EL PARTIDO ÚNICO DE LA BURGUESÍA (YANQUI)

El Revolucionario Nº19 (Noviembre 2006)


La más peligrosa de las aberraciones de la revolución consiste en que la mecánica aritmética de la democracia suma en el día de ayer el de hoy y el de mañana, con lo cual impulsa a los desorientados demócratas formales a buscarle la cabeza a la revolución en donde en realidad no tiene más que la cola. Lenin enseñó a su partido a distinguir la cola de la cabeza.
(L. Trotsky, Historia de la Revolución Rusa.)

¿Giro a la izquierda?
El resultado favorable a los demócratas en las recientes elecciones legislativas en EEUU fue, en líneas generales, recibido como una “buena noticia” por gran parte de la izquierda. Algunos, con una mirada reduccionista, se limitaron a afirmar que la derrota republicana fue fruto de una suerte de “voto no” o “voto protesta” a la indefendible ocupación militar en Irak. Otros, más entusiastas, llegaron a sostener que el triunfo del Partido Demócrata es signo inequívoco de la profundización de la lucha de clases en el país del norte, y de la búsqueda por parte del proletariado de una alternativa de izquierda y socialista. Aunque se apresuran a aclarar que no son Hillary Clinton y su partido quienes llevarán la clase obrera al poder en EEUU, y reconocen que los demócratas, como los republicanos, son un partido "de, por y para la clase capitalista", miran esperanzados lo que interpretan como giro a la izquierda de la sociedad yanqui, celebran el alto nivel de votantes entre la juventud y las minorías, y esperan que, a medida que se desilusionen de los demócratas, la conciencia de millones de trabajadores y jóvenes girará aún más a la izquierda en los próximos años.
El alejamiento de Donald Rumsfeld de la jefatura del Pentágono, por ejemplo, sería la muestra de que, aunque los demócratas no sean “el partido de la clase obrera”, su triunfo pone en jaque la política imperialista republicana, y profundiza las contradicciones que, activismo de izquierda mediante, tornarán esos ilusionados votos progresistas en desarrollo de la herramienta política del proletariado yanqui. Estas posiciones se sustentan en la perniciosa idea de que es posible el acceso del proletariado al poder por la vía pacifica y a través de procesos electorales, por lo que todo cambio democratizante en una votación sería un paso adelante hacia la victoria final, que sobrevendrá naturalmente por la fuerza de las cosas, y, por supuesto, sin derramar una gota de sangre.
En su desesperado afán por encontrar un cariz progresista en los procesos sociales, esconden bajo la alfombra los datos de la realidad, como por ejemplo que el despido de Rumsfeld venía siendo reclamado desde antes de la votación por las grandes empresas contratistas del Pentágono, y no porque se hayan vuelto pacifistas, sino por la sucesión de errores en la guerra de Irak que no les aportó la tasa de ganancia que tenían prevista. Así lo publicó el Military Times Media Group, especializado en publicaciones y contenidos relacionados con el mundo militar. El editorial apareció simultáneamente en las revistas Army Times, Air Force Times, Navy Times y Marine Corps Times, y su párrafo central fue reproducido por el Washington Post: "La mayoría de los americanos son de la opinión de que Rumsfeld ha fracasado. (…) No importa qué partido gane el 7 de noviembre, el tiempo ha llegado, Mr. President, para hacer frente a la cruda realidad: Donald Rumsfeld se tiene que ir”.

El fracaso de Irak
Los propios sectores de la ultraderecha belicista hablan del “fracaso yanqui” en Irak, aunque casi 150.000 de sus soldados ocupen el país, y manejen un gobierno tan títere como el tribunal que condenó a Saddam Hussein, el ex niño mimado del Departamento de Estado en Medio Oriente, a morir ahorcado.
La tenaz resistencia del pueblo iraquí, que se sostiene a pesar de la enormidad del genocidio padecido, ocasionó más bajas a EEUU desde el formal cese de la guerra que durante todo su desarrollo. En los primeros 26 días de octubre, de acuerdo a cifras reconocidas por el gobierno de Bush, 96 soldados yanquis murieron en Irak. Cada mes que trascurre, la “noticia” es que la cantidad de marines ejecutados supera la anterior. El negocio de la "reconstrucción" no da las ganancias previstas, y el saqueo de petróleo iraquí es un 30% inferior que antes de la invasión. Básicamente, esta guerra y ocupación no fueron negocio, y por eso los capitanes de la industria defenestraron al estratega Rumsfeld antes del acto electoral. Los aliados europeos van dejándolos solos, porque tampoco para ellos el negocio fue lo que les prometieron.
Demócrata o republicano, el gobierno yanqui no sabe cómo retirarse de Irak de una forma más o menos elegante. Si titubean es porque están tratando de minimizar el efecto mediático del papelón, no porque tengan diferencias sustantivas sobre quedarse o irse. Tanto unos como otros apoyaron la invasión y ocupación de Irak en 2003; aprobaron juntos más de 400 mil millones en gasto de guerra para el presupuesto en curso y ya están yendo por más; sostuvieron la invasión israelí del Líbano; propusieron y aprobaron la extensión de la Ley Patriótica, que suspende las mínimas garantías democráticas y libertades personales, incluyendo el recurso de habeas corpus, y legitima la tortura.
Demócrata o republicano, el gobierno yanqui hará lo que sea para sostenerse como paradigma de la expansión capitalista, y ni unos ni otros representan la menor esperanza para el proletariado oprimido, que no avanzará en la conquista de sus derechos votándolos.

El Asno y el Elefante, más parecidos que diferentes
El Partido Demócrata se identifica con un asno de color azul. El emblema del Partido Republicano es, en cambio, un elefante rojo. Hasta ahí las diferencias esenciales entre los dos partidos que desde hace más de dos siglos se alternan para gobernar EEUU, del mismo modo que se turnan para representar los sectores más progresistas o más conservadores de la burguesía. El sistema bipartidista yanqui muestra perfectamente cómo se organiza la democracia burguesa para defender mejor sus intereses, a la vez que revela la permanente pugna entre las fracciones de la clase dominante que circunstancialmente entran en contradicción. Ambas agrupaciones provienen de un tronco común, el viejo Partido Demócrata Republicano. La división fue fruto directo del diferente desarrollo de las fuerzas de producción en el país, evidenciado a mediados del siglo XIX. El norte, con su incipiente industria, necesitaba promoverla, ampliar el mercado e incrementar la disponibilidad de trabajadores “libres” asalariados. El sur, con sus enormes plantaciones, era productor de materias primas con mano de obra esclava. Los capitalistas industriales del norte reclamaban medidas proteccionistas que los ampararan de las importaciones de bienes elaborados y exigían una serie de “mejoras federales” con inversión en obra pública, especialmente infraestructura útil al comercio como tendido de líneas férreas, caminos y telégrafos. Los grandes terratenientes del sur, además de sostener el esclavismo, pedían rebajas arancelarias para colocar mejor sus exportaciones de algodón y tabaco y se oponían a la creación de impuestos federales.
Los primeros fundaron el Partido Republicano, y los blancos del sur, en cambio, el Partido Demócrata, que en 1864 perdió las elecciones presidenciales frente al candidato republicano Abraham Lincoln. La imposición de las medidas proteccionistas impulsadas desde el norte en defensa de la industria nacional, y la decisión de abolir la esclavitud, más por razones económicas que por humanitarismo, fueron los detonantes de la secesión de los estados sureños y de la guerra civil en la que el capitalismo más desarrollado del norte salió triunfante.
Durante la guerra quedó en claro que la distinción entre ambos partidos era más formal que esencial, pues mientras los demócratas del sur lideraron el intento secesionista, sus pares norteños, adaptados al diseño económico industrial, apoyaron al gobierno republicano. En las tres o cuatro décadas posteriores EEUU tuvo casi un régimen de partido único, por obra de la proscripción política que recayó sobre los derrotados en la guerra. Mientras los demócratas se fortalecieron en el sur como el partido que representaba a los sectores más reaccionarios, incluso con vínculos con el Ku Klux Klan, se sucedieron los gobiernos republicanos, a cuyo amparo el desarrollo industrial del país avanzó a pasos agigantados, hasta asomarse al siglo XX convertido en la potencia continental dominante, y dispuesta a competir con Inglaterra por la hegemonía mundial.
La crisis económica del 30 fue percibida por las grandes mayorías como responsabilidad de los sucesivos gobiernos republicanos, de manera que fue un demócrata, Franklin Delano Roosevelt, el ganador de las primeras elecciones posteriores al Gran Crack. Obligados por la necesidad de dar una salida a la crisis, los demócratas dieron una vuelta de campana a sus ideas y adoptaron medidas para recuperar la quebrada economía con mayor intervención estatal como el control de precios, y reformas sociales para paliar el desempleo masivo. Ese giro "a la izquierda" orientado por el keynesianismo más puro, empujó a los conservadores sureños a dejar el Partido Demócrata y hacerse republicanos, mientras el fenómeno inverso ocurría al norte.
Simultánea e independientemente de qué partido gobernara, evolucionó el carácter imperialista que, a partir de la política del New Deal, y el Plan Marshall en la posguerra ubicó a EEUU como la potencia hegemónica del bloque occidental. En 1960 volverían los demócratas a la Casa Blanca, de la mano del carismático John Fitzgerald Kennedy, que a contramano de la historia de su partido (y una vez más, no por humanitario sino porque las masas afroamericanas y los sectores progresistas eran buen negocio como votantes cautivos) asumió la protección de los derechos civiles y la lucha contra la segregación racial como bandera propia, al tiempo que perfeccionaba la política intervencionista en terceros países legitimada con la tesis de la “defensa de los intereses norteamericanos” en cualquier lugar del planeta donde fueran afectados, y definía el liderazgo mundial yanqui con la autoadjudicación del rol de “guardián del mundo libre”.
Desde entonces, demócratas y republicanos se turnaron en el gobierno, según las necesidades del momento, y adoptando la defensa de los intereses principales de cada etapa. Cuando la crisis de los ochenta golpeó con inflación y desempleo al gobierno demócrata de James Carter, por ejemplo, y las necesidades de la expansión capitalista mundial reclamaban un reordenamiento que algunos llamaron “neoliberalismo”, fue Ronald Reagan, con su “revolución conservadora” el que dio otra vuelta de campana y reacomodó los postulados de su partido para adaptarlos a la exigencia del momento. Lo mismo vuelve a suceder hoy, después del ciclo demócrata de Clinton y el republicano de Bush.
De tal suerte, demócratas y republicanos expresan en forma cíclica los intereses, frecuentemente enfrentados pero nunca totalmente antagónicos, de los sectores burgueses que se turnan en representar. Si los republicanos fueron en su nacimiento expresión de lo más renovador y avanzado del desarrollo industrial y el abolicionismo, luego los demócratas los reemplazaron como voceros de la defensa de los derechos civiles y del reformismo social necesario para garantizar una explotación más eficiente. Ejemplo de lo que exponemos es la promesa ya efectuada por los demócratas triunfantes de que no reducirán los subsidios agrícolas otorgados por el gobierno republicano a sus fieles granjeros del centro del país, con lo que el resultado electoral no implicará, como creen algunos en Argentina, cambio alguno en los mercados internacionales del trigo, el maíz u otros commodities.
Leer la derrota republicana como un “giro a la izquierda” en EEUU es tan erróneo y peligroso como sostener que la derrota del kirchnerista Rovira en Misiones revela la tendencia de las masas populares a agruparse en torno a un candidato visto a favor “de los pobres” y de la “justicia social”, planteo cuyo corolario es ponerse al servicio de esa fracción burguesa más “presentable”, en lugar de luchar por la emancipación política de los trabajadores y el pueblo.