CTA : Una historia de conciliación y entrega

Desde sus comienzos, la CTA se ha conformado como una organización que participa en las disputas de los partidos del sistema apoyando a unos u otros según la coyuntura y como una variante “progresista” de la burocracia sindical argentina.

La CTA nació a principios de los ’90. En esos años distintas figuras, muchas provenientes del PJ, se fueron distanciando del gobierno de Menem. Así, en el parlamento, antiguos correligionarios del riojano, como Chacho Álvarez, se rejuntaban en el “grupo de los ocho” con la participación de otros diputados, como Juan Pablo Cafiero o Germán Abdala, dirigente de ATE. En esa sintonía, y con la participación de éste último, algunos sectores del sindicalismo (también con fuerte presencia peronista) se reagrupaban en lo que primero habría de llamarse “congreso” y años más tarde “central” de los trabajadores argentinos, la CTA.
Su construcción estuvo sostenida (como aún hoy) en los gremios de estatales y docentes, cuyas figuras más importantes, además de Abdala, eran Víctor de Genaro (ATE) y Mary Sánchez (CTERA). Y al igual que por esos años lo haría el MTA de Hugo Moyano, la CTA se plantaba enfrentar al “neoliberalismo” menemista y profundizar la democracia.
Desde los inicios, en la CTA se planteó, no sólo ser un pretendido “nuevo modelo sindical”, sino, además, desarrollar un movimiento político. En concordancia con ello, la “central” tuvo una activa participación en la política nacional, encolumnándose, orgánicamente o a través de sus máximos referentes, en varios de los proyectos de gobierno que ha tenido la burguesía en este tiempo.
Por esa razón, el tipo y el peso de las medidas pretendidamente “sindicales” o “sociales” que ha realizado la CTA (movilizaciones, paros… y sobre todo “treguas”) siempre han estado atados al ritmo de la política nacional, en particular a su expectativa en los sectores que consideran más progresistas del capitalismo argentino. Esto ha llevado a la CTA a reiterar un círculo vicioso: primero: apoyo y trabajo de campaña a favor de un candidato burgués “renovador”; luego: compromiso de paz social en los primeros años de ese mandato; más tarde: distanciamiento del gobierno tras comprobar (una vez más!) que es un gobierno antipopular; y finalmente, otra vez la búsqueda de algún candidato del capitalismo “progresista” para brindarle su apoyo.
Así, desde los ’90, la CTA acompañó tozudamente la carrera de Chacho Álvarez, apoyándolo en la fórmula con Bordón en 1995 y luego en la Alianza con De la Rúa, en 1999. Fue en esa época que se ganaron el mote de “piqueteros blandos” cuando el máximo dirigente de desocupados de la CTA, el por entonces concejal del Frepaso Luis D’Elía (acompañado por Alderete, su par de la CCC-PCR), atacaba sistemáticamente las luchas piqueteras (catalogadas de “duras” por los medios y el gobierno). En ese marco, una de sus máximas figuras de entonces, la dirigente de CTERA y prontamente diputada por la Alianza, Marta Maffei, usaba la carpa blanca como trampolín de campaña reclamando que a Menem lo “castiguen con el voto” a favor de De la Rúa (luego acabaría por correrse de la política tras los escándalos por corrupción).
En el gobierno de la Alianza se sucedieron la masacre del puente de Corrientes, el descuento del 13% a los estatales y la llegada de figuras como López Murphy y Cavallo. La CTA lo defendió un tiempo y luego se apartó, siguiendo al renunciante Chacho Álvarez. No hacía más que oler lo que se venía, aunque adoptara la más tibia de las posiciones. Así, mientras el gobierno de De la Rúa caía frente a las movilizaciones y enfrentamientos de 2001, la CTA impulsaba una “campaña de firmas” contra la pobreza, y el 19 y 20 de diciembre le ordenaba a sus militantes no salir a la calle para evitar las supuestas “provocaciones”.
También en sus intentos de recomposición, en el período 2001-2003, la burguesía argentina contó con la colaboración de los figurones de la CTA, que no sólo se despegaron de las luchas populares (apostando a la estabilización y criticando por su “metodología” a quienes luchaban), sino que acompañaron los embates gubernamentales. Vale recordar, como ejemplo, que cuando el gobierno de Duhalde apostó fuerte a la represión para tratar de poner un dique de contención frente a la movilización popular, lo que llevó al asesinato de Kosteki y Santillán el 26 de junio de 2002, en el puente Pueyrredón, fue justamente la CTA, por boca de D’Elía, la que abonó la teoría oficial de que se trataba de una interna entre piqueteros, limpiando de responsabilidad a Duhalde y sus fuerzas represivas y poniendo en el banquillo de los acusados a los desocupados.
Para las elecciones de 2003, el desconcierto los llevó a diferencias internas. La discusión, por supuesto, no contraponía independencia de los trabajadores vs. apoyo a los partidos patronales, sino que consistía, simplemente, en diferencias sobre a cuál de los partidos antiobreros habrían de apoyar. Unos, con D’Elía y Depetri a la cabeza, promovían el apoyo a Kirchner, por entonces el delfín de Duhalde. Otros, principalmente desde la CTERA, brindaban su apoyo al ARI de Elisa Carrió.
Entonces ganaron los primeros. Barrios de Pie, el grupo de Tumini y Ceballos que había entrado a la CTA y armado la juventud, fue uno de los primeros en dar una vuelta de 180º pasando de la condena al gobierno “duhaldista” de Kirchner a su fervorosa defensa. La simpatía con algunas medidas kirchneristas y la promesa gubernamental, siempre incumplida, de que atendería el reclamo de personería gremial para la CTA, hicieron que la central de De Genaro otorgue una tregua al nuevo gobierno, que prácticamente se ha extendido hasta ahora.
Desde entonces la CTA ha negado sistemáticamente la represión, y, cuando no pudo taparla, se la adjudicó siempre con exclusividad a los gobiernos provinciales, como sucedió con el caso del docente neuquino Carlos Fuentealba. En realidad todos los reclamos y las eventuales movilizaciones fueron dirigidas a los gobiernos locales o provinciales, evitando siempre la presencia en la Plaza de Mayo y la crítica al gobierno nacional.
Como sea, su disyuntiva se mantuvo siempre entre los partidos proempresariales. Intentaron nuevamente organizarse sin los Kirchner junto a parte del radicalismo (Stolbitzer), el ARI, los socialistas y otros (desde el PC hasta la monja Pelloni) en un fracasado “Encuentro de Rosario” en 2005, y volvieron a esta iniciativa en la medida en que el kirchnerismo se fue agotando, dando impulso a la “constituyente social” y algunas movilizaciones (como la “marcha contra el hambre”).
De todas formas, si bien declararon su independencia de los Kirchner, la orientación kirchnerista de la CTA ha sido clara durante todo este período, en que junto a la tregua, muchos de sus dirigentes dieron apoyos explícitos al gobierno, se integraron en sus listas electorales y participaron fuertemente de sus iniciativas políticas (como en Carta Abierta). La proclamación del ultrakirchnerista Hugo Yasky como secretario general de la central en 2006 es expresión de esa orientación.
Hoy, tras seis años de gobierno y de tregua de la CTA, con el desgaste del propio gobierno y la comprobación por parte de la CTA que no obtendrá nada de él, importantes sectores de la central se están orientando, una vez más, hacia otro proyecto patronal. Esta orientación ya se evidenció en las ultimas elecciones en donde, si bien varios dirigentes de la central siguieron junto al kirchnerismo, otros están ubicados junto a Sabatella, Pino Solanas y el PS. La segunda edición de la “constituyente social”, realizada el mes pasado en Neuquén, es la expresión de esta aspiración. Sus actuales voceros más importantes, De Genaro y Lozano, son explícitos al plantear que lo que buscan es una nueva fórmula para intentar alcanzar el sillón presidencial.
Con la puesta en funcionamiento de la “constituyente social”, desde la CTA aspiran conformar esa organización política que, como De Genaro lo ha reclamado tantas veces, siga el ejemplo del PT brasileño. Ya estuvieron con el Frepaso, con la Alianza, con Ibarra, con el kirchnerismo, con el PS… Ahora, será una nueva versión de su anhelado proyecto de capitalismo progresista que tantas penurias ha dado al pueblo trabajador.