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El Ejército asesina a uno de los líderes de la Resistencia colombiana


El 4 de noviembre en la región de Cauca, Colombia, fue asesinado por el ejército colombiano, durante un operativo conjunto con fuerzas de inteligencia de EEUU, el comandante de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), Alfonso Cano.
Cano se había incorporado a las FARC a fines de la década el ´70 y fue convirtiéndose en uno de sus referentes más importantes. A partir del 2000, fue uno de los organizadores del Partido Comunista Clandestino de Colombia, brazo político de las FARC. Al momento de su asesinato Cano era uno de los jefes máximos de la organización, siendo parte de su Secretariado.
Este asesinato se inscribe dentro del ataque sostenido del gobierno paramilitar de Santos-Uribe, títere de los EEUU, que intenta por todos medios doblegar a la resistencia del pueblo colombiano, perpetrando todo tipo de masacres y asesinatos.

¡Comandante Alfonso Cano, HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

Libertad y asilo político a Julián Conrado


Hace cuatro meses, el 31 de mayo, Julián Conrado, dirigente revolucionario y cantante colombiano, fue detenido por las fuerzas represivas del estado venezolano, siguiendo al pie de la letra las exigencias de la Interpol y la política yanqui de persecución a los luchadores. En ese momento los funcionarios del gobierno de Hugo Chávez informaron que extraditarían al guerrillero fariano para entregarlo al estado paramilitar de Colombia, hecho que fue repudiado por un amplio arco del activismo popular y de izquierda, incluyendo a varias organizaciones chavistas. Desde entonces el gobierno de Venezuela se ha mantenido en silencio, sin cumplir aún la extradición pero sin liberar a este dirigente político de la izquierda colombiana, y mucho menos asumiendo el amplio reclamo de garantizar su asilo político. Ante esta negativa de Chávez y el peligro aún presente de su extradición se hace imprescindible ampliar la campaña por la libertad de Julián Conrado, para que no haya un nuevo revolucionario entregado a la tortura del estado terrorista colombiano, como sucedió con muchos otros dirigentes y recientemente con Joaquín Pérez Becerra, el director de la agencia de noticias ANNCOL.

Chávez y Santos, juntos contra la resistencia

Nuevamente, a pedido de Interpol y en nombre de la lucha contra el terrorismo, el gobierno de Hugo Chávez encarceló a un guerrillero de las FARC para entregarlo al terrorismo de estado colombiano.



“Gracias al Presidente Chávez por la captura de alias Julián Conrado terrorista de las Farc”, escribió en Twitter el presidente colombiano Juan Manuel Santos. Lo hacía festejando que, a poco más de un mes de haber entregado a las cárceles colombianas al director de ANCCOL Joaquín Pérez Becerra(1), el gobierno de Venezuela hubiera vuelto a demostrar su absoluto compromiso con la persecución a los luchadores.

En este caso, el chavismo apresó a Guillermo Enrique Torres, conocido como Julián Conrado, quien fuera miembro del Estado Mayor de las FARC (además de un conocido cantautor popular) y por quien el Departamento de Estado de Estados Unidos había ofrecido una recompensa de 2,5 millones de dólares a quien diera información.

Un comunicado de la cancillería de Venezuela dice: “Una vez practicada la detención del referido ciudadano, se informó a las autoridades del Gobierno de la república de Colombia y se iniciaron los trámites correspondientes para colocarlo a la orden de la justicia de ese país, según los procedimientos correspondientes”. Ante ello, Santos reconoció la predisposición represiva de su colega, afirmando que Conrado “Hoy está a buen recaudo y el Presidente Chávez nos ha dicho que nos lo va a entregar”.

En uno de sus habituales actos de campaña de su gobierno paramilitar, Santos anunció la captura de Conrado en la Escuela Militar José María Córdova de Bogotá. Entonces, dejó en claro que el operativo se hizo con participación militar colombiana en tierras de Venezuela: “El día de antes de ayer (en referencia al 30/05), en una operación que realizó el gobierno venezolano, con ayuda de autoridades colombianas (inteligencia de nuestra Policía) se capturó a Julián Conrado”, señaló entonces.

Hasta grupos chavistas como el PC de Venezuela han debido admitir que “existiría un ‘acuerdo’ entre el Presidente Chávez y Santos para la cooperación a nivel de servicios de inteligencias para la captura de combatientes colombianos”, por medio del cual “se está haciendo el juego y/o siendo parte de la red mundial del imperialismo para capturar a cuadros revolucionarios de izquierda con el objetivo de destruir las luchas de nuestros pueblos”.(2)

Vale aclarar que la colaboración del pretendido “socialismo del siglo XXI” con el principal bastión del imperialismo en América Latina, como ya lo hemos señalado, se da en un marco de extrema represión en Colombia. Sin ir más lejos, en estos días en que se está convocando a un “Encuentro nacional por la libertad de los prisioneros políticos” el régimen de Santos ha ordenado reprimendas en la Reclusión de Mujeres del Buen Pastor y la Penitenciaria de Alta Seguridad de Combita, que parecen orientarse a una mayor dispersión y asilamiento de los presos políticos, siguiendo la pauta sostenida por el estado español contra los luchadores vascos. Esto, en un país con 7.500 presos políticos y decenas de miles de asesinados, torturados, desplazados y desaparecidos (3).

Y cada vez son más los luchadores que hoy sufren cárcel y torturas en Colombia (y también en España) que le deben esa condición al presidente de Venezuela.

Esta declaración pública que viene haciendo el chavismo, reivindicando su persecución a los luchadores y su cumplimiento con las instituciones de la democracia burguesa (siguiendo, por ejemplo, las exigencias de Interpol), es una ratificación de que el pretendido “socialismo del siglo XXI”, lejos de todo socialismo, cumple al pie de la letra con las exigencias del capitalismo, en primer lugar, perseguir a quienes luchan contra este sistema de explotación.

Con todo, aún hay quienes no ven, o no quieren ver, la gravedad de la orientación chavista. ¿Cuántos combatientes más deberán ser entregados?




Notas:

1) Ver “El terrorismo de estado en Colombia y la colaboración de Chávez” en ER Nº68. Disponible en http://blog-otr.blogspot.com

2) “¿Venezuela, se ha vuelto peligroso para los luchadores sociales y revolucionarios del mundo?”, en Tribuna Popular, 1/06711

3) Según el organismo colombiano “Medicina Legal”, en los últimos 3 años ha habido más de 38.000 desaparecidos en ese país. Para las últimas tres décadas, la misma ONU reconoce la desaparición de más de 57.000 personas.



*

Las entregas de Chávez


El gobierno de Hugo Chávez ha detenido, expulsado y entregado a las cárceles de la tortura en España y Colombia a numerosos luchadores populares a lo largo de su mandato. Algunos de los casos más renombrados fueron:



31/05/02: Juan Víctor Galarza Mendiola (Independentista vasco)

17/12/02: Sebastián Etxaniz Alkorta (Independentista vasco)

24/09/03: José Ramón Foruria Zubialdea (Independentista vasco)

13/12/04: Rodrigo Granda (Canciller de las FARC)

18/12/05: Donayro Manuel Acevedo Pérez (ELN)

31/07/08: Gabriel Culma Ortiz (FARC)

21/04/09: Iñaki Etxebarría (Independentista vasco. Fue detenido y posteriormente liberado en Venezuela, luego de una campaña por su libertad)

1/04/10: Walter Wendelin (Independentista vasco. Expulsado de Venezuela y a los seis meses detenido en España)

25/12/10: Nilson Terán Ferreira (ELN)

12/04/11: Carlos Julio Tirado Hernández (ELN)

12/04/11: Carlos Duban Pérez Marín (ELN)

25/04/11: Joaquín Pérez Becerra (ANNCOL)

30/05/11: Guillermo Enrique Torres, “Julián Conrado” (FARC)

Colombia –Venezuela: El terrorismo de estado en Colombia y la colaboración de Chávez

La situación represiva en Colombia es gravísima. El permanente fortalecimiento del ejército y la extensión de bases militares con ocupación norteamericana son elementos centrales de una guerra que las clases dominantes colombianas, con el abierto apoyo de EEUU, sostienen para defender su dominio y garantizar sus ganancias millonarias a costa de la destrucción y la marginación de gran parte del pueblo trabajador. Bajo el gobierno del actual presidente Juan Manuel Santos continúa la persecución política que desde hace décadas se cobra miles de víctimas populares. Se repiten las masacres del ejército y el paramilitarismo, los asesinatos políticos, los desplazamientos de pobladores campesinos, el ataque a cada nueva expresión de organización popular y se hace cada día más notable la grave situación que atraviesan los presos políticos, cuyo número aumenta al ritmo de las detenciones y extradiciones y cuyas condiciones de reclusión empeoran gravemente bajo la práctica sistemática de la tortura.

Así, la siempre creciente cifra de presos políticos en las cárceles de Colombia asciende ya a cerca de 7.500 detenidos, 500 de los cuales son miembros de las organizaciones armadas resistentes FARC y ELN, mientras los otros casi 7.000 son activistas de distintos orígenes: sindicalistas, maestros, estudiantes, artistas, abogados, profesionales, campesinos, líderes sociales y antirrepresivos. El uso habitual de la tortura, tantas veces denunciada por organismos de derechos humanos de todas las latitudes, está haciendo aumentar el número de muertos dentro de los detenidos políticos, causando, sólo en este año, cinco nuevas muertes(1).

En este marco, ha causado gran impacto la abierta colaboración que el gobierno del presidente Hugo Chávez está brindando al gobierno de Santos para el encarcelamiento y extradición de activistas políticos que enfrentan el terrorismo de estado colombiano, como sucedió recientemente con Joaquín Pérez Becerra.

No hubo ambigüedad al respecto. Un comunicado oficial del estado chavista decía: “El Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela, informa que, el día 23 de abril de 2011, fue detenido en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía, el ciudadano de nacionalidad colombiana Joaquín Pérez Becerra”(2). Este reconocido periodista, director de la Agencia de Noticias Nueva Colombia (ANNCOL) y uno de los fundadores de la Asociación Bolivariana de Comunicadores (ABC), fue detenido por el estado venezolano siguiendo las directivas de Interpol que, a pedido de Colombia y EEUU, lo califica como “terrorista” porque su agencia incluye la difusión de posiciones de organizaciones de la resistencia colombiana como las FARC. En virtud de ello, el gobierno de Chávez lo apresó primero en la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia y luego, el 25 de abril, lo entregó a un comando de las fuerzas especiales del ejército colombiano, quienes lo encerraron en una cárcel de máxima seguridad.

La detención de Pérez Becerra causó gran impacto en el conjunto del movimiento político, social y de derechos humanos en distintas partes del mundo y en la misma Venezuela, multiplicando las declaraciones y reclamos contra la política colaboracionista del chavismo con la represión colombiana. Según el mismo Partido Comunista de Venezuela (chavista) Pérez Becerra “fue entregado por el Gobierno venezolano, cumpliendo así un pacto firmado por Chávez y Santos meses atrás del cual no se tiene conocimiento público de sus alcances y a cuántos revolucionarios pueda afectar”(3).

Pero la detención del director de ANNCOL no es algo excepcional, sino que se enmarca en una práctica sostenida por el chavismo desde hace años, que ha llevado a la entrega y extradición de varios militantes y combatientes vascos y colombianos, incluyendo a conocidos representantes de la izquierda independentista vasca, y de las FARC y el ELN de Colombia(4).

En este caso, el tema adquirió más repercusión, no sólo porque hace más evidente que las capturas y entregas anteriores no eran “casos aislados” sino parte de una coherente política oficial, sino además por el hecho de que Joaquín Pérez Becerra es un representante conocido del periodismo alternativo internacional. El director de ANNCOL, de origen colombiano, debió exiliarse en 1994 a Suecia debido a que, por su participación en la Unión Patriótica(5) pesaba sobre su cabeza una “condena a muerte” del paramilitarismo. El periodista, que se nacionalizó en Suecia hace 10 años, viene realizando desde su exilio una importante labor de denuncia del terrorismo de estado colombiano, razón por la cual los gobiernos de Uribe y de Santos lo han señalado como “terrorista”, según los criterios impulsados por EEUU sobre el tema.

Como ha destacado Dick Emanuelsson, la entrega de Pérez Becerra a los centros de tortura colombianos estuvo acompañada por una política oficial de censura mediática a cargo de Andrés Izarra, ministro de comunicación e información de Venezuela. Según Emanuelsson, muchos periodistas venezolanos han afirmado que “la campaña por censurar el tema de Joaquín Pérez la dirige Izarra directamente”(6). El oscurantismo mediático sigue los pasos de la política oficial que ordenó la extradición del periodista, como lo registra la misma agencia ANNCOL: “El cubrimiento que Telesur ha hecho del caso de Joaquín no es menos triste si vemos cómo se han silenciado las manifestaciones nacionales e internacionales en procura de su libertad”(7).

Así, el reconocimiento de las pautas norteamericanas para la persecución de militantes políticos y combatientes de la resistencia que son acusados de “terrorismo”, y a partir de ello, los golpes repetidos que Hugo Chávez viene dando contra distintas figuras de la resistencia, entregándolos a los principales centros de tortura, como son las cárceles colombianas, son un claro señalamiento del lugar que el chavismo ha asumido en la defensa del sistema y sus instituciones, y una clara advertencia para los luchadores populares que deben desconfiar de todos los gobiernos capitalistas, sean estos reaccionarios o progresistas.




NOTAS:

1) “Ya van 5 presos políticos muertos por denegación de asistencia médica en las cárceles de Colombia en el 2011”. Rebelión. 25 de abril de 2011.

2) “Gobierno Bolivariano ratifica compromiso en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado”, Ministerio del poder popular para la comunicación y la información de Venezuela, 23 de abril de 2011.

3) Joaquín Pérez Becerra: “Esta es una persecución política para silenciar a los medios alternativos”, Tribuna Popular, 26 de abril de 2011

4) En los últimos años, el gobierno de Hugo Chávez detuvo y expulsó a numerosos activistas a los que acusó de estar vinculados con organizaciones de resistencia como la izquierda vasca o el ELN y las FARC colombianas. Algunos de los casos más renombrados fueron: Rodrigo Granda (13/12/04), Donayro Manuel Acevedo Pérez (18/12/05), Gabriel Culma Ortiz (31/07/08), Walter Wendelin (1/04/10), Nilson Terán Ferreira (25/12/10), Carlos Julio Tirado Hernández y Carlos Duban Pérez Marín (12/04/11), y ahora Joaquín Pérez Becerra (25/04/11). Para ver más sobre este tema se puede leer: “Venezuela: el rol del chavismo en Latinoamérica” y otros artículos disponibles en http://blog-otr.blogspot.com.

5) La Unión Patriótica (UP) fue una organización que en los ’80 y ’90 intentó hacer planteos de transformación política y social en el marco de la democracia parlamentaria colombiana y que fue virtualmente liquidada por la represión estatal y paraestatal con el asesinato de unos 5.000 militantes y dirigentes.

6) “¡Entregado, misión cumplida!”, Dick Emanuelsson, 25 de abril de 2011

7) “Venezuela deportó a Joaquín Pérez”, ANNCOL, 26 de abril de 2011

Santos continúa el terrorismo de estado en Colombia

El actual gobierno colombiano viene a dar continuidad y a profundizar la política de su predecesor Álvaro Uribe, estructurada a partir del terrorismo de estado con la expectativa de acabar con la resistencia popular. Por eso Santos, principal aliado de EEUU en el continente, está desarrollando una ofensiva militar contra la insurgencia.
En este marco, han bombardeado una columna guerrillera, dando muerte a unos 20 combatientes, incluyendo a uno de los miembros del secretariado de las FARC, el Mono Jojoy.
En la misma línea de evitar cualquier tipo de diálogo con la resistencia, para sostener las condiciones actuales de opresión, el régimen de Santos viene persiguiendo y finalmente acaba de revocar de sus funciones públicas a la senadora del Partido Liberal Piedad Córdoba, quien había tenido un papel protagónico en negociaciones para acuerdos de paz y la liberación de rehenes, y que es ahora acusada por el gobierno de estar vinculada con las FARC.
Una vez más, como lo han hecho una infinidad de veces en los últimos 50 años, desde el gobierno salieron a decir que este ha sido un golpe mortal para la guerrilla y que la resistencia está derrotada. En esa línea están también las noticias reproducidas a gran escala que ubicaban al Mono Jojoy como el “máximo jefe de las FARC” buscando dar la idea de que la organización ha quedado debilitada tras la pérdida del que señalan como su principal líder. Además de las burdas mentiras, las expectativas que la burguesía colombiana y mundial pone en la rendición de la insurgencia por la caída de uno u otro jefe guerrillero han demostrado estar faltas de sustento en repetidas oportunidades.
Y esto es así, no sólo porque continúan las acciones de lucha de las distintas organizaciones que resisten al régimen colombiano, sino, sobre todo, porque las razones profundas que llevan al pueblo a organizarse para cambiar las condiciones de opresión no han sido resueltas, ni está planteado que lo sean en el marco de estos gobiernos patronales y antipopulares. Será el pueblo, con el triunfo de su lucha, el que podrá cambiar definitivamente esta realidad.

Colombia-Venezuela: El fracaso de Uribe y la pirotecnia verbal con Chávez

Las acusaciones del presidente Colombiano contra Venezuela dan cuenta de la prepotencia de un estado que se ha transformado en cabeza de playa de EEUU en nuestro continente, pero también de la incapacidad de Uribe para derrotar militarmente a la guerrilla en sus ocho años de gobierno. En este marco, la “ruptura de relaciones” de Chávez no fue más que una nueva bravuconada verbal.

La salida de Álvaro Uribe del gobierno colombiano estuvo rodeada de un show mediático que llegó a incluir amenazas de guerra contra Venezuela. En una sesión extraordinaria de la OEA, el gobierno colombiano, días antes del recambio presidencial, denunció que en Venezuela hay más de 85 campamentos de las FARC, con un total de 1.500 guerrilleros. El hecho obligaba a recordar el bombardeo hecho por Colombia en territorio ecuatoriano por la misma razón. El presidente Hugo Chávez anunció dramáticamente la ruptura total de las relaciones diplomáticas con Colombia y movilizó sus tropas a la frontera.
Los planteos belicistas colombianos se inscriben dentro de una lógica guerrerista que lleva años y que se fortaleció aún más con Uribe, quien transformó a su país en la principal base de operaciones militares de EEUU en Sudamérica, en un intento de derrotar militarmente a la guerrilla.
Pero las bravuconadas son también la cortina de humo que usó Uribe para tapar el fracaso de su gobierno, iniciado hace ya ocho años con una promesa y consigna central: la derrota militar de la guerrilla. Sin embargo, a pesar de muchos shows como éste, el mandatario se retira del poder sin haber logrado lo que constituía el punto casi exclusivo de su programa de gobierno. El fracaso, evidentemente, no se ha debido ni a la falta de recursos económicos y militares para la represión (que han crecido de forma espectacular con los planes “Colombia” y “Patriota”), ni tampoco al supuesto apoyo del gobierno venezolano a la insurgencia (pues Chávez no perdió oportunidad para diferenciarse de la guerrilla, pedir su desarme e incluso entregar a algunos dirigentes al gobierno de Uribe), sino a la actividad misma de los grupos insurgentes que han sostenido sus reclamos políticos y su lucha militar con mucha mayor perseverancia de lo que había previsto el uribismo.
Más allá de las inflamadas declaraciones de uno y otro lado, la situación es una repetición de lo que ya sucedió en 2008, cuando Chávez congeló las relaciones con Colombia tras el ataque militar en Ecuador, que costó la vida a Raúl Reyes y otros combatientes de las FARC, o en 2009, cuando se firmó el acuerdo para el uso yanqui de las bases militares colombianas. Ahora, igual que entonces, hay mucha verborragia, que no le viene mal a Chávez en un marco interno problemático, con recesión, crecimiento de la pobreza y un descontento popular que hace dudar de un cómodo triunfo en las muy cercanas elecciones legislativas. Uribe, por su parte, antes del recambio presidencial, se encargó de dejar marcado el rumbo al gobierno de su sucesor Juan Manuel Santos, y trató de descargar sobre Chávez la supuesta responsabilidad de su fracaso por no haber podido derrotar militarmente a la guerrilla. Todo esto, mientras en La Macarena se hacía pública la existencia de una fosa común, la más grande de toda América Latina, a pocos metros de un batallón del ejército colombiano, con casi 2.000 asesinados por el ejército y los paramilitares, un resultado evidente del terrorismo de estado colombiano presidido por Uribe y Santos.
Como tantas veces, después de la verborragia, ayudados por los bomberos de UNASUR (Kirchner, Correa y sobre todo Lula da Silva), los ánimos volvieron a calmarse dejando en claro que ésta es una nueva puesta en escena usada en ambos casos como recurso para resolver la política doméstica. Todos coincidieron en una misma exigencia, que echa luz sobre el fondo del conflicto: Chávez volvió a pedir a las FARC que se desarmen y abandonen la lucha armada, en consonancia con el nuevo vicepresidente colombiano, Angelino Garzón, que supeditó un posible diálogo con la guerrilla al “cese de la violencia”. Cese unilateral, desde luego, que no incluye al ejército colombiano ni a los paras. En este marco, Chávez pasó a considerarse “optimista” por el futuro de las relaciones con su país vecino y, a dos semanas de la “ruptura de relaciones”, decidió enviar a su canciller a la asunción del pichón de Uribe, Santos.
En el medio de los tiros de fogueo entre los gobiernos, y el ataque mancomunado contra la insurgencia armada, los pueblos colombiano y venezolano, y de toda América Latina, están cada vez más urgidos a labrar su propio camino, para enfrentar al imperialismo y a las burguesías parásitas locales.

Colombia: Con Santos, más represión e impunidad

Tras la última elección presidencial en la que salió electo el delfín de Uribe, en Colombia se profundizará la represión contra el pueblo trabajador.



Juan Manuel Santos, el reciente presidente electo de Colombia, es un claro representante de la burguesía más acomodada y de su brazo armado, estructurado principalmente a través del ejército y de los grupos paramilitares. Como corresponde a un miembro de una familia de la alta burguesía que ha sido dueña del principal diario del país (El Tiempo) y formada por políticos y presidentes, Santos primero estudió en los centros imperialistas (en Kansas y Harvard de EEUU y en la London School of Economics de Inglaterra) y luego se integró a la política colombiana, participando de los distintos gabinetes de ministros, desde 1990 hasta el presente.

Como ministro de defensa del gobierno actual, es uno de los principales responsables, junto a Uribe, de la represión que ejerce actualmente el estado a todo nivel.

Bajo su responsabilidad se ha avanzado en la injerencia norteamericana en la represión colombiana, pasando a la ocupación abierta por parte de EEUU, que envió el año pasado 1.400 efectivos entre tropas estatales y contratistas.

A su vez, se han multiplicado por miles los asesinatos políticos, en primer lugar a guerrilleros y activistas sociales y sindicales, como sucedió con algunos de los más importantes militantes por los DDHH, pero también, en segundo lugar, a pobladores, principalmente rurales o suburbanos, que son presentados como “guerrilleros capturados” por el ejército para poder obtener ascensos y premios. El mismo estado, por medio de su fiscalía general, ha aceptado la existencia de unos 2.000 fusilamientos extrajudiciales (“falsos positivos”) y de unos 20.000 desaparecidos en investigación en los últimos años.

Del mismo modo, el gobierno de Uribe y Santos sostiene una política de represión y militarización sobre el conjunto del movimiento social y político con represión a movilizaciones, persecución, encarcelamiento y asesinato de todo tipo de activistas; tiene en sus cárceles a unos 7.000 presos políticos, y repite habitualmente masacres y bombardeos (llegando al escándalo de bombardear en territorio ecuatoriano). Esta política represiva, además, tiene su efecto directo sobre las poblaciones rurales que se ven obligadas a desplazarse para sobrevivir: se calcula que sólo el año pasado hubo unos 286.000 desplazados.

La represión abierta que caracteriza al estado colombiano tiene por función defender los intereses de la burguesía local y sus socios yanquis, que se benefician de negocios tan millonarios como el del narcotráfico.

En un país donde las siempre devaluadas cifras oficiales admiten un 46% de pobreza, toda lucha que enfrente el actual estado de cosas y ponga en evidencia el carácter antipopular del régimen colombiano, constituye una amenaza a la estabilidad de la burguesía, y como tal es tratada por sus responsables políticos, máxime cuando la lucha popular en Colombia tienen un largo proceso de desarrollo, que incluye los permanentes intentos de organización del pueblo a todo nivel (sindical, estudiantil, campesino, indígena, etc.) y una resistencia armada de las guerrillas de más de 45 años.

Ahora, en forma consecuente con su trayectoria, Santos se propone profundizar la represión. Por eso, el grito de guerra en su primer discurso como presidente electo fue: “¡Que vivan las fuerzas armadas de Colombia!”, y pidiendo al auditorio que no olvide que él mismo había sido un cadete de la armada, remató: “¡Qué orgullosos nos sentimos de tener unas fuerzas militares y policía que le han devuelto la tranquilidad a nuestro país!”, “¡Gloria a estos muchachos!”. El plan de Santos incluye ampliar el Plan Colombia y garantizar la impunidad de los represores, para poder sostener las condiciones de explotación y desigualdad que golpean al pueblo trabajador y beneficiar a la burguesía y al imperialismo.

En ese sentido, ya acordó con la secretaria de estado yanqui Hillary Clinton, “dar un pasó más allá del Plan Colombia”, haciendo de su país una base para profundizar la política de injerencia norteamericana en América Latina. Por eso propone “que en lugar de ser siempre receptores de ayuda, que nosotros podamos convertirnos en un país que ayude a los países centroamericanos y del Caribe en su lucha contra los carteles de la droga, que es un problema que está creciendo en esas dos importantes zonas de América latina” (1).

Además, teniendo en cuenta que ese “trabajo sucio” de la represión implica torturas, fusilamiento, desapariciones, matanzas y demás atrocidades que son cometidas por el conjunto de las fuerzas represivas estatales y por los paramilitares (que son financiados y sostenidos políticamente por la burguesía y defendidos por su aparto judicial), la política de Santos está orientada a librar de las condenas legales a sus perros guardianes, muchos de los cuales ya tienen procesos judiciales abiertos. Por eso, plantea reformar cuestiones judiciales centrales, para tener un mayor control, por ejemplo, otorgando al presidente la potestad de elegir al fiscal de la nación, y por eso también dijo recientemente que “el fuero militar ha venido siendo vulnerado”, refiriéndose a que no permitirá que se continúen los juicios contra “sus muchachos” del ejército.

Como vemos, toda la política de Santos, al igual que la de su padrino Uribe, está centrada en la derrota del pueblo y sus organizaciones que sostienen la resistencia a las actuales condiciones de explotación y miseria, principalmente la guerrilla de las FARC. Sin embargo, aunque numerosas veces han declarado que la resistencia está “liquidada”, la intervención de la insurgencia sigue presente. De hecho, el mismo día de la elección, hubo derribamientos de torres eléctricas, quema de micros, hostigamientos y fueron muertos 13 militares y policías en combate con la guerrilla. Sin ir más lejos, la necesidad de reforzar la represión, con el financiamiento millonario de EEUU, la instalación de tropas yanquis en bases en Colombia y la impunidad de militares y paramilitares para perpetrar masacres, están dando muestras de que el gobierno no ha logrado derrotar efectivamente a la resistencia popular y sus guerrillas, por más que lo vengan anunciando sin cesar.

Por supuesto, ante la avanzada represiva que se propone Santos, no podemos más que ubicarnos del lado del pueblo, apoyando su lucha de resistencia que debe enfrentar tanto a la burguesía local y su represión como a las fuerzas de ocupación norteamericanas.

Democracia y terrorismo de estado

Una vez más, en Colombia, como sucede habitualmente en los países capitalistas, al pueblo se lo convocó a “elegir” entre dos candidatos de la burguesía y el imperialismo, que prometían ambos sostener la represión y el ajuste. La abstención de más del 55% entre quienes estaban habilitados para votar es demostrativa de la falta de expectativas populares en la posibilidad de tener alguna injerencia en el rumbo del país por medio de las elecciones. Cabe destacar que este recurso para la legitimación de la clase dominante, que son las elecciones (que, en los hechos, no permiten el acceso de nadie que no represente a esa clase), se lleva a cabo en el país de Latinoamérica más denunciado por su política de terror contra el pueblo, incluyendo los asesinatos en masa, los fusilamientos extrajudiciales, los bombardeos e incendios de poblaciones, las desapariciones, las torturas, la persecución a los activistas políticos, los desplazamientos forzados, etc. Viene al caso entonces, llamar la atención sobre el rol que cumple el sistema electoral democrático, como mecanismo para legitimar el sostenimiento del terrorismo de estado que, como bien lo ejemplifica Colombia, no es excluyente de las dictaduras, sino que es absolutamente compatible con la democracia burguesa

Con el “premio Nóbel de la paz” Barack Obama: Avanza la política guerrerista de EEUU

El triunfo electoral del candidato negro y del Partido Demócrata, Barak Obama, en EEUU en el 2008, trajo esperanza y buenos augurios para quienes pretenden mantener una buena relación con los EEUU sin querer ser acusados de proimperialistas. Por supuesto, allí estuvieron los que nunca han dejado de tener claras posiciones serviles con el imperio como Lula, los Kirchner, Tabaré, o Bachellet. También se mostraron expectantes los “progresistas latinoamericanos” como Evo Morales o Rafael Correa, confiando en que ahora la relación con EEUU podría ser diferente. Obama también alimentó la confianza del presidente paraguayo Lugo y del ex Tupamaro, José Mujica, quien no dejó de hacer sus pronunciamientos augurando nuevos tiempos. Finalmente, también en esa dirección fueron las declaraciones provenientes del estado cubano y del propio Fidel Castro, que no tardaron en mostrar la confianza que les inspiraba la “sinceridad” del nuevo presidente.

A poco tiempo recorrido, la realidad ha mostrado que de Bush a Obama sólo se ha intentado cambiar de matiz. La política invasionista de EEUU no ha cesado, por más que la burguesía intente lavarle la cara, otorgándole paradójicamente el premio Nóbel de “la paz”. Varios de los que querían creer deben decir ahora que la “derecha republicana” estadounidense es demasiado fuerte y que al “pobre” Obama no lo están dejando llevar adelante “su política”, como si Obama en algún momento hubiese planteado que EEUU iba a dejar de sostener la guerra como método de control cuando el imperialismo así lo necesitara.
Lo cierto es que el supuesto repliegue militar del gobierno de Obama no es más que una mentira: los militares yanquis siguen en Irak; intervienen en Pakistan; han aumentado el número de tropas en Afganistán y seguirá aumentando cuantiosamente; apoyan la política genocida de Israel contra Palestina y el Líbano; cuentan con centenares de bases militares y cárceles del tipo Guantánamo por todo el mundo. Esa misma política desarrollan en América Latina con el despliegue de la IV Flota, la proliferación de bases militares y los entrenamientos conjuntos.
Estos ejemplos no hacen más que mostrar que la política estadounidense no ha cambiado y que está bien claro que hay disposición a seguir invirtiendo una importantísima parte del presupuesto para garantizar, en diferentes regiones, el control que necesitan para la explotación.
En un documento publicado por el Departamento de Defensa de EEUU en junio de 2008, esta continuidad se expresa claramente: “Este documento resume cómo contribuiremos a alcanzar los objetivos de Estrategia de Defensa Nacional y un mundo más seguro y próspero para el beneficio de todos. Pronto, EEUU tendrá un nuevo presidente y un nuevo Comandante en jefe, pero los complejos asuntos que afrontamos seguirán siendo los mismos. Esta estrategia es un plan a ser desarrollado en los años que siguen”.(1)
En este mismo documento plantean como prioridad la “defensa del pueblo” de EEUU (que no es más que la defensa de los negocios de la burguesía norteamericana) y la “responsabilidad” adicional que este país dice tener para con el resto del mundo: “Seguimos siendo un faro de luz para aquellos en los lugares oscuros, y por esta razón debemos recordar que nuestras acciones y palabras señalan la profundidad de nuestra fuerza y determinación…Para tener éxito debemos aprovechar e integrar todos los aspectos del poder nacional y trabajar estrechamente con una amplia gama de aliados, amigos y socios. No podemos prevalecer si actuamos solos… Se trata de fomentar un mundo de estados bien gobernados, que puedan satisfacer las necesidades de sus ciudadanos y se conduzcan responsablemente en el sistema internacional. Este enfoque representa la mejor manera de proporcionar seguridad duradera para el pueblo estadounidense”. Así, las tropas estadounidenses han intentado siempre legitimarse e históricamente han invadido territorios, han apoyado gobiernos genocidas o han financiado ejércitos de mercenarios destruyendo, torturando y asesinando a pueblos enteros en todo el mundo.
Claramente, el estado yanqui, gobierne quien gobierne, sea su discurso más duro o más moderado, necesita de la represión y el control a nivel internacional para garantizar su política para la estabilidad del sistema capitalista. Más aún en tiempos como éstos, donde la crisis económica mundial acecha, la burguesía imperialista necesita garantizar su reacomodamiento, y esto sólo lo logra a costa de la miseria y la opresión de los países dependientes y, en particular, de su clase trabajadora.
Pero esta situación es inestable. El imperialismo impone miseria y opresión, pero también en muchos lugares la respuesta es la resistencia de movimientos y organizaciones que luchan por la liberación y la transformación social. Para estas situaciones se prepara permanentemente EEUU: “La estrategia de Defensa Nacional sirve como documento de culminación del Departamento en este esfuerzo a largo plazo. También proporciona un marco para otras orientaciones estratégicas del Departamento de Defensa, específicamente en la campaña y la planificación de contingencia y el desarrollo de inteligencia de la fuerza. Refleja los resultados de la Revisión Cuatrienal de Defensa (2006) y las lecciones aprendidas de las operaciones en curso en Irak, Afganistán y otros lugares. Se ocupa de cómo las Fuerzas Armadas de los EEUU darán la pelea y ganarán las guerras de Estados Unidos y la forma en que tratamos de trabajar con las naciones asociadas para dar forma a las oportunidades en el entorno internacional para mejorar la seguridad y evitar los conflictos”.(2)
Aunque intentan negarlo, es notable la preocupación de la burguesía norteamericana por garantizar el orden para sus negocios y la explotación en los territorios donde, afortunadamente, encuentran resistencia. Para eso han elaborado este plan de Defensa Nacional que está directamente vinculado, o mejor aún, tiene como eje central el accionar de las Fuerzas Armadas a nivel internacional como forma de resguardar la seguridad y el bienestar de la política interna de EEUU. En este marco, Obama, como referente del partido único de la burguesía yanqui que conforman juntos demócratas y conservadores, asume el rol que ha venido a cumplir, representando los intereses del capitalismo norteamericano. Así, en defensa de los negocios privados del gran capital imperialista, el “premio Nóbel de la paz” lleva la guerra a todos los rincones del mundo.

(1) “Estrategia de Defensa Nacional”, Junio de 2008, publicado por el Departamento de Defensa de EEUU. El texto completo se encuentra en inglés en: http//merln.ndu.edu/whitepapers/US2008NationalDefenseStrategy.pdf
(2) Idem.

Mercenarios privados: más recursos para la guerra

Así como “alquilan” las bases militares en Colombia, también se alquila la inteligencia: “Intelligense outsourcing”.
Un periodista norteamericano, T. Shorrock, describe en una de sus publicaciones cómo se ha ido transformando en un negocio privado una actividad que antes era manejada por el gobierno. Hoy el negocio de la inteligencia alcanza los 50 mil millones de dólares y la manejan empresas ligadas al Complejo Militar- Industrial de EEUU. Se estima que, aproximadamente, una tercera parte de las funciones del ejército de los EEUU está en manos privadas.
Este mismo periodista es quien denunció a los torturadores de la cárcel de AbuGhraib en Irak de ser empleados por una empresa privada llamada CACI. Denunció también que había unos 100 mil contratistas en Irak, de los cuales 48 mil trabajan como soldados privados, según un informe de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental. Estos soldados habrían operado casi sin supervisión o restricciones legales efectivas y constituyen una expansión no declarada de la dimensión de la ocupación. Muchos de estos contratistas ganan hasta mil dólares al día. Y esas fuerzas serían políticamente convenientes, ya que los contratistas muertos no son registrados en la cifra oficial. Además, según el periodista, “los beneficios para las agencias federales incluyen negación plausible con respecto al asesinato, desapariciones, el vicariato, la guerra sucia en propaganda y en operaciones psicológicas, así como la capacidad de eludir el Código Militar de Honor y los acuerdos de la Convención de Ginebra”.
Citamos: “Estados Unidos, Gran Bretaña e Israel son los líderes del negocio, siendo la Blackwater Corp., la más importante de estas empresas que alcanzó el primer lugar y creció gracias a los contratos con el Pentágono, fue fundada en 1997 por Erick Prince, un mega millonario conservador que fue un importante financista del presidente Bush y de sus aliados y quien «durante todos estos años ha servido como el flautista de Hamelín de una campaña para reempacar a los mercenarios como fuerzas legítimas.» (…) La empresa tiene su sede en Carolina del Norte y posee las oficinas en McLean (Virginia), cerca del cuartel general de la CIA, siendo su presidente Cofer Negro, un ex jefe de contraterrorismo en la CIA, conocido por su papel de liderazgo en los organismos de inteligencia y en los programas más controvertidos incluida la entrega y el interrogatorio de los sospechosos de pertenecer a Al-Queda y la detención de algunos de ellos en cárceles secretas en el exterior. (…) Según se lee en la página web que tiene la empresa para promocionarse, «Tenemos una presencia global y ofrecemos entrenamiento y soluciones tácticas para el siglo 21… Entre nuestros clientes figuran Agencias Policiales Federales, el Departamento de Defensa, el Departamento de Estado, el Departamento de Transporte, Entidades Locales y Federales de todo el país, corporaciones multinacionales y países amigos de todo el mundo.» (…) En Colombia, es en el denominado «Plan de Seguridad Democrática», derivación del Plan Colombia donde se han implementado este tipo de contratos. Uno de ellos, con la Fundación de Seguridad y Democracia y que se sepa, también con otras compañías privadas como Dyn Corp, Blackwater y SAIC – The Rendon Group.”(1)
Estas agencias de mercenarios son financiadas, muchas veces, directamente por quienes manejan las plantaciones para luego comercializar la coca para la elaboración de la cocaína, por empresarios, por funcionarios del gobierno. Se encargan del hostigamiento permanente de la población, realizan tareas de contrainteligencia, cuidan los negocios privados, reclutan periodistas y académicos que se disponen a justificar los planes represivos del gobierno y del imperio norteamericano.

(1)El Alquiler de la “Inteligencia” o la privatización de la guerra. Sobre todo de la Guerra Sucia, Pablo Catatumbo (Miembro del Estado Mayor FARC- EP), 18 de Junio de 2009.

Con las bases militares en Colombia: El imperialismo avanza sobre América Latina

En forma consecuente con su política guerrerista internacional, EEUU puso en funcionamiento, en nuestro continente, la IV Flota, que le permite al ejército estadounidense un importante control sobre toda la región; apoyó, en los hechos, al menos por el tiempo necesario para su establecimiento, a quienes dieron el golpe en Honduras; ha sostenido la intervención militar en Haití con la colaboración de varios ejércitos latinoamericanos; ha multiplicado los ejercicios militares conjuntos y las instalaciones de su tropa en territorio latinoamericano; ha aumentado en forma constante el gasto para el financiamiento de la represión estatal y el paramilitarismo en Colombia por medio del “plan patriota” y el “plan Colombia”. Y ahora, con más despliegue e inversión para el control de lo que considera “su patio trasero”, avanza también con la ocupación de siete bases militares en territorio colombiano para garantizar el acceso directo de soldados estadounidense en el territorio y el entrenamiento del ejército colombiano local.

El avance militar yanqui tiene el doble propósito de garantizar su acceso y control a recursos y mercados que considera estratégicos y de combatir, a su vez, a quienes resisten la avanzada militar y luchan por la transformación social, constituyéndose en un ejemplo para el conjunto del continente.
En este sentido, un documento publicado a principios de abril de 2009 por el Comando de Movilidad Aérea (AMC), “Global En Route Strategy”, más conocido como “Libro Blanco”, enuncia que “América del Sur está siendo incluida en la llamada «estrategia de ruta global»”. Allí se señala que “Los EUA requieren libertad de acción en los espacios globales comunes y acceso estratégico a importantes regiones del mundo para encontrar sus necesidades de seguridad nacional”.
Estas rutas están trazadas con el fin de lograr un despliegue rápido y a gran escala hacia las zonas de importancia para EEUU con hipótesis de conflicto, garantizando una alta movilidad aérea, terrestre o naval, tropas, armas, municiones, vehículos de combate, etc.
La ocupación de las bases colombianas se inscribe en esta dinámica para el control continental y mundial, en un marco en que las repetidas y pronunciadas crisis capitalistas no dan demasiado tiempo para la recuperación de la burguesía, y en que la competencia con otros países, que se perfilan como posibles rivales, lo obligan a actuar más rápida y efectivamente.
Además del negocio que implica la guerra misma, EEUU avanza con esta incursión militar en su aspiración de tener un mayor dominio del narcotráfico, uno de los negocios más importantes del mundo que tiene en Colombia un centro importante de aprovisionamiento. Al mismo tiempo, las bases sirven para avanzar sobre otras áreas de interés para EEUU, donde hay reservas de agua dulce y grandes extensiones de tierra sin ocupación ni contaminación, como son la Cuenca del Orinoco y la Amazonia Oeste. Con la base de Palanquero, establecida como una “localidad de seguridad cooperativa” (CSL), EEUU podrá cubrir casi la mitad del continente sin necesidad de reabastecimiento de combustible (y si el reabastecimiento fuera posible, se podría cubrir la totalidad del continente exceptuando la región de Cabo de Hornos). Y además, con esas bases EEUU se propone, como lo expresa el “Libro Blanco”, “asistir con movilidad en el camino hacia África”, sobre todo el golfo de Guinea. Esta es una de las áreas de su principal interés donde, en nombre del combate al terrorismo internacional, el Pentágono proyectó desde el 2000 una política para la extracción de hidrocarburos en la zona y el freno al importante avance de China sobre ese continente. También aquí, la base de Palanquero se constituye como un eje en la nueva ruta hacia África. Desde allí, la distancia hasta el próximo punto en la ruta hacia el Golfo de Guinea (Ascensión) estaría en el límite de la autonomía punto a punto de un C-17.(1)

Despliegue militar para combatir a la resistencia
Pero más allá de su aspiración constante de controlar los recursos y los circuitos económicos más redituables, EEUU ha determinado hace varios años que debe hacer todos sus esfuerzos por derrotar a la guerrilla colombiana, cuya permanencia ve como un serio peligro en la región.
El despliegue militar en Colombia contra la resistencia armada es parte de una orientación más general de los EEUU, con la que buscan aplastar cualquier tipo de iniciativa independiente o revolucionaria, a lo largo del continente y el mundo. Al respecto, el Departamento de Defensa norteamericano decía el año pasado: “Este entorno está definido por una lucha global contra la ideología extremista violenta que busca derribar el sistema estatal internacional. (…) Sus partidarios rechazan la soberanía del Estado, ignoran las fronteras, y niegan la libre determinación y la dignidad humana. (…) La lucha contra estos grupos violentos requiere, a largo plazo, enfoque innovadores. La incapacidad de muchos estados de tener políticas eficaces, o de trabajar con sus vecinos para garantizar la seguridad regional, representa un desafío para el sistema internacional. Grupos armados subnacionales, incluyendo, pero no limitados a aquellos inspirados por el extremismo violento, amenazan la inestabilidad y la legitimidad de los Estados clave. Si no se controla, esa inestabilidad se extiende y amenaza las regiones de interés para Estados Unidos, nuestros aliados y amigos. Los grupos insurgentes, y otros actores no estatales locales, con frecuencia explotan las condiciones geográficas, políticas o sociales para establecer refugios desde los que pueden operar con impunidad. Sin gobierno, sub gobernadas o mal gobernadas, las zonas en disputa ofrecen un terreno fértil para que estos grupos exploten los vacíos de poder para socavar la estabilidad local y la seguridad regional. Abordar este problema requiere la cooperación local y enfoques creativos para denegar a los extremistas la oportunidad de obtener puntos de apoyo.”(2)
Para avanzar con esta política de control militar, los EEUU han dado impulso a una campaña por medio de la cual intentan pintar un panorama caótico en Latinoamérica. Para ello ligan en forma intencional el narcotráfico (del que ellos son los principales accionistas) con las organizaciones políticas que enfrentan al imperialismo y las catástrofes naturales con la pobreza propia de los países dependientes. Y ante todo eso, se ubican a sí mismos como los salvadores que deben intervenir para evitar ese supuesto descontrol.
En esta línea, el 6 y el 13 de marzo de este año, James Stavridis, comandante del Comando Sur (Southcom), en su discurso ante el senado de EEUU, refiriéndose a Latinoamérica, dijo: “Es un área del mundo con extraordinarias promesas, pero abrumada por la pobreza. Y también abrumada por los narcóticos y la inestabilidad. Pero es nuestro hogar, y debemos enfrentar seriamente esos desafíos… La reactivación de la IV Flota nos da gran presencia en la región. Nos otorga real capacidad de control y comando. La Flota nos permite respuestas en tiempo real, tanto en cuestiones humanitarias o de desastres naturales como en movimientos antinarcóticos. La velocidad es importante en esos escenarios… Sigo preocupado por la actividad de radicales islámicos en la Triple Frontera (Argentina, Brasil, Paraguay). Es, en mi opinión, actividad de Hezbollah. Hay, claramente, recolección de fondos, lavado de dinero, tráfico de drogas. Los fondos reunidos, en parte, vuelven a medio oriente…”
En base a este discurso se da ahora impulso a la construcción de infraestructura regional para la intervención rápida y masiva norteamericana en Colombia, lo que implica mayores esfuerzos para combatir la guerrilla. Esto se da luego del fracaso del Plan Colombia por el control efectivo de la región, para el cual, el estado norteamericano ya ha invertido miles de millones de dólares, dispuesto a jefes militares para el entrenamiento y promovido la participación de grupos de contratistas privados sin que eso haya dado aún resultados. Por eso, no es casual que sea en Colombia donde se haya garantizado el acuerdo de la utilización de siete bases militares para el entrenamiento de las Fuerzas Armadas locales con instrucción y tecnología norteamericana. Evidentemente, a la burguesía internacional (porque no solamente EEUU pone dinero, sino también la Unión Europea) le preocupa que desde hace más de 40 años existan organizaciones armadas que se destacan al marcar un eje de discusión a nivel nacional e internacional, a pesar de los grandes esfuerzos que hacen por ocultar su grado de importancia.
Por eso, el 29 de junio de 2009, el presidente Barack Obama recibió a su par Álvaro Uribe en la Casa Blanca y semanas después se anunció que el Pentágono hará uso de siete bases aéreas y navales en Colombia, el país que más dinero recibe en asistencia militar en América Latina y el tercero en el mundo.
En una nota publicada en la web por Global Research el 23 de julio de 2009, se aportan datos relevantes para entender la importancia de la lucha colombiana para EEUU:
“Colombia ya era el mayor recipiendario de ayuda militar en el hemisferio occidental cuando se lanzó el Plan Colombia. A partir de entonces, el aporte de dinero creció 20 veces en los primeros dos años, 1998-2000, superado sólo por los envíos a Israel y Egipto. En 10 años, desde 1998, el incremento de fondos fue de 100 veces.
La escalada de operaciones de contrainsurgencia se enmascaró como “guerra a las drogas”. Sin embargo, 9 años después, Colombia sigue siendo el principal proveedor de drogas de EEUU.
Después del 11 de Septiembre de 2001, las FARC fueron «jerarquizadas» al tope de la lista de enemigos en la llamada «Guerra Global». Se aprobaron nuevos envíos de fondos y de unidades militares, incluyendo Fuerzas Especiales y Comandos Brigada, que se instalaron en 8 unidades regionales de inteligencia con varios aviones de reconocimiento, y lo más sofisticado en materia de comunicaciones aire-tierra. Se crearon una Escuela de Inteligencia y un Centro de Contrainteligencia.
Ahora, para enfrentar décadas de insurgencia en Colombia es necesaria una escalada militar”.(3)

El control real sobre el territorio: las bases.
Un comunicado de prensa del Departamento de Estado sobre su incursión en Colombia afirma que dicho país y EEUU han acordado profundizar la cooperación “bilateral” en temas de seguridad.(4) Afirma también que el Acuerdo complementario de Cooperación y Asistencia técnica en seguridad no permite el establecimiento de ninguna base militar de EEUU en Colombia, por lo que sólo “asegura el acceso de EEUU a ciertas facilidades colombianas para encarar actividades de mutuo acuerdo”.
Aunque muy ridícula, esta salvedad fue suficiente para que en el encuentro de UNASUR, que se realizó en agosto en Bariloche, por un lado, la presidenta argentina dijera que había que salir de la discusión sobre nomenclaturas “bases sí o bases no” y, por otro, para que el presidente de Bolivia alentara a firmar en acuerdo conjunto el documento, ya que no se trataba de “bases yanquis”. Y Evo Morales tenía razón. No se trata de bases yanquis, se trata de Forward Operating Locations (FOLs) que ya existen en Latinoamérica y el Caribe: una en El Salvador (Comalapa), otra en las Antillas Holandesas (Aruba/Curaçao)(5), y la recientemente no autorizada por Ecuador (Manta), la cual será reemplazada por siete en Colombia. EUU tendrá, así, acceso a tres bases colombianas de la fuerza aérea en Palanquero, Apiay y Malambo, a dos bases navales y a dos instalaciones militares. También, según el mismo documento, será posible el acceso a otras bases o instalaciones, de común acuerdo.
Mucho más allá de estas aclaraciones, a nadie puede caberle ninguna duda de que, sea cual sea la forma que quieran darle a esta avanzada norteamericana, de lo que se trata es del permiso absoluto que otorgan los gobiernos cipayos de la región a la libre acción de EEUU y su ejército sobre todo el continente.
Las FOLs son instalaciones de bajo costo para EEUU, ya que usan la infraestructura de los países anfitriones, y fueron creadas formalmente “para el control de narcotráfico”, aunque en Colombia, lejos de ubicarse en los centros más importantes de tráfico de drogas, lo han hecho en las zonas de operación de la guerrilla. Desde allí se pueden hacer controles y vigilancia con aeronaves especializadas para el monitoreo llevadas desde EEUU. Operan pequeñas cantidades de militares, agentes de la DEA, guardacostas y personal de la aduana de EEUU para coordinar las comunicaciones y la inteligencia. Las fuerzas norteamericanas permiten que las fuerzas locales compartan las misiones que se realizan para facilitar el entrenamiento. EEUU invierte en el reacondicionamiento de estas bases para garantizar su optimización en el uso. Sólo para la base de Palanquero, el congreso de EEUU destinó u$s46 millones para mejorar la pista y el hangar. El número de militares uniformados es de 800, más 600 “contratistas civiles”.
Como argumento para justificar la proliferación de sus bases militares, EEUU habla de “misiones de asistencia humanitaria del Comando Sur de EEUU”. Pretenden teñir con una imagen “humanitaria” la ocupación y el ataque a la resistencia. Para ello dicen que se proponen intervenir frente a catástrofes naturales (Fuerzas Aliadas Humanitarias), colaborar en la construcción de escuelas, clínicas, centros comunitarios, pozos de agua, etc. (Beyond de Horizon, de tres años de duración y los New Horizons, de un año de duración), y promueven equipos que, por dos semanas, proveen tratamientos médicos en zonas pauperizadas (estos planes se llaman MEDRETEs y el Southcom dirige más de 60 al año).
Por supuesto, tenemos sobradas muestras de lo que estas “misiones” significan: la invasión del ejército yanqui cometiendo todo tipo de tropelías. Su implementación efectiva ha arrojado resultados contundentes en las regiones en las que se han implementado. En el mejor de los casos, no se han llevado a cabo tales ayudas, pero la mayoría de las veces las tropas se han encargado de entrar a los pueblos destruyendo todo lo que han encontrado al paso, violando, masacrando. El caribe está inundado de bases norteamericanas y tras los desastres naturales (que ocurren con bastante frecuencia) las tropas se aseguran de “mantener la paz social” a punta de fusil ante los pueblos desesperados que lo han perdido todo.
En realidad, como lo plantea la “Estrategia de Defensa Nacional”, para los EEUU: “Este conflicto es una campaña irregular prolongada, una violenta lucha por la legitimidad y la influencia sobre la población. El uso de la fuerza juega un papel, sin embargo, los esfuerzos militares para capturar y matar a los terroristas pueden estar subordinados a las medidas para promover la participación local en el gobierno y los programas económicos para estimular el desarrollo, así como los esfuerzos para entender y atender las quejas que a menudo se encuentran en el corazón de la insurgencia. Por esta razones, posiblemente el componente militar más importantes de la lucha contra los extremistas violentos no es tanto nuestra propia intervención, sino lo bien que ayudamos a nuestros socios a defenderse y gobernarse a sí mismos. Trabajar con y por medio de los agentes locales cuando sea posible para hacer frente a los retos de seguridad común es el enfoque mejor y más sostenible para luchar contra el extremismo violento. A menudo, nuestros socios están en mejor posición para manejar un determinado problema porque entienden la geografía local, las estructuras sociales y la cultura local mejor que lo que nosotros jamás podríamos. Es la colaboración entre las agencias de nuestros socios internacionales lo que ayudará a los Estados vulnerables y las poblaciones locales en su intento de mejorar las condiciones para erradicar el extremismo y desmantelar las estructuras que apoyan y permiten que los grupos extremistas crezcan”.
Como vemos, la administración Obama, al igual que todos sus antecesores, también tiene una gran preocupación en el desarrollo de la política de “seguridad” (de los negociados yanquis). Ante los frentes internos que se han abierto en EEUU con la crisis, como el desempleo, la salud y la vivienda, evidentemente el control de otras regiones y el desarrollo de la guerra siguen siendo la salida para el gobierno norteamericano, más allá de que sean conservadores o demócratas quienes estén al mando.
Por eso en EEUU, gobierne quien gobierne, la burguesía ya tiene un plan para mantener y acrecentar sus negocios. No se trata de un plan maquiavélico de la mano de personajes monstruosos como W. Bush. Se trata de la única lógica que mueve al capital, el de la competencia más feroz para sobrevivir en el mercado y ampliar sus ganancias. En ese camino, para la burguesía todo vale: la guerra, la invasión, la destrucción, la tortura, la muerte.
Pero, así como el imperialismo se prepara, también la resistencia se nutre de experiencia y resurge ante cada ataque. Aún bajo la opresión y en condiciones de absoluta inferioridad, la persistencia de los que resisten nos muestra que no hay otro camino que la lucha y que, por más difícil que sea, sólo por ese camino podremos vencer los planes de sumisión y dependencia que traen los yanquis para América Latina.

(1) Esta aeronave se toma como referencia ya que se trata de un avión militar a reacción de gran tamaño para transporte de carga de hasta 77 toneladas (puede trasladar tanques Abrams M1 y también tropas -del orden de 200-), con un alcance máximo sin reabastecimiento de combustible de 2000 millas náuticas (unos 3700 km) en un vuelo de ida y vuelta, y del orden de los 3500 mn (6500 km) su rango de punto a punto. Opera en pistas de 900 metros de longitud.
(2) “Estrategia de Defensa Nacional”, Junio de 2008, publicado por el Departamento de Defensa de EEUU.
(3) “EEUU aumenta sus planes de guerra en Latinoamérica”, Global Research, 23 de Julio de 2009. (http://www.globalresearch.ca)
(4) Comunicado de Prensa del Departamento de Estado sobre el acuerdo de defensa con Colombia, 18 de agosto de 2009. (http://www.state.gov/r/pa/prs/ps/2009/aug/128021.htm).
(5) En esta FOL hay personal de EEUU, Holanda, Reino Unido, Canadá y Francia. Las operaciones diarias son dirigidas por la fuerza aérea norteamericana.
(6) “Estrategia de Defensa Nacional”, Junio de 2008, publicado por el Departamento de Defensa de EEUU.

Ejercicios militares conjuntos

Sólo en 2008 se realizaron los siguientes ejercicios militares:
1) TRADEWINDS: Es un ejercicio marítimo de Seguridad en Migraciones Ilegales y Tráfico Ilícito en el Caribe. En 2008 se realizó en República Dominicana, con 16 países.
2) UNITAS Atlantic, con fuerzas de Argentina, Brasil y EEUU. Incluyó escenarios de guerra electrónica, defensa antiaérea, antisubmarina, antisuperficie y operaciones de interdicción marítima.
3) UNITAS Pacific, con fuerzas de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador y EEUU. Similar al anterior.
4) Fuerzas Armadas PANAMAX: Tiene foco en el canal de Panamá, uno de los pasos marítimos cruciales, tanto estratégica como económicamente. El ejercicio incluye muchos países de la región y otros que utilizan el canal. Está diseñado para mejorar la inter-operatividad de las fuerzas militares y civiles de las naciones preocupadas por asistir a Panamá en caso de ser necesario proteger el paso por el canal y garantizar su “neutralidad”. Incluye ejercicios en tierra, aire y mar, y operaciones especiales. El del 2008 incluyó 30 barcos, una docena de aviones y 7000 efectivos de 29 países, y hubo participación de la Argentina.
5) Peacekeeping (PKO): Ejercicios de “mantenimiento de la paz”, que brindan oportunidades de entrenamiento tanto a las fuerzas de EEUU como de las naciones participantes en escenarios de “mantenimiento de la paz”. En 2008 se realizó en Nicaragua, con 23 naciones incluyendo a la Argentina.
6) FUERZAS COMANDO: Ejercicio de contraterrorismo que enfoca la cooperación regional, entrenamiento y disponibilidad de las fuerzas en tácticas terroristas, técnicas y procedimientos. En 2008 se realizó en Texas con 17 naciones, entre ellas la Argentina. Participaron 300 militares, funcionarios judiciales, miembros de las fuerzas de seguridad y civiles. Su objetivo es mejorar las relaciones intra militares, las habilidades para la operación conjunta y mejorar la seguridad regional. El ejercicio pone a prueba la resistencia física y psicológica de los participantes a través de muchos “obstáculos”, tanto en tierra como en agua. Se incluyeron dos partes: una competencia multinacional en habilidades para operaciones especiales y un seminario de capacitación de líderes. La competencia de destrezas fue diseñada para mejorar la cooperación regional multinacional, aumentar la confianza mutua, promover la capacitación, la preparación y la interoperabilidad de los que participan en las fuerzas de operaciones especiales (tácticas, técnicas y procedimientos). Hubo dos eventos: competencia de grupos de asalto (test de aptitud física, concurso de confianza, combate cuerpo a cuerpo, marcha con mochilas, etc) y una competencia de francotiradores (snipers). Cada nación participante envió un Juez, cinco personas del equipo de operaciones especiales de asalto y un equipo de dos francotiradores.

Colombia: Un estado paramilitar y un pueblo que resiste de pie

La instalación de nuevas tropas de EEUU en bases colombianas puso una vez más en las primeras planas la discusión sobre la realidad en ese país, donde desde hace más de cuatro décadas la guerrilla y un conjunto de organizaciones populares enfrentan consecuentemente al estado y a los paramilitares.

Colombia es un país absolutamente dependiente económicamente, dedicado casi exclusivamente a la explotación minera y petrolera y a la producción de materias primas (fundamentalmente café) para la exportación. El negocio del narcotráfico es, por otra parte, y más allá de no aparecer en las estadísticas oficiales, uno de los principales impulsores de la economía nacional. Como en el resto de los países latinoamericanos, con la única excepción de Cuba, las desigualdades sociales son abismales. La inmensa mayoría del pueblo padece condiciones de vida durísimas, los índices de pobreza e indigencia son alarmantes, y se mantienen elevados niveles de analfabetismo y mortalidad infantil(1). Todo esto, mientras un puñado de empresarios acumula la inmensa mayoría de las riquezas del país, como socio menor de los capitales imperialistas, fundamentalmente norteamericanos.
El TLC (Tratado de Libre Comercio) que EEUU tiene con Colombia es la demostración no sólo del carácter abiertamente proyanqui del gobierno de Uribe, sino también del estrecho vínculo de dependencia que une a la burguesía colombiana (de la misma forma que a sus pares latinoamericanas) con el capital imperialista.

Un gobierno proimperialista: hoy con Obama, siempre con EEUU
Álvaro Uribe Vélez, en el gobierno desde 2002, que por estos días prepara una nueva reelección es, pocos lo niegan, un fiel servidor de EEUU. Los vínculos de su gobierno con el narcotráfico y los paramilitares son escandalosos e involucran a una gran cantidad de funcionarios en todos los niveles, lo que le costó incluso la renuncia a hombres de primera línea de su gestión. Aliado incondicional de los EEUU, tanto de la administración Bush como de la de Obama, Uribe ha abierto de par en par las puertas para la profundización de la presencia yanqui en su país.
El Plan Colombia marca las directivas de la avanzada, que ya a esta altura ha contado con miles de millones de dólares, dirección política y militar, armamento, tecnología de avanzada y mercenarios que, entre otras cosas, EEUU ha puesto sobre Colombia con el fin de acabar con la resistencia popular, que representa un problema inmenso y una amenaza, no sólo para la burguesía de su país, sino para los capitalistas de todo el continente, que temen la posibilidad de que se siga su ejemplo en otras latitudes. Así, el último acuerdo entre EEUU y Colombia no es ninguna novedad, sino que representa, como el mismo Uribe afirma orgulloso, la profundización de la colaboración yanqui en su intento de acabar con las organizaciones populares que luchan por el poder en su país.
En este plan de aniquilamiento de la resistencia popular, los estados de Colombia y de EEUU no han escatimado medios. La campaña internacional de difamación que intenta vincular a la guerrilla con el narcotráfico (y para la cual la prensa oficial ha acuñado el término “narcoterrorismo”), haciendo pasar a las principales organizaciones populares por una simple banda de delincuentes y secuestradores, busca esconder los fines políticos de su lucha, y negar, al mismo tiempo, la simpatía que genera en una parte importante del pueblo colombiano. Esta es otra de las farsas con las que han intentado aislar a las organizaciones populares. Lo cierto, como ha quedado al descubierto incluso en hechos que tuvieron gran trascendencia mediática, es que los mismos estados colombiano y yanqui (como sucede en todo el mundo), a través de DEA (Drug Enforcement Administration - Oficina antidrogas norteamericana) y los grupos paramilitares, son los que explotan el negocio del narcotráfico. De diversas maneras, los campesinos, para poder subsistir, son empujados a producir la coca que tiene como mercado casi exclusivo a los EEUU.
Por otra parte, como es sabido, la intervención militar directa, con apoyo técnico y armamentístico, se complementa con la proliferación de los grupos para-militares, verdaderos apéndices del aparato estatal. Estos grupos, de igual forma que en otras latitudes, son financiados y dirigidos directamente por el Departamento de Estado yanqui, que, en el caso colombiano, planteó por primera vez la necesidad de preparar “grupos especiales” ya en 1962, luego de la Misión Yarbourough, anticipándose incluso a la consolidación de los principales grupos guerrilleros.
Debe crearse ya mismo un equipo en dicho país, para seleccionar personal civil y militar con miras a un entrenamiento clandestino en operaciones de represión, por si se necesitaren después. Esto debe hacerse con miras a desarrollar una estructura cívico-militar que se explote en la eventualidad de que el sistema de seguridad interna de Colombia se deteriore más. Esta estructura se usará para presionar los cambios que sabemos van a ser necesarios para poner en acción funciones de contra-agentes y contra-propaganda y, en la medida que se necesite, impulsar sabotajes y/o actividades terroristas paramilitares contra conocidos partidarios del comunismo. Los Estados Unidos deben apoyar esto”. Con esta claridad planteaba el gobierno yanqui la necesidad de enfrentarse a la resistencia colombiana. Apenas unos años después de la revolución cubana, EEUU ya había sacado sus cuentas sobre la peligrosidad que las organizaciones que pelean por el poder en América Latina representan para sus intereses y haría todo lo posible en adelante para evitar nuevos triunfos populares en la región.
Los vínculos entre los paramilitares y los estados yanqui y colombiano son, por lo tanto, inocultables, y trascienden los límites del actual gobierno, que no en vano se ha ganado la calificación de “paraco” (sinónimo de paramilitar utilizado popularmente en Colombia). Así, por ejemplo, es también un hecho conocido que el hermano del presidente, Santiago Uribe Vélez, es jefe de uno de los grupos paramilitares autodenominado “Los 12 apóstoles”, mientras que las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), la banda paramilitar más importante, son ya reconocidas en el mundo entero por la brutalidad de sus prácticas, llegando a masacrar poblaciones campesinas enteras, alegando colaboración con las fuerzas guerrilleras.
El ataque a la guerrilla incluye detenciones extrajudiciales, torturas y asesinatos fuera de combate, además de los más de 500 guerrilleros presos y los tres dirigentes de las FARC que han sido extraditados a EEUU: Sonia, Simón Trinidad e Iván Vargas. Pero la represión no se limita exclusivamente al hostigamiento contra las FARC, sino que, por el contrario, se descarga con total impunidad sobre el conjunto de las organizaciones populares colombianas. Se cuentan de a miles los presos políticos que pueblan las cárceles de todo el país, así como los dirigentes sociales, estudiantes o trabajadores asesinados por su actividad política. Las organizaciones de DDHH colombianas denuncian más de 2.500 dirigentes sindicales asesinados en los últimos 20 años. Y la represión se extiende también por las comunidades campesinas y regiones rurales en donde, para atacar la base de apoyo de las organizaciones político militares, tanto el ejército como los paramilitares arremeten torturando, fusilando y masacrando en regiones enteras, obligando, además, al desplazamiento forzoso de miles de campesinos pobres.
De esta forma, poniéndolo en su justo contexto, es más que claro cuál es el principal objetivo de la nueva avanzada yanqui en Colombia. Mediante la profundización de la presencia militar y armamentística, intentarán doblegar a la resistencia popular con más muerte y más represión, insistiendo, pues, en el camino que bien ha sabido enfrentar el pueblo colombiano en los últimos cuarenta años.

La Resistencia del pueblo colombiano
La situación de guerra civil en Colombia, que supera ya las cuatro décadas, ha conocido diferentes etapas en las cuales las organizaciones populares han constatado, no sin sufrimiento, la imposibilidad de negociación con los grupos capitalistas y sus gobiernos de turno y, por lo tanto, la inevitabilidad del enfrentamiento directo como el único camino para la transformación de la realidad en Colombia. Esto quedó demostrado, por ejemplo, con la masacre de más de 4.000 dirigentes y militantes de la Unión Patriótica(2) en 1984, durante el gobierno de Belisario Betancourt.
En la década del ´60, como respuesta a la creciente pobreza y la explotación de los trabajadores y los campesinos, y con el impulso generado por el triunfo de la Revolución Cubana, surgen en Colombia un grupo de organizaciones populares, sindicales, estudiantiles y políticas, entre las que se destacan organizaciones político militares como las FARC-EP y el ELN, que deciden enfrentar a los sectores dominantes colombianos. Con el transcurso de los años y el sostenimiento y desarrollo de la lucha popular como principal estandarte, estas organizaciones han ido construyendo una interpretación de la realidad de su país y un programa para alcanzar una transformación radical de la sociedad, alcanzando, en este sentido, posicionamientos de gran valor, aunque muchas veces con claras contradicciones que las llevan, por ejemplo, a brindarle su apoyo a gobiernos capitalistas que no han cesado de pedir el desarme de la guerrilla, como el bloque “bolivariano” que forman Venezuela, Bolivia y Ecuador.
Desde su surgimiento en 1964, las FARC-EP, organización más antigua y de mayor importancia entre las que enfrentan al estado colombiano, han ido avanzando, logrando asestar importantes golpes a la clase dirigente colombiana, incorporando a sus filas a cientos de campesinos y trabajadores (llegando a contar en la actualidad con mas de 10.000 miembros activos), constituyéndose en una auténtica fuerza beligerante. La actitud y la perseverancia en el camino que iniciaron hace más de cuarenta años, marcan un ejemplo de fuego para los trabajadores y los oprimidos de todo el continente. Ni la muerte de su máximo dirigente, Manuel Marulanda, ni el asesinato de los Comandantes Iván Ríos y Raúl Reyes, ni los persistentes ataques militares o el aislamiento, han podido torcer el brazo a las FARC y a toda la resistencia del pueblo colombiano que se mantiene en la lucha por conseguir una transformación social. Jesús Santrich y Rodrigo Granda, miembros de la dirección de las FARC, lo expresan con esta determinación y sencillez: “estamos en una confrontación que no ha de cesar mientras no se acabe con las profundas causas sociales que la engendraron”.
De esta forma, el pueblo colombiano, que ha dado ya sobradas muestras de su disposición a la lucha, marca con la firmeza de su moral y combatividad, un camino para todos los pueblos del continente, y reafirma a cada paso que en Colombia resiste América Latina.

(1) Incluso las estadísticas de la ONU y la CIA, calculan que más del 50% de los colombianos están bajo la línea de pobreza y que los niveles de analfabetismo en zonas rurales superan el 20%.
(2) En 1984 las FARC pactan el cese bilateral del fuego con el gobierno de Belisario Betancourt y lanzan, en conjunto con otras fuerzas, la Unión Patriótica como movimiento para intervenir públicamente en la vida política nacional. Luego de las elecciones del ´86, en las cuales consigue quedarse con un gran número de alcaldes, 14 congresistas, 18 diputados y 335 concejales, la burguesía lanza un plan sistemático de aplastamiento sobre la UP, que le costó la vida a 4.000 militantes populares, poniendo fin a la tregua.

La guerra civil en Colombia: El rol del progresismo

La intervención de los diferentes líderes regionales y de sus ideólogos progresistas sobre el conflicto colombiano no es nueva. Los sucesivos gobiernos latinoamericanos han venido repudiando la lucha de la resistencia del pueblo colombiano, sumándose a la condena internacional que asocia a la guerrilla con el “terrorismo” y a las organizaciones populares con el narcotráfico, negando la legitimidad de su lucha.

Mientras en Colombia las FARC, junto a numerosas organizaciones, vienen desde hace décadas apostando por la organización popular y la lucha en pos de alcanzar una transformación social que termine con la pobreza y con la explotación de su pueblo, los aduladores de la democracia, defensores del “socialismo del siglo XXI” y la “revolución de las ideas”, con Chávez, Morales y Correa a la cabeza, mantienen la defensa de la burguesía como su máxima premisa, negociando incluso con los sectores más abiertamente reaccionarios de la clase dominante, y que han atentado en numerosas ocasiones contra sus gobiernos, como hiciera Chávez indultando a los golpistas, o Morales negociando con los gobernadores de la “media luna”.
Los resultados están a la vista: después de varios años en el gobierno (más de diez en el caso venezolano), la situación en sus respectivos países no ha cambiado en lo sustancial: se mantienen la pobreza y la indigencia en niveles altísimos, al tiempo que, lejos de eliminarse, se profundizan las relaciones de dependencia con los capitales imperialistas y los vínculos comerciales con EEUU. Así, independientemente de la retórica “antiimperialista” que puedan esgrimir, estos gobiernos vienen a confirmar una vez más lo que ya ha sido probado innumerables veces en la historia: no es posible terminar con la explotación y la miseria de nuestros pueblos si no es dando la lucha a fondo contra el sistema capitalista y las burguesías que se benefician de éste.
Entre quienes condenan el desarrollo de la lucha armada en Colombia, ocupa, sin dudas, un rol importante Fidel Castro, que continúa negando la posibilidad de que otros pueblos avancen en el camino que el pueblo cubano emprendiera en el ´59, tomando por la fuerza el poder, y avanzando en la expropiación de las burguesías locales y extranjeras. Morales, Chávez y Correa, detrás del líder cubano, han condenado en reiteradas oportunidades a las FARC y a las organizaciones guerrilleras que resisten en Colombia. “Ahora, estamos en otros tiempos, se acabaron las dictaduras y deben acabarse también las guerrillas contra el imperio, estamos en época de conciencias y, en base a la conciencia, hacer transformaciones pacíficas y democráticas”. “La guerra de guerrillas pasó a la historia”, dirían a su turno Morales y Chávez.
Estas afirmaciones, gravísimas de por sí, ya que acentúan el aislamiento de las organizaciones populares, contribuyendo con la avanzada de EEUU y el gobierno colombiano, siendo por lo tanto, una legitimación de la represión, son más graves al provenir de dirigentes que se autoproclaman “socialistas” o “anticapitalistas” ya que su opinión es escuchada y respetada por importantes sectores populares del continente. Provenga de quién provenga, es fundamental insistir con que estas reiteradas condenas a la guerrilla y a las organizaciones populares que luchan en Colombia (como en cualquier otro país), no son otra cosa que un llamado a la resignación.
Dentro de este panorama, en los diferentes ámbitos de debate con motivo a la instalación de las tropas yanquis en bases colombianas, los discursos de los presidentes “progresistas” y de sus escribas se han dedicado a negar sistemáticamente la existencia de una guerra civil en Colombia, que enfrenta, por un lado, a la burguesía representada por los paramilitares y el estado comandado por Álvaro Uribe, con las organizaciones populares y sus fuerzas guerrilleras por otro. Y esto, cuando no reclaman abiertamente (una vez más) que la incursión norteamericana aplaste de una vez por todas a la resistencia colombiana. En esos términos se debatió, por ejemplo, en la cumbre de UNASUR.
De la misma forma, en una conferencia en Venezuela el chavista Atilio Borón sintetizó el planteo diciendo que “no puede haber ninguna clase de equívoco o duda sobre el objetivo de las bases militares de Estados Unidos en la región: constituyen un apoyo en tierra fundamental para la plena participación de unidades del ejército norteamericano, no en el combate contra el narcotráfico o la guerrilla, sino para un despliegue militar en esta zona en donde es muy fácil prever que Colombia va a incurrir en actos de provocación tendientes a generar una guerra con Venezuela” [Destacado nuestro].
Sin ningún tapujo, estos charlatanes niegan la heroica resistencia del pueblo colombiano. Niegan los miles de presos, los campesinos y militantes populares asesinados por el ejército y los paramilitares, niegan la entrega y la determinación de los miles de colombianos que han decido enfrentar las causas mismas de la explotación de los trabajadores y el pueblo de su país. Niegan, en definitiva, el único camino que puede conducir a la liberación de los pueblos latinoamericanos. Ese fue y será el eterno rol del progresismo.

Se firmó el acuerdo EEUU-Colombia

A tres meses del anuncio, los gobiernos de EEUU y Colombia le pusieron la firma al acuerdo para aumentar la presencia yanqui en el país latinoamericano.
Más allá de los detalles del acuerdo, que serán dados a conocer en las próximas semanas, se establece que el gobierno norteamericano podrá utilizar siete bases colombianas (tres de la fuerza aérea, dos de la armada y dos del ejército) y que se aumentará el máximo de militares a 800 (casi cuadruplicando lo permitido hasta el momento) y de “contratistas” a 600. Además, los yanquis seguirán volcando millones de dólares en territorio colombiano, como los u$s40 millones que se invertirán para mejorar la base de Palanquero.
De esta forma, los gobiernos de Álvaro Uribe y del flamante Nobel de la paz, Barack Obama, redoblan esfuerzos en su intento de doblegar a la resistencia del pueblo colombiano, al tiempo que expanden la presencia yanqui sobre América Latina.

Avanzan las bases yanquis en América Latina

Avanza el acuerdo entre EEUU y Colombia sobre las bases militares.
Con el argumento de que las bases militares estadounidenses en Colombia no son dirigidas por militares yanquis, sino por colombianos, el gobierno de Barack Obama avanza a paso firme en su ocupación militar de América Latina.
Sigue en pie el plan para instalar siete bases, llamadas Centros Operativos de Avanzada (FOL) para garantizar la presencia militar norteamericana en territorio colombiano.
En la cumbre de UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) celebrada en Bariloche, el gobierno de Álvaro Uribe, fiel seguidor de la política de la casa blanca, consiguió que ningún estado rechazara ni condenara la instalación de las bases militares en Colombia. La cumbre se limitó a arrojar un tibio comunicado que poco y nada dice.
Ahora, el gobierno colombiano, fortalecido luego de la reunión de presidentes y el posterior encuentro de ministros de defensa y cancilleres en Quito, va por más. En la reunión de Ecuador, el gobierno de Uribe se negó a entregar información sobre los acuerdos que está entablando con el país del norte.
En pose triunfal, los funcionarios de Colombia ya no se conforman con que sus vecinos no condenen la presencia militar norteamericana en territorio latinoamericano, sino que, además, buscan que los gobiernos de la UNASUR apoyen su política guerrerista bajo la amenaza de abandonar el ámbito de la Unión de Naciones.
De este modo, se afianza la política de EEUU en la región, impulsada por su siervo más fiel y avalada, en algunos casos a regañadientes, por los gobiernos latinoamericanos.

EL GOBIERNO “PARACO”(1) DE URIBE

El Revolucionario Nº22 (Marzo de 2007)

Ocho legisladores nacionales colombianos fueron detenidos, uno está prófugo, cinco están esperando que se decidan sus órdenes de captura o sus sobreseimientos, y habría quince más en capilla. Siete alcaldes y dos gobernadores fueron citados para ser indagados y el jefe de la DAS, órgano de inteligencia del gobierno nacional, tuvo que ser desplazado por el gobierno de Uribe, igual que la joven canciller María Consuelo Araujo Castro, hermana de uno de los diputados más comprometidos en el episodio que los medios locales llaman el “paragate” y los internacionales, el “escándalo de la para-política”. Ambas denominaciones sugieren que por primera vez se comprueban vínculos estrechos entre funcionarios y políticos colombianos con los grupos paramilitares, cuando en realidad esa relación es lo que se llama un “secreto público”. Desde la aparición en escena de los primeros grupos armados antecedentes de lo que hoy son las bien organizadas AUC (Autodefensas Unidas de Colombia), fue evidente su condición de aparatos del terrorismo de estado, integrados por miembros de las FFAA y FFSS estatales, y dirigidos por el poder político.
La estrategia contrainsurgente paramilitar fue adoptada por el estado colombiano después de una visita de dignatarios del ejército estadounidense en febrero de 1962 llamada Misión Yarbourough, que dejó directrices secretas que se plasmaron en los manuales y textos de estudio y entrenamiento militar desde esa fecha. Ninguno de los sucesivos ensayos anteriores a las AUC, ni ellas mismas, fue independiente del estado y su aparato represivo, como no hubo jamás (no puede haberlo) grupos parapoliciales o paramilitares cuya dirección política sea otra que la de la burguesía gobernante.
En esos textos se enseña a los militares colombianos que su enemigo es el conjunto de la población, que debe ser aterrorizada para “reeducar sus sectores disidentes”, y que es más efectivo para implantar ese terror que sus autores no aparezcan públicamente como lo que son, agentes del aparato represivo del estado. Esa aparente neutralidad del estado y su gobierno entre “subversivos” y “paramilitares” lo habilita a intervenir como mediador entre los “dos demonios”. El informe de la misión de la Escuela de Guerra yanqui, anterior incluso al desarrollo más importante de las organizaciones revolucionarias armadas en Colombia, no deja lugar para la duda: “Debe crearse ya mismo un equipo en dicho país, para seleccionar personal civil y militar con miras a un entrenamiento clandestino en operaciones de represión, por si se necesitaren después. Esto debe hacerse con miras a desarrollar una estructura cívico militar que se explote en la eventualidad de que el sistema de seguridad interna de Colombia se deteriore más. Esta estructura se usará para presionar los cambios que sabemos van a ser necesarios para poner en acción funciones de contra-agentes y contra-propaganda y, en la medida en que se necesite, impulsar sabotajes y/o actividades terroristas paramilitares contra conocidos partidarios del comunismo. Los Estados Unidos deben apoyar esto”.
En diversas oportunidades, sin embargo, los integrantes de estas fuerzas estatales “paras” sacaron a la luz su relación de dependencia directa con el estado, generando escándalos como el actual, siempre motivados por algún cambio de timón en la política burguesa que requería como “auto de fe” sacrificar alguno de sus sicarios.
En 1977 y 1978 hubo varios atentados, incluyendo el secuestro, tortura y asesinato del abogado José Manuel Martínez Quiroz, militante político del ELN, y de un estudiante de izquierda que fueron reivindicados por una ignota “Triple A”, a semejanza de la que operara unos años antes en la Argentina. La naturaleza y origen de ese grupo se aclaró cuando el 20 de julio de 1980, cinco integrantes de un Batallón de Inteligencia y Contrainteligencia del ejército, denunciaron públicamente que todos ellos eran “funcionarios al servicio de la Inteligencia Militar desde hace varios años (...) a quienes precisamente el ejército al cual servimos por tantos años con decisión y sacrificio, haciendo cosas ilícitas, realizando delitos por órdenes superiores, que van desde el secuestro, torturas, terrorismo, hasta el asesinato para defender dizque al Estado, y hoy en día perseguidos por esos superiores que ordenaron hacer tales cosas”.
La queja es bien clara, y tan parecida a la de algunos dinosaurios argentinos que se juntan en Plaza San Martín: nos mandaron a secuestrar, torturar, matar, en nombre del estado, y después que hicimos todo al pie de la letra, se lavan las manos y nos señalan como secuestradores, torturadores, asesinos. Son las reglas del juego de la burguesía en el marco de su democracia. Hay cosas que se hacen, pero no se dicen ni explican.
Lo mismo sucede ahora: como hace falta mejorar la imagen democrática de los gobiernos de la región aliados a EEUU, Uribe tuvo que hacer un poco de limpieza a fondo, mostrando que su justicia funciona y que tiene las riendas del país. El sacrificio de unos cuantos peones, algún alfil y hasta la dama canciller, es un costo menor frente a lo que significa aparecer en el concierto internacional como un gobierno respetuoso de las leyes y defensor de los derechos de la ciudadanía. Aunque al mismo tiempo se hagan reuniones no tan secretas de funcionarios del gobierno con los miembros de las AUC en prisión, para acordar los términos de sus juicios y eventuales condenas simbólicas.
El terrorismo de estado colombiano ha asesinado unos 10 mil civiles por año desde la década de los ochenta, muchos previamente torturados o descuartizados con motosierras. A pesar del llamado “proceso de paz” que promovió la desmovilización de miles de integrantes de las AUC, se calculan hoy sus integrantes activos en siete a ocho mil paramilitares. Su principal vocero es el argentino Juan Antonio Rubbini Melato, que comenzó como asesor de Salvatore Mancuso, uno de los líderes de las AUC, y es hoy reconocido mando del conjunto de los “paras”. Fue el interlocutor con el gobierno en el Acuerdo de Santa Fe de Ralito de 2003, donde se lo identificó con el alias de El Profesor. Renegado de la izquierda, dice sin subterfugios que “Las autodefensas han sido un factor que ha evitado que las guerrillas se tomaran el poder”.
Ninguna novedad es, entonces, que políticos y funcionarios de todo tipo aparezcan ahora vinculados estrechamente con los paramilitares. Es tan sorprendente como que funcionarios de distintas áreas del mismo estado tengan relación entre sí. Lo que hay que analizar, en todo caso, son los motivos que llevan al gobierno de Uribe a hacerse el sorprendido y a emprender esta pretendida operación de limpieza, evidente operativo para reconstituir la legitimidad de un régimen socavado por la injusticia y puesto en jaque por las luchas populares consecuentes.

1) Denominación popular de los paramilitares colombianos.

EN COLOMBIA RESISTE AMÉRICA LATINA

El Revolucionario Nº10 (Febrero de 2006)

Colombia es otro sufrido país de América Latina que refleja en forma patente cuál es el proyecto que tiene el imperialismo yanqui para el resto del continente.
Más de la mitad de su población se dirime entre la pobreza y la miseria más extrema según datos de Planeación Nacional y en las zonas rurales esta situación se extiende al 70%. (1) Con sus 30 millones de pobres aceptados incluso por las mentirosas cifras del Banco Mundial, Colombia ostenta el triste récord de haber hecho crecer la pobreza en los últimos 10 años más que cualquier otro país de Latinoamérica (2) posicionándose como uno de los 10 países más pobres del mundo (cifras ratificadas por las Naciones Unidas) (3).
Algunas condiciones favorables (el crecimiento de las exportaciones a Venezuela y el aumento del precio de artículos exportables como el petróleo, el níquel, el carbón o el café) (4) junto a la creciente entrega del patrimonio nacional a manos privadas (incluyendo sectores estratégicos y básicos como energía, transportes, comunicaciones, bancos, minería, salud y educación) están dando lugar a un relativo “crecimiento económico” (a cambio del vaciamiento del estado) que hace las delicias del gobierno nacional y los grupos económicos pero que, como está a la vista, no significa más que penurias para el pueblo de Colombia.
Con una deuda externa de 38.000 millones de dólares, y al igual que el conjunto de América Latina, Colombia se sumerge en el atraso de un país capitalista semicolonial cuyo único papel en el mercado mundial es el de la producción de materias primas. Allí las transnacionales y el sector financiero se enriquecen a costa del saqueo constante y las clases dominantes locales no hacen más que sacar tajada de los negocios con el imperialismo a costa de perpetuarse en el atraso. Terratenientes, comerciantes, industriales, financistas, narcotraficantes y el conjunto de las clases dominantes, representadas sobre todo en los partidos liberal y conservador y su brazo militar y paramilitar, no hacen más que acomodarse en el camino de la entrega, auspiciando acuerdos con los EEUU como el TLC y el ALCA de consecuencias mortales para el pueblo.
A cada paso las condiciones de los trabajadores colombianos se degradan. Existe una enorme desocupación, pero sobre todo crece el trabajo precarizado, en negro e informal (5) lo que se contrasta con las crecientes prebendas a los funcionarios estatales que deben sostener una política de hambre y represión sistematizada. Así, durante el gobierno de Uribe se les aumentaron los sueldos en un 40% a los funcionarios públicos (los congresistas ganan 6.000 dólares por mes y algunos embajadores llegan a cobrar hasta 15.000) mientras que los trabajadores viven en la pobreza y la precarización y llegan a un salario mínimo de 175 dólares en el remoto caso de que lo hagan en blanco (6).

Un pueblo en lucha
Para una enorme porción del pueblo de Colombia ha quedado claro desde hace muchos años que ni las clases dominantes locales, ni el imperialismo tienen un proyecto para la resolución de los problemas sociales y económicos de su país: su único propósito es el enriquecimiento propio y para ello están dispuestos a arrasar todo lo que encuentren a su paso. Por eso es que, contra las políticas de hambre y represión estatal y paraestatal que llevan adelante todos los gobiernos en Colombia, se desarrolla una lucha perseverante que lleva décadas y que ha echado mano a todos los recursos de la resistencia y organización obrera y popular.
En 1967 el Che decía en “Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna”: “En América Latina se lucha con las armas en la mano en Guatemala, Colombia, Venezuela y Bolivia y despuntan ya los primeros brotes en Brasil. Hay otros focos de resistencia que aparecen y se extinguen” y aclaraba más adelante: “la movilización activa del pueblo crea sus propios dirigentes César Montes y Yon Sosa levantan la bandera en Guatemala, Fabio Vázquez y Marulanda lo hacen en Colombia…”.
Hoy nuevamente el conjunto de los pueblos de nuestro continente se encuentra dando la lucha contra los ataques del imperialismo y las burguesías nativas (socias menores de aquél) y emprenden procesos para la organización de la pelea frente a su política hambreadora. Organizaciones sociales, sindicales, políticas e incluso algunas político militares se levantan frente a los golpes del sistema y se organizan para enfrentarlo y vencerlo definitivamente. Pero si algo distingue al pueblo colombiano del resto de América es que su lucha no ha sido acallada por la embestida contrarrevolucionaria que el imperialismo desplegó por nuestro continente en las décadas del 70 y 80. Este ataque, que fue dirigido directamente por los EEUU -y que en Sudamérica cobró el nombre de “Plan Cóndor”- intentaba destrozar las perspectivas revolucionarias latinoamericanas aniquilando a las fuerzas populares que se organizaban en forma creciente para librar la lucha por la toma del poder y la transformación social.
Muchos de nuestros pueblos aún inmaduros organizativa y sobre todo políticamente para lograr la derrota de la burguesía dominante, fueron aplastados por ésta, que avanzó entonces sobre las conquistas obreras y populares. Con mentiras, la burguesía intentó desde entonces “dar por terminada” la lucha por el poder de los trabajadores; mostrando una derrota parcial como si ésa hubiese sido la última lucha de la historia, tomando la caída del campo socialista como la derrota “definitiva” de la clase obrera e intentando demostrar con ello que el capitalismo se sostendría por siempre, como si fuera invencible.
Y es cierto que a casi 40 años de aquel relato de Guevara han quedado en el camino muchas de las fuerzas populares que se organizaban contra la opresión capitalista enfrentando a cada uno de los gobiernos cipayos. Pero tan cierto como eso es que otras, como las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército Popular), que hoy siguen dirigidas por el mismo Marulanda del que habla el Che y es la fuerza guerrillera más grande y antigua de América Latina, sostienen su lucha y se fortalecen con la misma perspectiva revolucionaria de derribar a la burguesía entreguista y conformar un gobierno obrero y popular, marcando el camino a las nuevas generaciones de revolucionarios que emprenden la lucha por el poder.
Así, la lucha revolucionaria en Colombia da cuenta de una tarea ininterrumpida de más de cuatro décadas donde la pelea guerrillera ha conformado el apoyo militar a una lucha política por la toma del poder y la transformación social que se ha expandido por todos los ámbitos; desde la lucha sindical y social que incluye a las organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles, etc., hasta la participación en la vida institucional por la vía electoral y la dirección de numerosos municipios. Diversas corrientes políticas con aspiraciones de transformación han tenido y tienen aún gran inserción en todos estos ámbitos, lo que ha permitido librar la lucha obrera y popular contra las embestidas patronales y gubernamentales que pretenden perpetuar y profundizar una situación de tremenda miseria y represión.

El ataque imperialista
Pero el plan de exterminio de las fuerzas populares no ha finalizado ni mucho menos. Si en países como el nuestro la burguesía ha optado por formas de gobierno “democráticas” luego de las dictaduras de los `70, ha sido porque la democracia parlamentaria es la mejor careta para las políticas hambreadoras de la explotación capitalista. El desprestigio de las dictaduras militares y la posibilidad de sostener la dominación de la burguesía con métodos menos visibles ha llevado a la gran mayoría de los países de nuestro continente a adoptar los carriles “democráticos” del hambre y los votos. Pero a cada uno le ha tocado un nivel y desarrollo de la represión acorde a la resistencia popular. Así, mientras en nuestros países se sostiene la “guerra de baja intensidad” contra los sectores más postergados y las organizaciones políticas, utilizando el control social para los pobres y el disciplinamiento para los luchadores, también allí donde la lucha se ha sostenido con gran vigor como es el caso colombiano, el imperialismo y las burguesías locales han implantado un sistema de terror que pretende contener la lucha revolucionaria de su pueblo.
Mientras el circo democrático sigue representándose llevando siempre a nuevos títeres de Washington al gobierno, el estado colombiano sostiene una feroz cruzada contrarrevolucionaria que arremete contra los luchadores de los más diversos campos de la oposición, sean estos sindicalistas, dirigentes sociales, funcionarios o candidatos políticos de izquierda o guerrilleros, y que busca aniquilar la resistencia aplicando el terror contra las organizaciones y vastos sectores de la población. Esta enorme campaña contrarrevolucionaria implica el gasto de millones de dólares por parte de los EEUU y el estado colombiano, el despliegue de un suntuoso aparato militar y el desarrollo de una campaña política de gran magnitud que intenta desprestigiar a las fuerzas populares de la resistencia.
De hecho, solamente en 2005 el parlamento de los EEUU destinó más de 784 millones de dólares para financiar la lucha contra la guerrilla (7). Como se puede leer en el informe del Ministerio de Defensa del 7/12/05, los gobiernos de EEUU y Colombia han invertido en la lucha contrainsurgente de los últimos tres años un presupuesto de 16.7 billones de dólares lo que significa un gasto diario de 17.5 millones (8).
Las cifras millonarias son destinadas fundamentalmente al aparato militar, pero son vitales para sostener además toda una infraestructura dependiente del estado colombiano que involucra a funcionarios, medios periodísticos, ONGs y organismos de DDHH, que permite mantener cercadas a las organizaciones populares y particularmente a la guerrilla quienes se ven imposibilitadas de difundir información fidedigna, pues prácticamente ningún medio de envergadura cubre el desarrollo de la lucha con un mínimo de seriedad. Un caso paradigmático es la llamada Comisión de Reconciliación, cuyo supuesto rol es el de “mediar” entre el gobierno de Uribe y las fuerzas populares, pero cuya dependencia del aparato estatal es absoluta, pues éste costea sueldos de 5.000 dólares para cada uno de sus funcionarios (9).
Como está visto, la guerra contra las organizaciones populares colombianas y sus fuerzas guerrilleras es una prioridad para el imperialismo yanqui quien destina a Colombia uno de los presupuestos de ayuda militar más grande (el segundo luego de Egipto) (10) y ha organizado planes específicos aprobados por el congreso para la lucha contrainsurgente como el Plan Colombia y el vigente Plan Patriota que cuentan con enormes partidas de dinero para el equipamiento de las tropas estatales y el financiamiento de los ejércitos paramilitares, y que incluye la participación de fuerzas de elite norteamericanas en territorio colombiano.
El despliegue militar que intenta frenar la lucha popular es extraordinario. La fuerza militar estatal cuenta con más de 385.000 miembros incluyendo 7 batallones de alta montaña, 15 Brigadas Móviles (como las que están en el Plan Patriota), 14 Afeaur, 32 Grupos Gaula, 54 Escuadrones Móviles de Carabineros y 758 municipios con "soldados de mi pueblo" (11). Cerca de 20.000 son tropas de elite que llevan adelante el Plan Patriota financiado por los EEUU y que se encuentra encabezado por más de 600 “asesores” norteamericanos. (12).

“Los asesinos de la motosierra”
Junto a las tropas “oficiales”, un enorme ejército de paramilitares, financiados por los mismos estados norteamericano y colombiano, se hace cargo del “trabajo (más) sucio” del mismo plan y es por ello que se han ganado apodos como el de “asesinos de la motosierra”. Estas fuerzas que han sido prácticamente legalizadas con la ley de “justicia y paz” y los acuerdos del 94 con el gobierno de Uribe (ambos avalados por la OEA ) (13) cuentan con infinitos privilegios legales y de hecho (zonas liberadas, cuidados especiales ante la justicia, etc.) que exponen el vínculo político y material que existe entre estas fuerzas irregulares y el poder político colombiano. Con dirigentes del riñón de la burguesía nacional (como Santiago Uribe Vélez, hermano del presidente nacional y comandante del grupo paramilitar “los 12 apóstoles”) estas fuerzas se encargan de arremeter contra poblaciones enteras infundiéndoles el terror, obligando a su desplazamiento forzoso y contando miles de asesinados, desaparecidos, torturados, mujeres violadas, etc. El grupo paramilitar más importante, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) mostraba ya en 2001 un record de asesinatos y masacres, contando sólo en ese año más de un millar de asesinados y al menos 100 masacres perpetradas en los poblados de las zonas rurales de Colombia (14).
Y a medida que pasan los años el nivel de represión contra el pueblo y sus organizaciones se acrecienta notablemente. Mientras Uribe utiliza cortinas de humo como es la propuesta de “desmovilización” de las fuerzas paramilitares (forma lavada para dejar sin condena a muchos de los dirigentes paramilitares) lo que es patente es que en los últimos años se ha multiplicado la represión paraestatal al punto de volver impracticable la lucha política por carriles “democráticos” por fuera de la clandestinidad pues la gran mayoría de los dirigentes de izquierda son asesinados por estas fuerzas y a veces por el propio ejército.
Durante el actual gobierno se han realizado decenas de "capturas masivas", en las que han ido a las cárceles centenares de campesinos (15) y más de 2.200 personas han sido asesinadas por los paramilitares en el último año y medio (mientras “negocian” la “desmovilización” con el gobierno de Uribe) (16). La opresión paramilitar es una verdadera arma de la burguesía y la oligarquía colombiana quienes obtienen importantes ventajas económicas de su accionar. Esta avanzada de las fuerzas paraestatales sirve tanto para la reapropiación de las zonas rurales por parte de la oligarquía nacional, lo que constituye una verdadera “contrarreforma agraria”, como para presionar hacia la baja el salario obrero, a partir de la carga que implica la falta de organización por el asesinato de los dirigentes obreros y el temor a mayores represalias. La misma OIT ha ratificado que Colombia es el país donde se ha asesinado al mayor número de dirigentes sindicales (17)

La lucha contra el narcoterrorismo: herramienta política de Washington
La campaña financiera y militar tiene, a su vez, un correlato político central. La cruzada contrarrevolucionaria que el imperialismo ha emprendido fundamentalmente contra la guerrilla pero también contra las organizaciones políticas y sociales y aún contra la población que pueda simpatizar con ellos, está sostenida, además, en el desprestigio de la guerrilla y en la falta de reconocimiento de su dimensión y su carácter político.
El eje central de esta campaña consiste en asociar al narcotráfico con las fuerzas guerrilleras, sobre todo las FARC por ser la más importante y peligrosa. Esta vinculación fantasiosa cuya inverosimilitud ha sido ampliamente demostrada incluso por intelectuales que poco tienen que ver con la defensa de las FARC (18), cumple un doble papel, pues por un lado sirve como pantalla para presentar ante el mundo la lucha contrainsurgente como una pelea contra el narcotráfico, y por el otro sirve para tapar la verdadera situación del tráfico de drogas de Colombia a EEUU, cuyo monopolio exclusivo se encuentra en manos del imperialismo y sus aparatos: el estado yanqui, el colombiano, la DEA (Oficina antidrogas norteamericana, Drug Enforcement Administration) las fuerzas militares de ambos países y los paramilitares. Como lo ratifica el escándalo a partir del memorandum filtrado en diciembre de 2004 por el abogado del Departamento de Justicia de EEUU, Thomas M. Kent, son las mismas clases dominantes de EEUU, a través del la DEA y sus máximos dirigentes, quienes controlan la política de drogas colombiana, su flujo hacia los EEUU y la participación del ejército y los paramilitares en este negocio (19). De hecho fue una comisión investigadora del parlamento norteamericano quien demostró con sobradas pruebas que el principal encargado del lavado de dinero proveniente del narcotráfico es ni más ni menos que el propio City Bank.
Así, con la excusa de la lucha “contra el narcotráfico” y vinculándola a la fuerza con el combate contra las organizaciones guerrilleras (a las que aplican el término “terroristas”), los EEUU se dan el lujo de designar millonarias partidas oficiales para luchar contra la resistencia popular, a la que han dado en llamar “narcoterrorismo”. Del mismo modo que avanzan sobre el petróleo y los mercados de Irak y Medio Oriente en nombre de una supuesta cruzada “antiterrorista” y “contra el extremismo islámico”, también en Colombia, el imperialismo (y con él, el gobierno colombiano y un extenso coro de seguidores que involucra en muchos casos hasta al progresismo y la izquierda) miente descaradamente con el propósito de descargar todo su poderío sobre sus eventuales enemigos políticos y militares.
De este modo la lucha política contra la resistencia popular colombiana y contra su brazo guerrillero es manipulada y presentada como una necesidad internacional, en nombre del combate al narcotráfico. Esto le permite a los EEUU legitimar su cruzada contrainsurgente y, con la colaboración de los gobiernos latinoamericanos, extender su red de espías y paramilitares instalados oficialmente con oficinas de la DEA por todo el continente, desde Bs. As. hasta Haití incluyendo a la Venezuela chavista (20). La presión que el gobierno norteamericano ejercita por medio de los planes “antidrogas” para el endurecimiento de la represión, la libre circulación de los funcionarios militares yanquis y la vía libre para el secuestro y extradición de guerrilleros desde el interior de los países del continente es tan fuerte que incluye, entre otras cosas, sanciones económicas como sucede con el proceso anual de certificación, que niega asistencia y ventajas comerciales a los países que no respetan el plan diseñado por Washington en su campaña antidrogas (21).
La calificación de “narcoterroristas” que el gobierno yanqui intenta atribuir a las fuerzas guerrilleras y a toda organización política que tenga vínculo con ellas (que, en última instancia, son todas las fuerzas políticas de izquierda) constituye un enorme esfuerzo de propaganda para lograr el desprestigio de la insurgencia rebelde y la lucha popular por la transformación social, y es utilizada por el imperialismo para no reconocer abiertamente que en Colombia se está librando una verdadera guerra civil. Aceptarlo obligaría a los EEUU a atenerse, al menos formalmente, a las normas internacionales del derecho de guerra como las Convenciones de Ginebra, lo que implicaría aceptar el carácter de “fuerza beligerante” de la guerrilla popular.
De todos modos, lo más grave de esta campaña de difamación de la lucha popular colombiana no es lo que el imperialismo y sus voceros afirman, sino la entrada que su discurso reaccionario ha logrado entre muchas organizaciones “progresistas” y “de izquierda” de América Latina y el mundo.

El ataque a los dirigentes “públicos” polariza la guerra civil
Más allá de las mentiras que se vierten a diestra y siniestra, lo cierto es que es la realidad colombiana, como la de toda Latinoamérica, la que pone a los trabajadores y el pueblo en pie de guerra contra la política de hambre y represión creciente que se está viviendo. Así, una y otra vez viejas y nuevas organizaciones sociales y políticas salen a dar batalla contra la política uribista y enfrentan los embates del estado colombiano y sus aliados. Pero la incapacidad que tiene un gobierno como éste, defensor de la burguesía y el imperialismo, de dar salida cierta a los reclamos populares, lo lleva inevitablemente a intentar acallar por la fuerza los reclamos que de uno y otro lado del pueblo se hacen sentir. Así es como la represión por un lado y la lucha político militar por el otro se actualizan y profundizan a diario.
En los últimos años, ante su indudable fracaso político, el gobierno de Uribe optó por redoblar la represión contra los sectores populares organizados en forma legal. Durante su mandato, el actual presidente asesinó ya a más de 140 militantes destacados de organizaciones políticas de carácter público como la Unión Patriótica y el Partido Comunista Colombiano. De este modo el PCC se ha vuelto, en los hechos, un partido clandestino y la UP está prácticamente desaparecida después del asesinato de 5.000 activistas en los últimos 20 años (22).
La escalada de asesinatos a referentes de la lucha social en el campo legal por parte del ejército y sobre todo los paramilitares, ha crecido en los últimos meses. Mientras la UP está desarticulada, la dirección del PCC ha debido salir a denunciar el plan sistemático de asesinatos a activistas legales que se ha cobrado la vida en los últimos meses de Carlos Arcinegas, militante comunista del municipio de Puerto Wilches en el departamento de Santander (desaparecido el 29 de diciembre y encontrado muerto una semana más tarde con claras marcas de tortura) y de Arturo Díaz García, dirigente comunista y corregidor de Toche en el área rural del Municipio de Ibagué, capital del Departamento del Tolima (asesinado el 21 de diciembre luego de ser secuestrado de su oficina y fusilado en la calle en un área que permanece bajo control militar y paramilitar) (23).
De este modo, en bastiones de la lucha popular, como es el departamento de Meta, donde la guerrilla cuenta con gran presencia y habitualmente han sido elegidos alcaldes vinculados con la izquierda, ya no quedan prácticamente activistas que puedan presentarse en estas próximas elecciones, pues los pocos sobrevivientes de la lucha que se libra con carácter público han debido pasar a la lucha clandestina por su propia seguridad (24).
La avanzada militar del gobierno, es central, en este momento, para llevar adelante los próximos comicios en los que la actual presidencia debe renovarse. El asesinato de referentes políticos públicos, la atemorización de los sectores populares y el desplazamiento forzoso en aquellas áreas donde la influencia de la izquierda y sus brazos guerrilleros cuentan con mayor peso, son todos recursos de Uribe para garantizarse el triunfo electoral. Así enormes organizaciones sociales, como las campesinas, se ven forzadas al desplazamiento que lleva al éxodo interno, el exilio, o la incorporación a la guerrilla.
Pero, al decir de Lázaro Girardot, “la implantación del terror, la militarización de la vida polí¬tica del país y el endurecimiento de la legislación represiva para evitar la expresión del descontento popular no han hecho retroceder y mucho menos desaparecer el movimiento popular; por el contrario, lo han llevado a buscar nuevas y efectivas formas de organización y acción, entre ellas la lucha armada, expresión de la rebeldía popular y de la vocación de poder de sus organizaciones” (25). Como afirma el periodista sueco Dick Emanuelsson “lo que se ha reforzado en Colombia es la guerra, por un lado las fuerzas militares y los paramilitares; y por otro, la insurgencia que se ha reforzado”, “porque los campesinos no tienen otra alternativa de ser asesinados que irse al monte” (26).
De este modo, en su afán por acabar a como de lugar con las fuerzas populares, las organizaciones de izquierda y sus brazos guerrilleros como las FARC o el ELN (Ejército de Liberación Nacional), el estado colombiano y su financista, el imperialismo yanqui, no hacen más que polarizar la lucha de clases en Colombia, estableciendo una oposición cada vez más firme que incluye a trabajadores, campesinos, estudiantes y demás sectores del pueblo que libran la lucha contra las políticas de hambre y entrega en el terreno político y cada vez más en el militar.

Se fortalece la guerrilla y se intensifica la guerra civil
Uribe, como todos sus antecesores, subió al gobierno con el plan de Washington: acabar con la guerrilla, expresión viva de la lucha popular colombiana y ejemplo de resistencia para los pueblos del mundo. Pero fracasó rotundamente. Por el contrario las fuerzas guerrilleras, y en particular las FARC, se fortalecieron enormemente en los últimos tiempos, y están hoy en el punto más alto de su crecimiento, influencia y capacidad operativa. De hecho, a estas alturas, las FARC ya se han extendido por todo el territorio colombiano y los golpes que le asestan a las fuerzas represivas son cada vez más contundentes.
Junto al sabotaje y el boicot realizado principalmente a las compañías petroleras norteamericanas como la OXY (que debe, como en Irak, contar con una guardia especial para sus oleoductos), las FARC vienen atacando en forma permanente a paramilitares, tropas del ejército y hasta tropas de intervención yanqui. De este modo durante 2005, y solamente en los nueve principales ataques rebeldes, han muerto más de 140 soldados y policías, lo que ha causado una enorme preocupación en los medios locales, que, como el diario El Tiempo, responden plenamente a los intereses de la burguesía pro imperialista local.
Así describía este diario “El severo revés sufrido por el Ejército el martes en el corregimiento de Playa Rica, en Vista Hermosa (Meta), a manos de las FARC”, refiriéndose a un importante ataque contra tropas de elite, caracterizado por el diario como “una luctuosa noticia de fin de año, que debe dar lugar a una reflexión de fondo sobre la real situación de esa guerrilla y las políticas con las que se la viene enfrentando”(27): “Cayó un tercio de una compañía de 90 hombres; tres suboficiales y 26 soldados muertos y seis heridos, tres de ellos graves. Los combates duraron tres horas”. Y continúa: “Una emboscada con cilindros y ametralladoras punto 50 y sólo cinco guerrilleros muertos revela un conocimiento detallado de los movimientos de la tropa” (28).
El fortalecimiento de la guerrilla colombiana es indudable, pues se ha desarrollado, como afirma Dick Emanuelsson, “en la selva, en las cordilleras o en los barrios populares de los cordones de la miseria en las grandes ciudades” (29), cosa que es reafirmada por el propio gobierno; de hecho el mismo presidente Uribe le confesaba a la prensa días más tarde del histórico combate “hemos encontrado que hay mucha milicia urbana ayudando a las FARC” (30). Los datos de combates armados muestran el crecimiento de las bajas estatales y paraestatales y una mayor envergadura de los ataques, que ha sido vista por muchos analistas como el “fin del repliegue táctico de las FARC”. A estas alturas la guerrilla mantiene una importante cantidad de prisioneros de guerra (25 dirigentes políticos, 34 oficiales y suboficiales de las fuerzas militares y tres estadounidenses) algunos de los cuales llevan hasta 9 años de cautiverio y cuya libertad pretende ser canjeada por la de guerrilleros presos.
Obviamente, la intensificación de la guerra civil colombiana pone en apuros a la burguesía y el imperialismo, que deben salir al cruce para contener un posible asalto del poder de las fuerzas populares. Por eso, el gobierno de Uribe ha debido salir a ofrecer recompensas ("A los que vengan con información inmediatamente se les pagará", aseguró) y profundizar su cruzada contrainsurgente en lo que llamó una “cacería de milicianos” (31). Y por eso también el Congreso norteamericano ya aprobó la duplicación del número de “asesores” que se instalarán este año en Colombia (32).

Cooperación de Ecuador y Venezuela con los EEUU
Evidentemente todos los esfuerzos del gobierno norteamericano están puestos en aplastar la lucha del pueblo colombiano y su guerrilla rebelde, pues su triunfo podría significar un duro golpe para los intereses de la burguesía en su conjunto, ya que estaría marcando un camino para los pueblos del mundo entero. Por eso su campaña contrainsurgente no se limita a la inversión económica y el fortalecimiento del aparato militar y paramilitar dentro de Colombia, sino que incluye, además, un acuerdo de cooperación con el resto de los países de América Latina y el mundo.
El primer paso, como ya fue dicho, consistió en la categorización de las fuerzas guerrilleras del pueblo como “narcoterroristas”, a lo que siguió la presión sobre el resto de los estados para que acepten estos motes como verdaderos. Este proceso ya fue realizado y hoy no existe en nuestro continente prácticamente ningún país que se oponga a la lucha “contra el terrorismo y el narcotráfico” que emprenden los EEUU, y lo que es peor, a excepción de Cuba, todos le brindan su apoyo material.
Este acuerdo en la lucha contra el pueblo colombiano y sus organizaciones guerrilleras se cristaliza, no sólo en el discurso y la propaganda antiterrorista y contra el tráfico de drogas, sino también en los acuerdos concretos para la presencia de funcionarios y militares “antidrogas” norteamericanos en nuestros países y en el permiso para la captura y los acuerdos de extradición de guerrilleros que se llevan a cabo en forma permanente y especialmente desde países limítrofes con Colombia como Ecuador o Venezuela, para ser entregados luego a los EEUU.
El gobierno ecuatoriano de Alfredo Palacio, quien viaja junto a Uribe a los EEUU para acordar el TLC y permite el establecimiento de una base yanqui en Manta, entregó a Colombia a fines de 2005 a Marco Tulio Erazo Rodríguez (quien trabajaba como enlace logístico del dirigente de las FARC Raúl Reyes) continuando con su consecuente política pro yanqui que tiempo atrás le costó la extradición al dirigente guerrillero Simón Trinidad. Y también el gobierno de Chávez en Venezuela ha hecho lo propio: luego de la escandalosa entrega al gobierno de Uribe, en diciembre de 2004, del canciller de las FARC, Rodrigo Granda, ha repetido un año más tarde la misma operación, entregando ahora al “canciller” del ELN, Donayro Manuel Acevedo Pérez (ver nota “ La Revolución Bolivariana ”).
Hoy, al igual que los 5 héroes cubanos, o que los innumerables presos iraquíes que están en Guantánamo, se encuentran en poder de los EEUU dirigentes de gran envergadura de las fuerzas guerrilleras colombianas como Simón Trinidad o la Comandante Sonia. Y mientras las cárceles colombianas están superpobladas de luchadores populares, los gobiernos de América Latina, y en particular los de Ecuador y Venezuela, siguen apostando al fracaso de la lucha popular colombiana y colaborando con su gobierno vecino, al entregar a los más importantes dirigentes de las FARC y el ELN.

La única vía para la revolución
Es evidente que si hay un plan para combatir el desarrollo de la lucha popular en América Latina, ese es el Plan Colombia y su correlato militar, el Plan Patriota. Todo el esfuerzo norteamericano en dinero, tropas, propaganda e influencia está orientado a llevar al fracaso la lucha del pueblo colombiano que busca una solución definitiva a sus problemas vitales (que no podrán resolverse en el marco de este sistema) y que se alza como ejemplo para los pueblos del mundo. En ese marco, una tarea central del imperialismo es hacer jugar a los países democráticos y fundamentalmente los “progresistas”, buscando el aislamiento de la guerrilla colombiana, y reclamando de éstos la cooperación para el combate a la resistencia popular. De este modo, el proyecto del imperialismo y el de la “democracia” o de la “revolución pacífica” que ha encontrado mucho eco en nuestro continente, se conjugan en su tarea para el aislamiento y la derrota de la fuerza popular político militar más importante que hay en América Latina, como se hace más que evidente ante la colaboración de Chávez para la extradición de dirigentes guerrilleros.
La contradicción entre un proyecto de revolución por la vía “tradicional” de la toma del poder y el proyecto pacifista de la revolución bolivariana y sus variantes, ha sido expuesto claramente por un teórico del chavismo: Heinz Dietrich. En una curiosa edición electrónica del 27/12/05 del diario Resumen Latinoamericano, defensor de Chávez y vinculado estrechamente con la kirchnerista Asociación de Madres de Plaza de Mayo, aparece latente esta contradicción. Ese número que tenía como titular “Noticia muy preocupante: fue capturado en Venezuela y deportado a Colombia 'Hernán', jefe político del ELN”, y relataba también a flor de piel la guerra civil colombiana (al informar sobre la ofensiva de las FARC y sobre el ataque sistemático contra los representantes legales de las fuerzas populares); es el mismo número en el que, con su escrito “Evo Morales, el socialismo comunitario y el Bloque Regional de Poder”, Dietrich dejó más que aclarada la contradicción entre la lucha colombiana y el proyecto bolivariano que hoy está entregando guerrilleros a Colombia.
El teórico chavista afirma allí que si hay algo que “genera un serio dilema para las FARC” es “La decisión estratégica de todos los Presidentes del BRP -Bloque Regional de Poder- por la vía institucional”. Así lo explica: “Los candidatos presidenciales que cuenten con el apoyo del BRP, responden a la convicción de todos los Presidentes de este Bloque, de que el tiempo de la lucha armada revolucionaria y de los gobiernos de obreros-campesinos ha quedado en el pasado. Los comentarios de Fidel referentes a las FARC han sido muy claros al igual que la posición del Comandante Chávez, quien dijo en el reciente encuentro con Álvaro Uribe en Santa Marta: `queremos que los movimientos armados se pacifiquen´.”
Como bien lo explica Dietrich (aunque él lo haga para condenar a las FARC), la entrega de guerrilleros por parte de Chávez no significa la ruptura con su línea “bolivariana” sino justamente la reafirmación de ésta, pues es una tarea central en su proceso de “revolución pacífica y democrática”, el declararse enemigo de aquellos que, como las FARC o el ELN colombianos, se apartan de los carrilles de la democracia (burguesa) que se pregonan tanto en Washington como en Caracas.
Pero más allá de las pretensiones “democráticas” del chavismo y demás sectores “progresistas”que se oponen de lleno a la política, metodología y aspiraciones de las fuerzas populares y guerrilleras de Colombia, es evidente que los revolucionarios no podemos caer en tales desatinos. Muy por el contrario, es un deber central defender a los compañeros que han emprendido, como en Colombia, tamaña lucha contra la burguesía y el imperialismo, y al mismo tiempo, denunciar a quienes, mientras arman discursos en nombre del socialismo y la revolución, colaboran con el imperialismo y su represión, asestando golpes gravísimos contra las organizaciones guerrilleras más importantes de nuestro continente.
Si en algo tiene razón el teórico chavista, es que uno y otro camino se enfrentan, ahora mismo, con contradicciones insalvables. La defensa de un supuesto proceso de “revolución” “por etapas”, “democrática” y “pacífica” no es sólo un imposible que retrasa los tiempos de una revolución verdadera; sino también es hoy, y así lo está demostrando Chávez con la entrega de los máximos dirigentes guerrilleros a la burguesía colombiana, un enemigo de la lucha del pueblo.
Frente a él, la resistencia de más de 40 años de un pueblo, que ha enfrentado los embates del ejército, los paramilitares y las fuerzas de ocupación yanqui, que pelea en las fábricas, en el campo, en las universidades y en todo el territorio nacional contra la política de hambre y entrega de Uribe y contra los actuales Plan Colombia y Plan Patriota financiados y dirigidos directamente por los EEUU, que soporta las masacres y los asesinatos sistemáticos a sus dirigentes, la cárcel, las torturas y las extradiciones de sus mejores hombres, un pueblo que ha tomado las armas para acabar con un gobierno, un estado y un sistema que no tienen nada para ofrecerle y que lucha, como dicen las FARC por un sistema “sin explotadores ni explotados”, ese pueblo es hoy el gran ejemplo de dignidad y coraje para todos los pueblos de América y el mundo.
Decía el Che en ““Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna”: “No podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello, de lograr la libertad sin combatir”. El pueblo colombiano es un gran ejemplo de ello.

Citas:
1. Reinaldo Spitaletta. Profundización de la miseria. 24/12/05.
2. Agencia Bolivariana de Noticias (ABN) Publicado en Aporrea el 28/12/05.
3. Reinaldo Spitaletta. Id.
4. Jorge Enrique Robledo Crecimiento insuficiente y concentrado. 9/01/06.
5. Jorge Enrique Robledo. Id.
6. Indymedia Colmbia. Perfil de Uribe Vélez Publicado el 13/01/06.
7. Dick Emanuelsson. Entrevista realizada el 10/01/06 publicada en Resumen
Latinoamericano.
8. Allende. Las cifras de la guerra, según Uribe. Publicado en, ANNCOL y Aporrea.
9. Dick Emanuelsson ¿Será que la guerrilla puede vencer al Estado colombiano? De la 'guerra total' de Uribe a un fracaso militar total. Publicado en Argenpres.info el 02/01/2006.
10. Allende. Id.
11. Allende. Id.
12. Dick Emanuelsson. Entrevista Id.
13. Lazaro Girardot, El paramilitarismo en Colombia, una herramienta del poder y formula a expandir en América Latina. Publicado el 31/12/05 en Resumen Latinoamericano.
14. Bill Conroy. The Narco News Bulletin.
15. Jorge Enrique Botero. La Jornada , 04/01/06
16. Dick Emanuelsson. Id.
17. Lazaro Girardot, Id.
18. El teórico chavista Noam Chomsky escribió un buen libro al respecto.
19. Bill Conroy. Id
20. Coletta A. Youngers y Eileen Rosin. Drogas y democracia en América Latina.
21. La Nación , Laura Zommer, El fracaso de una estrategia, publicado el 2/8/05.
22. Dick Emanuelsson. Id
23. Comisión Intereclesial Justicia y Paz. Masacre Paramilitar en Meta. 6/01/06
24. Dick Emanuelsson. Id
25. Lazaro Girardot, Id.
26. Dick Emanuelsson. Id
27. Santos Calderón. Editorial en diario El Tiempo del 28/12/05
28. Dick Emanuelsson ¿Será que la guerrilla…
29. Dick Emanuelsson. Id.
30. Diario El Tiempo del 21/12/05
31. Diario El Tiempo del 3/01/06
32. Dick Emanuelsson. Entrevista. Id.