Maoísmo: Cuando el “antimperialismo” lleva a la democracia capitalista

Dossier: Entre el antimperilalismo y la alianza de clases

El maoísmo no sólo es un continuador del stalinismo, sino que aún hoy lo reivindica. Luego de la muerte de Stalin en los '50, el stalinismo soviético intentó varios lavados de cara, criticando superficialmente algunos rasgos de su gobierno, aunque manteniendo siempre su política contrarrevolucionaria. Sin embargo el maoísmo ha ido más lejos, defendiendo a Stalin y todo su accionar, desde las purgas que se cargaron a miles de jefes revolucionarios que habían participado en la revolución del 17, hasta el asesinato en masa de millones de campesinos con la colectivización forzosa, pasando, por supuesto, por su política de alianza de clases y su vulgarización del marxismo. Aún más: los maoístas acusaron desde entonces a los dirigentes rusos de “revisionistas” por moderar la defensa del caudillo contrarrevolucionario.

El maoísmo, formado en la misma escuela stalinista del “marxismo anti-dialéctico”, también consideraba que la sociedad se desarrollaba “por etapas” y que un país semicolonial como China (considerado feudal por ellos) estaba obligado a pasar por una etapa plenamente capitalista y democrática para luego alcanzar el socialismo. Tiraban por la borda no sólo la teoría sino también toda la experiencia de los bolcheviques, quienes habían alcanzado el poder soviético en un proceso ininterrumpido de lucha contra el régimen zarista.
Sobre la doctrina stalinista, el maoísmo aportó también sus propias concepciones teóricas. Uno de los ejes de su pensamiento es la teoría de las contradicciones, según la cual deben establecerse prioridades entre las distintas contradicciones y afrontarse cada una de ellas en tiempos distintos en virtud de su importancia, resolviendo así primero la “contradicción principal” y luego las “contradicciones secundarias”. Esta tesis, opuesta por donde se la mire al pensamiento dialéctico del marxismo, ensamblaba perfectamente con la tesis stalinista de las etapas del desarrollo histórico al concluir que, “primero”, debía resolverse la contradicción principal, en una lucha de unidad nacional junto a la burguesía y contra el imperialismo, y “luego”, tras desarrollar el capitalismo y “profundizar la democracia” junto a la burguesía autóctona, podía resolverse lo que entendía era una “contradicción secundaria” (entre la clase obrera y la burguesía), avanzando contra los capitalistas e instaurando el socialismo.

En base a ese pensamiento, el maoísmo analizaría su propia revolución y sacaría “lecciones” para sus seguidores, aunque, en la realidad, la misma experiencia china contradecía rotundamente sus expectativas en la alianza con los sectores nacionalistas de la burguesía y en una “etapa intermedia” de desarrollo capitalista(1).
A su vez, la importancia del campesinado dentro de la población china y la realización de un frente único con sectores de la burguesía para el enfrentamiento a la invasión extranjera (aunque no en las tareas revolucionarias), llevó a Mao Tse Tung a defender la “alianza de las cuatro clases”, refiriéndose no sólo a los trabajadores y los campesinos pobres, sino también a la pequeña burguesía y la burguesía nacional.
El problema no era nuevo. Pero el maoísmo, siguiendo la línea stalinista, elaboró tesis opuestas a las del marxismo revolucionario. De hecho, la necesidad de sumar a las amplias masas oprimidas no obreras a la revolución socialista ya había sido planteada y muy claramente por Lenin y Trotsky. Uno de los problemas centrales que debieron resolver los revolucionarios bolcheviques fue cómo dar impulso a la revolución socialista y conseguir el apoyo de las masas campesinas, en un país de 150 millones de habitantes, donde el proletariado se reducía a 10 millones, siendo en su mayoría agrícola, y contando con sólo 2 millones de obreros urbanos. Su conclusión (y su práctica) consistió en plantear la lucha por un gobierno obrero y campesino cuya dirección debía corresponder a la clase obrera y su partido revolucionario, el partido bolchevique, y cuyo programa planteaba comenzar con las tareas socialistas más urgentes (expropiación de los capitalistas, planificación centralizada de la economía, etc.) aunque incluyendo también las reivindicaciones centrales del campesinado (como la reforma agraria)(2).
Es decir que, mientras el marxismo revolucionario de los bolcheviques, aún sabiendo que la clase obrera era una ínfima porción de la población rusa, elaboró una estrategia revolucionaria para la toma del poder y la instauración del socialismo, en donde los trabajadores, acompañados del campesinado no explotador orientaban el nuevo gobierno, el maoísmo, contrariamente, reformuló las tesis centrales del leninismo y planteó la unidad con la burguesía y la pequeñoburguesía, como condición para la toma del poder.
Pero mientras en China, aún bajo la formulación de “unidad antimperialista”, se había librado una lucha claramente dirigida por el Partido Comunista de Mao Tse Tung que orientó el devenir posterior de la revolución; la traslación de la estrategia maoísta a otras latitudes consistió, en la práctica, en un llamado permanente a la subordinación de la lucha de los trabajadores por el socialismo a las alianzas con la burguesía local.

Así, al buscar la “alianza de las cuatro clases”, los maoístas se despegaron de una revolución “obrera y popular” para concebir una simplemente “popular” que evitaba espantar a su aliado estratégico, la burguesía autóctona. Al saldar “primero” la “contradicción principal con el imperialismo” evitando enfrentar a las burguesías nativas, plantearon que la revolución no debía ser anticapitalista (y por lo tanto socialista), sino simplemente “antimperialista” y de unidad (o liberación) “nacional”. Y al sostener la concepción stalinista de la “revolución por etapas” según la cual, antes de plantearse la lucha por el socialismo, había que conquistar un “gobierno democrático revolucionario”, se despegaron del planteo de un gobierno de los trabajadores para pasar a reclamar uno que profundice la democracia. Así, su planteo de lucha “nacional, democrática, popular y antimperialista” está enfrentado a la independencia de clase para la revolución socialista.
Como corolario, en muchos casos ese seguidismo a los burgueses (más el corrimiento que significa hacer eje en la movilización campesina en países con una gran mayoría de población urbana como el nuestro), ha llevado al ridículo de los partidos maoístas. En nuestro país, sus expresiones más importantes (PCR y afines) han acabado en general por ubicarse junto a la burguesía, sea movilizando en defensa de las patronales rurales y sus superganancias, o sea apoyando a gobiernos como el de Kirchner en nombre de la tesis de la “contradicción principal” con el imperialismo.

(1) Ya en 1927, el primer gran ensayo stalinista a nivel mundial de alianza de clases llevaría a la derrota al movimiento de izquierda chino. Bajo la directiva de Stalin, el PC chino se había fundido bajo la órbita y dirección del partido nacionalista kuomintang en el marco de una lucha revolucionaria contra la dinastía gobernante y la ocupación extranjera. El resultado de la pérdida de autonomía obrera sería la expulsión del PC del nuevo gobierno y el asesinato de más de 5000 trabajadores y su dirigencia comunista, en lo que se conoció como la “masacre de Shangai”. Con el nuevo marco de derrota y desmoralización obrera, el stalinismo daría un vuelco de 180 grados (en el llamado “tercer período”) convocando a los trabajadores a la insurrección contra el gobierno ya fortalecido. El resultado inevitable fue la represión por parte del kuomintang y la liquidación de la vanguardia comunista a manos de quienes habían sido hasta entonces sus “aliados”. Este fue el inicio del éxodo de los sobrevivientes comunistas hacia las zonas rurales. Luego, como las fuerzas nacionalistas del kuomintang fueron incapaces de sostener una resistencia exitosa contra el imperialismo, los trabajadores y campesinos chinos debieron esperar al rearme de las fuerzas bajo dirección comunista, ahora en el campo, para que se pudiera derribar definitivamente a la reacción. Esto, a pesar de la dura represión desarrollada por el kuomintang contra los comunistas (lo que obligó, entre otras cosas, a realizar la “larga marcha” para el rearme de los comunistas). De hecho, el gobierno nacionalista debió aceptar en 1937 la conformación de un frente militar antijaponés, pero respetando ahora la autonomía del PC y su ejército rojo, que pasaría a conformar el 4º y el 8º Ejército de China. Ese será el ejército que, bajo dirección comunista y convertido en Ejército Popular de Liberación, en 1947 (luego de la expulsión de Japón) enfrentará al partido nacionalista al tiempo que impulsaba la reforma agraria, para conquistar finalmente el poder en 1949. Tras la toma del poder, el PC de Mao convocó a gran parte de la burguesía y sus fuerzas políticas a formar parte del gobierno, pero no porque se lo impusiera una relación de fuerzas (ya que los comunistas dirigían todo el ejército revolucionario), sino porque se lo dictaban sus convicciones políticas de origen stalinista. Pero la realidad también mostró que, para dar salida al atraso y para dar respuesta a los reclamos de las masas populares, era imposible mantenerse en el marco del “capitalismo democrático” con el que soñaba el maoísmo. Por el contrario, ya en los primeros años el gobierno revolucionario se vio obligado a avanzar con medidas más radicales de expropiación y control estatal que iban contra esa burguesía y en orientación al socialismo.
(2) Trotsky desarrolló las tesis de la revolución permanente, en donde se planteaba que la resolución de las aspiraciones “democráticas” de las masas oprimidas no proletarias, particularmente del campesinado pobre y no explotador, podría ser llevada adelante solamente mediante la instauración de un gobierno obrero y campesino bajo la dirección del proletariado, que daría los primeros pasos para la construcción de una sociedad socialista al mismo tiempo que resolvía el problema rural por medio de una profunda reforma agraria. La estrategia del partido bolchevique comandado por Lenin en 1917 no deja lugar a dudas. Cuando casi todos los partidos “socialistas” se sumaron al gobierno del burgués Kerensky en defensa de su carácter “revolucionario” y “democrático”, planteando que se estaba cumpliendo con una “primera etapa” necesaria de la revolución proletaria, el bolchevismo no sólo se apartó de esa experiencia, sino que además llamó a luchar contra la estafa de un gobierno que, aunque se autoproclamaba revolucionario, no abandonaba los marcos del capitalismo. En su lugar, Lenin convocó a derrocar a Kerensky para instaurar el gobierno de los soviets, es decir, el verdadero gobierno de los trabajadores y demás sectores oprimidos organizados. Bajo esa consigna triunfó la revolución de octubre de 1917.