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En Pocas Líneas

Mezcla progresista

“Casi digo compañeros y compañeras, y bueno, nos vamos a tener que mezclar”, fueron las palabras de uno de los jefes de la CTA, Víctor De Gennaro. La ocasión: un encuentro para armar un “frente progresista”. Entre otros, estuvieron Stolbizer (GEN), Giustiniani (PS), Sanz (UCR), la ex ministra de salud kirchnerista, Ocaña, y la gobernadora de Tierra del Fuego, Fabiana Ríos. Algunos de sus seguidores le cuestionan a De Gennaro que aún no se decida entre quedarse con este “nuevo” rejunte o darle su apoyo al grupo capitalista de Solanas. Cualquiera sea su decisión, será (una vez más) contra los trabajadores.



Bicentenario I

Como no podía ser de otra manera, la obsecuente Hebe de Bonafini tuvo carpa propia sobre la 9 de Julio en los festejos kirchneristas por el Bicentenario. “La importancia de este Bicentenario es que lo festeja el pueblo y que el pueblo está maravillosamente en la calle y que el Centenario lo festejó la oligarquía de una manera muy violenta. Por eso es una maravilla festejar esto hoy…”, dijo Bonafini. Nada dijo, en cambio, a la hora de hablar de violencia contra el pueblo, de los presos políticos ni de los cientos de compañeros que el kirchnerismo ha procesado por mantenerse en la calle, luchando junto al pueblo trabajador, en los últimos años.



Bicentenario II

En medio del jolgorio del Bicentenario, no muy lejos del palco oficial, fue visto Martín Sabbatella, junto a varios integrantes de su partido Nuevo Encuentro, saltando de alegría por el éxito de los festejos. Su aliado y jefe de la CTA , Hugo Yasky, lo acompañó en la exclusiva cena de gala en la Casa Rosada y reafirmó su apoyo a Cristina Fernández. “Hay una responsabilidad muy clara, un compromiso de profundizar la agenda distributiva”, afirmó Yasky, insistiendo en la defensa del kirchnerismo que sigue gobernando para los empresarios y garantizando el ajuste sobre el pueblo trabajador.



Desfile de represores

Uno de los actos centrales, en el segundo día de las celebraciones del Bicentenario, fue el desfile militar. Contó con la presencia de fuerzas de otros países y con el paseo de aviones de combate, entre otras cosas. Más de 5.000 efectivos locales, entre ellos policías, gendarmes y prefectos, mostraron su subordinación ante Aníbal Fernández y Nilda Garré, que estaba feliz con “el clima de reconciliación”. “Estas Fuerzas nada tienen que ver con las que ejecutaron el terrorismo de Estado”, destacó. Son las que matan un hijo de trabajadores por día, con el gatillo fácil y la tortura en cárceles y comisarías.

Bicentenario y campaña

Desde Macri al kirchnerismo, todos usaron los festejos del Bicentenario para propaganda y negocios. Entre escenarios faraónicos, inauguraciones y reinauguraciones, el gobierno aprovechó para rearmarse y hacer campaña.



Casi al mismo tiempo que comenzaban las grandes obras de lo que sería el Paseo del Bicentenario, la presidenta anunció la reprogramación a 20 años de las deudas de las provincias con la Nación , a una tasa baja. El período de gracia otorgado hasta fin de 2011 pone en evidencia el fin proselitista de la medida. Por una parte, se desactivan las demandas provinciales por la coparticipación del impuesto al cheque y la disminución de los aportes a la Seguridad Social. Por la otra, el kirchnerismo se asegura el apoyo de los gobernadores de las provincias más endeudadas, mientras que el gobierno nacional puede seguir enviando fondos como transferencias o fundado en “decisiones de inversión pública”, lo que permitirá aportes extraordinarios a los que resulten más fieles de manera totalmente discrecional.

La avenida 9 de Julio se convirtió en una barrera infranqueable que dividió la ciudad de sur a norte, mientras se armaban y desarmaban las instalaciones del Paseo, que finalmente congregó millones de personas que aprovecharon el viaje y los espectáculos gratuitos en un fin de semana inusitadamente largo. En línea con gestos y concesiones populistas, que en nada influyen en los problemas estructurales, como la ley de medios, el “fútbol para todos” o las asignaciones por hijo, el gobierno de los Kirchner ofreció los festejos, y sumó, así, a su búsqueda de consenso y popularidad.

“Fue un estallido de la buena onda”, dijo un Kirchner exultante, que se muestra convencido de que esas personas no fueron a ver Fuerza Bruta o a escuchar a sus artistas favoritos, sino que salieron a la calle para apoyar al gobierno. Mientras la oposición interpretaba que la multitud expresó una exigencia de “más democracia participativa”, comparando la 9 de Julio con el velorio de Alfonsín, el ex presidente no dudó en ponerle a su esposa, frente a las cámaras, un gorrito que decía “Kirchner 2011” , descarada confesión del objeto de los festejos.

A menor escala, pero no con menos fastuosidad, Mauricio Macri fue el rey de la reinauguración del Teatro Colón. Hubo “invitados de lujo”, como Ricardo Fort, Mirtha Legrand, periodistas de Radio 10 y, entre los políticos, Aníbal Ibarra, Mario Das Neves, Carlos Reutemann y Roberto Lavagna. En el palco de honor estuvieron el presidente de la Corte , Ricardo Lorenzetti; José “Pepe” Mujica y Julio Cobos. No fue la presidenta, ofendida porque el jefe de gobierno dijo “Si viene con su consorte, habrá que sentarse al lado, pero no me pone contento”.

En cambio, el procesado por espiar fue a la cena de gala que se ofreció en la Casa Rosada , y compartió la mesa con el “rey de la soja”, Gustavo Grobocopatel, y los gobernadores de La Pampa y Jujuy. Alfombra roja mediante, se alternaban mesas bien regadas de champán, como la que ocupaban Adelmo Gabbi (Bolsa de Comercio), los banqueros Jorge Brito y Mario Vicens, y Paolo Rocca (Techint). Con Julio de Vido se sentaron Enrique Eskenazi (Repsol-YPF) y el empresario kirchnerista del juego, Cristóbal López. Más alejados del centro estaban los artistas y deportistas que aportaron la cuota de “glamour”.

En la mesa de los Kirchner, estuvieron Hugo Chávez y Manuel Zelaya; el titular de la OEA , José Miguel Insulza, y el ex titular del BID, Enrique Iglesias. Cobos, cuyo despacho se usó de cocina por la cercanía con el Salón Blanco, fue el gran ausente. Interrogado al respecto, Aníbal Fernández respondió: “No hubiera sabido en qué carácter invitarlo…”.

En la catedral, el arzobispo Bergoglio presidió un Te Deum para el que la iglesia no cursó invitaciones, tratando de evitar que la ceremonia se convirtiera en el “acto de la oposición”. Frente a Macri y otros “opositores”, Bergoglio habló de amor y paz, y llamó a la unidad “con todos aquellos que están en Luján encabezados por las autoridades máximas del país”. Es que, al mismo tiempo, en Luján, rodeado de banderas kirchneristas, se celebraba otro Te Deum, al que asistió todo el gobierno nacional, porque la presidenta, según reveló, “tuvo una señal de la virgen”.

Así, las celebraciones significaron una fabulosa y carísima plataforma para que el kirchnerismo, rearmado frente a una “oposición” cada vez más destartalada, aprovechara y manipulara el patriotismo y lanzara su campaña hacia la disputa de 2011.

Los negocios del Bicentenario

Mientras el gobierno se resiste a invertir lo mínimo necesario para mejorar un poco la situación de los millones de trabajadores, despilfarró una enorme fortuna en las celebraciones organizadas, con la excusa del Bicentenario, para fortalecerse y lanzar su campaña electoral.

Según el secretario de cultura, se gastaron 15 millones de pesos en la construcción y espectáculos del Paseo del Bicentenario. Sin embargo, en la mayoría de los medios se evaluó, como cifra más cercana a la realidad, la de 40 millones de pesos. Creíble, si se considera que sólo por la limpieza de la Av. 9 de Julio, el gobierno nacional le tuvo que transferir dos millones al gobierno de la ciudad.

En el Centenario se construyó el Palacio de Correos, que ahora fue remodelado y convertido en Centro Cultural del Bicentenario. ¿El costo? Cuando esté terminado, se habrán gastado 900 millones. ¿Cuántas viviendas populares se podrían construir con ese dinero?

Sólo cien millones, pero de dólares, se fueron en la restauración del Teatro Colón, mientras en el Hospital Garrahan revientan las cloacas en la sala de guardia, repleta de niños inmunodeprimidos, y, en el mismo Colón renovado, prosigue el conflicto con los trabajadores, por las malas condiciones laborales y 138 de ellos que fueron desplazados a la administración pública comunal.

Los gobiernos provinciales no dejaron de hacer lo suyo. En San Luis, por ejemplo, el gobernador Rodríguez Saá hizo construir una nueva casa de gobierno, en forma de pirámide luminosa, que remite al antiguo Egipto y costó 350 millones. El 25, durante su inauguración, los docentes en lucha repartían volantes denunciando: “el pueblo debe pagar los delirios del faraón”.

En Neuquén se inauguró la Plaza del Bicentenario, a un costo de un millón de pesos, y, en Tucumán, Néstor Kirchner en persona cortó la cinta inaugural del moderno y nuevo edificio del PJ, en pleno centro, que costó 2.700.000 pesos y seguramente no se pagó con los aportes de los afiliados.

Un verdadero despilfarro, sin olvidar los formidables pagos a los artistas que participaron. Pero la fiesta no terminó. A lo largo del año, siempre con la excusa del Bicentenario, están previstas inauguraciones a lo largo y ancho del país, que, en cada oportunidad, darán la plataforma a un acto de campaña no declarado y al deslizamiento de los dineros correspondientes a los bolsillos de empresarios y funcionarios, los únicos que se benefician, mientras la inflación se come los salarios y el pueblo trabajador vive cada vez peor.

Editorial: Bicentenario: nada para festejar

Desde el gobierno de Cristina Fernández llevan meses convocando a celebrar el bicentenario. Buscan organizar un gran acto partidario que permita relanzar con fuerza al kirchnerismo, pensado en 2011. Se exaltan viejos “próceres” y, fundamentalmente, se apela al sentimiento nacional, extendiendo la convocatoria a festejar a “todo el pueblo argentino”.

Ante esto, salta a la vista que no existe absolutamente nada que pueda unificar a todos los argentinos en un único festejo. “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”, explican Marx y Engels. Y tal afirmación describe perfectamente la realidad de nuestro país. La historia argentina está marcada por los pasos andados por las dos clases antagónicas e irreconciliables de esta sociedad: la clase capitalista y la clase trabajadora. Es la historia, por lo tanto, de los grupos empresarios, que controlaron las riendas del poder político y que administraron el estado en función de sus intereses económicos. Son los que implementaron sistemáticamente planes de ajuste, impulsaron despidos o reducciones salariales y quiénes ordenaron reprimir y perseguir a quienes se les han enfrentado. Su mano se observa, por ejemplo, en la expansión de la deuda externa a lo largo de años y de los negociados que ésta trajo aparejados para el empresariado local y la banca internacional. Y la historia argentina es, también, la historia de su clase trabajadora, de su organización y de su lucha. Desde los primeros avances en la organización sindical, con el surgimiento del movimiento obrero, que enfrentó las durísimas condiciones laborales de la época (que hoy, valga la redundancia, seguimos enfrentando) y la represión policial dispuesta por los empresarios, hasta las más altas expresiones de organización política de la clase obrera, que se plantearon derribar al sistema capitalista, dando el combate por la revolución socialista.

Por otra parte, la propaganda y las actividades oficialistas sobre el bicentenario intentarán distraer la atención sobre la situación actual. Mientras gasta millones en campañas propagandísticas celebrando “nuestra independencia”, el kirchnerismo continúa profundizando la dependencia, pagando la deuda externa, con un nuevo canje para los bonos en default y con el relanzamiento de las negociaciones con el Club de París y las gestiones ante el FMI. Al mismo tiempo, por supuesto, procura favorecer las ganancias de los principales grupos empresarios. Casi en voz baja, el gobierno lanzó, por ejemplo, un aumento de las partidas de subsidios que entrega a las empresas de transporte, que facturan millones y millones de pesos por mes para que en trenes, subtes o colectivos se viaje cada vez peor. Los escándalos que salen a la luz sobre los negociados de los funcionarios kirchneristas, como los vínculos de De Vido con las inversiones locales en Venezuela o de Jaime con las empresas de transporte, dan cuenta de que los funcionarios de gobierno no pierden el tiempo, tampoco, a la hora de montar sus propios “emprendimientos comerciales”.

En los actos oficiales, Cristina Fernández y sus ministros describirán los “grandes aciertos” de su gestión, intentando vanamente diferenciarse de anteriores gobiernos. No habrá lugar, en cambio, en sus discursos, para hacer mención de la inflación o de los bajos salarios. Con el aval kirchnerista, el aumento sostenido de precios aplicado por los distintos grupos empresarios viene funcionando como política de ajuste real sobre la clase trabajadora. Ajuste que implica que los salarios cada vez alcancen para menos. Y en esto, el gobierno y los empresarios cuentan con la colaboración fundamental de la burocracia sindical, que se encarga de marcar techos de pobreza para los aumentos en paritarias, incluyendo compromisos de no conflictividad o “paz social”, cuando no acuerda directamente despidos y suspensiones. Ése es el rol que han cumplido las direcciones de la CGT y la CTA desde el primer día de gobierno kirchnerista.

Pero no todo es tranquilidad en las filas del gobierno y de las cámaras empresarias. A pesar de que aún es incipiente y limitada, en relación a las tareas que se presentan por delante, la organización y la lucha de los trabajadores que se desarrolla por fuera del tutelaje de la burocracia sindical existe y preocupa a la clase capitalista. A eso se deben la persecución y el procesamiento de delegados y activistas independientes. Es una tarea central del momento organizarse para la defensa de los compañeros perseguidos, al mismo tiempo que expandir las experiencias de organización independiente fomentando el surgimiento de nuevos delegados y dando la disputa por la conducción de comisiones internas o seccionales, cuando esto sea posible.

Nosotros tenemos nuestra propia historia para compartir y celebrar, y de la cual debemos aprender. Es la historia de la organización y la lucha de la clase trabajadora. Esa misma que está marcada por grandes jornadas como la que escribieron los obreros del Cordobazo. Y tenemos, por sobre todas las cosas, una gran tarea por delante: construir la organización política de los trabajadores que permita avanzar en el único camino posible para acabar con el capitalismo y alcanzar un gobierno de los trabajadores, la revolución socialista.