería en las últimas elecciones, terminando el PC en un Encuentro Amplio con Ariel Basteiro y Jorge Rivas, y coqueteando con la kirchnero-chavista Alicia Castro.
Con esa idea, ya desde fines de 2004 intentaron con el Encuentro Nacional por la Soberanía Popular (más conocido como Encuentro de Rosario, por el lugar de su primera reunión) nuclear un rejunte que iba desde la monja Pelloni hasta la radical Margarita Stolbizer, pasando por el ex menemista Roberto Cirilo Perdía, la diputada Lucrecia Monteagudo del PI, la CTA con De Gennaro y Lozano, los socialistas de Hermes Binner y Jorge Rivas, sectores del ARI, y, por supuesto, todos los sellos que pretenden no ser orgánicos del PC, como el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
Nada nuevo bajo el sol en esta campaña 2007, salvo el sinceramiento cada vez mayor de lo que el PC entiende como “alternativa política para la clase”. En la provincia de Santa Fe ya lanzaron el “Frente Progresista, Cívico y Social” con el socialista Hermes Binner de mascarón de proa, varios sectores radicales, y están en conversaciones con el procesista provincial Partido Demócrata Progresista, que supo ser aliado de Alsogaray y Romero Feris. En la otra orilla del Paraná lanzaron la “Concertación Entrerriana”, con la participación en el acto de presentación de candidatos de Claudio Lozano de la CTA, Rubén Héctor Giustiniani del PS, Juan José Sisca de Apyme, el intendente de Morón, Martín Sabbatella, los integrantes del secretariado nacional del PC Víctor Kot y Mario Alderete, y sus correligionarios “cooperativistas” Carlos Heller y Juan Carlos Junio. En Salta ya está en marcha el Encuentro por la Soberanía, impulsado por el PC y el PS.
Pero es en la ciudad de Buenos Aires donde esta política frentista se expresa de la manera más brutal y transparente. La nueva criatura se llama “Diálogo por Buenos Aires”, lanzado a principios de diciembre bajo el lema de “servir para mejorar la política” postulando según su documento fundacional “una fuerza amplia y progresista, en el más profundo sentido económico, social y cultural”. El trío que apuesta a seducir al tan mentado progresismo porteño está integrado por el banquero del PC Carlos Heller, el diputado kirchnerista Miguel Bonasso, y el ex jefe de gobierno Aníbal Ibarra. Pero el espacio quiere ser todavía más amplio. Como informó el diario Página/12 el 15 de noviembre, “La intención de la troika convocante es lograr un espacio con una amplitud tal que pueda competir con la derecha en la Ciudad Autónoma y en tal sentido el arco imaginado va desde el ministro de educación, Daniel Filmus, hasta la diputada del ARI, María América González. ‘Buscamos autonomía e independencia dentro del distrito, aunque en lo nacional tengamos más o menos cercanía a Kirchner’, definió ante Página/12 el ex jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra”.
Bien claras las definiciones del niño bonito del progresismo, que pareció abandonado salvo por los muy íntimos como Estela Barnes de Carlotto después del incendio de Cromañon, y hoy resucita a la política de la mano del kirchnerista Bonasso y del PC. Por las dudas, insistió Ibarra al periodismo que el Diálogo por Buenos Aires “no es un espacio opositor al gobierno”.
En el n° 804 de Propuesta, y bajo el título “Plenario del Comité Central – Balance y Perspectivas” se dice sin enrojecimientos faciales que el PC privilegia el espacio compuesto por las dos proto-alianzas, la de Heller y la de Lozano, aclarando que el partido busca “expresar a las mayorías populares con la composición social de la Ciudad de Buenos Aires, influidas por el macrismo, el kirchnerismo y otras fuerzas de la ideología dominante junto a la dispersión de las fuerzas de izquierda y de centro izquierda”, y definen que “la tarea del Partido es involucrar en un proceso electoral a un espectro que va desde los sectores del trabajo, ocupados, desocupados y jubilados, hasta sectores medios del comercio y la producción”. Su oficialismo es de tal magnitud que se les han complicado las negociaciones con Claudio Lozano, que disgustado con la excesiva cercanía con el gobierno nacional del trío del Diálogo prefiere discutir con sectores que se dicen críticos de Libres del Sur.
Inmersos en la interna burguesa, en el número anterior de la misma prensa, con el título “Para no olvidar” criticaban a su ex aliado Carlos Chacho Alvarez, reprochándole con la amargura del despechado haber sido “el que encabezó la expulsión de la izquierda del Frente Grande, malogrando así una de las experiencias más importantes del campo popular”, experiencia que terminó, a no olvidarlo, con el gobierno de la Alianza, inaugurado en la Masacre de Corrientes y finalizado con 37 muertos el 20/12/2001. Y con total desparpajo, mientras negocian cargos con los incendiados restos de Ibarra, alertan sobre el “verdadero regreso de los muertos vivos”.
No puede extrañar entonces que el Partido Comunista afirme, como lo hizo recientemente su representante en el Espacio Memoria, Verdad y Justicia, que “éste no es un gobierno de derecha”, ni que haya apoyado al burócrata Yasky en las recientes elecciones de la CTA. Es el resultado, lineal y natural, de orientar toda la política a la conformación de alianzas electorales. Con todos estos antecedentes, queda claro que no estamos hablando de otra cosa que de un partido burgués, que pese a sus pregonados giros y contragiros retornó al más puro codovillismo. Es obvio que no estamos llamando a la reflexión a quienes decidieron “competir con la derecha por el electorado de la Capital”, ni nos interesa discutir con quienes ya optaron definitivamente por la burguesía. Pero pese a ello, siguen interviniendo en ámbitos comunes de lucha, como sindicatos o asambleas estudiantiles, donde continúan opinando, cuando no dirigiendo en ocasiones, condicionando en ambos casos la política de quienes les dan ese espacio como si fueran una organización popular más, y no simplemente una más de las opciones “progresistas” de la burguesía.

LA IZQUIERDA EN EL CASO LOPEZ

El Revolucionario Nº18 (Octubre 2006)

Ante la desaparición de Julio López, las organizaciones de izquierda expusieron sus posiciones y llevaron adelante su política. Debido al alcance nacional que ha tomado el caso López y, salvo excepciones, a la falta de planteamientos claros y clasistas, creemos necesario polemizar con las posiciones centrales que, con matices, atraviesan a la gran mayoría de las fuerzas de izquierda.
En esas líneas desarrollaremos dos de las consignas centrales levantadas por una buena parte de la izquierda: el planteo abierto o encubierto de la defensa de la democracia y la consigna de desmantelamiento del aparato represivo del estado.(1)

En defensa de la democracia
La movilización del pasado viernes 6 de octubre no puede pasar inadvertida en la vida política de nuestro país. Bajo la consigna “Aparición con vida” se han manifestado juntos, en una movilización encabezada por el Frente para la Victoria y la Asociación Madres de Plaza de Mayo, los representantes del gobierno y la inmensa mayoría de las organizaciones populares.
Lo que aquí nos interesa destacar son las concepciones y el rol jugado por las organizaciones que se denominan populares, de izquierda y hasta revolucionarias.
Partiendo de una mala caracterización, que las lleva a sostener que “la democracia está en peligro” o que “están operando resabios de la dictadura que el gobierno no puede controlar”, concluyen que hay que conformar un frente común para defender la democracia ante los embates de la derecha o los elementos dictatoriales. Algo así como una especie de “Frente Popular” para detener al fascismo. Pero esto no termina aquí. Bochornosamente, reclaman, no sólo a la CGT y a la CTA, sino al mismísimo gobierno de Kirchner, que convoque a una movilización popular en defensa de la democracia. Es decir que llame al pueblo a defender su gobierno. Defensa que estas organizaciones realizarían sin mayores inconvenientes, bajo el argumento de que “se viene la derecha”.
En este momento, donde la democracia es el plan que el imperialismo norteamericano tiene para las semicolonias americanas (véase “...”), la defensa de la democracia es una política que va en el mismo sentido que la de la Casa Blanca. Esto explica, en parte, el hecho de que hayan confluido, sin mayores contradicciones, el gobierno pro-imperialista de Kirchner y la izquierda argentina en una movilización unitaria.
Decimos en parte, porque a este planteo viene a sumarse una característica fundamental de las organizaciones de izquierda de nuestro país: su carácter socialdemócrata. Nadie desconoce que la casi totalidad de la izquierda argentina participa en todas las elecciones de esta democracia. No sólo participan, sino que toda su política, todas sus intervenciones ponen como eje, en forma declarada o encubierta, el armado de listas, la presentación de candidatos y los planes alternativos dentro de los parámetros democrático-burgueses. Toda su política, culmina en la formulación de una plataforma electoral. Entonces, la sola idea de que se coarten las libertades públicas y democráticas significa, para la izquierda local, su propia desaparición como partido político.
Estas concepciones y estos planteos no hacen más que conducir a los trabajadores detrás de la burguesía y sus representantes. Quedó demostrado en la marcha del viernes 6/10.

Desmantelamiento del aparato represivo
Por otro lado, aparece y se reproduce con vigor, y también con matices, la consigna del “desmantelamiento del aparato represivo del estado”. La falta de claridad o, en el mejor de los casos, las ambigüedades en torno a esta consigna es asombrosa.
En primer lugar, este planteo esconde una errónea concepción de estado. No sólo del estado burgués sino del estado en general. Hoy, no nos detendríamos en este debate teórico si no fuera porque esta consigna trae consigo consecuencias prácticas y propuestas políticas nefastas para los trabajadores y el pueblo.
Explicando las características del estado, escribía Engels que una de ellas “... es la instauración de un poder público (...) Este poder público existe en todo estado; no está formado solamente por hombres armados, sino también por aditamentos materiales, las cárceles y las instituciones coercitivas de todo género...”.(2) Más tarde Lenin profundizó las caracterizaciones realizadas por Marx y Engels explicando que “El estado es una organización especial de la fuerza, es una organización de la violencia para la represión de una clase cualquiera”.(3) Entonces, el estado burgués es la organización de la burguesía encargada de disciplinar, controlar y reprimir a la clase trabajadora, conformada, no sólo por las fuerzas armadas y de seguridad, sino también por todo el conjunto de instituciones y organismos encargados de mantener a raya la lucha de clases.
A la luz de estas palabras, el planteo hecho por las organizaciones de izquierda se encuentra más cerca del anarquismo que de la teoría marxista ya que algunas proponen, y otras le exigen al gobierno, el desmantelamiento del aparato represivo, la supresión de una de sus características esenciales, es decir, su disolución o abolición. Lejos de esto, el marxismo propone el combate contra el estado burgués para destruirlo. Si hacemos un enorme esfuerzo y relacionamos la idea del desmantelamiento con la de destrucción desarrollada por el marxismo revolucionario, la consigna también es inadecuada dado que esto es algo impensado de plantearle al mismo estado. Equivale a pedirle que firme su propio certificado de defunción. Además, plantear el desmantelamiento sin explicitar la necesidad de llevar adelante una revolución violenta para que la clase trabajadora conquiste el poder político e implemente su dictadura, sirviéndose de la fuerza, sobre la burguesía constituye simplemente un enunciado vacío. Así, en clara contradicción con los fundamentos del marxismo, la izquierda local levanta la consigna del desmantelamiento, negando la tarea de derrocar mediante el uso de la fuerza al estado burgués para instaurar la dictadura de los trabajadores.
Decíamos más arriba que si damos este debate es porque la izquierda inunda los periódicos con propuestas puntuales que repercuten negativamente en la clase trabajadora y el conjunto del pueblo. Algunos impulsores del desmantelamiento del aparato represivo, proponen garantizarlo mediante la libre elección de comisarios, jueces y demás agentes represivos. Como si esto acabara con la represión estatal. De este modo, el desmantelamiento significaría, en los hechos, una democratización o humanización del aparato represivo. Algo que, por la naturaleza del estado y sus fuerzas e instituciones represivas, es imposible.
Alejándonos cada vez más del marxismo, encontramos a quienes sostienen que el aparato que hay que desmantelar está compuesto por los elementos fascistas que aún ocupan puestos en el aparato represivo. De esta manera, lo que proponen concretamente es una depuración, algo parecido a las purgas policiales kirchneristas pero más profunda y en otros organismos e instituciones como la SIDE o las FFAA. Esta propuesta tiene como basamento la criminal idea de que los uniformados son parte de la clase trabajadora y que por lo tanto deberían sindicalizarse pues podrían colaborar con un proceso revolucionario.
En otro lugar, se ubican quienes plantean esta consigna como parte de una especie de programa transicional. Pero trasladando mecánicamente la lógica de las consignas de transición para todo momento y todo lugar, no hacen más que, como decía Trostky, utilizar las consignas transicionales como simples balas de fogueo inofensivas e incapaces de movilizar a las masas.
En este tema, como en tantos otros, las posiciones de muchas organizaciones de izquierda dan cuenta de la falta de claridad, del oportunismo y del reformismo predominante. También en este tema, como en tantos otros, la clase trabajadora no tiene, ni puede tener, un plan alternativo bajo la dominación de la burguesía. La única alternativa en nuestros días es construir el Partido Revolucionario y llevar adelante la lucha por la Revolución Socialista.

NOTAS
1) Las dos consignas que trataremos (“defensa de la democracia” y “desmantelamiento del aparato represivo”) pueden leerle en las prensas partidarias y oírse en las intervenciones públicas. A modo de ejemplo reproducimos algunas citas: “Los aparatos de la dictatorial, del gatillo fácil, y de la asociación con el delito organizado desafían al gobierno” “...disolución de los aparatos represivos estatales, integrados por genocidas, torturadores, “con gorras” y “sin gorras”, “gatillos fáciles”...” “... elección de los puestos del aparato estatal por parte del pueblo ( en especial, la Justicia, la Policía y las Fuerzas Armadas), (...) derecho a la deliberación política en tribunales, comisarías y cuarteles.” “En lugar de ocuparse de movilizar al pueblo para atacar una conspiración anidada en el propio Estado, Kirchner se pasea por Misiones...” (PO) “Lo que está claro es que la política de Kirchner no es la movilización de masas contra los fascistas y por la aparición con vida de López (más allá de alguna retórica en descenso y de acciones testimoniales controladas por sus amigos como la manifestación del viernes 6 de octubre)” (LSR) “Si es cierto que Kirchner está en contra de la impunidad, por la aparición con vida de Julio López y por el castigo a los genocidas, entonces debe impulsar la movilización con todos los medios a su alcance, que son enormes” (MST UNITE) “...la movilización permanente de los sectores populares es la mejor herramienta para exigir su aparición con vida, pero también para demandar que el gobierno nacional desmantele el aparato represivo que continúa actuando con total impunidad con la intención de generar un clima de inseguridad para quienes luchamos para que la verdad y la justicia sean, de una vez por todas, realidad en nuestro país.” (PC) “Instituciones como la Bonaerense, la Federal, la SIDE no son reformables, son instituciones para reprimir al pueblo, para cumplir órdenes de la clase dominante. Por eso planteamos que hay que luchar por su disolución. La movilización popular tiene que tomar esta demanda.” (PTS)
2) Engels. “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”. 1884.
3) Lenin. “El estado y la revolución”. Septiembre de 1917.