El Revolucionario Nº33 (Marzo de 2008)
El desarrollo de una economía sólida y soberana ha sido y es una de las principales banderas del gobierno kirchnerista. Sin embargo, tal afirmación no resiste ningún análisis serio. El permanente pago de la deuda externa, la dependencia de los capitales extranjeros, la creciente extranjerización de la economía, demuestran que el carácter absolutamente dependiente de Argentina, no sólo persiste, sino que se profundiza día a día.
Argentina es esencialmente un país exportador de materias primas para el mercado mundial. Y así lo comprueban todas las estadísticas. Más de la mitad de las exportaciones nacionales son de productos primarios (PP) sin elaboración o con una elaboración elemental (MOA), como carnes y aceites. Bien demostrativo es comparar las cifras de los productos líderes de cada grupo: mientras la industria automotriz (líder en exportaciones de origen industrial en 2007) vendió al extranjero por 5.344 millones de dólares, la soja y sus derivados (principal exportación de origen agrario) lo hicieron por u$s13.465 millones, superando los u$s17.000 millones si se le suman el trigo y el maíz. Estas cifras son una clara demostración del rol que juega cada sector en la estructura productiva nacional.
Y la soja, figura estelar en el crecimiento argentino, viene batiendo todo tipo de récords. En 2007, según el INDEC, se vendieron u$s4.635 millones más que en 2006, debido al aumento del precio internacional, que supera los $1000 por tonelada, y al aumento de los volúmenes exportados. Claro que ningún burgués quiere quedar al margen de este negocio. Por eso, según publicó La Nación, hoy en nuestro país más de la mitad de la superficie cultivada (16,9 millones de hectáreas) es con soja. Esto tiene como agravante, además de la continuidad del atraso, que más de la mitad del suelo cultivado queda devastado a causa del monocultivo. Una verdadera demostración de dependencia; de cómo la economía argentina sigue ciegamente y sin planificación alguna el ritmo que marca el mercado mundial. Tal es lo grotesco de la situación que hasta el gobernador de los sojeros, Hermes Binner, ha hecho mención sobre lo perjudicial del avance del cultivo de soja sobre otros productos agrícolas y la ganadería.
No hay más que ver cómo, en una verdadera apología de la dependencia, los principales analistas pronostican que Argentina no se verá perjudicada por la recesión en EEUU. “La Argentina está blindada ante una crisis internacional”, dicen. Claro que este “blindaje” no se debe a méritos del gobierno. Es producto, como ellos mismos señalan orgullosos haciendo gala de su culto al atraso, de la demanda y los altos precios de las exportaciones que se mantendrán debido a los requerimientos de los países asiáticos y a la creciente utilización de aceites para la producción de biocombustibles.
Este panorama demuestra la fragilidad y la inestabilidad de la economía argentina, como siempre a la cola de otros países, dependiendo de los capitales imperialistas. Nada ha cambiado, pues. El gobierno y la burguesía se contentan con los negocios que las grandes potencias les asignan, como lo han hecho siempre, lucrando con el atraso y la dependencia nacional.
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Situación nacional, ER33, gobierno
DESPUÉS DE LA VALIJA, LOS AUTOS VIP
El Revolucionario Nº33 (Marzo de 2008)
No puede decirse que el kirchnerismo sea poco pródigo en espectaculares hechos de corrupción. A la larga lista de Skanska, las valijas de Southern Winds, la bolsa de Miceli, la fundación de Piccolotti, los FAL de Garré, los dólares de Antonini y tantos otros, se sumaron, ahora los negociados con autos de lujo, importados aprovechando las franquicias especiales para diplomáticos e inmediatamente vendidos a ricos y famosos bien argentinos, o, por ejemplo, a la esposa del funcionario de la cancillería encargado de visar los permisos.
En nada se diferencia este negociado del que se hacía en los ’90 con los autos para discapacitados, cuando nos enteramos que Susana Giménez, Ricardo Darín, Constancio Vigil y otros ricachones tenían lujosos Mercedes Benz o Nissan Pathfinders entrados al país a nombre de testaferros paralíticos, esquivando así los impuestos.
Muchos de los autos detectados ingresados a pedido de alguna embajada, que fueron vendidos a particulares sin esperar el tiempo mínimo que imponen las normas a los diplomáticos, son además marcas y modelos que ni siquiera un diplomático puede traer, porque su circulación está prohibida en Argentina. Es el caso de las carísimas camionetas Hummer, que tienen una historia interesante y ninguna utilidad práctica en la llanura pampeana, por bonitas que queden estacionadas en Cariló. Es un vehículo todo terreno que, como el Jeep, fue desarrollado para uso militar y se estrenó en la Guerra del Golfo, bajo el nombre Humvee. El paso a su uso “civil” fue de la mano de Arnold Schwartzenegger, que lo manejó en algunas de sus edificantes películas. Pronto se pusieron a la venta modelos con más lujo y confort pero con las mismas prestaciones militares, que, desde un precio básico de 60.000 dólares, pueden llegar a u$s130.000 con los accesorios, y fascinaron a la burguesía venezolana, por ejemplo, al punto que el presidente Chávez tuvo que pedirles un poco de discreción.
Aunque la corte suprema se haya lavado las manos, diciendo que no está probado que embajadores extranjeros hayan intervenido en las maniobras, queda claro que este contrabando sólo pudo hacerse con el concurso de, por lo menos, cuatro grupos de personas: los diplomáticos que pusieron el nombre para pedir el auto; los funcionarios argentinos que autorizaron cada importación y luego su prematura nacionalización; los concesionarios y los compradores. Otro excelente ejemplo de los negocios oficiales.
El desarrollo de una economía sólida y soberana ha sido y es una de las principales banderas del gobierno kirchnerista. Sin embargo, tal afirmación no resiste ningún análisis serio. El permanente pago de la deuda externa, la dependencia de los capitales extranjeros, la creciente extranjerización de la economía, demuestran que el carácter absolutamente dependiente de Argentina, no sólo persiste, sino que se profundiza día a día.
Argentina es esencialmente un país exportador de materias primas para el mercado mundial. Y así lo comprueban todas las estadísticas. Más de la mitad de las exportaciones nacionales son de productos primarios (PP) sin elaboración o con una elaboración elemental (MOA), como carnes y aceites. Bien demostrativo es comparar las cifras de los productos líderes de cada grupo: mientras la industria automotriz (líder en exportaciones de origen industrial en 2007) vendió al extranjero por 5.344 millones de dólares, la soja y sus derivados (principal exportación de origen agrario) lo hicieron por u$s13.465 millones, superando los u$s17.000 millones si se le suman el trigo y el maíz. Estas cifras son una clara demostración del rol que juega cada sector en la estructura productiva nacional.
Y la soja, figura estelar en el crecimiento argentino, viene batiendo todo tipo de récords. En 2007, según el INDEC, se vendieron u$s4.635 millones más que en 2006, debido al aumento del precio internacional, que supera los $1000 por tonelada, y al aumento de los volúmenes exportados. Claro que ningún burgués quiere quedar al margen de este negocio. Por eso, según publicó La Nación, hoy en nuestro país más de la mitad de la superficie cultivada (16,9 millones de hectáreas) es con soja. Esto tiene como agravante, además de la continuidad del atraso, que más de la mitad del suelo cultivado queda devastado a causa del monocultivo. Una verdadera demostración de dependencia; de cómo la economía argentina sigue ciegamente y sin planificación alguna el ritmo que marca el mercado mundial. Tal es lo grotesco de la situación que hasta el gobernador de los sojeros, Hermes Binner, ha hecho mención sobre lo perjudicial del avance del cultivo de soja sobre otros productos agrícolas y la ganadería.
No hay más que ver cómo, en una verdadera apología de la dependencia, los principales analistas pronostican que Argentina no se verá perjudicada por la recesión en EEUU. “La Argentina está blindada ante una crisis internacional”, dicen. Claro que este “blindaje” no se debe a méritos del gobierno. Es producto, como ellos mismos señalan orgullosos haciendo gala de su culto al atraso, de la demanda y los altos precios de las exportaciones que se mantendrán debido a los requerimientos de los países asiáticos y a la creciente utilización de aceites para la producción de biocombustibles.
Este panorama demuestra la fragilidad y la inestabilidad de la economía argentina, como siempre a la cola de otros países, dependiendo de los capitales imperialistas. Nada ha cambiado, pues. El gobierno y la burguesía se contentan con los negocios que las grandes potencias les asignan, como lo han hecho siempre, lucrando con el atraso y la dependencia nacional.
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Situación nacional, ER33, gobierno
DESPUÉS DE LA VALIJA, LOS AUTOS VIP
El Revolucionario Nº33 (Marzo de 2008)
No puede decirse que el kirchnerismo sea poco pródigo en espectaculares hechos de corrupción. A la larga lista de Skanska, las valijas de Southern Winds, la bolsa de Miceli, la fundación de Piccolotti, los FAL de Garré, los dólares de Antonini y tantos otros, se sumaron, ahora los negociados con autos de lujo, importados aprovechando las franquicias especiales para diplomáticos e inmediatamente vendidos a ricos y famosos bien argentinos, o, por ejemplo, a la esposa del funcionario de la cancillería encargado de visar los permisos.
En nada se diferencia este negociado del que se hacía en los ’90 con los autos para discapacitados, cuando nos enteramos que Susana Giménez, Ricardo Darín, Constancio Vigil y otros ricachones tenían lujosos Mercedes Benz o Nissan Pathfinders entrados al país a nombre de testaferros paralíticos, esquivando así los impuestos.
Muchos de los autos detectados ingresados a pedido de alguna embajada, que fueron vendidos a particulares sin esperar el tiempo mínimo que imponen las normas a los diplomáticos, son además marcas y modelos que ni siquiera un diplomático puede traer, porque su circulación está prohibida en Argentina. Es el caso de las carísimas camionetas Hummer, que tienen una historia interesante y ninguna utilidad práctica en la llanura pampeana, por bonitas que queden estacionadas en Cariló. Es un vehículo todo terreno que, como el Jeep, fue desarrollado para uso militar y se estrenó en la Guerra del Golfo, bajo el nombre Humvee. El paso a su uso “civil” fue de la mano de Arnold Schwartzenegger, que lo manejó en algunas de sus edificantes películas. Pronto se pusieron a la venta modelos con más lujo y confort pero con las mismas prestaciones militares, que, desde un precio básico de 60.000 dólares, pueden llegar a u$s130.000 con los accesorios, y fascinaron a la burguesía venezolana, por ejemplo, al punto que el presidente Chávez tuvo que pedirles un poco de discreción.
Aunque la corte suprema se haya lavado las manos, diciendo que no está probado que embajadores extranjeros hayan intervenido en las maniobras, queda claro que este contrabando sólo pudo hacerse con el concurso de, por lo menos, cuatro grupos de personas: los diplomáticos que pusieron el nombre para pedir el auto; los funcionarios argentinos que autorizaron cada importación y luego su prematura nacionalización; los concesionarios y los compradores. Otro excelente ejemplo de los negocios oficiales.