El Revolucionario Nº16 (Agosto de 2006)
Redistribución de la riqueza, necedad de pequeño-burgués.
La Cumbre de los Pueblos, que sesionó en Córdoba simultáneamente con la del MERCOSUR, fue convocada sobre similares ejes a su anterior versión marplatense del mes de noviembre, y reunió un espectro de organizaciones y personajes no muy diferente. Si la reunión en Mar del Plata evitó a toda costa constituirse en espacio de confrontación con la Cumbre de las Américas, al punto que su vocero, el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, aclaró junto al intendente Katz que no era “contracumbre” ni “contra nada”, sino “espacio alternativo de debate fraterno”, la de Córdoba, de modo mucho más expreso, fue complemento y caja de resonancia de la reunión de presidentes.
Tanto las declaraciones de sus voceros oficiales, nuevamente Pérez Esquivel; Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo LF; Beverly Keen, economista de Diálogo 2000; y Juan González, de la CTA, como las de sus organizadores abiertamente oficialistas Hebe Pastor de Bonafini y Enrique Haroldo Gorriarán Merlo, establecieron de entrada que, esta vez, ni siquiera se intentaría, como hicieron en Mar del Plata, montar un escenario que simulara otra cosa que lo que ambas Cumbres fueron: actos oficiales de propaganda del gobierno a través de sus referentes “progresistas”.
A pesar de tan clara evidencia fueron muchos los partidos y organizaciones que participaron de los debates en las comisiones. Algunos aportaron panelistas y expositores, y casi todos estuvieron en el acto de cierre, como el PC, el MST-ES, el MAS, el partido Humanista, el Partido de la Liberación, la OLP de Perdía o Quebracho. Otros, como el PO y el PTS, a pesar de haber caracterizado críticamente la Cumbre y los discursos finales de Chávez y Fidel, sin embargo también enviaron militantes a los debates y al acto, lo que sólo se explica si esperaban escuchar otra cosa. La participación de la izquierda, en uno u otro caso, sólo sirvió para mostrar con mayor contraste quiénes eran los dueños de casa: La CTA, Barrios de Pie, el Movimiento Evita, el Movimiento Octubres, la FTV. En una palabra, el kirchnerismo, a cuya convocatoria concurrió mansamente, una vez más, buena parte de la izquierda, lo que permitió a Humberto Tumini, en la nota editorial de su periódico, vanagloriarse de que uno de los triunfos de la Cumbre de los Pueblos fue “la activa participación de las organizaciones sociales en las deliberaciones”.
Al que pudiera no quedarle claro el asunto, se lo explicó el siempre dispuesto lenguaraz oficial D'Elía, quien dijo que "la izquierda paleolítica (…) pugna por generar la división entre presidentes revolucionarios y presidentes socialdemócratas (…) Estos sectores hoy no se dan cuenta que en vez de poner el eje en la velocidad y radicalización revolucionaria de los procesos nacionales, es necesario comprender la importancia de lo que sucede en la región después de 200 años". Y remató la idea diciendo: “Hay minúsculos sectores políticos que proponen falsas divisiones ante las políticas del imperio". Impecable claridad para traducir la consigna bajo la que hablaron Bonafini, Chávez y Fidel: ésa es la integración latinoamericana que defienden y que llaman antiimperialista, la integración sin “falsas divisiones”, como eso de hablar de opresores y oprimidos o de burguesía y proletariado.
Ese fue el espíritu del acto final, en el que la Presidenta de la Asociación Madres de Plaza de Mayo fue la primera oradora y arrancó alabando, no ya la Cumbre de los Pueblos, sino la reunión de presidentes, cuando dijo que “Latinoamérica se está uniendo, lo vemos todos los días, y esta cumbre del MERCOSUR nos une y nos fortalece en nuestros principios”. Sin privarse de nombrar a Tosco, Evita, Rodolfo Walsh y Santucho, sostuvo que Kirchner es un “gran presidente” que nos está sacando del infierno, por ejemplo en materia de derechos humanos, porque “que cambien los planes de estudio del Colegio Militar es salir un poco del infierno”. Claro está, como todos los defensores del gobierno, no dijo una palabra del gatillo fácil, la tortura, los muertos en las cárceles o los presos políticos, de los que su presidente ha tenido más que cualquier otro gobernante desde 1983.
Luego de convocar a todos los presentes a “tomar en nuestras manos el proyecto de este gobierno, y mejorarlo si podemos y criticarlo si está mal”, pero nunca combatirlo como lo que es, un gobierno al servicio de los poderosos, Bonafini hizo el remanido llamamiento a la unidad “para conseguir un mundo mejor, un país libre, lleno de hombres felices”. Unidad, que se entienda claro, atrás del proyecto burgués del gobierno peronista.
Cedido el micrófono al presidente venezolano, Chávez hizo lo que hace mejor: desplegar su histrionismo populista. Empezó nombrando a las organizaciones presentes, destacando por supuesto a las oficialistas, con el ya repetido “Yo soy de Barrios de Pie y de Libres del Sur”, y saludó especialmente al ministro del interior Aníbal Fernández y a su secretario de provincias, Rafael Follonier, al que calificó de “excelente amigo”. En un escalón superior, lo de “buen amigo y compañero” lo reservó para el presidente Kirchner, gracias a quien, dijo, tiene la “alegría y felicidad de ver a la Argentina de pie de nuevo”. Tampoco se olvidó de excusar la ausencia del presidente Evo Morales, ni de anunciar el partido de fútbol que jugarán ambos con Kirchner y Lula próximamente en Bolivia.
Entremezclando citas y referencias a Mao Tse Tung, el Che Guevara, Agustín Tosco y el Cordobazo, Bolívar, San Martín, Noam Chomsky, Rosa Luxemburgo, Maradona, Miguel Bonasso, Perón, Evita, Lula, Galeano y Simón Rodríguez, el venezolano insistió con su reiterado “Hemos enterrado al ALCA”, reivindicando el MERCOSUR como la herramienta económica de la liberación subcontinental, claro que sin explicar, por poner sólo un ejemplo, cómo viene a resultar antiimperialista que el MERCOSUR esté discutiendo si firma un TLC oblicuo con los yanquis a través del estado genocida de Israel. Igual que Bonafini, al tocar el tema de Medio Oriente, se limitó al genérico “Paren la Guerra”, como si estuvieran combatiendo dos adversarios equiparables, silenciando que de un lado está el imperialismo defendiendo sus intereses y su aliado regional, y del otro un pueblo oprimido que lucha por su liberación nacional.
Permanentemente dirigió guiños intimistas a sus compañeros de tribuna, Bonafini y Fidel, al que pasó luego el micrófono presentándolo como “el padre de todos”. Fidel habló tres horas, y aunque mencionó los temas más variados, desde la reforma universitaria del 18 hasta el Plan Marshall, el bloqueo a la isla, Guantánamo, la guerra en Irak y el Líbano, los vuelos secretos de la CIA en Europa, y las torturas del ejército estadounidense en las cárceles iraquíes, lo más importante es lo que no dijo. Habló largo y tendido de la batalla de las ideas, y de cómo cada país es diferente y debe buscar su propio camino, dejando en el aire su certeza de que al haber cambiado los tiempos, ya no habrá revoluciones como la cubana. Y si Chávez afirmó que el imperialismo no sobrevivirá al siglo, Fidel le retrucó que “no dura ni 50 años”. Lejos está ese determinismo de lo que el mismo Fidel Castro dijera en la II Declaración de la Habana de 1962: "Se sabe que en América y en el mundo la revolución vencerá, pero no es de revolucionarios sentarse en la puerta de su casa para ver pasar el cadáver del imperialismo. El papel de Job no cuadra con el de un revolucionario". En palabras del Che, recogidas por la misma Declaración, "el deber de todo revolucionario es hacer la revolución". O como enseñara José Carlos Mariátegui, la concepción activista de Lenin puede entenderse si se remplaza la fórmula cartesiana "pienso, luego existo" por la de "combato, luego existo", agregando que "El marxismo, donde se ha mostrado revolucionario (vale decir, donde ha sido marxismo) no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido".
Lo que no dijo Fidel es que la dispersión en el marxismo, como alertaba Lenin, y el abandono y mistificación de sus tesis fundamentales, son particularmente peligrosos para el movimiento emancipador, y a la larga, sólo favorecen a las clases opresoras (1). Lo que no dijo Fidel fue que “Las transformaciones políticas realizadas en un sentido auténticamente democrático, y tanto más las revoluciones políticas, no pueden nunca, en ningún caso, y sean cuales sean las circunstancias, eclipsar ni debilitar la consigna de la revolución socialista. Por el contrario, siempre contribuyen a acercar esta revolución, amplían su base e incorporan a la lucha socialista a nuevas capas de la pequeña burguesía y de las masas semiproletarias. Por otra parte, las revoluciones políticas son inevitables en el proceso de la revolución socialista, que no debe considerarse como un acto único, sino como una época de violentas conmociones políticas y económicas, de lucha de clases más enconada, de guerra civil, de revoluciones y contrarrevoluciones” (2).
Fidel, en cambio, en la misma línea del discurso de 2003 en la Facultad de Derecho, donde expresó su satisfacción y júbilo por el triunfo electoral de Kirchner, que calificó de “colosal golpe al neoliberalismo” y gran servicio a toda América Latina, se limitó a convocar al conjunto de los países de la región a ahorrar recursos energéticos y naturales, para así atravesar con éxito la “carrera de obstáculos” para vencer al imperialismo. De lucha de clases, guerra civil o revolución, ni una elíptica mención. Ya en aquel discurso en Buenos Aires había remarcado que muchos países, “con el uso adecuado de los recursos no tendrían ni necesidad de hacer un cambio revolucionario con relación a la economía de tipo radical como ha hecho nuestro país”, agregando que “el problema está en la distribución equitativa de la riqueza, que no necesita ni siquiera confiscar, no, en una concepción de lo posible, porque hay que pensar en lo deseable y lo posible, hay que diferenciar entre lo que se puede soñar y lo que se puede realizar ahora”.
En resumen, un acto coherente con las conclusiones del “debate” de la Cumbre, cuyo documento final, después de definir al encuentro como de “resistencia contra las políticas neoliberales imperialistas”, no anticapitalista, convoca, “en este nuevo tiempo que transita nuestra Sudamérica”, a seguir “construyendo alternativas populares a las políticas que resistimos, como aquí en Córdoba la articulación de los movimientos por el agua, la tierra y el ambiente”, aclarando que los firmantes se construyen “desde nuestra autonomía y diversidad con el objetivo de alcanzar una sociedad más justa, fraterna y digna”.
Un acto en el que, desde el principio hasta el final, una consigna central fue “Redistribución de la riqueza, ¡ya!”, olvidando que “bajo el capitalismo no puede haber otra base ni otro principio de reparto que la fuerza. El multimillonario no puede repartir con alguien la "renta nacional" de un país capitalista sino en proporción "al capital" (añadiendo, además, que el capital más considerable ha de recibir más de lo que le corresponde). El capitalismo es la propiedad privada de los medios de producción y la anarquía de la producción. Predicar una distribución "justa" de la renta sobre semejante base es proudhonismo, necedad de pequeño burgués y de filisteo” (3).
notas
(1) Vladimir Ilich Lenin, ACERCA DE ALGUNAS PARTICULARIDADES DEL DESARROLLO HISTÓRICO DEL MARXISMO, en selección de Textos de Marx, Engels y Lenin, Tres tomos, Tomo 1, Edit. de Ciencias Sociales, La Habana, 1972.
(2) y (3), Vladimir Ilich Lenin, LA CONSIGNA DE LOS ESTADOS UNIDOS DE EUROPA, en Sotsial-Demokrat, núm. 44, 23 de agosto de 1915.