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Ernesto Che Guevara: Marxismo, revolución y hombre nuevo


1967 - 8 de octubre – 2011.

El Che Guevara tuvo un compromiso práctico, político y teórico con la revolución socialista. Su lucha incansable por el triunfo y desarrollo de la revolución, que hoy recordamos a 44 años de su caída en combate, estuvo acompañada siempre por el estudio y la lectura crítica de la realidad en base al aporte del marxismo, lo que lo constituye en un vivo ejemplo de praxis revolucionaria.

Ernesto Guevara, antes aún de ser el Che dentro del Movimiento 26 de Julio que impulsaría la lucha por el poder en Cuba, era ya un asiduo interesado por el marxismo. Principalmente a partir de 1954, en su estancia en Guatemala y luego en México, el Che se formó afanosamente en las obras de Marx, estudiando con detenimiento El Capital y pasando revista a obras del Marx más joven, de Engels y de Lenin, entre otros.
Ya involucrado por completo con “San Carlos” (como llamaba a Marx en las cartas a su familia); su interés, conocimiento y valoración sobre el particular lo convirtieron en el responsable de impartir la formación de marxismo a los jóvenes del M26 en México a partir de 1955. Sus definiciones se harían notar pronto. No sólo sería el responsable de incorporar las obras marxistas a la biblioteca del grupo revolucionario, allanada por la represión mexicana, sino que entonces sería también el último en salir de la cárcel, agravando su situación por su enfática defensa de su carácter comunista y revolucionario.
Como es evidente, su abordaje del marxismo no era un asunto de escritorio, sino que consistía en una reflexión política profunda para guiar la acción revolucionaria. Así, para ser consecuente con su pensamiento marxista, el Che se involucra de lleno en el grupo de revolucionarios que partirá a Cuba en el yate Granma a luchar por la toma del poder, alcanzada finalmente en enero de 1959. En ese sentido el Che se presenta como clara expresión del concepto de praxis, eje central del marxismo, sosteniendo la necesaria interrelación dialéctica entre la teoría y la práctica, entre la reflexión conciente y la acción revolucionaria.
Sus agudas definiciones políticas lo destacan, no sólo para las agencias de inteligencia, que lo consideran uno de los agentes del comunismo en el seno del M26, sino también en el mismo movimiento revolucionario, donde sus posiciones contrastan con las de los sectores nacionalistas y más conciliadores de los combatientes, que rechazan la orientación socialista de la revolución.
En base a estos principios, el Che será un dirigente ejemplar de la lucha revolucionaria para la toma del poder primero, y para la organización de la nueva sociedad después. Esto último se verá ya con la disposición de las primeras normativas para la reforma agraria aún en el marco de la guerra revolucionaria, y luego de tomado el poder, con su posicionamiento por la profundización del proceso de transformación, impulsando las expropiaciones, la socialización de la economía y la participación activa y conciente de la clase obrera y el pueblo de Cuba en la construcción del socialismo.
La significación que tuvo el marxismo para el Che, como una herramienta central para pensar y desarrollar la revolución, se hizo patente en los años 1963-1964, en el marco del llamado “gran debate” económico. Entonces, el Che, devenido en ministro de industrias de Cuba, fue la figura central de una polémica sobre las características que debía asumir la organización de la sociedad, en la que se enfrentó abiertamente con los cuadros que asumían las posiciones más ortodoxas del marxismo estructuralista y stalinista, poniendo en evidencia tanto las limitaciones conceptuales como el carácter conservador de las propuestas que éstos sostenían.
El debate se centraba en la discusión sobre cuál era la forma más adecuada de organizar la economía en el proceso de transformación revolucionaria. Pero traía aparejadas concepciones más profundas sobre la significación de la participación conciente de la clase obrera en la construcción del socialismo, y sobre las características del proceso histórico y la dinámica revolucionaria.
En este marco, el Che profundizó el estudio y el balance sobre el marxismo, recuperando los aportes de los primeros textos de Marx (especialmente los Manuscritos y el problema de la alienación) mientras sostenía una lectura intensa de El Capital. Sus definiciones lo hicieron sobresalir, sobre el transfondo de un debate desarrollado por esos años entre lecturas estructuralistas y humanistas del marxismo. En contraste con las posiciones de los manuales soviéticos (que pronto el Che se encargará de criticar directamente) y del estructuralismo de Althusser, para quienes el socialismo y el comunismo se presentaban como expresión natural y mecánica de un proceso evolutivo de fuerzas objetivas, el Che destaca el papel central del hombre como actor conciente de la historia, y con él, el de la lucha de clases, para imponer transformaciones sociales en un marco objetivo dado. Es decir, reconociendo los condicionamientos materiales de las estructuras económico sociales, revaloriza la centralidad de la acción conciente y organizada que permite el avance de la revolución.
Mientras el “socialismo real” soviético que se adjudicaba ser el centro doctrinario del marxismo (y que tenía una importante influencia sobre la dirigencia cubana, principalmente la proveniente del PSP) se había transformado en una sociedad que no daba lugar a la participación activa y conciente de la clase obrera, el planteo guevarista se orientaba exactamente en el sentido contrario: “Nosotros no concebimos el comunismo –decía- como la suma mecánica de bienes de consumo en una sociedad dada, sino el resultado de un acto conciente, de allí la importancia de la educación y, por ende, del trabajo sobre la conciencia de los individuos en el marco de una sociedad en pleno desarrollo material”.
De ahí su impulso práctico para el compromiso militante con la revolución, a través de la educación, del trabajo voluntario, de la conducta ejemplar de los dirigentes. Y de ahí también su concepción revolucionaria de absoluta raigambre marxista, que va mucho más allá del problema de la distribución material de bienes, y que en cambio, con esa base material, se plantea e impulsa la liberación del hombre de su enajenación, forjando un “hombre nuevo” conciente de su participación activa y solidaria en una nueva sociedad sin explotación.
En consonancia con este criterio, encontramos su ratificación de la acción práctica, su perseverancia en dar impulso a nuevas experiencias revolucionarias las cuales, más allá del limite objetivo que significó la adopción de un método inviable, estaban dando cuenta de su vocación internacionalista y de su compromiso con el marxismo concebido no como teoría pura sino como praxis. En ese intento siempre renovado por forjar (y forjarse) un hombre integral, el Che sigue profundizando su estudio del marxismo, incluso recuperando a autores concebidos como “herejes” por la literatura oficial soviética como Lukács o Trotsky, cuyas notas plasmó en sus cuadernos de lectura en Bolivia, algo que hacía al tiempo que sostenía su lucha para la extensión de la revolución.
Así, en esa búsqueda permanente de una coherencia entre la teoría y la práctica, profundizando el análisis marxista y desarrollando el combate contra la explotación, el Che se nos presenta como uno de los más altos ejemplos de praxis revolucionaria. A 44 años de su caída en combate, su ejemplo nos marca un camino para avanzar en la organización y la lucha para la revolución socialista.
¡Hasta la victoria siempre!

14 de junio: Che Guevara, el revolucionario

El 14 de junio de 1928 nació, en Rosario, Ernesto Guevara, el Che. Su entrega y compromiso revolucionario lo llevaron a ocupar un lugar central en la lucha por la toma del poder y en la construcción del socialismo en Cuba, a participar en otras luchas revolucionarias en África y América Latina, y a convertirse en un claro exponente de la vía revolucionaria para alcanzar el socialismo. Hoy, su ejemplo nos señala el camino de la revolución.


Cuando el Che comenzó a ser una figura reconocida en el continente y el mundo por su práctica revolucionaria, la orientación más habitual en la izquierda y el movimiento popular distaba mucho de sus concepciones revolucionarias. Por el contrario, estaba dominada por el reformismo y el populismo.

Entonces, el campo de la izquierda estaba, en gran medida, influenciado por el stalinismo. La política promovida por el PC de la URSS, seguida al pie de la letra por la mayoría de los PC latinoamericanos, era abiertamente reformista: mantenerse en el marco del sistema político y social dominante, la democracia burguesa, haciendo eje en la participación electoral. Para los representantes de esa corriente la palabra “revolución” era un latiguillo o una idea vaga, y nada tenía que ver con una práctica concreta de organización y lucha para la toma del poder. Eso implicaría romper la paz y la estabilidad de la convivencia democrática con la que estaban comprometidos. Con esta práctica, los PC llegaban incluso a sumarse a coaliciones abiertamente reaccionarias, como sucedió con la Unión Democrática de 1945 en nuestro país.

A su vez el ascenso de corrientes y gobiernos populistas en distintos países latinoamericanos, había llevado a que varios grupos provenientes de la izquierda, en su intento de acercase a sectores populares, se incorporaran directamente a estas corrientes de la burguesía. Así, por ejemplo, atrás del peronismo argentino se encolumnó abiertamente la llamada “izquierda nacional” de Abelardo Ramos, mientras otros grupos, como el de Nahuel Moreno, intentaban el “entrismo”, poniéndose “Bajo la disciplina del General Perón”.

De esta forma, las dos opciones predominantes para la izquierda o las organizaciones populares eran, o bien el apoyo al populismo y sus movimientos o gobiernos que planteaban reformas sociales dentro del capitalismo, es decir, sin combatir a la burguesía y su sistema de explotación; o bien el reformismo, que hablaba de socialismo, pero estaba integrado en la práctica a la dinámica de la democracia burguesa y su sistema electoral, y que no planteaba impulsar un proceso revolucionario para la toma del poder.

En contraposición a estas dos tendencias, luego de la revolución cubana y con la importante influencia del Che, en América Latina cobraron protagonismo militantes y organizaciones que reconocían la vía revolucionaria para la toma del poder, retomando así las más importantes tradiciones de la izquierda (como la bolchevique) y aprendiendo de la experiencia práctica de los combates por el poder en Cuba, como base para alcanzar una verdadera transformación social. En nuestro país, el PRT fue la expresión más importante de esta tendencia que se planteó impulsar la lucha revolucionaria para alcanzar el socialismo.

La influencia del Che fue central para dar lugar al desarrollo de esas experiencias que intentaron abrir un camino revolucionario, rompiendo con las tradiciones de adaptación al sistema impulsadas por el populismo y el reformismo.

Por una parte, porque el Che fue un enemigo abierto de cualquier posibilidad de contemporizar con la burguesía. Como diría en su célebre “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, cerrándole la puerta a todos aquellos que planteaban instancias de conciliación con sectores de las clases dominantes: “las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo (si alguna vez la tuvieron) y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución”(1). Por supuesto, como era habitual en el Che, esa no era una mera posición política, sino que era expresión de su práctica revolucionaria. Así, el Che dedicará su vida y morirá luchando contra el capitalismo. Y en cuanto alcanzó el poder, como sucedió en Cuba, fue un actor central en el proceso de expropiación de la burguesía y en la organización de la sociedad socialista a partir de la centralización económica y el impulso de la educación y la moral socialista de un “hombre nuevo”.

A su vez, el Che enfrentó a aquellos que buscaban orientar su práctica por la vía reformista e institucional y rehuían de la lucha revolucionaria por el poder. Era tajante al señalar que la lucha obrera y popular no tenía sentido si se limitaba a la búsqueda de reformas al interior del capitalismo, a conseguir la democracia o a ampliar sus atributos: “Luchar solamente por conseguir la restauración de cierta legalidad burguesa sin plantearse, en cambio, el problema del poder revolucionario, es luchar por retornar a cierto orden dictatorial preestablecido por las clases sociales dominantes: es, en todo caso, luchar por el establecimiento de unos grilletes que tengan en su punta una bola menos pesada para el presidiario”.(2)

Es patente que el pensamiento del Che tiene plena vigencia y es preciso recuperarlo para poder avanzar hacia una verdadera transformación revolucionaria.

De hecho, hoy, mientras la burguesía impone su política, muchas veces las tendencias que se pretenden alternativas siguen atadas a las mismas variantes de las que hablábamos más arriba. Unos, encandilados con corrientes y gobiernos que prometen “humanizar” al capitalismo y que, en ese camino, no se plantean combatir a la burguesía. Allí vemos desde chavistas hasta kirchneristas. Otros, aunque hablan del socialismo, están muy lejos de buscar la revolución (¡algunos hasta condenan la violencia popular!) y en cambio se entusiasman sobremanera con el electoralismo, impulsando la participación en lo que hoy constituye un recurso para la legitimación de los partidos de gobierno, y llevando a su militancia a gastar enormes esfuerzos en una vía muerta.

Es patente, decíamos, que el pensamiento y el ejemplo del Che tienen plena vigencia. Es claro, entonces, que es urgente desarrollar esa corriente política que, siguiendo al Che, plantee el impulso de la revolución socialista. Para eso es central avanzar en los niveles de organización: desarrollar las instancias de lucha y nucleamiento en los distintos ámbitos de intervención reivindicativa, y, sobre todo, fortalecer las instancias de organización política, para poder conformar un partido cuyo eje sea el impulso de la revolución socialista en Argentina. Es el mejor y más necesario homenaje que podemos hacerle al Che y su gran ejemplo revolucionario.




Notas:

1) “Crear dos, tres... muchos Vietnam es la consigna”, 1967.

2) “Guerra de guerrillas: un método”, 1963.

Luchamos por una sociedad nueva y un hombre nuevo

“...el hombre es capaz de forjar un destino cada vez más humano; es decir, un destino en el que el hombre no explote a otro hombre, en el que el hombre pueda aplicar el grueso de su capacidad creadora no a luchar contra otros hombres para comer y vestirse, sino crear una vida más llena de confort y belleza, de solidaridad y libertad, es decir, una vida más propiamente humana.”
Milcíades Peña, Introducción al pensamiento de Karl Marx

Bajo el capitalismo, los trabajadores estamos sometidos doblemente.
En primer lugar, porque, por medio de la explotación, la clase de los capitalistas acaba por quedarse con el grueso de lo que producimos con nuestro trabajo, dejándonos a nosotros sólo las migajas. Así se sigue profundizando la gigantesca desigualdad económica y social que existe entre las clases. Por una parte la burguesía, la clase de los empresarios, los banqueros, los terratenientes y sus socios de la política y el estado, los que son dueños de todo, se enriquece a nuestra costa. Por la otra, los trabajadores seguimos poniendo el lomo diariamente a cambio de salarios que apenas si alcanzan para vivir, viendo cómo muchos de nuestros hermanos se hunden en la miseria más lamentable.
Pero además, la lógica del capitalismo, no sólo repercute en nuestros bolsillos, sino en el centro mismo de nuestras vidas.
El trabajo, que debería servir para que toda nuestra sociedad esté mejor, se nos presenta en la vida cotidiana como un lugar ajeno y desagradable, pues sabemos que no será nuestro pueblo el que se beneficiará con nuestro esfuerzo. Y además, como para los patrones somos una simple mercancía que les da ganancia, es habitual que nos tengan en condiciones de trabajo absolutamente indignas.
Al mismo tiempo, a cada paso, por ejemplo para conseguir trabajo y sobrevivir en él, nos inculcan la lógica de la competencia permanente que refuerza el individualismo y es contraria a la solidaridad. Se nos plantea la exigencia de desplazar a nuestrso hermanos de clase, como requisito para tener un lugar en donde ser explotados y conseguir nuestro lamentable salario. Y esa mecánica de la competencia, que estimula la búsqueda del éxito individual en contraposición con la solidaridad, atraviesa gran parte de la vida social. En gran medida la misma educación está marcada por estos criterios de la competencia y del éxito individual.
A su vez, es habitual que muchos de los deseos y satisfacciones estén atravesados por el impacto del mercado y la propaganda capitalistas que llevan al consumismo. Como mecanismo para seguir obteniendo ganancias, los empresarios inventan siempre nuevas cosas para vendernos, estimulando que consumamos sin parar sus productos. Vemos así, por ejemplo, la multiplicación por millones de marcas y variaciones insólitas en productos de consumo, el “invento” incesante de cosas inútiles, o el despliegue de programas de televisión en donde se difunden esos valores de la competencia y el consumismo.
De este modo, bajo el capitalismo los trabajadores, sufrimos al mismo tiempo las consecuencias económicas de la explotación, que nos ubican en el otro polo de la vida de lujos de los capitalistas, y nos vemos también empapados de capitalismo en el resto de nuestra vida, estimulados a caer en la competencia, el individualismo y el consumismo.
Es por eso que quienes nos organizamos para acabar con los lastres de este sistema, lo hacemos planteando la lucha por una nueva sociedad que no sea sólo “equitativa”, sino también humana y solidaria, el socialismo. Peleamos para vivir en condiciones materiales dignas, pero también para poder pensar y vivir libremente, desprendidos de los condicionamientos perversos e inhumanos del capitalismo, para conformarnos como seres humanos plenos, con posibilidades de desarrollar nuestra capacidad de pensar, de crear y de relacionarnos en forma solidaria y fraterna.
Esa sociedad tiene, necesariamente, que sostenerse sobre nuevas relaciones económicas y sociales, para lo que es imprescindible expropiar a los capitalistas para hacer que lo que producimos todos los trabajadores sea realmente de todo nuestro pueblo. Por eso la lucha revolucionaria por el socialismo, es una lucha contra el capital en su conjunto y contra el estado que lo administra y defiende, para conquistar un gobierno de los trabajadores.
Sobre esa base material el socialismo plantea, como tan claramente nos lo señaló el Che Guevara, la necesidad de forjar un hombre nuevo que se apropie de los valores humanistas de solidaridad entre todos los hermanos de clase.
Seis años después del triunfo de la revolución cubana, habiendo ya expropiado a la burguesía y el imperialismo, habiendo distribuido las tierras y las casas y promovido la formación por medio de una contundente campaña de alfabetización, el Che Guevara escribió un texto muy importante, “El socialismo y el hombre en Cuba”, en el que señala esta necesidad de desarrollar el socialismo, entendiéndolo como una tarea integral de la que forman parte la socialización de la economía y la conformación de un hombre nuevo. Allí, el más grande dirigente de la revolución latinoamericana nos decía:
“Los medios de producción pertenecen a la sociedad y la máquina es sólo la trinchera donde se cumple el deber. El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida que no le pertenece más, sino que significa una emanación de sí mismo, un aporte a la vida común en que se refleja, el cumplimiento de su deber social”.
Y señala también:
“El hombre en el socialismo, a pesar de su aparente estandarización, es más completo, a pesar de la falta del mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor.
Todavía es preciso acentuar su participación conciente, individual y colectiva en todos los mecanismos de dirección y de producción y ligarla a la idea de la necesidad de la educación técnica e ideológica, de manera que sienta cómo estos procesos son estrechamente interdependientes y sus avances son paralelos. Así logrará la tal conciencia de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación.
Esto se traducirá concretamente en la apropiación de su naturaleza a través del trabajo liberado y la expresión de su propia condición humana a través de la cultura y el arte”.
Siguiendo al Che, nuestra propuesta es librar esa batalla para alcanzar una sociedad sin explotación, en la que se desarrolle un hombre nuevo.

Ernesto Che Guevara, su ejemplo revolucionario

Hace 43 años, el 8 de octubre de 1967, el Che Guevara libró su último combate de una vida dedicada por completo a la revolución. Murió peleando, que es lo que hizo durante toda su vida desde que asumió la necesidad de incorporarse a la lucha por la liberación de los explotados. Entonces entregó su vida, del mismo modo que la venía ofrendando día tras día, en un esfuerzo inagotable por avanzar en las conquistas de los trabajadores hasta su definitiva emancipación. Fue así, con ese tesón, con esa entrega y esa confianza en la capacidad revolucionaria de los explotados, como el Che Guevara marcó un camino ejemplar, mostrando la posibilidad de transformar la realidad por medio de la lucha revolucionaria. Su ejemplo es una guía de acción para todos los que bregamos por conquistar un futuro digno para nuestro pueblo trabajador.
El Che Guevara se comprometió desde su juventud con la necesidad de enfrentar la opresión y demás lastres del capitalismo. Buscó aportar a los sectores más humildes, brindando su tiempo para ayudar de distintas formas a los más necesitados y dedicándose a la medicina para dar, al menos, su aporte individual. Pronto vio, sin embargo, que su ayuda, aunque era de gran valor para quienes la recibían, era insuficiente para cambiar profundamente las condiciones de opresión. Y sobre todo, reconoció que ese anhelo tan fundamental, el de cambiar en profundidad las relaciones sociales para acabar con la explotación y la opresión, era absolutamente posible, e implica involucrarse en la lucha revolucionaria por el poder.
Por supuesto el Che partía, ya entonces, de concepciones fundamentales como son la solidaridad, el profundo amor al pueblo, y el esfuerzo y la entrega del tiempo personal para contribuir a una tarea que no da réditos individuales pero sí implica un aporte para enfrentar los problemas del conjunto de los explotados. Pero al ver los límites del esfuerzo individual, e incluso de la militancia colectiva pero enfocada a cuestiones locales o meramente reivindicativas, el Che dio un paso más allá. Su decisión, que marcó desde entonces toda su vida, fue entregarse por entero a la revolución, es decir a la organización colectiva de la lucha para tomar el poder del estado, para derribar a los explotadores y acabar con el sistema capitalista, para conseguir que seamos los mismos trabajadores los que nos gobernemos y organicemos la sociedad.
Todos sus pasos, desde entonces, están guiados por la necesidad de aportar a esa empresa colectiva tan fundamental como es la revolución.
Así es como el Che se sumó en 1955 al Movimiento 26 de Julio y libró, junto a numerosos revolucionarios, una lucha por la toma del poder en Cuba que acabó derribando al régimen existente y alcanzando, por primera vez en la historia de América Latina, el poder para los trabajadores y el pueblo pobre.
Desde su lugar de revolucionario, primero como Comandante en la sierra y luego como parte fundamental del gobierno, el Che impulsó siempre la profundización de la revolución, y fue, por eso, un defensor acérrimo de su carácter socialista. Impulsó el reparto de tierras, la entrega de viviendas, las expropiaciones a los capitalistas y la consecuente reorganización de los bienes sociales desde una perspectiva socialista. Defendió la planificación centralizada y enfrentó a quienes reclamaban la permanencia de las relaciones mercantiles. Defendió la educación y la concientización de la clase obrera, insistiendo en que sean los trabajadores quienes se apropien de la revolución por medio de su participación directa en el control y gobierno de la industria y la sociedad. Luchó contra la mercantilización del trabajo y contra el método de sostener los incentivos materiales como estímulo de la producción. Defendió la necesidad de desarrollar la revolución cubana fomentando, entre otras cosas, el desarrollo industrial, para conseguir su crecimiento independiente de cualquier potencia incluyendo a la URSS. Fue enemigo del culto a la personalidad y combatió permanentemente a quienes defendían la continuidad de las diferencias sociales al interior de la isla, atacando las tendencias a la burocratización y rechazando cualquier tipo de privilegios. Con su ejemplo de austeridad y entrega militante, que incluyó el cumplimiento inagotable de sus responsabilidades y su participación e impulso del trabajo voluntario, el Che dejó en claro el compromiso que debe tener un revolucionario con su pueblo y dejó en evidencia a aquellos que buscaban acomodarse en los puestos del estado y del partido para conseguir ventajas personales.
Pero además, al saber de la necesidad y reconocer la posibilidad de dar impulso a la revolución socialista en los demás países del mundo, el Che se comprometió con esa meta, contribuyendo con otros procesos revolucionarios en África y en América. Así como había luchado en Cuba, luchó también en el Congo y en Bolivia y ayudo a formarse y a organizarse a numerosos revolucionarios que impulsaron la lucha por la toma del poder en distintos países del continente y del mundo.
Sabía, como lo dijera más de una vez, que los trabajadores no tenían posibilidad de cambiar la sociedad dentro de las pautas establecidas por el régimen democrático parlamentario. Por eso se encargaba de evidenciar el carácter reformista de aquellos que soñaban con avanzar por las vías institucionales o electorales y les contraponía, como única forma para la transformación efectiva de la sociedad, la lucha revolucionaria para la toma del poder.
En sus intensos años de lucha había aprendido, también, que no había posibilidad alguna de llegar a entendimientos con los explotadores, por más que estos fueran capitalistas pequeños o nacionales, y por eso rechazaba cualquier intento de alianza con las burguesías locales y proponía en cambio un camino marcado por la independencia de la clase trabajadora: la revolución socialista(1).
Por todo esto, por su grado de compromiso con la revolución, por su consecuencia, por su vida ejemplar, por su internacionalismo, por su humildad, por su disposición combativa, por su definición política por la revolución socialista… el Che fue un revolucionario que se destacó, incluso, entre los mismos revolucionarios. En ese sentido el Che es también representativo de muchos otros que, como él, siendo más o menos conocidos, tuvieron una vida entregada a la lucha contra el capitalismo. Su experiencia, como ejemplo de práctica revolucionaria ha sido recogida por muchos compañeros en el mundo y en nuestro país, estimulando la organización de los revolucionarios para avanzar en el que, como tan claramente lo marcó el Che, es el único camino posible para conquistar la liberación de los explotados: la revolución socialista.
Hoy su enorme ejemplo revolucionario es una guía de acción para todos los compañeros comprometidos en la lucha contra la opresión y la explotación. Su rechazo a quedar encerrado en los marcos institucionales de la democracia, su definición clara y tajante por la lucha revolucionaria por el poder, su posicionamiento intransigente sobre el carácter socialista que debe tener la revolución, son ejes fundamentales de su enseñanza. Con esa guía nos organizamos hoy, para impulsar, como lo reclamara el Che, la revolución socialista en nuestro país.

NOTAS:
1) Al respecto, en su “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental ” el Che decía: “Las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo, si es que alguna vez la tuvieron; y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución”.

CUBA: CONTRA LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA, VIGENCIA DEL PENSAMIENTO DE GUEVARA

Revista El Revolucionario Nº1 (Noviembre de 2008)

LA REVOLUCIÓN
El 1º de enero en Cuba es un día histórico. Aquel día de 1959 el pueblo cubano emprendía el trabajo de la construcción de un nuevo estado que apuntaba implacable sus fusiles contra el imperialismo yanqui y sus aliados isleños.
Desde el momento mismo en que Cuba luchaba por su independencia de España, durante el último tercio del siglo XIX, los Estados Unidos metían sus narices en la isla, arrogándose el derecho de distribuirse con ese país europeo los territorios americanos y estableciendo finalmente su “tutela” sobre Cuba por medio de la Enmienda Platt en 19021.
Aunque formalmente independiente, Cuba, como la mayoría de América Latina, sería desde entonces un país dependiente económicamente del imperialismo yanqui, una semicolonia condenada al atraso: productora de materias primas e importadora de productos manufacturados provenientes de países con mayor desarrollo industrial. La economía local se concentró en el cultivo y la producción de azúcar. Los diferentes gobiernos cipayos entregaron casi completamente el manejo de esta industria a los empresarios norteamericanos, quienes también tenían un fuerte control sobre otras ramas, como la energía eléctrica, la producción láctea, la importación de petróleo (mediante las refinerías Esso y Shell), las finanzas, el crédito bancario, etc., además de monopolizar el mercado interno con sus productos manufacturados. Junto al gran capital norteamericano, el más reducido grupo de empresarios locales se beneficiaba de los remanentes de aquella explotación, a costa de la pauperización de la clase obrera urbana y rural y del campesinado pobre del país.
La situación del pueblo en la Cuba prerrevolucionaria era denigrante. Mientras el 20% más rico acaparaba casi el 60% de las riquezas, el 20% más pobre arañaba apenas un 2%. La vida de los trabajadores cubanos estaba marcada por la desocupación, los bajos salarios, las pésimas condiciones e interminables jornadas laborales, la desnutrición, el analfabetismo, la mortalidad infantil, etc. La dependencia y el sometimiento de Cuba se plasmaba en el desvergonzado uso de la isla como prostíbulo y casino de lujo para los norteamericanos.
Pero, en 1953, un centenar de jóvenes marca un camino de lucha contra el régimen antiobrero del dictador Batista. El fallido intento de copamiento del cuartel Moncada por parte de Fidel Castro, Abel Santamaría y su grupo de 130 valientes combatientes, el 26 de julio de ese año, daría un fuerte impulso a la lucha contra el gobierno proyanqui. Apenas unos años más tarde, mientras los miembros de lo que sería el M-26 se desarrollaban en las ciudades, organizando bases de apoyo a la lucha revolucionaria y haciendo actos de boicot y sabotaje contra objetivos del estado, los expedicionarios del Granma (a los que ya se sumaban figuras de la talla del Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida, etc.), se entrenaban para desarrollar la lucha armada en Cuba con el objetivo de derribar definitivamente al gobierno antipopular.
La iniciativa del M-26 de tomar el poder y derribar al gobierno contó con un creciente apoyo de los explotados cubanos, incentivados por el odio generado debido a la represión y el ejemplo del valor y los triunfos revolucionarios. Así, la guerra revolucionaria se desarrolló desde fines de 1956 hasta 1959 con epicentro en la sierra, integrando a peones rurales y campesinos al Ejército Rebelde, y contando además con una constante actividad urbana reflejada tanto en la acción conspirativa, como en la movilización que llevó a una importante huelga en 1957 en la zona oriental, tras el asesinato del líder santiaguero Frank País. Este trabajo en las ciudades permitió sostener la huelga general revolucionaria para acompañar la entrada de los guerrilleros triunfantes en La Habana a comienzos de 1959, en avance desde el oriente luego de la toma de Santiago de Cuba y Santa Clara.
Si ya, en octubre de 1958 (con la Ley Nro. 3), en plena lucha guerrillera y desde la sierra, se había dado el primer impulso a la reforma agraria, tras el triunfo de la revolución las medidas estructurales tomadas por el nuevo gobierno revolucionario se extendieron a gran velocidad. Una más completa y general reforma agraria comenzó en mayo de 1959, al tiempo que se efectuaba la reforma urbana con una drástica reducción del precio de la vivienda. A la eliminación del latifundio y de la llamada “burguesía rural”, continuaron la nacionalización de las centrales azucareras, las refinerías de petróleo y las grandes empresas de servicios2. Ante la reacción de la burguesía local y la pretendida intervención del imperialismo yanqui, que interrumpió las compras de azúcar y petróleo y su refinamiento, la respuesta del nuevo gobierno cubano fue más radicalización, como única forma de llevar adelante las aspiraciones de cambio revolucionario planteadas por el M-26 y el pueblo que se sumó a su lucha. Entonces jugaron un papel fundamental los sectores de izquierda del nuevo gobierno y del M-26, entre los que ya se destacaba el Che Guevara, quienes enfrentaron no sólo a EEUU y la gran burguesía local, sino también a los “moderados” y “democráticos”, que pretendían echar a Batista pero no cumplir con una transformación revolucionaria que cambiara el conjunto de las relaciones sociales para el bienestar de todos los trabajadores cubanos. La firmeza del ala izquierda de la revolución permitió así que, apenas dos años después, en 1961, el estado cubano fuera proclamado socialista y que los intentos de invasión, impulsados por EEUU con participación de gusanos cubanos, fracasaran estrepitosamente en Playa Girón. Mientras los defensores de la democracia capitalista reclamaban insistentemente el llamado a elecciones, con la pretensión de sustituir a los antiguos grupos dominantes por una nueva burguesía, el nuevo estado revolucionario se construía en Cuba gracias al impulso dado por el M-26 al protagonismo y fortalecimiento de la clase obrera, única base posible para una nueva sociedad.
Como lo había consignado la III Internacional Comunista dirigida por Lenin, y había sido desarrollado por Trotsky, la dinámica revolucionaria en países dependientes como Cuba empujaba a los revolucionarios a avanzar en forma constante, tomando medidas no sólo democráticas, sino también de carácter estrictamente socialista, como única forma de concretar las tareas de cambio planteadas desde el comienzo. La revolución permanente era en Cuba la única vía posible para llevar al triunfo las demandas de la clase obrera y los demás sectores oprimidos, y sortear el camino reaccionario de los nacionalistas que pretendían, luego de haber derribado al gobierno de Batista, mantener el sistema capitalista y la democracia parlamentaria, que hasta entonces había permitido el control del estado a la burguesía y al imperialismo.
La toma del poder por parte de la vanguardia revolucionaria y la resolución de impulsar el desarrollo del socialismo transformó veloz y radicalmente la situación de un país como Cuba, que padecía las peores condiciones de los países dependientes y atrasados del continente.
Apenas un año después del triunfo revolucionario, el 23,6% de analfabetismo y el 60% de semi-analfabetismo de 1959 habían bajado a 3,8% y al año siguiente a 1,9%. Es el inicio de un proceso que permite hablar hoy de una matriculación educativa del 99%, con un maestro cada 10 alumnos.
Del mismo modo, la revolución permitió, en el ámbito de la salud, desde un país económicamente pobre, erigir uno de los más avanzados sistemas de atención y prevención médica del mundo, y sin dudas el más inclusivo, que impactó de forma directa en la mejora de las condiciones de vida diarias del pueblo cubano, produciendo, por sólo citar un ejemplo, una drástica disminución en la mortalidad infantil, que pasó de 79/1000 nacidos vivos, a menos de 5.3/1000 al día de hoy (aun inferior a la de EEUU, que es de 6/1000).
Por otra parte, tras la expropiación, el nuevo gobierno revolucionario puso al servicio del pueblo la producción nacional, que contaba con alrededor de 373 empresas privadas: más de 100 ingenios azucareros, 60 fábricas textiles, toda la rama de la industria alimenticia, 8 empresas de ferrocarriles, empresas de la construcción y las refinerías Esso y Shell. Al transformar en propiedad social esos medios de producción, y organizar el desarrollo económico global sobre la base de la planificación, el joven estado socialista sentó las bases para impulsar un desarrollo integral en beneficio del conjunto del pueblo trabajador, garantizando su acceso a los bienes fundamentales que permiten una vida digna, incluyendo la estipulación del salario mínimo, además del otorgamiento universal de una renta básica para adquirir productos indispensables para el consumo familiar.
Así, tras la guerra revolucionaria, la toma del poder, la derrota de la burguesía y el imperialismo, la expropiación y socialización de los medios de producción, y la organización de un estado obrero, la Cuba de principios de los 60 daba un primer y fundamental paso en la construcción de una sociedad sin explotación.

LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO Y LA POSICIÓN DE IZQUIERDA
Luego de la toma del poder fueron frecuentes las discusiones acerca de cuál era el camino que debía seguir la revolución.
En el medio de un agudo enfrentamiento con la mayor potencia del mundo, y atravesando graves problemas económicos debido al carácter atrasado de una economía agrícola no industrializada y dependiente de EEUU, el gobierno de Cuba decidió acercarse a la URSS, cabeza del bloque socialista. Era una decisión delicada. Los antiguos partidarios del régimen soviético en Cuba, el stalinista Partido Socialista Popular, habían condenado y boicoteado la acción revolucionaria durante la lucha por el poder, y recién se habían sumado en la recta final para compartir los laureles del triunfo. De hecho, su dirección, el Partido Comunista de la URSS, consideraba que los países latinoamericanos “no estaban maduros” para el socialismo y que debían, en su lugar, propiciar regímenes de alianza con las burguesías locales. Pero en el caso cubano, una vez tomado el poder y radicalizado el proceso hasta la proclamación del carácter socialista de la revolución, medidas abiertamente opuestas a la línea planteada por el PCUS, la construcción de un estado obrero le planteaba inevitablemente al nuevo gobierno revolucionario la necesidad de establecer relaciones para el apoyo mutuo con el conjunto de los países del bloque socialista y la poderosa URSS.
Sin embargo, una vez más, la política soviética para la economía en Cuba era crítica: se oponía a la completa eliminación de la propiedad privada empresaria, defendía las relaciones de tipo mercantil al interior de las empresas del estado y negaba el derecho y el apoyo necesario para que el nuevo estado revolucionario se desarrolle en forma integral, por medio de la industria, para superar el atraso económico. Una fracción de la dirección cubana, ubicándose bajo la línea política del stalinismo, defendió el sostenimiento de una economía productora de materias primas, prácticamente monoproductora de azúcar, dependiente de las potencias socialistas como la URSS y luego China, dejando relegado el desarrollo industrial. Así, el costo del marcado alineamiento tras la política soviética significaría el mantenimiento de la dependencia económica y política de Cuba.
Muchos revolucionarios e intelectuales intervinieron en la disputa sobre la orientación de la revolución cubana y sus lineamientos. Se reeditarían las discusiones de la joven URSS en los años ‘20, sobre la necesidad de estimular la producción en un país de base agraria con un bajísimo desarrollo industrial. Fue el momento de la puesta en marcha de la NEP, a la que, después de su difícil aplicación, la corriente de izquierda referenciada en Trotsky había calificado de inevitable por la situación, pero ineficaz por la falta de estímulos morales y la falta de participación de los trabajadores en el compromiso con la revolución.
También en Cuba existió una posición de izquierda y fue sostenida por Ernesto Che Guevara (aunque el gobierno cubano ha hecho un gran esfuerzo por ocultar o minimizar las diferencias entre el Che y la dirección de Fidel Castro). El Che, a la cabeza del ministerio de industria, dio una lucha incansable en el seno del estado para edificar una sociedad nueva, que acabara con los lastres y relaciones de tipo capitalistas, como única posibilidad de transformación revolucionaria, lo que implicaba impulsar la industrialización y el desarrollo pleno de Cuba para superar el carácter dependiente del país y no pasar simplemente de una dependencia a otra en relación a la URSS.
Pero, entonces, el stalinismo y sus “embajadores” en Cuba planteaba que no podría sostenerse la revolución sin la rentabilidad de las empresas, los bancos y la dependencia de ciertas iniciativas privadas que harían funcionar la ley del valor, de la cual, según ellos, no se podrían librar. Es decir, lo que impulsaban no era más que la convivencia con el capitalismo en lugar de avanzar hasta derrotarlo. Desde la URSS no sólo condicionaban la ayuda económica al sostenimiento de las relaciones de dependencia entre un país atrasado productor de materias primas (Cuba) y su comprador industrializado (URSS), sino que rechazaban incluso el valor del estímulo moral como motor del desarrollo político ideológico fundamental del proceso revolucionario. Por eso, en el “Discurso de Argel” de 1965, el Che afirmaba:
“No hay otra definición del socialismo, válida para nosotros, que la abolición de la explotación del hombre por el hombre. Mientras esto no se produzca, se está en el período de construcción de la sociedad socialista y, si en vez de producirse este fenómeno, la tarea de la supresión de la explotación se estanca o, aun, retrocede en ella, no es válido hablar siquiera de la construcción del socialismo.
Sin embargo, el conjunto de medidas propuestas no se puede realizar unilateralmente. El desarrollo de los subdesarrollados debe costar a los países socialistas, de acuerdo. Pero también deben ponerse en tensión las fuerzas de los países subdesarrollados y tomar firmemente la ruta de la construcción de una sociedad nueva (póngasele el nombre que se le ponga) donde la máquina, instrumento de trabajo, no sea instrumento de explotación del hombre por el hombre. Tampoco se puede pretender la confianza de los países socialistas cuando se juega al balance entre el capitalismo y el socialismo, y se trata de utilizar ambas fuerzas como elementos contrapuestos para sacar de esa competencia determinadas ventajas. Una nueva política de absoluta seriedad debe regir las relaciones entre los dos grupos de sociedades. Es conveniente recalcar, una vez más, que los medios de producción deben estar preferentemente en manos del Estado, para que vayan desapareciendo gradualmente los signos de la explotación.”
Guevara conocía muy bien el peso negativo que los lastres de un capitalismo dependiente ejercían sobre Cuba. Como marxista que era, el Che estaba lejos del simple “romanticismo” (sin negar los profundos sentimientos de amor por la revolución que le oficiaban de motor para continuar luchando), pues era un revolucionario preocupado por la economía, por la producción, que concientemente entendía como base del desarrollo en Cuba. En este sentido, no sólo se dedicó a desestimar el modelo de Cálculo Económico del estalinismo, que planteaba la autonomía de las empresas y bancos y su competencia al estilo capitalista en base a los estímulos materiales, sino que, dentro del área de su ministerio, elaboró el Sistema de Financiamiento Presupuestario que ponía eje en la centralización de la producción, la planificación de la economía por el estado y, sobre todo, en un plan de aumento de la productividad cuya base fundamental era el desarrollo de la conciencia en los trabajadores.
Esto implicó una dura lucha contra quienes ya entonces se orientaban a la burocratización, quienes bajo la dirección de la URSS quisieron hacer de la revolución un negocio privado, premiando a quienes más producían con bienes materiales, apostando a las herramientas del capitalismo y viendo en la moral revolucionaria un “aditamento secundario”.
Por eso, al tiempo que estimulaba el trabajo conciente, base del desarrollo económico social de la nueva Cuba revolucionaria, el Che enfrentaba abiertamente las tendencias hacia la burocratización que seguían el modelo stalinista de beneficios para los dirigentes a costa de las privaciones populares, estimulando la participación de todos en el trabajo voluntario, en primer lugar la de los funcionarios (para lamento de muchos de ellos), e imponiendo la austeridad como modelo de dirigente. Así, hablando de las fallas que habrían provocado la supervivencia de rasgos de burocratización, el Che decía: “Una de ellas es la falta de motor interno. Con esto queremos decir, la falta de interés del individuo por rendir su servicio al Estado y por superar una situación dada. Se basa en una falta de conciencia revolucionaria o, en todo caso, en el conformismo frente a lo que anda mal.
Simultáneamente, debemos desarrollar con empeño un trabajo político para liquidar las faltas de motivaciones internas, es decir, la falta de claridad política, que se traduce en una falta de ejecutividad. Los caminos son: la educación continuada mediante la explicación concreta de las tareas, mediante la inculcación del interés a los empleados administrativos por su trabajo concreto, mediante el ejemplo de los trabajadores de vanguardia, por una parte, y las medidas drásticas de eliminar al parásito, ya sea el que esconde en su actitud una enemistad profunda hacia la sociedad socialista o al que está irremediablemente reñido con el trabajo.” 3
Así, el Che luchó por construir una nueva sociedad, basada en la socialización de los medios de producción y la planificación socialista y centrada en el desarrollo de un “hombre nuevo” con conciencia y moral revolucionaria que no sólo dejara atrás al capitalismo, sino a los lastres stalinistas que se reflejan en la burocratización y su inevitable tendencia a la restauración capitalista (tempranamente anticipada por el Che en su “Crítica al manual de economía política de la URSS”). Lamentablemente su posición fue derrotada entonces por las tendencias que defendían el alineamiento con la URSS. La posición sostenida por el ex dirigente del PSP, Carlos Rafael Rodríguez, defendida a nivel internacional por Charles Betelheim en nombre de la política soviética, fue ratificada por Fidel Castro, quien en 1964 adoptó como prioridad el financiamiento al modelo agrícola dependiente por sobre el proyecto de industrialización de Guevara, y ratificó su posición impulsando el estímulo material con el otorgamiento de premios por productividad4.
Como sucedió con el “gran debate” sobre la orientación económica de la revolución socialista del 63-64, el PCUS presionaría en forma creciente para la incorporación de Cuba al modelo soviético en todos sus aspectos. Como contrapartida, la posición del Che se destacó cada vez más por su independencia frente al stalinismo y su consecuencia revolucionaria, como un defensor de la continuación y profundización de la lucha por la emancipación de la clase obrera, tanto en Cuba como en el resto del mundo.
Así, mientras la doctrina stalinista para todo el planeta era la contención de la revolución, la alianza con las “burguesías progresistas” y el rechazo a la lucha armada en nombre de la “coexistencia pacífica” con el imperialismo yanqui, la experiencia del triunfo cubano y la creciente actividad revolucionaria en América Latina y otros países, principalmente del llamado “tercer mundo”, ubicaron al Che como la figura más decidida, que desde Cuba seguía estimulando la lucha por el poder contra las burguesía locales en el resto del mundo. Cuando la I y II Declaración de la Habana llamaban a los pueblos a luchar con las armas en la mano por su liberación, y en suelo cubano se impulsaba su organización con la OLAS y la Tricontinental, el ejemplo y la doctrina de Guevara eran su guía más clara: él formaba política y militarmente a nuevos luchadores, escribiendo sus balances sobre la lucha revolucionaria y entrenando a guerrilleros del mundo entero. Bajo su mando, nuevos grupos se sumaban a la lucha en el Congo y, posteriormente, en Bolivia.
Mientras Guevara se hacia cargo de su lucha en Bolivia y llamaba a una “guerra a muerte contra el imperialismo”, declarando como único objetivo viable la “revolución socialista” sin dar ningún crédito a las burguesías locales ni a la vía reformista pacífica, el gobierno cubano de Fidel Castro venía manteniendo un equilibrio entre dos políticas opuestas: por un lado, daba un abierto apoyo a numerosas luchas revolucionarias y, al mismo tiempo, estrechaba lazos con la URSS, en un proceso que se iría acentuando. Si su saludo en 1964 a la “coexistencia pacífica” promovida por la URSS no impidió su defensa de la vía armada en Latinoamérica durante el siguiente lustro, ya hacia fines de la década, luego de apoyar la invasión de la URSS a Checoslovaquia, Cuba se integraría de lleno a la línea soviética, tras la visita de Breznev, quien afirmó en Cuba (1969) que la revolución no era “artículo de exportación”.

EL PROBLEMA DE LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA
Como es evidente, el pensamiento y la práctica del Che entronca con la escuela leninista del marxismo revolucionario, que fue continuada por Trotsky y la oposición de izquierda frente a la traición stalinista. Lo ejemplifican su lucha por el desarrollo industrial y la independencia de Cuba frente a la perpetuación del atraso, que significaba la pervivencia de una economía basada en el monocultivo; su defensa activa del internacionalismo proletario; su abierto enfrentamiento con las falsas salidas reformistas, pacifistas y de convivencia con la burguesía; su claridad sobre lo imprescindible de la participación conciente de los trabajadores en la construcción del socialismo; su denodada lucha contra la burocratización y el abierto repudio a los privilegios. En ese marco, el Che, defendiendo la revolución socialista, marcaba el lamentable y ya imaginable futuro de restauración capitalista que llegaría a los estados obreros si se daba lugar a las prácticas burocráticas que abrieron paso a una creciente desigualdad social, donde los gobernantes y sus amigos se rodeaban de lujos, mientras se cargaban crecientes privaciones sobre el pueblo trabajador. Por eso, hablando de la URSS comentaba: “sus signos son desalentadores, la superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que provocó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura; se está regresando al capitalismo” 5.
Así, una vez más, la posición de izquierda, la posición que viene a reivindicar un camino de defensa del socialismo contra las tendencias de adaptación al capitalismo, es la posición del Che, quien al marcar la trágica tendencia restauracionista que arrastraría al bloque socialista de mantener el camino de la estimulación material (como efectivamente sucedió), nos habla con absoluta claridad del problema actual de Cuba.
Guevara había advertido el problema que se avecinaba con “el experimento del regreso a la ley del valor [que] comenzó en Yugoslavia y fue entonces adoptada en diversos grados por Polonia y Checoslovaquia, y la Unión Soviética comenzó experimentos similares..”. 6 Y frente a ello tenía ya una posición tomada: “La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado.(...) La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto, la base económica adoptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia. Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”. 7
Y recordamos esta posición de uno de los más grandes ejemplos de la revolución cubana, porque hoy, desde las primeras líneas de dirección del Partido Comunista en Cuba, se plantea la necesidad de “cambios estructurales” en busca de solucionar problemas de “productividad”. De esta forma, critican al estado por ser “paternalista” con los trabajadores al garantizar un salario mínimo y otras condiciones de trabajo fundamentales conquistadas tras la revolución, y en oposición proponen que el estado pase a pagar los sueldos en función de la producción, estimulando la competencia y la acumulación individual.
Este planteo lo reseñaba Clarín en junio de este año:
"Los trabajadores que están abarcados por sistemas de pago vinculados a los resultados directos de la producción de bienes y servicios, no tienen límite en el salario", señala la Resolución 9/08 del Ministerio de Trabajo que, según anunció ayer el diario oficial Granma, será de aplicación generalizada a todas las empresas estatales del país a partir de agosto, aunque las que ya definieron su nuevo sistema de pago pueden aplicarlo de inmediato.
"Ha existido una tendencia a que todo el mundo reciba lo mismo, y ese igualitarismo no es conveniente. Es algo que tenemos que resolver pues a veces hay mucho paternalismo", señaló el viceministro de Trabajo, Carlos Mateu, citado por Granma.
"Si es dañino darle al trabajador menos de lo que le toca, es dañino también darle lo que no le toca", argumentó el funcionario, al señalar que con la nueva resolución "el trabajador ganará lo que sea capaz de producir". Y agregó que "el nuevo sistema de pago debe verse como una herramienta que ayude a obtener mejores resultados productivos y de servicios".
A principios de esta semana, el número dos del gobierno cubano, José Ramón Machado Ventura, pidió "no cogerle miedo a los altos salarios" siempre que corresponda a "resultados concretos". "Hay que ver que cuando se vincule (el salario con el rendimiento) haya un resultado de esa vinculación, no es regalar el dinero", explicó ante la asamblea provincial del Partido Comunista en La Habana.
Esta política salarial se suma a una serie de reformas adoptadas por Raúl Castro, como el reparto masivo de tierras, mejores precios a productores, créditos y descentralización de decisiones aplicadas por el gobierno en la agricultura, para dar impulso al estancado sistema productivo. También se levantaron prohibiciones, como la que pesaba sobre los cubanos para alojarse en hoteles de lujo.
En abril el gobierno dispuso un incremento de sueldo del sector judicial, de las jubilaciones y pensiones, pero aseguró que no era posible aplicar aumentos en todos los sectores pues "el país no dispone en estos momentos de los recursos necesarios".8
Cabe preguntarse frente a esta orientación ¿Qué diferencia hay entre estas declaraciones y las que tienen funcionarios de los gobiernos capitalistas que padecemos en la Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Venezuela, etc.? Es que hoy en Cuba vemos cómo, en contraposición a los planteos del Che, el gobierno vuelve a la carga con la propuesta de resolver los problemas del país con “las armas melladas del capitalismo”.
Y hoy en Cuba hay más medidas que tienden hacia la “apertura” (o “perestroika”, en ruso). Desde altos puestos vuelven a la carga planteando que el transporte adopte la forma de cooperativas autónomas del estado, que el cuentapropismo se legalice para cubrir las deficiencias que el estado no puede brindar en materia de servicios, que se repartan tierras estatales para ser producidas en forma privada por pequeños campesinos... Incluso se propone el aumento de precios a los productos de consumo, para estimular a los productores, y, para resolver el problema del transporte, se vuelven a dar licencias a los taxistas privados que antes habían sido censurados por lucrar con la necesidad de la gente de viajar y por robar combustible del estado. Así, tras reconocer el problema de una economía paralela que funciona al margen de lo legal, la reacción estatal es la tendencia a la liberalización económica y el impulso al aumento de la producción, por medio de la competencia, las diferencias salariales y el desarrollo de empresas privadas.
La “respuesta” que hoy propone dar la primera línea del estado cubano a los problemas de Cuba, tiene ya demasiados antecedentes como para no poder prever sus nefastas consecuencias. Conocemos perfectamente en qué terminó la experiencia de la URSS, donde la “perestroika”, que culminó en la restauración del capitalismo, se hizo en nombre de la profundización y actualización del socialismo y la revolución. Desde fines de los ’80, el líder del PCUS y el estado soviético, Mijail Gorvachov, arremetió contra el “igualitarismo” impulsando el pago a los trabajadores según su productividad, defendió la autonomía y competencia entre las empresas, estimuló la acumulación privada, desestructuró conquistas fundamentales de la clase obrera rusa con respecto a sus condiciones de trabajo, etc. Ese veloz proceso realizado en nombre de un socialismo actualizado a su época (hoy le dirían “socialismo del siglo XXI”) llevó a una drástica reestructuración de la sociedad, que le permitió a los altos mandos burocráticos blanquear sus enormes fortunas levantadas en base a sus antiguos privilegios, transformándose en grandes capitalistas. Así, al mejor estilo de los funcionarios de los estados capitalistas, echaron la culpa a los trabajadores por su supuesta “improductividad” para hacer caer sobre ellos todas las penurias venideras (la depresión salarial, la flexibilización, la creciente desigualdad, la desocupación), y se constituyeron definitivamente como una nueva clase capitalista. Y lo mismo sucedió en los demás países de la restauración. En Europa del Este, el tan criticado “desabastecimiento” terminó... a costa del empobrecimiento y la desocupación que impedirían luego a los trabajadores comprar la infinidad de productos que entraron con el capitalismo. El modelo chino de incorporación al capitalismo bajo el control de un partido único, el PCCh (modelo que supo ser aplaudido por el actual jefe del estado cubano, Raúl Castro), es uno de los ejemplos más nefastos de constante represión contra la clase obrera y de grosera superexplotación (lo que les permite ser “competitivos” a nivel mundial gracias a los “bajos costos” de la mano de obra). Todos estos modelos fueron planteados como “la continuidad en el camino del socialismo”. Todos plantearon “fórmulas”, “soluciones” a problemas reales, pero siempre con una orientación clara, la capitulación, la vuelta al capitalismo.
Este extenso proceso de restauración capitalista en los distintos países socialistas, no es algo “natural”, como pretenden hacer creer los apologistas del capitalismo, sino el resultado de una derrota de los trabajadores y sus organizaciones en la lucha de clases frente al imperio del capital. Una derrota parcial absolutamente previsible (y así lo hicieron Lenin, Trotsky y también Guevara) si no se extendía la revolución socialista a lo largo del planeta y si no se profundizaban, a su vez, las revoluciones ya triunfantes en un combate a muerte contra la desigualdad, la burocratización y demás lastres stalinistas. Una derrota parcial de donde la vanguardia de la clase obrera saca sus balances para seguir en su lucha hasta el final contra el capitalismo.
Es importante recordar que los mismos trabajadores que sufrieron en carne propia la contrarrevolución stalinista soportando una penosa vida bajo la represión y la creciente desigualdad del llamado “socialismo real”, fueron nueva y aún más gravemente golpeados con la llegada del capitalismo que los dejó indefensos ante la voracidad del mercado, imponiendo la miseria, la desocupación, la desnutrición, etc. Es una experiencia que no puede menospreciarse cuando, como lo hicieron en su momento en China o en la URSS, la dirigencia cubana está hablando ahora de “reformas estructurales” que abrirían el paso a relaciones de tipo capitalista (más o menos “controladas”, tal vez como en el modelo chino), lo que significaría un durísimo golpe para la clase obrera. Para los trabajadores cubanos en primer lugar, porque verían desmoronarse las conquistas obtenidas en tantos años de sacrificio revolucionario, y para el conjunto de los trabajadores y pobres del mundo que encuentran en Cuba y su historia de lucha contra el capitalismo una referencia para su combate diario por la revolución.
Un balance serio y crítico de estas experiencias pasadas y presentes obliga a reconocer y valorar la importancia de una corriente marxista revolucionaria que luchó por todos los medios y hasta el final por extender y profundizar la revolución socialista. Lenin, Trotsky y Guevara pueden, de alguna forma, sintetizar esta corriente que supo nutrirse de numerosos combatientes revolucionarios sostenedores del internacionalismo, la independencia de la clase obrera y la intransigencia en la batalla contra el capitalismo.
Y este rescate histórico es tanto más importante cuando las posiciones de los más grandes revolucionarios han sido tantas veces parcializadas o directamente tergiversadas, para mantener posiciones que no apuestan a la continuidad y profundización de la revolución socialista.
Así, al Che Guevara, el más consecuente y ejemplar combatiente por la revolución socialista en Cuba, se lo intenta mostrar muchas veces como a un romántico abstraído de sus claras posiciones marxistas y de su intransigencia en la pelea contra la burguesía. Y se ocultan sus transparentes planteamientos de combate, internacionalistas, antiburocráticos y clasistas que lo llevaron a enfrentarse con la URSS y China, y a separarse de la dirección cubana para seguir la lucha en otras partes del mundo.
Ni que hablar entonces de Trotsky, quien aún hoy pretende ser ignorado y despreciado por numerosos activistas y dirigentes (incluida la primera línea cubana9), luego de que la historia le ha dado cien veces la razón, demostrando la claridad y justeza de sus pronósticos sobre la burocratización y la restauración capitalista. A la luz de los hechos, cobran aún más valor sus críticas a las políticas contrarrevolucionarias del stalinismo como el “socialismo en un solo país”, el “frente popular”, la “revolución por etapas”, o su denuncia sobre la persecución de la izquierda bolchevique (que llevó al exterminio de todo el partido por parte de Stalin, incluyendo el asesinato de Trotsky por un agente soviético en México).
Incluso Lenin, suele ser hoy ninguneado o tergiversado, pues se recuerda de él lo anecdótico, pero se olvidan los criterios más básicos de su doctrina, como es la necesidad de construir un partido revolucionario de la clase obrera para combatir a muerte a la burguesía, hasta la toma del poder y la instauración de un gobierno de los trabajadores que enfrente la resistencia de los capitalistas y garantice la expropiación y socialización de los medios de producción. Sin embargo en su lugar (¡y en su nombre!), se promueven hoy reformas pacíficas y fórmulas de adaptación al capitalismo como lo expresa la idea del “socialismo del siglo XXI”, que es apoyado abiertamente por la dirección cubana y es señalado como el nuevo camino revolucionario, en un nuevo adelanto de que se está pensando en un “socialismo” que permite (y defiende) la propiedad privada, la explotación, y demás miserias capitalistas.
En definitiva, a la luz de las experiencias históricas y con las herramientas que nos ha legado el marxismo, se hace imperioso hacer hoy mismo un balance sobre la situación de Cuba y su futuro. No hablamos de dar “consejos” sobre algo que, en definitiva, definirá el pueblo cubano, sino de la toma de partido sobre cómo y hacia dónde deberemos seguir la larga y dura lucha que tiene la clase obrera por delante para liberarse definitivamente de las cadenas del capitalismo.
La diaria tragedia del capitalismo nos sigue recordando que el socialismo es la única salida que tienen los trabajadores para su liberación. La enorme cantidad de experiencias reformistas que han mostrado su inviabilidad nos remarcan, a su vez, que la revolución es el único camino para alcanzarlo. Por eso, la consigna sigue siendo, como decía el Che: “No hay más cambios que hacer, o revolución socialista, o caricatura de revolución”

NOTAS:
1) Mediante la Enmienda Platt el gobierno de EEUU se reservaba el derecho de intervenir militarmente para mantener el control sobre Cuba. En su texto se deja asentado: “...que los Estados Unidos puedan ejercitar el derecho de intervenir (militarmente) para la conservación de la Independencia cubana...”(art. 3); “Que todos los actos realizados por los Estados Unidos en Cuba, durante su ocupación militar, sean tenidos por válidos, ratificados y que todos los derechos legalmente adquiridos a virtud de ellos, sean mantenidos y protegidos....”(art. 4); “Que para poner en condiciones a los Estados Unidos de mantener la Independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a los Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados...”(art. 7); etc.
2) Algunas de las principales medidas tomadas son: el 17 de mayo de 1959 se firma una Ley de Reforma Agraria, expropiando los latifundios de los terratenientes y distribuyéndolos en cooperativas y granjas. El 13 de octubre de 1960 el Gobierno Revolucionario dicta la Ley 890 que dictamina la ...” nacionalización mediante la expropiación forzosa (sin indemnización) de todas las empresas industriales y comerciales, así como las fábricas, almacenes, depósitos y demás bienes y derechos integrantes de las mismas”. Y la Ley 891 donde “Se declara pública la función bancaria”.
3) Guevara, Ernesto: “Contra el burocratismo”.
4) Como ejemplo podemos recordar un discurso de Fidel Castro en abril de 1965 publicado en la revista Bohemia en esos días: “¿No es justo que demos un premio especial a estos trabajadores que han cortado más de 100.000 arrobas? [...] Soy partidario de ofrecerles para que elijan una de las cosas que desean. ¿Quieren muebles para la casa? ¡Pues bien, muebles para la casa! ¿Nevera, televisor y tantas otras cosas? ¡Pues bien, que reciban por el momento alguna cosa como premio! No se trata de un premio esencialmente material, sino de un premio moral, porque estamos seguros de que así será interpretado por los obreros”.
5) Guevara, Ernesto, “Apuntes críticos a la economía política”.
6) Guevara, Ernesto, “Apuntes críticos a la economía política”.
7) Guevara, Ernesto, ”El socialismo y el hombre en Cuba”.
8) Clarín, Jueves 12 de Junio de 2008.
9) Una honrosa excepción es la militante cubana Celia Hart, que defendió posiciones no aceptadas por la primera plana del PC Cubano, incluyendo una revalorización de la obra y práctica del Che Guevara, un importante rescate del legado de Trotsky al que contrastaba con la actual burocracia cubana, una defensa de la lucha armada y en particular de las FARC en Colombia, etc. Esta dirigente, que había sido expulsada del PC Cubano por sus planteos de izquierda y su explícita reivindicación de Trotsky, murió recientemente en un accidente automovilístico junto a su hermano en Cuba, el 7 de septiembre de este año.

ERNESTO CHE GUEVARA, SU EJEMPLO


El Revolucionario edición especial por el 40 aniversario de la caída en combate del Comandante Che Guevara (Octubre de 2007)

Se cumplen 40 años de la caída en combate de Ernesto “Che” Guevara. Cayó en el cumplimiento de una gran tarea: el desarrollo de la Revolución Socialista en Latinoamérica.
Para quienes tomamos el camino revolucionario, la figura del Che representa el máximo ejemplo de humanidad, solidaridad, inteligencia, valentía, moral, entrega, honestidad...; cualidades de las que no puede prescindir ningún militante de la revolución.
El Che es el ejemplo de que un revolucionario se construye tomando como principio la lucha por la liberación de la humanidad, que no es otro que la lucha por el triunfo de la Revolución Socialista.
En momentos como los que hoy se viven, de tanta claudicación y de manipulación de la figura de Guevara, aferrarnos a su ejemplo sigue siendo un motor para la formación de todo revolucionario.
Porque no hay ninguna razón por la que no deban tomarse las banderas de la Revolución: los trabajadores siguen siendo explotados, incluso bajo mecanismos perfeccionados que permiten que esta explotación se profundice más y más; la burguesía sigue castigando con el hambre, la miseria y la muerte a millones de trabajadores...
El Che, como comandante, se formó en la lucha. Él ya contaba con una gran fuerza de voluntad y sensibilidad que lo llevaron a acercarse al proyecto revolucionario y así fue parte de los primeros “expedicionarios” del Granma.
Primero como médico, pues era su función dentro de la tropa ya que era lo que sabía hacer. Pero muy pronto, las ansias por el triunfo de la Revolución guiaron su acción combatiente y lo empujaron a ganarse su puesto de Comandante, merecido por el cumplimiento siempre de su deber.
Ser Comandante de una columna del Ejército Rebelde implicaba, además de una gran responsabilidad, hacer un enorme esfuerzo revolucionario. La mayor tarea fue aprender a dirigir una columna que se disponía a pelear con la convicción de que la Revolución cambiaría la vida de los cubanos. Por lo demás, la guerrilla casi no tenía armas, ni ropa y la comida escaseaba; pero sus hombres contaban con la moral de revolucionarios que el Che, su Comandante, se ocupó de fortalecer en todo momento.
En medio de la guerra revolucionaria, Guevara fue poniendo a prueba un gran sentido de decisión y entrega a la causa, demostrando su disposición a entregar hasta su propia vida por el triunfo de la revolución.
Ni bien desembarcaron del yate Granma, a fines de 1956, ya padecieron la superioridad del poder de fuego enemigo. Del grupo de 82 hombres sólo quedaron doce con siete fusiles.
Fue sólo la certeza de que combatiendo hasta el final harían la revolución, el único interés para el Che quien relatando sus primeros días en la sierra recordaba: "No sé en qué momento ni cómo sucedieron las cosas; los recuerdos ya son borrosos. Me acuerdo que en medio del tiroteo, Almeida vino a mi lado para preguntarme las órdenes que había, paro ya no había nadie allí para darlas. Según me enteré después, Fidel trató en vano de agrupar a la gente en el cañaveral cercano, al que había que llegar cruzando la guardarraya solamente. La sorpresa había sido demasiado grande, las balas demasiado nutridas. Almeida volvió a hacerse cargo del grupo, en ese momento un compañero dejó una caja de balas casi a mis pies, se lo indiqué y el hombre me contestó con cara que recuerdo perfectamente, por la angustia que reflejaba, algo así como “no es hora para caja de balas”, e inmediatamente siguió el camino del cañaveral.
Quizás esa fue la primera vez que tuve planteado prácticamente ante mí el dilema de mi dedicación a la medicina o a mi deber de soldado revolucionario. Tenía adelante una mochila llena de medicamentos y una caja de balas, las dos era mucho peso para transportarlas juntas; tomé la caja de balas, dejando la mochila para cruzar el claro que me separaba de las cañas.”
Estos fueron los primeros momentos del Che en combate, los más duros, donde a los combatientes del ejército los atacaban las balas, el hambre, el asma (en su caso), la desesperación y la permanente tentación, de muchos, a la deserción.
A pesar de las duras condiciones en que el Ejército Rebelde tuvo que llevar adelante el combate en Sierra Maestra, Ernesto Guevara logró el reclutamiento de varios campesinos para la guerrilla. Famoso por su parquedad y dureza se ganó el respeto, la confianza y el cariño de muchos guajiros que, ante las pésimas condiciones en las que vivían y el ejemplo de los guerrilleros, se sumaron como combatientes. Decía el Che cuando habían quedado retrasados cuidando los heridos: “Era muy difícil mantener la moral de la tropa, sin armas, sin el contacto directo con el jefe de la revolución, caminando prácticamente a tientas, sin ninguna experiencia…”. Más tarde, en el reencuentro con la columna madre, el Che presentó al grupo con el que se logró hacer en el camino. Un guajiro describió que “Lo que venía con él era una tropa de descamisados. Unos con una escopeta, unos con un machete, con un cubo, con una lata”.
Esta muestra de valentía, de capacidad de mando al quedar aislado con los heridos, su empecinamiento y rigor ante situaciones difíciles son los que hicieron que el Che ganara su lugar como Comandante dentro del Ejército Rebelde.
La moral de combatiente revolucionario fue una de las mejores armas con las que el Comandante contó para educar a su columna. Ejemplos de esta moral son estos pasajes que relatara el Che: “Al tomar el primer camión encontramos dos muertos (soldados de Batista), un herido que todavía hacía gestos de pelea en su agonía, fue rematado sin darle oportunidad de rendirse, lo que no podía hacer pues estaba semiinconsciente. Este acto vandálico lo realizo un combatiente cuya familia había sido aniquilada por el ejército batistiano. Le recriminé violentamente esa acción sin darme cuenta que me estaba oyendo otro soldado herido que se había tapado con unas mantas y había quedado, quieto, en la cama del camión. Al oír eso y las disculpas que daba el combatiente nuestro, el soldado enemigo avisó de su presencia pidiendo que no lo mataran… Como cuenta uno de sus biográfos, Paco Ignacio Taibo, “En entrenamiento y marchas se van los días, interrumpida la rutina por la captura de un desertor apellidado Cuervo, que había estado expoliando a campesinos de la zona y había participado en una violación. El hombre, al llegar al campamento, trato de darle la mano al Che y éste le contestó secamente que lo había mandado a llamar para fusilarlo, no para saludarlo."
En medio del combate en las sierras, el Che tuvo la gran preocupación del desarrollo político de los campesinos que se acercaban a la guerrilla. Tanto en asentamientos como “El Hombrito” y “La Mesa”, el Che montó pequeños hospitales, escuelas para los niños y adultos analfabetos, talleres de talabartería, armerías, un periódico y hasta incluso una radio. Todo esto con mucho sacrificio de todos los guerrilleros y en medio de la continuidad del combate. El Che tenía la certeza de que allí, en el esfuerzo de los combatientes y los guajiros que empezaban a sumarse a la tarea tras su ejemplo, se encontraba una parte importante del desarrollo de la revolución. Así es que para el Comandante este trabajo debía ser tomado con gran responsabilidad y sin escatimar sacrificios posibles. En medio de esta tarea el Che respondió una carta a uno de los “alfabetizadores” de la guerrilla: “He recibido con regocijo tu misiva en la que lamentas no disponer de los pertinentes instrumentos para desarrollar tu labor pedagógica en la satrapía que te fue asignada por la revolución. Los pueriles sujetos de tu atención académica se las tendrán que arreglar con tu ingenio, ya que no dispongo de esas armas de cultura que reclamas. Aprovecho la ocasión para comunicarte que la próxima vez que hagas caminar a un hombre diez horas para decirme semejante sarta de estupideces te mando alguien para que te corte los cojones. ¿Asimilado? Tu cabreado comandante. Che”.
Su compromiso con la revolución y con el pueblo (de cualquier parte del mundo) era lo que lo llevaba a ser tan riguroso con los demás, pero mucho más consigo mismo. Así, después del triunfo de la Revolución en Cuba, el Comandante, tras el fracaso en Angola, se hizo una fuerte autocrítica por no haber hecho el “esfuerzo suficiente” para aprender el idioma, cuestión que le impedía relacionarse mejor con los combatientes locales. Él era el primero que estaba a la altura de las necesidades.
Al mismo tiempo en que se mantenía en combate, dirigía las campañas de alfabetización, se ocupaba de la moral de los rebeldes y demás tareas. No fueron menores las discusiones del Che con algunos dirigentes del 26 de Julio sobre el rumbo de la Revolución. En una ocasión la discusión fue con Oltusky (coordinador del 26 en la zona de Las Villas, zona donde operaba el II Frente, una guerrilla no perteneciente al 26 de Julio a quien el Che decidió enfrentarse para avanzar). Oltusky era el creador del programa de la reforma agraria que planteaba el reparto de las tierras cobrando impuestos al latifundio, la venta de parcelas y créditos a los pequeños propietarios. Este programa le había parecido demasiado blando a Guevara que, indignado, sostenía que: “la tierra es para quien la trabaja”. Tal era la firmeza de sus posiciones, que la discusión entre los dos se dio en los siguientes términos:
- “Che, pero estas cosas tenemos que hacerlas con cuidado, porque no podemos revelar temprano nuestras intenciones, porque los yanquis nos aplastarían.”; a lo que Guevara respondió:
-“¡Qué comemierda eres! ¿Así que tú crees que podemos hacer una revolución a espaldas de los americanos? Las revoluciones verdaderas hay que hacerlas desde el primer momento y que todo el mundo sepa cómo son porque hay que ganarnos al pueblo. Una revolución de verdad no se puede disfrazar.”
Esto fue el principio de lo que después de la toma del poder llevaría a grandes discusiones, y para el Che sería una lucha incansable. Debates en los que Guevara se posicionó claramente: necesidad de profundizar y extender la revolución, la lucha contra los lastres del capitalismo por el fortalecimiento de la moral, la necesaria politización del pueblo, la lucha por la industrialización contra la dependencia de la URSS, la lucha contra la burocratización...
La convicción de que la tarea era profundizar la revolución solucionando los problemas económicos, pero sobre todo manteniendo los principios de la revolución socialista lo enfrentaron fuertemente al stalinismo. El Che pudo ver que en las directivas y la política de la URSS estaba la vuelta al capitalismo, la restauración. La realidad, luego se encargó de demostrar lo acertado de las posiciones de Guevara.
Así habló el Che, en Septiembre de 1959, a los jóvenes que aspiraban ser parte del ejército revolucionario explicando que su rol era el de volverse los portadores de la voz del pueblo y mantener el orden revolucionario: “…son dos tareas que aparentemente chocan. Y de este choque muchos de los miembros de las fuerzas armadas han convertido arbitrariedades no sólo en la policía, en cada uno de los cuerpos, que son mínimas, pero que existen y pueden contaminar al resto (…) convertirse en un informante, no un informante de las posibles conspiraciones, tenemos un pueblo entero que vigila y que nos ayudará, un vigilante de la reacción popular frente a las medidas de un ministro o del mismo gobierno general, para saber incluso qué se piensa (…) Y no para tener fichado a nadie, no para castigar a nadie por exponer una opinión, todo lo contrario, para analizar la opinión, para ver lo verdadero que tiene esa opinión sobre nuestras acciones…".
Como lo había empezado a hacer en Sierra Maestra, mucho más necesario se volvió para el Che hacerlo en la revolución. La educación política del pueblo se convirtió en una de las máximas preocupaciones de Guevara. Para él era un arma fundamental para poder avanzar dentro de tantos problemas por resolver y en medio de tanto oportunismo. Los funcionarios del PSP (sección cubana del PCUS) sacaban provecho de este atraso en Cuba ocupando puestos de dirección y pretendiendo orientar la política del nuevo gobierno, aún después de haber negado y condenado la lucha revolucionaria del Movimiento 26 de Julio.
En la construcción del socialismo en Cuba, el Che siguió siendo el primero en la línea: se ocupó del Ejército Revolucionario, del Ministerio de Industria, fue nombrado Presidente del Banco Nacional (terror de la burocracia y de quienes pretendían seguir sosteniendo algún negocio), impulsó y protagonizó las jornadas de trabajo voluntario y estuvo atento permanentemente a la educación para que fuera una herramienta que acompañara también el proceso revolucionario, intercediendo también en fuertes debates entre las universidades sobre la necesidad de que los intelectuales se dispusieran a contribuir a la revolución.
Asumiendo una de las tareas más importantes y difíciles de la revolución, se ubicó a la cabeza del Ministerio de Industria, pues la situación era terrible. Se provenía de tener una país con una gran cantidad de desocupados, dependiente del extranjero, tanto de maquinaria como de materias primas para la producción, una agricultura profundamente atrasada, un régimen de propiedad basado en el latifundio... Para enfrentar la situación, el Che y sus colaboradores en el Ministerio crearon el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) con el que hicieron coordinar la producción de las industrias que iban logrando poner en pie organizadas por ramas. Se creo un fondo central de ganancias para el pago de los salarios.
La voluntad de hierro y la certeza de poder cumplir con las más altas responsabilidades, de las que se valió siempre el Che, estimulaban también a todos los militantes de la revolución. Así, mientras Guevara era nombrado Presidente del Banco Nacional, le encargaba a un compañero la tarea de administrador. Este se vio sobrepasado por la responsabilidad que le había tocado:
- “Oiga comandante, que no sé nada de bancos.
- Yo tampoco y soy el presidente, pero cuando la revolución te pide…
- Está bien, ¿cuándo entro?"
Para los que reivindicamos la figura del Che, su actitud es un ejemplo revolucionario de vida. Pero para quienes, de alguna forma piensan en sus beneficios personales y actúan en consecuencia con ello, Guevara se convirtió en su karma. Las jornadas de trabajo voluntario que el Che impulsó llegaron a incomodar a muchos de los que intentaron beneficiarse con su posición en el estado. Estas actitudes individualistas fueron aplastadas frente a la práctica del Che, que asumía grandes responsabilidades como funcionario, trabajaba 17 horas en su ministerio (además de que siempre había reuniones o visitas políticas), estudiaba metódicamente economía y matemáticas avanzadas para organizar la producción y dirigir el banco y los domingos cumplía con su jornada de ocho horas de trabajo voluntario, ya fuera cortando caña, levantando escuelas u alguna otra actividad.
Guevara cobraba su salario de comandante (se había negado a acumular los sueldos por sus distintas funciones) de 440 pesos, de los cuales 100 mandaba a su hija, 50 pagaba de alquiler, 50 pagaba por un auto usado que había comprado y el resto se iba en gastos cotidianos.
Como muestra de esta austeridad, cuando le tocó ser el padrino de casamiento de un compañero, Fernández Mell, se hizo presente con un uniforme de campaña, ya viejo y lleno de agujeritos.
-“¿Cómo vienes con ese uniforme?
- Es mi uniforme de verano.”- Respondía el Che, sin perder su buen humor, y evidenciando que no estaba dispuesto a poseer aquello a lo que no pudiera acceder su pueblo.
Su moral intachable correspondía, para el Che, a una cualidad de la que ningún revolucionario podía prescindir. En este sentido, sostenía que la construcción del socialismo en Cuba, no debía acotarse a los estímulos materiales, sino basarse en la conciencia que pudieran desarrollar y en los estímulos morales que se les pudiera brindar a los obreros y campesinos. Se trataba no sólo del desarrollo económico de Cuba, sino también de la construcción del Hombre Nuevo.
Mientras el Che trabajaba y estaba abocado a la importante tarea de la industrialización, el sector del aparato burocrático encabezado por Escalante y funcionarios del PSP, se enriquecía y esquivaba el trabajo voluntario, no aportaba nada a la revolución. La hundía.
En 1962, Guevara, dio una conferencia a los miembros de seguridad, lo que después se convertiría en el artículo “Táctica y estrategia de la revolución latinoamericana”. Allí expuso posiciones muy importantes. Criticó la posibilidad de la vía pacífica para la revolución en América Latina y la incapacidad de las burguesías de enfrentarse al imperialismo. En esta conferencia habló de la Alianza para el progreso como “el intento imperialista de detener las condiciones revolucionarias de los pueblos mediante el sistema de repartir una pequeña cantidad de las ganancias con las clases explotadoras criollas.” Habló también del carácter continental que debía tener la revolución y de la necesidad de la lucha guerrillera para vencer al ejército convencional.
Estas posiciones reflejan claramente la firmeza del Che en cuanto a la necesidad de la lucha por la Revolución Socialista a nivel mundial, levantando las banderas del internacionalismo proletario y con ello la necesidad de la lucha armada para el triunfo de esa revolución. Con el mismo espíritu escribió, años más tarde, el “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental” donde reafirmó la necesidad de la lucha armada como única posibilidad para la toma del poder y el internacionalismo como condición del desarrollo de la revolución mundial. “El internacionalismo proletario es un deber, pero también es una necesidad revolucionaria… Nuestro sacrificio es conciente; cuata para pagar la libertad que construimos.”
En una conferencia hizo duras críticas a los excesos de la dirección partidaria en algunas zonas y a la degradación de los Comités de Defensa de la Revolución. En su lucha contra la burocratización, declaró: ".Contrarrevolucionario es aquel que lucha contra la revolución, pero también es contrarrevolucionario el señor que valido de su influencia consigue una casa, que después consigue dos carros, que después viola el racionamiento, que después tiene todo lo que no tiene el pueblo.” Para entonces, el Che había logrado echar a algunos importantes personajes de la burocracia partidaria. A quienes les decía: “para nosotros es mucho más importante tener malanga que tenerlos a ustedes”.
En consecuencia con su internacionalismo, el Comandante viajó a África donde estableció importantes vínculos de solidaridad con las luchas por la liberación que allí se estaban gestando. Así participó directamente del entrenamiento militar en el Congo y Angola. En su discurso pronunciado en el II Seminario Económico de Solidaridad Afroasiática, se enfrentó a China y a la URSS por su actuación frente a las luchas de liberación. Refiriéndose a la venta de armas y materias primas dijo: "¿Cómo puede significar beneficio mutuo vender a precio de mercado mundial las materias primas que cuestan sudor y sufrimiento sin límite a los países atrasados y comprar a precio de mercado mundial las máquinas producidas en las grandes fábricas automatizadas? Si estas son las relaciones, los países socialistas son en cierta manera cómplices de la explotación imperial. Las armas deben llegar gratis. Ante el ominoso ataque del imperialismo norteamericano contra Vietnam o el Congo debe responderse suministrando a estos países hermanos todos los instrumentos de defensa que necesiten y dándoles toda nuestra solidaridad sin condición alguna.”
Esta claridad del Che le trajo problemas con Fidel Castro, quien ha visto como una indisciplina el haberse enfrentado con la dirección del PCUS.
El Che decidió retomar su idea de contribuir personalmente con la revolución en el Congo y emprendió pronto su viaje. Castro estuvo de acuerdo con que el Che se fuera.
Antes de despedirse definitivamente de sus anteriores responsabilidades para asumir las nuevas (siempre las más difíciles) el Che entregó una carta de despedida a Fidel Castro.
No dejaba pocas cosas, pero otra vez pesaban sus principios revolucionarios. "Dejaba atrás casi once años de trabajo para la revolución cubana al lado de Fidel, un hogar feliz, hasta donde puede llamarse hogar la vivienda de un revolucionario consagrado a su tarea y un montón de hijos que apenas sabían de mi cariño. Se reiniciaba el ciclo."
Siempre con su responsabilidad ante las tareas que asumía, antes de salir para el Congo el Che se dispuso a aprender swahili (lengua de los congoleños). También le dio instrucciones precisas a sus hombres: “Nosotros íbamos a ayudar a un movimiento de liberación. Nuestra ayuda consistiría en asesoramiento. Hablaba de las experiencias de la sierra. De que allí, primero íbamos a dar y no a recibir, que había que sacrificarse, que no podíamos comer antes que los guerrilleros nativos, que no quería manifestaciones de prepotencia, que fuéramos modestos, que tuviéramos presente que éste era un país con cuatro siglos de atraso, íbamos a chocar con la miseria en su punto álgido. Allí nadie podía tener más que nadie, a no ser por causa muy justificada. (…) Que él no garantizaba el tiempo que pasaríamos allí, que quizás en cinco años se pudiera plantear una sustitución del personal.” Esto recordaría uno de los hombres que lo acompañó, el doctor Zerquera.
En el Congo peleó por la revolución siendo siempre el primero, intentando ser un ejemplo para todos sus compañeros, haciendo enormes sacrificios por el triunfo de esa lucha. Allí se hicieron infinitos sacrificios que no impidieron que el Che, asumiendo su rol de comandante, fuera el primero en hacer una fuerte autocrítica planteando que él debía haber hecho aún un esfuerzo mayor por insertarse y ganar la confianza de los combatientes y campesinos del lugar. Esta actitud no es más que una muestra de una fuerte voluntad y convicción que hicieron que Guevara no escatimara ni el más mínimo esfuerzo a la causa.
Nuevamente los principios revolucionarios del internacionalismo lo llevaron a proponerse desarrollar la lucha en Latinoamérica. Así fue que volvió a Cuba, convocó a viejos compañeros de la experiencia de Sierra Maestra y emprendieron la formación de una guerrilla en Bolivia con la intención de ir extendiéndola luego a Perú y Argentina.
Volvieron a revivir los difíciles pasajes de la Sierra Maestra: para el Che, la dirección de una columna que necesitaba educarse en la moral para sobrevivir al frío, al hambre, al cansancio, a la desesperación...
El Comandante se preocupó por el armado de una importante red de trabajo en la ciudad y con el vínculo de organizaciones políticas y sindicales de Bolivia. Lamentablemente, estas organizaciones venían de una importante derrota luego de la revolución del 52 y la organización con mayor peso en el país, que había prometido su apoyo, era el Partido Comunista de Bolivia. Pero esta dirección stalinista (a cargo de Mario Monje quien respondía al PCUS), una vez instalado el Che, retiró sus promesas de apoyo, forzando a sus militantes a romper con el PC para poder aportar al desarrollo de la revolución. De este modo, el PCB se encargó de dejar en claro públicamente que no tenía nada que ver con las acciones armadas en Bolivia, aislando a la guerrilla y dejando al descubierto la presencia del Che en ese país, incluso sabiendo que lo la CIA le seguía los pasos.
Finalmente, el Comandante Guevara fue capturado y fusilado cobardemente por el ejército boliviano.
Ha caído combatiendo por la revolución, siendo fiel a sus principios, siempre.
Comandante,

¡HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE!