Editorial: Bicentenario: nada para festejar

Desde el gobierno de Cristina Fernández llevan meses convocando a celebrar el bicentenario. Buscan organizar un gran acto partidario que permita relanzar con fuerza al kirchnerismo, pensado en 2011. Se exaltan viejos “próceres” y, fundamentalmente, se apela al sentimiento nacional, extendiendo la convocatoria a festejar a “todo el pueblo argentino”.

Ante esto, salta a la vista que no existe absolutamente nada que pueda unificar a todos los argentinos en un único festejo. “La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”, explican Marx y Engels. Y tal afirmación describe perfectamente la realidad de nuestro país. La historia argentina está marcada por los pasos andados por las dos clases antagónicas e irreconciliables de esta sociedad: la clase capitalista y la clase trabajadora. Es la historia, por lo tanto, de los grupos empresarios, que controlaron las riendas del poder político y que administraron el estado en función de sus intereses económicos. Son los que implementaron sistemáticamente planes de ajuste, impulsaron despidos o reducciones salariales y quiénes ordenaron reprimir y perseguir a quienes se les han enfrentado. Su mano se observa, por ejemplo, en la expansión de la deuda externa a lo largo de años y de los negociados que ésta trajo aparejados para el empresariado local y la banca internacional. Y la historia argentina es, también, la historia de su clase trabajadora, de su organización y de su lucha. Desde los primeros avances en la organización sindical, con el surgimiento del movimiento obrero, que enfrentó las durísimas condiciones laborales de la época (que hoy, valga la redundancia, seguimos enfrentando) y la represión policial dispuesta por los empresarios, hasta las más altas expresiones de organización política de la clase obrera, que se plantearon derribar al sistema capitalista, dando el combate por la revolución socialista.

Por otra parte, la propaganda y las actividades oficialistas sobre el bicentenario intentarán distraer la atención sobre la situación actual. Mientras gasta millones en campañas propagandísticas celebrando “nuestra independencia”, el kirchnerismo continúa profundizando la dependencia, pagando la deuda externa, con un nuevo canje para los bonos en default y con el relanzamiento de las negociaciones con el Club de París y las gestiones ante el FMI. Al mismo tiempo, por supuesto, procura favorecer las ganancias de los principales grupos empresarios. Casi en voz baja, el gobierno lanzó, por ejemplo, un aumento de las partidas de subsidios que entrega a las empresas de transporte, que facturan millones y millones de pesos por mes para que en trenes, subtes o colectivos se viaje cada vez peor. Los escándalos que salen a la luz sobre los negociados de los funcionarios kirchneristas, como los vínculos de De Vido con las inversiones locales en Venezuela o de Jaime con las empresas de transporte, dan cuenta de que los funcionarios de gobierno no pierden el tiempo, tampoco, a la hora de montar sus propios “emprendimientos comerciales”.

En los actos oficiales, Cristina Fernández y sus ministros describirán los “grandes aciertos” de su gestión, intentando vanamente diferenciarse de anteriores gobiernos. No habrá lugar, en cambio, en sus discursos, para hacer mención de la inflación o de los bajos salarios. Con el aval kirchnerista, el aumento sostenido de precios aplicado por los distintos grupos empresarios viene funcionando como política de ajuste real sobre la clase trabajadora. Ajuste que implica que los salarios cada vez alcancen para menos. Y en esto, el gobierno y los empresarios cuentan con la colaboración fundamental de la burocracia sindical, que se encarga de marcar techos de pobreza para los aumentos en paritarias, incluyendo compromisos de no conflictividad o “paz social”, cuando no acuerda directamente despidos y suspensiones. Ése es el rol que han cumplido las direcciones de la CGT y la CTA desde el primer día de gobierno kirchnerista.

Pero no todo es tranquilidad en las filas del gobierno y de las cámaras empresarias. A pesar de que aún es incipiente y limitada, en relación a las tareas que se presentan por delante, la organización y la lucha de los trabajadores que se desarrolla por fuera del tutelaje de la burocracia sindical existe y preocupa a la clase capitalista. A eso se deben la persecución y el procesamiento de delegados y activistas independientes. Es una tarea central del momento organizarse para la defensa de los compañeros perseguidos, al mismo tiempo que expandir las experiencias de organización independiente fomentando el surgimiento de nuevos delegados y dando la disputa por la conducción de comisiones internas o seccionales, cuando esto sea posible.

Nosotros tenemos nuestra propia historia para compartir y celebrar, y de la cual debemos aprender. Es la historia de la organización y la lucha de la clase trabajadora. Esa misma que está marcada por grandes jornadas como la que escribieron los obreros del Cordobazo. Y tenemos, por sobre todas las cosas, una gran tarea por delante: construir la organización política de los trabajadores que permita avanzar en el único camino posible para acabar con el capitalismo y alcanzar un gobierno de los trabajadores, la revolución socialista.