EL MAMARRACHO ELECTORAL

Todo, absolutamente todo, vale en la desenfrenada disputa por el reparto del bacalao. Unos anuncian que se postularán a cargos que nunca asumirán. Otros, renuncian a sus actuales mandatos para candidatearse a otros que no se sabe si terminarán. Una muestra cruda de la más efectiva arma de la democracia burguesa, el ritual electoral.
El Revolucionario Nº46 (Mayo de 2009)



En un patético sinceramiento del estilo peronista, el kirchnerismo anunció que sus boletas para las elecciones legislativas de junio estarán encabezadas por sus punteros, que no asumirán los cargos para los que sean elegidos. El jefe de gabinete Massa explicó que, así, gobernadores e intendentes “darán testimonio” de su adhesión. La expresión “candidatura testimonial” ingresó al léxico político para referirse a los que avisan que no asumirán el cargo para el que se proponen.
Claro que no todos estuvieron de acuerdo. Salvo el soldado Scioli, los gobernadores, en general, se negaron a poner en riesgo sus feudos apareciendo como sostenedores del devaluado kirchnerismo. Entre los intendentes, hubo de todo. Desde la vertical obediencia debida del caudillo de Ezeiza, Alejandro Granados, que declaró enseguida: “Ya soy candidato a concejal”, hasta el muy franco Hugo Curto, de Tres de Febrero, que explicó el mismo día: “Llevo cinco mandatos. Fui siempre intendente. ¿Voy a volver como concejal y renunciar? No es correcto”.
En las otras veredas del régimen calificaron la iniciativa, conocida internamente como “Operación Todos a la Cancha”, como “aberración” (Cobos), “disparate total, un grotesco” (Eduardo Duhalde) o “estafa electoral” (Giustiniani). Pero, a pesar de esos y otros alaridos en nombre de la “ética de la política”, maniobras semejantes se detectan a manos llenas en la historia argentina. En todos los tiempos, y bajo todos los colores, intendentes, gobernadores, ministros o vicepresidentes en ejercicio se han candidateado a otros cargos. Es verdaderamente secundario si renunciaron para asumir el cargo nuevo, o no. Ese detalle, intrascendente en los hechos, igual que cuando se presentan en distritos donde no nacieron y nunca vivieron, no alcanza para ocultar la identidad de situaciones, que muestra con claridad la función que cumplen los procesos electorales en la permanente búsqueda de consenso de la burguesía, usando, en estos casos, las figuras o nombres que el aparato puede asegurar que sean votados.
Así pasó con Filmus y Ginés González, ministros del gabinete nacional, “degradados” a imposible candidato a jefe de gobierno y diputado de la ciudad (que nunca asumió). Fue memorable el sainete de Rafael Bielsa, de diputado a precandidato a jefe de gobierno y luego casi embajador en Francia, y ahora posible compañero de fórmula del banquero Carlos Heller. Así lo hizo Duhalde, cuando dejó vacante la vicepresidencia nacional para competir por la gobernación bonaerense, y Macri, cuando era diputado. Lo hacen ahora Martín Sabatella, elegido intendente de Morón hace menos de un año y medio, y Gabriela Michetti, que, además, ya está avisando que en dos años vuelve a renunciar para disputar la jefatura de gobierno. Lo hace el radicalismo, al imponer a “Ricardito” Alfonsín, del que se ignora todo mérito personal, en las listas de la Coalición Cívica, a fuerza de apellido revalorizado post mortem. Ni hablar de Elisa Carrió, candidata a lo que sea, cinco minutos después de jurar que nunca más se va a presentar a nada, o de Felipe Solá, que acaba de renunciar a su banca... para volver a ocuparla desde otro rejunte electoral.
Todo vale para tener en las boletas algún nombre convocante, como lo reconoció al diario La Nación una fuente de la Casa Rosada que dijo que Kirchner “aceptará deserciones de los intendentes, pero pedirá un compromiso firme: por ejemplo, colocar a un familiar en las listas.”. Claro que hay algunos límites. Como tituló la revista Barcelona, “Néstor Kirchner negó que fuera a morirse para mejorar su posición en las encuestas”.
Los procesos electorales son presentados por sus defensores como el único escenario válido para expresar el disenso y encuadrar las protestas, extorsionando al pueblo con la aparente contradicción entre “democracia en general” y “dictadura en general”, dejando cuidadosamente de lado toda mención a qué clase gobierna. Pregonan la “paz social” con frases del tipo “si está disconforme, dígalo con su voto”, poniendo en evidencia su necesidad de obtener consenso y legitimación para garantizar la gobernabilidad y disipar la conflictividad social bajo el chantaje democrático. Como lo explicó claramente Lenin, la burguesía se esfuerza para “hallar argumentos ideológico-políticos para defender la dominación de los explotadores. Entre esos argumentos se esgrime particularmente la condenación de la dictadura y la defensa de la democracia”(1).
No se trata, entonces, de que estos precandidatos sean particularmente despreciables, ni que, con otros protagonistas más dignos, el resultado final pudiera cambiar. La democracia burguesa, y su herramienta predilecta, el rito electoral, no es otra cosa que una máquina para la opresión de la clase obrera por un puñado de capitalistas.
...
NOTAS:
1) “Tesis e informe sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado”, presentada al I Congreso de la III Internacional el 4 de marzo de 1919.