Desde Macri al kirchnerismo, todos usaron los festejos del Bicentenario para propaganda y negocios. Entre escenarios faraónicos, inauguraciones y reinauguraciones, el gobierno aprovechó para rearmarse y hacer campaña.
Casi al mismo tiempo que comenzaban las grandes obras de lo que sería el Paseo del Bicentenario, la presidenta anunció la reprogramación a 20 años de las deudas de las provincias con la Nación , a una tasa baja. El período de gracia otorgado hasta fin de 2011 pone en evidencia el fin proselitista de la medida. Por una parte, se desactivan las demandas provinciales por la coparticipación del impuesto al cheque y la disminución de los aportes a la Seguridad Social. Por la otra, el kirchnerismo se asegura el apoyo de los gobernadores de las provincias más endeudadas, mientras que el gobierno nacional puede seguir enviando fondos como transferencias o fundado en “decisiones de inversión pública”, lo que permitirá aportes extraordinarios a los que resulten más fieles de manera totalmente discrecional.
La avenida 9 de Julio se convirtió en una barrera infranqueable que dividió la ciudad de sur a norte, mientras se armaban y desarmaban las instalaciones del Paseo, que finalmente congregó millones de personas que aprovecharon el viaje y los espectáculos gratuitos en un fin de semana inusitadamente largo. En línea con gestos y concesiones populistas, que en nada influyen en los problemas estructurales, como la ley de medios, el “fútbol para todos” o las asignaciones por hijo, el gobierno de los Kirchner ofreció los festejos, y sumó, así, a su búsqueda de consenso y popularidad.
“Fue un estallido de la buena onda”, dijo un Kirchner exultante, que se muestra convencido de que esas personas no fueron a ver Fuerza Bruta o a escuchar a sus artistas favoritos, sino que salieron a la calle para apoyar al gobierno. Mientras la oposición interpretaba que la multitud expresó una exigencia de “más democracia participativa”, comparando la 9 de Julio con el velorio de Alfonsín, el ex presidente no dudó en ponerle a su esposa, frente a las cámaras, un gorrito que decía “Kirchner 2011” , descarada confesión del objeto de los festejos.
A menor escala, pero no con menos fastuosidad, Mauricio Macri fue el rey de la reinauguración del Teatro Colón. Hubo “invitados de lujo”, como Ricardo Fort, Mirtha Legrand, periodistas de Radio 10 y, entre los políticos, Aníbal Ibarra, Mario Das Neves, Carlos Reutemann y Roberto Lavagna. En el palco de honor estuvieron el presidente de la Corte , Ricardo Lorenzetti; José “Pepe” Mujica y Julio Cobos. No fue la presidenta, ofendida porque el jefe de gobierno dijo “Si viene con su consorte, habrá que sentarse al lado, pero no me pone contento”.
En cambio, el procesado por espiar fue a la cena de gala que se ofreció en la Casa Rosada , y compartió la mesa con el “rey de la soja”, Gustavo Grobocopatel, y los gobernadores de La Pampa y Jujuy. Alfombra roja mediante, se alternaban mesas bien regadas de champán, como la que ocupaban Adelmo Gabbi (Bolsa de Comercio), los banqueros Jorge Brito y Mario Vicens, y Paolo Rocca (Techint). Con Julio de Vido se sentaron Enrique Eskenazi (Repsol-YPF) y el empresario kirchnerista del juego, Cristóbal López. Más alejados del centro estaban los artistas y deportistas que aportaron la cuota de “glamour”.
En la mesa de los Kirchner, estuvieron Hugo Chávez y Manuel Zelaya; el titular de la OEA , José Miguel Insulza, y el ex titular del BID, Enrique Iglesias. Cobos, cuyo despacho se usó de cocina por la cercanía con el Salón Blanco, fue el gran ausente. Interrogado al respecto, Aníbal Fernández respondió: “No hubiera sabido en qué carácter invitarlo…”.
En la catedral, el arzobispo Bergoglio presidió un Te Deum para el que la iglesia no cursó invitaciones, tratando de evitar que la ceremonia se convirtiera en el “acto de la oposición”. Frente a Macri y otros “opositores”, Bergoglio habló de amor y paz, y llamó a la unidad “con todos aquellos que están en Luján encabezados por las autoridades máximas del país”. Es que, al mismo tiempo, en Luján, rodeado de banderas kirchneristas, se celebraba otro Te Deum, al que asistió todo el gobierno nacional, porque la presidenta, según reveló, “tuvo una señal de la virgen”.
Así, las celebraciones significaron una fabulosa y carísima plataforma para que el kirchnerismo, rearmado frente a una “oposición” cada vez más destartalada, aprovechara y manipulara el patriotismo y lanzara su campaña hacia la disputa de 2011.