El “antiimperialismo” es algo que muchos pueden proclamar, pero que en rigor de verdad, no todas las clases de la sociedad están dispuestas a defender. Claro que muchas veces los trabajadores junto a las masas oprimidas de nuestros pueblos han dado gigantescas muestras de valor y de consecuencia revolucionaria, oponiéndose al imperialismo con una lucha tenaz por la conquista de una nueva sociedad. Pero muchas veces, también, distintos representantes de la burguesía han engañado o intentado engañar al pueblo trabajador, mintiendo al afirmar que es posible librarse de la opresión imperialista sin abandonar el capitalismo y sus parámetros de organización social, económica, política y militar.Los gobiernos populistas latinoamericanos de mediados de s. XX, con Perón a la cabeza, nos hablaron de una supuesta “tercera vía”, de un “capitalismo nacional”, ubicado entre el capitalismo yanqui (imperialista) y el socialismo. Como de lo que se trataba era de fortalecer el capitalismo propio, el peronismo enfrentó abiertamente a quienes luchaban por una nueva sociedad sin explotación y, en su lugar, recreó la vieja doctrina mussolinista de la corporación, convocando a la cooperación de los trabajadores explotados con sus patrones, principalmente con la “burguesía industrial nacional(1)”.
Por supuesto, los caudillos burgueses como Perón renegaron explícita y concientemente del marxismo y de sus concepciones fundamentales como la división y el enfrentamiento entre las clases, para pasar a hablar de una identidad nacional, opuesta a una identidad extranjera como la norteamericana. Esta corriente no dejaba de defender y desarrollar el capitalismo, es decir, la explotación y desigualdad propia del sistema actual, y no dejaba por ello mismo, de ser una pieza más en el engranaje mundial de los capitalistas y sus disputas, sirviendo de base, como el resto de los países capitalistas (y particularmente los atrasados como el nuestro), al desarrollo de la gran concentración económica, política y militar que se expresa en el imperialismo. Pero todo esto el peronismo lo hacía en nombre de un proyecto “nacional”, prometiéndole a los trabajadores que su destino sería provechoso porque estaría atado al progreso de los empresarios, los banqueros y demás capitalistas que operaban en el país. Así, el peronismo venía a reemplazar la genuina lucha antiimperialista de los trabajadores, cuyo único norte posible era la revolución socialista, por un proyecto de “liberación nacional” que, en nombre del “antimperialismo”, garantizaba la continuidad de la explotación y la opresión.
El proyecto del populismo ha sido siempre inviable y, por ello, un gran engaño para las masas trabajadoras. Para poder sostener sus mentiras sobre la “unidad nacional” formada por trabajadores y capitalistas, el peronismo, y el populismo en general, han ocultado y tergiversado las leyes más elementales de la realidad social que, desde mediados del siglo XIX, viene exponiendo el marxismo. Han negado que, bajo el capitalismo, la explotación es ejercida por los capitalistas de todas las nacionalidades a merced y para desgracia de los trabajadores de todos los países. Y al negar el carácter fundamental de la división y el antagonismo entre las clases, entre la enorme mayoría que trabaja y los capitalistas que viven del trabajo ajeno, los burgueses populistas han ocultado un hecho fundamental: que la posibilidad de cambios sociales está determinada por la dinámica de la lucha de clases, es decir, depende de que los trabajadores logren desbancar de su puesto de privilegio a la minoritaria pero poderosa clase de capitalistas que hoy tienen el control del estado en sus manos.
De esta forma, la clase de los capitalistas, aún cuando circunstancialmente ha debido limitar parcialmente sus ganancias, ha tenido en el populismo una gran herramienta para su dominio, que le permitió desviar a los trabajadores de una perspectiva revolucionaria y contenerlos en el marco del sistema capitalista. Para ello, jugó un rol principal una ideología construida en base a la utopía de una “liberación nacional” que, según esta corriente burguesa, sería conquistada gracias a la lucha común que darían contra el imperialismo todas las clases sociales del país, tanto explotadas como explotadoras.
La síntesis de esta estafa populista consiste en el corrimiento del eje de la lucha por la emancipación. Así, mientras la lucha revolucionaria que dará lugar a la verdadera liberación de los explotados está marcada por el enfrentamiento entre las clases antagónicas, entre los trabajadores explotados y los capitalistas explotadores (tanto nacionales como imperialistas), las consignas de lucha impuestas por los populistas para promover la “unidad nacional” entre obreros y patrones planteaba la lucha en términos de “patria vs. colonia”, “imperio vs. nación” o el más ambiguo “liberación o dependencia”. Son las fórmulas con las que la burguesía populista ha impulsado la movilización popular por un proyecto que no es el socialismo, que no es un proyecto de los trabajadores, sino simplemente un proyecto burgués: el capitalismo, aunque pretendidamente humanizado e independiente.
La historia se ha encargado, trágicamente, de reafirmar el carácter de estafa que tiene el planteo “antimperialista” del populismo. Todos los países latinoamericanos, en particular el nuestro, pueden hoy sacar su lamentable balance de un proyecto que no ha llevado nunca a fondo la lucha contra el imperialismo.
La intervención de líderes populistas para hacer de bomberos a la burguesía y evitar que los trabajadores se organicen con una perspectiva revolucionaria no ha dejado de repetirse, ni lo hará, mientras los trabajadores no logremos dar impulso a nuestro propio proyecto revolucionario por el socialismo.
De hecho, lo que ayer representaba Perón hoy lo viene a intentar continuar, tragicómicamente, el bolivarianismo encabezado por Chávez. Nuevamente un proyecto “nacional” que llama a los trabajadores a respetar la propiedad privada y los grandes negocios de los capitalistas… en nombre del “antiimperialismo”. Lo que ayer se llamaba “tercera vía”, “liberación nacional” o “socialismo nacional” hoy es nombrado “socialismo del siglo XXI”. Por supuesto no es igual, pero su esencia es la misma: encauzar a los trabajadores por los carriles de la democracia representativa y el respeto a las relaciones de producción y explotación capitalistas.
Y si hoy, a la distancia del tiempo y los resultados a la vista, entre las filas de la izquierda es relativamente (y sólo relativamente) habitual definir al peronismo como un movimiento con un proyecto burgués, la reedición del populismo latinoamericano de la mano de Chávez ha desnudado la falta de claridad, la vacilación y, a veces, hasta el oportunismo de una parte de la izquierda, que no logra posicionarse aún con claridad en oposición al populismo y en defensa de un proyecto independiente de los trabajadores.
Lamentablemente, al igual que ayer muchos esperaron vanamente que el “General Perón” entregara armas para luchar contra el golpe, también hoy habrán de desilusionarse una y otra vez con el “antiimperialista” Chávez, cada vez que le vende petróleo a los invasores de Irak, o que “honra sus compromisos” pagando puntualmente la deuda externa, o que, luego de cacarear contra Uribe y mover sus tropas, vuelve a llamarlo “amigo” y establecer nuevos acuerdos comerciales y de lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, o cada vez que vuelve a entregar guerrilleros colombianos o vascos para que sean torturados por los carceleros de Uribe y Zapatero.
El bolivarianismo, al que hoy adhieren confiadamente distintos militantes obreros y populares del continente y sus organizaciones de lucha, es un proyecto político dirigido por varios presidentes capitalistas, que rechaza el combate contra los explotadores, su expropiación y la reorganización de la sociedad a partir de un gobierno de trabajadores, y que, por el contrario, se propone ¡una vez más! desarrollar el ideal populista de un “capitalismo nacional humanizado” en donde la burguesía tiene un papel central. Su grito de guerra “contra el imperialismo” es el anzuelo con el que buscan ensartar nuevamente a los trabajadores para que sigamos en el marco de la explotación capitalista.
Por el contrario, somos los trabajadores latinoamericanos, quienes no hemos llegado ni pensamos llegar a acuerdos con las burguesías locales que nos explotan a diario, los que sí podemos plantear una lucha a fondo contra el imperialismo y su sistema social, el capitalismo. Nuestra tarea es organizarnos para ello, con absoluta independencia de clase.
(1) Milcíades Peña ha dejado en claro el lugar de subordinación y dependencia que tiene la burguesía industrial nacional frente al imperialismo: “…la burguesía industrial argentina está inseparablemente anclada en la estructura que hace de la Argentina una nación atrasada y semicolonial, y se halla interesada en la conservación de esa estructura. Su vinculación con el capital financiero internacional, su dependencia respecto al apoyo financiero y técnico de las metrópolis, son una de las expresiones más decisivas de esa necesidad y atestiguan la imposibilidad de la burguesía argentina -no sólo su ineptitud pero su imposibilidad- de emancipar al país de la explotación imperialista”. “…la burguesía industrial argentina se halla unida al capital internacional por mil lazos de interés económico, y sobre todo, por la solidaridad que une a todos los capitalistas contra la clase obrera, cuyas movilizaciones amenazan la propiedad privada de las fábricas, tanto nacionales como extranjeras”. (“Industria, burguesía industrial y liberación nacional”)