EL ATRASO Y LA DEPENDENCIA ARGENTINA

El Revolucionario Nº19 (Noviembre 2006)

Ya llevamos tres años y medio con Kirchner en el poder y se acentúa en forma creciente la dependencia de la Argentina al imperialismo. Como lo hemos mencionado ya, esta política no puede ser distinta si viene de un gobierno burgués, que fiel a su mandato de clase, no hace más que cumplir con su misión histórica y mantener al país llevando a cabo lo mejor posible el rol que el imperialismo le ha adjudicado en la economía mundial.
En el medio de esta situación se dan innumerables debates, siempre entre quienes plantean que existe una salida dentro del capitalismo, sobre los rumbos que el país debería tomar en materia económica para salir del atraso, para hacer más y mejores negocios, etc., haciendo de cuenta que podría haber un plan distinto al ya conocido papel de semicolonia administrada por una clase que se regenera en el poder desde hace doscientos años.
La burguesía argentina nace, crece y se reproduce con el desarrollo creciente del imperialismo en el mundo. Desde su comienzo como clase tiene un rol fundamental en los negocios agroexportadores, primero con Inglaterra y luego con EEUU; sus negocios se basaron en la venta de carne y cueros fundamentalmente con lo que no necesitaron en absoluto el desarrollo de la técnica ni la industria. Como explica Milcíades Peña en su libro “Industrialización y clases sociales en Argentina”:
“El crecimiento industrial que hemos presenciado en nuestro país se distingue de la industrialización capitalista o socialista. Ante todo porque la industria aumenta en la Argentina pero no modifica las viejas relaciones de propiedad. Y, además, las características estrictamente económicas del proceso son también distintas de las de la industrialización y sus efectos en nada se parecen a los efectos progresivos de ésta. Denominamos al fenómeno pseudoindustrialización, parodia o caricatura de industrialización… La pseudoindustrialización no subvierte la vieja estructura sino que se inserta en ella”. (M. Peña, “Industrialización…”; pág. 65)
El primer rasgo de pseudoindustrialización, como bien lo denomina Milcíades Peña, se da en el marco de la crisis mundial de 1929, cuando la burguesía argentina ve afectados sus negocios agropecuarios y es empujada a resolver su supervivencia. Con gran apoyo financiero de EEUU, se da origen al modelo de sustitución de importaciones. Este modelo lo que hace es crear industrias de productos primarios, reactivando el mercado interno y por lo tanto haciendo mover un poco más de dinero dentro del país. Pero al mismo tiempo profundiza la dependencia ya que la maquinaria debía importarse al no haber un desarrollo de la industria pesada y los medios de transporte necesarios para la circulación de la producción estaban en manos extranjeras, como fue el caso de los ferrocarriles, por ejemplo. Además sólo se desarrollaron técnicamente las ramas que tenían que ver con los negocios de las potencias que financiaban y hacían los negocios en el país como fueron los frigoríficos. Es justamente por esta característica que Peña llama a este proceso pseudoindustrialización, por su carácter distorsionado. “…Llevándose a cambio una suculenta tajada del trabajo nacional, el capital extranjero trajo una serie de cosas, desde frigoríficos hasta usinas eléctricas. De tal modo el capital internacional, aquí como en todos los países atrasados, estimuló el desarrollo económico del país, pero sin sacarlo de su atraso, relativo al nivel de desarrollo de las metrópolis, sino, simplemente, perpetuándolo con un nuevo aspecto.
Como resultado, el desarrollo industrial ha adquirido la forma de pseudoindustrialización, es decir, de un crecimiento de la industria fabril que se caracteriza en lo esencial por no subvertir el atraso del país.(…) Esta coexistencia del atraso con la última palabra de la técnica, de las formas más adelantadas de la empresa capitalista con la improductividad y la ineficiencia general de la economía, todo el cuadro de contrastes que caracteri­za a Argentina y a todos los países atrasados, configura lo que Trotski denominara el desarrollo combinado.
El desarrollo combinado consiste en esa peculiar evolución de los países atrasados que no liquida el atraso sino lo perpetúa, injertando en su seno islotes de adelanto técnico y económico. La pseudoindustrialización es producto del desarrollo combinado, y lo expresa, manteniendo y acentuando, sobre un nuevo plano, el atraso general de la economía. En el desarrollo combinado reside el límite infranqueable, el no absoluto que el imperialismo coloca a la industrialización de los países atrasados. No se trata principal ni únicamente de que tal o cual industria metropolitana procure impedir el surgimiento de un competidor en un país atrasado. Hay algo más universal, más fundamental, que está en la estructura misma del imperialismo y no cambia aunque el propio capital financiero internacional levante industrias y plantas siderúrgicas en los países atrasados. Se trata del carácter monopolista y parasitario del capital financiero, del capitalismo en su fase monopolista, que lo obliga a buscar una superganancia y a obtenerla en base a la explotación de los sectores atrasados de la economía mundial y por tanto, a perpetuar esos sectores atrasados como tales, manteniendo el atraso como una constante que acompaña toda la evolución económica de los países sometidos a su explotación.
De tal modo, el imperialismo impide la industrialización del país. No detiene en forma absoluta el desarrollo, sino lo estrangula con su acción económica y extraeconómica en el marco del desarrollo combinado. Una de las manifestaciones de esto lo constituye precisamente la pseudoindustrialización, que es el tras­plante o injerto en el seno de la estructura atrasada de unas cuantas industrias o fábricas. (…)
Pero no sólo el imperialismo necesita mantener el atraso del país, ciñéndolo en el cuadro del desarrollo combinado. La burguesía argentina —terratenientes e industriales— tiene sus raíces profundamente hundidas en el atraso. También ella extrae del atraso una porción de superganancia, también ella tiene interés en perpetuarlo, acentuando el desarrollo combinado del país, sin alterar la estructura existente”. (M. Peña, “Industrialización…”; págs. 68 y 69)
Este análisis de Peña acerca de la estructura económica de nuestro país fue hecho en 1964. Si lo tomamos en cuenta para estudiar la situación de la Argentina hoy se verá con claridad que no sólo tiene vigencia sino que con el correr de los años se ha visto reforzado.
El fortalecimiento del imperialismo sobre la base de la creciente explotación de los países atrasados hace cada vez más clara la imposibilidad de la industrialización en la Argentina si no es de la mano de un cambio estructural, cambiando las relaciones de propiedad, haciendo la Revolución Socialista.
Desde sus orígenes la clase dominante argentina estuvo marcada por la necesidad de producir pura y exclusivamente para el mercado mundial. Esto marcó la fisonomía de la economía argentina. Hoy mismo, al incrementarse la demanda de carne en el mercado internacional, los productores locales se lanzan a exportar a tal punto que el gobierno tuvo que intervenir para evitar el desacreditante desabastecimiento interno. Lo mismo sucede con la soja, que debido al incremento de su precio internacional, desplaza la ganadería.
La burguesía aprovecha la inflación, los bajos salarios y las leyes de flexibilización, para hacer sus negocios a muy bajo costo y con grandes márgenes de ganancia, y con ello reproduce la desocupación, el 30% de los ocupados que no llega a la canasta de pobreza y el otro 30% que no llega ni siquiera a la de indigencia.
Hay quienes pretenden oficiar de consejeros del gobierno como si fuera posible el desarrollo independiente de una semicolonia bajo la dirección de la burguesía. Es el ejemplo ya citado de Daniel Muchnik escribiendo un artículo para el diario Clarín que se titula “El buen momento debería aprovecharse para revertir la desindustrialización”. El “buen momento” al que se refiere es la inflación, la baja de los salarios, el incremento del superávit fiscal para el pago de la deuda, la entrada de capitales especulativos que “ayudan a reducir el riesgo país”. Pues es ésta la situación que crea un clima beneficioso para atraer a los capitales extranjeros “a invertir en el país”. Esto es, capitales que quieran poner su dinero en lo que la Argentina ofrece: el agronegocio y la extracción de recursos naturales.
El grupo Benetton a través de la Compañía Tierras de Sud Argentina tiene en su poder 900 mil hectáreas en la Patagonia y Buenos Aires con las cuales abastece su holding con la producción de lana. Este grupo se vio ampliamente beneficiado con la devaluación. El grupo IRSA (de origen estadounidense) posee 400 mil hectáreas distribuidas en las provincias de Buenos Aires, La Pampa, Córdoba, Santa Fe, San Luis, Salta y Chaco. A esto se suma el gran negocio de la explotación de petróleo y de las centrales hidroeléctricas.
Estas actividades que pasan a fortalecer la dependencia y el atraso de la economía del país producen, además, grandes destrozos a los recursos naturales, ya que la reinversión atenta contra el negocio que vienen a hacer en países como el nuestro.
Está bien claro que este “buen momento” no es tal para los trabajadores que siguen sufriendo la desocupación o la ocupación en condiciones infrahumanas, como en la famosas Pymes que tanto impulsa el gobierno (extensas jornadas de trabajo, bajísimo nivel de tecnificación, bajos salarios y en negro, muertes por falta de condiciones de higiene y seguridad como en los talleres “clandestinos”). Esta época de bonanzas es para los negocios de la burguesía.
Sosteniendo intacta la estructura económica de la Argentina basada en el latifundio, el modelo agroexportador y la extracción de materias primas para la exportación, Kirchner sigue ofreciendo a la burguesía su “país en serio”.