Paritarias y techo salarial, la política del gobierno



Según el discurso oficial, el gobierno kirchnerista se presenta como un supuesto defensor de los intereses populares, con proyección redistributiva. En este marco, la realización de paritarias es mostrada como una de las formas en que se garantizaría una mejora para los trabajadores.
Sin embargo, el gobierno, que habla de una supuesta redistribución del ingreso y del derecho de paritarias, lo ha venido haciendo apoyándose en un hecho central: la complicidad de las direcciones sindicales afines que se encolumnan con el gobierno y sus reclamos de “moderación” a la hora de la negociación paritaria.
El efecto de que el grueso de las direcciones sindicales, como parte de la CGT y de la CTA, se adapten a los reclamos gubernamentales, ha sido la depreciación del salario real para muchos sectores, puesto que los aumentos acordados suelen ser menores al aumento de la inflación. Si la inflación real alcanza el 30% y la mayoría de los gremios se jactan de “conseguir” aumentos del 20% o el 25% (cuando no menos), eso significa que el ingreso de los trabajadores se ha reducido en parte, y con ello sigue aumentándose la brecha que los separa de las enormes ganancias empresarias.
En este marco, los reclamos de diversos sectores de trabajadores por no perder la carrera contra la inflación, deben entenderse como lo que son: luchas defensivas para evitar la depreciación del salario. Lejos está aún la disputa por una mayor participación de los trabajadores en el producto nacional. Eso implicaría que los sueldos aumenten muy por arriba de la inflación y que, en cambio, los empresarios ganen algo menos de los millones que hoy se embolsan.
Es importante señalar este punto porque el discurso gubernamental ha puesto mucho énfasis en su supuesta voluntad “redistributiva”. Sin embargo, a la hora de las definiciones, el kirchnerismo se ha encargado de establecer pautas salariales (seguidas al pie de la letra por el grueso de la burocracia sindical) que hacen que los trabajadores siempre debamos contentarnos con la misma porción del producto nacional, o que incluso veamos descender nuestro salario real debido al mayor aumento inflacionario.

Aumentos atados a la rentabilidad empresaria
Hasta ahora, la presidenta ha hecho dos cosas principales para evitar que los trabajadores tengan una mayor participación en el producto nacional, y mantener, así, el apoyo del empresariado que tan insistentemente la felicita.
En primer lugar, impone un techo salarial que es seguido por el grueso de la burocracia sindical. El mecanismo es informal: el gobierno declara lo que espera que hagan los sindicatos, y los dirigentes sindicales, encolumnados en el kirchenerismo y/o en el PJ, hacen caso y plantean supuestos “reclamos” que nunca van mucho más allá de la inflación.
En segundo lugar, el gobierno se encarga de estigmatizar y perseguir a los sectores independientes, e incluso burocráticos, que no se cuadran. En su discurso de reasunción de diciembre, la presidenta puso en cuestión el derecho a huelga, ligándolo al “chantaje” y la “extorsión” y el gobierno sigue avanzando con la legislación represiva contra el activismo, como sucede con las nuevas leyes “antiterroristas”. En ese marco, se multiplican los procesamientos de activistas sindicales, los despidos por su actividad gremial, se repite el encarcelamiento de referentes sindicales como sucede actualmente con Olivera en Bs. As. y Oñate en Santa Cruz, las represiones a movilizaciones de trabajadores, como sucedió también en Santa Cruz.
Estos dos mecanismos están presentes hoy, nuevamente, cuando se viene un nuevo período de negociación paritaria. El gobierno ya adelantó que los acuerdos no deben superar el 18%, algo que, en el marco de una inflación que alcanza el 30%, significa, directamente, un recorte de los ingresos de los trabajadores.
Pero en el marco actual, el gobierno ha decidido ir más allá. El contexto es particular. La crisis económica global no ha volteado hasta ahora las economías periféricas como la argentina, pero si las han golpeado parcialmente. Además, en la coyuntura política nacional, a la persistente lucha del activismo independiente que ha logrado marcar agenda para enfrentar el techo salarial (recordemos por ejemplo, la gran importancia de las luchas de Kraft y Arcor consiguiendo el 35% de aumento), se suma ahora el endurecimiento de la disputa interna del peronismo, con la política vandorista de Moyano que da lugar a nuevos conflictos gremiales.
En esta situación, Cristina Fernández viene insinuando que, aunque siga hablándose de “paritarias”, en realidad el gobierno intervendrá directamente para anular cualquier conquista obrera que rompa con sus pretensiones. Lo dijo claramente en unos de sus últimos discursos: Quiero que sepan todos que van a poder negociar libremente sus paritarias, pero de acuerdo con la rentabilidad de cada empresa”.  Es decir que el gobierno, explícitamente, primero defiende el crecimiento de las ganancias empresarias (“rentabilidad”). Y luego, para que los trabajadores puedan defender sus salarios, pone como condición ese aumento de la caja empresarial.
Para garantizar esta orientación, el gobierno conformó un comité interministerial para analizar la rentabilidad de cada sector de la economía y evaluar los porcentajes de aumentos de sueldo que considera aceptables, para que sean después rubricados en las “paritarias”.
Así, según las propias definiciones del gobierno, sólo si los capitalistas ven crecer notablemente sus ganancias, los trabajadores podrán plantear reclamos gremiales. Y podrán pedir sólo una parte proporcional de ese crecimiento. Decir eso y decir que no se aceptará la más mínima redistribución del ingreso nacional es exactamente lo mismo. Flagrante evidencia del carácter propatronal de un gobierno que se dice popular.


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El peso real de otras medidas económicas
Las definiciones sobre las paritarias son un punto central para el pueblo, porque con ellas se define en gran medida, el nivel de ingreso de las familias trabajadoras. Unas paritarias que congelan o retraen el salario para  los millones y millones de trabajadores en blanco, definen, al mismo tiempo, una perspectiva similar para el 40% de los trabajadores en negro, que cobrarán siempre una suma inferior.
El gobierno desvía la atención de este problema central cuando pretende atribuirse el rol de redistribuidor por definir un aumento en la jubilación mínima del 17,6% o, anteriormente, por promover la asignación por hijo al sector más golpeado de la sociedad. Es indiscutible que es justo que se paguen las jubilaciones y las asignaciones familiares, pues constituyen ingresos mínimos para los grupos más marginados. Pero estamos muy lejos de tener una política siquiera progresiva o redistributiva, cuando no sólo se sigue en retraso frente a la inflación, sino que, por sobre todas las cosas, hablamos de cifras muy bajas que no pueden paliar las tremendas carencias de una familia trabajadora. No olvidemos que una jubilación mínima apenas alcanza el 30% de la canasta familiar, hoy estipulada en 5.000 pesos. Mientras tanto, el ingreso central del pueblo trabajador y sus familias, el salario de los trabajadores activos, sigue depreciado y encorsetado por las políticas de gobierno. Los empresarios, felices y cada día más kirchneristas.