Tanto capitalistas locales como extranjeros se ven beneficiados con la política económica de la nueva presidenta, mientras el ataque contra la clase obrera y su salario se acrecienta diariamente.
El Revolucionario Nº32 (Febrero de 2008)
Repitiendo la voz oficial del gobierno, los grandes medios de comunicación insisten en pronosticar “optimismo”, “expectativas”, “crecimiento” y demás yerbas para la economía nacional en este nuevo año bajo el mando de los Kirchner. Y este pronóstico es en verdad muy cierto si se toma en cuenta que ni el gobierno ni los medios se están refiriendo a las condiciones en que vive nuestro pueblo, sino más bien a la fiesta de negocios que empresarios y banqueros hacen en nuestro país por estos días. Así pues, los empresarios locales, amigos y funcionarios del gobierno, hacen negocios millonarios por todas partes, particularmente en áreas tan rentables como la energía y el petróleo (como con la compra de una parte de YPF por el empresario-K Eskenazi), y los capitalistas extranjeros se llevan a su vez la parte del león, manteniendo el control de las principales empresas estratégicas, avanzando con la compra de gran cantidad de compañías de origen argentino (llevando al record la extranjerización de la economía), y llenando sus bolsillos gracias al perseverante pago de la deuda externa por parte de los Kirchner.
Pero la enorme riqueza que la burguesía, local y extranjera, está amasando en nuestro país, recae pesadamente sobre las espaldas de los trabajadores y el pueblo, que sufrimos una permanente pauperización y vemos como se empeña el país, condenándonos al atraso y a la más completa dependencia al capital extranjero. Sobre el pueblo pesan, una a una, las iniciativas de la presidenta Fernández para beneficiar al empresariado: el aumento constante de la inflación y de las tarifas de los servicios públicos, además del recorte al gasto público para servicios sociales.
Así, mientras con más despidos y desplazamientos el gobierno avanza sobre el Indec para borrar cualquier registro de la inflación real en nuestro país, las estimaciones privadas y de los organismos provinciales hablan de una inflación que ha superado ampliamente el 20% anual y que, como lo registra el instituto de estadística mendocino (que aún no ha sido intervenido), bordea el 30%.
De esta forma los empresarios que operan en Argentina se ven nuevamente beneficiados. Ya hacían enormes negocios con los antiguos precios de productos exportables y ahora sus ganancias se multiplican con el alto nivel que han alcanzado los precios internacionales de productos primarios (al igual que el petróleo que ya superó la barrera de los 100 dólares, también la soja, producto central de la exportación nacional, ha aumentado en un 50% en el último año), a lo que debe sumarse un eje central de la política económica kirchnerista: la baja constante del salario real, gracias a la macabra combinación del crecimiento inflacionario y el estancamiento salarial acordado con la burocracia sindical.
Pero como si esto aún no fuera suficiente, una nueva carga ha sido echada contra los trabajadores y el pueblo, en una escalada de aumentos tarifarios encabezados por la suba en los precios del transporte público (ver Viajar ya es más caro), seguida por los aumentos en impuestos a la propiedad (como sucede con el ABL porteño) y cuya continuación ya ha sido adelantada por Cristina Fernández al prometerle a las multinacionales una “readecuación tarifaria” para este comienzo de año en el resto de los servicios públicos, lo que se traducirá en fuertes aumentos en luz, gas, teléfono, etc.
En este marco, una vez más, la propaganda oficial se ha propuesto falsear la realidad, tratando de mostrar una mejora en las condiciones de vida del pueblo, por medio de la difusión de un supuesto “boom del consumo” en negocios y shoppings.
Y claro que hay algunos pocos que están de fiesta, que han ganado y a veces gastado en cifras millonarias;
pero esos no son los trabajadores, ese no es el pueblo. Hoy la clase obrera ha perdido el grueso de sus conquistas, se encuentra impedida de proyectar la compra de una casa propia (no hay que olvidar el fiasco que fueron los fallidos créditos de vivienda impulsados por el ex presidente Kirchner), y está muchas veces impedida de tomarse unos días de vacaciones por las pésimas condiciones que impone un trabajo mal pago y habitualmente en negro (condición en la que hoy se encuentran la mitad de los trabajadores). ¡Y los voceros del régimen quieren hacernos creer que estamos mejorando por haber gastado en un puñado de regalos navideños!
Si ni siquiera puede decirse que llegue a tener ahorros un pueblo que se vuelca a consumir endeudado hasta el
cuello por los créditos personales que más tarde o más temprano recaerán sobre su espalda recordándole su lamentable situación.
Para cerrar el cuadro, el ajuste ha llevado al congelamiento del gasto para los servicios sociales más elementales, como son la salud, la educación, o los planes de vivienda, con el fin de garantizar un alto superávit fiscal y pagar así una deuda externa que ya asciende a 170.000 millones de dólares, y que llevará a Cristina Fernández a pagar más de u$50.000 millones durante su gestión, lo que implica, además, el refinanciamiento de parte de la deuda a tasas aún más caras, generando de este modo más y más deuda y dependencia.
Así las cosas. Los excepcionales precios de las materias primas exportables y las también excepcionales condiciones que brinda el gobierno de Cristina Fernández para la explotación obrera (con salarios aplastados que permiten superganancias empresarias), traen grandes beneficios sólo para los capitalistas. Éstos se han embarcado en una vorágine de negocios y saqueo, en busca de ganancias millonarias en el corto plazo, sin ningún tipo de reinversión o proyecto para el país, pues nadie se arriesga a asegurar que la “estabilidad” y el “crecimiento” durarán muchos años más, sobre todo ahora que EEUU está entrando en recesión y amenaza con arrastrar con su crisis. Su máxima aspiración es poder volar con los bolsillos bien llenos cuando venga el temporal.
Pero la enorme riqueza que la burguesía, local y extranjera, está amasando en nuestro país, recae pesadamente sobre las espaldas de los trabajadores y el pueblo, que sufrimos una permanente pauperización y vemos como se empeña el país, condenándonos al atraso y a la más completa dependencia al capital extranjero. Sobre el pueblo pesan, una a una, las iniciativas de la presidenta Fernández para beneficiar al empresariado: el aumento constante de la inflación y de las tarifas de los servicios públicos, además del recorte al gasto público para servicios sociales.
Así, mientras con más despidos y desplazamientos el gobierno avanza sobre el Indec para borrar cualquier registro de la inflación real en nuestro país, las estimaciones privadas y de los organismos provinciales hablan de una inflación que ha superado ampliamente el 20% anual y que, como lo registra el instituto de estadística mendocino (que aún no ha sido intervenido), bordea el 30%.
De esta forma los empresarios que operan en Argentina se ven nuevamente beneficiados. Ya hacían enormes negocios con los antiguos precios de productos exportables y ahora sus ganancias se multiplican con el alto nivel que han alcanzado los precios internacionales de productos primarios (al igual que el petróleo que ya superó la barrera de los 100 dólares, también la soja, producto central de la exportación nacional, ha aumentado en un 50% en el último año), a lo que debe sumarse un eje central de la política económica kirchnerista: la baja constante del salario real, gracias a la macabra combinación del crecimiento inflacionario y el estancamiento salarial acordado con la burocracia sindical.
Pero como si esto aún no fuera suficiente, una nueva carga ha sido echada contra los trabajadores y el pueblo, en una escalada de aumentos tarifarios encabezados por la suba en los precios del transporte público (ver Viajar ya es más caro), seguida por los aumentos en impuestos a la propiedad (como sucede con el ABL porteño) y cuya continuación ya ha sido adelantada por Cristina Fernández al prometerle a las multinacionales una “readecuación tarifaria” para este comienzo de año en el resto de los servicios públicos, lo que se traducirá en fuertes aumentos en luz, gas, teléfono, etc.
En este marco, una vez más, la propaganda oficial se ha propuesto falsear la realidad, tratando de mostrar una mejora en las condiciones de vida del pueblo, por medio de la difusión de un supuesto “boom del consumo” en negocios y shoppings.
Y claro que hay algunos pocos que están de fiesta, que han ganado y a veces gastado en cifras millonarias;
pero esos no son los trabajadores, ese no es el pueblo. Hoy la clase obrera ha perdido el grueso de sus conquistas, se encuentra impedida de proyectar la compra de una casa propia (no hay que olvidar el fiasco que fueron los fallidos créditos de vivienda impulsados por el ex presidente Kirchner), y está muchas veces impedida de tomarse unos días de vacaciones por las pésimas condiciones que impone un trabajo mal pago y habitualmente en negro (condición en la que hoy se encuentran la mitad de los trabajadores). ¡Y los voceros del régimen quieren hacernos creer que estamos mejorando por haber gastado en un puñado de regalos navideños!
Si ni siquiera puede decirse que llegue a tener ahorros un pueblo que se vuelca a consumir endeudado hasta el
cuello por los créditos personales que más tarde o más temprano recaerán sobre su espalda recordándole su lamentable situación.
Para cerrar el cuadro, el ajuste ha llevado al congelamiento del gasto para los servicios sociales más elementales, como son la salud, la educación, o los planes de vivienda, con el fin de garantizar un alto superávit fiscal y pagar así una deuda externa que ya asciende a 170.000 millones de dólares, y que llevará a Cristina Fernández a pagar más de u$50.000 millones durante su gestión, lo que implica, además, el refinanciamiento de parte de la deuda a tasas aún más caras, generando de este modo más y más deuda y dependencia.
Así las cosas. Los excepcionales precios de las materias primas exportables y las también excepcionales condiciones que brinda el gobierno de Cristina Fernández para la explotación obrera (con salarios aplastados que permiten superganancias empresarias), traen grandes beneficios sólo para los capitalistas. Éstos se han embarcado en una vorágine de negocios y saqueo, en busca de ganancias millonarias en el corto plazo, sin ningún tipo de reinversión o proyecto para el país, pues nadie se arriesga a asegurar que la “estabilidad” y el “crecimiento” durarán muchos años más, sobre todo ahora que EEUU está entrando en recesión y amenaza con arrastrar con su crisis. Su máxima aspiración es poder volar con los bolsillos bien llenos cuando venga el temporal.