Mezcla progresista
“Casi digo compañeros y compañeras, y bueno, nos vamos a tener que mezclar”, fueron las palabras de uno de los jefes de la CTA, Víctor De Gennaro. La ocasión: un encuentro para armar un “frente progresista”. Entre otros, estuvieron Stolbizer (GEN), Giustiniani (PS), Sanz (UCR), la ex ministra de salud kirchnerista, Ocaña, y la gobernadora de Tierra del Fuego, Fabiana Ríos. Algunos de sus seguidores le cuestionan a De Gennaro que aún no se decida entre quedarse con este “nuevo” rejunte o darle su apoyo al grupo capitalista de Solanas. Cualquiera sea su decisión, será (una vez más) contra los trabajadores.
Bicentenario I
Como no podía ser de otra manera, la obsecuente Hebe de Bonafini tuvo carpa propia sobre la 9 de Julio en los festejos kirchneristas por el Bicentenario. “La importancia de este Bicentenario es que lo festeja el pueblo y que el pueblo está maravillosamente en la calle y que el Centenario lo festejó la oligarquía de una manera muy violenta. Por eso es una maravilla festejar esto hoy…”, dijo Bonafini. Nada dijo, en cambio, a la hora de hablar de violencia contra el pueblo, de los presos políticos ni de los cientos de compañeros que el kirchnerismo ha procesado por mantenerse en la calle, luchando junto al pueblo trabajador, en los últimos años.
Bicentenario II
En medio del jolgorio del Bicentenario, no muy lejos del palco oficial, fue visto Martín Sabbatella, junto a varios integrantes de su partido Nuevo Encuentro, saltando de alegría por el éxito de los festejos. Su aliado y jefe de la CTA , Hugo Yasky, lo acompañó en la exclusiva cena de gala en la Casa Rosada y reafirmó su apoyo a Cristina Fernández. “Hay una responsabilidad muy clara, un compromiso de profundizar la agenda distributiva”, afirmó Yasky, insistiendo en la defensa del kirchnerismo que sigue gobernando para los empresarios y garantizando el ajuste sobre el pueblo trabajador.
Desfile de represores
Uno de los actos centrales, en el segundo día de las celebraciones del Bicentenario, fue el desfile militar. Contó con la presencia de fuerzas de otros países y con el paseo de aviones de combate, entre otras cosas. Más de 5.000 efectivos locales, entre ellos policías, gendarmes y prefectos, mostraron su subordinación ante Aníbal Fernández y Nilda Garré, que estaba feliz con “el clima de reconciliación”. “Estas Fuerzas nada tienen que ver con las que ejecutaron el terrorismo de Estado”, destacó. Son las que matan un hijo de trabajadores por día, con el gatillo fácil y la tortura en cárceles y comisarías.
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DOSSIER: ENTRE EL ANTIMPERIALISMO Y LA ALIANZA DE CALSES

Desde que el imperialismo apareció en la escena mundial con la prepotencia propia del gran capital, los trabajadores y sus organizaciones marxistas, que estaban abocados de lleno a la lucha revolucionaria por el socialismo, lo caracterizaron como expresión de la avanzada mundial de la burguesía contra la clase trabajadora. La lucha consecuente contra todas las expresiones del capitalismo fue la respuesta que desde entonces vienen sosteniendo los marxistas revolucionarios.
Pero, al mismo tiempo, varias corrientes provenientes del marxismo, pero que optaron por incorporarse de una u otra forma al capitalismo y su democracia burguesa, también tomaron como bandera el “antiimperialismo”. Sin embargo, para muchos de ellos el “antiimperialismo” no consistía en una lucha contra el capitalismo y su máxima expresión internacional. Por el contrario, se convertía en una fórmula que, mientras planteaba el enfrentamiento con los “grandes” capitalistas (los “monopolios”), defendía la asociación con los “chicos”, y que, a la vez que denunciaba a los explotadores “extranjeros”, proclamaba la alianza con los “nacionales”. Para esas corrientes, el “antiimperialismo” dejó así de ser una posición de principios propia de quienes luchan contra el capitalismo, para transformarse en una consigna táctica que promueve la alianza de clases.
Sin embargo, la historia que perseverantemente vienen escribiendo los trabajadores con su lucha, ha dado ya infinitas muestras de que, para acabar con las injusticias y la explotación, no hay ningún camino en común con la burguesía, sea del tamaño que sea y del país que sea. Por el contrario, la organización independiente de la clase trabajadora es un requisito fundamental para que el enorme esfuerzo entregado a la lucha revolucionaria devenga en una verdadera transformación social, en un gobierno de los trabajadores. El Che Guevara, quien ha sido uno de los más firmes combatientes contra el imperialismo, llegaba a esa conclusión cuando afirmaba que “las burguesías autóctonas han perdido toda capacidad de oposición al imperialismo, si alguna vez la tuvieron, y sólo forman su furgón de cola”. Por eso, remataba, “no hay más cambios que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución”.
Hoy, cuando el imperialismo avanza en nuestro continente, los trabajadores tenemos la tarea de organizarnos para enfrentarlo y planear una perspectiva revolucionaria. Es preciso entonces hacer el necesario balance.
Como un aporte en ese sentido, presentamos a continuación una serie de artículos sobre el problema del “antiimperialismo” y los planteos de alianza de clases en la izquierda, que esperamos sirvan para debatir, reflexionar, y sobre todo, actuar en consecuencia.
Pero, al mismo tiempo, varias corrientes provenientes del marxismo, pero que optaron por incorporarse de una u otra forma al capitalismo y su democracia burguesa, también tomaron como bandera el “antiimperialismo”. Sin embargo, para muchos de ellos el “antiimperialismo” no consistía en una lucha contra el capitalismo y su máxima expresión internacional. Por el contrario, se convertía en una fórmula que, mientras planteaba el enfrentamiento con los “grandes” capitalistas (los “monopolios”), defendía la asociación con los “chicos”, y que, a la vez que denunciaba a los explotadores “extranjeros”, proclamaba la alianza con los “nacionales”. Para esas corrientes, el “antiimperialismo” dejó así de ser una posición de principios propia de quienes luchan contra el capitalismo, para transformarse en una consigna táctica que promueve la alianza de clases.
Sin embargo, la historia que perseverantemente vienen escribiendo los trabajadores con su lucha, ha dado ya infinitas muestras de que, para acabar con las injusticias y la explotación, no hay ningún camino en común con la burguesía, sea del tamaño que sea y del país que sea. Por el contrario, la organización independiente de la clase trabajadora es un requisito fundamental para que el enorme esfuerzo entregado a la lucha revolucionaria devenga en una verdadera transformación social, en un gobierno de los trabajadores. El Che Guevara, quien ha sido uno de los más firmes combatientes contra el imperialismo, llegaba a esa conclusión cuando afirmaba que “las burguesías autóctonas han perdido toda capacidad de oposición al imperialismo, si alguna vez la tuvieron, y sólo forman su furgón de cola”. Por eso, remataba, “no hay más cambios que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución”.
Hoy, cuando el imperialismo avanza en nuestro continente, los trabajadores tenemos la tarea de organizarnos para enfrentarlo y planear una perspectiva revolucionaria. Es preciso entonces hacer el necesario balance.
Como un aporte en ese sentido, presentamos a continuación una serie de artículos sobre el problema del “antiimperialismo” y los planteos de alianza de clases en la izquierda, que esperamos sirvan para debatir, reflexionar, y sobre todo, actuar en consecuencia.
La socialdemocracia y el stalinismo contra Lenin
Dossier: Entre el antimperilalismo y la alianza de clases
Desde fines del siglo XIX, cuando la expansión imperialista de los países más poderosos de Europa mostraba una nueva etapa del capitalismo marcada por la disputa entre las potencias por el reparto
del mundo, los marxistas revolucionarios dejaron en claro su posición antiimperialista. El más importante dirigente revolucionario de la época, Vladimir Lenin, no sólo explicó las características de este período, sino que expuso con la mayor claridad la posición de los revolucionarios frente a la avanzada imperialista, defendiendo el derecho de las naciones oprimidas a su autodeterminación, repudiando el chovinismo patriotero, y sobre todo, señalando que los explotados debían tomar el camino de la revolución socialista para enfrentarlo definitivamente.
Ya en la guerra inter-imperialista de 1914 Lenin debió dejar en claro la posición antiimperialista de los marxistas. Mientras las burguesías europeas llamaban a los trabajadores a luchar contra sus vecinos en nombre de una causa nacional y pretendidamente “antiimperialista”, Lenin los enfrentó convocando a los trabajadores de cada país a “transformar la guerra imperialista en guerra civil”, volviendo los fusiles contra las clases dominantes y luchando por la conquista del poder y el socialismo. Y ese no es sólo un legado teórico, sino sobre todo práctico, pues apenas tres años después los trabajadores y campesinos rusos tomarían el poder del estado de la mano de los soviets y el partido bolchevique.
Pero también, desde entonces, se alzaron voces que, aún proviniendo de las filas del marxismo, llamaban a conciliar con sus burguesías y luchar juntos contra el enemigo exterior. Es lo que haría toda el ala reformista de los partidos socialdemócratas, concentrándose bajo las consignas de defensa de la patria y unidad nacional con la burguesía para enfrentar al “enemigo extranjero”. Esto llevó a la bancarrota a la II Internacional con todos lo que permanecieron en ella, y obligó a los revolucionarios socialistas a organizarse por fuera, lo que daría lugar (con la toma del poder por los revolucionarios rusos de por medio) a la conformación de la III Internacional Comunista dirigida por Lenin y los bolcheviques.
Como volvería a pasar muchas veces en la historia, los pretendidos socialistas que, en nombre de la “táctica”, optaron por unirse a sus burguesías bajo la consigna del antiimperialismo y la unidad nacional, acabarían pronto, no sólo atacando a los revolucionarios(1), sino además integrándose con la burguesía en el poder del estado y convocando a los trabajadores a abandonar las perspectivas revolucionarias para defender, en cambio, la posibilidad de una transformación paulatina y pacífica en armonía con los explotadores(2).
Años más tarde, tras la muerte de Lenin y la expulsión de Trotsky y de la Oposición de Izquierda de la URSS, el stalinismo retomó el planteo de “unidad patriótica y antiimperialista” que había sido bandera de los reformistas, y al que Lenin había enfrentado toda su vida. En los años '30, planteando la necesidad de unirse con la burguesía en contra de la “amenaza fascista”, Stalin, por intermedio de Dimitrov, desarrolló la teoría de los Frentes Populares. Su tesis consistía en que, debido a las características particulares de la coyuntura (con el ascenso del nazismo), los trabajadores revolucionarios debían abandonar su independencia política y unirse tanto con reformistas como con representantes de la burguesía para sostener regímenes democráticos. Bajo esta misma consigna de unidad nacional antifascista, durante la guerra civil española, el stalinismo protagonizó combates y fusilamientos contra miembros de las organizaciones independientes, tanto del POUM como la Oposición de Izquierda y del anarquismo, contribuyendo a la derrota de la revolución.
En este marco, el stalinismo revisó y “corrigió” el marxismo, elaborando una versión anti dialéctica y, por lo tanto, falsa del marxismo que servía como apoyatura para su política de conciliación de clases. Uno de los ejes de esta teoría fosilizada en los manuales de formación de la URSS era que el proceso histórico se desarrollaba no dialécticamente, sino lineal y escalonadamente(3). Así se extendió la teoría de las etapas, según la cual en todos los países del mundo debía pasarse por una etapa esclavista, una feudal y una capitalista, para poder luego plantearse las tareas socialistas. Esta caricatura construida por el stalinismo, opuesta a la concepción dialéctica que había desarrollado Marx y a todos los balances del marxismo revolucionario, fue usada como argumento para la conciliación de clases principalmente en los países atrasados y dependientes del imperialismo, sobre los cuales se afirmaba que aún estaban en una etapa feudal o semifeudal, y que, por lo tanto, debían alcanzar primero el pleno desarrollo del capitalismo.
Así, una vez más, el stalinismo trabajó arduamente para que los trabajadores y los demás sectores oprimidos de los países dependientes, en vez de organizarse para tomar el poder y desarrollar el socialismo, se abocaran exclusivamente a buscar el pleno desarrollo del capitalismo y su democracia burguesa, aliándose con la burguesía en nombre del “antiimperialismo” en una revolución “democrático burguesa”, y no socialista. La teoría stalinista de la “revolución por etapas” ha sido el sostén teórico en base al cual muchos partidos comunistas se negaron sistemáticamente durante los años '60 y '70 a participar de la lucha revolucionaria por el socialismo, argumentando la necesidad de desarrollar “plenamente” el capitalismo y la democracia burguesa, como necesidad previa para alcanzar un gobierno de los trabajadores que comience la edificación del socialismo.
Cabe agregar que, en el marco de la “coexistencia pacífica” acordada entre EEUU y los discípulos de Stalin a fines de los '50, las directivas para los PC latinoamericanos eran defender el comercio con la URSS y apoyar a los gobiernos burgueses de sus respectivos países, como sucedió en Argentina con el apoyo del PC a Frondizi, y más tarde al dictador Videla.
Una vez más el “antiimperialismo” era utilizado entonces por los reformistas stalinistas, como fórmula para subordinarse a los intereses de la burguesía.
(1) Desde esa época, la II Internacional atacó sistemáticamente las posiciones revolucionarias, condenando al gobierno de los soviets en Rusia. En Alemania, donde hubo importantes intentos revolucionarios, el partido socialdemócrata, integrado ya a la política democrática de los capitalistas, permitió el asesinato de las figuras más destacadas de la izquierda revolucionaria como eran Rosa Luxemburgo y Karl Liebnek, además de contribuir enormemente al fracaso de la revolución.
(2) No en vano los hijos de aquella internacional hoy son gobernantes burgueses como Alfonsín, Miterrand, o el actual asesino de inmigrantes y de militantes vascos, J. L. Zapatero.
(3) Para el balance político de otras experiencias es muy importante tener presente que muchos militantes y dirigentes (entre ellos, la muy influyente dirección cubana) se han formado en estas concepciones, a veces con estos mismos manuales.
del mundo, los marxistas revolucionarios dejaron en claro su posición antiimperialista. El más importante dirigente revolucionario de la época, Vladimir Lenin, no sólo explicó las características de este período, sino que expuso con la mayor claridad la posición de los revolucionarios frente a la avanzada imperialista, defendiendo el derecho de las naciones oprimidas a su autodeterminación, repudiando el chovinismo patriotero, y sobre todo, señalando que los explotados debían tomar el camino de la revolución socialista para enfrentarlo definitivamente.Ya en la guerra inter-imperialista de 1914 Lenin debió dejar en claro la posición antiimperialista de los marxistas. Mientras las burguesías europeas llamaban a los trabajadores a luchar contra sus vecinos en nombre de una causa nacional y pretendidamente “antiimperialista”, Lenin los enfrentó convocando a los trabajadores de cada país a “transformar la guerra imperialista en guerra civil”, volviendo los fusiles contra las clases dominantes y luchando por la conquista del poder y el socialismo. Y ese no es sólo un legado teórico, sino sobre todo práctico, pues apenas tres años después los trabajadores y campesinos rusos tomarían el poder del estado de la mano de los soviets y el partido bolchevique.
Pero también, desde entonces, se alzaron voces que, aún proviniendo de las filas del marxismo, llamaban a conciliar con sus burguesías y luchar juntos contra el enemigo exterior. Es lo que haría toda el ala reformista de los partidos socialdemócratas, concentrándose bajo las consignas de defensa de la patria y unidad nacional con la burguesía para enfrentar al “enemigo extranjero”. Esto llevó a la bancarrota a la II Internacional con todos lo que permanecieron en ella, y obligó a los revolucionarios socialistas a organizarse por fuera, lo que daría lugar (con la toma del poder por los revolucionarios rusos de por medio) a la conformación de la III Internacional Comunista dirigida por Lenin y los bolcheviques.
Como volvería a pasar muchas veces en la historia, los pretendidos socialistas que, en nombre de la “táctica”, optaron por unirse a sus burguesías bajo la consigna del antiimperialismo y la unidad nacional, acabarían pronto, no sólo atacando a los revolucionarios(1), sino además integrándose con la burguesía en el poder del estado y convocando a los trabajadores a abandonar las perspectivas revolucionarias para defender, en cambio, la posibilidad de una transformación paulatina y pacífica en armonía con los explotadores(2).
Años más tarde, tras la muerte de Lenin y la expulsión de Trotsky y de la Oposición de Izquierda de la URSS, el stalinismo retomó el planteo de “unidad patriótica y antiimperialista” que había sido bandera de los reformistas, y al que Lenin había enfrentado toda su vida. En los años '30, planteando la necesidad de unirse con la burguesía en contra de la “amenaza fascista”, Stalin, por intermedio de Dimitrov, desarrolló la teoría de los Frentes Populares. Su tesis consistía en que, debido a las características particulares de la coyuntura (con el ascenso del nazismo), los trabajadores revolucionarios debían abandonar su independencia política y unirse tanto con reformistas como con representantes de la burguesía para sostener regímenes democráticos. Bajo esta misma consigna de unidad nacional antifascista, durante la guerra civil española, el stalinismo protagonizó combates y fusilamientos contra miembros de las organizaciones independientes, tanto del POUM como la Oposición de Izquierda y del anarquismo, contribuyendo a la derrota de la revolución.
En este marco, el stalinismo revisó y “corrigió” el marxismo, elaborando una versión anti dialéctica y, por lo tanto, falsa del marxismo que servía como apoyatura para su política de conciliación de clases. Uno de los ejes de esta teoría fosilizada en los manuales de formación de la URSS era que el proceso histórico se desarrollaba no dialécticamente, sino lineal y escalonadamente(3). Así se extendió la teoría de las etapas, según la cual en todos los países del mundo debía pasarse por una etapa esclavista, una feudal y una capitalista, para poder luego plantearse las tareas socialistas. Esta caricatura construida por el stalinismo, opuesta a la concepción dialéctica que había desarrollado Marx y a todos los balances del marxismo revolucionario, fue usada como argumento para la conciliación de clases principalmente en los países atrasados y dependientes del imperialismo, sobre los cuales se afirmaba que aún estaban en una etapa feudal o semifeudal, y que, por lo tanto, debían alcanzar primero el pleno desarrollo del capitalismo.
Así, una vez más, el stalinismo trabajó arduamente para que los trabajadores y los demás sectores oprimidos de los países dependientes, en vez de organizarse para tomar el poder y desarrollar el socialismo, se abocaran exclusivamente a buscar el pleno desarrollo del capitalismo y su democracia burguesa, aliándose con la burguesía en nombre del “antiimperialismo” en una revolución “democrático burguesa”, y no socialista. La teoría stalinista de la “revolución por etapas” ha sido el sostén teórico en base al cual muchos partidos comunistas se negaron sistemáticamente durante los años '60 y '70 a participar de la lucha revolucionaria por el socialismo, argumentando la necesidad de desarrollar “plenamente” el capitalismo y la democracia burguesa, como necesidad previa para alcanzar un gobierno de los trabajadores que comience la edificación del socialismo.
Cabe agregar que, en el marco de la “coexistencia pacífica” acordada entre EEUU y los discípulos de Stalin a fines de los '50, las directivas para los PC latinoamericanos eran defender el comercio con la URSS y apoyar a los gobiernos burgueses de sus respectivos países, como sucedió en Argentina con el apoyo del PC a Frondizi, y más tarde al dictador Videla.
Una vez más el “antiimperialismo” era utilizado entonces por los reformistas stalinistas, como fórmula para subordinarse a los intereses de la burguesía.
(1) Desde esa época, la II Internacional atacó sistemáticamente las posiciones revolucionarias, condenando al gobierno de los soviets en Rusia. En Alemania, donde hubo importantes intentos revolucionarios, el partido socialdemócrata, integrado ya a la política democrática de los capitalistas, permitió el asesinato de las figuras más destacadas de la izquierda revolucionaria como eran Rosa Luxemburgo y Karl Liebnek, además de contribuir enormemente al fracaso de la revolución.
(2) No en vano los hijos de aquella internacional hoy son gobernantes burgueses como Alfonsín, Miterrand, o el actual asesino de inmigrantes y de militantes vascos, J. L. Zapatero.
(3) Para el balance político de otras experiencias es muy importante tener presente que muchos militantes y dirigentes (entre ellos, la muy influyente dirección cubana) se han formado en estas concepciones, a veces con estos mismos manuales.
Maoísmo: Cuando el “antimperialismo” lleva a la democracia capitalista
Dossier: Entre el antimperilalismo y la alianza de clases
El maoísmo no sólo es un continuador del stalinismo, sino que aún hoy lo reivindica. Luego de la muerte de Stalin en los '50, el stalinismo soviético intentó varios lavados de cara, criticando superficialmente algunos rasgos de su gobierno, aunque manteniendo siempre su política contrarrevolucionaria. Sin embargo el maoísmo ha ido más lejos, defendiendo a Stalin y todo su accionar, desde las purgas que se cargaron a miles de jefes revolucionarios que habían participado en la revolución del 17, hasta el asesinato en masa de millones de campesinos con la colectivización forzosa, pasando, por supuesto, por su política de alianza de clases y su vulgarización del marxismo. Aún más: los maoístas acusaron desde entonces a los dirigentes rusos de “revisionistas” por moderar la defensa del caudillo contrarrevolucionario.
El maoísmo, formado en la misma escuela stalinista del “marxismo anti-dialéctico”, también consideraba que la sociedad se desarrollaba “por etapas” y que un país semicolonial como China (considerado feudal por ellos) estaba obligado a pasar por una etapa plenamente capitalista y democrática para luego alcanzar el socialismo. Tiraban por la borda no sólo la teoría sino también toda la experiencia de los bolcheviques, quienes habían alcanzado el poder soviético en un proceso ininterrumpido de lucha contra el régimen zarista.Sobre la doctrina stalinista, el maoísmo aportó también sus propias concepciones teóricas. Uno de los ejes de su pensamiento es la teoría de las contradicciones, según la cual deben establecerse prioridades entre las distintas contradicciones y afrontarse cada una de ellas en tiempos distintos en virtud de su importancia, resolviendo así primero la “contradicción principal” y luego las “contradicciones secundarias”. Esta tesis, opuesta por donde se la mire al pensamiento dialéctico del marxismo, ensamblaba perfectamente con la tesis stalinista de las etapas del desarrollo histórico al concluir que, “primero”, debía resolverse la contradicción principal, en una lucha de unidad nacional junto a la burguesía y contra el imperialismo, y “luego”, tras desarrollar el capitalismo y “profundizar la democracia” junto a la burguesía autóctona, podía resolverse lo que entendía era una “contradicción secundaria” (entre la clase obrera y la burguesía), avanzando contra los capitalistas e instaurando el socialismo.
En base a ese pensamiento, el maoísmo analizaría su propia revolución y sacaría “lecciones” para sus seguidores, aunque, en la realidad, la misma experiencia china contradecía rotundamente sus expectativas en la alianza con los sectores nacionalistas de la burguesía y en una “etapa intermedia” de desarrollo capitalista(1).
A su vez, la importancia del campesinado dentro de la población china y la realización de un frente único con sectores de la burguesía para el enfrentamiento a la invasión extranjera (aunque no en las tareas revolucionarias), llevó a Mao Tse Tung a defender la “alianza de las cuatro clases”, refiriéndose no sólo a los trabajadores y los campesinos pobres, sino también a la pequeña burguesía y la burguesía nacional.
El problema no era nuevo. Pero el maoísmo, siguiendo la línea stalinista, elaboró tesis opuestas a las del marxismo revolucionario. De hecho, la necesidad de sumar a las amplias masas oprimidas no obreras a la revolución socialista ya había sido planteada y muy claramente por Lenin y Trotsky. Uno de los problemas centrales que debieron resolver los revolucionarios bolcheviques fue cómo dar impulso a la revolución socialista y conseguir el apoyo de las masas campesinas, en un país de 150 millones de habitantes, donde el proletariado se reducía a 10 millones, siendo en su mayoría agrícola, y contando con sólo 2 millones de obreros urbanos. Su conclusión (y su práctica) consistió en plantear la lucha por un gobierno obrero y campesino cuya dirección debía corresponder a la clase obrera y su partido revolucionario, el partido bolchevique, y cuyo programa planteaba comenzar con las tareas socialistas más urgentes (expropiación de los capitalistas, planificación centralizada de la economía, etc.) aunque incluyendo también las reivindicaciones centrales del campesinado (como la reforma agraria)(2).
Es decir que, mientras el marxismo revolucionario de los bolcheviques, aún sabiendo que la clase obrera era una ínfima porción de la población rusa, elaboró una estrategia revolucionaria para la toma del poder y la instauración del socialismo, en donde los trabajadores, acompañados del campesinado no explotador orientaban el nuevo gobierno, el maoísmo, contrariamente, reformuló las tesis centrales del leninismo y planteó la unidad con la burguesía y la pequeñoburguesía, como condición para la toma del poder.
Pero mientras en China, aún bajo la formulación de “unidad antimperialista”, se había librado una lucha claramente dirigida por el Partido Comunista de Mao Tse Tung que orientó el devenir posterior de la revolución; la traslación de la estrategia maoísta a otras latitudes consistió, en la práctica, en un llamado permanente a la subordinación de la lucha de los trabajadores por el socialismo a las alianzas con la burguesía local.
Así, al buscar la “alianza de las cuatro clases”, los maoístas se despegaron de una revolución “obrera y popular” para concebir una simplemente “popular” que evitaba espantar a su aliado estratégico, la burguesía autóctona. Al saldar “primero” la “contradicción principal con el imperialismo” evitando enfrentar a las burguesías nativas, plantearon que la revolución no debía ser anticapitalista (y por lo tanto socialista), sino simplemente “antimperialista” y de unidad (o liberación) “nacional”. Y al sostener la concepción stalinista de la “revolución por etapas” según la cual, antes de plantearse la lucha por el socialismo, había que conquistar un “gobierno democrático revolucionario”, se despegaron del planteo de un gobierno de los trabajadores para pasar a reclamar uno que profundice la democracia. Así, su planteo de lucha “nacional, democrática, popular y antimperialista” está enfrentado a la independencia de clase para la revolución socialista.
Como corolario, en muchos casos ese seguidismo a los burgueses (más el corrimiento que significa hacer eje en la movilización campesina en países con una gran mayoría de población urbana como el nuestro), ha llevado al ridículo de los partidos maoístas. En nuestro país, sus expresiones más importantes (PCR y afines) han acabado en general por ubicarse junto a la burguesía, sea movilizando en defensa de las patronales rurales y sus superganancias, o sea apoyando a gobiernos como el de Kirchner en nombre de la tesis de la “contradicción principal” con el imperialismo.
(1) Ya en 1927, el primer gran ensayo stalinista a nivel mundial de alianza de clases llevaría a la derrota al movimiento de izquierda chino. Bajo la directiva de Stalin, el PC chino se había fundido bajo la órbita y dirección del partido nacionalista kuomintang en el marco de una lucha revolucionaria contra la dinastía gobernante y la ocupación extranjera. El resultado de la pérdida de autonomía obrera sería la expulsión del PC del nuevo gobierno y el asesinato de más de 5000 trabajadores y su dirigencia comunista, en lo que se conoció como la “masacre de Shangai”. Con el nuevo marco de derrota y desmoralización obrera, el stalinismo daría un vuelco de 180 grados (en el llamado “tercer período”) convocando a los trabajadores a la insurrección contra el gobierno ya fortalecido. El resultado inevitable fue la represión por parte del kuomintang y la liquidación de la vanguardia comunista a manos de quienes habían sido hasta entonces sus “aliados”. Este fue el inicio del éxodo de los sobrevivientes comunistas hacia las zonas rurales. Luego, como las fuerzas nacionalistas del kuomintang fueron incapaces de sostener una resistencia exitosa contra el imperialismo, los trabajadores y campesinos chinos debieron esperar al rearme de las fuerzas bajo dirección comunista, ahora en el campo, para que se pudiera derribar definitivamente a la reacción. Esto, a pesar de la dura represión desarrollada por el kuomintang contra los comunistas (lo que obligó, entre otras cosas, a realizar la “larga marcha” para el rearme de los comunistas). De hecho, el gobierno nacionalista debió aceptar en 1937 la conformación de un frente militar antijaponés, pero respetando ahora la autonomía del PC y su ejército rojo, que pasaría a conformar el 4º y el 8º Ejército de China. Ese será el ejército que, bajo dirección comunista y convertido en Ejército Popular de Liberación, en 1947 (luego de la expulsión de Japón) enfrentará al partido nacionalista al tiempo que impulsaba la reforma agraria, para conquistar finalmente el poder en 1949. Tras la toma del poder, el PC de Mao convocó a gran parte de la burguesía y sus fuerzas políticas a formar parte del gobierno, pero no porque se lo impusiera una relación de fuerzas (ya que los comunistas dirigían todo el ejército revolucionario), sino porque se lo dictaban sus convicciones políticas de origen stalinista. Pero la realidad también mostró que, para dar salida al atraso y para dar respuesta a los reclamos de las masas populares, era imposible mantenerse en el marco del “capitalismo democrático” con el que soñaba el maoísmo. Por el contrario, ya en los primeros años el gobierno revolucionario se vio obligado a avanzar con medidas más radicales de expropiación y control estatal que iban contra esa burguesía y en orientación al socialismo.
(2) Trotsky desarrolló las tesis de la revolución permanente, en donde se planteaba que la resolución de las aspiraciones “democráticas” de las masas oprimidas no proletarias, particularmente del campesinado pobre y no explotador, podría ser llevada adelante solamente mediante la instauración de un gobierno obrero y campesino bajo la dirección del proletariado, que daría los primeros pasos para la construcción de una sociedad socialista al mismo tiempo que resolvía el problema rural por medio de una profunda reforma agraria. La estrategia del partido bolchevique comandado por Lenin en 1917 no deja lugar a dudas. Cuando casi todos los partidos “socialistas” se sumaron al gobierno del burgués Kerensky en defensa de su carácter “revolucionario” y “democrático”, planteando que se estaba cumpliendo con una “primera etapa” necesaria de la revolución proletaria, el bolchevismo no sólo se apartó de esa experiencia, sino que además llamó a luchar contra la estafa de un gobierno que, aunque se autoproclamaba revolucionario, no abandonaba los marcos del capitalismo. En su lugar, Lenin convocó a derrocar a Kerensky para instaurar el gobierno de los soviets, es decir, el verdadero gobierno de los trabajadores y demás sectores oprimidos organizados. Bajo esa consigna triunfó la revolución de octubre de 1917.
Reformismo, en nombre de Trotsky
No sólo la burguesía y el stalinismo contribuyen al desprestigio de la figura y el legado revolucionario que representa León Trotsky.
En las propias filas del “trotskysmo”, muchas corrientes y organizaciones despliegan una práctica y una acción que escasos puntos de contacto comparten con las concepciones fundamentales que caracterizan al marxismo revolucionario, del que el dirigente soviético supo ser referencia indiscutida.
No son pocos quienes se reclaman herederos o continuadores de Trotsky. Pero, recogiendo sólo algunos planteos o análisis, es decir, fragmentando sus concepciones revolucionarias, constituyen, en síntesis, una expresión más del reformismo. De este modo, contribuyen a tergiversar la imagen del revolucionario y a generar innumerables prejuicios en las generaciones jóvenes hacia la figura de León Trotsky, ya que, generalmente, es asociada, erróneamente, con estas corrientes refomistas.
El pacifismo, por ejemplo, es una característica que atraviesa a la inmensa mayoría de las corrientes que hoy se reivindican “trotskystas”. Aquel pacifismo que no hace más que “ablandar la voluntad del proletariado” del que nos previene el jefe del Ejército Rojo, es propagandizado incansablemente por los “trotskystas” de hoy. La negación de toda forma de lucha que se proponga superar las movilizaciones, los actos o los piquetes pacíficos, y la condena directa de las acciones violentas que lleva adelante el pueblo ejerciendo el legítimo derecho de expresar su bronca y ni qué decir de la violencia organizada por parte de la clase obrera en su lucha sindical o de las organizaciones político-militares que enfrentan al capitalismo y sus injusticias, son las expresiones más concretas de las enormes distancias que separan a quienes se hacen llamar “trotskystas” de las verdaderas concepciones de los revolucionarios.
El electoralismo, por su parte, también constituye una manifestación característica de muchas organizaciones del “trotskysmo”. Un electoralismo que, lejos de ser una instancia más de lucha como suelen afirmar, es el eje central de su actividad política. Con este énfasis puesto en la participación electoral, lo que promueven es la presentación de un falso atajo “revolucionario”, que convoca a la clase a trabajadora a confiar en la democracia de la burguesía y a abandonar cualquier expresión de lucha por la conquista del poder. De este modo, el pacifismo y el electoralismo van de la mano en los planteos del reformismo que habla en lenguaje revolucionario.
La política de alianza de clases ha calado hondo también entre muchas organizaciones “trotskystas”. Tal es así que no fueron pocas las corrientes que apoyaron, y algunos aún hoy apoyan, a gobiernos claramente burgueses como el de Hugo Chávez, Lula Da Silva o Evo Morales, llegando al extremo de defender los reclamos de un sector del empresariado argentino cuando el conflicto en torno a las retenciones móviles a las exportaciones.
Por estas razones, entre otras tantas, que van desde el oportunismo extremo que ha llevado algunas de ellas a movilizar junto a Juan Carlos Blumberg en reclamo de mayor represión, hasta las prácticas burocráticas contrarias a las que deben observar los militantes de la Revolución Socialista, hacen de la gran mayoría de las corrientes y organizaciones “trotskystas”, verdaderos exponentes del reformismo que, por su naturaleza, está en las antípodas de la Revolución y el Socialismo.
En las propias filas del “trotskysmo”, muchas corrientes y organizaciones despliegan una práctica y una acción que escasos puntos de contacto comparten con las concepciones fundamentales que caracterizan al marxismo revolucionario, del que el dirigente soviético supo ser referencia indiscutida.
No son pocos quienes se reclaman herederos o continuadores de Trotsky. Pero, recogiendo sólo algunos planteos o análisis, es decir, fragmentando sus concepciones revolucionarias, constituyen, en síntesis, una expresión más del reformismo. De este modo, contribuyen a tergiversar la imagen del revolucionario y a generar innumerables prejuicios en las generaciones jóvenes hacia la figura de León Trotsky, ya que, generalmente, es asociada, erróneamente, con estas corrientes refomistas.
El pacifismo, por ejemplo, es una característica que atraviesa a la inmensa mayoría de las corrientes que hoy se reivindican “trotskystas”. Aquel pacifismo que no hace más que “ablandar la voluntad del proletariado” del que nos previene el jefe del Ejército Rojo, es propagandizado incansablemente por los “trotskystas” de hoy. La negación de toda forma de lucha que se proponga superar las movilizaciones, los actos o los piquetes pacíficos, y la condena directa de las acciones violentas que lleva adelante el pueblo ejerciendo el legítimo derecho de expresar su bronca y ni qué decir de la violencia organizada por parte de la clase obrera en su lucha sindical o de las organizaciones político-militares que enfrentan al capitalismo y sus injusticias, son las expresiones más concretas de las enormes distancias que separan a quienes se hacen llamar “trotskystas” de las verdaderas concepciones de los revolucionarios.
El electoralismo, por su parte, también constituye una manifestación característica de muchas organizaciones del “trotskysmo”. Un electoralismo que, lejos de ser una instancia más de lucha como suelen afirmar, es el eje central de su actividad política. Con este énfasis puesto en la participación electoral, lo que promueven es la presentación de un falso atajo “revolucionario”, que convoca a la clase a trabajadora a confiar en la democracia de la burguesía y a abandonar cualquier expresión de lucha por la conquista del poder. De este modo, el pacifismo y el electoralismo van de la mano en los planteos del reformismo que habla en lenguaje revolucionario.
La política de alianza de clases ha calado hondo también entre muchas organizaciones “trotskystas”. Tal es así que no fueron pocas las corrientes que apoyaron, y algunos aún hoy apoyan, a gobiernos claramente burgueses como el de Hugo Chávez, Lula Da Silva o Evo Morales, llegando al extremo de defender los reclamos de un sector del empresariado argentino cuando el conflicto en torno a las retenciones móviles a las exportaciones.
Por estas razones, entre otras tantas, que van desde el oportunismo extremo que ha llevado algunas de ellas a movilizar junto a Juan Carlos Blumberg en reclamo de mayor represión, hasta las prácticas burocráticas contrarias a las que deben observar los militantes de la Revolución Socialista, hacen de la gran mayoría de las corrientes y organizaciones “trotskystas”, verdaderos exponentes del reformismo que, por su naturaleza, está en las antípodas de la Revolución y el Socialismo.