Colombia-Venezuela: El fracaso de Uribe y la pirotecnia verbal con Chávez

Las acusaciones del presidente Colombiano contra Venezuela dan cuenta de la prepotencia de un estado que se ha transformado en cabeza de playa de EEUU en nuestro continente, pero también de la incapacidad de Uribe para derrotar militarmente a la guerrilla en sus ocho años de gobierno. En este marco, la “ruptura de relaciones” de Chávez no fue más que una nueva bravuconada verbal.

La salida de Álvaro Uribe del gobierno colombiano estuvo rodeada de un show mediático que llegó a incluir amenazas de guerra contra Venezuela. En una sesión extraordinaria de la OEA, el gobierno colombiano, días antes del recambio presidencial, denunció que en Venezuela hay más de 85 campamentos de las FARC, con un total de 1.500 guerrilleros. El hecho obligaba a recordar el bombardeo hecho por Colombia en territorio ecuatoriano por la misma razón. El presidente Hugo Chávez anunció dramáticamente la ruptura total de las relaciones diplomáticas con Colombia y movilizó sus tropas a la frontera.
Los planteos belicistas colombianos se inscriben dentro de una lógica guerrerista que lleva años y que se fortaleció aún más con Uribe, quien transformó a su país en la principal base de operaciones militares de EEUU en Sudamérica, en un intento de derrotar militarmente a la guerrilla.
Pero las bravuconadas son también la cortina de humo que usó Uribe para tapar el fracaso de su gobierno, iniciado hace ya ocho años con una promesa y consigna central: la derrota militar de la guerrilla. Sin embargo, a pesar de muchos shows como éste, el mandatario se retira del poder sin haber logrado lo que constituía el punto casi exclusivo de su programa de gobierno. El fracaso, evidentemente, no se ha debido ni a la falta de recursos económicos y militares para la represión (que han crecido de forma espectacular con los planes “Colombia” y “Patriota”), ni tampoco al supuesto apoyo del gobierno venezolano a la insurgencia (pues Chávez no perdió oportunidad para diferenciarse de la guerrilla, pedir su desarme e incluso entregar a algunos dirigentes al gobierno de Uribe), sino a la actividad misma de los grupos insurgentes que han sostenido sus reclamos políticos y su lucha militar con mucha mayor perseverancia de lo que había previsto el uribismo.
Más allá de las inflamadas declaraciones de uno y otro lado, la situación es una repetición de lo que ya sucedió en 2008, cuando Chávez congeló las relaciones con Colombia tras el ataque militar en Ecuador, que costó la vida a Raúl Reyes y otros combatientes de las FARC, o en 2009, cuando se firmó el acuerdo para el uso yanqui de las bases militares colombianas. Ahora, igual que entonces, hay mucha verborragia, que no le viene mal a Chávez en un marco interno problemático, con recesión, crecimiento de la pobreza y un descontento popular que hace dudar de un cómodo triunfo en las muy cercanas elecciones legislativas. Uribe, por su parte, antes del recambio presidencial, se encargó de dejar marcado el rumbo al gobierno de su sucesor Juan Manuel Santos, y trató de descargar sobre Chávez la supuesta responsabilidad de su fracaso por no haber podido derrotar militarmente a la guerrilla. Todo esto, mientras en La Macarena se hacía pública la existencia de una fosa común, la más grande de toda América Latina, a pocos metros de un batallón del ejército colombiano, con casi 2.000 asesinados por el ejército y los paramilitares, un resultado evidente del terrorismo de estado colombiano presidido por Uribe y Santos.
Como tantas veces, después de la verborragia, ayudados por los bomberos de UNASUR (Kirchner, Correa y sobre todo Lula da Silva), los ánimos volvieron a calmarse dejando en claro que ésta es una nueva puesta en escena usada en ambos casos como recurso para resolver la política doméstica. Todos coincidieron en una misma exigencia, que echa luz sobre el fondo del conflicto: Chávez volvió a pedir a las FARC que se desarmen y abandonen la lucha armada, en consonancia con el nuevo vicepresidente colombiano, Angelino Garzón, que supeditó un posible diálogo con la guerrilla al “cese de la violencia”. Cese unilateral, desde luego, que no incluye al ejército colombiano ni a los paras. En este marco, Chávez pasó a considerarse “optimista” por el futuro de las relaciones con su país vecino y, a dos semanas de la “ruptura de relaciones”, decidió enviar a su canciller a la asunción del pichón de Uribe, Santos.
En el medio de los tiros de fogueo entre los gobiernos, y el ataque mancomunado contra la insurgencia armada, los pueblos colombiano y venezolano, y de toda América Latina, están cada vez más urgidos a labrar su propio camino, para enfrentar al imperialismo y a las burguesías parásitas locales.