El Revolucionario Nº19 (Noviembre 2006)
Que Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional hayan llegado al gobierno de Nicaragua, quiere decir que en este país habrá continuidad: seguirá y se profundizará la explotación, la miseria popular y el sometimiento a las imposiciones del imperialismo.
En su afán de confundir, y para encarrilar a todo el pueblo tras sus planes de hambre, la burguesía latinoamericana, acaudillada por los EEUU, insiste con un viejo recurso: poner como testaferro de sus negocios a distinguidos renegados, arrepentidos, quebrados o traidores de luchas pasadas, reciclando personajes setentistas y ex luchadores de distinto pelaje para administrar los gobiernos en su nombre.
Encabeza esta lista el ex tupamaro Pepe Mujica, ideólogo del frente que hoy gobierna Uruguay, vocero de sus ajustes económicos y defensor de la postración ante EEUU (pues reivindica desde el TLC hasta las operaciones militares conjuntas).
Como el uruguayo, el antiguo dirigente sindical Lula Da Silva (impulsor del Foro Social Mundial), fue la figura que en Brasil garantizó el lavado de cara del gobierno más pro-yanqui de los últimos tiempos, al que Condoleezza Rice llamó “el maravilloso amigo de EEUU”, luego de que pagara por adelantado parte de su deuda externa y reclamara, en sintonía con la gusanera de Miami, la “democratización” de Cuba.
Lo mismo sucede en Bolivia, donde el diputado del MAS Chato Peredo, ex compañero del Che en su última experiencia guerrillera, es ejemplo de un gobierno lleno de “ex” militantes de todo tipo, que hoy se han vuelto funcionarios de la burguesía.
Y este recurso, repetido en nuestro país (con figuras como Eduardo Luis Duhalde, ex abogado de los presos de Trelew, o ex montoneros como Bonasso o Taiana…) y varios otros países del continente (Shafik Handal en El Salvador, Lagos, ex ministro de Allende, en Chile…) cuenta con una vieja nueva figura, ahora en Nicaragua, donde el “Sandinismo”, de la mano de su líder Daniel Ortega se ha recauchutado como expresión de la política liberal.
Quien fuera entonces dirigente de la revolución nicaragüense ha conquistado el gobierno de su país acompañado en su fórmula presidencial por un mercenario de la contrainsurgencia financiada por EEUU, lo que constituye un ejemplo más que elocuente de su planteo de “reconciliación” con los agentes de la burguesía y el imperialismo, cuyo slogan de campaña ha sido “paz y amor” para proteger la empresa y la inversión privadas, y establecer “buenas relaciones” con los EEUU.
El dirigente, convertido en un empresario que cuenta con “importantes propiedades y camionetas Mercedes Benz” (La Nación, 7/11/06), es apoyado, obviamente, por todo el arco del progresismo latinoamericano que tiene a Chávez y Fidel Castro como sus máximas figuras, quienes ven en él (como vieron antes en Lula, Lagos, Ollanta Humala, Lucio Gutiérrez, etc.) una “promesa de cambio” en el marco de los “nuevos vientos” latinoamericanos.
Pero como bien explica la mano derecha de Ortega, el ex Ministro del Interior del gobierno sandinista (y ahora vicepresidente del FSLN) Tomás Borge, el nuevo gobierno se propone sostener a raya las condiciones de vida de uno de los países más pobres del continente, pues no piensa enfrentar a ninguno de los enemigos del pueblo, ni a la burguesía local, ni al imperialismo yanqui. Por el contrario el FSLN propone “trabajar por los pobres, pero sin pelearnos con los ricos”… una nueva versión de la receta peronista de conciliación de clases, y para dejar en claro que mantendrá y defenderá la condición de semicolonia de su país, afirma que “si nos ayudan, estamos dispuestos a abrazar a Estados Unidos con el corazón abierto” (Clarín, 8/11/06).
La intención de la burguesía, al reciclar estos viejos cuadros devaluados es doble. En primer lugar, como decíamos, buscan figuras “digeribles”, apreciadas por sectores populares, que sean capaces de llevar adelante el plan de ajuste programado, con la menor reacción popular posible. Y en segundo lugar, al poner a destacados personajes de las luchas populares de otras épocas como referentes de los gobiernos actuales, pretenden demostrar, de mano de estos renegados arrepentidos, que la revolución ha sido definitivamente derrotada, que ya no hay salida para los trabajadores y el pueblo, que no hay más que aceptar una supuesta infalibilidad del capitalismo y que es preciso, por lo tanto, intentar llevar adelante sus (inviables) propuestas de reforma en el marco del sistema y resignar todo proyecto revolucionario que se proponga acabar definitivamente con la burguesía y su dominio.
Por ello es que estos arrastrados, como los jefes del FSLN, arremeten contra su propia experiencia, atacando las medidas más importantes que fueron realizadas en el proceso sandinista, al decir con Tomas Borge que “aquello no era izquierda, fuimos insensatos…”, “fuimos arrogantes y espero que no regresen los males de una reforma agraria arbitraria, la nacionalización del comercio exterior o las arbitrariedades que se dieron con las expropiaciones, por ejemplo y los recortes a las libertades públicas y de expresión” (Clarín, 8/11/06).
Estos enemigos de la revolución vienen a plantearnos ahora que ya no hace falta organizarse para la toma del poder, sino que es preciso contar con “una izquierda realista, lúcida”, que intente humanizar este sistema de explotación y opresión.
Este “descubrimiento” que han hecho, tan viejo como la lucha de los revolucionarios contra la socialdemocracia reformista, sienta muy bien, claro está, para supuestos ex revolucionarios travestidos en empresarios, que ostentan grandes barrigas y bolsillos llenos, que aspiran a contar con una “carrera política” y una casa de fin de semana, y que desde su comodidad han “decretado” que la miseria y la explotación cuyo peso aplasta a diario a nuestros pueblos, son males eternos e inexpurgables con los que debemos acostumbrarnos a convivir.
Por supuesto que los millones que hacen a diario la historia, y que no pueden ni por un segundo desentenderse del yugo que les ha impuesto el capitalismo, no esperarán a estos renegados para llevar hasta el final la lucha por su emancipación. Organizar y desarrollar esta lucha es la tarea impostergable de los revolucionarios.
*****
La burguesía miente cuando plantea que la revolución es imposible y que corresponde a quimeras propias de tiempos pasados. Cada nueva lucha que se libra contra su dominio es bastardeada y ocultada por ella para que no prenda en el sentir popular.
Pero cuando un combate ha fracasado, cuando la burguesía logra reacomodarse en el poder del estado y mantener a raya por un nuevo período a nuestra clase, entonces ella presenta esas batallas como la máxima y última expresión de la lucha del proletariado por el poder, con el único fin de mostrar esa derrota como un fracaso definitivo e inevitable. Le saca sus grises, sus sombras, oculta los debates y los esfuerzos llevados adelante por los mejores revolucionarios, por los mejores obreros e hijos del pueblo para que esa revolución llegue a su fin. Y oculta entonces también a sus cómplices, quienes de una u otra forma empujaron para desviar el proceso revolucionario hacia la derrota, quienes prometieron un futuro de armonía y conciliación entre las clases, quienes hicieron creer a nuestros pueblos en ficciones burguesas como la democracia representativa o la libertad de expresión.
Hay una necesidad urgente para todos aquellos que luchan por la revolución, y es sacar un balance serio y profundo de las experiencias pasadas, como el caso de la revolución sandinista.
Las virtudes de una lucha semejante, marcada por el gran desarrollo de la organización popular en la revolución (incluyendo una amplia participación en la lucha armada), no puede tapar las limitaciones de un proceso que culminó con la participación directa de sectores de la burguesía en el poder, el permiso para funcionar de las prensas y los partidos de la reacción, y finalmente, el llamado a elecciones democráticas con la participación (y luego el triunfo) de los enemigos de nuestra clase.
Un proceso que ubicó a la unidad frentista (en el frente de liberación) por sobre los principios de clase indispensables para llevar a su triunfo la revolución socialista, único camino para la emancipación de la clase obrera, muestra la grave carencia que significó para los nicaragüenses no haber podido contar con un partido marxista revolucionario que sostuviera en todo momento los principios comunistas para llevar hasta el fin el proceso revolucionario. La necesidad latente para nosotros de contar con una organización de revolucionarios marxista y de combate se hace patente, teniendo en cuenta que este proceso revolucionario (como tantos otros) se diluyó en un nuevo régimen democrático como coherente cristalización de las consignas y el programa levantado por un frente, que por su propia esencia no podía contar con un carácter de clase, y cuya consigna central, la revolución “democrática, popular y antiimperialista”, ponía un techo a las aspiraciones emancipatorias del proletariado. Una vanguardia conformada orgánica y programáticamente como partido, nutrida de principios comunistas, con la correspondiente moral revolucionaria cuyo más alto ejemplo lo constituye el Comandante Che Guevara, se vuelve una necesidad tanto más importante, desde que experiencias como la sandinista, culminaron con sus más importantes dirigentes burocratizados y enriquecidos a merced de un pueblo que veía ante sus ojos desmoronarse una a una las conquistas de la lucha revolucionaria.
El mismo Daniel Ortega que hoy la burguesía quiere mostrar como la prueba viviente del fracaso revolucionario, fue quien a meses de asumir al mando del gobierno constituido a partir de la gesta sandinista, vivía ya en importantes fincas señoriales y ostentaba artículos de lujo, mientras propiciaba la participación de la burguesía en la vida social y en el mismo gobierno revolucionario. Pero su abierta entrega de la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad, no opaca la valentía y el tesón que ubicó a tantos hijos del pueblo en una lucha a fondo por el triunfo de la revolución en Nicaragua. En todo caso, en el seno de cada lucha revolucionaria, será el triunfo de las ideas comunistas, del programa marxista revolucionario, de la organización de cuadros y de combate, de la moral guevarista revolucionaria, lo que empujará hasta el final la consecuente lucha de los trabajadores y el pueblo por el socialismo.
Por eso es que recordamos con el Che (Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna) que “No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución”.
Que Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional hayan llegado al gobierno de Nicaragua, quiere decir que en este país habrá continuidad: seguirá y se profundizará la explotación, la miseria popular y el sometimiento a las imposiciones del imperialismo.
En su afán de confundir, y para encarrilar a todo el pueblo tras sus planes de hambre, la burguesía latinoamericana, acaudillada por los EEUU, insiste con un viejo recurso: poner como testaferro de sus negocios a distinguidos renegados, arrepentidos, quebrados o traidores de luchas pasadas, reciclando personajes setentistas y ex luchadores de distinto pelaje para administrar los gobiernos en su nombre.
Encabeza esta lista el ex tupamaro Pepe Mujica, ideólogo del frente que hoy gobierna Uruguay, vocero de sus ajustes económicos y defensor de la postración ante EEUU (pues reivindica desde el TLC hasta las operaciones militares conjuntas).
Como el uruguayo, el antiguo dirigente sindical Lula Da Silva (impulsor del Foro Social Mundial), fue la figura que en Brasil garantizó el lavado de cara del gobierno más pro-yanqui de los últimos tiempos, al que Condoleezza Rice llamó “el maravilloso amigo de EEUU”, luego de que pagara por adelantado parte de su deuda externa y reclamara, en sintonía con la gusanera de Miami, la “democratización” de Cuba.
Lo mismo sucede en Bolivia, donde el diputado del MAS Chato Peredo, ex compañero del Che en su última experiencia guerrillera, es ejemplo de un gobierno lleno de “ex” militantes de todo tipo, que hoy se han vuelto funcionarios de la burguesía.
Y este recurso, repetido en nuestro país (con figuras como Eduardo Luis Duhalde, ex abogado de los presos de Trelew, o ex montoneros como Bonasso o Taiana…) y varios otros países del continente (Shafik Handal en El Salvador, Lagos, ex ministro de Allende, en Chile…) cuenta con una vieja nueva figura, ahora en Nicaragua, donde el “Sandinismo”, de la mano de su líder Daniel Ortega se ha recauchutado como expresión de la política liberal.
Quien fuera entonces dirigente de la revolución nicaragüense ha conquistado el gobierno de su país acompañado en su fórmula presidencial por un mercenario de la contrainsurgencia financiada por EEUU, lo que constituye un ejemplo más que elocuente de su planteo de “reconciliación” con los agentes de la burguesía y el imperialismo, cuyo slogan de campaña ha sido “paz y amor” para proteger la empresa y la inversión privadas, y establecer “buenas relaciones” con los EEUU.
El dirigente, convertido en un empresario que cuenta con “importantes propiedades y camionetas Mercedes Benz” (La Nación, 7/11/06), es apoyado, obviamente, por todo el arco del progresismo latinoamericano que tiene a Chávez y Fidel Castro como sus máximas figuras, quienes ven en él (como vieron antes en Lula, Lagos, Ollanta Humala, Lucio Gutiérrez, etc.) una “promesa de cambio” en el marco de los “nuevos vientos” latinoamericanos.
Pero como bien explica la mano derecha de Ortega, el ex Ministro del Interior del gobierno sandinista (y ahora vicepresidente del FSLN) Tomás Borge, el nuevo gobierno se propone sostener a raya las condiciones de vida de uno de los países más pobres del continente, pues no piensa enfrentar a ninguno de los enemigos del pueblo, ni a la burguesía local, ni al imperialismo yanqui. Por el contrario el FSLN propone “trabajar por los pobres, pero sin pelearnos con los ricos”… una nueva versión de la receta peronista de conciliación de clases, y para dejar en claro que mantendrá y defenderá la condición de semicolonia de su país, afirma que “si nos ayudan, estamos dispuestos a abrazar a Estados Unidos con el corazón abierto” (Clarín, 8/11/06).
La intención de la burguesía, al reciclar estos viejos cuadros devaluados es doble. En primer lugar, como decíamos, buscan figuras “digeribles”, apreciadas por sectores populares, que sean capaces de llevar adelante el plan de ajuste programado, con la menor reacción popular posible. Y en segundo lugar, al poner a destacados personajes de las luchas populares de otras épocas como referentes de los gobiernos actuales, pretenden demostrar, de mano de estos renegados arrepentidos, que la revolución ha sido definitivamente derrotada, que ya no hay salida para los trabajadores y el pueblo, que no hay más que aceptar una supuesta infalibilidad del capitalismo y que es preciso, por lo tanto, intentar llevar adelante sus (inviables) propuestas de reforma en el marco del sistema y resignar todo proyecto revolucionario que se proponga acabar definitivamente con la burguesía y su dominio.
Por ello es que estos arrastrados, como los jefes del FSLN, arremeten contra su propia experiencia, atacando las medidas más importantes que fueron realizadas en el proceso sandinista, al decir con Tomas Borge que “aquello no era izquierda, fuimos insensatos…”, “fuimos arrogantes y espero que no regresen los males de una reforma agraria arbitraria, la nacionalización del comercio exterior o las arbitrariedades que se dieron con las expropiaciones, por ejemplo y los recortes a las libertades públicas y de expresión” (Clarín, 8/11/06).
Estos enemigos de la revolución vienen a plantearnos ahora que ya no hace falta organizarse para la toma del poder, sino que es preciso contar con “una izquierda realista, lúcida”, que intente humanizar este sistema de explotación y opresión.
Este “descubrimiento” que han hecho, tan viejo como la lucha de los revolucionarios contra la socialdemocracia reformista, sienta muy bien, claro está, para supuestos ex revolucionarios travestidos en empresarios, que ostentan grandes barrigas y bolsillos llenos, que aspiran a contar con una “carrera política” y una casa de fin de semana, y que desde su comodidad han “decretado” que la miseria y la explotación cuyo peso aplasta a diario a nuestros pueblos, son males eternos e inexpurgables con los que debemos acostumbrarnos a convivir.
Por supuesto que los millones que hacen a diario la historia, y que no pueden ni por un segundo desentenderse del yugo que les ha impuesto el capitalismo, no esperarán a estos renegados para llevar hasta el final la lucha por su emancipación. Organizar y desarrollar esta lucha es la tarea impostergable de los revolucionarios.
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La burguesía miente cuando plantea que la revolución es imposible y que corresponde a quimeras propias de tiempos pasados. Cada nueva lucha que se libra contra su dominio es bastardeada y ocultada por ella para que no prenda en el sentir popular.
Pero cuando un combate ha fracasado, cuando la burguesía logra reacomodarse en el poder del estado y mantener a raya por un nuevo período a nuestra clase, entonces ella presenta esas batallas como la máxima y última expresión de la lucha del proletariado por el poder, con el único fin de mostrar esa derrota como un fracaso definitivo e inevitable. Le saca sus grises, sus sombras, oculta los debates y los esfuerzos llevados adelante por los mejores revolucionarios, por los mejores obreros e hijos del pueblo para que esa revolución llegue a su fin. Y oculta entonces también a sus cómplices, quienes de una u otra forma empujaron para desviar el proceso revolucionario hacia la derrota, quienes prometieron un futuro de armonía y conciliación entre las clases, quienes hicieron creer a nuestros pueblos en ficciones burguesas como la democracia representativa o la libertad de expresión.
Hay una necesidad urgente para todos aquellos que luchan por la revolución, y es sacar un balance serio y profundo de las experiencias pasadas, como el caso de la revolución sandinista.
Las virtudes de una lucha semejante, marcada por el gran desarrollo de la organización popular en la revolución (incluyendo una amplia participación en la lucha armada), no puede tapar las limitaciones de un proceso que culminó con la participación directa de sectores de la burguesía en el poder, el permiso para funcionar de las prensas y los partidos de la reacción, y finalmente, el llamado a elecciones democráticas con la participación (y luego el triunfo) de los enemigos de nuestra clase.
Un proceso que ubicó a la unidad frentista (en el frente de liberación) por sobre los principios de clase indispensables para llevar a su triunfo la revolución socialista, único camino para la emancipación de la clase obrera, muestra la grave carencia que significó para los nicaragüenses no haber podido contar con un partido marxista revolucionario que sostuviera en todo momento los principios comunistas para llevar hasta el fin el proceso revolucionario. La necesidad latente para nosotros de contar con una organización de revolucionarios marxista y de combate se hace patente, teniendo en cuenta que este proceso revolucionario (como tantos otros) se diluyó en un nuevo régimen democrático como coherente cristalización de las consignas y el programa levantado por un frente, que por su propia esencia no podía contar con un carácter de clase, y cuya consigna central, la revolución “democrática, popular y antiimperialista”, ponía un techo a las aspiraciones emancipatorias del proletariado. Una vanguardia conformada orgánica y programáticamente como partido, nutrida de principios comunistas, con la correspondiente moral revolucionaria cuyo más alto ejemplo lo constituye el Comandante Che Guevara, se vuelve una necesidad tanto más importante, desde que experiencias como la sandinista, culminaron con sus más importantes dirigentes burocratizados y enriquecidos a merced de un pueblo que veía ante sus ojos desmoronarse una a una las conquistas de la lucha revolucionaria.
El mismo Daniel Ortega que hoy la burguesía quiere mostrar como la prueba viviente del fracaso revolucionario, fue quien a meses de asumir al mando del gobierno constituido a partir de la gesta sandinista, vivía ya en importantes fincas señoriales y ostentaba artículos de lujo, mientras propiciaba la participación de la burguesía en la vida social y en el mismo gobierno revolucionario. Pero su abierta entrega de la lucha por la transformación revolucionaria de la sociedad, no opaca la valentía y el tesón que ubicó a tantos hijos del pueblo en una lucha a fondo por el triunfo de la revolución en Nicaragua. En todo caso, en el seno de cada lucha revolucionaria, será el triunfo de las ideas comunistas, del programa marxista revolucionario, de la organización de cuadros y de combate, de la moral guevarista revolucionaria, lo que empujará hasta el final la consecuente lucha de los trabajadores y el pueblo por el socialismo.
Por eso es que recordamos con el Che (Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna) que “No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución”.