REVOLUCIÓN RUSA

El Revolucionario Nº8 (Noviembre de 2005)

“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo” (Marx, Tesis sobre Feuerbach)

Se cumple un nuevo aniversario de la revolución socialista en Rusia y de la construcción del primer estado obrero en el mundo.
Los revolucionarios, quienes reivindicamos plenamente la corriente leninista, más tarde Oposición de Izquierda frente al stalinismo, recordamos esta fecha para reafirmar la vigencia de los principios Marxistas Revolucionarios.
Reafirmamos nuevamente nuestro compromiso y total entrega con la necesidad de la toma violenta del poder, de la destrucción del estado burgués y de la instauración de la dictadura del proletariado como única forma de conducir al triunfo a la clase obrera y a la emancipación de la humanidad toda.
Sin dudas, el punto más alto alcanzado en la lucha de clases a escala mundial, ha sido la celebración de los primeros cuatro congresos de la III Internacional Comunista bajo la dirección del jefe bolchevique, Lenin. Con la segunda internacional en bancarrota, la Internacional Comunista, el partido mundial, fue fundado con el objetivo de derrocar a la burguesía a escala mundial e instaurar el socialismo y el comunismo en cada rincón del planeta.
Retomar la enorme experiencia revolucionaria acumulada y sintetizada en esos años, para que guíe nuestro accionar, es un insoslayable paso en el camino hacia la victoria final.
La Gran Revolución Rusa demostró que la clase obrera, con la dirección de su partido revolucionario, es capaz de derrocar al poder burgués y lanzarse a la tarea de edificar la sociedad socialista. La teoría y la práctica bolchevique bajo la dirección de Lenin, ha demostrado que sin partido revolucionario no hay revolución socialista posible. Así se expone este aspecto en el segundo congreso de la Internacional Comunista (1920):
“La Internacional Comunista repudia de la manera más categórica la opinión de que el proletariado pueda realizar su revolución sin un partido político propio y autónomo. Toda lucha de clase es una lucha política. El objeto de esta lucha, que se transforma inevitablemente en guerra civil, es la conquista del poder político. Pero el poder político no puede ser tomado, organizado y dirigido más que por este o por aquel partido político. Sólo si el proletariado está encabezado por un partido organizado y probado, que persigue objetivos claramente definidos y que posee un programa de acción preciso para el próximo porvenir, tanto en el campo de la política interior como en el campo de la política exterior, sólo entonces la conquista del poder político no será un hecho fortuito y temporáneo, sino el punto de partida de un trabajo duradero para la edificación comunista, llevada a cabo por el proletariado. La lucha de clase misma exige igualmente la centralización de la dirección de las diferentes formas del movimiento obrero (...).
Dicho centro organizador dirigente no puede ser sino un partido político. Negarse a crearlo y reforzarlo, negarse a someterse a él, equivale a rechazar la unidad de dirección de las varias patrullas de proletarios, que actúan en diferentes campos de batalla. La lucha de clase del proletariado exige por último una agitación concentrada, que ilumine las diversas etapas de la lucha desde un punto de vista unitario y llame en cada momento la atención del proletariado sobre las tareas que le interesan en su conjunto; cosa que no puede realizarse sin un aparato político centralizado, es decir, sin un partido político”.
En el primer congreso de la III Internacional (1919), los jefes revolucionarios, sobre la base de la reciente experiencia soviética, exponen con claridad el significado de la conquista del poder político por parte del proletariado:
“La conquista del poder político por parte del proletariado significa el aniquilamiento del poder político de la burguesía. El aparato gubernamental con su ejército capitalista, ubicado bajo el mando de un cuerpo de oficiales burgueses y de junkers, con su policía y su gendarmería, sus carceleros y sus jueces, sus sacerdotes, sus funcionarios, etc., constituye en manos de la burguesía el más poderoso instrumento de gobierno. La conquista del poder gubernamental no puede reducirse a un cambio de personas en la constitución de los ministerios sino que debe significar el aniquilamiento de un aparato estatal extranjero, la apropiación de la fuerza real, el desarme de la burguesía, del cuerpo de oficiales contrarrevolucionarios, de los guardias blancos, el armamento del proletariado, de los soldados revolucionarios y de la guardia roja obrera, la destitución de todos los jueces burgueses y la organización de los tribunales proletarios, la destrucción del funcionarismo reaccionario y la creación de nuevos órganos de administración proletarios. La victoria proletaria es asegurada por la desorganización del poder enemigo y la organización del poder proletario. Debe significar la ruina del aparato estatal burgués y la creación del aparato estatal proletario. Sólo luego de la victoria total, cuando el proletariado haya roto definitivamente la resistencia de la burguesía, podrá obligar a sus antiguos adversarios a servirlo últimamente, orientándolos progresivamente bajo su control, hacia la obra de construcción comunista”.
La Revolución Socialista en Rusia, instauró la dictadura del proletariado o el poder de los Soviets, impidiendo la reorganización de los contrarrevolucionarios. Mediante la dictadura de la clase obrera y la acción del Ejército Rojo, bajo la dirección de Trostky, en la posterior guerra civil, los bolcheviques pudieron derrotar a las tropas contrarrevolucionarias. En las “Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado” del primer congreso de la Internacional Comunista se ratifica que: “la dictadura del proletariado no sólo es plenamente legítima como medio de derrocar a los explotadores y de vencer su resistencia, sino que es en absoluto necesaria para toda la masa trabajadora como única defensa contra la dictadura de la burguesía”.
En su carta “Al IV Congreso Mundial de la Internacional Comunista, al Soviet de Diputados Obreros y del Ejército Rojo de Petrogrado”, Lenin ratificaba que “La Rusia soviética considera que es motivo del mayor orgullo prestar ayuda a los obreros de todo el mundo en su difícil lucha por el derrocamiento del capitalismo. La victoria será nuestra”.
Sin embargo, el Internacionalismo y la revolución mundial que pregonó el bolchevismo y la III Internacional en sus primeros cuatro congresos bajo la dirección leninista, contrastaría más tarde con la teoría de “la revolución en un sólo país”, “el statu quo” y “la coexistencia pacífica” elaborada y puesta en práctica por la burocracia stalinista para ahogar el combate a escala mundial con la burguesía y el imperialismo. Las declaraciones de Breznev afirmando que “la revolución no es un artículo de exportación”, a diez años de producirse la revolución en Cuba es elocuente al respecto. Pero no sólo Trostky y la Oposición de Izquierda combatieron al stalinismo: cuando la política de la “coexistencia pacífica” condujo al aislamiento de Vietnam por parte de la URSS, el comandante Ernesto Che Guevara, impulsado por su internacionalismo, lo denunció sentenciando:
“Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones, las esperanzas de victoria de todo un mundo pretérito, está trágicamente solo. Ese pueblo debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva en el sur, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo.
La solidaridad del mundo progresista para con el pueblo de Vietnam semeja a la amarga ironía que significaba para los gladiadores del circo romano el estímulo de la plebe. No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o a la victoria”.
Y más adelante: “El imperialismo norteamericano es culpable de agresión; sus crímenes son inmensos y repartidos por todo el orbe. ¡Ya lo sabemos señores! Pero también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Vietnam parte inviolable del territorio socialista, corriendo, sí, los riesgos de una guerra de alcance mundial, pero también obligando a una decisión a los imperialistas norteamericanos. Y son culpables los que mantienen una guerra de denuestos y zancadillas comenzada hace ya tiempo por los representantes de las dos más grandes potencias del campo socialista”. (Crear dos, tres..., muchos Vietnam es la consigna)
La tergiversación de la teoría marxista a cargo de la burocracia stalinista y la traición a la revolución mundial con la revolución en un solo país, los frentes populares, la coexistencia pacífica llevaron a la derrota al primer estado obrero que se había conformado en la vanguardia del movimiento revolucionario. Por otro lado, la experiencia revolucionaria en Rusia y en el resto del mundo mantiene bien en alto los principios marxistas revolucionarios que son nuestra bandera.
En este nuevo aniversario de la Revolución Rusa, desde la OTR rendimos un caluroso homenaje a los máximos dirigentes revolucionarios, a Marx, a Engels, a Lenin, a Trostky y al Che, y a los miles y miles de combatientes revolucionarios, reafirmando en cada unos de nuestros actos nuestro más férreo compromiso con la causa revolucionaria de la clase obrera y reafirmando día a día nuestra determinación a aportar a la construcción del Partido Revolucionario como paso ineludible para llevar al triunfo a la revolución socialista.