CUBA: CONTRA LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA, VIGENCIA DEL PENSAMIENTO DE GUEVARA

Revista El Revolucionario Nº1 (Noviembre de 2008)

LA REVOLUCIÓN
El 1º de enero en Cuba es un día histórico. Aquel día de 1959 el pueblo cubano emprendía el trabajo de la construcción de un nuevo estado que apuntaba implacable sus fusiles contra el imperialismo yanqui y sus aliados isleños.
Desde el momento mismo en que Cuba luchaba por su independencia de España, durante el último tercio del siglo XIX, los Estados Unidos metían sus narices en la isla, arrogándose el derecho de distribuirse con ese país europeo los territorios americanos y estableciendo finalmente su “tutela” sobre Cuba por medio de la Enmienda Platt en 19021.
Aunque formalmente independiente, Cuba, como la mayoría de América Latina, sería desde entonces un país dependiente económicamente del imperialismo yanqui, una semicolonia condenada al atraso: productora de materias primas e importadora de productos manufacturados provenientes de países con mayor desarrollo industrial. La economía local se concentró en el cultivo y la producción de azúcar. Los diferentes gobiernos cipayos entregaron casi completamente el manejo de esta industria a los empresarios norteamericanos, quienes también tenían un fuerte control sobre otras ramas, como la energía eléctrica, la producción láctea, la importación de petróleo (mediante las refinerías Esso y Shell), las finanzas, el crédito bancario, etc., además de monopolizar el mercado interno con sus productos manufacturados. Junto al gran capital norteamericano, el más reducido grupo de empresarios locales se beneficiaba de los remanentes de aquella explotación, a costa de la pauperización de la clase obrera urbana y rural y del campesinado pobre del país.
La situación del pueblo en la Cuba prerrevolucionaria era denigrante. Mientras el 20% más rico acaparaba casi el 60% de las riquezas, el 20% más pobre arañaba apenas un 2%. La vida de los trabajadores cubanos estaba marcada por la desocupación, los bajos salarios, las pésimas condiciones e interminables jornadas laborales, la desnutrición, el analfabetismo, la mortalidad infantil, etc. La dependencia y el sometimiento de Cuba se plasmaba en el desvergonzado uso de la isla como prostíbulo y casino de lujo para los norteamericanos.
Pero, en 1953, un centenar de jóvenes marca un camino de lucha contra el régimen antiobrero del dictador Batista. El fallido intento de copamiento del cuartel Moncada por parte de Fidel Castro, Abel Santamaría y su grupo de 130 valientes combatientes, el 26 de julio de ese año, daría un fuerte impulso a la lucha contra el gobierno proyanqui. Apenas unos años más tarde, mientras los miembros de lo que sería el M-26 se desarrollaban en las ciudades, organizando bases de apoyo a la lucha revolucionaria y haciendo actos de boicot y sabotaje contra objetivos del estado, los expedicionarios del Granma (a los que ya se sumaban figuras de la talla del Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida, etc.), se entrenaban para desarrollar la lucha armada en Cuba con el objetivo de derribar definitivamente al gobierno antipopular.
La iniciativa del M-26 de tomar el poder y derribar al gobierno contó con un creciente apoyo de los explotados cubanos, incentivados por el odio generado debido a la represión y el ejemplo del valor y los triunfos revolucionarios. Así, la guerra revolucionaria se desarrolló desde fines de 1956 hasta 1959 con epicentro en la sierra, integrando a peones rurales y campesinos al Ejército Rebelde, y contando además con una constante actividad urbana reflejada tanto en la acción conspirativa, como en la movilización que llevó a una importante huelga en 1957 en la zona oriental, tras el asesinato del líder santiaguero Frank País. Este trabajo en las ciudades permitió sostener la huelga general revolucionaria para acompañar la entrada de los guerrilleros triunfantes en La Habana a comienzos de 1959, en avance desde el oriente luego de la toma de Santiago de Cuba y Santa Clara.
Si ya, en octubre de 1958 (con la Ley Nro. 3), en plena lucha guerrillera y desde la sierra, se había dado el primer impulso a la reforma agraria, tras el triunfo de la revolución las medidas estructurales tomadas por el nuevo gobierno revolucionario se extendieron a gran velocidad. Una más completa y general reforma agraria comenzó en mayo de 1959, al tiempo que se efectuaba la reforma urbana con una drástica reducción del precio de la vivienda. A la eliminación del latifundio y de la llamada “burguesía rural”, continuaron la nacionalización de las centrales azucareras, las refinerías de petróleo y las grandes empresas de servicios2. Ante la reacción de la burguesía local y la pretendida intervención del imperialismo yanqui, que interrumpió las compras de azúcar y petróleo y su refinamiento, la respuesta del nuevo gobierno cubano fue más radicalización, como única forma de llevar adelante las aspiraciones de cambio revolucionario planteadas por el M-26 y el pueblo que se sumó a su lucha. Entonces jugaron un papel fundamental los sectores de izquierda del nuevo gobierno y del M-26, entre los que ya se destacaba el Che Guevara, quienes enfrentaron no sólo a EEUU y la gran burguesía local, sino también a los “moderados” y “democráticos”, que pretendían echar a Batista pero no cumplir con una transformación revolucionaria que cambiara el conjunto de las relaciones sociales para el bienestar de todos los trabajadores cubanos. La firmeza del ala izquierda de la revolución permitió así que, apenas dos años después, en 1961, el estado cubano fuera proclamado socialista y que los intentos de invasión, impulsados por EEUU con participación de gusanos cubanos, fracasaran estrepitosamente en Playa Girón. Mientras los defensores de la democracia capitalista reclamaban insistentemente el llamado a elecciones, con la pretensión de sustituir a los antiguos grupos dominantes por una nueva burguesía, el nuevo estado revolucionario se construía en Cuba gracias al impulso dado por el M-26 al protagonismo y fortalecimiento de la clase obrera, única base posible para una nueva sociedad.
Como lo había consignado la III Internacional Comunista dirigida por Lenin, y había sido desarrollado por Trotsky, la dinámica revolucionaria en países dependientes como Cuba empujaba a los revolucionarios a avanzar en forma constante, tomando medidas no sólo democráticas, sino también de carácter estrictamente socialista, como única forma de concretar las tareas de cambio planteadas desde el comienzo. La revolución permanente era en Cuba la única vía posible para llevar al triunfo las demandas de la clase obrera y los demás sectores oprimidos, y sortear el camino reaccionario de los nacionalistas que pretendían, luego de haber derribado al gobierno de Batista, mantener el sistema capitalista y la democracia parlamentaria, que hasta entonces había permitido el control del estado a la burguesía y al imperialismo.
La toma del poder por parte de la vanguardia revolucionaria y la resolución de impulsar el desarrollo del socialismo transformó veloz y radicalmente la situación de un país como Cuba, que padecía las peores condiciones de los países dependientes y atrasados del continente.
Apenas un año después del triunfo revolucionario, el 23,6% de analfabetismo y el 60% de semi-analfabetismo de 1959 habían bajado a 3,8% y al año siguiente a 1,9%. Es el inicio de un proceso que permite hablar hoy de una matriculación educativa del 99%, con un maestro cada 10 alumnos.
Del mismo modo, la revolución permitió, en el ámbito de la salud, desde un país económicamente pobre, erigir uno de los más avanzados sistemas de atención y prevención médica del mundo, y sin dudas el más inclusivo, que impactó de forma directa en la mejora de las condiciones de vida diarias del pueblo cubano, produciendo, por sólo citar un ejemplo, una drástica disminución en la mortalidad infantil, que pasó de 79/1000 nacidos vivos, a menos de 5.3/1000 al día de hoy (aun inferior a la de EEUU, que es de 6/1000).
Por otra parte, tras la expropiación, el nuevo gobierno revolucionario puso al servicio del pueblo la producción nacional, que contaba con alrededor de 373 empresas privadas: más de 100 ingenios azucareros, 60 fábricas textiles, toda la rama de la industria alimenticia, 8 empresas de ferrocarriles, empresas de la construcción y las refinerías Esso y Shell. Al transformar en propiedad social esos medios de producción, y organizar el desarrollo económico global sobre la base de la planificación, el joven estado socialista sentó las bases para impulsar un desarrollo integral en beneficio del conjunto del pueblo trabajador, garantizando su acceso a los bienes fundamentales que permiten una vida digna, incluyendo la estipulación del salario mínimo, además del otorgamiento universal de una renta básica para adquirir productos indispensables para el consumo familiar.
Así, tras la guerra revolucionaria, la toma del poder, la derrota de la burguesía y el imperialismo, la expropiación y socialización de los medios de producción, y la organización de un estado obrero, la Cuba de principios de los 60 daba un primer y fundamental paso en la construcción de una sociedad sin explotación.

LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO Y LA POSICIÓN DE IZQUIERDA
Luego de la toma del poder fueron frecuentes las discusiones acerca de cuál era el camino que debía seguir la revolución.
En el medio de un agudo enfrentamiento con la mayor potencia del mundo, y atravesando graves problemas económicos debido al carácter atrasado de una economía agrícola no industrializada y dependiente de EEUU, el gobierno de Cuba decidió acercarse a la URSS, cabeza del bloque socialista. Era una decisión delicada. Los antiguos partidarios del régimen soviético en Cuba, el stalinista Partido Socialista Popular, habían condenado y boicoteado la acción revolucionaria durante la lucha por el poder, y recién se habían sumado en la recta final para compartir los laureles del triunfo. De hecho, su dirección, el Partido Comunista de la URSS, consideraba que los países latinoamericanos “no estaban maduros” para el socialismo y que debían, en su lugar, propiciar regímenes de alianza con las burguesías locales. Pero en el caso cubano, una vez tomado el poder y radicalizado el proceso hasta la proclamación del carácter socialista de la revolución, medidas abiertamente opuestas a la línea planteada por el PCUS, la construcción de un estado obrero le planteaba inevitablemente al nuevo gobierno revolucionario la necesidad de establecer relaciones para el apoyo mutuo con el conjunto de los países del bloque socialista y la poderosa URSS.
Sin embargo, una vez más, la política soviética para la economía en Cuba era crítica: se oponía a la completa eliminación de la propiedad privada empresaria, defendía las relaciones de tipo mercantil al interior de las empresas del estado y negaba el derecho y el apoyo necesario para que el nuevo estado revolucionario se desarrolle en forma integral, por medio de la industria, para superar el atraso económico. Una fracción de la dirección cubana, ubicándose bajo la línea política del stalinismo, defendió el sostenimiento de una economía productora de materias primas, prácticamente monoproductora de azúcar, dependiente de las potencias socialistas como la URSS y luego China, dejando relegado el desarrollo industrial. Así, el costo del marcado alineamiento tras la política soviética significaría el mantenimiento de la dependencia económica y política de Cuba.
Muchos revolucionarios e intelectuales intervinieron en la disputa sobre la orientación de la revolución cubana y sus lineamientos. Se reeditarían las discusiones de la joven URSS en los años ‘20, sobre la necesidad de estimular la producción en un país de base agraria con un bajísimo desarrollo industrial. Fue el momento de la puesta en marcha de la NEP, a la que, después de su difícil aplicación, la corriente de izquierda referenciada en Trotsky había calificado de inevitable por la situación, pero ineficaz por la falta de estímulos morales y la falta de participación de los trabajadores en el compromiso con la revolución.
También en Cuba existió una posición de izquierda y fue sostenida por Ernesto Che Guevara (aunque el gobierno cubano ha hecho un gran esfuerzo por ocultar o minimizar las diferencias entre el Che y la dirección de Fidel Castro). El Che, a la cabeza del ministerio de industria, dio una lucha incansable en el seno del estado para edificar una sociedad nueva, que acabara con los lastres y relaciones de tipo capitalistas, como única posibilidad de transformación revolucionaria, lo que implicaba impulsar la industrialización y el desarrollo pleno de Cuba para superar el carácter dependiente del país y no pasar simplemente de una dependencia a otra en relación a la URSS.
Pero, entonces, el stalinismo y sus “embajadores” en Cuba planteaba que no podría sostenerse la revolución sin la rentabilidad de las empresas, los bancos y la dependencia de ciertas iniciativas privadas que harían funcionar la ley del valor, de la cual, según ellos, no se podrían librar. Es decir, lo que impulsaban no era más que la convivencia con el capitalismo en lugar de avanzar hasta derrotarlo. Desde la URSS no sólo condicionaban la ayuda económica al sostenimiento de las relaciones de dependencia entre un país atrasado productor de materias primas (Cuba) y su comprador industrializado (URSS), sino que rechazaban incluso el valor del estímulo moral como motor del desarrollo político ideológico fundamental del proceso revolucionario. Por eso, en el “Discurso de Argel” de 1965, el Che afirmaba:
“No hay otra definición del socialismo, válida para nosotros, que la abolición de la explotación del hombre por el hombre. Mientras esto no se produzca, se está en el período de construcción de la sociedad socialista y, si en vez de producirse este fenómeno, la tarea de la supresión de la explotación se estanca o, aun, retrocede en ella, no es válido hablar siquiera de la construcción del socialismo.
Sin embargo, el conjunto de medidas propuestas no se puede realizar unilateralmente. El desarrollo de los subdesarrollados debe costar a los países socialistas, de acuerdo. Pero también deben ponerse en tensión las fuerzas de los países subdesarrollados y tomar firmemente la ruta de la construcción de una sociedad nueva (póngasele el nombre que se le ponga) donde la máquina, instrumento de trabajo, no sea instrumento de explotación del hombre por el hombre. Tampoco se puede pretender la confianza de los países socialistas cuando se juega al balance entre el capitalismo y el socialismo, y se trata de utilizar ambas fuerzas como elementos contrapuestos para sacar de esa competencia determinadas ventajas. Una nueva política de absoluta seriedad debe regir las relaciones entre los dos grupos de sociedades. Es conveniente recalcar, una vez más, que los medios de producción deben estar preferentemente en manos del Estado, para que vayan desapareciendo gradualmente los signos de la explotación.”
Guevara conocía muy bien el peso negativo que los lastres de un capitalismo dependiente ejercían sobre Cuba. Como marxista que era, el Che estaba lejos del simple “romanticismo” (sin negar los profundos sentimientos de amor por la revolución que le oficiaban de motor para continuar luchando), pues era un revolucionario preocupado por la economía, por la producción, que concientemente entendía como base del desarrollo en Cuba. En este sentido, no sólo se dedicó a desestimar el modelo de Cálculo Económico del estalinismo, que planteaba la autonomía de las empresas y bancos y su competencia al estilo capitalista en base a los estímulos materiales, sino que, dentro del área de su ministerio, elaboró el Sistema de Financiamiento Presupuestario que ponía eje en la centralización de la producción, la planificación de la economía por el estado y, sobre todo, en un plan de aumento de la productividad cuya base fundamental era el desarrollo de la conciencia en los trabajadores.
Esto implicó una dura lucha contra quienes ya entonces se orientaban a la burocratización, quienes bajo la dirección de la URSS quisieron hacer de la revolución un negocio privado, premiando a quienes más producían con bienes materiales, apostando a las herramientas del capitalismo y viendo en la moral revolucionaria un “aditamento secundario”.
Por eso, al tiempo que estimulaba el trabajo conciente, base del desarrollo económico social de la nueva Cuba revolucionaria, el Che enfrentaba abiertamente las tendencias hacia la burocratización que seguían el modelo stalinista de beneficios para los dirigentes a costa de las privaciones populares, estimulando la participación de todos en el trabajo voluntario, en primer lugar la de los funcionarios (para lamento de muchos de ellos), e imponiendo la austeridad como modelo de dirigente. Así, hablando de las fallas que habrían provocado la supervivencia de rasgos de burocratización, el Che decía: “Una de ellas es la falta de motor interno. Con esto queremos decir, la falta de interés del individuo por rendir su servicio al Estado y por superar una situación dada. Se basa en una falta de conciencia revolucionaria o, en todo caso, en el conformismo frente a lo que anda mal.
Simultáneamente, debemos desarrollar con empeño un trabajo político para liquidar las faltas de motivaciones internas, es decir, la falta de claridad política, que se traduce en una falta de ejecutividad. Los caminos son: la educación continuada mediante la explicación concreta de las tareas, mediante la inculcación del interés a los empleados administrativos por su trabajo concreto, mediante el ejemplo de los trabajadores de vanguardia, por una parte, y las medidas drásticas de eliminar al parásito, ya sea el que esconde en su actitud una enemistad profunda hacia la sociedad socialista o al que está irremediablemente reñido con el trabajo.” 3
Así, el Che luchó por construir una nueva sociedad, basada en la socialización de los medios de producción y la planificación socialista y centrada en el desarrollo de un “hombre nuevo” con conciencia y moral revolucionaria que no sólo dejara atrás al capitalismo, sino a los lastres stalinistas que se reflejan en la burocratización y su inevitable tendencia a la restauración capitalista (tempranamente anticipada por el Che en su “Crítica al manual de economía política de la URSS”). Lamentablemente su posición fue derrotada entonces por las tendencias que defendían el alineamiento con la URSS. La posición sostenida por el ex dirigente del PSP, Carlos Rafael Rodríguez, defendida a nivel internacional por Charles Betelheim en nombre de la política soviética, fue ratificada por Fidel Castro, quien en 1964 adoptó como prioridad el financiamiento al modelo agrícola dependiente por sobre el proyecto de industrialización de Guevara, y ratificó su posición impulsando el estímulo material con el otorgamiento de premios por productividad4.
Como sucedió con el “gran debate” sobre la orientación económica de la revolución socialista del 63-64, el PCUS presionaría en forma creciente para la incorporación de Cuba al modelo soviético en todos sus aspectos. Como contrapartida, la posición del Che se destacó cada vez más por su independencia frente al stalinismo y su consecuencia revolucionaria, como un defensor de la continuación y profundización de la lucha por la emancipación de la clase obrera, tanto en Cuba como en el resto del mundo.
Así, mientras la doctrina stalinista para todo el planeta era la contención de la revolución, la alianza con las “burguesías progresistas” y el rechazo a la lucha armada en nombre de la “coexistencia pacífica” con el imperialismo yanqui, la experiencia del triunfo cubano y la creciente actividad revolucionaria en América Latina y otros países, principalmente del llamado “tercer mundo”, ubicaron al Che como la figura más decidida, que desde Cuba seguía estimulando la lucha por el poder contra las burguesía locales en el resto del mundo. Cuando la I y II Declaración de la Habana llamaban a los pueblos a luchar con las armas en la mano por su liberación, y en suelo cubano se impulsaba su organización con la OLAS y la Tricontinental, el ejemplo y la doctrina de Guevara eran su guía más clara: él formaba política y militarmente a nuevos luchadores, escribiendo sus balances sobre la lucha revolucionaria y entrenando a guerrilleros del mundo entero. Bajo su mando, nuevos grupos se sumaban a la lucha en el Congo y, posteriormente, en Bolivia.
Mientras Guevara se hacia cargo de su lucha en Bolivia y llamaba a una “guerra a muerte contra el imperialismo”, declarando como único objetivo viable la “revolución socialista” sin dar ningún crédito a las burguesías locales ni a la vía reformista pacífica, el gobierno cubano de Fidel Castro venía manteniendo un equilibrio entre dos políticas opuestas: por un lado, daba un abierto apoyo a numerosas luchas revolucionarias y, al mismo tiempo, estrechaba lazos con la URSS, en un proceso que se iría acentuando. Si su saludo en 1964 a la “coexistencia pacífica” promovida por la URSS no impidió su defensa de la vía armada en Latinoamérica durante el siguiente lustro, ya hacia fines de la década, luego de apoyar la invasión de la URSS a Checoslovaquia, Cuba se integraría de lleno a la línea soviética, tras la visita de Breznev, quien afirmó en Cuba (1969) que la revolución no era “artículo de exportación”.

EL PROBLEMA DE LA RESTAURACIÓN CAPITALISTA
Como es evidente, el pensamiento y la práctica del Che entronca con la escuela leninista del marxismo revolucionario, que fue continuada por Trotsky y la oposición de izquierda frente a la traición stalinista. Lo ejemplifican su lucha por el desarrollo industrial y la independencia de Cuba frente a la perpetuación del atraso, que significaba la pervivencia de una economía basada en el monocultivo; su defensa activa del internacionalismo proletario; su abierto enfrentamiento con las falsas salidas reformistas, pacifistas y de convivencia con la burguesía; su claridad sobre lo imprescindible de la participación conciente de los trabajadores en la construcción del socialismo; su denodada lucha contra la burocratización y el abierto repudio a los privilegios. En ese marco, el Che, defendiendo la revolución socialista, marcaba el lamentable y ya imaginable futuro de restauración capitalista que llegaría a los estados obreros si se daba lugar a las prácticas burocráticas que abrieron paso a una creciente desigualdad social, donde los gobernantes y sus amigos se rodeaban de lujos, mientras se cargaban crecientes privaciones sobre el pueblo trabajador. Por eso, hablando de la URSS comentaba: “sus signos son desalentadores, la superestructura capitalista fue influenciando cada vez en forma más marcada las relaciones de producción y los conflictos provocados por la hibridación que provocó la NEP se están resolviendo hoy a favor de la superestructura; se está regresando al capitalismo” 5.
Así, una vez más, la posición de izquierda, la posición que viene a reivindicar un camino de defensa del socialismo contra las tendencias de adaptación al capitalismo, es la posición del Che, quien al marcar la trágica tendencia restauracionista que arrastraría al bloque socialista de mantener el camino de la estimulación material (como efectivamente sucedió), nos habla con absoluta claridad del problema actual de Cuba.
Guevara había advertido el problema que se avecinaba con “el experimento del regreso a la ley del valor [que] comenzó en Yugoslavia y fue entonces adoptada en diversos grados por Polonia y Checoslovaquia, y la Unión Soviética comenzó experimentos similares..”. 6 Y frente a ello tenía ya una posición tomada: “La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado.(...) La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, etcétera), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras de recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto, la base económica adoptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia. Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo”. 7
Y recordamos esta posición de uno de los más grandes ejemplos de la revolución cubana, porque hoy, desde las primeras líneas de dirección del Partido Comunista en Cuba, se plantea la necesidad de “cambios estructurales” en busca de solucionar problemas de “productividad”. De esta forma, critican al estado por ser “paternalista” con los trabajadores al garantizar un salario mínimo y otras condiciones de trabajo fundamentales conquistadas tras la revolución, y en oposición proponen que el estado pase a pagar los sueldos en función de la producción, estimulando la competencia y la acumulación individual.
Este planteo lo reseñaba Clarín en junio de este año:
"Los trabajadores que están abarcados por sistemas de pago vinculados a los resultados directos de la producción de bienes y servicios, no tienen límite en el salario", señala la Resolución 9/08 del Ministerio de Trabajo que, según anunció ayer el diario oficial Granma, será de aplicación generalizada a todas las empresas estatales del país a partir de agosto, aunque las que ya definieron su nuevo sistema de pago pueden aplicarlo de inmediato.
"Ha existido una tendencia a que todo el mundo reciba lo mismo, y ese igualitarismo no es conveniente. Es algo que tenemos que resolver pues a veces hay mucho paternalismo", señaló el viceministro de Trabajo, Carlos Mateu, citado por Granma.
"Si es dañino darle al trabajador menos de lo que le toca, es dañino también darle lo que no le toca", argumentó el funcionario, al señalar que con la nueva resolución "el trabajador ganará lo que sea capaz de producir". Y agregó que "el nuevo sistema de pago debe verse como una herramienta que ayude a obtener mejores resultados productivos y de servicios".
A principios de esta semana, el número dos del gobierno cubano, José Ramón Machado Ventura, pidió "no cogerle miedo a los altos salarios" siempre que corresponda a "resultados concretos". "Hay que ver que cuando se vincule (el salario con el rendimiento) haya un resultado de esa vinculación, no es regalar el dinero", explicó ante la asamblea provincial del Partido Comunista en La Habana.
Esta política salarial se suma a una serie de reformas adoptadas por Raúl Castro, como el reparto masivo de tierras, mejores precios a productores, créditos y descentralización de decisiones aplicadas por el gobierno en la agricultura, para dar impulso al estancado sistema productivo. También se levantaron prohibiciones, como la que pesaba sobre los cubanos para alojarse en hoteles de lujo.
En abril el gobierno dispuso un incremento de sueldo del sector judicial, de las jubilaciones y pensiones, pero aseguró que no era posible aplicar aumentos en todos los sectores pues "el país no dispone en estos momentos de los recursos necesarios".8
Cabe preguntarse frente a esta orientación ¿Qué diferencia hay entre estas declaraciones y las que tienen funcionarios de los gobiernos capitalistas que padecemos en la Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Venezuela, etc.? Es que hoy en Cuba vemos cómo, en contraposición a los planteos del Che, el gobierno vuelve a la carga con la propuesta de resolver los problemas del país con “las armas melladas del capitalismo”.
Y hoy en Cuba hay más medidas que tienden hacia la “apertura” (o “perestroika”, en ruso). Desde altos puestos vuelven a la carga planteando que el transporte adopte la forma de cooperativas autónomas del estado, que el cuentapropismo se legalice para cubrir las deficiencias que el estado no puede brindar en materia de servicios, que se repartan tierras estatales para ser producidas en forma privada por pequeños campesinos... Incluso se propone el aumento de precios a los productos de consumo, para estimular a los productores, y, para resolver el problema del transporte, se vuelven a dar licencias a los taxistas privados que antes habían sido censurados por lucrar con la necesidad de la gente de viajar y por robar combustible del estado. Así, tras reconocer el problema de una economía paralela que funciona al margen de lo legal, la reacción estatal es la tendencia a la liberalización económica y el impulso al aumento de la producción, por medio de la competencia, las diferencias salariales y el desarrollo de empresas privadas.
La “respuesta” que hoy propone dar la primera línea del estado cubano a los problemas de Cuba, tiene ya demasiados antecedentes como para no poder prever sus nefastas consecuencias. Conocemos perfectamente en qué terminó la experiencia de la URSS, donde la “perestroika”, que culminó en la restauración del capitalismo, se hizo en nombre de la profundización y actualización del socialismo y la revolución. Desde fines de los ’80, el líder del PCUS y el estado soviético, Mijail Gorvachov, arremetió contra el “igualitarismo” impulsando el pago a los trabajadores según su productividad, defendió la autonomía y competencia entre las empresas, estimuló la acumulación privada, desestructuró conquistas fundamentales de la clase obrera rusa con respecto a sus condiciones de trabajo, etc. Ese veloz proceso realizado en nombre de un socialismo actualizado a su época (hoy le dirían “socialismo del siglo XXI”) llevó a una drástica reestructuración de la sociedad, que le permitió a los altos mandos burocráticos blanquear sus enormes fortunas levantadas en base a sus antiguos privilegios, transformándose en grandes capitalistas. Así, al mejor estilo de los funcionarios de los estados capitalistas, echaron la culpa a los trabajadores por su supuesta “improductividad” para hacer caer sobre ellos todas las penurias venideras (la depresión salarial, la flexibilización, la creciente desigualdad, la desocupación), y se constituyeron definitivamente como una nueva clase capitalista. Y lo mismo sucedió en los demás países de la restauración. En Europa del Este, el tan criticado “desabastecimiento” terminó... a costa del empobrecimiento y la desocupación que impedirían luego a los trabajadores comprar la infinidad de productos que entraron con el capitalismo. El modelo chino de incorporación al capitalismo bajo el control de un partido único, el PCCh (modelo que supo ser aplaudido por el actual jefe del estado cubano, Raúl Castro), es uno de los ejemplos más nefastos de constante represión contra la clase obrera y de grosera superexplotación (lo que les permite ser “competitivos” a nivel mundial gracias a los “bajos costos” de la mano de obra). Todos estos modelos fueron planteados como “la continuidad en el camino del socialismo”. Todos plantearon “fórmulas”, “soluciones” a problemas reales, pero siempre con una orientación clara, la capitulación, la vuelta al capitalismo.
Este extenso proceso de restauración capitalista en los distintos países socialistas, no es algo “natural”, como pretenden hacer creer los apologistas del capitalismo, sino el resultado de una derrota de los trabajadores y sus organizaciones en la lucha de clases frente al imperio del capital. Una derrota parcial absolutamente previsible (y así lo hicieron Lenin, Trotsky y también Guevara) si no se extendía la revolución socialista a lo largo del planeta y si no se profundizaban, a su vez, las revoluciones ya triunfantes en un combate a muerte contra la desigualdad, la burocratización y demás lastres stalinistas. Una derrota parcial de donde la vanguardia de la clase obrera saca sus balances para seguir en su lucha hasta el final contra el capitalismo.
Es importante recordar que los mismos trabajadores que sufrieron en carne propia la contrarrevolución stalinista soportando una penosa vida bajo la represión y la creciente desigualdad del llamado “socialismo real”, fueron nueva y aún más gravemente golpeados con la llegada del capitalismo que los dejó indefensos ante la voracidad del mercado, imponiendo la miseria, la desocupación, la desnutrición, etc. Es una experiencia que no puede menospreciarse cuando, como lo hicieron en su momento en China o en la URSS, la dirigencia cubana está hablando ahora de “reformas estructurales” que abrirían el paso a relaciones de tipo capitalista (más o menos “controladas”, tal vez como en el modelo chino), lo que significaría un durísimo golpe para la clase obrera. Para los trabajadores cubanos en primer lugar, porque verían desmoronarse las conquistas obtenidas en tantos años de sacrificio revolucionario, y para el conjunto de los trabajadores y pobres del mundo que encuentran en Cuba y su historia de lucha contra el capitalismo una referencia para su combate diario por la revolución.
Un balance serio y crítico de estas experiencias pasadas y presentes obliga a reconocer y valorar la importancia de una corriente marxista revolucionaria que luchó por todos los medios y hasta el final por extender y profundizar la revolución socialista. Lenin, Trotsky y Guevara pueden, de alguna forma, sintetizar esta corriente que supo nutrirse de numerosos combatientes revolucionarios sostenedores del internacionalismo, la independencia de la clase obrera y la intransigencia en la batalla contra el capitalismo.
Y este rescate histórico es tanto más importante cuando las posiciones de los más grandes revolucionarios han sido tantas veces parcializadas o directamente tergiversadas, para mantener posiciones que no apuestan a la continuidad y profundización de la revolución socialista.
Así, al Che Guevara, el más consecuente y ejemplar combatiente por la revolución socialista en Cuba, se lo intenta mostrar muchas veces como a un romántico abstraído de sus claras posiciones marxistas y de su intransigencia en la pelea contra la burguesía. Y se ocultan sus transparentes planteamientos de combate, internacionalistas, antiburocráticos y clasistas que lo llevaron a enfrentarse con la URSS y China, y a separarse de la dirección cubana para seguir la lucha en otras partes del mundo.
Ni que hablar entonces de Trotsky, quien aún hoy pretende ser ignorado y despreciado por numerosos activistas y dirigentes (incluida la primera línea cubana9), luego de que la historia le ha dado cien veces la razón, demostrando la claridad y justeza de sus pronósticos sobre la burocratización y la restauración capitalista. A la luz de los hechos, cobran aún más valor sus críticas a las políticas contrarrevolucionarias del stalinismo como el “socialismo en un solo país”, el “frente popular”, la “revolución por etapas”, o su denuncia sobre la persecución de la izquierda bolchevique (que llevó al exterminio de todo el partido por parte de Stalin, incluyendo el asesinato de Trotsky por un agente soviético en México).
Incluso Lenin, suele ser hoy ninguneado o tergiversado, pues se recuerda de él lo anecdótico, pero se olvidan los criterios más básicos de su doctrina, como es la necesidad de construir un partido revolucionario de la clase obrera para combatir a muerte a la burguesía, hasta la toma del poder y la instauración de un gobierno de los trabajadores que enfrente la resistencia de los capitalistas y garantice la expropiación y socialización de los medios de producción. Sin embargo en su lugar (¡y en su nombre!), se promueven hoy reformas pacíficas y fórmulas de adaptación al capitalismo como lo expresa la idea del “socialismo del siglo XXI”, que es apoyado abiertamente por la dirección cubana y es señalado como el nuevo camino revolucionario, en un nuevo adelanto de que se está pensando en un “socialismo” que permite (y defiende) la propiedad privada, la explotación, y demás miserias capitalistas.
En definitiva, a la luz de las experiencias históricas y con las herramientas que nos ha legado el marxismo, se hace imperioso hacer hoy mismo un balance sobre la situación de Cuba y su futuro. No hablamos de dar “consejos” sobre algo que, en definitiva, definirá el pueblo cubano, sino de la toma de partido sobre cómo y hacia dónde deberemos seguir la larga y dura lucha que tiene la clase obrera por delante para liberarse definitivamente de las cadenas del capitalismo.
La diaria tragedia del capitalismo nos sigue recordando que el socialismo es la única salida que tienen los trabajadores para su liberación. La enorme cantidad de experiencias reformistas que han mostrado su inviabilidad nos remarcan, a su vez, que la revolución es el único camino para alcanzarlo. Por eso, la consigna sigue siendo, como decía el Che: “No hay más cambios que hacer, o revolución socialista, o caricatura de revolución”

NOTAS:
1) Mediante la Enmienda Platt el gobierno de EEUU se reservaba el derecho de intervenir militarmente para mantener el control sobre Cuba. En su texto se deja asentado: “...que los Estados Unidos puedan ejercitar el derecho de intervenir (militarmente) para la conservación de la Independencia cubana...”(art. 3); “Que todos los actos realizados por los Estados Unidos en Cuba, durante su ocupación militar, sean tenidos por válidos, ratificados y que todos los derechos legalmente adquiridos a virtud de ellos, sean mantenidos y protegidos....”(art. 4); “Que para poner en condiciones a los Estados Unidos de mantener la Independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como para su propia defensa, el Gobierno de Cuba venderá o arrendará a los Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados...”(art. 7); etc.
2) Algunas de las principales medidas tomadas son: el 17 de mayo de 1959 se firma una Ley de Reforma Agraria, expropiando los latifundios de los terratenientes y distribuyéndolos en cooperativas y granjas. El 13 de octubre de 1960 el Gobierno Revolucionario dicta la Ley 890 que dictamina la ...” nacionalización mediante la expropiación forzosa (sin indemnización) de todas las empresas industriales y comerciales, así como las fábricas, almacenes, depósitos y demás bienes y derechos integrantes de las mismas”. Y la Ley 891 donde “Se declara pública la función bancaria”.
3) Guevara, Ernesto: “Contra el burocratismo”.
4) Como ejemplo podemos recordar un discurso de Fidel Castro en abril de 1965 publicado en la revista Bohemia en esos días: “¿No es justo que demos un premio especial a estos trabajadores que han cortado más de 100.000 arrobas? [...] Soy partidario de ofrecerles para que elijan una de las cosas que desean. ¿Quieren muebles para la casa? ¡Pues bien, muebles para la casa! ¿Nevera, televisor y tantas otras cosas? ¡Pues bien, que reciban por el momento alguna cosa como premio! No se trata de un premio esencialmente material, sino de un premio moral, porque estamos seguros de que así será interpretado por los obreros”.
5) Guevara, Ernesto, “Apuntes críticos a la economía política”.
6) Guevara, Ernesto, “Apuntes críticos a la economía política”.
7) Guevara, Ernesto, ”El socialismo y el hombre en Cuba”.
8) Clarín, Jueves 12 de Junio de 2008.
9) Una honrosa excepción es la militante cubana Celia Hart, que defendió posiciones no aceptadas por la primera plana del PC Cubano, incluyendo una revalorización de la obra y práctica del Che Guevara, un importante rescate del legado de Trotsky al que contrastaba con la actual burocracia cubana, una defensa de la lucha armada y en particular de las FARC en Colombia, etc. Esta dirigente, que había sido expulsada del PC Cubano por sus planteos de izquierda y su explícita reivindicación de Trotsky, murió recientemente en un accidente automovilístico junto a su hermano en Cuba, el 7 de septiembre de este año.