Comienza la campaña electoral de la socialdemocracia y, con ella, el desfile de alianzas a “troche y moche”
El Revolucionario Nº20 (Diciembre de 2006)
Empezó la campaña, y con ella la eterna carrera por formar alianzas, frentes, concertaciones y coaliciones que permitan salir al mercado electoral con alguna propuesta atractiva que, aunque no deje un cargo con sus consabidos contratos y otros negocitos, por lo menos permita recaudar el peso cincuenta oficial por voto. Hay ofertas de todo tipo por derecha y centro, pero también de las que se reclaman de izquierda o “progresistas”. A la cabeza de éstas, el Partido Comunista Argentino, para el que ir a elecciones en frentes de cualquier tipo es línea política histórica. Y si es con algún “buen burgués”, mejor. El documento de su último Congreso convoca desde la primera frase a la “construcción de la fuerza política alternativa… capaz de superar la dispersión del campo popular… que debería ser el primer punto de la agenda del movimiento popular, de los piqueteros, de los activistas sindicales clasistas, de todos y todas los compañeros de izquierda, en su más variada pluralidad” porque su ausencia es “la debilidad principal del sujeto pueblo”.
La historia del PC viene repleta de estos intentos, como cuando en tiempos del Frente del Pueblo (1986/1987) propiciaban aglutinar a los “progresistas y de izquierda” tras la candidatura del fiscal de investigaciones administrativas Ricardo Molinas, o, como ellos mismos lo admiten en el documento citado, cuando financiaban el diario Sur, dirigido por el actual secretario de DDHH kirchnerista, Eduardo Luis Duhalde. Después vendría el FRAL, con el Partido Humanista, el Partido Intransigente de Santa Fe, el Radicalismo de la Liberación de Córdoba, la Corriente Patria Libre y el filoperonista Movimiento 26 de Julio. En 1992 el frente se llamaría “del Sur”, con el peronista Pino Solanas como figura, en alianza, entre otros, con el PCR. El Frente del Sur pronto se ampliaría aún más como Frente Grande, con los ex Grupo de los Ocho peronistas Chacho Alvarez, Juampi Cafiero y Darío D’Alessandro, y los ex FRECILINA (Frente Cívico para la Liberación Nacional) Aníbal Ibarra y Graciela Fernández Meijide. En 1999, mientras buena parte de su dirección nacional y de la juventud sinceraba su camino diluyéndose en la alianza con la UCR, el partido acordó con el MST la Izquierda Unida, que se rompería en las últimas elecciones, terminando el PC en un Encuentro Amplio con Ariel Basteiro y Jorge Rivas, y coqueteando con la kirchnero-chavista Alicia Castro.
Con esa idea, ya desde fines de 2004 intentaron con el Encuentro Nacional por la Soberanía Popular (más conocido como Encuentro de Rosario, por el lugar de su primera reunión) nuclear un rejunte que iba desde la monja Pelloni hasta la radical Margarita Stolbizer, pasando por el ex menemista Roberto Cirilo Perdía, la diputada Lucrecia Monteagudo del PI, la CTA con De Gennaro y Lozano, los socialistas de Hermes Binner y Jorge Rivas, sectores del ARI, y, por supuesto, todos los sellos que pretenden no ser orgánicos del PC, como el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.
Nada nuevo bajo el sol en esta campaña 2007, salvo el sinceramiento cada vez mayor de lo que el PC entiende como “alternativa política para la clase”. En la provincia de Santa Fe ya lanzaron el “Frente Progresista, Cívico y Social” con el socialista Hermes Binner de mascarón de proa, varios sectores radicales, y están en conversaciones con el procesista provincial Partido Demócrata Progresista, que supo ser aliado de Alsogaray y Romero Feris. En la otra orilla del Paraná lanzaron la “Concertación Entrerriana”, con la participación en el acto de presentación de candidatos de Claudio Lozano de la CTA, Rubén Héctor Giustiniani del PS, Juan José Sisca de Apyme, el intendente de Morón, Martín Sabbatella, los integrantes del secretariado nacional del PC Víctor Kot y Mario Alderete, y sus correligionarios “cooperativistas” Carlos Heller y Juan Carlos Junio. En Salta ya está en marcha el Encuentro por la Soberanía, impulsado por el PC y el PS.
Pero es en la ciudad de Buenos Aires donde esta política frentista se expresa de la manera más brutal y transparente. La nueva criatura se llama “Diálogo por Buenos Aires”, lanzado a principios de diciembre bajo el lema de “servir para mejorar la política” postulando según su documento fundacional “una fuerza amplia y progresista, en el más profundo sentido económico, social y cultural”. El trío que apuesta a seducir al tan mentado progresismo porteño está integrado por el banquero del PC Carlos Heller, el diputado kirchnerista Miguel Bonasso, y el ex jefe de gobierno Aníbal Ibarra. Pero el espacio quiere ser todavía más amplio. Como informó el diario Página/12 el 15 de noviembre, “La intención de la troika convocante es lograr un espacio con una amplitud tal que pueda competir con la derecha en la Ciudad Autónoma y en tal sentido el arco imaginado va desde el ministro de educación, Daniel Filmus, hasta la diputada del ARI, María América González. ‘Buscamos autonomía e independencia dentro del distrito, aunque en lo nacional tengamos más o menos cercanía a Kirchner’, definió ante Página/12 el ex jefe de gobierno porteño Aníbal Ibarra”.
Bien claras las definiciones del niño bonito del progresismo, que pareció abandonado salvo por los muy íntimos como Estela Barnes de Carlotto después del incendio de Cromañon, y hoy resucita a la política de la mano del kirchnerista Bonasso y del PC. Por las dudas, insistió Ibarra al periodismo que el Diálogo por Buenos Aires “no es un espacio opositor al gobierno”.
En el n° 804 de Propuesta, y bajo el título “Plenario del Comité Central – Balance y Perspectivas” se dice sin enrojecimientos faciales que el PC privilegia el espacio compuesto por las dos proto-alianzas, la de Heller y la de Lozano, aclarando que el partido busca “expresar a las mayorías populares con la composición social de la Ciudad de Buenos Aires, influidas por el macrismo, el kirchnerismo y otras fuerzas de la ideología dominante junto a la dispersión de las fuerzas de izquierda y de centro izquierda”, y definen que “la tarea del Partido es involucrar en un proceso electoral a un espectro que va desde los sectores del trabajo, ocupados, desocupados y jubilados, hasta sectores medios del comercio y la producción”. Su oficialismo es de tal magnitud que se les han complicado las negociaciones con Claudio Lozano, que disgustado con la excesiva cercanía con el gobierno nacional del trío del Diálogo prefiere discutir con sectores que se dicen críticos de Libres del Sur.
Inmersos en la interna burguesa, en el número anterior de la misma prensa, con el título “Para no olvidar” criticaban a su ex aliado Carlos Chacho Alvarez, reprochándole con la amargura del despechado haber sido “el que encabezó la expulsión de la izquierda del Frente Grande, malogrando así una de las experiencias más importantes del campo popular”, experiencia que terminó, a no olvidarlo, con el gobierno de la Alianza, inaugurado en la Masacre de Corrientes y finalizado con 37 muertos el 20/12/2001. Y con total desparpajo, mientras negocian cargos con los incendiados restos de Ibarra, alertan sobre el “verdadero regreso de los muertos vivos”.
No puede extrañar entonces que el Partido Comunista afirme, como lo hizo recientemente su representante en el Espacio Memoria, Verdad y Justicia, que “éste no es un gobierno de derecha”, ni que haya apoyado al burócrata Yasky en las recientes elecciones de la CTA. Es el resultado, lineal y natural, de orientar toda la política a la conformación de alianzas electorales. Con todos estos antecedentes, queda claro que no estamos hablando de otra cosa que de un partido burgués, que pese a sus pregonados giros y contragiros retornó al más puro codovillismo. Es obvio que no estamos llamando a la reflexión a quienes decidieron “competir con la derecha por el electorado de la Capital”, ni nos interesa discutir con quienes ya optaron definitivamente por la burguesía. Pero pese a ello, siguen interviniendo en ámbitos comunes de lucha, como sindicatos o asambleas estudiantiles, donde continúan opinando, cuando no dirigiendo en ocasiones, condicionando en ambos casos la política de quienes les dan ese espacio como si fueran una organización popular más, y no simplemente una más de las opciones “progresistas” de la burguesía.