El 14 de junio de 1928 nació, en Rosario, Ernesto Guevara, el Che. Su entrega y compromiso revolucionario lo llevaron a ocupar un lugar central en la lucha por la toma del poder y en la construcción del socialismo en Cuba, a participar en otras luchas revolucionarias en África y América Latina, y a convertirse en un claro exponente de la vía revolucionaria para alcanzar el socialismo. Hoy, su ejemplo nos señala el camino de la revolución.
Cuando el Che comenzó a ser una figura reconocida en el continente y el mundo por su práctica revolucionaria, la orientación más habitual en la izquierda y el movimiento popular distaba mucho de sus concepciones revolucionarias. Por el contrario, estaba dominada por el reformismo y el populismo.
Entonces, el campo de la izquierda estaba, en gran medida, influenciado por el stalinismo. La política promovida por el PC de la URSS, seguida al pie de la letra por la mayoría de los PC latinoamericanos, era abiertamente reformista: mantenerse en el marco del sistema político y social dominante, la democracia burguesa, haciendo eje en la participación electoral. Para los representantes de esa corriente la palabra “revolución” era un latiguillo o una idea vaga, y nada tenía que ver con una práctica concreta de organización y lucha para la toma del poder. Eso implicaría romper la paz y la estabilidad de la convivencia democrática con la que estaban comprometidos. Con esta práctica, los PC llegaban incluso a sumarse a coaliciones abiertamente reaccionarias, como sucedió con la Unión Democrática de 1945 en nuestro país.
A su vez el ascenso de corrientes y gobiernos populistas en distintos países latinoamericanos, había llevado a que varios grupos provenientes de la izquierda, en su intento de acercase a sectores populares, se incorporaran directamente a estas corrientes de la burguesía. Así, por ejemplo, atrás del peronismo argentino se encolumnó abiertamente la llamada “izquierda nacional” de Abelardo Ramos, mientras otros grupos, como el de Nahuel Moreno, intentaban el “entrismo”, poniéndose “Bajo la disciplina del General Perón”.
De esta forma, las dos opciones predominantes para la izquierda o las organizaciones populares eran, o bien el apoyo al populismo y sus movimientos o gobiernos que planteaban reformas sociales dentro del capitalismo, es decir, sin combatir a la burguesía y su sistema de explotación; o bien el reformismo, que hablaba de socialismo, pero estaba integrado en la práctica a la dinámica de la democracia burguesa y su sistema electoral, y que no planteaba impulsar un proceso revolucionario para la toma del poder.
En contraposición a estas dos tendencias, luego de la revolución cubana y con la importante influencia del Che, en América Latina cobraron protagonismo militantes y organizaciones que reconocían la vía revolucionaria para la toma del poder, retomando así las más importantes tradiciones de la izquierda (como la bolchevique) y aprendiendo de la experiencia práctica de los combates por el poder en Cuba, como base para alcanzar una verdadera transformación social. En nuestro país, el PRT fue la expresión más importante de esta tendencia que se planteó impulsar la lucha revolucionaria para alcanzar el socialismo.
La influencia del Che fue central para dar lugar al desarrollo de esas experiencias que intentaron abrir un camino revolucionario, rompiendo con las tradiciones de adaptación al sistema impulsadas por el populismo y el reformismo.
Por una parte, porque el Che fue un enemigo abierto de cualquier posibilidad de contemporizar con la burguesía. Como diría en su célebre “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”, cerrándole la puerta a todos aquellos que planteaban instancias de conciliación con sectores de las clases dominantes: “las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo (si alguna vez la tuvieron) y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución”(1). Por supuesto, como era habitual en el Che, esa no era una mera posición política, sino que era expresión de su práctica revolucionaria. Así, el Che dedicará su vida y morirá luchando contra el capitalismo. Y en cuanto alcanzó el poder, como sucedió en Cuba, fue un actor central en el proceso de expropiación de la burguesía y en la organización de la sociedad socialista a partir de la centralización económica y el impulso de la educación y la moral socialista de un “hombre nuevo”.
A su vez, el Che enfrentó a aquellos que buscaban orientar su práctica por la vía reformista e institucional y rehuían de la lucha revolucionaria por el poder. Era tajante al señalar que la lucha obrera y popular no tenía sentido si se limitaba a la búsqueda de reformas al interior del capitalismo, a conseguir la democracia o a ampliar sus atributos: “Luchar solamente por conseguir la restauración de cierta legalidad burguesa sin plantearse, en cambio, el problema del poder revolucionario, es luchar por retornar a cierto orden dictatorial preestablecido por las clases sociales dominantes: es, en todo caso, luchar por el establecimiento de unos grilletes que tengan en su punta una bola menos pesada para el presidiario”.(2)
Es patente que el pensamiento del Che tiene plena vigencia y es preciso recuperarlo para poder avanzar hacia una verdadera transformación revolucionaria.
De hecho, hoy, mientras la burguesía impone su política, muchas veces las tendencias que se pretenden alternativas siguen atadas a las mismas variantes de las que hablábamos más arriba. Unos, encandilados con corrientes y gobiernos que prometen “humanizar” al capitalismo y que, en ese camino, no se plantean combatir a la burguesía. Allí vemos desde chavistas hasta kirchneristas. Otros, aunque hablan del socialismo, están muy lejos de buscar la revolución (¡algunos hasta condenan la violencia popular!) y en cambio se entusiasman sobremanera con el electoralismo, impulsando la participación en lo que hoy constituye un recurso para la legitimación de los partidos de gobierno, y llevando a su militancia a gastar enormes esfuerzos en una vía muerta.
Es patente, decíamos, que el pensamiento y el ejemplo del Che tienen plena vigencia. Es claro, entonces, que es urgente desarrollar esa corriente política que, siguiendo al Che, plantee el impulso de la revolución socialista. Para eso es central avanzar en los niveles de organización: desarrollar las instancias de lucha y nucleamiento en los distintos ámbitos de intervención reivindicativa, y, sobre todo, fortalecer las instancias de organización política, para poder conformar un partido cuyo eje sea el impulso de la revolución socialista en Argentina. Es el mejor y más necesario homenaje que podemos hacerle al Che y su gran ejemplo revolucionario.
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Notas:
1) “Crear dos, tres... muchos Vietnam es la consigna”, 1967.
2) “Guerra de guerrillas: un método”, 1963.