El Revolucionario Nº17 (Septiembre de 2006)
Mientras el imperialismo presiona para derribar la revolución cubana y se hace más necesario que nunca defender sus conquistas; y cuando en América Latina la abrumadora opresión, la permanencia de la explotación capitalista y la profundización de la dependencia llaman a recoger las lecciones de la revolución cubana del 59; la dirección del estado y el PC cubano encarnada en su máxima figura, Fidel Castro, aparece ante el mundo como una referencia del proyecto de “integración (capitalista) latinoamericana” que dirigen gobiernos entreguistas como Kirchner o Lula y le dice a nuestros pueblos que “la revolución ya no será por las armas sino por las ideas”.
1959
Los revolucionarios que el 1º de enero de 1959 tomaron el poder en Cuba, no sólo se habían conmovido e indignado ante la dependencia y la opresión que postraba a su pueblo, sino que en el camino de su lucha encontraron la única opción posible para darle salida a las injusticias del sistema capitalista que se hacían carne en su suelo: la toma del poder y la instauración del socialismo. Entonces dejaron en claro que sólo con medidas profundas de ruptura con la burguesía y los terratenientes era posible darle al pueblo lo que le era propio: al campesino sus tierras, al obrero sus fábricas, educación, salud, trabajo y vivienda dignas para las nuevas generaciones. La determinación de librar una lucha a fondo contra el estado capitalista, y las medidas de expropiación y planificación socialista, son el centro de la lección que la revolución cubana ha brindado a todos los luchadores del mundo. Son muestras gloriosas de lo que pueden hacer los trabajadores y el pueblo de un país si logran la organización y el programa que los ubique en un combate triunfal frente a la burguesía, la oligarquía y el imperialismo.
Por eso, cuando las organizaciones más comprometidas con la lucha revolucionaria de la clase obrera, como sucedió en nuestro país con el PRT, tomaban el ejemplo de Cuba y sus dirigentes, no lo hacían como un culto a tal o cual líder revolucionario, sino en defensa de un método, la organización político militar que sostenga la dirección de la lucha revolucionaria hasta la toma del poder, y de una estrategia: la instauración del socialismo.
Así lo planteaba el PRT en su IV Congreso (1968):
“En primer lugar el castrismo determina el carácter de la revolución latinoamericana: socialista y antimperialista.
En segundo lugar determina su carácter de clase: campesino obrero y popular. `Las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo –si alguna vez la tuvieron- y sólo forman su furgón de cola´. (Che Guevara: Mensaje a
En tercer lugar determina el carácter continental de la lucha, pero señalando claramente que dentro de esa estrategia continental debe partirse del desarrollo de las revoluciones nacionales y regionales que si bien son tácticas en relación con la estrategia, constituyen la forma adecuada de comenzar la lucha”.(…)
“La táctica del castrismo para la estrategia continental, es la misma que para su estrategia mundial: `la creación del segundo o tercer Vietnam del mundo´.
Esta, repetimos, es la tarea esencial de los revolucionarios en cada país y región. `Para la mayoría de los países del continente el problema de organizar, iniciar y culminar la lucha armada constituye hoy la tarea inmediata y fundamental del movimiento revolucionario´ (punto 7 del programa de
La forma concreta, política y militar, que adquirirá esta táctica revolucionaria es la de una guerra prolongada…” (…)
“Una cuestión que debe señalarse como parte integrante de la concepción revolucionaria del castrismo, es el planteo de la unidad político-militar de la dirección revolucionaria” (…)
“La tarea de construcción del partido y construcción de la fuerza militar para los verdaderos revolucionarios, van indisolublemente ligadas.”
Esta toma de posición de aquellos compañeros revolucionarios que en nuestro país se organizaban para lograr también aquí un gobierno obrero y socialista, se veía estimulada por el apoyo de la dirección cubana al movimiento revolucionario continental, lo que implicaba apoyo material y una defensa política del proceso de lucha para la toma del poder y el derrocamiento de la burguesía.
El más alto y consecuente ejemplo de la revolución latinoamericana, el Comandante Che Guevara, llevó hasta el final de su vida esta perspectiva, promoviendo la revolución en cada rincón del mundo y sentenciando: “No hay más cambios que hacer: o Revolución Socialista o caricatura de revolución” (Crear dos, tres... muchos Vietnam es la consigna”). Y el mismo Fidel Castro por ese entonces dejaba asentando en su prólogo al diario del Che en Bolivia:
“Si frente al cuadro de esta situación real e incuestionable, que decisivamente afecta el destino de nuestros pueblos, algún liberal o reformista burgués, o seudo revolucionario charlatán, incapaz de la acción, tiene una respuesta que no sea una profunda y urgente transformación revolucionaria que pueda hacer acopio de todas las fuerzas morales, materiales y humanas de esta parte del mundo para lanzarlas hacia adelante, para recuperar el atraso económico y científico-técnico de siglos, cada vez mayor, con el mundo industrializado, del que somos tributarios y lo seremos cada vez más, y en especial de Estados Unidos; y, además de la fórmula, el camino mágico de llevarla a cabo, diferente a la concebida por el Che, que barra oligarquías, déspotas, politicastros, es decir: criados, y a monopolios yanquis, es decir: amos, y lo haga con toda la urgencia que las circunstancias requieren, que levante entonces la mano para impugnar al Che”. (...)
“Los revolucionarios de hoy tienen por enemigo al baluarte más poderoso del campo imperialista, equipado con la técnica y la industria más moderna. Este enemigo no sólo organizó y equipó de nuevo un ejército en Bolivia, donde el pueblo había destruido la anterior fuerza represiva y le brindó inmediatamente el auxilio de sus armas y asistentes militares para la lucha contra la guerrilla, sino que brinda su aporte militar y técnico en la misma medida a todas las fuerzas represivas de este continente. Y cuando no bastan esas medidas interviene directamente con sus tropas, como lo hizo en Santo Domingo.
Para luchar contra ese enemigo se requiere el tipo de revolucionarios y de hombres de que habló el Che. Sin ese tipo de revolucionarios y de hombres, dispuestos a hacer lo que ellos hicieron; sin el ánimo de enfrentarse a enormes obstáculos que ellos tuvieron; sin la decisión de morir que a ellos los acompañó en todo instante, sin la convicción profunda de la justicia de su causa y la fe inconmovible en la fuerza invencible de los pueblos que ellos albergaron, frente a un poder como el imperialismo yanqui, cuyos recursos militares, técnicos y económicos se hacen sentir en todo el mundo, la liberación de los pueblos de este continente no sería alcanzada”. (...)
“Para no luchar habrá siempre sobrados pretextos en todas las épocas y en todas las circunstancias, pero será el único camino de no obtener jamás la libertad”.
2006
Decía Evo Morales en un reportaje publicado por el diario kirchnerista Página/12: “Fidel me llama, me abraza, me conversa, me orienta”, y pasaba a relatar los consejos del líder cubano: “No hagan lo que nosotros hemos hecho –refiriéndose a la lucha armada para liberar a Cuba–, hagan una revolución democrática. Estamos en otro tiempo, la gente quiere transformaciones profundas, pero no quiere guerras”. Y remataba: “Tienes ahí a Lula, a Kirchner, a Chávez, a Cuba; nosotros no teníamos nada de eso...”.
No es una novedad que este es el planteo político que tiene la dirección cubana. El discurso de Fidel Castro tiene un eje central desde hace tiempo: la revolución debe ser pacífica y moderada, gradual y democrática. Por ello pregona permanentemente que “la revolución ya no será por las armas sino por las ideas”, como lo remarcó una vez más y ante miles de seguidores en el cierre de
En nuestro país esas tesis democráticas y pacifistas ya habían sido planteadas en el discurso que el líder cubano dio en el 2003 en
Evidentemente, y por más que sea contradictorio con su propia experiencia, el planteo político y público de Fidel Castro es que la lucha revolucionaria por el poder obrero y la instauración de un gobierno que emprenda medidas de corte socialista, son tareas que han quedado en la historia, como parte del pasado. Y es patente en esto la influencia de la ideología burguesa que tras la caída del muro de Berlín ha declarado con Fukuyama “el fin de la ideologías”, y de los “postmarxistas” que con ellos se arrepintieron, cuestionado la existencia de la clase obrera como sujeto revolucionario (Tony Negri) y decretando que ya no es posible la toma del poder y el derrocamiento violento de la burguesía (Holloway), con lo que marcan un camino de derrota y sometimiento para el conjunto de los explotados y oprimidos del mundo.
Sólo en este marco es comprensible entonces su apoyo total al proceso capitalista llevado adelante en Venezuela y su defensa irrestricta de Hugo Chávez, a quien está preparando como figura de recambio para la dirección del movimiento latinoamericano que aún se mantiene en sus filas. “Veo con alegría el impulso hacia la integración de América Latina, en la que Venezuela será un ejemplo de lo que se puede hacer”, decía en un reportaje realizado por el diputado kirchnerista Miguel Bonasso publicado en página/12. Explicaba entonces: “Chávez ha ido creando un modelo indestructible. No es portador de un socialismo extremo, sino realista”. “Además –agregó– ha prometido realizar todos los cambios democráticamente, consultando al pueblo. No es extremista. Ha prometido cooperar con las capas medias y el respeto y la colaboración con las empresas privadas que acaten los principios de la revolución”.
Y en sintonía con su defensa de los cambios “democráticos” y “no extremistas”, Fidel Castro ha demostrado en todos estos años ser un asiduo defensor de los gobiernos burgueses que se autotitulan “progresistas”. Cuando en el 2003 en
Parte integrante de este proyecto de “transformación democrática” son los encuentros, cumbres y foros auspiciados por los gobiernos de Cuba y Venezuela, en donde se promueve que la organización popular sea encarrilada tras los proyectos burgueses de gobiernos capitalistas como el de Chávez, Morales, Kirchner o Lula da Silva.
Así, por ejemplo, la última Cumbre de los Pueblos realizada en Córdoba, donde Fidel Castro fue la figura principal, tenía como planteo central subordinar el movimiento popular a las instituciones y poderes estatales que dirige la burguesía, con el fin de avanzar hacia una “humanización” del capitalismo, con la imposible pretensión de “redistribuir” las riquezas en el marco del sistema actual. Por ello planteaba: “Avanzar en la construcción de instituciones y mecanismos de integración de los Pueblos con la participación ciudadana democrática y solidaria, ejercitando nuestro derecho a conocer y controlar los actos de gobierno”, “Bregar por la democratización de la sociedad en su conjunto”, reclamando “la incorporación de mecanismos de participación popular en la designación de los magistrados y por la democratización de las relaciones laborales en la justicia” y planteando la “generación de alternativas de soberanía e independencia financiera, incluyendo la implementación de sistemas tributarios progresivos”, para afirmar así como eje central un “NO a la desigualdad del hambre y la pobreza, SI a la distribución de la riqueza”.
Como podrá advertirse el parecido con los planteos reformistas locales (repetidos a nivel global) no es una mera coincidencia. Es justamente por el acuerdo que existe en su programa político basado en la imposible pero pretendida “humanización” del capitalismo, que numerosos sectores confluyen en el marco de estas cumbres, foros y encuentros y son apoyados directamente por el estado y la dirección política de Cuba. Así, el apoyo que Fidel Castro le otorga a gobiernos capitalistas como el de Venezuela o el de Bolivia (por no hablar de los que son directamente pro imperialistas como sucede con Kirchner, Lula o Tabaré), que se traduce en envío de médicos, programas de asistencia sanitaria o de alfabetización, y sobre todas las cosas, en un claro apoyo político; tiene su correlato también en la vida política nacional, donde numerosas organizaciones reformistas o directamente kirchneristas encuentran su base de apoyo en el gobierno cubano. Sucede con el PC y su infinidad de desprendimientos y subsidiarios, con las organizaciones kirchneristas como Barrios de Pie,
Por más lamentable que pueda ser, la figura de Fidel Castro aparece como un apoyo para el gobierno hambreador y cipayo de Kirchner, y la reproducción de su figura y sus planteos en afiches, banderas, discursos y consignas kirchneristas no es resultado de la pura imaginación de estos sectores progubernamentales, sino fruto de una realidad bien palpable, en la que Fidel Castro aparece una y otra vez, como lo hizo ahora en el MERCOSUR, apoyando y dando letra a los gobiernos capitalistas de América Latina.
47 años
Evidentemente existe una distancia abismal entre un Fidel Castro que ha encabezado la lucha armada para la toma del poder y que ha dirigido reformas profundas que implicaron la expropiación de las clases ricas de la isla y del imperialismo, y otro Fidel Castro que hoy rechaza de plano su propia experiencia, defendiendo “la democracia” en general y pregonando la vía pacífica para la transformación social. En gran medida la extrema sorpresa que causa a quienes ven esta realidad o la negación caprichosa de los hechos que aún muchos pretenden sostener es producto de la falta de una mirada seria y crítica frente al desarrollo de la revolución cubana durante estos más de 40 años y del rol que ha jugado su dirección no sólo en función del proceso interno de la isla, sino también en relación con la lucha revolucionaria en el resto de los países del mundo, y particularmente en América Latina.
Porque si bien es cierto que nunca el gobierno de Cuba había llegado tan lejos en su defensa de la democracia y de la paz entre las clases, también es necesario recordar que ha existido una larga historia de intervenciones de Fidel Castro y su partido que han estado muy lejos de contribuir a la lucha revolucionaria de los pueblos latinoamericanos por el poder.
La presión del stalinismo soviético es central en este respecto. Este aliado de Cuba, que con Breznev había viajado a la isla en 1969 para poner límite al ejemplar internacionalismo proletario que desarrollaban, sentenciando entonces que “la revolución no es artículo de exportación”, impulsaría un viraje en la política exterior cubana para que se abandone todo apoyo a las organizaciones revolucionarias (como sí se había planteado
Evidente y lamentablemente, el partido comunista cubano ha sacado una conclusión: en estos tiempos la revolución y el socialismo ya no están a la orden del día.
Con este norte Fidel Castro apoyó de lleno al gobierno de Allende y su frente popular en Chile, llamando a sus partidarios a cuadrarse bajo la dirección de los partidos socialdemócratas o liberales, y difundiendo una consigna muy alejada de su propia experiencia que era en si misma un rechazo al planteo de armamento popular para enfrentar a la burguesía y el imperialismo (que luego perpetraron el golpe militar), y una defensa del inviable camino pacífico y democrático al socialismo: “todos los caminos son buenos caminos”.
También en nuestro propio país, cuando la burguesía intentó poner freno a la lucha obrera y popular que crecía aceleradamente a principios de la década del 70 y llamó para ello a la única figura capaz de “poner orden”: el General Perón, dando lugar entonces al gobierno peronista de Cámpora; el apoyo de Fidel Castro al autodenominado “gobierno popular” fue un golpe para las organizaciones revolucionarias. El peronismo que pronto masacraría en Ezeiza y conformaría las AAA se vio entonces fortalecido por el apoyo de la dirección cubana y de quienes siguieron su ejemplo y dejó en absoluta soledad a quienes alertaron sobre el carácter continuista (capitalista) y luego reaccionario de los flamantes gobiernos peronistas. El PRT que ya a esta altura estaba muy vinculado con el PC cubano, se vio empujado a una fuerte ruptura con la dirección de la isla para poder sostener su posición de principios y defender la continuidad de la lucha revolucionaria por el socialismo, aún frente a los gobiernos “progresistas” del capitalismo autóctono. La carta “Por qué el ERP no dejará de combatir. Respuesta al Presidente Cámpora” es expresión de esta importantísima posición de principios revolucionarios: “Ud. Presidente Cámpora, pide a la guerrilla una tregua. La experiencia nos indica que no puede haber tregua con los enemigos de la patria, con los explotadores, con el Ejército opresor y las empresas imperialistas expoliadoras. Que detener o disminuir la lucha es permitirles reorganizarse y pasar a la ofensiva”.
Ya entrados los años 80 la dirección cubana intervino en los procesos revolucionarios de El Salvador y Nicaragua con el planteo de la “pacificación”, apoyando de lleno al grupo Contadora y exigiendo el desarme no sólo de la represión sostenida directamente por el imperialismo yanqui, sino también de las organizaciones armadas del pueblo. Esto se hacía en el marco de una guerra abierta por el poder que en El Salvador ubicaba a las organizaciones a escasos kilómetros de la capital luego de una importante ofensiva revolucionaria, y que en Nicaragua ya había derivado en la conformación de un gobierno revolucionario que se encontraba en guerra civil frente a la contrarrevolución digitada por EEUU. En ambos casos todo el esfuerzo de la dirección cubana estuvo puesto, no en la defensa de la revolución, sus principios y la necesidad de su profundización para una completa ruptura con las clases dominantes, sino en la defensa de valores “generales” como la “democracia” o la “paz”, cuyo resultado fue el desarme de los insurgentes, el aplastamiento de las organizaciones revolucionarias en El Salvador y la “democratización” de la revolución sandinista ya triunfante, que con su proceso de “paz” y “democracia” se orientó hacia la reconstrucción de una república parlamentaria burguesa, donde, como está a la vista de todos, los ricos gobiernan y los pobres son hoy cada día más pobres, siendo, después de Haití, el país más pobre de Latinoamérica.
Un momento central en este camino progresivo de abandono de las posiciones históricas de la revolución cubana y de creciente defensa de la democracia, es el posicionamiento público de Fidel Castro en 1997 en contra de la lucha armada en referencia al combate de las FARC, lo que significa una gravísima contribución al aislamiento y derrota de la guerrilla colombiana. Más que lamentable es por cierto esta condena pública a la lucha revolucionaria por el poder a la que bien caben las palabras que el propio Fidel Castro escribió en su prólogo al Diario del Che en Bolivia: “La solidaridad con el movimiento revolucionario puede ser tomada como pretexto, pero nunca será la causa de las agresiones yanquis. Negar la solidaridad para negar el pretexto es ridícula política de avestruz, que nada tiene que ver con el carácter internacionalista de las revoluciones sociales contemporáneas. Dejar de solidarizarse con el movimiento revolucionario no es negarle un pretexto sino solidarizarse de hecho con el imperialismo yanqui y su política de dominio y esclavización del mundo”.
Lamentablemente, como dice Heinz Dietrich (un afamado apologista del chavismo y la burguesía nacional) para mostrar el apoyo con el que cuenta su propuesta democrática y pacifista, es indudable que para la dirección cubana “…el tiempo de la lucha armada revolucionaria y de los gobiernos de obreros-campesinos ha quedado en el pasado. Los comentarios de Fidel referentes a las FARC han sido muy claros…”
Desde entonces, Fidel Castro ya no sólo ha dejado de posicionarse y de respaldar la lucha revolucionaria, sino que directamente ha pasado a tomar una posición condenatoria de las acciones armadas que son parte de la pelea contra las clases dominantes. Con este perfil, ha entrado incluso en el circo imperialista de condena al “terrorismo” en general, como si esa categoría pudiera ser planteada en abstracto sin atender a las condiciones de la lucha que llevan adelante los pueblos y sus organizaciones frente al imperialismo, y descuidando que la pretendida “lucha contra el terrorismo” es una ofensiva imperialista para voltear a todas las organizaciones que se alzan contra la opresión y la explotación en el conjunto del mundo: en Irak, en Palestina, en Colombia... y también en Cuba.
Por supuesto que este breve racconto de posicionamientos centrales para la lucha revolucionaria de nuestros pueblos, no significa en lo más mínimo que este haya sido (y esté siendo) un proceso lineal, sin contradicciones ni ambigüedades. Muy por el contrario, la misma dirección cubana que planteaba apoyar al último gobierno peronista o que promovió la entrega de las armas en la revolución nicaragüense, fue también quién asiló a muchos compañeros, apoyó política y materialmente a diversas organizaciones (incluyendo entrenamientos en la isla) e hizo enormes aportes internacionalistas a las luchas de liberación, como sucedió en el Congo o en Angola, donde numerosos soldados cubanos entregaron su vida por la revolución.
Estos hechos ejemplares, que han promovido el apoyo a la dirección cubana por parte de muchos militantes revolucionarios, son muestra de las contradicciones que han caracterizado al régimen de Fidel Castro, pero no pueden ser una traba para visualizar la orientación cada vez más nítidamente reformista que éste ha asumido.
La torpeza en el análisis de quienes han querido ver en la dirección castrista una suerte de reproducción mecánica del stalinismo soviético transpolada al país caribeño, ha impedido el acercamiento a un entendimiento certero del proceso revolucionario vivido en la isla, e incluso ha contribuido a que en el campo de los que somos defensores de la revolución cubana sea más difícil aún la critica a una dirección cada vez más adaptada a las imposiciones del capital.
Por otra parte, quienes se han mantenido en el camino de la obsecuencia y se han negado siempre a la crítica y autocrítica con una serie de excusas absolutamente formales, quienes han hecho un culto de la personalidad de Fidel Castro a costa incluso de olvidar las más profundas convicciones revolucionarias, han ido cayendo, uno a uno, en las trampas que tiende la burguesía a cada paso, de la mano de organizaciones y hasta gobiernos “progresistas” que hoy son apoyados por la dirección cubana. Todas las explicaciones que intentan mostrar a la actual orientación de la dirección cubana como una necesidad táctica, diplomática, o de supervivencia, olvidan que lo que hace su líder Fidel Castro ahora no es no pronunciarse en favor de tal o cual movimiento revolucionario y dedicarse a resolver las necesidades internas de su pueblo, sino condenar abiertamente la lucha revolucionaria, apoyar los gobiernos burgueses que van desde el populista Chávez hasta el liberal Lula Da Silva, e intervenir con todas sus fuerzas en defensa de la reforma, dirigiendo encuentros y foros mundiales que se proponen encarrilar al movimiento popular tras el camino de la paz y la democracia capitalistas.
La obsecuencia frente al líder cubano está haciendo muchísimo daño en cada uno de nuestros países, pues significa un freno concreto a las tareas revolucionarias, y lo es incluso para el desarrollo de la revolución cubana en la medida en que el mayor apoyo que Cuba podría tener, es decir el triunfo de nuevos gobiernos socialistas en América y el mundo, está siendo frenado por la convocatoria castrista a la reforma pacífica. Ya bastante claridad ha dado a los revolucionarios la política de coexistencia pacífica que promovió la dirección de
Muy por el contrario las tareas de la revolución siguen tanto y más planteadas que en aquel enero del 59, puesto que el sistema capitalista no ha sido derrotado y el sufrimiento de nuestros pueblos se acrecienta permanentemente. Parte integral de esa lucha es defender las posiciones conquistadas, rechazando los intentos de invasión yanqui en Cuba y defendiendo incondicionalmente esa revolución no sólo frente a las botas imperiales, sino también contra todo tipo de intento de restauración capitalista, venga de la mano de los burócratas o de las presiones de la gusanera de Miami. Pero sabemos bien que la revolución para no retroceder debe seguir avanzando y esa es tarea nuestra, de los revolucionarios de hoy, que tomando el ejemplo de tantos compañeros que han dado todo por la revolución, entre ellos el de la experiencia cubana del 59 y el eterno ejemplo del Che, nos organizamos para conquistar el poder y extender el socialismo en nuestra tierra. No cabe duda que hay una tarea urgente para todos nosotros: la tarea de los revolucionarios es hacer la revolución.