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7 de noviembre - Aniversario de la revolución rusa


La clase trabajadora y su partido, a la cabeza de la revolución

La experiencia de la revolución rusa es un baluarte para los trabajadores que luchamos por un mundo sin explotación. Su ejemplo evidenció la posibilidad de transformaciones profundas y estructurales, incluso partiendo de un contexto muy adverso de guerra y atraso, que beneficiaron enormemente a la clase trabajadora y el pueblo pobre rusos. La posterior derrota de esa revolución a partir del ataque y aislamiento del mundo capitalista y de su descomposición interna guiada por el stalinismo, no deben hacernos perder de vista la gran cantera de experiencias que nos dejó la primer revolución socialista, como aporte para forjar una perspectiva revolucionaria.

Durante larguísimos años, el régimen zarista no trajo más que penurias al pueblo ruso. A la miseria y pauperización de las masas se sumaba la opresión política, la persecución contra el activismo político y sindical y la repetida convocatoria obligada a la guerra de un ejército compuesto en su enorme mayoría por hijos de campesinos pobres.
La revolución rusa se forjó por años. La joven clase obrera, hija de la industrialización de fines de siglo XIX, se fue organizando y politizando aceleradamente y era un actor central que luchaba a principios del siglo XX. La miseria rural, daba el marco para importantes levantamientos campesinos. Acompañando este proceso, se fueron forjando nucleamientos revolucionarios, que dieron lugar a la formación del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) en 1898, y a la conformación de sus principales tendencias unos cinco años más tarde: los mencheviques de Martov y los bolcheviques de Lenin. Serán los partidos de izquierda más importantes junto al Partido Socialista Revolucionario, de base y orientación campesina.
Ya en 1905, tras la fracasada guerra de Rusia con Japón, la movilización obrera, los levantamientos campesinos y la insubordinación de soldados confluyeron en el primer intento de revolución rusa, aún poco organizada, pero en donde ya el partido de Vladimir Lenin se destacó por su decisión de estar en la primera línea de las barricadas junto al pueblo, impulsando la experiencia revolucionaria y aprendiendo de ella. La clase trabajadora forjará por primera vez un organismo de base que será fundamental para el futuro de la revolución, el soviet, que acabó siendo dirigido en esa primera oportunidad por el joven León Trotsky.
Luego de años de repliegue, resistencia y reorganización, la clase trabajadora alzó la cabeza nuevamente. Aunque su creciente actividad independiente pudo ser encauzada por el chovinismo gubernamental a comienzos de la primera guerra, eso duró poco y la misma guerra contribuyó a la ruptura de amplias masas con el régimen. La sucesión de luchas y huelgas llevó a que, a principios de marzo (febrero en Rusia) de 1917, una nueva huelga se fuera ampliando hasta el punto de conseguir la entera solidaridad y movilización de la clase trabajadora durante cinco días de levantamiento popular, que acabaron volteando al gobierno zarista. El límite político de los partidos más moderados de la izquierda se hizo evidente tras su apoyo e integración de un gobierno provisional que se limitaba a reformas democráticas sin buscar cambios estructurales en beneficio del pueblo ruso y que, para peor, seguiría llevando al pueblo a la guerra.
La capacidad de acción de la masa obrera y campesina había quedado en evidencia nuevamente tras la revolución de febrero, y su nivel de organización había crecido enormemente con el gran desarrollo de organizaciones soviéticas por buena parte del país y su centralización. Sin embargo, estas organizaciones de masas no lograban por sí mismas establecerse como una alternativa política de poder frente al gobierno provisional, con el que convivían en forma contradictoria, en una situación de doble poder.
La importancia política y organizativa del partido bolchevique para dar impulso a la revolución fue central. Durante años de luchas se había forjado asumiendo la necesidad de sostener un partido de combate con amplia influencia de masas y fue el único que llegó a definir con claridad una estrategia política revolucionaria que pudiera encauzar la lucha de masas para romper no sólo con el zarismo, sino con el régimen de explotación vigente, convocando, como hizo Lenin en abril de 1917, a que sean los soviets los que asuman el poder.
Su posicionamiento político fue sostenido por una acción militante ejemplar. Junto a la lucha política contra los conciliadores, enfrentados con la profundización de la revolución, desplegaron enormes fuerzas en la organización de la lucha en fábricas y calles, ganando el apoyo de la mayoría de la base obrera y campesina representada en los soviets. Enfrentaron la persecución (eran acusados de agentes alemanes) y asumieron el protagonismo contra el golpismo de derecha, al tiempo que profundizaron las posiciones socialistas en el seno de la masa obrera y desplegaron la organización militar para alcanzar la toma del poder. Así, contando con el amplio apoyo del pueblo trabajador ruso, el partido bolchevique se convirtió en el orientador político del movimiento revolucionario y asumió la organización y dirección de las acciones militares que voltearon al gobierno provisional el 7 de noviembre de 1917 y definieron “todo el poder a los soviets”. Será el triunfo de la primera revolución socialista en el mundo.
El preámbulo de la primera constitución soviética, a mediados de 1918, dejaba en claro el carácter del nuevo régimen, en su “Declaración de Derechos del Pueblo Trabajador y Explotado”:
“Se proclama la República de Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos. Todo el poder, central y localmente, pertenece a estos Soviets”.
“El objetivo básico de la República de Soviets de diputados obreros, soldados y campesinos es la abolición de toda explotación del hombre por el hombre, la completa supresión de la división de la sociedad en clases, el aplastamiento implacable de la resistencia de los explotadores, el establecimiento de una organización socialista de la sociedad y la victoria del socialismo en todos los países”.
“Queda abolida la propiedad privada de la tierra. Toda la tierra, junto con todas las construcciones, aperos y otros medios de producción agrícolas, es proclamada propiedad de todo el pueblo trabajador”.
“Con el objetivo de asegurar el poder del pueblo trabajador sobre los explotadores y como primer paso para que las fábricas, talleres, minas, ferrocarriles y demás medios de producción y de transporte pasen por entero a ser propiedad del Estado obrero y campesino, se proclama la implantación del control obrero y el Consejo Superior de Economía Nacional”.
“Todos los bancos pasan a ser propiedad del Estado obrero y campesino, como una de las condiciones para la emancipación de las masas trabajadoras del yugo del capital”.
“Con el fin de eliminar los sectores parasitarios de la sociedad, se implanta el trabajo general obligatorio”.
“Para asegurar la plenitud del poder de las masas trabajadoras y eliminar toda posibilidad de restauración del poder de los explotadores se decreta el armamento de los trabajadores, la formación de un ejército rojo socialista de obreros y campesinos y el desarme completo de las clases poseedoras”.
“En el momento de la lucha final del pueblo contra sus explotadores, no puede haber lugar para estos en ninguno de los órganos del poder. El poder debe pertenecer completa y exclusivamente a las masas trabajadoras y a sus representantes autorizados, los soviets de diputados obreros, soldados y campesinos”.

Trotsky: La vida al servicio de la revolución

“...mi vida se ha consagrado por entero a la revolución. Y si empezara a vivir de nuevo, seguiría sin vacilar el mismo camino.”
(León Trotsky, prólogo a “Mi vida”, septiembre de 1929)


Atacando a los revolucionarios
El pensamiento y la acción de los grandes revolucionarios es constantemente tergiversado y manipulado, cuando no ocultado, por la burguesía y sus defensores. Quitarles todo contenido revolucionario, calumniarlos y presentarlos como figuras románticas, soñadoras, o de otra época, son las tareas que emprenden los defensores del capitalismo cuando les resulta imposible ignorar a hombres de la talla de Marx, Engels, Lenin, Trotsky o Guevara.
El objetivo de tanta mentira sistematizada es preciso: engañar y confundir a la clase trabajadora, despojarla de todo acervo teórico, desarmarla políticamente, para convencerla de que es imposible acabar con esta sociedad capitalista, y, por lo tanto, de lo inútil de organizarse y luchar por el socialismo.
Muy claro es el ejemplo que constituye el manoseo que hacen de la figura del “Che” Guevara. Al combatiente guerrillero, enemigo acérrimo de la burguesía y el capitalismo, desde las propias filas de la burguesía, y después de haberlo perseguido hasta asesinarlo, lo presentan, y hasta lo propagandizan, como un símbolo inofensivo de rebeldía y caridad, deformando a más no poder su pensamiento revolucionario y su práctica consecuente(1).
Pero los defensores confesos del régimen de explotación capitalista no son los únicos encargados de impulsar semejante deformación de las ideas revolucionarias y de la historia de los mejores comunistas. De hecho, las mentiras más dañinas, las más “sutiles”, provienen, precisamente, de quienes se nutren o, mejor dicho, dicen nutrirse del marxismo, no para desarrollar la teoría y la acción revolucionaria, sino para tergiversarla adaptándola a este sistema de explotación.
Tal es así, que una corriente entera, el stalinismo, se ha desarrollado, no desde el marxismo, sino contra el marxismo. Por ejemplo: negando la necesidad de la revolución mundial para el triunfo definitivo del socialismo, decretó la teoría del socialismo en un solo país y disolvió la Internacional Comunista; negando el antagonismo irreconciliable entre la burguesía y el proletariado y, por ende, entre el capitalismo y el socialismo, impulsó la política de coexistencia pacífica y de alianza de clases a través del Frente Popular; negando la propia revolución socialista, desarrolló la estrategia de revolución por etapas, para terminar de sepultar cualquier intento de tomar el poder por parte de la clase trabajadora, condenándola, de este modo, a seguir padeciendo la explotación y la opresión capitalista.
Desde las filas del stalinismo, con todas sus variantes y matices, provienen las tergiversaciones más elaboradas para desprestigiar a uno de los más íntegros combatientes de la revolución socialista: León Trotsky. Pero la encarnada persecución, hasta su asesinato(2), y crítica hacia el revolucionario soviético, es la materialización de la persecución y la crítica del marxismo revolucionario que supo encarnar ese dirigente. Para silenciar el legado de este revolucionario, han recurrido, además de a infinidad de calumnias, al ocultamiento liso y llano de su pensamiento y hasta de su existencia(3).
Como agravante, se suma el manoseo de los reformistas actuales, que toman parcialmente las posiciones que supo encarnar Trotsky y que, con su política no revolucionaria, contribuyen al desprestigio y la tergiversación de la figura y el legado del revolucionario.
El accionar conjunto de la burguesía y el stalinismo contra la figura de Trotsky, que impusieron una época de oscurantismo plagada de distorsiones, hacen que, aún hoy, directamente se desconozca el pensamiento y la acción del revolucionario o, en su defecto, se conozca la versión inventada por los stalinistas. De ahí, la necesidad de publicar este artículo.

Un combatiente de la revolución
Militante desde muy joven, León Trotsky consagró su vida íntegramente a la causa revolucionaria.
A los 18 años inició decididamente su actividad política, fundando su primera organización revolucionaria. Así describía sus primeros pasos: “Dimos a la organización el nombre de ´Liga Obrera del Sur de Rusia´, pues teníamos la intención de atraernos a otras ciudades. Yo me encargué de redactar los estatutos con un sentido socialdemócrata. Las direcciones de las fábricas intentaron darnos la batalla exhortando a los obreros. Al día siguiente, contestamos con nuevas proclamas. Este duelo no sólo tenía en tensión a los obreros, sino a gran parte de la ciudad. Ahora, ya hablaba todo el mundo de los revolucionarios, que tenían las fábricas inundadas de hojas y manifiestos.(4)”
Como todo revolucionario ruso, desarrolló su actividad militante en medio de la feroz represión zarista. Al igual que muchos de sus compañeros, debió exiliarse en reiteradas oportunidades, estuvo preso en las cárceles del antiguo régimen y del gobierno provisional y fue desterrado a Siberia dos veces, siempre por su agitada actividad revolucionaria.(5) En prisión no bajaba los brazos: se formaba teórica y políticamente. “Mis universidades fueron, como la de tantos otros en aquella época, la cárcel, el destierro y la emigración”, explicaba, con integridad, Trotsky. Además, apenas llegaba al presidio, no vacilaba en planificar la fuga para continuar la lucha. Así, las dos veces se escapó del destierro, atravesando el riguroso invierno siberiano. Ni el peso de la persecución y la represión, ni las más variadas adversidades, doblegaron la moral de lucha de Trotsky, que no dejó de trabajar por la revolución ni un instante.
Supo ser el Presidente del Soviet de Petrogrado, el más importante de la Rusia revolucionaria, en dos oportunidades: nada más y nada menos que durante las revoluciones de 1905 y 1917. Junto con Lenin, fue uno de los organizadores más directos del levantamiento armado de octubre, a través del Comité Militar Revolucionario, que garantizó el “aspecto técnico” de la insurrección que llevaría por vez primera a la clase obrera al poder.
Ya en el naciente estado obrero, ocupó puestos de una responsabilidad trascendental. Como Comisario del Pueblo para las Relaciones Exteriores, tuvo a cargo las negociaciones de paz en Brest-Litovsk con Alemania, Austria-Hungría, Turquía y Bulgaria. Fue, además, el creador y el organizador del Ejército Rojo, cuando se desempeñó como Comisario de Guerra. El Ejército Rojo (el primer ejército obrero y campesino del mundo) bajo la dirección de Trotsky, y tras casi tres años de guerra civil, garantizó la derrota de los ejércitos imperialistas y contrarrevolucionarios que intentaron destruir la revolución. Posteriormente, se encargó de dirigir los trabajos de reorganización de los ferrocarriles, que estaban en el estado más deplorable.
Luego de la muerte de Lenin, y con el desarrollo de la burocracia stalinista que comienza a revisar la estrategia, la política y el programa de la revolución, Trotsky organiza la Oposición de Izquierda, desde donde mantuvo vivas las banderas del marxismo revolucionario. Con la campaña “antitrotskista” en su apogeo, fue expulsado del partido y desterrado a Alma Ata, una zona fronteriza con China, primero, y expulsado de la URSS, en 1929. Allí, comienza un periplo que termina en México, desde donde prosigue su labor revolucionaria hasta que es asesinado por un agente de la burocracia stalinista.
Sin abandonar la lucha por la revolución en ningún momento, ante la flagrante traición de la internacional stalinista, funda la IV Internacional, último bastión desde donde impulsó la denuncia contra la burocracia soviética y procuró agrupar al bolchevismo para dar el combate a muerte contra el capitalismo en cada rincón del mundo.
Sin dudas, León Trotsky, junto a revolucionarios de la estatura de Marx, Engels, Lenin y Guevara, integra las filas de los más íntegros combatientes de la Revolución Socialista.

El legado revolucionario
Para quienes trabajamos por la revolución y el socialismo, los aportes de León Trotsky al caudal teórico y práctico del marxismo revolucionario son inestimables.
Desde que hizo carne el marxismo, Trotsky fue un acérrimo defensor del papel revolucionario que está llamada a desempeñar la clase obrera. Fue el primer dirigente en comprender el necesario e inevitable carácter socialista de la revolución en los países atrasados como Rusia, coincidiendo con Lenin en lo fundamental de sus conocidas Tesis de Abril. Tomando la Ley del desarrollo desigual y combinado, que supo desentrañar estudiando las características del desarrollo en Rusia(6), uno de los aportes más importantes que realizó Trotsky al acervo marxista fue la teoría de La Revolución Permanente, donde sostiene que en los países atrasados, coloniales y semicoloniales, sólo la revolución socialista, encabezada por la clase obrera y apoyada por el conjunto del pueblo trabajador, puede garantizar las consignas de democracia e independencia nacional.
Con estas tesis, confirmadas por la propia experiencia de la revolución rusa, echó por tierra los planteos de alianza con sectores de la burguesía nacional y de revolución por etapas, que dejan para un futuro incierto la lucha por el socialismo. Asimismo, enmarca y concibe la construcción y el triunfo del socialismo en el contexto de la revolución internacional, desechando, de este modo, la teoría stalinista del socialismo en un solo país.(7)
En el fragor de la lucha contra la degeneración del estado soviético, Trotsky supo develar y caracterizar científicamente a la casta burocrática del stalinismo.(8) Sobre la base de crecientes privilegios materiales y culturales y del aislamiento que produjo la derrota de la revolución europea y el abandono de la consigna de la revolución mundial por parte del stalinismo, se fue conformando y consolidando una casta de dirigentes burocráticos sostenidos por un férreo régimen policíaco.
Profundizando su análisis, ya en la década del ´30 anticipa el triste desenlace de la URSS: la restauración capitalista.(9) Así, advierte a todos los revolucionarios del mundo sobre los peligros que debe afrontar la clase obrera en su lucha por la edificación de la sociedad socialista y sobre la importancia vital de mantenerse firme junto al marxismo revolucionario.
La enorme producción teórica de León Trotsky abunda en lecciones para los marxistas revolucionarios. Pero también, su ejemplo como militante de la revolución lo convierten en un revolucionario íntegro.
A la abnegación y entrega del período de lucha contra el zarismo y el gobierno provisional, se suma la austeridad y la disciplina con las que se ha desempeñado como funcionario soviético. Al igual que todos los comunistas antes de la imposición de la burocracia de Stalin, vivió con el salario de un obrero calificado, nunca disfrutó de ningún privilegio y participó en las jornadas de trabajo voluntario de los “sábados comunistas”. Padeciendo las mismas privaciones que el conjunto de las clases trabajadoras rusas, Trotsky mantuvo intachable su conducta revolucionaria, entendiendo que su condición de dirigente indiscutido, lejos de representar algún tipo de privilegio personal, exigía aún más sacrificios y responsabilidades. Los años en los que estuvo al frente del Ejército Rojo muestran, sin dudas, la entereza de este revolucionario.
Creando el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos, se convierte en un firme jefe militar, en un estratega y en un combatiente heroico. Comprendió y llevó adelante como pocos el papel fundamental de la violencia revolucionaria. Al respecto, es categórico: “Las cuestiones relacionadas con la creación de las fuerzas armadas de la revolución tienen extraordinaria significación para los partidos comunistas de todos los países. La falta de atención y, con mayor razón, la actitud negativa respecto a dichas cuestiones, encubierta bajo una fraseología humanista-pacifista, son verdaderamente criminales. Argumentos como que toda violencia es un mal, incluida la violencia revolucionaria, y por consiguiente los comunistas no deben «glorificar» la lucha revolucionaria y el ejército revolucionario, implican una filosofía digna de los cuáqueros, evangelistas y solteronas del Ejército de Salvación. (...) Quien se propone unos fines debe aceptar los medios. Y el medio que conduce a la liberación de los trabajadores es la violencia revolucionaria. Una vez tomado el poder, la violencia revolucionaria toma la forma de ejército organizado. El heroísmo del joven proletario que muere en la primera barricada de la revolución no se distingue en nada del heroísmo del soldado rojo que muere en uno de los frentes de la revolución, dueña ya del Estado. Sólo los tontos sentimentales pueden pensar que al proletariado de los países capitalistas le amenaza el peligro de una exageración del papel de la violencia revolucionaria, y de una excesiva inclinación por los métodos terroristas revolucionarios. Todo lo contrario: lo que falta al proletariado, precisamente, es la suficiente comprensión de la importancia del papel liberador de la violencia revolucionaria. Por eso sigue esclavo hasta hoy. La propaganda pacifista en la clase obrera no sirve más que para ablandar la voluntad del proletariado, y hace el juego de la violencia contrarrevolucionaria, armada hasta los dientes.”(10)
Valorizando, en su justa medida, la importancia del factor moral en la guerra revolucionaria, construye un ejército clasista, armando al proletariado y al campesinado no explotador, ya que son las clases capaces de comprender las razones de la lucha y confiar en la victoria. El rol de los mejores comunistas en las filas del nuevo ejército es determinante para Trotsky, ya que al tiempo que constituyen un ejemplo de combatiente, inciden positivamente en la moral de las tropas. Refiriéndose al impulso de la moral revolucionaria a la hora de combatir, explicaba que “si las unidades carecen de los antiguos hábitos de combate, la conciencia clara y precisa de la férrea necesidad de batirse pueden reemplazarlos. La ausencia de disciplina militar, mecánica, queda sustituida en este caso por la disciplina de la conciencia revolucionaria.”(11)
Como queda expuesto, León Trotsky desarrolló una actividad permanente de estudio, crítica y aporte hacia la teoría marxista; siempre se desempeñó como un político revolucionario intachable, con una gran ascendencia sobre las masas trabajadoras; nunca rehuyó de la lucha, sino que participó activamente en el frente de combate como jefe militar; y mantuvo una conducta acorde, y es ejemplo, de la moral que deben observar los militantes de la Revolución. Desconocer o negar el legado revolucionario de León Trotsky, equivale a abandonar las banderas de la Revolución y el Socialismo.
Por todo esto, es impensable encarar el largo camino de la organización y la lucha por el socialismo sin retomar el legado del marxismo revolucionario que supo representar León Trotsky.
Retomar su camino equivale a defender a ultranza la independencia de la clase trabajadora, en una época donde abundan las invitaciones a frentes y alianzas de toda índole, que siempre subordinan a los trabajadores a algún proyecto burgués; equivale a desarraigar la pasividad y la sumisión de la clase trabajadora, que imponen los explotadores que monopolizan la violencia y aceptan los pacifistas más variados; equivale a transitar el único camino que promete el triunfo definitivo de la Revolución y el Socialismo; equivale a consagrar la vida “por entero a la Revolución”.

(1) A tal punto es así, que hoy es moneda corriente comerciar con la imagen del Che, y hasta un gobierno burgués como el de los Kirchner en Argentina le erigió un monumento en su ciudad natal.
(2) León Trotsky fue asesinado el 21 de agosto de 1940 en México, tras recibir una herida mortal de Ramón Mercader, un agente stalinista que logró infiltrarse en su círculo de confianza y acabar con la vida del revolucionario.
(3) Algunos ejemplos: la burocratizada URSS directamente eliminó la imagen de Trotsky de las fotografías y filmaciones históricas que lo mostraban junto a Lenin en los grandes acontecimientos revolucionarios; en Cuba, el castrismo mantuvo proscriptas las obras de Trotsky durante largas décadas; la Ley de desarrollo desigual y combinado, cuya formulación más acabada podemos encontrarla en “Historia de la Revolución Rusa” de Trotsky, es atribuida, por los stalinistas de todo pelaje, a Lenin, negando la existencia de Trotsky; también es muy común que afirmen que Trotsky fue menchevique hasta 1917, cuando, en realidad, nunca se organizó junto a esta fracción, sino que era el dirigente de la organización Interdistrital, que ingresó oficialmente al partido bolchevique en julio de 1917.
(4) L. Trotsky, “Mi vida”.
(5) Así describe Trotsky los años de persecución y represión: “Hasta la edad de nueve años, viví sin interrupción en una aldea apartada del mundo. Pasé ocho estudiando en el Instituto. Al año de salir de sus aulas, fui detenido por vez primera. Mis Universidades fueron, como las de tantos otros en aquella época, la cárcel, el destierro y la emigración. Dos veces estuve preso en las cárceles zaristas, por espacio de cuatro años en total; las deportaciones del antiguo régimen me alcanzaron otras tantas veces, la primera dos años poco más o menos, la segunda unas semanas. Las dos veces pude huir de Siberia. He vivido emigrado, en junto, unos doce años, en varios países de Europa y América: dos años antes de estallar la revolución de 1905 y hacia diez después de su represión. Durante la guerra, fui condenado a prisión en rebeldía en la Alemania de los Hohenzollers (1905); al siguiente año, expulsado de Francia a España, donde, tras breve detención en la cárcel de Madrid y un mes de estancia en Cádiz bajo la vigilancia de la policía, me expulsaron de nuevo rumbo a Norteamérica. Allí, me sorprendieron las primeras noticias de la revolución rusa de Febrero. De vuelta a Rusia, en marzo de 1917, fui detenido por los ingleses e internado durante un mes en un campo de concentración del Canadá.” (L, Trotsky, “Mi vida”).
(6) “Los países atrasados se asimilan las conquistas materiales e ideológicas de las naciones avanzadas. Pero esto no significa que sigan a estas últimas servilmente, reproduciendo todas las etapas de su pasado. (...) Obligado a seguir a los países avanzados, el país atrasado no se ajusta en su desarrollo a la concatenación de las etapas sucesivas. El privilegio de los países históricamente rezagados -que lo es realmente- está en poder asimilarse las cosas o, mejor dicho, en obligarse a asimilárselas antes del plazo previsto, saltando por alto toda una serie de etapas intermedias. Los salvajes pasan de la flecha al fusil de golpe, sin recorrer la senda que separa en el pasado esas dos armas. Los colonizadores europeos de América no tuvieron necesidad de volver a empezar la historia por el principio. Si Alemania o los Estados Unidos pudieron dejar atrás económicamente a Inglaterra fue, precisamente, porque ambos países venían rezagados en la marcha del capitalismo. (...) El desarrollo de una nación históricamente atrasada hace, forzosamente, que se confundan en ella, de una manera característica, las distintas fases del proceso histórico. Aquí el ciclo presenta, enfocado en su totalidad, un carácter confuso, embrollado, mixto.
Claro está que la posibilidad de pasar por alto las fases intermedias no es nunca absoluta; hállase siempre condicionada en última instancia por la capacidad de asimilación económica y cultural del país. Además, los países atrasados rebajan siempre el valor de las conquistas tomadas del extranjero al asimilarlas a su cultura más primitiva. De este modo, el proceso de asimilación cobra un carácter contradictorio. (..)
Las leyes de la historia no tienen nada de común con el esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley más general del proceso histórico, no se nos revela, en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que la patentiza el destino de los países atrasados. Azotados por el látigo de las necesidades materiales, los países atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo combinado, aludiendo a la aproximación de las distinta etapas del camino y a la confusión de distintas fases, a la amalgama de formas arcaicas y modernas.” (L.Trotsky, “Historia de la revolución rusa”).
(7) Reproducimos algunas de sus “Tesis fundamentales”: “2- Con respecto a los países de desarrollo burgués retrasado, y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado, empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida y, ante todo, de sus masas campesinas. (...) 9- La conquista del poder por el proletariado no significa el coronamiento de la revolución, sino simplemente su iniciación. La edificación socialista sólo se concibe sobre la base de la lucha de clases en el terreno nacional e internacional. En las condiciones de predominio decisivo del régimen capitalista en la palestra mundial, esta lucha tiene que conducir inevitablemente a explosiones de guerra interna, es decir, civil, y exterior, revolucionaría. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal... (...) 10- El triunfo de la revolución socialista es inconcebible dentro de las fronteras nacionales de un país. (...) La revolución socialista empieza en la palestra nacional, se desarrolla en la internacional y llega a su término y remate en la mundial. Por lo tanto, la revolución socialista se convierte en permanente en un sentido nuevo y más amplio de la palabra: en el sentido de que sólo se consuma con la victoria definitiva de la nueva sociedad en todo el planeta.” (L. Trotsky, “La Revolución Permanente”).
(8) En la “Declaración de los derechos del pueblo trabajador explotado”, documento fundacional del gobierno revolucionario, redactado por Lenin y aprobado por el Consejo de Comisarios del Pueblo, se definía así “«la tarea esencial» del nuevo régimen: «el establecimiento de una organización socialista de la sociedad y la victoria del socialismo en todos los países».” El stalinismo, al reformular el Programa de las Juventudes Comunistas (1935) explicaba que “El antiguo programa contiene una afirmación errónea, profundamente antileninista, según la cual «Rusia no puede llegar al socialismo más que por la revolución mundial». Este punto del programa es radicalmente falso, impregnado de ideas trotskistas” (Citado por L. Trotsky, en “La Revolución Traicionada”).
(9) En “La Revolución Traicionada”, L. Trostky anticipó: “Cuanto más largo sea el tiempo que la URSS permanezca rodeada por un medio capitalista, más profunda será la degeneración de los tejidos sociales. Un aislamiento indefinido provocaría infaliblemente no el establecimiento de un comunismo nacional, sino la restauración del capitalismo.”
(10) L. Trotsky, “El camino del Ejército Rojo”.
(11) Y proseguía su discurso graficando la situación del siguiente modo: “En esta sala nos encontramos unas dos mil personas o más, que en su inmensa mayoría, sino en su totalidad compartimos el mismo punto de vista revolucionario. Nosotros no constituimos un regimiento, pero si nos convirtiéramos en regimiento, nos armásemos y nos dirigiéramos al frente, creo que no figuraríamos entre los peores regimientos del mundo. ¿Por qué? ¿Porque somos soldados calificados? No, porque estamos unidos por determinadas ideas, animados por la firme convicción de que en el frente la cuestión está planteada por la historia tajantemente: allí hay que vencer o morir. Parecida conciencia hemos de infundir en las unidades del Ejército Rojo.” (L. Trotsky, “La patria socialista en peligro”, -Informe a la sesión extraordinaria conjunta del Comité Central Ejecutivo, con el Soviets de Diputados Obreros, Campesinos y Guardias Rojos de Moscú, con los Sindicatos y Comités de Fábrica de Moscú).

REVOLUCIÓN RUSA

El Revolucionario Nº8 (Noviembre de 2005)

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” (Marx, Tesis sobre Feuerbach)

Se cumple un nuevo aniversario de la revolución socialista en Rusia y de la construcción del primer estado obrero en el mundo.
Los revolucionarios, quienes reivindicamos plenamente la corriente leninista, más tarde Oposición de Izquierda frente al stalinismo, recordamos esta fecha para reafirmar la vigencia de los principios Marxistas Revolucionarios.
Reafirmamos nuevamente nuestro compromiso y total entrega con la necesidad de la toma violenta del poder, de la destrucción del estado burgués y de la instauración de la dictadura del proletariado como única forma de conducir al triunfo a la clase obrera y a la emancipación de la humanidad toda.
Sin dudas, el punto más alto alcanzado en la lucha de clases a escala mundial, ha sido la celebración de los primeros cuatro congresos de la III Internacional Comunista bajo la dirección del jefe bolchevique, Lenin. Con la segunda internacional en bancarrota, la Internacional Comunista, el partido mundial, fue fundado con el objetivo de derrocar a la burguesía a escala mundial e instaurar el socialismo y el comunismo en cada rincón del planeta.
Retomar la enorme experiencia revolucionaria acumulada y sintetizada en esos años, para que guíe nuestro accionar, es un insoslayable paso en el camino hacia la victoria final.
La Gran Revolución Rusa demostró que la clase obrera, con la dirección de su partido revolucionario, es capaz de derrocar al poder burgués y lanzarse a la tarea de edificar la sociedad socialista. La teoría y la práctica bolchevique bajo la dirección de Lenin, ha demostrado que sin partido revolucionario no hay revolución socialista posible. Así se expone este aspecto en el segundo congreso de la Internacional Comunista (1920):
“La Internacional Comunista repudia de la manera más categórica la opinión de que el proletariado pueda realizar su revolución sin un partido político propio y autónomo. Toda lucha de clase es una lucha política. El objeto de esta lucha, que se transforma inevitablemente en guerra civil, es la conquista del poder político. Pero el poder político no puede ser tomado, organizado y dirigido más que por este o por aquel partido político. Sólo si el proletariado está encabezado por un partido organizado y probado, que persigue objetivos claramente definidos y que posee un programa de acción preciso para el próximo porvenir, tanto en el campo de la política interior como en el campo de la política exterior, sólo entonces la conquista del poder político no será un hecho fortuito y temporáneo, sino el punto de partida de un trabajo duradero para la edificación comunista, llevada a cabo por el proletariado. La lucha de clase misma exige igualmente la centralización de la dirección de las diferentes formas del movimiento obrero (...).
Dicho centro organizador dirigente no puede ser sino un partido político. Negarse a crearlo y reforzarlo, negarse a someterse a él, equivale a rechazar la unidad de dirección de las varias patrullas de proletarios, que actúan en diferentes campos de batalla. La lucha de clase del proletariado exige por último una agitación concentrada, que ilumine las diversas etapas de la lucha desde un punto de vista unitario y llame en cada momento la atención del proletariado sobre las tareas que le interesan en su conjunto; cosa que no puede realizarse sin un aparato político centralizado, es decir, sin un partido político”.
En el primer congreso de la III Internacional (1919), los jefes revolucionarios, sobre la base de la reciente experiencia soviética, exponen con claridad el significado de la conquista del poder político por parte del proletariado:
“La conquista del poder político por parte del proletariado significa el aniquilamiento del poder político de la burguesía. El aparato gubernamental con su ejército capitalista, ubicado bajo el mando de un cuerpo de oficiales burgueses y de junkers, con su policía y su gendarmería, sus carceleros y sus jueces, sus sacerdotes, sus funcionarios, etc., constituye en manos de la burguesía el más poderoso instrumento de gobierno. La conquista del poder gubernamental no puede reducirse a un cambio de personas en la constitución de los ministerios sino que debe significar el aniquilamiento de un aparato estatal extranjero, la apropiación de la fuerza real, el desarme de la burguesía, del cuerpo de oficiales contrarrevolucionarios, de los guardias blancos, el armamento del proletariado, de los soldados revolucionarios y de la guardia roja obrera, la destitución de todos los jueces burgueses y la organización de los tribunales proletarios, la destrucción del funcionarismo reaccionario y la creación de nuevos órganos de administración proletarios. La victoria proletaria es asegurada por la desorganización del poder enemigo y la organización del poder proletario. Debe significar la ruina del aparato estatal burgués y la creación del aparato estatal proletario. Sólo luego de la victoria total, cuando el proletariado haya roto definitivamente la resistencia de la burguesía, podrá obligar a sus antiguos adversarios a servirlo últimamente, orientándolos progresivamente bajo su control, hacia la obra de construcción comunista”.
La Revolución Socialista en Rusia, instauró la dictadura del proletariado o el poder de los Soviets, impidiendo la reorganización de los contrarrevolucionarios. Mediante la dictadura de la clase obrera y la acción del Ejército Rojo, bajo la dirección de Trostky, en la posterior guerra civil, los bolcheviques pudieron derrotar a las tropas contrarrevolucionarias. En las “Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado” del primer congreso de la Internacional Comunista se ratifica que: “la dictadura del proletariado no sólo es plenamente legítima como medio de derrocar a los explotadores y de vencer su resistencia, sino que es en absoluto necesaria para toda la masa trabajadora como única defensa contra la dictadura de la burguesía”.
En su carta “Al IV Congreso Mundial de la Internacional Comunista, al Soviet de Diputados Obreros y del Ejército Rojo de Petrogrado”, Lenin ratificaba que “La Rusia soviética considera que es motivo del mayor orgullo prestar ayuda a los obreros de todo el mundo en su difícil lucha por el derrocamiento del capitalismo. La victoria será nuestra”.
Sin embargo, el Internacionalismo y la revolución mundial que pregonó el bolchevismo y la III Internacional en sus primeros cuatro congresos bajo la dirección leninista, contrastaría más tarde con la teoría de “la revolución en un sólo país”, “el statu quo” y “la coexistencia pacífica” elaborada y puesta en práctica por la burocracia stalinista para ahogar el combate a escala mundial con la burguesía y el imperialismo. Las declaraciones de Breznev afirmando que “la revolución no es un artículo de exportación”, a diez años de producirse la revolución en Cuba es elocuente al respecto. Pero no sólo Trostky y la Oposición de Izquierda combatieron al stalinismo: cuando la política de la “coexistencia pacífica” condujo al aislamiento de Vietnam por parte de la URSS, el comandante Ernesto Che Guevara, impulsado por su internacionalismo, lo denunció sentenciando:
“Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones, las esperanzas de victoria de todo un mundo pretérito, está trágicamente solo. Ese pueblo debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva en el sur, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo.
La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o a la victoria”.
Y más adelante: “El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartidos por todo el orbe. ¡Ya lo sabemos señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, sí, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista”. (Crear dos, tres..., muchos Vietnam es la consigna)
La tergiversación de la teoría marxista a cargo de la burocracia stalinista y la traición a la revolución mundial con la revolución en un solo país, los frentes populares, la coexistencia pacífica llevaron a la derrota al primer estado obrero que se había conformado en la vanguardia del movimiento revolucionario. Por otro lado, la experiencia revolucionaria en Rusia y en el resto del mundo mantiene bien en alto los principios marxistas revolucionarios que son nuestra bandera.
En este nuevo aniversario de la Revolución Rusa, desde la OTR rendimos un caluroso homenaje a los máximos dirigentes revolucionarios, a Marx, a Engels, a Lenin, a Trostky y al Che, y a los miles y miles de combatientes revolucionarios, reafirmando en cada unos de nuestros actos nuestro más férreo compromiso con la causa revolucionaria de la clase obrera y reafirmando día a día nuestra determinación a aportar a la construcción del Partido Revolucionario como paso ineludible para llevar al triunfo a la revolución socialista.