LO QUE QUEDÓ DEL “PARO” PATRONAL

El Revolucionario Nº34 (Abril de 2008)

El paro patronal, junto a los cortes de rutas y la pelea con el gobierno nacional, dejó una realidad muy oscura para la clase trabajadora. El precio de la carne, por ejemplo, ha llegado tan alto que la hace casi inaccesible. Las verduras y las frutas, también por sus precios, parecen artículos de lujo. No hay dudas, con el conflicto entre los empresarios del campo y el gobierno, los precios se dispararon directamente sobre las espaldas del pueblo y con mayor virulencia sobre la de los trabajadores.
Esta situación es parte de una realidad no menos gris. Desde la disparada inflacionaria de 2002, el aumento de precios de los productos de consumo básico ha sido constante. Como contrapartida inevitable, también ha sido constante la pérdida del poder de compra de la clase trabajadora. De este modo, el poder adquisitivo real quedó rezagado ante la creciente inflación. Mes tras mes, los sueldos alcanzan para menos. Así, se deprecian frente a los alquileres, la vestimenta, los alimentos, etc.
El gobierno miente en cada acto, en cada discurso y en toda su propaganda, cuando afirma que está librando un combate contra la inflación. Su bandera principal es el llamado control de precios que, al margen de que es una burla, no tiene ninguna incidencia real en la economía de una familia trabajadora. También dice implementar las retenciones para impedir que los precios internos se vean remolcados por los internacionales. Pero esto también es mentira pues la soja se exporta casi íntegramente y los productos elaborados con trigo o girasol, por ejemplo, experimentaron varios y fuertes aumentos. Las retenciones no son más que una medida con un claro objetivo recaudatorio para pagar la deuda y subsidiar empresas y no precisamente para redistribuir entre el pueblo .
Los principales ejes de la política económica del gobierno de los Kirchner conllevan una escalada inflacionaria que promete no detenerse.
El tipo de cambio “competitivo” que sostiene el gobierno nacional, y del que tanto se jacta en un contexto en que el dólar se deprecia en relación a las principales monedas del mundo, encarece los precios de todos los productos locales que requieren importaciones para su producción. En un país atrasado como Argentina, de todos, desde el agro hasta la rudimentaria industria que compran sus maquinarias en dólares.
Por otro lado, el elevado precio del petróleo repercute no sólo sobre los precios de los combustibles y sus derivados, sino también sobre los costos de producción y, consecuentemente, sobre los precios finales con los que los empresarios salen al mercado a vender sus productos. En un país con las vías férreas reducidas a nada, no hay más remedio que transportar las mercaderías por ruta consumiendo así grandes cantidades de combustible durante los fletes.
A todo esto se suma la especulación de los empresarios que acopian los stocks de mercaderías para venderlos a un precio más rentable generando, además, escasez de productos como se puede comprobar en el rubro de los aceites, el jugo de limón, los lácteos o las galletitas.
La naturaleza del capitalismo hace que exista una deliberada decisión de aumentar los precios por parte de las cámaras empresariales. Ante cualquier aumento, real o potencial, de los costos de producción ya sea en energía, transporte, insumos o salarios, todo empresario, grande o pequeño, lo traslada automáticamente al precio que siempre deben pagar los trabajadores, con un salario cada vez más raquítico.