El reacomodamiento de la burguesía y el rol de los trabajadores

Sobre la actual crisis se erigen las disputas de poder entre los capitalistas, sus asociaciones y sus partidos políticos, que debaten el recambio presidencial después de la era kirchnerista. Pero pese a los esfuerzos coordinados de la burocracia, el gobierno y el empresariado, irrumpe la clase trabajadora con voz y actividad propias.

La crisis económica mundial del capitalismo tuvo su correlato, obligado e inevitable, en Argentina.
Luego de varios años de bonanza económica internacional, que beneficiaron al gobierno kirchnerista y a los capitalistas que embolsaron ganancias extraordinarias, llegó la crisis. Con ella, la disminución de esas exorbitantes ganancias, las disputas entre los empresarios y, sobre todo, el ajuste y el empeoramiento de las condiciones de vida del pueblo trabajador.
Ante esta situación, el gobierno de los Kirchner desempeña su papel como representante de la burguesía, defendiendo y protegiendo a un grupo de capitalistas y avasallando a los trabajadores. Junto al empresariado y al gobierno, se ubica la burocracia sindical en su conjunto: la CGT y la CTA. Cada cual cumple su rol en la instrumentación de las suspensiones, los despidos y el congelamiento salarial, que, junto a la inflación que crece constantemente, extienden la pobreza y la desocupación entre la clase trabajadora.
De este modo, la “triple alianza antiobrera”, el gobierno, el empresariado y la burocracia sindical, se encarga de garantizar que la crisis la paguen los trabajadores.
Si bien la crisis capitalista obliga a que el gobierno, la burocracia y la patronal actúen como un solo hombre frente a la clase trabajadora, también ha incidido en las peleas internas entre ellos, que se manifiestan de variadas formas, y ponen de relieve el fin del ciclo kirchnerista y la necesidad de reacomodamientos dentro de las filas de la burguesía.

El reacomodamiento de la burguesía
En 2003, el kirchnerismo vino a rescatar la gobernabilidad de la burguesía, cuya estabilidad política estaba en crisis desde 2001. Para lograr la pacificación, acudió a un discurso demagógico que hablaba de redistribución de la riqueza y de derechos humanos, aunque para el pueblo hubiera pobreza y represión.
Fue la burguesía la que le dio ese papel a los Kirchner para aminorar el nivel de conflicto y poder dedicarse de lleno a sus negocios.
Seis años más tarde, no sólo ha quedado atrás aquella necesidad de recomposición, sino que además, en la medida en que se ha ido evidenciando el carácter antipopular del gobierno, el kirchnerismo ha ido perdiendo cierta capacidad de manejo populista. Por si fuera poco, en un marco de reducción de las ganancias empresarias debido a la crisis, los Kirchner han priorizado el beneficio propio y de sus capitalistas amigos en desmedro de negocios anteriores. En este marco, el kirchnerismo, cumpliendo su papel de gobierno populista y buscando fortalecer los negocios privados de sus funcionarios y socios, se enfrentó públicamente con los empresarios rurales primero y con Clarín después, aunque sin tocar jamás las bases del sistema de explotación capitalista.
La organización de nuevas variantes burguesas con cierto peso en las legislativas del pasado 28 de junio, es muestra del desplazamiento del apoyo de la burguesía que busca una nueva fórmula para gobernar. A grandes rasgos, digamos que la orientación es hacia un gobierno burgués más declaradamente liberal y menos populista, siempre igualmente proempresario.
Ante la evidencia de que amplios sectores de la burguesía están buscando nuevos candidatos que defiendan mejor sus intereses, el kirchnerismo, para sostenerse a sí mismo y a sus socios empresarios, ha salido nuevamente con una tanda de medidas populistas (la televisación del fútbol, la ley de medios, las asignaciones familiares) para llegar mejor posicionado a las elecciones de 2011. Aprovecha así, no sólo el tiempo que le queda hasta diciembre, cuando perderá la mayoría en la cámara, sino, además, la mediocridad de sus oponentes, que se dedican simple y abiertamente a defender al empresariado dolido con los negocios kirchneristas, como Noble o Biolcati.
Las iniciativas radicales de Cobos, Carrió, Morales o Stolbitzer buscan, infructuosamente, tejer nuevamente un “frente transversal” radical-peronista, igualmente antipopular pero con su propia hegemonía. Sólo que, en vez de hacerlo en “nombre del pueblo”, lo hacen directamente en el de la rentabilidad empresaria.
Pero es dentro del PJ donde se discute con más certezas el recambio presidencial. Allí, surgen y se bajan posibles candidatos una y otra vez. Al peronismo kirchnerista se le opone el peronismo no kirchnerista con el “inventor” de Kirchner, Eduardo Duhalde, a la cabeza. La burguesía local sabe perfectamente que el PJ es el mejor partido para gobernar y administrar sus negocios. Por eso, es la apuesta principal. En la interna del PJ, se dirime la interna de la burguesía argentina que busca desesperadamente un nombre más o menos presentable para la postulación presidencial. Desfilan Reutemann, Solá, Das Neves, Scioli y hasta Duhalde y Kirchner... un poco más afuera del PJ formal, miden imagen Macri y los suyos.
La CGT reproduce casi al unísono las peleas que se dan en el PJ. Así, ante el ya clásico enfrentamiento entre moyanistas kirchneristas y barrionuevistas no kirchneristas, se reubican todos los burócratas sindicales en busca de un cómodo rinconcito en vistas del próximo panorama político. También la CTA va siguiendo el ritmo del desgaste del kirchnerismo. Mientras figurones como Yasky, Baradell o Basteiro persisten en su lealtad al oficialismo, otros buscan un nuevo sitio donde posicionarse. Así lo hacen gentes como Michelli, Lozano o De Genaro.
Así, en el medio del agotamiento del “proyecto” kirchnerista, los reordenamientos en la tropa de la burguesía están a la orden del día. El PJ se reacomoda constantemente, la oposición se junta, se rejunta y se separa sin cesar, y la CGT y la CTA también reflejan las internas que se suceden en los partidos del sistema. Todos buscan organizarse rápidamente para estar bien parados al momento del recambio presidencial en 2011. Diputados, senadores, burócratas sindicales, empresarios… todos los que se benefician de este sistema de explotación se van acomodando para la próxima etapa política, ante el desgaste del gobierno de los Kirchner.

El falso atajo progresista
Como siempre sucede cuando la crisis y el desgaste van desenmascarando el carácter empresarial y antiobrero de los gobiernos burgueses, también ahora, frente al agotamiento del kirchnerismo y las disputas abiertas de cara a las próximas presidenciales, se presenta, como una falsa alternativa para los trabajadores y el pueblo, el proyecto de los progresistas. Encabezado por Fernando “Pino” Solanas, el progresismo se propone como alternativa de gobierno frente a los partidos tradicionales. Pero sólo es eso: una opción adentro del abanico de ofertas que se plantean reformar, humanizar, el capitalismo.
Todos los que alguna vez estuvieron cobijados bajo el kirchnerismo, ahora se maquillan un poco para volver al ruedo en nombre de un mentiroso plan de cambio. Son más de lo mismo y sus andanzas son ya muy conocidas. Sin ir más lejos, el gobierno de De la Rua fue expresión del progresismo en el poder; los primeros años de gobierno kirchnerista, también. Así, figurones como Solanas, Sabatella y organizaciones como Libres del Sur o la CTA, entre otras corrientes, se suben al tren del progresismo para reiterar el discurso de reforma preferido para engañar al pueblo trabajador.
El rol que vienen a cumplir siempre estos “progres”, como sucedió con La Alianza o con la transversalidad, es siempre el mismo: conseguir que el pueblo trabajador vuelva a confiar en un sistema cuyo carácter antipopular ha sido ya mil veces comprobado por la clase trabajadora.
Por eso, los trabajadores y las organizaciones sociales y políticas en las que nos organizamos, no debemos depositar ninguna confianza en estos “nuevos” viejos progresistas, sino por el contrario, debemos señalarlos como lo que son, “capitalistas de izquierda” que nada cambian, y que siempre terminan legitimando al capitalismo y a todas sus instituciones.

La irrupción de la clase trabajadora
Indudablemente, la crisis económica precipitó las peleas internas de la burguesía y, con ellas, los reacomodos en sus expresiones políticas. Pero, también, precipitó la presencia cada vez más protagónica de la clase trabajadora en la arena política nacional.
Ante el desparpajo con el que la burocracia sindical se posiciona al lado de las patronales, y con el desarrollo de cuerpos de delegados y comisiones internas antiburocráticas, la lucha independiente de la clase trabajadora comienza a ser un tema de discusión y preocupación para la burguesía. Con la lucha de los obreros de Kraft como telón de fondo, la clase trabajadora pone blanco sobre negro en el panorama político, demostrando que los trabajadores nada tienen que hacer en las internas de los capitalistas y sus partidos y, que son capaces de tener voz propia sin necesidad de aliarse a ningún grupo patronal o burocrático.
Con la llegada y la permanencia de una crisis que nadie atina a decir cuándo concluirá, surgirán conflictos obreros a pesar de la voluntad y los esfuerzos del gobierno, el empresariado y la burocracia. Conflictos que marcarán, como lo vienen haciendo, un camino de lucha independiente para los trabajadores.
La tarea de la hora es desarrollar la organización antiburocrática y la lucha consecuente de la clase trabajadora.

Por la Revolución Socialista
Ni la crisis del sistema capitalista implica su caída, ni el agotamiento del kirchnerismo significa un debilitamiento de la burguesía.
Asistimos a una de las recurrentes crisis de capitalismo que, debido a la ausencia de una organización revolucionaria y de una clase trabajadora organizada capaces de tumbarlo, se recompondrá indefectiblemente. Presenciamos el desgaste de un modelo de gobierno, que fue bien aprovechado por los diferentes sectores burgueses, hasta que se agotó. El momento político que transitamos se caracteriza por la búsqueda de otro representante, de otro “líder”, que, adaptándose a la situación de crisis actual, siga garantizando la mayor cantidad de ganancias posibles para los capitalistas.
Pero mientras los capitalistas y sus representantes políticos se disputan puestos en el estado, la clase obrera irrumpe con más claridad en el escenario político con voz propia, sin hacerle coro a nadie. Las luchas de los trabajadores continuarán su lento desarrollo después de años de relativa calma y de desempeñar un rol no siempre protagónico en el conjunto de las luchas sociales contra el gobierno de los capitalistas. Pacientemente, es necesario contribuir a este proceso para que la clase trabajadora sea la vanguardia de la lucha contra todos los males que engendra este sistema de explotación y opresión, y pueda erigirse como la fuerza revolucionaria capaz de hacerle frente al sistema e imponer la posibilidad cierta de cambiarlo todo. Y en este camino, es insoslayable el rol de una organización revolucionaria, que se proponga y trabaje todos los días para aportar a la lucha del pueblo trabajador y orientarla, organizarla, hacia la disputa abierta contra la burguesía. De un Partido Revolucionario que sea parte e intervenga en las organizaciones de los trabajadores, para impulsar el desarrollo de más y mejor organización y una mayor concientización y combatividad de nuestra clase.
La tarea de hoy es desarrollar, con la paciencia que requiere la urgencia, la lucha y la organización del pueblo trabajador en la perspectiva de la revolución socialista.
Para ello, es necesaria una labor dedicada y militante en cada ámbito de lucha, en cada lugar de trabajo y de estudio, en cada barrio y en cada casa, para fortalecer la organización obrera y popular, impulsando las organizaciones de base, las comisiones internas y los sindicatos, enfrentando a la burocracia sindical, la patronal y el gobierno. Y es preciso también realizar, a su vez, todos los esfuerzos necesarios para lograr construir el partido que agrupe a los trabajadores que nos organizamos para encauzar esa lucha hacia la Revolución, hacia el Socialismo.
La Revolución no llegará de la noche a la mañana. Tampoco será el resultado de una sumatoria de luchas o revueltas esporádicas y espontáneas. Será el fruto de un trabajo y de una lucha constante, paciente, prolongada y organizada, en la que el Partido Revolucionario está llamado a desempeñar un papel central.
Hoy, la realidad nos muestra que nuestra clase carece de esa organización, de ese Partido Revolucionario capaz de radicalizar la conciencia de los trabajadores y de dirigir, organizar, centralizar e influir los diferentes procesos de lucha para profundizarlos y orientarlos en un combate a fondo contra el sistema. La construcción del Partido Revolucionario de la Clase Trabajadora es una obligación que se nos impone.