Desde fines del siglo XIX, cuando la expansión imperialista de los países más poderosos de Europa mostraba una nueva etapa del capitalismo marcada por la disputa entre las potencias por el reparto
del mundo, los marxistas revolucionarios dejaron en claro su posición antiimperialista. El más importante dirigente revolucionario de la época, Vladimir Lenin, no sólo explicó las características de este período, sino que expuso con la mayor claridad la posición de los revolucionarios frente a la avanzada imperialista, defendiendo el derecho de las naciones oprimidas a su autodeterminación, repudiando el chovinismo patriotero, y sobre todo, señalando que los explotados debían tomar el camino de la revolución socialista para enfrentarlo definitivamente.
Ya en la guerra inter-imperialista de 1914 Lenin debió dejar en claro la posición antiimperialista de los marxistas. Mientras las burguesías europeas llamaban a los trabajadores a luchar contra sus vecinos en nombre de una causa nacional y pretendidamente “antiimperialista”, Lenin los enfrentó convocando a los trabajadores de cada país a “transformar la guerra imperialista en guerra civil”, volviendo los fusiles contra las clases dominantes y luchando por la conquista del poder y el socialismo. Y ese no es sólo un legado teórico, sino sobre todo práctico, pues apenas tres años después los trabajadores y campesinos rusos tomarían el poder del estado de la mano de los soviets y el partido bolchevique.
Pero también, desde entonces, se alzaron voces que, aún proviniendo de las filas del marxismo, llamaban a conciliar con sus burguesías y luchar juntos contra el enemigo exterior. Es lo que haría toda el ala reformista de los partidos socialdemócratas, concentrándose bajo las consignas de defensa de la patria y unidad nacional con la burguesía para enfrentar al “enemigo extranjero”. Esto llevó a la bancarrota a la II Internacional con todos lo que permanecieron en ella, y obligó a los revolucionarios socialistas a organizarse por fuera, lo que daría lugar (con la toma del poder por los revolucionarios rusos de por medio) a la conformación de la III Internacional Comunista dirigida por Lenin y los bolcheviques.
Como volvería a pasar muchas veces en la historia, los pretendidos socialistas que, en nombre de la “táctica”, optaron por unirse a sus burguesías bajo la consigna del antiimperialismo y la unidad nacional, acabarían pronto, no sólo atacando a los revolucionarios(1), sino además integrándose con la burguesía en el poder del estado y convocando a los trabajadores a abandonar las perspectivas revolucionarias para defender, en cambio, la posibilidad de una transformación paulatina y pacífica en armonía con los explotadores(2).
Años más tarde, tras la muerte de Lenin y la expulsión de Trotsky y de la Oposición de Izquierda de la URSS, el stalinismo retomó el planteo de “unidad patriótica y antiimperialista” que había sido bandera de los reformistas, y al que Lenin había enfrentado toda su vida. En los años '30, planteando la necesidad de unirse con la burguesía en contra de la “amenaza fascista”, Stalin, por intermedio de Dimitrov, desarrolló la teoría de los Frentes Populares. Su tesis consistía en que, debido a las características particulares de la coyuntura (con el ascenso del nazismo), los trabajadores revolucionarios debían abandonar su independencia política y unirse tanto con reformistas como con representantes de la burguesía para sostener regímenes democráticos. Bajo esta misma consigna de unidad nacional antifascista, durante la guerra civil española, el stalinismo protagonizó combates y fusilamientos contra miembros de las organizaciones independientes, tanto del POUM como la Oposición de Izquierda y del anarquismo, contribuyendo a la derrota de la revolución.
En este marco, el stalinismo revisó y “corrigió” el marxismo, elaborando una versión anti dialéctica y, por lo tanto, falsa del marxismo que servía como apoyatura para su política de conciliación de clases. Uno de los ejes de esta teoría fosilizada en los manuales de formación de la URSS era que el proceso histórico se desarrollaba no dialécticamente, sino lineal y escalonadamente(3). Así se extendió la teoría de las etapas, según la cual en todos los países del mundo debía pasarse por una etapa esclavista, una feudal y una capitalista, para poder luego plantearse las tareas socialistas. Esta caricatura construida por el stalinismo, opuesta a la concepción dialéctica que había desarrollado Marx y a todos los balances del marxismo revolucionario, fue usada como argumento para la conciliación de clases principalmente en los países atrasados y dependientes del imperialismo, sobre los cuales se afirmaba que aún estaban en una etapa feudal o semifeudal, y que, por lo tanto, debían alcanzar primero el pleno desarrollo del capitalismo.
Así, una vez más, el stalinismo trabajó arduamente para que los trabajadores y los demás sectores oprimidos de los países dependientes, en vez de organizarse para tomar el poder y desarrollar el socialismo, se abocaran exclusivamente a buscar el pleno desarrollo del capitalismo y su democracia burguesa, aliándose con la burguesía en nombre del “antiimperialismo” en una revolución “democrático burguesa”, y no socialista. La teoría stalinista de la “revolución por etapas” ha sido el sostén teórico en base al cual muchos partidos comunistas se negaron sistemáticamente durante los años '60 y '70 a participar de la lucha revolucionaria por el socialismo, argumentando la necesidad de desarrollar “plenamente” el capitalismo y la democracia burguesa, como necesidad previa para alcanzar un gobierno de los trabajadores que comience la edificación del socialismo.
Cabe agregar que, en el marco de la “coexistencia pacífica” acordada entre EEUU y los discípulos de Stalin a fines de los '50, las directivas para los PC latinoamericanos eran defender el comercio con la URSS y apoyar a los gobiernos burgueses de sus respectivos países, como sucedió en Argentina con el apoyo del PC a Frondizi, y más tarde al dictador Videla.
Una vez más el “antiimperialismo” era utilizado entonces por los reformistas stalinistas, como fórmula para subordinarse a los intereses de la burguesía.
(1) Desde esa época, la II Internacional atacó sistemáticamente las posiciones revolucionarias, condenando al gobierno de los soviets en Rusia. En Alemania, donde hubo importantes intentos revolucionarios, el partido socialdemócrata, integrado ya a la política democrática de los capitalistas, permitió el asesinato de las figuras más destacadas de la izquierda revolucionaria como eran Rosa Luxemburgo y Karl Liebnek, además de contribuir enormemente al fracaso de la revolución.
(2) No en vano los hijos de aquella internacional hoy son gobernantes burgueses como Alfonsín, Miterrand, o el actual asesino de inmigrantes y de militantes vascos, J. L. Zapatero.
(3) Para el balance político de otras experiencias es muy importante tener presente que muchos militantes y dirigentes (entre ellos, la muy influyente dirección cubana) se han formado en estas concepciones, a veces con estos mismos manuales.
del mundo, los marxistas revolucionarios dejaron en claro su posición antiimperialista. El más importante dirigente revolucionario de la época, Vladimir Lenin, no sólo explicó las características de este período, sino que expuso con la mayor claridad la posición de los revolucionarios frente a la avanzada imperialista, defendiendo el derecho de las naciones oprimidas a su autodeterminación, repudiando el chovinismo patriotero, y sobre todo, señalando que los explotados debían tomar el camino de la revolución socialista para enfrentarlo definitivamente.Ya en la guerra inter-imperialista de 1914 Lenin debió dejar en claro la posición antiimperialista de los marxistas. Mientras las burguesías europeas llamaban a los trabajadores a luchar contra sus vecinos en nombre de una causa nacional y pretendidamente “antiimperialista”, Lenin los enfrentó convocando a los trabajadores de cada país a “transformar la guerra imperialista en guerra civil”, volviendo los fusiles contra las clases dominantes y luchando por la conquista del poder y el socialismo. Y ese no es sólo un legado teórico, sino sobre todo práctico, pues apenas tres años después los trabajadores y campesinos rusos tomarían el poder del estado de la mano de los soviets y el partido bolchevique.
Pero también, desde entonces, se alzaron voces que, aún proviniendo de las filas del marxismo, llamaban a conciliar con sus burguesías y luchar juntos contra el enemigo exterior. Es lo que haría toda el ala reformista de los partidos socialdemócratas, concentrándose bajo las consignas de defensa de la patria y unidad nacional con la burguesía para enfrentar al “enemigo extranjero”. Esto llevó a la bancarrota a la II Internacional con todos lo que permanecieron en ella, y obligó a los revolucionarios socialistas a organizarse por fuera, lo que daría lugar (con la toma del poder por los revolucionarios rusos de por medio) a la conformación de la III Internacional Comunista dirigida por Lenin y los bolcheviques.
Como volvería a pasar muchas veces en la historia, los pretendidos socialistas que, en nombre de la “táctica”, optaron por unirse a sus burguesías bajo la consigna del antiimperialismo y la unidad nacional, acabarían pronto, no sólo atacando a los revolucionarios(1), sino además integrándose con la burguesía en el poder del estado y convocando a los trabajadores a abandonar las perspectivas revolucionarias para defender, en cambio, la posibilidad de una transformación paulatina y pacífica en armonía con los explotadores(2).
Años más tarde, tras la muerte de Lenin y la expulsión de Trotsky y de la Oposición de Izquierda de la URSS, el stalinismo retomó el planteo de “unidad patriótica y antiimperialista” que había sido bandera de los reformistas, y al que Lenin había enfrentado toda su vida. En los años '30, planteando la necesidad de unirse con la burguesía en contra de la “amenaza fascista”, Stalin, por intermedio de Dimitrov, desarrolló la teoría de los Frentes Populares. Su tesis consistía en que, debido a las características particulares de la coyuntura (con el ascenso del nazismo), los trabajadores revolucionarios debían abandonar su independencia política y unirse tanto con reformistas como con representantes de la burguesía para sostener regímenes democráticos. Bajo esta misma consigna de unidad nacional antifascista, durante la guerra civil española, el stalinismo protagonizó combates y fusilamientos contra miembros de las organizaciones independientes, tanto del POUM como la Oposición de Izquierda y del anarquismo, contribuyendo a la derrota de la revolución.
En este marco, el stalinismo revisó y “corrigió” el marxismo, elaborando una versión anti dialéctica y, por lo tanto, falsa del marxismo que servía como apoyatura para su política de conciliación de clases. Uno de los ejes de esta teoría fosilizada en los manuales de formación de la URSS era que el proceso histórico se desarrollaba no dialécticamente, sino lineal y escalonadamente(3). Así se extendió la teoría de las etapas, según la cual en todos los países del mundo debía pasarse por una etapa esclavista, una feudal y una capitalista, para poder luego plantearse las tareas socialistas. Esta caricatura construida por el stalinismo, opuesta a la concepción dialéctica que había desarrollado Marx y a todos los balances del marxismo revolucionario, fue usada como argumento para la conciliación de clases principalmente en los países atrasados y dependientes del imperialismo, sobre los cuales se afirmaba que aún estaban en una etapa feudal o semifeudal, y que, por lo tanto, debían alcanzar primero el pleno desarrollo del capitalismo.
Así, una vez más, el stalinismo trabajó arduamente para que los trabajadores y los demás sectores oprimidos de los países dependientes, en vez de organizarse para tomar el poder y desarrollar el socialismo, se abocaran exclusivamente a buscar el pleno desarrollo del capitalismo y su democracia burguesa, aliándose con la burguesía en nombre del “antiimperialismo” en una revolución “democrático burguesa”, y no socialista. La teoría stalinista de la “revolución por etapas” ha sido el sostén teórico en base al cual muchos partidos comunistas se negaron sistemáticamente durante los años '60 y '70 a participar de la lucha revolucionaria por el socialismo, argumentando la necesidad de desarrollar “plenamente” el capitalismo y la democracia burguesa, como necesidad previa para alcanzar un gobierno de los trabajadores que comience la edificación del socialismo.
Cabe agregar que, en el marco de la “coexistencia pacífica” acordada entre EEUU y los discípulos de Stalin a fines de los '50, las directivas para los PC latinoamericanos eran defender el comercio con la URSS y apoyar a los gobiernos burgueses de sus respectivos países, como sucedió en Argentina con el apoyo del PC a Frondizi, y más tarde al dictador Videla.
Una vez más el “antiimperialismo” era utilizado entonces por los reformistas stalinistas, como fórmula para subordinarse a los intereses de la burguesía.
(1) Desde esa época, la II Internacional atacó sistemáticamente las posiciones revolucionarias, condenando al gobierno de los soviets en Rusia. En Alemania, donde hubo importantes intentos revolucionarios, el partido socialdemócrata, integrado ya a la política democrática de los capitalistas, permitió el asesinato de las figuras más destacadas de la izquierda revolucionaria como eran Rosa Luxemburgo y Karl Liebnek, además de contribuir enormemente al fracaso de la revolución.
(2) No en vano los hijos de aquella internacional hoy son gobernantes burgueses como Alfonsín, Miterrand, o el actual asesino de inmigrantes y de militantes vascos, J. L. Zapatero.
(3) Para el balance político de otras experiencias es muy importante tener presente que muchos militantes y dirigentes (entre ellos, la muy influyente dirección cubana) se han formado en estas concepciones, a veces con estos mismos manuales.