El Revolucionario Nº22 (Marzo de 2007)
En vísperas de un nuevo 24 de marzo, los monótonos cantos oficiales insisten una y otra vez con su consigna central: según ellos, ante todo, pase lo que pase y cueste lo que cueste, todos los argentinos “debemos defender la democracia”. Sus escribas progresistas o reaccionarios, todo el espectro político de sus seguidores, los medios masivos de comunicación y gran parte de la misma izquierda, toman esto como una verdad sagrada. En un nuevo aniversario del golpe de estado al que pintan como una “interrupción” de la “normalidad” democrática, la vocinglería gubernamental y su cohorte reclama: “unidad democrática”.
Al mismo tiempo, y por citar sólo el caso más ejemplificador, se cuentan de a cientos los gendarmes que patrullan las calles de Las Heras sosteniendo una dura situación represiva. Los allanamientos y torturas son conocidos de sobra en este pueblo, en donde el gobierno, en su afán de defender los intereses de las petroleras, ha instalado uniformados hasta en los baños de las empresas y mantiene en la cárcel desde hace más de un año a siete trabajadores.
Y no es la excepción sino la regla. La república democrática de México, por ejemplo, que ha logrado sobrellevar el siglo XX sin caer en los “oscuros resquicios” de las dictaduras militares, da cuenta en estos días de su amplia experiencia en materia de represión sistemática: una conferencia unitaria de varios organismos de DDHH denunció la existencia de casi cien desapariciones en el último año, de los cuales 30 fueron secuestrados por la represión en las luchas de Oaxaca y Atenco. Esto sin desmedro de cientos y miles de torturados, encarcelamientos políticos, violaciones por parte de las fuerzas represivas, y obviamente, asesinatos de militantes políticos. El método no es novedoso pues ha sido utilizado ampliamente en México, incluyendo grupos como la Brigada Blanca encargados de arrasar los emprendimientos guerrilleros: una verdadera cacería de las fuerzas represivas mexicanas a las que los escribas oficiales (a lo Vertbitsky) no dudarían en llamar “resabios” de la dictadura... si no fuera porque no ha habido tal régimen en ese país.
Hoy en México, siguiendo el estilo continental y mundial, es la “lucha contra el narcotráfico” la gran excusa democrática mediante la cual se está avanzando en la militarización de todo el país, ampliando la persecución contra las luchas populares. A la cabeza de estas operaciones se encuentra ahora Genaro García Luna, titular de la Secretearía de Seguridad Pública y egresado de la Escuela de Cartagena (Colombia), manejada y financiada por EEUU. No en vano algunos organismos de familiares de desaparecidos y presos políticos están hablando de la “colombianización” de la represión mexicana.
Es que Colombia es, a esta altura, un ejemplo para la burguesía mundial. La democracia, con su presidente, su parlamento, sus elecciones libres, sus partidos patronales, su libertad de prensa y de mercado… en fin, la democracia burguesa como tal y como es, no se ha privado en Colombia de desplegar el más ambicioso aparato militar para la represión de la lucha popular. Con apoyo y financiamiento directo de los EEUU y en sintonía con la doctrina “antiterrorista” de la casa blanca, el gobierno democrático de Colombia lleva adelante una campaña contra lo que llama la “narcoguerrilla”, con el fin de aplastar todas las formas de resistencia: en primer lugar, la guerrilla insurgente (FARC y ELN) y junto a ella, a los movimientos populares que enfrentan su política de gobierno. De esta forma (al tiempo que maneja, junto a los EEUU, el millonario negocio de la droga) despliega tropas militares y policiales nacionales, fuerzas parapoliciales dirigidas política y económicamente por quienes detentan el poder, y hasta fuerzas de elite norteamericanas con el fin de sostener el régimen democrático, considerado por la burguesía local y extranjera como una herramienta central para la explotación de los trabajadores y la sumisión del pueblo colombiano.
Del mismo modo en que, en las décadas de los ´60 y ´70, EEUU se puso a la cabeza del Plan Cóndor y las dictaduras del continente, desde hace ya tiempo, el proyecto norteamericano para América Latina es sin duda, la democracia, con sus atribuciones tanto “republicanas” como represivas, como lo demuestran entre otras cosas, los millones de dólares que anualmente ese gobierno destina para la represión en el país sudamericano por medio del Plan Colombia, amén de los instructores y marines yanquis que actúan directamente en ese país. Es significativo que bajo las órdenes norteamericanas, tropas enviadas por los gobiernos de Kirchner, Lula, Tabaré y Evo Morales, entre otros, estén nada menos que “garantizando la democracia” en Haití, vigilando a golpe de fusil, el “derecho” de este pueblo a “gozar” de las elecciones libres y toda la parafernalia democrática (pues no querer hacerlo puede costarle la vida, como sucede ante cada nueva masacre perpetrada por las fuerzas de ocupación).
En cada rincón del mundo sucede lo mismo. Los EEUU son los principales “exportadores” de democracia. Para ello llaman a una “guerra contra el terrorismo” mundial, establecen cárceles para la tortura en medio planeta, invaden Haití, Afganistán, Irak, Somalía, tal vez Irán… y cuentan sin duda con el apoyo de los demócratas del mundo, los tercermundistas como la Argentina, o los más poderosos países europeos como Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, España…
Sea como sea, el centro de la cuestión es el mismo: la democracia, adulada no sólo por el gobierno kirchnerista y sus seguidores, sino también por una enorme cantidad de corrientes populares que no están dispuestas a sacar los pies del plato y pelear por fuera de las pautas ya establecidas por el régimen burgués, es la más estable y efectiva forma de dominación que ha sido lograda en el capitalismo, es una política de clase cuyo defensor más exacerbado es el imperialismo norteamericano y del que se hacen eco las burguesías del mundo. Su pregoneo igualitario se derrumba cuando deben responder a una avanzada de la lucha obrera y popular. Sus pautas son cumplidas por sus ideólogos, solamente y en tanto sirvan a la consolidación de su dominio, y son pisoteadas por ellos mismos cada vez que sus ambiciones lo requieren.
Basta ver lo que ocurre en el País Vasco. Allí tampoco ha hecho falta la llegada de un golpe militar, pues la misma democracia republicana, parlamentaria, pluripartidista y hasta pseudo socialista española se ha encargado no sólo de perseguir, matar, torturar y encarcelar a los luchadores, sino también de prohibir las movilizaciones populares, los partidos políticos, las organizaciones sociales, los grupos culturales y todo aquello que tenga un perfil independentista.
La democracia que los defensores del régimen nos reclaman defender, es en realidad su más preciada herramienta de dominio sobre nuestro pueblo. La lucha de los trabajadores y el conjunto de los explotados no tiene nada que ver con ella. Muy por el contrario, sólo con la derrota del gobierno de la burguesía (ya sea éste una dictadura o una democracia) y la conquista de un gobierno propio de la clase obrera y el pueblo, será posible cambiar de raíz el sistema social que hoy tantas penurias trae a nuestro pueblo. Decían Lenin y Trotsky en el primer Congreso de la III Internacional Comunista que el “planteamiento de la cuestión al margen o por encima de las clases, supuestamente popular, equivale ni más ni menos que a un escarnio de la doctrina fundamental del socialismo, esto es, de la doctrina de la lucha de clases, que reconocen de palabra pero olvidan en los hechos los socialistas que se han pasado al lado de la burguesía. Pues en ningún país capitalista civilizado existe la `democracia en general´, sino que sólo existe una democracia burguesa…”. No hay atajos democráticos para nuestro pueblo. Solo la revolución puede derribar la explotación y la miseria. Sólo el socialismo puede abrirnos el camino hacia la libertad.
En vísperas de un nuevo 24 de marzo, los monótonos cantos oficiales insisten una y otra vez con su consigna central: según ellos, ante todo, pase lo que pase y cueste lo que cueste, todos los argentinos “debemos defender la democracia”. Sus escribas progresistas o reaccionarios, todo el espectro político de sus seguidores, los medios masivos de comunicación y gran parte de la misma izquierda, toman esto como una verdad sagrada. En un nuevo aniversario del golpe de estado al que pintan como una “interrupción” de la “normalidad” democrática, la vocinglería gubernamental y su cohorte reclama: “unidad democrática”.
Al mismo tiempo, y por citar sólo el caso más ejemplificador, se cuentan de a cientos los gendarmes que patrullan las calles de Las Heras sosteniendo una dura situación represiva. Los allanamientos y torturas son conocidos de sobra en este pueblo, en donde el gobierno, en su afán de defender los intereses de las petroleras, ha instalado uniformados hasta en los baños de las empresas y mantiene en la cárcel desde hace más de un año a siete trabajadores.
Y no es la excepción sino la regla. La república democrática de México, por ejemplo, que ha logrado sobrellevar el siglo XX sin caer en los “oscuros resquicios” de las dictaduras militares, da cuenta en estos días de su amplia experiencia en materia de represión sistemática: una conferencia unitaria de varios organismos de DDHH denunció la existencia de casi cien desapariciones en el último año, de los cuales 30 fueron secuestrados por la represión en las luchas de Oaxaca y Atenco. Esto sin desmedro de cientos y miles de torturados, encarcelamientos políticos, violaciones por parte de las fuerzas represivas, y obviamente, asesinatos de militantes políticos. El método no es novedoso pues ha sido utilizado ampliamente en México, incluyendo grupos como la Brigada Blanca encargados de arrasar los emprendimientos guerrilleros: una verdadera cacería de las fuerzas represivas mexicanas a las que los escribas oficiales (a lo Vertbitsky) no dudarían en llamar “resabios” de la dictadura... si no fuera porque no ha habido tal régimen en ese país.
Hoy en México, siguiendo el estilo continental y mundial, es la “lucha contra el narcotráfico” la gran excusa democrática mediante la cual se está avanzando en la militarización de todo el país, ampliando la persecución contra las luchas populares. A la cabeza de estas operaciones se encuentra ahora Genaro García Luna, titular de la Secretearía de Seguridad Pública y egresado de la Escuela de Cartagena (Colombia), manejada y financiada por EEUU. No en vano algunos organismos de familiares de desaparecidos y presos políticos están hablando de la “colombianización” de la represión mexicana.
Es que Colombia es, a esta altura, un ejemplo para la burguesía mundial. La democracia, con su presidente, su parlamento, sus elecciones libres, sus partidos patronales, su libertad de prensa y de mercado… en fin, la democracia burguesa como tal y como es, no se ha privado en Colombia de desplegar el más ambicioso aparato militar para la represión de la lucha popular. Con apoyo y financiamiento directo de los EEUU y en sintonía con la doctrina “antiterrorista” de la casa blanca, el gobierno democrático de Colombia lleva adelante una campaña contra lo que llama la “narcoguerrilla”, con el fin de aplastar todas las formas de resistencia: en primer lugar, la guerrilla insurgente (FARC y ELN) y junto a ella, a los movimientos populares que enfrentan su política de gobierno. De esta forma (al tiempo que maneja, junto a los EEUU, el millonario negocio de la droga) despliega tropas militares y policiales nacionales, fuerzas parapoliciales dirigidas política y económicamente por quienes detentan el poder, y hasta fuerzas de elite norteamericanas con el fin de sostener el régimen democrático, considerado por la burguesía local y extranjera como una herramienta central para la explotación de los trabajadores y la sumisión del pueblo colombiano.
Del mismo modo en que, en las décadas de los ´60 y ´70, EEUU se puso a la cabeza del Plan Cóndor y las dictaduras del continente, desde hace ya tiempo, el proyecto norteamericano para América Latina es sin duda, la democracia, con sus atribuciones tanto “republicanas” como represivas, como lo demuestran entre otras cosas, los millones de dólares que anualmente ese gobierno destina para la represión en el país sudamericano por medio del Plan Colombia, amén de los instructores y marines yanquis que actúan directamente en ese país. Es significativo que bajo las órdenes norteamericanas, tropas enviadas por los gobiernos de Kirchner, Lula, Tabaré y Evo Morales, entre otros, estén nada menos que “garantizando la democracia” en Haití, vigilando a golpe de fusil, el “derecho” de este pueblo a “gozar” de las elecciones libres y toda la parafernalia democrática (pues no querer hacerlo puede costarle la vida, como sucede ante cada nueva masacre perpetrada por las fuerzas de ocupación).
En cada rincón del mundo sucede lo mismo. Los EEUU son los principales “exportadores” de democracia. Para ello llaman a una “guerra contra el terrorismo” mundial, establecen cárceles para la tortura en medio planeta, invaden Haití, Afganistán, Irak, Somalía, tal vez Irán… y cuentan sin duda con el apoyo de los demócratas del mundo, los tercermundistas como la Argentina, o los más poderosos países europeos como Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, España…
Sea como sea, el centro de la cuestión es el mismo: la democracia, adulada no sólo por el gobierno kirchnerista y sus seguidores, sino también por una enorme cantidad de corrientes populares que no están dispuestas a sacar los pies del plato y pelear por fuera de las pautas ya establecidas por el régimen burgués, es la más estable y efectiva forma de dominación que ha sido lograda en el capitalismo, es una política de clase cuyo defensor más exacerbado es el imperialismo norteamericano y del que se hacen eco las burguesías del mundo. Su pregoneo igualitario se derrumba cuando deben responder a una avanzada de la lucha obrera y popular. Sus pautas son cumplidas por sus ideólogos, solamente y en tanto sirvan a la consolidación de su dominio, y son pisoteadas por ellos mismos cada vez que sus ambiciones lo requieren.
Basta ver lo que ocurre en el País Vasco. Allí tampoco ha hecho falta la llegada de un golpe militar, pues la misma democracia republicana, parlamentaria, pluripartidista y hasta pseudo socialista española se ha encargado no sólo de perseguir, matar, torturar y encarcelar a los luchadores, sino también de prohibir las movilizaciones populares, los partidos políticos, las organizaciones sociales, los grupos culturales y todo aquello que tenga un perfil independentista.
La democracia que los defensores del régimen nos reclaman defender, es en realidad su más preciada herramienta de dominio sobre nuestro pueblo. La lucha de los trabajadores y el conjunto de los explotados no tiene nada que ver con ella. Muy por el contrario, sólo con la derrota del gobierno de la burguesía (ya sea éste una dictadura o una democracia) y la conquista de un gobierno propio de la clase obrera y el pueblo, será posible cambiar de raíz el sistema social que hoy tantas penurias trae a nuestro pueblo. Decían Lenin y Trotsky en el primer Congreso de la III Internacional Comunista que el “planteamiento de la cuestión al margen o por encima de las clases, supuestamente popular, equivale ni más ni menos que a un escarnio de la doctrina fundamental del socialismo, esto es, de la doctrina de la lucha de clases, que reconocen de palabra pero olvidan en los hechos los socialistas que se han pasado al lado de la burguesía. Pues en ningún país capitalista civilizado existe la `democracia en general´, sino que sólo existe una democracia burguesa…”. No hay atajos democráticos para nuestro pueblo. Solo la revolución puede derribar la explotación y la miseria. Sólo el socialismo puede abrirnos el camino hacia la libertad.