CHILE, A 34 AÑOS

1973 - 11 de septiembre - 2007
El Revolucionario Nº28 (Septiembre de 2007)

A 34 años del golpe militar en Chile que asentó en el poder la dictadura de Pinochet, reivindicamos a quienes resistieron aun en las peores condiciones.
Nuestra reivindicación, además de ser un merecido homenaje, va acompañada del compromiso militante de organizarnos y tomar el camino revolucionario. Es por eso que no tenemos otra opción que la de balancear críticamente los hechos de la historia que nos han dejado quienes se entregaron a la lucha por la liberación de la clase obrera haciendo avanzar la Revolución.
“Vivimos momentos definitorios. Las conquistas y el futuro de los trabajadores están amenazados. La lucha de clases es siempre una guerra encubierta. La contrarrevolución burguesa se propone hoy en Chile hacerla estallar. El pueblo no se dejará amarrar las manos. La clase obrera y el pueblo están en disposición de combate, están decididos a defender sus conquistas y están más decididos hoy que nunca a conquistar su futuro.”
Estas son las palabras de Miguel Enriquez, secretario general del MIR, en su discurso a mediados del año 73, ya en puertas del golpe militar.
Estas palabras reflejan, en cierto sentido, una época en la historia de Chile, donde el grado de politización y de organización de la clase obrera y del pueblo había alcanzado un desarrollo muy importante. Existía en el pueblo y sobre todo en la clase obrera organizada.
En el año 1970 asumía al poder por la vía electoral y con gran apoyo del pueblo, la Unidad Popular (UP) con Salvador Allende como presidente. El programa de la UP era “… el camino al socialismo en democracia. Pluralismo y libertad.”
Vale recordar que la Unión Popular estaba integrada por una alianza de los partidos: Radical, Socialdemócrata, Socialista, el Movimiento Acción Popular Unitario (MAPU) y Acción Popular Independiente (API).
Este proyecto (contra toda experiencia marxista) se proponía llegar al socialismo por la “vía pacífica” dentro de los parámetros de la democracia burguesa, compartiendo el poder con sectores profundamente reaccionarios, como la Democracia Cristiana con quien debió firmar un “Estatuto de garantías democráticas”, compromiso de no hacer reformas en las FFAA, ni en la policía, ni en los medios de comunicación ni la Iglesia.
Internacionalmente fue apoyado por el stalinismo, dedicado a frenar cualquier intento de revolución real en cualquier parte del mundo; en nombre de la “revolución por etapas” para los países atrasados y protegiendo su “pacto de coexistencia pacífica” con los yanquis al que el pueblo de Chile fue condenado a alinearse.
A pesar de que en los años en los que Allende estuvo en el gobierno ayudaron a sostener una situación en la que la clase obrera tuvo importantes concesiones que le permitieron organizarse sindical y políticamente (fue el caso de las organizaciones en los cordones industriales), al mismo tiempo, fue el propio proyecto de la UP el encargado de garantizar el suicidio de la posible revolución en Chile.
El gobierno intentaba atender las exigencias en materia de consumo del pueblo, hacer concesiones para ganarse a la burguesía local y la pequeña burguesía y mantener la “paz” con los sectores más reaccionarios y el imperialismo. Todo al mismo tiempo.
Manteniendo esta situación de conciliación permanente no existía la posibilidad de tomar medidas más radicales que hicieran posible el avance real hacia el socialismo: la expropiación sin pago a la burguesía, el control obrero de la producción, la definitiva ruptura con el Imperialismo, la organización armada contra la contrarrevolución, etc.
Se tomaron medidas importantes como la nacionalización del cobre y sectores de la industria de bienes de consumo. Pero como señala un historiador chileno “…no se modificaba la base productiva existente, sino que se impulsaba su reproducción ampliada, con todas sus deformaciones: al mismo tiempo ponía gordas ganancias en manos de la burguesía la cual no las invertía en la expansión de la estructura productiva (…) Finalmente, la política económica chocaba con dos obstáculos difíciles de superar: los déficit del sector externo, derivados del boicot impuesto por el gobierno norteamericano y las agencias financieras que controla, así como de la baja de las cotizaciones internacionales del cobre…” (Ruy Mauro Marini, “El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre chile”, 1974).
La derrota del “socialismo por la vía pacífica” estaba ya determinado en la esencia de su programa que indefectiblemente obligaba a la Unidad Popular a hacer importantes concesiones a los sectores contrarrevolucionarios y profundamente fascistas en nombre de la defensa de las instituciones y el fortalecimiento de la democracia. En las elecciones democráticas del 72 un sector pro-golpista como el de la Democracia Cristiana logró ser mayoría en el parlamento.
Bajo este proyecto económico la mayoría de los trabajadores quedan fuera de los beneficios que traería la nacionalización por lo que se llevan a cabo fuertes medidas de lucha como las tomas de fábrica. A esto la burguesía responde paralizando la producción, haciendo boicots.
De este modo se hace visible la imposibilidad de una alianza democrática forzando una conciliación de intereses que son absolutamente contrapuestos, y por ende irreconciliables. Y este análisis no puede ser catalogado como una posición dogmática, sino como la corroboración de la realidad histórica, en que al momento de agudizarse las contradicciones entre las clases la burguesía chilena no dudó en instaurar una dictadura que acabara mediante desapariciones, torturas y asesinatos con cualquier intento de levantamiento popular.
En este marco, en el que la burguesía tiene vía libre dentro del gobierno de Allende, se desarrollaron organizaciones, dando cuenta de su creciente independencia frente al gobierno de la Unidad Popular, no sólo en el caso de aquellas organizaciones que se conformaron al margen de las directivas del gobierno de Allende, sino también en el caso de otras que fueron originalmente impulsadas por la Unidad Popular pero que adquirieron una dinámica propia, superando e incluso enfrentando las directivas gubernamentales.
Este proceso llevará además a un alto grado de combatividad y enfrentamiento. Así por ejemplo, tras la huelga patronal de octubre los cordones avanzaron en el control de precios, de la distribución y del transporte; emprendiendo tomas de fábricas y organizando grupos de autodefensa. También los pobladores sin vivienda y las organizaciones campesinas desarrollaron las tomas de terrenos urbanos y rurales respectivamente. Y tras un nuevo ataque de la burguesía, con el “tancazo” de junio de 1973, los cordones organizaron nuevamente la toma masiva de fábricas y la conformación de grupos de autodefensa.
El MIR, la más importante organización armada revolucionaria de Chile, si bien acompañó al gobierno de Salvador Allende, señalaba permanentemente la necesidad de la independencia de clase y la necesidad de la violencia contra la burguesía.
Muy distinto fue el rol de Partidos como el PC y el PS los que en los momentos más radicalizados de la lucha popular llegaron a prohibir la participación de sus activistas en las organizaciones de base.
La clase obrera y el pueblo pedían armas al gobierno para poder avanzar y frenar el golpe que ya se respiraba, golpe que llevaría a cabo el mismo ejército que dirigía Pinochet y en el que la UP confiaba. La respuesta de Allende fue: “…no habrá otras fuerzas armadas que las estipuladas en la Constitución. Es decir, el ejército, las fuerzas navales y las fuerzas aéreas. Eliminaré cualquier otra que aparezca”.
Mientras la “vía pacífica” de Allende significaba la negativa al avance de la lucha del pueblo dejaba el camino libre a la reacción de la burguesía. Una descripción sobre la situación que se vivía a mediados de 1973 es significativa: “Los fascistas dominaban en la calle: atentados políticos, incendios provocados en lugares u objetos políticos o civiles de importancia estratégica. En la calle reinaba la ley de la selva.” (Carmen Zur Strassen , “La dialéctica en la lucha de clases”, 1974).
“Los militares golpistas enviaban a las fuerzas armadas y a los carabineros a las fábricas, barrios pobres, oficinas partidarias, sindicatos y universidades, para hacer brutales razzias con el pretexto de requisar armas en cumplimiento de la nueva ley de armas”.
Otro ejemplo claro de la posición de la UP es la entrega de la emisora de televisión de la Universidad de Chile, la que fue desalojada por orden del Allende y entregada a las manos de la derecha para poder reentablar el diálogo con la clase media y la Democracia Cristiana.
A pesar de tanto esfuerzo y tanta lucha el no avance contra la burguesía desembocó en un golpe militar el 11 de Septiembre de 1973 orquestado por la CIA y llevado a cabo por la burguesía chilena y el ejército. Este golpe, como recordáramos al principio de esta nota, miles de hombres y mujeres resistieron heroicamente.

Este recuerdo que ha quedado grabado en la historia y que año tras año aparece en actos, periódico y volantes sólo tiene sentido si se trabaja cotidianamente para la Revolución Socialista, y esto es construyendo un partido que sea capaz de organizar a la clase obrera y al pueblo en forma independiente de la burguesía.