VENEZUELA: EL ROL DEL CHAVISMO EN LATINOAMÉRICA

Revista El Revolucionario Nº1 (Noviembre de 2008)

El chavismo es una corriente amplia y heterogénea con influencia en Latinoamérica y nuestro país, que se ha constituido como el modelo a seguir por gobiernos como el de Evo Morales en Bolivia y el de Rafael Correa en Ecuador (quien defiende abiertamente la consigna chavista de “socialismo del siglo XXI”). En Venezuela, tras el chavismo, se enfilan trabajadores, representantes de sectores populares, una importante porción del ejército, gran parte de la burocracia estatal, junto a pequeños, medianos y grandes empresarios (a los que el pueblo venezolano conoce como la “boliburguesía”); sectores que, a su vez, se constituyen en organizaciones tan diversas como partidos políticos, sindicatos, o federaciones patronales. También fuera de Venezuela las simpatías por Chávez y su movimiento son variadas, pues incluyen a presidentes capitalistas (Putín, Ahmadinejad, Kirchner, Correa, Morales...), a dirigentes no capitalistas (como Fidel Castro), y a grupos políticos que van desde planteamientos de izquierda hasta el encuadramiento liso y llano en el actual sistema de explotación capitalista, al que pretenden “humanizar” por medio de reformas. Un caso paradigmático es nuestro país, donde junto a algunos grupos de izquierda, el chavismo se aglutina principalmente alrededor del gobierno peronista y sus personajes afines, como son las Madres de Plaza de Mayo, D´Elía, los burócratas de la CTA, etc., quienes, además, son los primeros en recibir el apoyo directo político y económico del presidente venezolano. Entonces, ¿cuál es el rol de este movimiento, cuyo líder lleva casi una década de gobierno ininterrumpido en Venezuela y que es reivindicado ahora por otros presidentes de la región? Aquí, nuestro balance.

Diez años de gobierno Chávez
Bajo el gobierno de Chávez, la realidad económica del pueblo venezolano no se muestra muy distinta a la que puede encontrarse en otros tantos países de nuestro continente. La pobreza es tan importante que hasta la propaganda oficial admite que toca a un tercio de la población (otras estadísticas hablan del 50% o más)1, y se verifica en la permanencia de enfermedades como el dengue o en la gran extensión de asentamientos y villas miseria en las ciudades más importantes del país como Caracas. La vida diaria de los venezolanos del montón, ésos que suelen estar condenados a la precariedad del trabajo en negro2 y que sufren el peso de una galopante inflación (estimada en un 30% anual y proyectada en cerca del 50% anual en los alimentos), llama especialmente la atención cuando el estado venezolano cuenta con una recaudación de niveles extraordinarios, gracias a los altísimos precios internacionales a los que llega el petróleo, la principal producción del país.
Mientras la estrechez de la política social (con planes como “Mercal”, “Barrio adentro”, “Yo sí puedo”, etc.) muestra que esos monumentales ingresos no se tradujeron en una importante mejora de la situación para la mayoría de la población, al mismo tiempo hay otros que sí han salido altamente beneficiados. El hecho de que se mantenga una gigantesca brecha entre los que más y menos tienen3 da cuenta de la consolidación de la llamada “boliburguesía” y del permanente flujo de divisas hacia el exterior. En primer lugar, porque gran parte de la renta petrolera es expropiada por el imperialismo, fundamentalmente a través de los pulpos trasnacionales que operan directamente en el país (manteniendo habitualmente el 40% de las acciones de las empresas “nacionalizadas”, como es el caso del petróleo) o mediante el pago de la deuda externa. Pero también, porque esta burguesía venezolana acapara el resto de esa altísima renta, enriqueciéndose por medio de los negocios privados o de la función pública. Esta “pujante” clase capitalista que se nutre de la “revolución bolivariana” de Chávez a costa de la marginalidad de una amplia mayoría trabajadora, es bien conocida por el pueblo venezolano que la ve pasar en sus nuevas camionetas Humer (al mejor estilo Tinelli), vivir en lujosos countries con rejas electrificadas, viajar a Miami y al mundo en busca de más negocios (como lo atestiguan, entre otros Antonini, y sus socios), entre otros lujos.

Un capitalismo dependiente... con participación estatal
Como es evidente, la situación social y económica de Venezuela no es distinta, en lo fundamental, a la de Argentina o el resto de América Latina, sacando el caso particular de Cuba. Esto se debe a que todos estos países se rigen por una lógica común: el dominio del capital sobre los trabajadores y la grosera dependencia frente al imperialismo yanqui.
En ese marco, las “nacionalizaciones” de empresas importantes (presentadas por el chavismo como medidas “revolucionarias”), no implican en realidad cambios de fondo o estructurales, puesto que no se cristalizan en una modificación de la situación de los trabajadores, ni significan un enfrentamiento con los grandes empresarios, ni un avance del estado a costa del provecho del capital. Porque mientras la brecha entre pobres y ricos se agranda en el país, el estado chavista decidió no sacarle nada al gran capital transnacional (lo que implicaría expropiar las empresas estratégicas y las de recursos energéticos fundamentales), sino que, por el contrario, pagó cifras millonarias a estas multinacionales castigando con ello al pueblo de Venezuela, quien financió, de hecho, esas compras escandalosas. Pero por si fuera poco, el gobierno tomó sólo una parte de las empresas (habitualmente entre un 51% y un 60%), olvidando de golpe la responsabilidad de éstas por la falta de inversión, la fuga de capitales, etc., y, en cambio, premiándolas con la permanencia de sus negocios en el país. Este proceso se ha repetido una y otra vez, con el petróleo, las cementeras y ahora con el capital bancario, sin que haya cambios significativos.
De todas formas no puede hablarse de una política de “estatización” estructural que, como sucedió en Cuba, sirva de base para reorganizar una sociedad en base a la planificación económica para garantizar el bienestar popular. De hecho, el chavismo es muy cauto para aumentar las “compras” de empresas con dinero del estado, cosa que está a la vista no sólo contando las limitadas empresas que han sido “estatizadas” en los últimos casi 10 años de gobierno Chávez, sino observando el reciente ejemplo de SIDOR. En este caso, Chávez hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar que la empresa de Techint, recomendada por sus amigos los Kirchner, se mantuviera en manos privadas, por más que su producción es de gran importancia para Venezuela. De hecho, durante largos meses de movilizaciones obreras la respuesta del chavismo fue la negativa y la represión policial... Sólo luego de que los mismos trabajadores se organizaran con meses de huelgas y enfrentaran a la policía chavista lograron imponer la agenda, y el presidente Chávez decidió cambiar su táctica: retiró a los policías y encabezó el proceso de “estatización” (es decir “compra”) de SIDOR. Eso sí, dejando en la calle a cerca de 9.000 trabajadores tercerizados, a los que no reconoció como empleados de la compañía, situación que originó nuevas movilizaciones de protesta.
Por otra parte, si hay un mecanismo que perpetúa el empobrecimiento y garantiza la entrega del producto del trabajo de los obreros latinoamericanos al gran capital es el pago de la deuda externa, cuya permanencia significa una sangría constante para los más humildes del continente. Frente a ello, la política de Chávez (que se considera a sí mismo un “antiimperialista”) es el pago puntual (cuando no por “adelantado”, al estilo Kirchner) de una deuda que crece estrepitosamente llegando a triplicar las cifras de cuando Chávez asumió el poder4. Por otra parte, como lo hemos comentado en numerosas oportunidades, la gestión de Chávez perpetúa la enorme dependencia de Venezuela frente al imperialismo, al sostener intacta su estructura de exportador de bienes primarios, sin desarrollo industrial, dedicándose casi exclusivamente a la exportación de petróleo a su comprador predilecto, EEUU, que consume cerca del 80% del petróleo venezolano para garantizar su alto nivel de gasto energético y sus incursiones guerreristas en Irak y demás países.

“Borrar con el codo lo que se escribe con la mano”.
La demagogia es un gran arma de los políticos del sistema. Cuando las transformaciones no entran por la barriga, cuando los techos siguen siendo de chapa y el trabajo en negro, cuando la riqueza de los empresarios se abulta y poco de eso llega a los que trabajan... entonces son los grandes demagogos los que se encargan de parar la rabia encauzando las esperanzas del pueblo con falsas promesas y grandes palabras y gestos, aunque no se orienten realmente a cambiar la estructura social.
Esa característica es muy propia de Chávez, que se ha erigido como cabeza de su movimiento a fuerza de “gestos”, que hacen pensar en un supuesto enfrentamiento con figuras destacadas del golpismo y el imperialismo... aunque una y otra vez haya capitulado ante esos sectores. Lo que hace todo el tiempo es lo mismo que hizo, por ejemplo, con el rey de España (con quien había “roto relaciones” con gran pompa luego del escándalo por haberlo hecho callar en medio de una cumbre, pero al que apretaba amigablemente sus manos apenas seis meses más tarde).
Así, después de que el pueblo venezolano enfrentara el golpe de 2002, Chávez reapareció (constitución y crucifijo en mano) y llamó a la reconciliación con los golpistas, actitud que sostuvo luego del paro patronal petrolero de 2002-2003 y, también, luego del referéndum revocatorio de 2004 (cuando convocó a la oposición golpista a sumarse en un gobierno de unidad) y demás presiones de los sectores más reaccionarios del país, llegando al punto de otorgarles a todos ellos una amnistía el último día de 2007, porque, según afirmó: “quiero que convivamos con las diferencias”.
El último y más evidente ejemplo del carácter estrictamente demagógico de sus palabras es la nueva capitulación frente al presidente colombiano5. Porque hemos visto a Chávez supuestamente “indignado” frente a la incursión militar colombiana (bajo dirección de EEUU) en territorio ecuatoriano y hemos oído su llamado “enérgico” a movilizar tropas como si estuviera dispuesto hasta la guerra contra la avanzada del primer jefe del narcoparamilitarismo (y cabeza de playa de EEUU en la región), en defensa de la soberanía y de los intereses populares... Pero, enseguida, lo hemos visto replegar sus tropas e iniciar un camino de diálogo y concesiones crecientes, aceptando los condicionamientos del “vocero de la oligarquía” (como Chávez llamaba antes a Uribe) y plegándose de lleno a las exigencias que Washington le hacía por medio de su “cachorro”, para condenar la resistencia armada colombiana. Así, en julio de este año, el “vocero de la oligarquía” (que pasó a ser su “amigo” y “hermano”) fue recibido calurosamente y con honores por Chávez en Venezuela, donde se prometieron mutuamente mantener una relación amistosa, impulsar el comercio y los “esquemas de cooperación más efectivos en la lucha contra el narcotráfico”, eufemismo que, en Colombia, siguiendo la doctrina norteamericana, significa lisa y llanamente la matanza de combatientes guerrilleros, sindicalistas, estudiantes, campesinos y de todo el pueblo que luche.
Y con esto entramos una vez más en la demagogia chavista. Porque el coronel del ejército Hugo Chávez, que antaño se dedicaba, como el mismo declaró, a “perseguir guerrilleros”6, se cuidó muy bien durante un tiempo de condenar públicamente la resistencia armada colombiana, pues sabía que una parte importante de sus simpatizantes estaban con esta lucha7. En ese marco se podían leer ciertos “gestos” de Chávez al no condenar abiertamente a las FARC y al ELN; al enfrentar verbalmente a EEUU y su aliado regional, el presidente colombiano Álvaro Uribe; o al interceder como mediador para un intercambio humanitario entre el estado colombiano y las FARC, reconociendo su carácter de fuerza beligerante. Con este acuerdo se concedía la libertad a Ingrid Betancourt, los tres mercenarios yanquis y una quincena de policías y militares asesinos de ese estado, a cambio de la liberación de centenares de presos políticos que se encuentran en las cárceles de Colombia y algunos extraditados en EEUU.
Pero frente a tanto “gesto” demagógico, el régimen chavista venía desde hace tiempo llevando a cabo acciones para nada simbólicas que lo ubicaban en las antípodas de sus palabras, llevando adelante acuerdos para la persecución del “narcotráfico” y colaborando con sus fuerzas de seguridad, en la entrega de importantes dirigentes de la guerrilla, tal como sucedió con Rodrigo Granda (FARC)8 y Donayro Acevedo Pérez (ELN)9.
De todas formas, el fin definitivo de sus “gestos” con respecto a la insurgencia colombiana llegó a mitad de este año, cuando Chávez celebró el falso “rescate” que Uribe llevó adelante (con dirección de EEUU, y participación del Mosad israelí y la embajada francesa), olvidándose de los presos políticos y extraditados colombianos. Tras ese acontecimiento, Chávez volvería a convertirse en un “amigo” de Uribe y a condenar la lucha de la resistencia, haciendo un llamando abierto a que depongan las armas: "a estas alturas (dijo) está fuera de orden un movimiento guerrillero armado. Eso hay que decírselo a las FARC”; para acabar difundiendo la doctrina norteamericana según la cual la insurgencia armada es “terrorista” y es un justificativo para su intervención militar: “el día que se haga la paz en Colombia se acabó la excusa en el imperio, la principal que tienen, el terrorismo”. Enseguida sus palabras fueron tomadas por lo más rancio de la contrarrevolución. El ministro de defensa colombiano festejó diciendo: "Si las declaraciones de Chávez son de verdad, el fin de las FARC está cerca”; por su parte, el candidato republicano estadounidense John McCain, también aprovechó para cargar contra la guerrilla: “Chávez ha hecho una declaración de que las FARC se tienen que desarmar y dejar su lucha, espero que acepten el consejo”.

Un “peronista profundo”
La del chavismo es una política de “gestos”... y de grandes palabras. Así, el proyecto de Chávez es considerado oficialmente como una “revolución bolivariana” para la conquista del “socialismo del siglo XXI”10. Pero nada de eso es lo que dice ser, porque ni la revolución es realmente una revolución, ni el proyecto de Chávez se asoma siquiera al socialismo. La demagogia del gobierno de Chávez se presenta una vez más con la manipulación de conceptos, que implican luchas feroces contra el capitalismo y cambios estructurales para el bienestar popular, pero que, en su caso, son usados como simples etiquetas que vienen a reemplazar los nombres de las cosas, pero sin cambiar las reales condiciones de existencia de los venezolanos, convirtiéndose en un majestuoso lavado de cara del capitalismo local. Porque mientras el ejército es rebautizado como “bolivariano” y a cada cosa (incluyendo grupos empresarios) se le agrega el mote de “socialista”, la explotación y la subordinación al imperialismo del capitalismo dependiente venezolano no sólo permanecen, sino que prometen seguir consolidándose de la mano de Chávez, quien por otra parte ha declarado abiertamente que no pretende otra cosa.
Es aplastante el dictamen de los hechos tras casi diez años de más capitalismo. Sus reformas en el plano de la educación, la salud o los planes alimentarios no lo han eximido de las grandes desgracias de este sistema, agravado por las condiciones de dependencia frente al gran capital imperialista: explotación, enriquecimiento de los poderosos y pauperización de la gran mayoría, represión para los que sacan los pies del plato, etc., etc., etc.
Pero, por las dudas, el chavismo, aún en medio de la ambigüedad constante y necesaria de su discurso (donde dice a cada uno lo que quiere oír), ha expresado con bastante claridad algunos postulados básicos de su doctrina pseudo-socialista, como es el resguardo de la propiedad privada, planteado claramente en el marco de su campaña por el referéndum a fin del año pasado; o su idea de que el proceso “bolivariano” implica un acuerdo y beneficio de la burguesía local a la que tiene como aliada en su partido PSUV, a la que en un contrasentido ya ridículo cataloga como “empresarios socialistas”11; o su concepción de que las transformaciones sociales deben llevarse a cabo en forma pacífica sin enfrentar violentamente a los poderosos, llegando, incluso, a condenar abiertamente a quienes lo hacen, como en Colombia, diciendo que “la guerra de guerrillas pasó a la historia”; o su definición claramente antimarxista y antiobrera (y por tanto capitalista) al afirmar que: “Tesis como la de la clase obrera como el motor del socialismo y de la revolución están obsoletas”, y que, por eso, mismo su partido, “El PSUV no tomará las banderas del marxismo-leninismo porque es una tesis dogmática que ya pasó y no está acorde con la realidad de hoy”.
En nuestro país, las posiciones de Chávez se hacen aún más claras, cuando en medio de la confusión del palabrerío “antiimperialista”, “revolucionario” o “socialista”, vemos la defensa exultante que el mandatario venezolano hace del peronismo. Ya lo recordaba Chávez en un típico acto del PJ bonaerense junto al matrimonio Kirchner: “Un militar retirado argentino me enseñó a leer a Perón, y yo soy peronista, un peronista profundo”. De ese modo no hacía más que repetir por enésima vez su afinidad por el proyecto de Perón, el “justicialismo”, con el cual el caudillo educaba a las masas en la doctrina corporativista de “la comunidad organizada”, fundamento de una ideología conservadora en defensa del sistema capitalista, que inducía a los trabajadores a buscar la conciliación con sus explotadores, aplacando la lucha de clases.
Este “peronista profundo”, que admite que “no tomará las banderas del marxismo-leninismo” (como son la independencia de los trabajadores frente a la burguesía, la lucha a muerte contra los explotadores, etc.), busca presentar como “nuevo” un remozado capitalismo (“del siglo XXI”), alzando demagógicamente banderas de la clase obrera. En suma, no hace más que seguir un camino trazado por numerosos gobiernos burgueses para ganar apoyo popular, desde Perón, quien incluyó en su marcha la consigna “combatiendo el capital”, hasta el mismo Hitler que usó el lenguaje del proletariado para obtener el apoyo de los trabajadores a su proyecto capitalista de expansión y opresión al que llamó “nacional-socialismo”.

Dos proyectos antagónicos
Hoy en Venezuela la movilización popular es muy importante y la discusión y participación política ha calado hondo en los barrios más humildes. Los trabajadores y otros sectores oprimidos salen habitualmente a la lucha por sus reivindicaciones organizados en sindicatos y agrupamientos políticos, con tomas de fábricas o de tierras, paros, manifestaciones y enfrentando no sólo a la represión gubernamental y patronal sino también contra los intentos golpistas y los lock out promovidos por grandes capitalistas que se oponen a Chávez. En la lucha y organización diaria los trabajadores buscan una perspectiva que permita saldar realmente sus reclamos, erradicando las injusticias y penurias a las que el capitalismo los somete cotidianamente. Por eso, se organizan para enfrentar a los empresarios, a los banqueros, a los terratenientes y a las incursiones imperialistas. Por eso, mientras el gobierno hace demagogia con fraseología revolucionaria, el pueblo habla con entusiasmo de revolución y de socialismo.
Frente a esta situación, Chávez no expresa una salida para la clase obrera y los demás sectores populares en lucha. En su movimiento conviven los trabajadores y los humildes junto a grandes magnates de la explotación, pero Chávez defiende sólo a estos últimos; defiende el corazón de los intereses de los empresarios: el capitalismo y su propiedad privada. Su enfrentamiento con otros sectores burgueses que se orientan al golpismo y el lock out no le quita al chavismo su carácter capitalista, sino que lo ubica en el marco de las disputas que esta clase explotadora tiene por el reparto de sus beneficios, y en función de las distintas formas de gobernar que la burguesía encuentra para someter a la explotación a la gran masa de trabajadores (con formas distintas de racionalizar la represión, las dádivas, la “participación democrática”, la movilización, etc.). En definitiva, sosteniendo (y defendiendo) el capitalismo y su máxima principal, la propiedad privada, Chávez representa lo más medular de la burguesía, a la que llama a integrar su gobierno, cuyos negocios promueve diariamente y cuyos intereses defiende incluso con el garrote de la represión.
Consecuentemente, Chávez condena la acción independiente de los trabajadores y muy especialmente su violencia contra los opresores. Ataca a aquellos que se organizan por fuera de su dirección y no admiten subordinarse a su partido, el PSUV. Condena siempre a los rebeldes que se enfrentan con los poderosos, sea en Venezuela cuando toman una fábrica o un terreno sin su consentimiento, o sea en la vecina Colombia, donde se alzan en armas contra el gobierno paramilitar de Uribe. Y por eso también el chavismo, mientras habla demagógicamente de un “socialismo del siglo XXI”, condena las ideas que la clase obrera ha forjado en años de lucha contra el capitalismo. Chávez ataca así la base misma del socialismo, el marxismo, intentando negar con ello sus enseñanzas fundamentales. Niega que los trabajadores y sus explotadores tienen intereses irreconciliables. Niega que los burgueses y sus representantes defenderán con todos sus recursos (la violencia, la opresión, la cooptación, la demagogia, el engaño...) el sistema que mantiene sus privilegios, el capitalismo, el mismo que hoy impera en Venezuela y es defendido y dirigido por Hugo Chávez. Y éste a su vez niega que, en consecuencia, la única forma que los trabajadores tienen para dar cauce a sus aspiraciones revolucionarias es la lucha a muerte contra sus opresores, la derrota de la burguesía y el triunfo de la clase obrera en el marco de la violenta lucha de clases, única forma en que es posible la conquista del poder político por parte de los trabajadores y el pueblo contra los capitalistas, y la constitución de un nuevo tipo de estado, el estado obrero, en el que la inmensa mayoría enfrente a los que aún persisten en sostener la explotación del hombre por el hombre... el socialismo.

Frente al chavismo: organización independiente de los trabajadores por la revolución
La movilización, las distintas medidas de lucha, la discusión y organización política, la resistencia contra el golpe o ciertas patronales... son todas medidas que en Venezuela van templando la lucha popular, contribuyendo a su maduración y organización. Pero para enfrentar definitivamente a la explotación y demás calamidades capitalistas es imprescindible luchar contra el capitalismo mismo y por el único proyecto superador, el socialismo, organización social de y para los trabajadores. Ello implica dar impulso a una lucha revolucionaria por el poder obrero, enfrentando por todos los medios la resistencia de los capitalistas y sus aliados: el gobierno, las FFAA, la iglesia, etc.
Frente a esa perspectiva de organización y lucha por una nueva sociedad, Chávez no es ni un jefe revolucionario, ni un impulsor de la actividad revolucionaria de las masas, ni un aliado de los trabajadores en su lucha contra los capitalistas, sino, por el contrario, un representante de la burguesía y un enorme obstáculo para que los trabajadores y el pueblo de Venezuela logren organizarse y luchar en forma independiente por un proyecto propio, la revolución socialista, que es antagónico al capitalismo de Chávez y sus “empresarios socialistas”, pero que es la única forma de enfrentar al capitalismo y su barbarie.
Por eso es que cada iniciativa de Chávez para el fortalecimiento de su proyecto, como es el llamado al referéndum o la conformación del PSUV (en un intento de disciplinar a todo el movimiento político subordinándolo a su dirección política), es una forma de encarrilar a los trabajadores y el pueblo humilde tras su proyecto, que es el de la burguesía, y apartarlos de una posible orientación revolucionaria. Para encauzar tras su proyecto burgués a los trabajadores y el pueblo, Chávez acude reiteradamente a un mismo recurso: la polarización entre dos grandes campos, ubicando en el bando de los “enemigos” a los capitalistas locales y extranjeros que no apoyan al chavismo (que impulsan la movilización, el lock out y el golpe en su contra), y oponiéndole el movimiento chavista. Pero este movimiento acaudillado por Chávez se constituye como una amplia fuerza heterogénea, en la que la gran mayoría trabajadora, que pone el cuero para las luchas (como sucedió con el intento de golpe) y sigue empobrecida y explotada, sirve como tropa de un grupo de burgueses y burócratas (la boliburguesía), que ponen el programa de su movimiento (el capitalismo, la propiedad privada, la no violencia contra los explotadores, etc.) y, que en el nombre del chavismo, se enriquecen escandalosamente mientras hacen grandes negocios con los capitalistas “golpistas” y con el imperialismo.
Evidentemente, como lo hemos repetido insistentemente, los revolucionarios se alistan en las filas de la resistencia, cada vez que el imperialismo amenaza y que el golpismo asoma12. Pero eso no significa en lo más mínimo subordinarse a un proyecto que es medularmente burgués y que, lejos de representar los intereses de explotados y oprimidos, significa una perpetuación de esas relaciones de dominación. De hecho, tanto el movimientismo, que lleva a diluir la actividad e ideología proletarias en el marco de una amplia alianza que termina siempre dirigida por los capitalistas, y el personalismo o la idolatría hacia este militar capitalista, boicotean la perspectiva de organización independiente y revolucionaria de los trabajadores para enfrentar al capitalismo en Venezuela y son un pésimo ejemplo para los trabajadores de nuestro continente.
El sostenimiento de un proyecto revolucionario de cambio implica una posición intransigente de independencia de clase por parte de los trabajadores. La “unidad” contra el gran capital y el imperialismo a la que llama el chavismo es, en realidad, la subordinación de los trabajadores a un proyecto ajeno, el de los explotadores, que ha demostrado ampliamente no tener respuesta para los problemas de los trabajadores y el pueblo.
Como afirmábamos el año pasado13: “con dos mandatos cumplidos, el dominio completo sobre el parlamento, el control de la gran mayoría de las provincias, la dirección de los más grandes sindicatos y un amplio apoyo popular, el gobierno de Chávez ha dado ya sobradas muestras de su incapacidad para llevar adelante transformaciones profundas en Venezuela mostrando con ello los límites de su proyecto burgués de conciliación. Ahora en este nuevo período en que a la millonaria recaudación petrolera deben sumarse los plenos poderes que le han sido otorgados a Chávez para llevar adelante las medidas que considere necesarias, quedará una vez más a la vista de todos los que se dispongan a ver la realidad, que el chavismo, lejos de ser una alternativa pacífica e institucional para llegar al socialismo, es un recurso de la burguesía para encarrilar a los trabajadores tras su propio proyecto: el de la defensa de la propiedad privada y de los negocios y las relaciones de explotación capitalistas, y que es, por eso mismo, la prueba más elocuente de que sólo los trabajadores y el pueblo en forma absolutamente independiente de la burguesía, enfrentando al régimen y su institucionalidad con todas las fuerzas y todos lo métodos necesarios, pueden llevar adelante la única revolución que de por tierra con el sistema capitalista: la revolución socialista”.
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NOTAS:
1) Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el sueldo básico de un trabajador que, a principios de este año, estaba en 614,79 bolívares fuertes no llegaba a cubrir media canasta básica, estimada entonces en 1.364,92 bolívares fuertes.
2) Lamentablemente para los trabajadores, tres años más tarde cabe la misma afirmación que hacíamos en “Venezuela: reforma o revolución” (ER Nº5, agosto 2005): “Los reclamos obreros por sus condiciones de trabajo y salariales (prácticamente la mitad está en negro y el salario mínimo no logra alcanzar la canasta básica de alimentos) son tan desatendidos como los de otros sectores populares como el campesinado, por ejemplo, que aguarda expectante una efectiva distribución de tierras para su trabajo”. En 2006, de casi 12 millones de trabajadores registrados cerca de 7 millones no recibían prestación social y apenas un 35% contaba con los derechos laborales y sociales regulados por ley.
3) El Instituto Nacional de Estadísticas (INE) registra que actualmente el 20% más rico de la población se apropia de alrededor del 47% del ingreso, mientras el 60% más pobre apenas se reparte el 29,7%. El mismo presidente del organismo debió admitir que “en los últimos 30 años, en Venezuela de desarrolló una tendencia muy pronunciada a la concentración del ingreso hacia los sectores más ricos”.
4) La deuda externa, que entonces era de unos 20.000 millones de dólares, se ubica ahora alrededor de los 67.000 millones. Desde hace tiempo, por otra parte, Chávez viene reivindicando ser un gran pagador de deuda: “en los últimos 5 años (decía a mitad de su mandato) Venezuela pagó 25 mil millones de dólares para amortizar capital e intereses de la deuda externa”. (ER Nº1, marzo 2005)
5) Una más y van... Las amenazas de “ruptura” y consecuentes capitulaciones y abrazos con Uribe son constantes, como sucedió luego del secuestro de Granda. En febrero de 2006 comentábamos que, tras el secuestro del canciller de las FARC en Venezuela,“el gobierno “bolivariano” se mantuvo en silencio durante dos semanas y terminó acusando a un puñado de militares de su país que fueron liberados al poco tiempo, sin hacerse cargo de la operación. Luego llegó la pantomima hecha por Chávez quien mintió a la comunidad internacional al afirmar que había sido “traicionado” y que (...) en su afán de copiar a Perón amenazó con “romper relaciones con Colombia”. Pero sólo un mes más tarde, el 03/02/05, el vicepresidente del “gobierno revolucionario de Venezuela” José Vicente Rangel (...) dejaría en claro (...) que el impasse con Colombia estaría próximo a solucionarse, ya que “Venezuela no es santuario de terroristas”. (...) un año mas tarde (...) mientras los presidentes Chávez y Uribe aparecían a los abrazos en los medios de comunicación, dando discursos sobre su sentida amistad y dejando atrás todas las amenazas de “ruptura” diplomática, los diarios colombianos (no así los venezolanos) empezaron a comentar la nueva noticia: otra entrega, esta vez la de un miembro de la dirección nacional del ELN había sido realizada con la colaboración de las fuerzas de ambos países...” (ER Nº10, febrero 2006)
6) Ver “Persiguiendo guerrilleros” (ER Nº23, agosto 2007)
7) Lo que no quita que el ataque a la guerrilla ya se viniera dando desde muchos años antes, aunque numerosos defensores, también simpatizantes de Chávez, no admitían entonces la gravedad de las posiciones del presidente venezolano que, como comentábamos en ER Nº1, le había prometido a Uribe en 2005 que “luchará contra el terrorismo del color que sea” en una reunión de la que Uribe salió diciendo: “los dos gobiernos acordamos intercambiar información sobre los guerrilleros de manera discreta y prudente”. Entonces, el gobierno venezolano habló por boca de su vicepresidente. quien advirtió: “Venezuela no es santuario de terroristas”.
8) “Ya el 13 de diciembre de 2004, a cuatro días de haberse celebrado en Caracas el Segundo Congreso Bolivariano de los Pueblos, Granda fue secuestrado en el centro de Caracas, mientras era entrevistado por el periodista Omar González. El secuestro se llevó a cabo a plena luz del día, a eso de las 4:00 pm, cerca de la estación de subte Bellas Artes y no muy lejos del Hotel Hilton. Granda fue colocado en el baúl de un vehículo rústico 4x4 y conducido en un viaje de catorce horas a Cúcuta, Colombia. De acuerdo al mismo Granda, algunos de los hombres que lo apresaron se identificaron como agentes de la DISIP venezolana, mientras que otros tenían un acento “paisa” colombiano. Los secuestradores, viajando en cuatro vehículos con vidrios polarizados, cruzaron siete estados venezolanos y pasaron por unos catorce puestos policiales y militares” (“Chávez y la Revolución bolivariana”, ER Nº10, febrero de 2006).
9) “Otra entrega, esta vez de un miembro del ELN (Ejército de Liberación Nacional) había sido realizada con la colaboración de ambos países, el 18 de diciembre de 2005 (...). Donayro Manuel Acevedo Pérez, más conocido como “Hernán” o”Milton”, fue capturado en Venezuela y deportado a Colombia, como lo publicaba el diario progubernamental El Tiempo y lo ratificaban diversos medios de prensa...” (“Chávez y la Revolución bolivariana”, ER Nº10, febrero de 2006)
10) “Como bien lo define el nuevo Abelardo Ramos, Humberto Tumini, el “socialismo del siglo XXI” no es otra cosa que la búsqueda de un capitalismo un poco más benevolente, en el que se desarrolle “una nueva burguesía nacional” (“De la mano de Chávez”, ER Nº12, abril 2006)
11) La asociación de “Empresarios Socialistas de Venezuela” es parte del PSUV y cuenta con figuras como Marcos Zarikian, dueño del Hotel Eurobuilding y principal empresario textil, Alberto Vollmer, propietario de Ron Santa Teresa, Víctor Vargas Irausquín y Víctor Gill Ramírez, ambos banqueros, ex miembros de los partidos tradicionales de la burguesía (COPEI y Acción Democrática) y dueños del BOD y Fondo Común, entre otros. Otro magnate que supo ser un gran amigo y aliado de Chávez es el banquero venezolano Victor Vargas que, como relata Perfil, supo aprovechar sus amistades: “Desde la llegada de Chávez al poder, Vargas triplicó su fortuna y es hoy dueño del Banco Occidental de Descuento (BOD), el quinto banco más importante del país. Sucesivas intermediaciones en las operaciones de compra y reventa de bonos argentinos por parte del gobierno venezolano lo convirtieron en la prueba viviente de que a quienes supieron servir al régimen chavista no les fue nada mal”. (Perfil, 20/08/08). El reclamo de integración de los capitalistas en el gobierno chavista, en franca oposición a un gobierno de los trabajadores, es reiterado una y otra vez por sus funcionarios. Así, mientras el ministro del Poder Popular para la Planificación y Desarrollo, Haiman El Troudi, defiende la “alianza estratégica” entre el capital y el trabajo, su colega, el ministro del Trabajo Roberto Hernández Wohnzieler, afirma directamente: “En Venezuela presenciamos el hecho de que buen número de empresarios han asumido el proyecto socialista y no hay razón legítima para que los obreros, unidos, encaren su propio proyecto”.
12) Cuando Lenin tuvo que tomar una decisión en este sentido sus principios fueron la guía que dio curso a su acción contra el golpismo pero también contra la burguesía “democrática”. Unos meses más tarde de ese gran acierto conquistaría junto al proletariado y el campesinado rusos el poder en tierra zarista. Como lo recordábamos en “De la mano de Chávez” (ER Nº12, abril 2006): “Las enseñanzas bolcheviques son el ejemplo “Cuando a mediados de 1917 el gobierno burgués de Kerenski apoyado por la gran mayoría de los partidos socialistas y burgueses radicales, estaba bajo la amenaza de un golpe reaccionario dirigido por el jefe militar Kornilov, Lenin sostuvo firme su postura de enfrentamiento al gobierno burgués atacando las posiciones conciliadoras que se llegaron a escuchar en su mismo partido, sin perjuicio de participar en la resistencia contra la intentona golpista. “Ni aún ahora debemos apoyar al gobierno de Kerenski –decía entonces Lenin en una carta al Comité Central del Partido-. Sería una traición a los principios. (...) Combatiremos, combatimos contra Kornilov, pero no apoyamos a Kerensky, sino que denunciamos su debilidad. Hay una diferencia...”
13) “La Farsa del siglo XXI”, ER Nº21, febrero 2007.