Cuba: El PCC ratificó su política de apertura al capitalismo
Los primeros años de la revolución cubana
El VI congreso del PCC y la situación actual de Cuba
Cuba: Ante el VI Congreso del Partido Comunista
Prestar atención a Cuba es central, puesto que es un gran ejemplo de cómo un pueblo decidido y organizado puede hacer la revolución, acabar con el régimen de explotación y sus fuerzas represivas, tomar el poder y reorganizar la sociedad en función de sus propias aspiraciones. Así, en Cuba, tras una importante lucha encabezada por el Movimiento 26 de Julio, una nueva sociedad empezó a construirse el 1 de enero de 1959. La orientación hacia el socialismo estuvo marcada por medidas centrales de cambio socioeconómico. Expropiación para poner toda la economía al servicio del país, organizándola en forma racional y centralizada, eliminando la explotación del trabajo ajeno y garantizando un sustento digno para todos. Reforma profunda en el trabajo que acabó con el desempleo, la inseguridad laboral y el nefasto mercado de venta de fuerza de trabajo capitalista. Reforma agraria para terminar con las pésimas condiciones de vida de los peones rurales y los campesinos. Reforma urbana para acabar con la obligación del alquiler y garantizando una vivienda a todo el mundo. Y así, en cada área social: se reformó la educación eliminando el analfabetismo y haciendo de Cuba uno de los pueblos más escolarizados e instruidos; la salud, la cultura...
La transformación de la sociedad cubana tuvo grandes avances, y también, importantes retrocesos, motivados ambos tanto por decisiones de la dirección política cubana como por los condicionamientos mundiales: el desarrollo de las luchas revolucionarias en el resto de los países, las presiones y el bloqueo de EEUU, la vinculación y posterior caída de la URSS, etc. No sería posible en esta nota hacer un racconto de ese proceso(1), pero al menos debemos dejar dicho que, por una parte, gracias a la revolución, Cuba cuenta hoy con condiciones inexistentes en el capitalismo y menos en Latinoamérica (pues todos allí tienen salud, educación, trabajo, ingreso mínimo, vivienda, acceso a la cultura, etc.), pero que, al mismo tiempo, la revolución ha ido retrocediendo en algunos aspectos calve como se ve con la creciente diferenciación social, la estabilización de un sector burocrático privilegiado y la apertura al capital extranjero.
En este marco, para el próximo mes de abril, se ha planteado la convocatoria al VI Congreso, por parte de la dirección del Partido Comunista de Cuba (PCC). Una dirección cuyas principales líneas políticas sobre el futuro de la isla se debaten entre el inmovilismo conservador y los planteos de apertura hacia el capitalismo (sobre todo por la “vía china” de apertura con control partidario), y que en relación a la política internacional, ha adoptado una posición de apoyo a distintos gobiernos burgueses (incluido el kirchnerista) y abandonado su planteo inicial de extensión de la revolución.
Pero el PCC, no es sólo su dirección, sino que incluye, si bien no a todos, a la gran mayoría de los activistas de la clase obrera, la juventud y demás sectores populares comprometidos con la revolución. En este sentido, la convocatoria a un congreso luego de 13 años es un hecho de importancia puesto que abre la posibilidad de una discusión pública y en cierta medida, de una intervención más activa para abordar los problemas estratégicos de la revolución cubana.
En la actualidad, la participación directa de gran parte de la población (infinitamente mayor a la de cualquier país capitalista) difícilmente puede ir más allá de los problemas cotidianos y zonales, mientras los lineamientos de la política nacional son pautados por la dirección del gobierno y del PCC. Una dirección que, si bien es reconocida al interior de Cuba por la entrega y dedicación de sus cuadros más notables, también es reconocida como parte de una estructura burocratizada.
En este marco, frente a la poco habitual discusión pública sobre la orientación de la revolución, la participación activa de la base del PCC y del pueblo trabajador plantea una situación trascendente, que podría ayudar a impulsar una línea de defensa y profundización de la revolución que evidencie la gravedad de las tendencias de apertura al mercado capitalista y defienda, en cambio, importantes conquistas de la revolución como el derecho al trabajo y a la seguridad alimenticia, sanitaria y educativa.
Es claro que ésta no es la línea propuesta por la cúpula actual del PCC, que está planteando el congreso como una instancia de ratificación de su propia línea, plasmada en el único documento público para el debate en el período pre congreso, el “Proyecto de lineamientos de la política económica y social del partido y la revolución”.
La urgencia de la discusión se debe a que la economía de la isla se encuentra en un punto crítico por razones múltiples, incluyendo las consecuencias del bloqueo económico de EEUU y el impacto de la crisis mundial, todo ello sobre las dificultades propias de una economía chica y dependiente(2).
Pero lo cierto es que, ante esta realidad, la dirección del PCC decidió adoptar medidas drásticas. Algunas orientadas al ajuste sobre los sectores más necesitados, recortando gastos sociales como la libreta de abastecimiento o el subsidio a bienes de primera necesidad. Otras que apuntan hacia una mayor entrada del capital extranjero en la isla. Y otras a flexibilizar la mano de obra, estableciendo la expulsión de al menos un millón de trabajadores del área estatal y planteando que deberá crecer el trabajo autónomo. En este marco, uno de los pasos más graves es la regularización de la explotación privada de fuerza de trabajo, retomando los mecanismos de extracción de plusvalía propios del capitalismo.
Varias de estas medidas, que ya se venían anunciando desde fines del año pasado(3), se empezaron a implementar(4), dejando en evidencia que para la dirección del PCC el rol del congreso es limitarse a ratificar la línea ya adoptada.
Tanto o más grave que estas medidas de índole económica es la justificación política que de ellas hace la dirección del PCC y que repiten sus seguidores obsecuentes de Cuba y el mundo. Según la versión oficial, las medidas planteadas no serían ni un retroceso ni un repliegue táctico como se sostuvo durante el período especial, sino, por el contrario, un avance hacia un “socialismo” mejorado. Así, la mayor participación del capital (extranjero), el fortalecimiento de la empresa privada, la readopción de la explotación de la mano de obra ajena y el recorte de los derechos sociales serían, como dice un ideólogo del PC local “reformas que profundizarán el socialismo”(5).
De esta forma, el sexto congreso del PCC, si bien plantea la posibilidad de una mayor participación de la base del PCC y del pueblo trabajador (en donde hay una gran cantidad de revolucionarios comprometidos con el avance del socialismo), está convocado, en realidad, por su dirección, como una instancia que debe limitarse a ratificar una serie de medidas que ya están en curso y que significan un paso atrás para la revolución cubana, con el agravante de que se harán en nombre de la “profundización” del socialismo.
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NOTAS:
1) Para un análisis sobre el desarrollo de la revolución cubana se puede ver “Cuba: contra la restauración capitalista, vigencia del pensamiento de Guevara” en Revista El Revolucionario Nº1, disponible en http://blog-otr.blogspot.com
2) Cuba fue un país atrasado y dependiente de EEUU hasta la revolución de 1959, a partir de la cual expropió al gran capital y reorganizó la economía declarando el socialismo en 1961. Mas tarde su creciente dependencia de la URSS, auque le permitió mejorar su situación a acorto plazo, la privó de un desarrollo industrial y tecnológico propio, manteniéndose en su lugar de país productor de materias primas para la exportación e importador de productos manufacturados de Rusia. En este marco, la crisis de la URSS a fines de los ’80 fue un golpe duro para Cuba que debió entrar en un plan de ajuste (principalmente en el “período especial”) y que inició un proceso de apertura al capital extranjero, sobre todo par la explotación compartida del turismo que pasó a ser el centro de la economía nacional.
3) Ver: “Cuba: revolución que no avanza, retrocede”, en El Revolucionario Nº63, disponible en http://blog-otr.blogspot.com
4) “...el plan de despidos masivos, incluido en la reforma económica en curso en Cuba, empezará en cinco ministerios este mes, cuando también serán efectivas las alzas de precios en artículos de higiene y en las tarifas del servicio eléctrico, informaron fuentes oficiales”. (...) “El último día de 2010 el gobierno anunció un nuevo paso en el retiro de subsidios, esta vez para eliminar de la canasta básica (o “libreta de abastecimiento”) el jabón de baño, la pasta dental y el detergente. Antes habían quedado fuera de esa despensa familiar las papas, los chícharos y los cigarrillos”. La Jornada, 4/01/11
5) Atilio Borón: “Cuba: tiempos de cambio”
Lineamientos del PCC
-Se legisla para regular una economía privada de capital local:
“La planificación abarcará no solo el sistema empresarial estatal y las empresas cubanas de capital mixto, sino que regulará también las formas no estatales que se apliquen, lo que implica una transformación del sistema de planificación hacia nuevos métodos de elaboración del plan y del control del Estado sobre la economía” (5)
-“El control de la gestión empresarial se basará principalmente en mecanismos económico-financieros, en lugar de mecanismos administrativos, suprimiendo la carga actual de controles a realizar en las empresas” (14)
-Posible cierre de empresas estatales por “improductivas” más allá de su función social:
“Las empresas estatales que muestren sostenidamente en sus balances financieros pérdidas, capital de trabajo insuficiente, que no puedan honrar con sus activos las obligaciones contraídas, o que obtengan resultados negativos en auditorías financieras, serán sometidas a un proceso de liquidación, cumpliendo con lo que se establezca al respecto” (16)
-“Las empresas, como norma, no recibirán financiamientos presupuestarios para realizar producciones de bienes y servicios” (17)
-Se permite y legisla la acumulación privada y el estímulo material diferenciado:
“Las empresas, a partir de las utilidades después de impuestos y cumplidos otros compromisos con el Estado, podrán crear fondos para el desarrollo, las inversiones y la estimulación a los trabajadores, luego de alcanzados los requisitos establecidos” (18)
-“Los ingresos de los trabajadores de las empresas estatales estarán vinculados a los resultados finales que se obtengan” (19)
-Reactivación de un mercado de venta de fuerza de trabajo:
“Las empresas tendrán independencia para la aprobación de sus plantillas de cargos” (22)
-El pago de la deuda externa como prioridad y requisito para ganar confianza de los accionistas extranjeros: “Trabajar con el máximo rigor para aumentar la credibilidad del país en sus relaciones económicas internacionales, mediante el estricto cumplimiento de los compromisos contraídos” (65)
-“Continuar propiciando la participación del capital extranjero, como complemento del esfuerzo inversionista nacional” (89)
-Abandono de estímulos y becas para el estudio:
“Las condiciones que se creen para que los trabajadores puedan estudiar son bajo el principio de que debe ser a cuenta del tiempo libre del trabajador y a partir de su esfuerzo personal” (142).
-Estímulo del circuito privado de la economía:
“Ampliar el ejercicio del trabajo por cuenta propia y su utilización como una alternativa más de empleo que contribuya a elevar la oferta de bienes y servicios. Aplicar un régimen tributario que garantice que los incorporados a la actividad aporten en correspondencia con sus ingresos” (158)
-Planes de despidos masivos:
“Desarrollar procesos de disponibilidad laboral, bajo el principio de la idoneidad de mostrada, contribuyendo a eliminar tratamientos paternalistas. Estimular la necesidad de trabajar y reducir los gastos de la economía y el Presupuesto del Estado” (159)
-Recortes sociales:
“Reducir gratuidades indebidas y subsidios personales excesivos” (161)
-“Implementar la eliminación ordenada de la libreta de abastecimiento, como forma de distribución normada, igualitaria y a precios subsidiados” (162)
-Reducción de los comedores obreros y fin de su subsidio:
“Mantener los comedores obreros donde resulten imprescindibles, asegurando el cobro de sus servicios a precios sin subsidios” (164)
-“La formación del precio de la mayoría de los productos responderá a la oferta y la demanda y, como norma, no habrá subsidios” (177)
-Aumento de los servicios públicos:
“Revisión de las tarifas vigentes para que cumpla su papel de regulador de la demanda” (230)
CUBA: REVOLUCIÓN QUE NO AVANZA, RETROCEDE
CUBA: CONTRA LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA, VIGENCIA DEL PENSAMIENTO DE GUEVARA
LA REVOLUCIÓN
El 1º de enero en Cuba es un día histórico. Aquel día de 1959 el pueblo cubano emprendía el trabajo de la construcción de un nuevo estado que apuntaba implacable sus fusiles contra el imperialismo yanqui y sus aliados isleños.
Desde el momento mismo en que Cuba luchaba por su independencia de España, durante el último tercio del siglo XIX, los Estados Unidos metían sus narices en la isla, arrogándose el derecho de distribuirse con ese país europeo los territorios americanos y estableciendo finalmente su “tutela” sobre Cuba por medio de la Enmienda Platt en 19021.
Aunque formalmente independiente, Cuba, como la mayoría de América Latina, sería desde entonces un país dependiente económicamente del imperialismo yanqui, una semicolonia condenada al atraso: productora de materias primas e importadora de productos manufacturados provenientes de países con mayor desarrollo industrial. La economía local se concentró en el cultivo y la producción de azúcar. Los diferentes gobiernos cipayos entregaron casi completamente el manejo de esta industria a los empresarios norteamericanos, quienes también tenían un fuerte control sobre otras ramas, como la energía eléctrica, la producción láctea, la importación de petróle
o (mediante las refinerías Esso y Shell), las finanzas, el crédito bancario, etc., además de monopolizar el mercado interno con sus productos manufacturados. Junto al gran capital norteamericano, el más reducido grupo de empresarios locales se beneficiaba de los remanentes de aquella explotación, a costa de la pauperización de la clase obrera urbana y rural y del campesinado pobre del país.La situación del pueblo en la Cuba prerrevolucionaria era denigrante. Mientras el 20% más rico acaparaba casi el 60% de las riquezas, el 20% más pobre arañaba apenas un 2%. La vida de los trabajadores cubanos estaba marcada por la desocupación, los bajos salarios, las pésimas condiciones e interminables jornadas laborales, la desnutrición, el analfabetismo, la mortalidad infantil, etc. La dependencia y el sometimiento de Cuba se plasmaba en el desvergonzado uso de la isla como prostíbulo y casino de lujo para los norteamericanos.
Pero, en 1953, un centenar de jóvenes marca un camino de lucha contra el régimen antiobrero del dictador Batista. El fallido intento de copamiento del cuartel Moncada por parte de Fidel Castro, Abel Santamaría y su grupo de 130 valientes combatientes, el 26 de julio de ese año, daría un fuerte impulso a la lucha contra el gobierno proyanqui. Apenas unos años más tarde, mientras los miembros de lo que sería el M-26 se desarrollaban en las ciudades, organizando bases de apoyo a la lucha revolucionaria y haciendo actos de boicot y sabotaje contra objetivos del estado, los expedicionarios del Granma (a los que ya se sumaban figuras de la talla del Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida, etc.), se entrenaban para desarrollar la lucha armada en Cuba con el objetivo de derribar definitivamente al gobierno antipopular.
La iniciativa del M-26 de tomar el poder y derribar al gobierno contó con un creciente apoyo de los explotados cubanos, incentivados por el odio generado debido a la represión y el ejemplo del valor y los triunfos revolucionarios. Así, la guerra revolucionaria se desarrolló desde fines de 1956 hasta 1959 con epicentro en la sierra, integrando a peones rurales y campesinos al Ejército Rebelde, y contando además con una constante actividad urbana reflejada tanto en la acción conspirativa, como en la movilización que llevó a una importante huelga en 1957 en la zona oriental, tras el asesinato del líder santiaguero Frank País. Este trabajo en las ciudades permitió sostener la huelga general revolucionaria para acompañar la entrada de los guerrilleros triunfantes en La Habana a comienzos de 1959, en avance desde el oriente luego de la toma de Santiago de Cuba y Santa Clara.
Si ya, en octubre de 1958 (con la Ley Nro. 3), en plena lucha guerrillera y desde la sierra, se había dado el primer impulso a la reforma agraria, tras el triunfo de la revolución las medidas estructurales tomadas por el nuevo gobierno revolucionario se extendieron a gran velocidad. Una más completa y general reforma agraria comenzó en mayo de 1959, al tiempo que se efectuaba la reforma urbana con una drástica reducción del precio de la vivienda. A la eliminación del latifundio y de la llamada “burguesía rural”, continuaron la nacionalización de las centrales azucareras, las refinerías de petróleo y las grandes empresas de servicios2. Ante la reacción de la burguesía local y la pretendida intervención del imperialismo yanqui, que interrumpió las compras de azúcar y petróleo y su refinamiento, la respuesta del nuevo gobierno cubano fue más radicalización, como única forma de llevar adelante las aspiraciones de cambio revolucionario planteadas por el M-26 y el pueblo que se sumó a su lucha. Entonces jugaron un papel fundamental los sectores de izquierda del nuevo gobierno y del M-26, entre los que ya se destacaba el Che Guevara, quienes enfrentaron no sólo a EEUU y la gran burguesía local, sino también a los “moderados” y “democráticos”, que pretendían echar a Batista pero no cumplir con una transformación revolucionaria que cambiara el conjunto de las relaciones sociales para el bienestar de todos los trabajadores cubanos. La firmeza del ala izquierda de la revolución permitió así que, apenas dos años después, en 1961, el estado cubano fuera proclamado socialista y que los intentos de invasión, impulsados por EEUU con participación de gusanos cubanos, fracasaran estrepitosamente en Playa Girón. Mientras los defensores de la democracia capitalista reclamaban insistentemente el llamado a elecciones, con la pretensión de sustituir a los antiguos grupos dominantes por una nueva burguesía, el nuevo estado revolucionario se construía en Cuba gracias al impulso dado por el M-26 al protagonismo y fortalecimiento de la clase obrera, única base posible para una nueva sociedad.
Como lo había consignado la III Internacional Comunista dirigida por Lenin, y había sido desarrollado por Trotsky, la dinámica revolucionaria en países dependientes como Cuba empujaba a los revolucionarios a avanzar en forma constante, tomando medidas no sólo democráticas, sino también de carácter estrictamente socialista, como única forma de concretar las tareas de cambio planteadas desde el comienzo. La revolución permanente era en Cuba la única vía posible para llevar al triunfo las demandas de la clase obrera y los demás sectores oprimidos, y sortear el camino reaccionario de los nacionalistas que pretendían, luego de haber derribado al gobierno de Batista, mantener el sistema capitalista y la democracia parlamentaria, que hasta entonces había permitido el control del estado a la burguesía y al imperialismo.
La toma del poder por parte de la vanguardia revolucionaria y la resolución de impulsar el desarrollo del socialismo transformó veloz y radicalmente la situación de un país como Cuba, que padecía las peores condiciones de los países dependientes y atrasados del continente.
Apenas un año después del triunfo revolucionario, el 23,6% de analfabetismo y el 60% de semi-analfabetismo de 1959 habían bajado a 3,8% y al año siguiente a 1,9%. Es el inicio de un proceso que permite hablar hoy de una matriculación educativa del 99%, con un maestro cada 10 alumnos.
Del mismo modo, la revolución permitió, en el ámbito de la salud, desde un país económicamente pobre, erigir uno de los más avanzados sistemas de atención y prevención médica del mundo, y sin dudas el más inclusivo, que impactó de forma directa en la mejora de las condiciones de vida diarias del pueblo cubano, produciendo, por sólo citar un ejemplo, una drástica disminución en la mortalidad infantil, que pasó de 79/1000 nacidos vivos, a menos de 5.3/1000 al día de hoy (aun inferior a la de EEUU, que es de 6/1000).
Por otra parte, tras la expropiación, el nuevo gobierno revolucionario puso al servicio del pueblo la producción nacional, que contaba con alrededor de 373 empresas privadas: más de 100 ingenios azucareros, 60 fábricas textiles, toda la rama de la industria alimenticia, 8 empresas de ferrocarriles, empresas de la construcción y las refinerías Esso y Shell. Al transformar en propiedad social esos medios de producción, y organizar el desarrollo económico global sobre la base de la planificación, el joven estado socialista sentó las bases para impulsar un desarrollo integral en beneficio del conjunto del pueblo trabajador, garantizando su acceso a los bienes fundamentales que permiten una vida digna, incluyendo la estipulación del salario mínimo, además del otorgamiento universal de una renta básica para adquirir productos indispensables para el consumo familiar.
Así, tras la guerra revolucionaria, la toma del poder, la derrota de la burguesía y el imperialismo, la expropiación y socialización de los medios de producción, y la organización de un estado obrero, la Cuba de principios de los 60 daba un primer y fundamental paso en la construcción de una sociedad sin explotación.
LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO Y LA POSICIÓN DE IZQUIERDA
Luego de la toma del poder fueron frecuentes las discusiones acerca de cuál era el camino que debía seguir la revolución.

En el medio de un agudo enfrentamiento con la mayor potencia del mundo, y atravesando graves problemas económicos debido al carácter atrasado de una economía agrícola no industrializada y dependiente de EEUU, el gobierno de Cuba decidió acercarse a la URSS, cabeza del bloque socialista. Era una decisión delicada. Los antiguos partidarios del régimen soviético en Cuba, el stalinista Partido Socialista Popular, habían condenado y boicoteado la acción revolucionaria durante la lucha por el poder, y recién se habían sumado en la recta final para compartir los laureles del triunfo. De hecho, su dirección, el Partido Comunista de la URSS, consideraba que los países latinoamericanos “no estaban maduros” para el socialismo y que debían, en su lugar, propiciar regímenes de alianza con las burguesías locales. Pero en el caso cubano, una vez tomado el poder y radicalizado el proceso hasta la proclamación del carácter socialista de la revolución, medidas abiertamente opuestas a la línea planteada por el PCUS, la construcción de un estado obrero le planteaba inevitablemente al nuevo gobierno revolucionario la necesidad de establecer relaciones para el apoyo mutuo con el conjunto de los países del bloque socialista y la poderosa URSS.
Sin embargo, una vez más, la política soviética para la economía en Cuba era crítica: se oponía a la completa eliminación de la propiedad privada empresaria, defendía las relaciones de tipo mercantil al interior de las empresas del estado y negaba el derecho y el apoyo necesario para que el nuevo estado revolucionario se desarrolle en forma integral, por medio de la industria, para superar el atraso económico. Una fracción de la dirección cubana, ubicándose bajo la línea política del stalinismo, defendió el sostenimiento de una economía productora de materias primas, prácticamente monoproductora de azúcar, dependiente de las potencias socialistas como la URSS y luego China, dejando relegado el desarrollo industrial. Así, el costo del marcado alineamiento tras la política soviética significaría el mantenimiento de la dependencia económica y política de Cuba.
Muchos revolucionarios e intelectuales intervinieron en la disputa sobre la orientación de la revolución cubana y sus lineamientos. Se reeditarían las discusiones de la joven URSS en los años ‘20, sobre la necesidad de estimular la producción en un país de base agraria con un bajísimo desarrollo industrial. Fue el momento de la puesta en marcha de la NEP, a la que, después de su difícil aplicación, la corriente de izquierda referenciada en Trotsky había calificado de inevitable por la situación, pero ineficaz por la falta de estímulos morales y la falta de participación de los trabajadores en el compromiso con la revolución.
También en Cuba existió una posición de izquierda y fue sostenida por Ernesto Che Guevara (aunque el gobierno cubano ha hecho un gran esfuerzo por ocultar o minimizar las diferencias entre el Che y la dirección de Fidel Castro). El Che, a la cabeza del ministerio de industria, dio una lucha incansable en el seno del estado para edificar una sociedad nueva, que acabara con los lastres y relaciones de tipo capitalistas, como única posibilidad de transformación revolucionaria, lo que implicaba impulsar la industrialización y el desarrollo pleno de Cuba para superar el carácter dependiente del país y no pasar simplemente de una dependencia a otra en relación a la URSS.
Pero, entonces, el stalinismo y sus “embajadores” en Cuba planteaba que no podría sostenerse la revolución sin la rentabilidad de las empresas, los bancos y la dependencia de ciertas iniciativas privadas que harían funcionar la ley del valor, de la cual, según ellos, no se podrían librar. Es decir, lo que impulsaban no era más que la convivencia con el capitalismo en lugar de avanzar hasta derrotarlo. Desde la URSS no sólo condicionaban la ayuda económica al sostenimiento de las relaciones de dependencia entre un país atrasado productor de materias primas (Cuba) y su comprador industrializado (URSS), sino que rechazaban incluso el valor del estímulo moral como motor del desarrollo político ideológico fundamental del proceso revolucionario. Por eso, en el “Discurso de Argel” de 1965, el Che afirmaba:
“No hay otra definición del socialismo, válida para nosotros, que la abolición de la explotación del hombre por el hombre. Mientras esto no se produzca, se está en el período de construcción de la sociedad socialista y, si en vez de producirse este fenómeno, la tarea de la supresión de la explotación se estanca o, aun, retrocede en ella, no es válido hablar siquiera de la construcción del socialismo.
Sin embargo, el conjunto de medidas propuestas no se puede realizar unilateralmente. El desarrollo de los subdesarrollados debe costar a los países socialistas, de acuerdo. Pero también deben ponerse en tensión las fuerzas de los países subdesarrollados y tomar firmemente la ruta de la construcción de una sociedad nueva (póngasele el nombre que se le ponga) donde la máquina, instrumento de trabajo, no sea instrumento de explotación del hombre por el hombre. Tampoco se puede pretender la confianza de los países socialistas cuando se juega al balance entre el capitalismo y el socialismo, y se trata de utilizar ambas fuerzas como elementos contrapuestos para sacar de esa competencia determinadas ventajas. Una nueva política de absoluta seriedad debe regir las relaciones entre los dos grupos de sociedades. Es conveniente recalcar, una vez más, que los medios de producción deben estar preferentemente en manos del Estado, para que vayan desapareciendo gradualmente los signos de la explotación.”
Guevara conocía muy bien el peso negativo que los lastres de un capitalismo dependiente ejercían sobre Cuba. Como marxista que era, el Che estaba lejos del simple “romanticismo” (sin negar los prof
undos sentimientos de amor por la revolución que le oficiaban de motor para continuar luchando), pues era un revolucionario preocupado por la economía, por la producción, que concientemente entendía como base del desarrollo en Cuba. En este sentido, no sólo se dedicó a desestimar el modelo de Cálculo Económico del estalinismo, que planteaba la autonomía de las empresas y bancos y su competencia al estilo capitalista en base a los estímulos materiales, sino que, dentro del área de su ministerio, elaboró el Sistema de Financiamiento Presupuestario que ponía eje en la centralización de la producción, la planificación de la economía por el estado y, sobre todo, en un plan de aumento de la productividad cuya base fundamental era el desarrollo de la conciencia en los trabajadores.Esto implicó una dura lucha contra quienes ya entonces se orientaban a la burocratización, quienes bajo la dirección de la URSS quisieron hacer de la revolución un negocio privado, premiando a quienes más producían con bienes materiales, apostando a las herramientas del capitalismo y viendo en la moral revolucionaria un “aditamento secundario”.
Por eso, al tiempo que estimulaba el trabajo conciente, base del desarrollo económico social de la nueva Cuba revolucionaria, el Che enfrentaba abiertamente las tendencias hacia la burocratización que seguían el modelo stalinista de beneficios para los dirigentes a costa de las privaciones populares, estimulando la participación de todos en el trabajo voluntario, en primer lugar la de los funcionarios (para lamento de muchos de ellos), e imponiendo la austeridad como modelo de dirigente. Así, hablando de las fallas que habrían provocado la supervivencia de rasgos de burocratización, el Che decía: “Una de ellas es la falta de motor interno. Con esto queremos decir, la falta de interés del individuo por rendir su servicio al Estado y por superar una situación dada. Se basa en una falta de conciencia revolucionaria o, en todo caso, en el conformismo frente a lo que anda mal.
Simultáneamente, debemos desarrollar con empeño un trabajo político para liquidar las faltas de motivaciones internas, es decir, la falta de claridad política, que se traduce en una falta de ejecutividad. Los caminos son: la educación continuada mediante la explicación concreta de las tareas, mediante la inculcación del interés a los empleados administrativos por su trabajo concreto, mediante el ejemplo de los trabajadores de vanguardia, por una parte, y las medidas drásticas de eliminar al parásito, ya sea el que esconde en su actitud una enemistad profunda hacia la sociedad socialista o al que está irremediablemente reñido con el trabajo.” 3
Así, el Che luchó por construir una nueva sociedad, basada en la socialización de los medios de producción y la planificación socialista y centrada en el desarrollo de un “hombre nuevo” con conciencia y moral revolucionaria que no sólo dejara atrás al capitalismo, sino a los lastres stalinistas que se reflejan en la burocratización y su inevitable tendencia a la restauración capitalista (tempranamente anticipada por el Che en su “Crítica al manual de economía política de la URSS”). Lamentablemente su posición fue derrotada entonces por las tendencias que defendían el alineamiento con la URSS. La posición sostenida por el ex dirigente del PSP, Carlos Rafael Rodríguez, defendida a nivel internacional por Charles Betelheim en nombre de la política soviética, fue ratificada por Fidel Castro, quien en 1964 adoptó como prioridad el financiamiento al modelo agrícola dependiente por sobre el proyecto de industrialización de Guevara, y ratificó su posición impulsando el estímulo material con el otorgamiento de premios por productividad4.
Como sucedió con el “gran debate” sobre la orientación económica de la revolución socialista del 63-64, el PCUS presionaría en forma creciente para la incorporación de Cuba al modelo soviético en todos sus aspectos. Como contrapartida, la posición del Che se destacó cada vez más por su independencia frente al stalinismo y su consecuencia revolucionaria, como un defensor de la continuación y profundización de la lucha por la emancipación de la clase obrera, tanto en Cuba como en el resto del mundo.
Así, mientras la doctrina stalinista para todo el planeta era la contención de la revolución, la alianza con las “burguesías progresistas” y el rechazo a la lucha armada en nombre de la “coexistencia pacífica” con el imperialismo yanqui, la experiencia del triunfo cubano y la creciente actividad revolucionaria en América Latina y otros países, principalmente del llamado “tercer mundo”, ubicaron al Che como la figura más decidida, que desde Cuba seguía estimulando la lucha por el poder contra las burguesía locales en el resto del mundo. Cuando la I y II Declaración de la Habana llamaban a los pueblos a luchar con las armas en la mano por su liberación, y en suelo cubano se impulsaba su organización con la OLAS y la Tricontinental, el ejemplo y la doctrina de Guevara eran su guía más clara: él formaba política y militarmente a nuevos luchadores, escribiendo sus balances sobre la lucha revolucionaria y entrenando a guerrilleros del mundo entero. Bajo su mando, nuevos grupos se sumaban a la lucha en el Congo y, posteriormente, en Bolivia.
Mientras Guevara se hacia cargo de su lucha en Bolivia y llamaba a una “guerra a muerte contra el imperialismo”, declarando como único objetivo viable la “revolución socialista” sin dar ningún crédito a las burguesías locales ni a la vía reformista pacífica, el gobierno cubano de Fidel Castro venía manteniendo un equilibrio entre dos políticas opuestas: por un lado, daba un abierto apoyo a numerosas luchas revolucionarias y, al mismo tiempo, estrechaba lazos con la URSS, en un proceso que se iría acentuando. Si su saludo en 1964 a la “coexistencia pacífica” promovida por la URSS no impidió su defensa de la vía armada en Latinoamérica durante el siguiente lustro, ya hacia fines de la década, luego de apoyar la invasión de la URSS a Checoslovaquia, Cuba se integraría de lleno a la línea soviética, tras la visita de Breznev, quien afirmó en Cuba (1969) que la revolución no era “artículo de exportación”.
EL PROBLEMA DE LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA
Como es evidente, el pensamiento y la práctica del Che entronca con la escuela leninista del marxismo revolucionario, que fue continuada por Trotsky y la oposición de izquierda frente a la traición stalinista. Lo ejemplifican su lucha por el desarrollo industrial y la independencia de Cuba frente a la perpetuación del atraso, que significaba la pervivencia de una economía basada en el monocultivo; su defensa activa del internacionalismo proletario; su abierto enfrentamiento con las falsas salidas reformistas, pacifistas y de convivencia con la burguesía; su claridad sobre lo imprescindible de la participación conciente de los trabajadores en la construcción del socialismo; su denodada lucha contra la burocratización y el abierto repudio a los privilegios. En ese marco, el Che, defendiendo la revolución socialista, marcaba el lamentable y ya imaginable futuro de restauración capitalista que llegaría a los estados obreros si se daba lugar a las prácticas burocráticas que abrieron paso a una creciente desigualdad social, donde los gobernantes y sus amigos se rodeaban de lujos, mientras se cargaban crecientes privaciones sobre el pueblo trabajador. Por eso, hablando de la URSS comentaba: “sus signos son desalentadores, la superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que provocó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura; se está regresando al capitalismo” 5.
Así, una vez más, la posición de izquierda, la posición que viene a reivindicar un camino de defensa del socialismo contra las tendencias de adaptación al capitalismo, es la posición del Che, quien al marcar la trágica tendencia restauracionista que arrastraría al bloque socialista de mantener el camino de la estimulación material (como efectivamente sucedió), nos habla con absoluta claridad del problema actual de Cuba.
Guevara había advertido el problema que se avecinaba con “el experimento del regreso a la ley del valor [que] comenzó en Yugoslavia y fue entonces adoptada en diversos grados por Polonia y Checoslovaquia, y la Unión Soviética comenzó experimentos similares..”. 6 Y frente a ello tenía ya una posición tomada: “La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado.(...) La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto, la base económica adoptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia. Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”. 7
Y recordamos esta posición de uno de los más grandes ejemplos de la revolución cubana, porque hoy, desde las primeras líneas de dirección del Partido Comunista en Cuba, se plantea la necesidad de “cambios estructurales” en busca de solucionar problemas de “productividad”. De esta forma, critican al estado por ser “paternalista” con los trabajadores al garantizar un salario mínimo y otras condiciones de trabajo fundamentales conquistadas tras la revolución, y en oposición proponen que el estado pase a pagar los sueldos en función de la producción, estimulando la competencia y la acumulación individual.
Este planteo lo reseñaba Clarín en junio de este año:
"Los trabajadores que están abarcados por sistemas de pago vinculados a los resultados directos de la producción de bienes y servicios, no tienen límite en el salario", señala la Resolución 9/08 del Ministerio de Trabajo que, según anunció ayer el diario oficial Granma, será de aplicación generalizada a todas las empresas estatales del país a partir de agosto, aunque las que ya definieron su nuevo sistema de pago pueden aplicarlo de inmediato.
"Ha existido una tendencia a que todo el mundo reciba lo mismo, y ese igualitarismo no es conveniente. Es algo que tenemos que resolver pues a veces hay mucho paternalismo", señaló el viceministro de Trabajo, Carlos Mateu, citado por Granma.
"Si es dañino darle al trabajador menos de lo que le toca, es dañino también darle lo que no le toca", argumentó el funcionario, al señalar que con la nueva resolución "el trabajador ganará lo que sea capaz de producir". Y agregó que "el nuevo sistema de pago debe verse como una herramienta que ayude a obtener mejores resultados productivos y de servicios".
A principios de esta semana, el número dos del gobierno cubano, José Ramón Machado Ventura, pidió "no cogerle miedo a los altos salarios" siempre que corresponda a "resultados concretos". "Hay que ver que cuando se vincule (el salario con el rendimiento) haya un resultado de esa vinculación, no es regalar el dinero", explicó ante la asamblea provincial del Partido Comunista en La Habana.
Esta política salarial se suma a una serie de reformas adoptadas por Raúl Castro, como el reparto masivo de tierras, mejores precios a productores, créditos y descentralización de decisiones aplicadas por el gobierno en la agricultura, para dar impulso al estancado sistema productivo. También se levantaron prohibiciones, como la que pesaba sobre los cubanos para alojarse en hoteles de lujo.
En abril el gobierno dispuso un incremento de sueldo del sector judicial, de las jubilaciones y pensiones, pero aseguró que no era posible aplicar aumentos en todos los sectores pues "el país no dispone en estos momentos de los recursos necesarios".8
Cabe preguntarse frente a esta orientación ¿Qué diferencia hay entre estas declaraciones y las que tienen funcionarios de los gobiernos capitalistas que padecemos en la Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Venezuela, etc.? Es que hoy en Cuba vemos cómo, en contraposición a los planteos del Che, el gobierno vuelve a la carga con la propuesta de resolver los problemas del país con “las armas melladas del capitalismo”.
Y hoy en Cuba hay más medidas que tienden hacia la “apertura” (o “perestroika”, en ruso). Desde altos puestos vuelven a la carga planteando que el transporte adopte la forma de cooperativas autónomas del estado, que el cuentapropismo se legalice para cubrir las deficiencias que el estado no puede brindar en materia de servicios, que se repartan tierras estatales para ser producidas en forma privada por pequeños campesinos... Incluso se propone el aumento de precios a los productos de consumo, para estimular a los productores, y, para resolver el problema del transporte, se vuelven a dar licencias a los taxistas privados que antes habían sido censurados por lucrar con la necesidad de la gente de viajar y por robar combustible del estado. Así, tras reconocer el problema de una economía paralela que funciona al margen de lo legal, la reacción estatal es la tendencia a la liberalización económica y el impulso al aumento de la producción, por medio de la competencia, las diferencias salariales y el desarrollo de empresas privadas.

La “respuesta” que hoy propone dar la primera línea del estado cubano a los problemas de Cuba, tiene ya demasiados antecedentes como para no poder prever sus nefastas consecuencias. Conocemos perfectamente en qué terminó la experiencia de la URSS, donde la “perestroika”, que culminó en la restauración del capitalismo, se hizo en nombre de la profundización y actualización del socialismo y la revolución. Desde fines de los ’80, el líder del PCUS y el estado soviético, Mijail Gorvachov, arremetió contra el “igualitarismo” impulsando el pago a los trabajadores según su productividad, defendió la autonomía y competencia entre las empresas, estimuló la acumulación privada, desestructuró conquistas fundamentales de la clase obrera rusa con respecto a sus condiciones de trabajo, etc. Ese veloz proceso realizado en nombre de un socialismo actualizado a su época (hoy le dirían “socialismo del siglo XXI”) llevó a una drástica reestructuración de la sociedad, que le permitió a los altos mandos burocráticos blanquear sus enormes fortunas levantadas en base a sus antiguos privilegios, transformándose en grandes capitalistas. Así, al mejor estilo de los funcionarios de los estados capitalistas, echaron la culpa a los trabajadores por su supuesta “improductividad” para hacer caer sobre ellos todas las penurias venideras (la depresión salarial, la flexibilización, la creciente desigualdad, la desocupación), y se constituyeron definitivamente como una nueva clase capitalista. Y lo mismo sucedió en los demás países de la restauración. En Europa del Este, el tan criticado “desabastecimiento” terminó... a costa del empobrecimiento y la desocupación que impedirían luego a los trabajadores comprar la infinidad de productos que entraron con el capitalismo. El modelo chino de incorporación al capitalismo bajo el control de un partido único, el PCCh (modelo que supo ser aplaudido por el actual jefe del estado cubano, Raúl Castro), es uno de los ejemplos más nefastos de constante represión contra la clase obrera y de grosera superexplotación (lo que les permite ser “competitivos” a nivel mundial gracias a los “bajos costos” de la mano de obra). Todos estos modelos fueron planteados como “la continuidad en el camino del socialismo”. Todos plantearon “fórmulas”, “soluciones” a problemas reales, pero siempre con una orientación clara, la capitulación, la vuelta al capitalismo.
Este extenso proceso de restauración capitalista en los distintos países socialistas, no es algo “natural”, como pretenden hacer creer los apologistas del capitalismo, sino el resultado de una derrota de los trabajadores y sus organizaciones en la lucha de clases frente al imperio del capital. Una derrota parcial absolutamente previsible (y así lo hicieron Lenin, Trotsky y también Guevara) si no se extendía la revolución socialista a lo largo del planeta y si no se profundizaban, a su vez, las revoluciones ya triunfantes en un combate a muerte contra la desigualdad, la burocratización y demás lastres stalinistas. Una derrota parcial de donde la vanguardia de la clase obrera saca sus balances para seguir en su lucha hasta el final contra el capitalismo.
Es importante recordar que los mismos trabajadores que sufrieron en carne propia la contrarrevolución stalinista soportando una penosa vida bajo la represión y la creciente desigualdad del llamado “socialismo real”, fueron nueva y aún más gravemente golpeados con la llegada del capitalismo que los dejó indefensos ante la voracidad del mercado, imponiendo la miseria, la desocupación, la desnutrición, etc. Es una experiencia que no puede menospreciarse cuando, como lo hicieron en su momento en China o en la URSS, la dirigencia cubana está hablando ahora de “reformas estructurales” que abrirían el paso a relaciones de tipo capitalista (más o menos “controladas”, tal vez como en el modelo chino), lo que significaría un durísimo golpe para la clase obrera. Para los trabajadores cubanos en primer lugar, porque verían desmoronarse las conquistas obtenidas en tantos años de sacrificio revolucionario, y para el conjunto de los trabajadores y pobres del mundo que encuentran en Cuba y su historia de lucha contra el capitalismo una referencia para su combate diario por la revolución.
Un balance serio y crítico de estas experiencias pasadas y presentes obliga a reconocer y valorar la importancia de una corriente marxista revolucionaria que luchó por todos los medios y hasta el final por extender y profundizar la revolución socialista. Lenin, Trotsky y Guevara pueden, de alguna forma, sintetizar esta corriente que supo nutrirse de numerosos combatientes revolucionarios sostenedores del internacionalismo, la independencia de la clase obrera y la intransigencia en la batalla contra el capitalismo.
Y este rescate histórico es tanto más importante cuando las posiciones de los más grandes revolucionarios han sido tantas veces parcializadas o directamente tergiversadas, para mantener posiciones que no apuestan a la continuidad y profundización de la revolución socialista.
Así, al Che Guevara, el más consecuente y ejemplar combatiente por la revolución socialista en Cuba, se lo intenta mostrar muchas veces como a un romántico abstraído de sus claras posiciones marxistas y de su intransigencia en la pelea contra la burguesía. Y se ocultan sus transparentes planteamientos de combate, internacionalistas, antiburocráticos y clasistas que lo llevaron a enfrentarse con la URSS y China, y a separarse de la dirección cubana para seguir la lucha en otras partes del mundo.
Ni que hablar entonces de Trotsky, quien aún hoy pretende ser ignorado y despreciado por numerosos activistas y dirigentes (incluida la primera línea cubana9), luego de que la historia le ha dado cien veces la razón, demostrando la claridad y justeza de sus pronósticos sobre la burocratización y la restauración capitalista. A la luz de los hechos, cobran aún más valor sus críticas a las políticas contrarrevolucionarias del stalinismo como el “socialismo en un solo país”, el “frente popular”, la “revolución por etapas”, o su denuncia sobre la persecución de la izquierda bolchevique (que llevó al exterminio de todo el partido por parte de Stalin, incluyendo el asesinato de Trotsky por un agente soviético en México).
Incluso Lenin, suele ser hoy ninguneado o tergiversado, pues se recuerda de él lo anecdótico, pero se olvidan los criterios más básicos de su doctrina, como es la necesidad de construir un partido revolucionario de la clase obrera para combatir a muerte a la burguesía, hasta la toma del poder y la instauración de un gobierno de los trabajadores que enfrente la resistencia de los capitalistas y garantice la expropiación y socialización de los medios de producción. Sin embargo en su lugar (¡y en su nombre!), se promueven hoy reformas pacíficas y fórmulas de adaptación al capitalismo como lo expresa la idea del “socialismo del siglo XXI”, que es apoyado abiertamente por la dirección cubana y es señalado como el nuevo camino revolucionario, en un nuevo adelanto de que se está pensando en un “socialismo” que permite (y defiende) la propiedad privada, la explotación, y demás miserias capitalistas.
En definitiva, a la luz de las experiencias históricas y con las herramientas que nos ha legado el marxismo, se hace imperioso hacer hoy mismo un balance sobre la situación de Cuba y su futuro. No hablamos de dar “consejos” sobre algo que, en definitiva, definirá el pueblo cubano, sino de la toma de partido sobre cómo y hacia dónde deberemos seguir la larga y dura lucha que tiene la clase obrera por delante para liberarse definitivamente de las cadenas del capitalismo.
La diaria tragedia del capitalismo nos sigue recordando que el socialismo es la única salida que tienen los trabajadores para su liberación. La enorme cantidad de experiencias reformistas que han mostrado su inviabilidad nos remarcan, a su vez, que la revolución es el único camino para alcanzarlo. Por eso, la consigna sigue siendo, como decía el Che: “No hay más cambios que hacer, o revolución socialista, o caricatura de revolución”
NOTAS:
1) Mediante la Enmienda Platt el gobierno de EEUU se reservaba el derecho de intervenir militarmente para mantener el control sobre Cuba. En su texto se deja asentado: “...que los Estados Unidos puedan ejercitar el derecho de intervenir (militarmente) para la conservación de la Independencia cubana...”(art. 3); “Que todos los actos realizados por los Estados Unidos en Cuba, durante su ocupación militar, sean tenidos por válidos, ratificados y que todos los derechos legalmente adquiridos a virtud de ellos, sean mantenidos y protegidos....”(art. 4); “Que para poner en condiciones a los Estados Unidos de mantener la Independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a los Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados...”(art. 7); etc.
2) Algunas de las principales medidas tomadas son: el 17 de mayo de 1959 se firma una Ley de Reforma Agraria, expropiando los latifundios de los terratenientes y distribuyéndolos en cooperativas y granjas. El 13 de octubre de 1960 el Gobierno Revolucionario dicta la Ley 890 que dictamina la ...” nacionalización mediante la expropiación forzosa (sin indemnización) de todas las empresas industriales y comerciales, así como las fábricas, almacenes, depósitos y demás bienes y derechos integrantes de las mismas”. Y la Ley 891 donde “Se declara pública la función bancaria”.
3) Guevara, Ernesto: “Contra el burocratismo”.
4) Como ejemplo podemos recordar un discurso de Fidel Castro en abril de 1965 publicado en la revista Bohemia en esos días: “¿No es justo que demos un premio especial a estos trabajadores que han cortado más de 100.000 arrobas? [...] Soy partidario de ofrecerles para que elijan una de las cosas que desean. ¿Quieren muebles para la casa? ¡Pues bien, muebles para la casa! ¿Nevera, televisor y tantas otras cosas? ¡Pues bien, que reciban por el momento alguna cosa como premio! No se trata de un premio esencialmente material, sino de un premio moral, porque estamos seguros de que así será interpretado por los obreros”.
5) Guevara, Ernesto, “Apuntes críticos a la economía política”.
6) Guevara, Ernesto, “Apuntes críticos a la economía política”.
7) Guevara, Ernesto, ”El socialismo y el hombre en Cuba”.
8) Clarín, Jueves 12 de Junio de 2008.
9) Una honrosa excepción es la militante cubana Celia Hart, que defendió posiciones no aceptadas por la primera plana del PC Cubano, incluyendo una revalorización de la obra y práctica del Che Guevara, un importante rescate del legado de Trotsky al que contrastaba con la actual burocracia cubana, una defensa de la lucha armada y en particular de las FARC en Colombia, etc. Esta dirigente, que había sido expulsada del PC Cubano por sus planteos de izquierda y su explícita reivindicación de Trotsky, murió recientemente en un accidente automovilístico junto a su hermano en Cuba, el 7 de septiembre de este año.
CONTRA EL CAPITALISMO Y EL IMPERIALISMO: DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA Y LAS CONQUISTAS DE LA CLASE OBRERA
La irrupción de la revolución cubana y la edificación de una organización social enfrentada al capitalismo y a muchos de sus principales mecanismos, ha sido un durísimo golpe para la burguesía de todo el mundo y en particular para su centro más importante, EEUU, quienes, desde entonces, la atacan sistemáticamente.
Si para los trabajadores cubanos fue un gran avance haber echado a Batista y su régimen, fue aún muchísimo más importante haber declarado el carácter socialista de la revolución y emprender, a partir de entonces, la construcción de una sociedad sin explotación.
La expropiación de la burguesía local y trasnacional y la organización de la producción por medio de una planificación orientada hacia el bienestar de una sociedad de trabajadores, permitió que el pueblo cubano, que hasta entonces había vivido entre miseria y privaciones, conquiste el acceso a lo inimaginable: garantía de su alimentación, vestido, vivienda y trabajo, plena cobertura de su salud, amplia participación en un completo sistema educativo, desarrollo del deporte, la cultura y de las ciencias... Todos los derechos básicos que antes habían sido privilegio de un puñado de explotadores, pasaron a ser compartidos por el conjunto del pueblo: el trabajador y su familia ahora estaban sanos, tenían techo y comida, vivienda y trabajo, iban a la universidad y participaban activamente de la vida social, cultural e intelectual, que antes era patrimonio exclusivo de la burguesía.
Y si bien el triunfo definitivo de un nuevo proyecto social en Cuba no podía ser decretado ni en los 60 ni ahora (pues es una lucha constante que no tendrá fin mientras no se derrote en el mundo al conjunto de la burguesía y que en Cuba implica un enfrentamiento contra los sectores burocráticos y sus probadas tendencias pro-capitalistas), también es cierto que el ejemplo dado por la revolución cubana, al demostrar la posibilidad de una radical transformación social por medio de la revolución, ha sido siempre motivo de gran preocupación por parte de los capitalistas.
Aún con los límites y retrocesos que se pueden ver en la Cuba de hoy, su revolución no deja de ser ejemplo de todo lo que puede hacer la clase obrera si se quita de encima a los parásitos que en el capitalismo acaparan todas las riquezas de la sociedad, y se orienta por el camino de la planificación para el bienestar del conjunto de los trabajadores.
Por eso es que las críticas y ataques permanentes hacia Cuba no son, obviamente, por los errores, limitaciones o tendencias antiobreras que existen en el proceso revolucionario, sino contra sus grandes aciertos: la expropiación de la burguesía y su propiedad privada, el enfrentamiento al capitalismo, la supresión de la democracia burguesa, la socialización en desmedro del individualismo, la planificación en oposición al mercado...
En nombre de una ficcional “libertad” que no es más que la fachada de la explotación capitalista, la burguesía internacional, con sede principal en EEUU, ha utilizado los más variados mecanismos para derrotar, desgastar o hacer retroceder en forma paulatina las conquistas que la clase obrera cubana ha obtenido con la revolución.
El uso de la violencia directa ha sido recurrente y va desde el fracasado intento de invasión en Bahía de Cochinos, hasta los atentados con bombas, ametrallamientos desde aviones, intentos de asesinatos de líderes políticos, etc. El bloqueo económico se ha sostenido inamovible por casi 50 años, restringiendo seriamente el acceso a bienes fundamentales en la isla. La propaganda mediática procapitalista machaca los oídos de los cubanos empujando al consumismo, idealizando la democracia capitalista y promoviendo la ruptura con los logros de la revolución.
Mientas tanto EEUU, llamado “cuna de la democracia” por los capitalistas, no sólo sostiene el más escandaloso centro de tortura “legal” sobre territorio cubano como es la base de Guantánamo (donde hoy se tortura a la resistencia iraquí), sino que lleva a la cárcel a los revolucionarios cubanos. De hecho el 12 de septiembre de este año se cumplieron ya 10 años desde el encarcelamiento de cinco revolucionarios cubanos en las cárceles de EEUU. Acusándolos por trabajar en la defensa de Cuba frente a los ataques persistentes que EEUU ha reiterado desde el triunfo de la revolución, el gobierno yanqui se ha adjudicado el derecho de juzgar y mantener prisioneros por más de una década a estos cinco militantes de la revolución cubana.
Frente a la constante agresión e intromisión del gobierno yanqui en Cuba y el ataque permanente de los capitalistas del mundo contra las conquistas de los trabajadores cubanos, reclamamos:
Libertad a los cinco revolucionarios cubanos
Fuera yanquis de Cuba
CUBA Y LA POLÍTICA INTERNACIONAL DE FIDEL CASTRO: SEPARAR LA PAJA DEL TRIGO
El Revolucionario Nº17 (Septiembre de 2006)
Mientras el imperialismo presiona para derribar la revolución cubana y se hace más necesario que nunca defender sus conquistas; y cuando en América Latina la abrumadora opresión, la permanencia de la explotación capitalista y la profundización de la dependencia llaman a recoger las lecciones de la revolución cubana del 59; la dirección del estado y el PC cubano encarnada en su máxima figura, Fidel Castro, aparece ante el mundo como una referencia del proyecto de “integración (capitalista) latinoamericana” que dirigen gobiernos entreguistas como Kirchner o Lula y le dice a nuestros pueblos que “la revolución ya no será por las armas sino por las ideas”.
1959
Los revolucionarios que el 1º de enero de 1959 tomaron el poder en Cuba, no sólo se habían conmovido e indignado ante la dependencia y la opresión que postraba a su pueblo, sino que en el camino de su lucha encontraron la única opción posible para darle salida a las injusticias del sistema capitalista que se hacían carne en su suelo: la toma del poder y la instauración del socialismo. Entonces dejaron en claro que sólo con medidas profundas de ruptura con la burguesía y los terratenientes era posible darle al pueblo lo que le era propio: al campesino sus tierras, al obrero sus fábricas, educación, salud, trabajo y vivienda dignas para las nuevas generaciones. La determinación de librar una lucha a fondo contra el estado capitalista, y las medidas de expropiación y planificación socialista, son el centro de la lección que la revolución cubana ha brindado a todos los luchadores del mundo. Son muestras gloriosas de lo que pueden hacer los trabajadores y el pueblo de un país si logran la organización y el programa que los ubique en un combate triunfal frente a la burguesía, la oligarquía y el imperialismo.
Por eso, cuando las organizaciones más comprometidas con la lucha revolucionaria de la clase obrera, como sucedió en nuestro país con el PRT, tomaban el ejemplo de Cuba y sus dirigentes, no lo hacían como un culto a tal o cual líder revolucionario, sino en defensa de un método, la organización político militar que sostenga la dirección de la lucha revolucionaria hasta la toma del poder, y de una estrategia: la instauración del socialismo.
Así lo planteaba el PRT en su IV Congreso (1968):
“En primer lugar el castrismo determina el carácter de la revolución latinoamericana: socialista y antimperialista.
En segundo lugar determina su carácter de clase: campesino obrero y popular. `Las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo –si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola´. (Che Guevara: Mensaje a
En tercer lugar determina el carácter continental de la lucha, pero señalando claramente que dentro de esa estrategia continental debe partirse del desarrollo de las revoluciones nacionales y regionales que si bien son tácticas en relación con la estrategia, constituyen la forma adecuada de comenzar la lucha”.(…)
“La táctica del castrismo para la estrategia continental, es la misma que para su estrategia mundial: `la creación del segundo o tercer Vietnam del mundo´.
Esta, repetimos, es la tarea esencial de los revolucionarios en cada país y región. `Para la mayoría de los países del continente el problema de organizar, iniciar y culminar la lucha armada constituye hoy la tarea inmediata y fundamental del movimiento revolucionario´ (punto 7 del programa de
La forma concreta, política y militar, que adquirirá esta táctica revolucionaria es la de una guerra prolongada…” (…)
“Una cuestión que debe señalarse como parte integrante de la concepción revolucionaria del castrismo, es el planteo de la unidad político-militar de la dirección revolucionaria” (…)
“La tarea de construcción del partido y construcción de la fuerza militar para los verdaderos revolucionarios, van indisolublemente ligadas.”
Esta toma de posición de aquellos compañeros revolucionarios que en nuestro país se organizaban para lograr también aquí un gobierno obrero y socialista, se veía estimulada por el apoyo de la dirección cubana al movimiento revolucionario continental, lo que implicaba apoyo material y una defensa política del proceso de lucha para la toma del poder y el derrocamiento de la burguesía.
El más alto y consecuente ejemplo de la revolución latinoamericana, el Comandante Che Guevara, llevó hasta el final de su vida esta perspectiva, promoviendo la revolución en cada rincón del mundo y sentenciando: “No hay más cambios que hacer: o Revolución Socialista o caricatura de revolución” (Crear dos, tres... muchos Vietnam es la consigna”). Y el mismo Fidel Castro por ese entonces dejaba asentando en su prólogo al diario del Che en Bolivia:
“Si frente al cuadro de esta situación real e incuestionable, que decisivamente afecta el destino de nuestros pueblos, algún liberal o reformista burgués, o seudo revolucionario charlatán, incapaz de la acción, tiene una respuesta que no sea una profunda y urgente transformación revolucionaria que pueda hacer acopio de todas las fuerzas morales, materiales y humanas de esta parte del mundo para lanzarlas hacia adelante, para recuperar el atraso económico y científico-técnico de siglos, cada vez mayor, con el mundo industrializado, del que somos tributarios y lo seremos cada vez más, y en especial de Estados Unidos; y, además de la fórmula, el camino mágico de llevarla a cabo, diferente a la concebida por el Che, que barra oligarquías, déspotas, politicastros, es decir: criados, y a monopolios yanquis, es decir: amos, y lo haga con toda la urgencia que las circunstancias requieren, que levante entonces la mano para impugnar al Che”. (...)
“Los revolucionarios de hoy tienen por enemigo al baluarte más poderoso del campo imperialista, equipado con la técnica y la industria más moderna. Este enemigo no sólo organizó y equipó de nuevo un ejército en Bolivia, donde el pueblo había destruido la anterior fuerza represiva y le brindó inmediatamente el auxilio de sus armas y asistentes militares para la lucha contra la guerrilla, sino que brinda su aporte militar y técnico en la misma medida a todas las fuerzas represivas de este continente. Y cuando no bastan esas medidas interviene directamente con sus tropas, como lo hizo en Santo Domingo.
Para luchar contra ese enemigo se requiere el tipo de revolucionarios y de hombres de que habló el Che. Sin ese tipo de revolucionarios y de hombres, dispuestos a hacer lo que ellos hicieron; sin el ánimo de enfrentarse a enormes obstáculos que ellos tuvieron; sin la decisión de morir que a ellos los acompañó en todo instante, sin la convicción profunda de la justicia de su causa y la fe inconmovible en la fuerza invencible de los pueblos que ellos albergaron, frente a un poder como el imperialismo yanqui, cuyos recursos militares, técnicos y económicos se hacen sentir en todo el mundo, la liberación de los pueblos de este continente no sería alcanzada”. (...)
“Para no luchar habrá siempre sobrados pretextos en todas las épocas y en todas las circunstancias, pero será el único camino de no obtener jamás la libertad”.
2006
Decía Evo Morales en un reportaje publicado por el diario kirchnerista Página/12: “Fidel me llama, me abraza, me conversa, me orienta”, y pasaba a relatar los consejos del líder cubano: “No hagan lo que nosotros hemos hecho –refiriéndose a la lucha armada para liberar a Cuba–, hagan una revolución democrática. Estamos en otro tiempo, la gente quiere transformaciones profundas, pero no quiere guerras”. Y remataba: “Tienes ahí a Lula, a Kirchner, a Chávez, a Cuba; nosotros no teníamos nada de eso...”.
No es una novedad que este es el planteo político que tiene la dirección cubana. El discurso de Fidel Castro tiene un eje central desde hace tiempo: la revolución debe ser pacífica y moderada, gradual y democrática. Por ello pregona permanentemente que “la revolución ya no será por las armas sino por las ideas”, como lo remarcó una vez más y ante miles de seguidores en el cierre de
En nuestro país esas tesis democráticas y pacifistas ya habían sido planteadas en el discurso que el líder cubano dio en el 2003 en
Evidentemente, y por más que sea contradictorio con su propia experiencia, el planteo político y público de Fidel Castro es que la lucha revolucionaria por el poder obrero y la instauración de un gobierno que emprenda medidas de corte socialista, son tareas que han quedado en la historia, como parte del pasado. Y es patente en esto la influencia de la ideología burguesa que tras la caída del muro de Berlín ha declarado con Fukuyama “el fin de la ideologías”, y de los “postmarxistas” que con ellos se arrepintieron, cuestionado la existencia de la clase obrera como sujeto revolucionario (Tony Negri) y decretando que ya no es posible la toma del poder y el derrocamiento violento de la burguesía (Holloway), con lo que marcan un camino de derrota y sometimiento para el conjunto de los explotados y oprimidos del mundo.
Sólo en este marco es comprensible entonces su apoyo total al proceso capitalista llevado adelante en Venezuela y su defensa irrestricta de Hugo Chávez, a quien está preparando como figura de recambio para la dirección del movimiento latinoamericano que aún se mantiene en sus filas. “Veo con alegría el impulso hacia la integración de América Latina, en la que Venezuela será un ejemplo de lo que se puede hacer”, decía en un reportaje realizado por el diputado kirchnerista Miguel Bonasso publicado en página/12. Explicaba entonces: “Chávez ha ido creando un modelo indestructible. No es portador de un socialismo extremo, sino realista”. “Además –agregó– ha prometido realizar todos los cambios democráticamente, consultando al pueblo. No es extremista. Ha prometido cooperar con las capas medias y el respeto y la colaboración con las empresas privadas que acaten los principios de la revolución”.
Y en sintonía con su defensa de los cambios “democráticos” y “no extremistas”, Fidel Castro ha demostrado en todos estos años ser un asiduo defensor de los gobiernos burgueses que se autotitulan “progresistas”. Cuando en el 2003 en
Parte integrante de este proyecto de “transformación democrática” son los encuentros, cumbres y foros auspiciados por los gobiernos de Cuba y Venezuela, en donde se promueve que la organización popular sea encarrilada tras los proyectos burgueses de gobiernos capitalistas como el de Chávez, Morales, Kirchner o Lula da Silva.
Así, por ejemplo, la última Cumbre de los Pueblos realizada en Córdoba, donde Fidel Castro fue la figura principal, tenía como planteo central subordinar el movimiento popular a las instituciones y poderes estatales que dirige la burguesía, con el fin de avanzar hacia una “humanización” del capitalismo, con la imposible pretensión de “redistribuir” las riquezas en el marco del sistema actual. Por ello planteaba: “Avanzar en la construcción de instituciones y mecanismos de integración de los Pueblos con la participación ciudadana democrática y solidaria, ejercitando nuestro derecho a conocer y controlar los actos de gobierno”, “Bregar por la democratización de la sociedad en su conjunto”, reclamando “la incorporación de mecanismos de participación popular en la designación de los magistrados y por la democratización de las relaciones laborales en la justicia” y planteando la “generación de alternativas de soberanía e independencia financiera, incluyendo la implementación de sistemas tributarios progresivos”, para afirmar así como eje central un “NO a la desigualdad del hambre y la pobreza, SI a la distribución de la riqueza”.
Como podrá advertirse el parecido con los planteos reformistas locales (repetidos a nivel global) no es una mera coincidencia. Es justamente por el acuerdo que existe en su programa político basado en la imposible pero pretendida “humanización” del capitalismo, que numerosos sectores confluyen en el marco de estas cumbres, foros y encuentros y son apoyados directamente por el estado y la dirección política de Cuba. Así, el apoyo que Fidel Castro le otorga a gobiernos capitalistas como el de Venezuela o el de Bolivia (por no hablar de los que son directamente pro imperialistas como sucede con Kirchner, Lula o Tabaré), que se traduce en envío de médicos, programas de asistencia sanitaria o de alfabetización, y sobre todas las cosas, en un claro apoyo político; tiene su correlato también en la vida política nacional, donde numerosas organizaciones reformistas o directamente kirchneristas encuentran su base de apoyo en el gobierno cubano. Sucede con el PC y su infinidad de desprendimientos y subsidiarios, con las organizaciones kirchneristas como Barrios de Pie,
Por más lamentable que pueda ser, la figura de Fidel Castro aparece como un apoyo para el gobierno hambreador y cipayo de Kirchner, y la reproducción de su figura y sus planteos en afiches, banderas, discursos y consignas kirchneristas no es resultado de la pura imaginación de estos sectores progubernamentales, sino fruto de una realidad bien palpable, en la que Fidel Castro aparece una y otra vez, como lo hizo ahora en el MERCOSUR, apoyando y dando letra a los gobiernos capitalistas de América Latina.
47 años
Evidentemente existe una distancia abismal entre un Fidel Castro que ha encabezado la lucha armada para la toma del poder y que ha dirigido reformas profundas que implicaron la expropiación de las clases ricas de la isla y del imperialismo, y otro Fidel Castro que hoy rechaza de plano su propia experiencia, defendiendo “la democracia” en general y pregonando la vía pacífica para la transformación social. En gran medida la extrema sorpresa que causa a quienes ven esta realidad o la negación caprichosa de los hechos que aún muchos pretenden sostener es producto de la falta de una mirada seria y crítica frente al desarrollo de la revolución cubana durante estos más de 40 años y del rol que ha jugado su dirección no sólo en función del proceso interno de la isla, sino también en relación con la lucha revolucionaria en el resto de los países del mundo, y particularmente en América Latina.
Porque si bien es cierto que nunca el gobierno de Cuba había llegado tan lejos en su defensa de la democracia y de la paz entre las clases, también es necesario recordar que ha existido una larga historia de intervenciones de Fidel Castro y su partido que han estado muy lejos de contribuir a la lucha revolucionaria de los pueblos latinoamericanos por el poder.
La presión del stalinismo soviético es central en este respecto. Este aliado de Cuba, que con Breznev había viajado a la isla en 1969 para poner límite al ejemplar internacionalismo proletario que desarrollaban, sentenciando entonces que “la revolución no es artículo de exportación”, impulsaría un viraje en la política exterior cubana para que se abandone todo apoyo a las organizaciones revolucionarias (como sí se había planteado
Evidente y lamentablemente, el partido comunista cubano ha sacado una conclusión: en estos tiempos la revolución y el socialismo ya no están a la orden del día.
Con este norte Fidel Castro apoyó de lleno al gobierno de Allende y su frente popular en Chile, llamando a sus partidarios a cuadrarse bajo la dirección de los partidos socialdemócratas o liberales, y difundiendo una consigna muy alejada de su propia experiencia que era en si misma un rechazo al planteo de armamento popular para enfrentar a la burguesía y el imperialismo (que luego perpetraron el golpe militar), y una defensa del inviable camino pacífico y democrático al socialismo: “todos los caminos son buenos caminos”.
También en nuestro propio país, cuando la burguesía intentó poner freno a la lucha obrera y popular que crecía aceleradamente a principios de la década del 70 y llamó para ello a la única figura capaz de “poner orden”: el General Perón, dando lugar entonces al gobierno peronista de Cámpora; el apoyo de Fidel Castro al autodenominado “gobierno popular” fue un golpe para las organizaciones revolucionarias. El peronismo que pronto masacraría en Ezeiza y conformaría las AAA se vio entonces fortalecido por el apoyo de la dirección cubana y de quienes siguieron su ejemplo y dejó en absoluta soledad a quienes alertaron sobre el carácter continuista (capitalista) y luego reaccionario de los flamantes gobiernos peronistas. El PRT que ya a esta altura estaba muy vinculado con el PC cubano, se vio empujado a una fuerte ruptura con la dirección de la isla para poder sostener su posición de principios y defender la continuidad de la lucha revolucionaria por el socialismo, aún frente a los gobiernos “progresistas” del capitalismo autóctono. La carta “Por qué el ERP no dejará de combatir. Respuesta al Presidente Cámpora” es expresión de esta importantísima posición de principios revolucionarios: “Ud. Presidente Cámpora, pide a la guerrilla una tregua. La experiencia nos indica que no puede haber tregua con los enemigos de la patria, con los explotadores, con el Ejército opresor y las empresas imperialistas expoliadoras. Que detener o disminuir la lucha es permitirles reorganizarse y pasar a la ofensiva”.
Ya entrados los años 80 la dirección cubana intervino en los procesos revolucionarios de El Salvador y Nicaragua con el planteo de la “pacificación”, apoyando de lleno al grupo Contadora y exigiendo el desarme no sólo de la represión sostenida directamente por el imperialismo yanqui, sino también de las organizaciones armadas del pueblo. Esto se hacía en el marco de una guerra abierta por el poder que en El Salvador ubicaba a las organizaciones a escasos kilómetros de la capital luego de una importante ofensiva revolucionaria, y que en Nicaragua ya había derivado en la conformación de un gobierno revolucionario que se encontraba en guerra civil frente a la contrarrevolución digitada por EEUU. En ambos casos todo el esfuerzo de la dirección cubana estuvo puesto, no en la defensa de la revolución, sus principios y la necesidad de su profundización para una completa ruptura con las clases dominantes, sino en la defensa de valores “generales” como la “democracia” o la “paz”, cuyo resultado fue el desarme de los insurgentes, el aplastamiento de las organizaciones revolucionarias en El Salvador y la “democratización” de la revolución sandinista ya triunfante, que con su proceso de “paz” y “democracia” se orientó hacia la reconstrucción de una república parlamentaria burguesa, donde, como está a la vista de todos, los ricos gobiernan y los pobres son hoy cada día más pobres, siendo, después de Haití, el país más pobre de Latinoamérica.
Un momento central en este camino progresivo de abandono de las posiciones históricas de la revolución cubana y de creciente defensa de la democracia, es el posicionamiento público de Fidel Castro en 1997 en contra de la lucha armada en referencia al combate de las FARC, lo que significa una gravísima contribución al aislamiento y derrota de la guerrilla colombiana. Más que lamentable es por cierto esta condena pública a la lucha revolucionaria por el poder a la que bien caben las palabras que el propio Fidel Castro escribió en su prólogo al Diario del Che en Bolivia: “La solidaridad con el movimiento revolucionario puede ser tomada como pretexto, pero nunca será la causa de las agresiones yanquis. Negar la solidaridad para negar el pretexto es ridícula política de avestruz, que nada tiene que ver con el carácter internacionalista de las revoluciones sociales contemporáneas. Dejar de solidarizarse con el movimiento revolucionario no es negarle un pretexto sino solidarizarse de hecho con el imperialismo yanqui y su política de dominio y esclavización del mundo”.
Lamentablemente, como dice Heinz Dietrich (un afamado apologista del chavismo y la burguesía nacional) para mostrar el apoyo con el que cuenta su propuesta democrática y pacifista, es indudable que para la dirección cubana “…el tiempo de la lucha armada revolucionaria y de los gobiernos de obreros-campesinos ha quedado en el pasado. Los comentarios de Fidel referentes a las FARC han sido muy claros…”
Desde entonces, Fidel Castro ya no sólo ha dejado de posicionarse y de respaldar la lucha revolucionaria, sino que directamente ha pasado a tomar una posición condenatoria de las acciones armadas que son parte de la pelea contra las clases dominantes. Con este perfil, ha entrado incluso en el circo imperialista de condena al “terrorismo” en general, como si esa categoría pudiera ser planteada en abstracto sin atender a las condiciones de la lucha que llevan adelante los pueblos y sus organizaciones frente al imperialismo, y descuidando que la pretendida “lucha contra el terrorismo” es una ofensiva imperialista para voltear a todas las organizaciones que se alzan contra la opresión y la explotación en el conjunto del mundo: en Irak, en Palestina, en Colombia... y también en Cuba.
Por supuesto que este breve racconto de posicionamientos centrales para la lucha revolucionaria de nuestros pueblos, no significa en lo más mínimo que este haya sido (y esté siendo) un proceso lineal, sin contradicciones ni ambigüedades. Muy por el contrario, la misma dirección cubana que planteaba apoyar al último gobierno peronista o que promovió la entrega de las armas en la revolución nicaragüense, fue también quién asiló a muchos compañeros, apoyó política y materialmente a diversas organizaciones (incluyendo entrenamientos en la isla) e hizo enormes aportes internacionalistas a las luchas de liberación, como sucedió en el Congo o en Angola, donde numerosos soldados cubanos entregaron su vida por la revolución.
Estos hechos ejemplares, que han promovido el apoyo a la dirección cubana por parte de muchos militantes revolucionarios, son muestra de las contradicciones que han caracterizado al régimen de Fidel Castro, pero no pueden ser una traba para visualizar la orientación cada vez más nítidamente reformista que éste ha asumido.
La torpeza en el análisis de quienes han querido ver en la dirección castrista una suerte de reproducción mecánica del stalinismo soviético transpolada al país caribeño, ha impedido el acercamiento a un entendimiento certero del proceso revolucionario vivido en la isla, e incluso ha contribuido a que en el campo de los que somos defensores de la revolución cubana sea más difícil aún la critica a una dirección cada vez más adaptada a las imposiciones del capital.
Por otra parte, quienes se han mantenido en el camino de la obsecuencia y se han negado siempre a la crítica y autocrítica con una serie de excusas absolutamente formales, quienes han hecho un culto de la personalidad de Fidel Castro a costa incluso de olvidar las más profundas convicciones revolucionarias, han ido cayendo, uno a uno, en las trampas que tiende la burguesía a cada paso, de la mano de organizaciones y hasta gobiernos “progresistas” que hoy son apoyados por la dirección cubana. Todas las explicaciones que intentan mostrar a la actual orientación de la dirección cubana como una necesidad táctica, diplomática, o de supervivencia, olvidan que lo que hace su líder Fidel Castro ahora no es no pronunciarse en favor de tal o cual movimiento revolucionario y dedicarse a resolver las necesidades internas de su pueblo, sino condenar abiertamente la lucha revolucionaria, apoyar los gobiernos burgueses que van desde el populista Chávez hasta el liberal Lula Da Silva, e intervenir con todas sus fuerzas en defensa de la reforma, dirigiendo encuentros y foros mundiales que se proponen encarrilar al movimiento popular tras el camino de la paz y la democracia capitalistas.
La obsecuencia frente al líder cubano está haciendo muchísimo daño en cada uno de nuestros países, pues significa un freno concreto a las tareas revolucionarias, y lo es incluso para el desarrollo de la revolución cubana en la medida en que el mayor apoyo que Cuba podría tener, es decir el triunfo de nuevos gobiernos socialistas en América y el mundo, está siendo frenado por la convocatoria castrista a la reforma pacífica. Ya bastante claridad ha dado a los revolucionarios la política de coexistencia pacífica que promovió la dirección de
Muy por el contrario las tareas de la revolución siguen tanto y más planteadas que en aquel enero del 59, puesto que el sistema capitalista no ha sido derrotado y el sufrimiento de nuestros pueblos se acrecienta permanentemente. Parte integral de esa lucha es defender las posiciones conquistadas, rechazando los intentos de invasión yanqui en Cuba y defendiendo incondicionalmente esa revolución no sólo frente a las botas imperiales, sino también contra todo tipo de intento de restauración capitalista, venga de la mano de los burócratas o de las presiones de la gusanera de Miami. Pero sabemos bien que la revolución para no retroceder debe seguir avanzando y esa es tarea nuestra, de los revolucionarios de hoy, que tomando el ejemplo de tantos compañeros que han dado todo por la revolución, entre ellos el de la experiencia cubana del 59 y el eterno ejemplo del Che, nos organizamos para conquistar el poder y extender el socialismo en nuestra tierra. No cabe duda que hay una tarea urgente para todos nosotros: la tarea de los revolucionarios es hacer la revolución.