El Revolucionario Nº9 (Diciembre de 2005)
Cárceles clandestinas, vuelos secretos, tortura institucionalizada, espionaje y mercenarios son algunos de los recursos que utiliza la CIA para librar su “guerra santa” planetaria con la excusa del “terrorismo internacional”. Algunos de estos hechos aberrantes han trascendido recientemente, y suele creerse que son consecuencia directa del 11 de septiembre de 2001. Esa creencia sirve, como en tantas otras ocasiones, para que los reformistas de siempre desarrollen sus “tesis” de descalificación de la lucha armada, insistiendo en que todo uso de la violencia por fuera del monopolio estatal es “funcional a la represión”.
Sin embargo, acontecimientos puntuales como el ataque a las Torres Gemelas, lejos de ser la causa son sólo la excusa formal con la que se profundizan políticas preexistentes. Causó gran conmoción en los medios de todo el mundo el “descubrimiento” de que la CIA regentea cárceles secretas que alojan más de 10.000 personas sospechadas de vínculos con Al-Qaeda o similares organizaciones en países como Rumania, Bulgaria, Polonia, Hungría, Tailandia y Afganistán, entre otros, todas de corte similar a la ya conocida de Guantánamo. En estos centros clandestinos de detención no rige otra norma que la de la utilidad para EEUU, ya que al ubicarse en terceros países, pero estar administradas por los yanquis, los detenidos son sustraídos no sólo de cualquier instancia judicial ante la que pudieran eventualmente defenderse, sino que sus condiciones de detención no observan regla alguna. No tienen el mínimo plexo de garantías de los presos comunes en cárceles yanquis, donde por ejemplo la tortura está formalmente prohibida, pero tampoco son prisioneros de guerra, en cuyo caso tendrían algún amparo en las Convenciones de Ginebra. Esos presos que se hacinan en condiciones infrahumanas, padeciendo sistemática deprivación sensorial, interrogatorios que implementan desde la tortura clásica hasta la humillación de sus símbolos religiosos, no son otra cosa que detenidos desaparecidos al mejor estilo de una dictadura militar.
Pero decíamos que es deliberadamente errónea la idea de que estas prisiones clandestinas en terceros países sólo existen por culpa del fundamentalismo islámico. Existen, lisa y llanamente, porque son necesarias para la implementación de la política de dominación yanqui, y desde mucho antes que 2001.
A mediados de los noventa cuando la CIA obtuvo la aprobación de la Casa Blanca, en la época de Clinton -demócrata él, para quien no lo recuerde-, para enviar a sospechosos de terrorismo a lugares en los que pudieran ser interrogados sin molestas limitaciones legales. Fue hace más de diez años, entonces, que EEUU comenzó a crear una red de prisiones secretas, donde podía intervenir directamente en el interrogatorio de los detenidos. Egipto fue el primer país que accedió a colaborar en 1995, cuando recibió, procedente de Zagreb a un detenido por la policía croata y entregado a la CIA, que se sospecha que fue ejecutado.
También de la misma época datan las primeras iniciativas para poner al personal yanqui, sean soldados, espías, agentes de la CIA o mercenarios, a cubierto tanto del sistema penal interno de los países donde operan, como del sistema de justicia internacional, a pesar de que, convengamos, no corren mayores riesgos de ser juzgados rectamente ni por unos ni por el otro. Este modus operandi de la agencia de inteligencia comenzó a funcionar mucho antes de que llegaran a la base de Guantánamo, en enero de 2002, los primeros prisioneros capturados por las tropas de EEUU en Afganistán, y antes, por lo tanto, de que George W. Bush decidiera unilateralmente, a través de su decreto del 7 de febrero de 2002 (Patriot Act), que esos hombres, al igual que todo sospechoso de ser miembro de Al Qaeda capturado en cualquier parte del mundo, no gozaría de los derechos de los prisioneros de guerra reconocidos desde 1949.
Con la Patriot Act y otras normas similares lo que sí hizo la administración Bush fue ampliar enormemente el sistema, urdiendo una trama legal para autorizar los interrogatorios duros con los prisioneros y legitimar y redefinir la tortura, al tiempo que blindaba frente a sus propios tribunales a quienes ya gozaban de inmunidad impunidad- frente a otros países.
Vuelos secretos
Otro descubrimiento que conmocionó al mundo especialmente a Europa- fue el de los vuelos secretos de aviones fletados por la CIA que, sin registro alguno en los aeropuertos internacionales, circulan por toda Europa, Asia y Oriente Medio trasladando prisioneros que son, en realidad, víctimas de secuestro.
El diario Alemán Der Spiegel documentó que en Berlín aterrizaron, en cuatro años, 437 vuelos secretos de la CIA Entre 2002 y 2003 los aviones de dos empresas privadas al servicio de la CIA realizaron 137 y 146 vuelos, respectivamente, pasando por espacio alemán o aterrizando en algún aeropuerto, particularmente en Francfurt (oeste) y Berlín, en la base estadounidense de Ramstein (oeste).
Estos vuelos tienen una particularidad: no existen en registro alguno, ni las aeronaves ni su pasaje, mucho menos quienes son llevados contra su voluntad. Se trata de aeronaves aparentemente alquiladas a empresas que son en realidad la propia CIA camuflada.
Los vuelos secretos son la forma en que EEUU viene implementando otro de sus viejos reclamos a los “países amigos”: la legalización de los secuestros a través de lo que llaman extraordinary renditions, o “entrega extraordinaria”, que figura en todos los proyectos de ley antiterrorista bajo el eufemismo “flexibilización del procedimiento de extradición”. Tampoco es ésta una modalidad novedosa.
Fue muy significativa la reacción de los muy democráticos y progresistas gobiernos europeos frente a estos hechos comprobados. Si bien varios países, como Alemania, Polonia, Italia o Portugal iniciaron investigaciones judiciales y hasta el Consejo de Europa pretende descubrir las cárceles secretas mediante imágenes de satélite, el poder político de esas naciones toleró declaraciones públicas como las de Condoleeza Rice en su reciente gira europea. Preguntada por la prensa para que confirmara o desmintiera las versiones de cárceles y vuelos secretos con personas secuestradas, Rice dijo que instaba a los gobiernos europeos a mantenerse al margen del debate, dando a entender que las operaciones se realizaron con pleno conocimiento de "importantes gobiernos" o representantes de servicios secretos. Luego, con el argumento de que Estados Unidos respeta la soberanía de sus aliados, dijo que evitaría confirmar la existencia de cárceles secretas. Y sólo explicó que las informaciones de los servicios secretos son indispensables para evitar ataques terroristas.
Mercenario Joe
El 31 de marzo de 2004, en Faluyah, cuatro estadounidenses que circulaban en dos camionetas Mitsubishi Pajero fueron emboscados y ejecutados por la resistencia iraquí. El hecho, que desencadenó una de las ofensivas más devastadoras y sangrientas del ejército yanqui sobre la ciudad, fue difundido por los medios presentados como la inexplicable masacre de cuatro contratistas civiles abocados a las tareas de “reconstrucción iraquí” que estaban repartiendo alimentos. Pero los abnegados contratistas eran en realidad mercenarios de la empresa Blackwater, una de las Private Military Companies (PMC) que alquilan ejércitos a cualquiera que pueda pagar sus honorarios nada moderados. Tres de ellos habían pertenecido a las Special Forces de la Navy y el cuarto a la Delta Force del Ejército.
Los mercenarios o soldados de fortuna, comunes en la antigüedad, reaparecieron con la guerra del Golfo y serían ya muy numerosos en la guerra de Bosnia-Herzegovina y la guerra de Kosovo, hasta alcanzar su apogeo con las nuevas guerras de Afganistán y de Irak. En la prisión de Abu Ghraib, célebre por las imágenes de prisioneros torturados, vejados y sometidos sexualmente, actuaban a la época de la comprobación de esos hechos más de 30 combatientes civiles.
Se estima que hay un soldado privado por cada seis soldados estadounidenses. En Irak son entre 20.000 y 30.000. Cobran de 1.000 a 1.500 dólares diarios si se entrenaron en las SAS británicas, los SEAL o Delta Force norteamericanos, y sustancialmente menos si se trata de un gurka nepalí, un guerrero de las islas Fidji, un ex paramilitar colombiano, un ex miembro de la DINA chilena, de un grupo de tareas de la dictadura argentina o un ex miembro de una falange cristiana libanesa. La mayoría de las PMC están dirigidas por antiguos oficiales que aprovechan sus contactos en el Pentágono para conseguir millonarios contratos, haciendo un lobby similar al industrial armamentístico. En sus Web estas empresas ofrecen a diario puestos de trabajo para “interrogadores experimentados”, para “analistas de declaraciones hechas por prisioneros” en los idiomas más variados, para ex miembros de las fuerzas especiales de las fuerzas armadas, para instructores de policías de países aliados de EEUU e incluso para entrenar en determinadas especialidades a unidades del propio Ejército. La impunidad que les otorgan los acuerdos bilaterales de inmunidad que EEUU ha logrado firmar ya con decenas de países suele formar parte del contrato, dejándoles total libertad para “hacer lo que deben hacer” especialmente en el marco de las GBI (guerras de baja intensidad).
Torturas y eufemismos
EEUU es el reino del eufemismo. Así como al secuestro y desaparición forzada lo llaman “extraordinary rendition” o a los mercenarios “contratistas civiles”, el director de la CIA, Porter Goss, asegura que la agencia de espionaje no tortura, sino que usa "métodos originales e innovadores" para obtener información. Y explica: "Un enemigo que trabaja en una red amorfa que no tenga que preocuparse por una serie de reglas, de cadenas de mando, del Estado de Derecho o ninguna otra cosa tiene una gran ventaja frente a una organización lenta, burocrática, torpe y llena de reglamentos".
El uso de tortura en las cárceles imperialistas clandestinas no requiere comprobación alguna más allá de lo que ya se conoce. Pero no es menor resaltar que, en el marco de permanente búsqueda de legitimación de esos métodos, la CIA ha obtenido que se le permita usar sus "Técnicas de Interrogatorio Reforzadas", que contemplan por ejemplo el submarino o mojarrita, disimulado como “hacer creer al interrogado que se va a ahogar”. Frente a eso, carece de toda importancia real que el reclamo del vicepresidente Dick Cheney bien vinculado a ejércitos privados- de legalizar el uso de la tortura fuera rechazado formalmente por el Congreso.
Cárceles clandestinas, vuelos secretos, tortura institucionalizada, espionaje y mercenarios son algunos de los recursos que utiliza la CIA para librar su “guerra santa” planetaria con la excusa del “terrorismo internacional”. Algunos de estos hechos aberrantes han trascendido recientemente, y suele creerse que son consecuencia directa del 11 de septiembre de 2001. Esa creencia sirve, como en tantas otras ocasiones, para que los reformistas de siempre desarrollen sus “tesis” de descalificación de la lucha armada, insistiendo en que todo uso de la violencia por fuera del monopolio estatal es “funcional a la represión”.
Sin embargo, acontecimientos puntuales como el ataque a las Torres Gemelas, lejos de ser la causa son sólo la excusa formal con la que se profundizan políticas preexistentes. Causó gran conmoción en los medios de todo el mundo el “descubrimiento” de que la CIA regentea cárceles secretas que alojan más de 10.000 personas sospechadas de vínculos con Al-Qaeda o similares organizaciones en países como Rumania, Bulgaria, Polonia, Hungría, Tailandia y Afganistán, entre otros, todas de corte similar a la ya conocida de Guantánamo. En estos centros clandestinos de detención no rige otra norma que la de la utilidad para EEUU, ya que al ubicarse en terceros países, pero estar administradas por los yanquis, los detenidos son sustraídos no sólo de cualquier instancia judicial ante la que pudieran eventualmente defenderse, sino que sus condiciones de detención no observan regla alguna. No tienen el mínimo plexo de garantías de los presos comunes en cárceles yanquis, donde por ejemplo la tortura está formalmente prohibida, pero tampoco son prisioneros de guerra, en cuyo caso tendrían algún amparo en las Convenciones de Ginebra. Esos presos que se hacinan en condiciones infrahumanas, padeciendo sistemática deprivación sensorial, interrogatorios que implementan desde la tortura clásica hasta la humillación de sus símbolos religiosos, no son otra cosa que detenidos desaparecidos al mejor estilo de una dictadura militar.
Pero decíamos que es deliberadamente errónea la idea de que estas prisiones clandestinas en terceros países sólo existen por culpa del fundamentalismo islámico. Existen, lisa y llanamente, porque son necesarias para la implementación de la política de dominación yanqui, y desde mucho antes que 2001.
A mediados de los noventa cuando la CIA obtuvo la aprobación de la Casa Blanca, en la época de Clinton -demócrata él, para quien no lo recuerde-, para enviar a sospechosos de terrorismo a lugares en los que pudieran ser interrogados sin molestas limitaciones legales. Fue hace más de diez años, entonces, que EEUU comenzó a crear una red de prisiones secretas, donde podía intervenir directamente en el interrogatorio de los detenidos. Egipto fue el primer país que accedió a colaborar en 1995, cuando recibió, procedente de Zagreb a un detenido por la policía croata y entregado a la CIA, que se sospecha que fue ejecutado.
También de la misma época datan las primeras iniciativas para poner al personal yanqui, sean soldados, espías, agentes de la CIA o mercenarios, a cubierto tanto del sistema penal interno de los países donde operan, como del sistema de justicia internacional, a pesar de que, convengamos, no corren mayores riesgos de ser juzgados rectamente ni por unos ni por el otro. Este modus operandi de la agencia de inteligencia comenzó a funcionar mucho antes de que llegaran a la base de Guantánamo, en enero de 2002, los primeros prisioneros capturados por las tropas de EEUU en Afganistán, y antes, por lo tanto, de que George W. Bush decidiera unilateralmente, a través de su decreto del 7 de febrero de 2002 (Patriot Act), que esos hombres, al igual que todo sospechoso de ser miembro de Al Qaeda capturado en cualquier parte del mundo, no gozaría de los derechos de los prisioneros de guerra reconocidos desde 1949.
Con la Patriot Act y otras normas similares lo que sí hizo la administración Bush fue ampliar enormemente el sistema, urdiendo una trama legal para autorizar los interrogatorios duros con los prisioneros y legitimar y redefinir la tortura, al tiempo que blindaba frente a sus propios tribunales a quienes ya gozaban de inmunidad impunidad- frente a otros países.
Vuelos secretos
Otro descubrimiento que conmocionó al mundo especialmente a Europa- fue el de los vuelos secretos de aviones fletados por la CIA que, sin registro alguno en los aeropuertos internacionales, circulan por toda Europa, Asia y Oriente Medio trasladando prisioneros que son, en realidad, víctimas de secuestro.
El diario Alemán Der Spiegel documentó que en Berlín aterrizaron, en cuatro años, 437 vuelos secretos de la CIA Entre 2002 y 2003 los aviones de dos empresas privadas al servicio de la CIA realizaron 137 y 146 vuelos, respectivamente, pasando por espacio alemán o aterrizando en algún aeropuerto, particularmente en Francfurt (oeste) y Berlín, en la base estadounidense de Ramstein (oeste).
Estos vuelos tienen una particularidad: no existen en registro alguno, ni las aeronaves ni su pasaje, mucho menos quienes son llevados contra su voluntad. Se trata de aeronaves aparentemente alquiladas a empresas que son en realidad la propia CIA camuflada.
Los vuelos secretos son la forma en que EEUU viene implementando otro de sus viejos reclamos a los “países amigos”: la legalización de los secuestros a través de lo que llaman extraordinary renditions, o “entrega extraordinaria”, que figura en todos los proyectos de ley antiterrorista bajo el eufemismo “flexibilización del procedimiento de extradición”. Tampoco es ésta una modalidad novedosa.
Fue muy significativa la reacción de los muy democráticos y progresistas gobiernos europeos frente a estos hechos comprobados. Si bien varios países, como Alemania, Polonia, Italia o Portugal iniciaron investigaciones judiciales y hasta el Consejo de Europa pretende descubrir las cárceles secretas mediante imágenes de satélite, el poder político de esas naciones toleró declaraciones públicas como las de Condoleeza Rice en su reciente gira europea. Preguntada por la prensa para que confirmara o desmintiera las versiones de cárceles y vuelos secretos con personas secuestradas, Rice dijo que instaba a los gobiernos europeos a mantenerse al margen del debate, dando a entender que las operaciones se realizaron con pleno conocimiento de "importantes gobiernos" o representantes de servicios secretos. Luego, con el argumento de que Estados Unidos respeta la soberanía de sus aliados, dijo que evitaría confirmar la existencia de cárceles secretas. Y sólo explicó que las informaciones de los servicios secretos son indispensables para evitar ataques terroristas.
Mercenario Joe
El 31 de marzo de 2004, en Faluyah, cuatro estadounidenses que circulaban en dos camionetas Mitsubishi Pajero fueron emboscados y ejecutados por la resistencia iraquí. El hecho, que desencadenó una de las ofensivas más devastadoras y sangrientas del ejército yanqui sobre la ciudad, fue difundido por los medios presentados como la inexplicable masacre de cuatro contratistas civiles abocados a las tareas de “reconstrucción iraquí” que estaban repartiendo alimentos. Pero los abnegados contratistas eran en realidad mercenarios de la empresa Blackwater, una de las Private Military Companies (PMC) que alquilan ejércitos a cualquiera que pueda pagar sus honorarios nada moderados. Tres de ellos habían pertenecido a las Special Forces de la Navy y el cuarto a la Delta Force del Ejército.
Los mercenarios o soldados de fortuna, comunes en la antigüedad, reaparecieron con la guerra del Golfo y serían ya muy numerosos en la guerra de Bosnia-Herzegovina y la guerra de Kosovo, hasta alcanzar su apogeo con las nuevas guerras de Afganistán y de Irak. En la prisión de Abu Ghraib, célebre por las imágenes de prisioneros torturados, vejados y sometidos sexualmente, actuaban a la época de la comprobación de esos hechos más de 30 combatientes civiles.
Se estima que hay un soldado privado por cada seis soldados estadounidenses. En Irak son entre 20.000 y 30.000. Cobran de 1.000 a 1.500 dólares diarios si se entrenaron en las SAS británicas, los SEAL o Delta Force norteamericanos, y sustancialmente menos si se trata de un gurka nepalí, un guerrero de las islas Fidji, un ex paramilitar colombiano, un ex miembro de la DINA chilena, de un grupo de tareas de la dictadura argentina o un ex miembro de una falange cristiana libanesa. La mayoría de las PMC están dirigidas por antiguos oficiales que aprovechan sus contactos en el Pentágono para conseguir millonarios contratos, haciendo un lobby similar al industrial armamentístico. En sus Web estas empresas ofrecen a diario puestos de trabajo para “interrogadores experimentados”, para “analistas de declaraciones hechas por prisioneros” en los idiomas más variados, para ex miembros de las fuerzas especiales de las fuerzas armadas, para instructores de policías de países aliados de EEUU e incluso para entrenar en determinadas especialidades a unidades del propio Ejército. La impunidad que les otorgan los acuerdos bilaterales de inmunidad que EEUU ha logrado firmar ya con decenas de países suele formar parte del contrato, dejándoles total libertad para “hacer lo que deben hacer” especialmente en el marco de las GBI (guerras de baja intensidad).
Torturas y eufemismos
EEUU es el reino del eufemismo. Así como al secuestro y desaparición forzada lo llaman “extraordinary rendition” o a los mercenarios “contratistas civiles”, el director de la CIA, Porter Goss, asegura que la agencia de espionaje no tortura, sino que usa "métodos originales e innovadores" para obtener información. Y explica: "Un enemigo que trabaja en una red amorfa que no tenga que preocuparse por una serie de reglas, de cadenas de mando, del Estado de Derecho o ninguna otra cosa tiene una gran ventaja frente a una organización lenta, burocrática, torpe y llena de reglamentos".
El uso de tortura en las cárceles imperialistas clandestinas no requiere comprobación alguna más allá de lo que ya se conoce. Pero no es menor resaltar que, en el marco de permanente búsqueda de legitimación de esos métodos, la CIA ha obtenido que se le permita usar sus "Técnicas de Interrogatorio Reforzadas", que contemplan por ejemplo el submarino o mojarrita, disimulado como “hacer creer al interrogado que se va a ahogar”. Frente a eso, carece de toda importancia real que el reclamo del vicepresidente Dick Cheney bien vinculado a ejércitos privados- de legalizar el uso de la tortura fuera rechazado formalmente por el Congreso.