El Revolucionario Nº25 (Junio de 2007)
“Como la cosa estaba agarrando color de hormiga
“Como la cosa estaba agarrando color de hormiga
los ricos desempolvaron la mejor de las armas
contra el ultraizquierdismo
o sea las eleccioneslas elecciones
para coexistir en las urnas
donde todos los salvadoreños fueran iguales
o sea donde todos fueran igualmente engañados
con música de fondo de democracia y paz”.
“Los ultraizquierdistas”, Roque Dalton.
El capitalismo tiene herramientas bien aceitadas. Es lo que sucede con la propaganda. En la actualidad, hasta los conceptos más elementales de la política se presentan diariamente desvirtuados, vaciados de su contenido verdadero y rellenados cosméticamente en función de las necesidades de la burguesía y sus gobiernos. Tanto es así que hasta la idea misma de qué es la “derecha” y qué la “izquierda” se desdibuja ante los ojos de nuestro pueblo gracias a las mentiras y disloques que sostienen los más diversos defensores de la democracia burguesa: desde los medios masivos de comunicación, pasando por los partidos patronales o las instituciones académicas, hasta llegar a las corrientes reformistas autodenominadas “de izquierda” o “populares” cuyo planteo siempre consiste finalmente en la adaptación al sistema.
La resignificación de los términos “derecha” e “izquierda” y más aún sus prolongaciones “extremas” (la “ultraderecha” y sobre todo la “ultraizquierda”) tiene un carácter profundamente político: demarcar con claridad cual es el rango dentro del que está permitido moverse; delimitando cuáles son las diferencias e iniciativas que pueden ser toleradas en el marco de un régimen burgués, y por supuesto, cuáles son las posiciones y actividades que se encuentran negadas y prohibidas y cuya defensa y ejecución serán motivo indiscutible de represión por parte de la clase dominante (y de condena por parte de todos los defensores del régimen democrático).
Por eso es que los representantes más ortodoxos de la burguesía, declarada y probadamente antipopulares son llamados por sus propios medios con términos moderados como “de centro” o “centroderecha”, incluyendo con ello a políticos reaccionarios, dictadores, empresarios, golpistas, oligarcas, represores … en fin, a toda la plana mayor de la reacción burguesa más recalcitrante, en la que se incluyen personajes como Patti, López Murphy, Menem, Aldo Rico, Cavallo, Blumberg, Lavagna, Macri, o Sobisch. Es el mismo rótulo que se utiliza habitualmente para calificar a los gobiernos más asesinos y proyanquis de América Latina (como es el del paramilitar Uribe en Colombia o el mexicano Calderón, responsable de decenas de asesinatos y desapariciones en Oaxaca) o aún a los jefes de estados imperialistas como EEUU, Inglaterra, Francia, Alemania, etc.
Y si como “centro” se presenta a lo más concentrado del capitalismo y sus esbirros, no habría razón para no creer con Clarín, La Nación o cualquier noticiero de radio o TV, que acérrimos defensores del sistema capitalista como Nilda Garré, Elisa Carrió, o Chacho Álvarez son las figuras de la “centroizquierda” en nuestro país(1), como lo son en el mundo Bachelet, Zapatero… o Tony Blair, cuyo apoyo al imperialismo (y particularmente a su política guerrerista) sólo es comparable con su fanática defensa de la explotación y el libre mercado.
Con estos parámetros, repetidos una y otra vez por los voceros de la burguesía, es absolutamente comprensible que el calificativo de “izquierda” sea guardado para aquellos defensores del régimen democrático que cuentan con un perfil público más moderado o populista. Así, según el escriba de turno, podremos hallar en este campo al banquero y candidato a vicejefe de gobierno por el kirchnerismo Carlos Heller, a los presidentes proyanquis Lula o Tabaré, o a su larga lista de imitadores que plantean la posibilidad de acceder a un “gobierno de los trabajadores” por medio de un camino electoral, pacífico y democrático. De hecho los mismos reformistas son calificados de “duros”, “sectarios” u otras yerbas en la medida que su política de adaptación democrática es acompañada por algún tipo de actividad sindical o lucha popular. Así sucede en la actualidad con todo el arco de la socialdemocracia argentina (PC, MST, PO, PCR, PTS, etc.) y el resto de las organizaciones populares que no han adoptado siquiera una identidad clasista o de izquierda (FPDS, CTD y MTD-AV, etc.) calificados por la prensa burguesa como piqueteros, movimientos o sindicatos “duros”, en tanto reclamen en la calle por derechos sociales postergados, por más que no sostengan un cuestionamiento efectivo al sistema de explotación, sino más bien caminos de adaptación al régimen burgués por medio del cooperativismo, la autogestión, el electoralismo, o directamente el acompañamiento a los partidos patronales en las direcciones burocráticas de los sindicatos o en las instituciones de gobierno.
A la primera “irregularidad” sobre el actual estado de cosas, la burguesía sale a la carga con la acusación de “ultraizquierdista”, alertando con ello que se están sobrepasando los límites de lo aceptado en su régimen de gobierno y que estará justificada cualquier acción represiva para garantizar su sometimiento. Los sectores más reaccionarios arrojan ese calificativo contra los gobiernos burgueses populistas(2), y el grupo mediático más importante de nuestro país se lo achaca incluso a las corrientes socialdemócratas y electoralistas que se separan del impulso liberal y proimperialista de sus gobiernos(3). No es para nada sorprendente entonces que cualquier reacción popular, aún la más mínima, un escrache, la resistencia a un desalojo, o el enfrentamiento contra la represión, sean tomados unánimemente como una acción “ultraizquierdista”, no sólo por todo el espectro de medios de comunicación oficiales, sino incluso por las corrientes reformistas que deben justificar su propia política de conciliación. Esta acusación se repite insistentemente, por ejemplo, sobre un grupo abiertamente nacionalista como Quebracho que niega cualquier vinculación con el programa socialista y los principios de la izquierda, y cuyas acciones se inscriben en el marco de la resistencia callejera. Esta terminología pretende marcar los límites dentro del sistema actual, ya que desde la perspectiva de clase de la burguesía una acción de lucha popular es vista como un “desborde” y es motivo más que “justificado” para llevar adelante la represión y el encarcelamiento de los participantes.
Como está visto, en su categorización que va desde la “centroderecha” hasta la “ultraizquierda”, la burguesía no incluye otra cosa que opciones de adaptación y disputa por dentro de los marcos del sistema democrático-burgués, tomando como “ultraizquierdistas” a los movimientos nacionalistas y las acciones espontáneas del pueblo y dejando afuera de su espectro a cualquier iniciativa de organización y lucha que tenga un carácter revolucionario. Por supuesto el reformismo pacifista y electoralista, no sólo repite sino que a veces hasta exagera estos mismos argumentos por el terror que le provoca ser confundido con cualquier iniciativa que pueda valerle la acusación de “antidemocrático” y que ponga en riesgo su personería jurídica partidaria(4).
Sin embargo la burguesía tiene bien presente la existencia de experiencias de resistencia que superan con creces las condiciones que ella impuso para considerarlos “políticos”. La larga lista de movimientos que actúan en las luchas de resistencia y de liberación actuales (Irak, Afganistán, Palestina, País Vasco, Colombia…) son tomados por políticos, intelectuales y periodistas del régimen como si fueran actores extra políticos y antisociales, para los cuales se han acuñado otros términos con los que pretenden justificar su persecución y eventual aniquilamiento, como son: “extremistas”, “terroristas”, “narcoterroristas”, etc.
De esta forma, la burguesía habla del “terrorismo” como si fuera un término neutral cuando es usado en realidad con una indiscutible concepción de clase. Así pues, se excluye conscientemente a los gobiernos y estados que son responsables de las masacres más alevosas (EEUU, Israel, Inglaterra, Francia…) y a sus más cercanos colaboradores (como sucede ahora con el agente de la CIA Posada Carriles) mientras se pretende acusar de “terroristas” a todos aquellos que emprenden algún tipo de resistencia, incluyendo a hombres, mujeres y niños que deben enfrentar la prepotencia imperial prácticamente sin ningún tipo de recursos bélicos. Así se pretende englobar en este campo a las prácticas históricas de los revolucionarios: la resistencia, el enfrentamiento al estado opresor, la lucha y la organización del pueblo para conquistar mejores condiciones de vida. Por eso es que el rótulo de “terrorista” es hoy una herramienta fundamental con que la burguesía enfrenta el surgimiento y desarrollo de las organizaciones que cuestionan su dominio, sea en la guerra abierta (como sucede con la lucha del pueblo iraquí o la insurgencia colombiana), o sea bajo condiciones de mayor estabilidad del régimen, como sucede en nuestros países, donde las leyes antiterroristas son el reaseguro legal para desbaratar todo proyecto de organización revolucionaria que ponga en cuestión al sistema.
Para robustecer esta propaganda ideológica en defensa del capitalismo y sus gobiernos, los voceros de la burguesía han vinculado intencionalmente conceptos no sólo distintos sino antagónicos. Así el narcotráfico, cuyo máximo rector es justamente la clase dominante (beneficiada tanto por sus réditos económicos como por el efecto aletargador que las drogas ejercen sobre un pueblo que pretende rebelarse), es vinculado deliberadamente con las organizaciones que se alzaron en lucha revolucionaria contra las condiciones de vida que les impone el capitalismo (incluyendo con ello el flagelo de las drogas) y que en ocasiones plantean incluso un programa socialista, enemigo desde el vamos de las drogas y demás formas de la alienación humana. Es ejemplificador para ello el caso colombiano, en donde una serie de movimientos y organizaciones encabezados por las FARC vienen dando pelea en forma ininterrumpida por más de 40 años, desarrollando la lucha por una transformación revolucionaria que ha conquistado el apoyo de gran parte de su pueblo, y esa pelea que es combatida en forma directa por militares y paramilitares colombianos y marines yanquis pretende ser presentada públicamente por el imperialismo y la burguesía local como un combate contra el narcotráfico. Hasta tal punto es así, que cada vez son más los sectores que optan por distanciarse, retirando su apoyo y solidaridad a la lucha colombiana, por temor a quedar ligados a las acusaciones imperialistas sobre el narcotráfico y el “terrorismo”.
El imperialismo yanqui es hoy el principal promotor de esta categorización, según la cual las luchas de resistencia y cualquier emprendimiento revolucionario son acciones de “terrorismo”, mientras su gobierno invasor y sus aliados quedan exentos de cualquier tipo de acusación. Y la presión e influencia que ejerce es de gran importancia, pues no son sólo sus aliados más cercanos sino la gran mayoría de los países del mundo los que han adoptado estas posiciones en términos bien prácticos(5), destinando miles de dólares y soldados para perseguir al “terrorismo” (en general), formando y financiando a ejércitos de paramilitares en nombre de la lucha contra el narcotráfico, entrenando en forma conjunta y bajo el mandato norteamericano las tropas estatales con técnicas antisubversivas, promoviendo duras penas contra la organización y la lucha popular en nombre del “antiterrorismo”, etc.
Claro que con esta idea tan en boga, toda la corriente del marxismo revolucionario, desde los tiempos del mismo Marx hasta nuestros días sería catalogada por los ideólogos actuales de la burguesía, sin lugar a dudas, como ejemplares del “terrorismo”. Todas las revueltas en que intervino la I internacional de Marx y Engels a mediados del siglo XIX (que por cierto no tuvieron nada de “pacíficas”) con su gran hito, la Comuna de París de 1871; toda la experiencia de la socialdemocracia rusa y europea a principios del siglo XX, incluyendo los combates de 1905 y de 1917 en Rusia y los innumerables procesos de lucha que se llevaron a cabo entonces en Europa; las experiencias revolucionarias que en el mundo entero recorrieron el siglo XX, desde España hasta Nicaragua, desde China hasta Argelia, y desde Cuba hasta el Congo; todo el proceso de luchas que en nuestro país formó una vanguardia obrera y revolucionaria cuyo ejemplo fue el cordobazo y donde el PRT se constituyó como la expresión más alta de acción y programa … en fin, la historia de la lucha revolucionaria argentina, latinoamericana y mundial, no sería, para el lenguaje actual de los voceros burgueses, más que un cúmulo de expresiones “terroristas”, al margen de toda condición política.
Por supuesto que la burguesía siempre apelará a los mismos recursos, buscando la persecución y el desprestigio de los revolucionarios. Por supuesto, además, la socialdemocracia y el reformismo en general, ante el temor de ser acusados por los agentes del capital de cómplices y defensores de los métodos y actores revolucionarios, no dudarán en sumarse a la condena y pasarse del lado del patrón. Es imposible olvidar cómo el máximo jefe del PC boliviano, corría para presentarse ante las cámaras de TV y condenar públicamente las acciones emprendidas por el más grande revolucionario de nuestro continente, el Comandante Che Guevara, quien en absoluta soledad había asumido una tarea que todo el PC había abandonado desde hacía ya varias décadas. Se hace imposible olvidar también cómo Luis Zamora, la máxima figura del MAS argentino (fuerza de la que provienen numerosas corrientes de la socialdemocracia actual), con el mismo afán de despegarse, salió corriendo a denunciar a los activistas que habían tomado el cuartel de La Tablada, y acercó sus condolencias a los milicos en el mismo momento en que estos torturaban a los sobrevivientes (luego fusilados y desaparecidos) y recogían los muertos que habían sido pulverizados con fósforo blanco.
Como dieron cuenta los grandes ejemplos del pasado como Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Lenin, León Trotsky y el Che Guevara; el futuro llegará de la mano de aquellos que, evitando ser arrastrados por las imposiciones de la clase dominante, mantengan en alto su dignidad y sus principios, y marchen inclaudicablemente y llevando a cabo todas las acciones necesarias para que triunfe de una vez y para siempre la revolución socialista, único camino que traerá la felicidad a los oprimidos y explotados de nuestro pueblo.
En su intento por desprestigiar la revolución, la burguesía y la socialdemocracia repiten sus consignas vacías: hoy “terroristas”, “extremistas”, hace algunos años “ultraizquierdistas”… Roque Dalton, revolucionario y poeta salvadoreño, dejó en claro entonces cual era el camino de los revolucionarios:
En un país como el nuestro
“Los ultraizquierdistas”, Roque Dalton.
El capitalismo tiene herramientas bien aceitadas. Es lo que sucede con la propaganda. En la actualidad, hasta los conceptos más elementales de la política se presentan diariamente desvirtuados, vaciados de su contenido verdadero y rellenados cosméticamente en función de las necesidades de la burguesía y sus gobiernos. Tanto es así que hasta la idea misma de qué es la “derecha” y qué la “izquierda” se desdibuja ante los ojos de nuestro pueblo gracias a las mentiras y disloques que sostienen los más diversos defensores de la democracia burguesa: desde los medios masivos de comunicación, pasando por los partidos patronales o las instituciones académicas, hasta llegar a las corrientes reformistas autodenominadas “de izquierda” o “populares” cuyo planteo siempre consiste finalmente en la adaptación al sistema.
La resignificación de los términos “derecha” e “izquierda” y más aún sus prolongaciones “extremas” (la “ultraderecha” y sobre todo la “ultraizquierda”) tiene un carácter profundamente político: demarcar con claridad cual es el rango dentro del que está permitido moverse; delimitando cuáles son las diferencias e iniciativas que pueden ser toleradas en el marco de un régimen burgués, y por supuesto, cuáles son las posiciones y actividades que se encuentran negadas y prohibidas y cuya defensa y ejecución serán motivo indiscutible de represión por parte de la clase dominante (y de condena por parte de todos los defensores del régimen democrático).
Por eso es que los representantes más ortodoxos de la burguesía, declarada y probadamente antipopulares son llamados por sus propios medios con términos moderados como “de centro” o “centroderecha”, incluyendo con ello a políticos reaccionarios, dictadores, empresarios, golpistas, oligarcas, represores … en fin, a toda la plana mayor de la reacción burguesa más recalcitrante, en la que se incluyen personajes como Patti, López Murphy, Menem, Aldo Rico, Cavallo, Blumberg, Lavagna, Macri, o Sobisch. Es el mismo rótulo que se utiliza habitualmente para calificar a los gobiernos más asesinos y proyanquis de América Latina (como es el del paramilitar Uribe en Colombia o el mexicano Calderón, responsable de decenas de asesinatos y desapariciones en Oaxaca) o aún a los jefes de estados imperialistas como EEUU, Inglaterra, Francia, Alemania, etc.
Y si como “centro” se presenta a lo más concentrado del capitalismo y sus esbirros, no habría razón para no creer con Clarín, La Nación o cualquier noticiero de radio o TV, que acérrimos defensores del sistema capitalista como Nilda Garré, Elisa Carrió, o Chacho Álvarez son las figuras de la “centroizquierda” en nuestro país(1), como lo son en el mundo Bachelet, Zapatero… o Tony Blair, cuyo apoyo al imperialismo (y particularmente a su política guerrerista) sólo es comparable con su fanática defensa de la explotación y el libre mercado.
Con estos parámetros, repetidos una y otra vez por los voceros de la burguesía, es absolutamente comprensible que el calificativo de “izquierda” sea guardado para aquellos defensores del régimen democrático que cuentan con un perfil público más moderado o populista. Así, según el escriba de turno, podremos hallar en este campo al banquero y candidato a vicejefe de gobierno por el kirchnerismo Carlos Heller, a los presidentes proyanquis Lula o Tabaré, o a su larga lista de imitadores que plantean la posibilidad de acceder a un “gobierno de los trabajadores” por medio de un camino electoral, pacífico y democrático. De hecho los mismos reformistas son calificados de “duros”, “sectarios” u otras yerbas en la medida que su política de adaptación democrática es acompañada por algún tipo de actividad sindical o lucha popular. Así sucede en la actualidad con todo el arco de la socialdemocracia argentina (PC, MST, PO, PCR, PTS, etc.) y el resto de las organizaciones populares que no han adoptado siquiera una identidad clasista o de izquierda (FPDS, CTD y MTD-AV, etc.) calificados por la prensa burguesa como piqueteros, movimientos o sindicatos “duros”, en tanto reclamen en la calle por derechos sociales postergados, por más que no sostengan un cuestionamiento efectivo al sistema de explotación, sino más bien caminos de adaptación al régimen burgués por medio del cooperativismo, la autogestión, el electoralismo, o directamente el acompañamiento a los partidos patronales en las direcciones burocráticas de los sindicatos o en las instituciones de gobierno.
A la primera “irregularidad” sobre el actual estado de cosas, la burguesía sale a la carga con la acusación de “ultraizquierdista”, alertando con ello que se están sobrepasando los límites de lo aceptado en su régimen de gobierno y que estará justificada cualquier acción represiva para garantizar su sometimiento. Los sectores más reaccionarios arrojan ese calificativo contra los gobiernos burgueses populistas(2), y el grupo mediático más importante de nuestro país se lo achaca incluso a las corrientes socialdemócratas y electoralistas que se separan del impulso liberal y proimperialista de sus gobiernos(3). No es para nada sorprendente entonces que cualquier reacción popular, aún la más mínima, un escrache, la resistencia a un desalojo, o el enfrentamiento contra la represión, sean tomados unánimemente como una acción “ultraizquierdista”, no sólo por todo el espectro de medios de comunicación oficiales, sino incluso por las corrientes reformistas que deben justificar su propia política de conciliación. Esta acusación se repite insistentemente, por ejemplo, sobre un grupo abiertamente nacionalista como Quebracho que niega cualquier vinculación con el programa socialista y los principios de la izquierda, y cuyas acciones se inscriben en el marco de la resistencia callejera. Esta terminología pretende marcar los límites dentro del sistema actual, ya que desde la perspectiva de clase de la burguesía una acción de lucha popular es vista como un “desborde” y es motivo más que “justificado” para llevar adelante la represión y el encarcelamiento de los participantes.
Como está visto, en su categorización que va desde la “centroderecha” hasta la “ultraizquierda”, la burguesía no incluye otra cosa que opciones de adaptación y disputa por dentro de los marcos del sistema democrático-burgués, tomando como “ultraizquierdistas” a los movimientos nacionalistas y las acciones espontáneas del pueblo y dejando afuera de su espectro a cualquier iniciativa de organización y lucha que tenga un carácter revolucionario. Por supuesto el reformismo pacifista y electoralista, no sólo repite sino que a veces hasta exagera estos mismos argumentos por el terror que le provoca ser confundido con cualquier iniciativa que pueda valerle la acusación de “antidemocrático” y que ponga en riesgo su personería jurídica partidaria(4).
Sin embargo la burguesía tiene bien presente la existencia de experiencias de resistencia que superan con creces las condiciones que ella impuso para considerarlos “políticos”. La larga lista de movimientos que actúan en las luchas de resistencia y de liberación actuales (Irak, Afganistán, Palestina, País Vasco, Colombia…) son tomados por políticos, intelectuales y periodistas del régimen como si fueran actores extra políticos y antisociales, para los cuales se han acuñado otros términos con los que pretenden justificar su persecución y eventual aniquilamiento, como son: “extremistas”, “terroristas”, “narcoterroristas”, etc.
De esta forma, la burguesía habla del “terrorismo” como si fuera un término neutral cuando es usado en realidad con una indiscutible concepción de clase. Así pues, se excluye conscientemente a los gobiernos y estados que son responsables de las masacres más alevosas (EEUU, Israel, Inglaterra, Francia…) y a sus más cercanos colaboradores (como sucede ahora con el agente de la CIA Posada Carriles) mientras se pretende acusar de “terroristas” a todos aquellos que emprenden algún tipo de resistencia, incluyendo a hombres, mujeres y niños que deben enfrentar la prepotencia imperial prácticamente sin ningún tipo de recursos bélicos. Así se pretende englobar en este campo a las prácticas históricas de los revolucionarios: la resistencia, el enfrentamiento al estado opresor, la lucha y la organización del pueblo para conquistar mejores condiciones de vida. Por eso es que el rótulo de “terrorista” es hoy una herramienta fundamental con que la burguesía enfrenta el surgimiento y desarrollo de las organizaciones que cuestionan su dominio, sea en la guerra abierta (como sucede con la lucha del pueblo iraquí o la insurgencia colombiana), o sea bajo condiciones de mayor estabilidad del régimen, como sucede en nuestros países, donde las leyes antiterroristas son el reaseguro legal para desbaratar todo proyecto de organización revolucionaria que ponga en cuestión al sistema.
Para robustecer esta propaganda ideológica en defensa del capitalismo y sus gobiernos, los voceros de la burguesía han vinculado intencionalmente conceptos no sólo distintos sino antagónicos. Así el narcotráfico, cuyo máximo rector es justamente la clase dominante (beneficiada tanto por sus réditos económicos como por el efecto aletargador que las drogas ejercen sobre un pueblo que pretende rebelarse), es vinculado deliberadamente con las organizaciones que se alzaron en lucha revolucionaria contra las condiciones de vida que les impone el capitalismo (incluyendo con ello el flagelo de las drogas) y que en ocasiones plantean incluso un programa socialista, enemigo desde el vamos de las drogas y demás formas de la alienación humana. Es ejemplificador para ello el caso colombiano, en donde una serie de movimientos y organizaciones encabezados por las FARC vienen dando pelea en forma ininterrumpida por más de 40 años, desarrollando la lucha por una transformación revolucionaria que ha conquistado el apoyo de gran parte de su pueblo, y esa pelea que es combatida en forma directa por militares y paramilitares colombianos y marines yanquis pretende ser presentada públicamente por el imperialismo y la burguesía local como un combate contra el narcotráfico. Hasta tal punto es así, que cada vez son más los sectores que optan por distanciarse, retirando su apoyo y solidaridad a la lucha colombiana, por temor a quedar ligados a las acusaciones imperialistas sobre el narcotráfico y el “terrorismo”.
El imperialismo yanqui es hoy el principal promotor de esta categorización, según la cual las luchas de resistencia y cualquier emprendimiento revolucionario son acciones de “terrorismo”, mientras su gobierno invasor y sus aliados quedan exentos de cualquier tipo de acusación. Y la presión e influencia que ejerce es de gran importancia, pues no son sólo sus aliados más cercanos sino la gran mayoría de los países del mundo los que han adoptado estas posiciones en términos bien prácticos(5), destinando miles de dólares y soldados para perseguir al “terrorismo” (en general), formando y financiando a ejércitos de paramilitares en nombre de la lucha contra el narcotráfico, entrenando en forma conjunta y bajo el mandato norteamericano las tropas estatales con técnicas antisubversivas, promoviendo duras penas contra la organización y la lucha popular en nombre del “antiterrorismo”, etc.
Claro que con esta idea tan en boga, toda la corriente del marxismo revolucionario, desde los tiempos del mismo Marx hasta nuestros días sería catalogada por los ideólogos actuales de la burguesía, sin lugar a dudas, como ejemplares del “terrorismo”. Todas las revueltas en que intervino la I internacional de Marx y Engels a mediados del siglo XIX (que por cierto no tuvieron nada de “pacíficas”) con su gran hito, la Comuna de París de 1871; toda la experiencia de la socialdemocracia rusa y europea a principios del siglo XX, incluyendo los combates de 1905 y de 1917 en Rusia y los innumerables procesos de lucha que se llevaron a cabo entonces en Europa; las experiencias revolucionarias que en el mundo entero recorrieron el siglo XX, desde España hasta Nicaragua, desde China hasta Argelia, y desde Cuba hasta el Congo; todo el proceso de luchas que en nuestro país formó una vanguardia obrera y revolucionaria cuyo ejemplo fue el cordobazo y donde el PRT se constituyó como la expresión más alta de acción y programa … en fin, la historia de la lucha revolucionaria argentina, latinoamericana y mundial, no sería, para el lenguaje actual de los voceros burgueses, más que un cúmulo de expresiones “terroristas”, al margen de toda condición política.
Por supuesto que la burguesía siempre apelará a los mismos recursos, buscando la persecución y el desprestigio de los revolucionarios. Por supuesto, además, la socialdemocracia y el reformismo en general, ante el temor de ser acusados por los agentes del capital de cómplices y defensores de los métodos y actores revolucionarios, no dudarán en sumarse a la condena y pasarse del lado del patrón. Es imposible olvidar cómo el máximo jefe del PC boliviano, corría para presentarse ante las cámaras de TV y condenar públicamente las acciones emprendidas por el más grande revolucionario de nuestro continente, el Comandante Che Guevara, quien en absoluta soledad había asumido una tarea que todo el PC había abandonado desde hacía ya varias décadas. Se hace imposible olvidar también cómo Luis Zamora, la máxima figura del MAS argentino (fuerza de la que provienen numerosas corrientes de la socialdemocracia actual), con el mismo afán de despegarse, salió corriendo a denunciar a los activistas que habían tomado el cuartel de La Tablada, y acercó sus condolencias a los milicos en el mismo momento en que estos torturaban a los sobrevivientes (luego fusilados y desaparecidos) y recogían los muertos que habían sido pulverizados con fósforo blanco.
Como dieron cuenta los grandes ejemplos del pasado como Carlos Marx, Federico Engels, Vladimir Lenin, León Trotsky y el Che Guevara; el futuro llegará de la mano de aquellos que, evitando ser arrastrados por las imposiciones de la clase dominante, mantengan en alto su dignidad y sus principios, y marchen inclaudicablemente y llevando a cabo todas las acciones necesarias para que triunfe de una vez y para siempre la revolución socialista, único camino que traerá la felicidad a los oprimidos y explotados de nuestro pueblo.
En su intento por desprestigiar la revolución, la burguesía y la socialdemocracia repiten sus consignas vacías: hoy “terroristas”, “extremistas”, hace algunos años “ultraizquierdistas”… Roque Dalton, revolucionario y poeta salvadoreño, dejó en claro entonces cual era el camino de los revolucionarios:
En un país como el nuestro
donde todo está cerca y concentrado
donde el amontonamiento histórico es tan denso
el ultraizquierdismo que no se quede en palabras
y tenga con qué ser ultraizquierdista en los hechos
irá siempre más hondo calando en el corazón popular
que sigue estando en la ultraizquierda del pecho.
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NOTAS
(1) El diario La Nación, por ejemplo, en su edición del 20/04/07 titulaba “Encuentro de dirigentes de centroizquierda”, dando cuenta de un acto encabezado por la ministra de defensa Nilda Garré (actual responsable de la participación argentina en la invasión a Haití), el ministro de trabajo Carlos Tomada (actual responsable de la vigencia de la flexibilización laboral y la precarización del 50% de los trabajadores) y el ex presidente del renunciante De la Rúa, Chacho Álvarez.
(2) El gusano Oppenheimer, por ejemplo, en sus columnas en el diario La Nación suele acusar de “ultraizquierdistas” a los actuales garantes de la propiedad privada en Bolivia y Nicaragua: Evo Morales y Daniel Ortega.
(3) Así llama el diario Clarín del 2/10/06 a la candidata del PSOL (división del gobernante PT de Lula) Heloisa Helena.
(4) Como ejemplo recordemos que cuando en Mar del Plata se repudió la presencia de Bush en nuestro país, el PO acusaba a los activistas antiimperialistas de “petardistas”.
(5) Incluso el mandatario cubano Fidel Castro, asediado política y económicamente por los EEUU y su bloqueo de más de 45 años, llegó a declarar contra “el terrorismo” (en general) tras el atentado a las torres gemelas en 2001.
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NOTAS
(1) El diario La Nación, por ejemplo, en su edición del 20/04/07 titulaba “Encuentro de dirigentes de centroizquierda”, dando cuenta de un acto encabezado por la ministra de defensa Nilda Garré (actual responsable de la participación argentina en la invasión a Haití), el ministro de trabajo Carlos Tomada (actual responsable de la vigencia de la flexibilización laboral y la precarización del 50% de los trabajadores) y el ex presidente del renunciante De la Rúa, Chacho Álvarez.
(2) El gusano Oppenheimer, por ejemplo, en sus columnas en el diario La Nación suele acusar de “ultraizquierdistas” a los actuales garantes de la propiedad privada en Bolivia y Nicaragua: Evo Morales y Daniel Ortega.
(3) Así llama el diario Clarín del 2/10/06 a la candidata del PSOL (división del gobernante PT de Lula) Heloisa Helena.
(4) Como ejemplo recordemos que cuando en Mar del Plata se repudió la presencia de Bush en nuestro país, el PO acusaba a los activistas antiimperialistas de “petardistas”.
(5) Incluso el mandatario cubano Fidel Castro, asediado política y económicamente por los EEUU y su bloqueo de más de 45 años, llegó a declarar contra “el terrorismo” (en general) tras el atentado a las torres gemelas en 2001.