La guerra civil en Colombia: El rol del progresismo

La intervención de los diferentes líderes regionales y de sus ideólogos progresistas sobre el conflicto colombiano no es nueva. Los sucesivos gobiernos latinoamericanos han venido repudiando la lucha de la resistencia del pueblo colombiano, sumándose a la condena internacional que asocia a la guerrilla con el “terrorismo” y a las organizaciones populares con el narcotráfico, negando la legitimidad de su lucha.

Mientras en Colombia las FARC, junto a numerosas organizaciones, vienen desde hace décadas apostando por la organización popular y la lucha en pos de alcanzar una transformación social que termine con la pobreza y con la explotación de su pueblo, los aduladores de la democracia, defensores del “socialismo del siglo XXI” y la “revolución de las ideas”, con Chávez, Morales y Correa a la cabeza, mantienen la defensa de la burguesía como su máxima premisa, negociando incluso con los sectores más abiertamente reaccionarios de la clase dominante, y que han atentado en numerosas ocasiones contra sus gobiernos, como hiciera Chávez indultando a los golpistas, o Morales negociando con los gobernadores de la “media luna”.
Los resultados están a la vista: después de varios años en el gobierno (más de diez en el caso venezolano), la situación en sus respectivos países no ha cambiado en lo sustancial: se mantienen la pobreza y la indigencia en niveles altísimos, al tiempo que, lejos de eliminarse, se profundizan las relaciones de dependencia con los capitales imperialistas y los vínculos comerciales con EEUU. Así, independientemente de la retórica “antiimperialista” que puedan esgrimir, estos gobiernos vienen a confirmar una vez más lo que ya ha sido probado innumerables veces en la historia: no es posible terminar con la explotación y la miseria de nuestros pueblos si no es dando la lucha a fondo contra el sistema capitalista y las burguesías que se benefician de éste.
Entre quienes condenan el desarrollo de la lucha armada en Colombia, ocupa, sin dudas, un rol importante Fidel Castro, que continúa negando la posibilidad de que otros pueblos avancen en el camino que el pueblo cubano emprendiera en el ´59, tomando por la fuerza el poder, y avanzando en la expropiación de las burguesías locales y extranjeras. Morales, Chávez y Correa, detrás del líder cubano, han condenado en reiteradas oportunidades a las FARC y a las organizaciones guerrilleras que resisten en Colombia. “Ahora, estamos en otros tiempos, se acabaron las dictaduras y deben acabarse también las guerrillas contra el imperio, estamos en época de conciencias y, en base a la conciencia, hacer transformaciones pacíficas y democráticas”. “La guerra de guerrillas pasó a la historia”, dirían a su turno Morales y Chávez.
Estas afirmaciones, gravísimas de por sí, ya que acentúan el aislamiento de las organizaciones populares, contribuyendo con la avanzada de EEUU y el gobierno colombiano, siendo por lo tanto, una legitimación de la represión, son más graves al provenir de dirigentes que se autoproclaman “socialistas” o “anticapitalistas” ya que su opinión es escuchada y respetada por importantes sectores populares del continente. Provenga de quién provenga, es fundamental insistir con que estas reiteradas condenas a la guerrilla y a las organizaciones populares que luchan en Colombia (como en cualquier otro país), no son otra cosa que un llamado a la resignación.
Dentro de este panorama, en los diferentes ámbitos de debate con motivo a la instalación de las tropas yanquis en bases colombianas, los discursos de los presidentes “progresistas” y de sus escribas se han dedicado a negar sistemáticamente la existencia de una guerra civil en Colombia, que enfrenta, por un lado, a la burguesía representada por los paramilitares y el estado comandado por Álvaro Uribe, con las organizaciones populares y sus fuerzas guerrilleras por otro. Y esto, cuando no reclaman abiertamente (una vez más) que la incursión norteamericana aplaste de una vez por todas a la resistencia colombiana. En esos términos se debatió, por ejemplo, en la cumbre de UNASUR.
De la misma forma, en una conferencia en Venezuela el chavista Atilio Borón sintetizó el planteo diciendo que “no puede haber ninguna clase de equívoco o duda sobre el objetivo de las bases militares de Estados Unidos en la región: constituyen un apoyo en tierra fundamental para la plena participación de unidades del ejército norteamericano, no en el combate contra el narcotráfico o la guerrilla, sino para un despliegue militar en esta zona en donde es muy fácil prever que Colombia va a incurrir en actos de provocación tendientes a generar una guerra con Venezuela” [Destacado nuestro].
Sin ningún tapujo, estos charlatanes niegan la heroica resistencia del pueblo colombiano. Niegan los miles de presos, los campesinos y militantes populares asesinados por el ejército y los paramilitares, niegan la entrega y la determinación de los miles de colombianos que han decido enfrentar las causas mismas de la explotación de los trabajadores y el pueblo de su país. Niegan, en definitiva, el único camino que puede conducir a la liberación de los pueblos latinoamericanos. Ese fue y será el eterno rol del progresismo.