LA UNIDAD (CAPITALISTA) DE AMÉRICA LATINA

El Revolucionario Nº16 (Agosto de 2006)

“La recién concluida XXX Cumbre del Mercado Común del Sur (MERCOSUR)”, escribía el periodista Ángel Guerra en el periódico mexicano La Jornada apenas finalizado el encuentro en la ciudad de Córdoba, es “el reflejo de una nueva realidad social y política gestada por la lucha de los movimientos populares contra el neoliberalismo y, en general, contra el dominio del imperialismo estadounidense en la región”. En la misma tónica se expresa Hedelberto López Blanch, en la página web rebelión.org: “La reunión marcó un hito en la independencia económica y política del bloque” (…) “resultó clave en esta ocasión la comprensión de que ante esa realidad, la integración es el único "camino de salvación, independencia, desarrollo, libertad y democracia profundas" para la región, pues no hay salida individual.” Y estas ideas son repetidas, a veces con sutileza y otras con absoluto desparpajo, por el coro de adherentes al encuentro cordobés, como sucede en nuestro país con los kirchneristas Humberto Tumini, Hebe de Bonafini y demás obsecuentes.

Pero lo cierto es que, lejos de ser una herramienta para “la independencia económica y política” que permita conquistar una “nueva realidad social y política”, el Mercosur es ni más ni menos que un acuerdo entre países absolutamente dependientes del imperialismo (con estrechos vínculos comerciales, políticos y militares con el imperialismo, puntual pago de la deuda y cumplimiento de los requisitos del FMI como el superávit fiscal), cuyas burguesías se predisponen a realizar los mejores negocios para su propio beneficio (sea con los EEUU, Europa, China… o sea también con los demás países de América Latina mediante éste u otros acuerdos), negocios que no se reflejan ni mínimamente en el mejoramiento de las condiciones de vida de los pueblos, como se puede comprobar a diario en cada uno de estos países.

De hecho el Mercosur cuenta ya con 15 años de existencia y constituye una parte importante de las economías regionales (en 2005 el volumen del comercio interregional ascendía a 21.000 millones de dólares), lo que impacta especialmente en los países de mayor peso como Brasil y Argentina. Pero, aun cuando estas burguesías autóctonas se enriquecen groseramente, la regla general para todos estos países ha sido el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores y la enorme mayoría del pueblo. Es que de lo que están hablando es lisa y llanamente de acuerdos comerciales para llevar adelante sus negocios. Ese es el plan de cada una de las burguesías de Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Venezuela, a las que sus respectivos presidentes vienen a representar, como lo es el de cualquier otra burguesía en el mundo.

Los negocios de la burguesía exportadora argentina son un claro ejemplo de ello: en la medida en que los acuerdos realizados por medio del Mercosur se cristalicen en suculentas ganancias, este sector prioriza el envío de sus productos a “su socio” Brasil (que ascienden a 6300 millones de dólares), pero con la misma lógica capitalista coloca una parte importante de su producción en EEUU (4500 millones), otra parte igual en un país latinoamericano pero ajeno al Mercosur como Chile (ferviente defensor de ALCA), y otro tanto en la pujante China (3700 millones). Es que desde el punto de vista de cada país asociado y de cada sector de sus propias burguesías, el Mercosur no es más que otro mercado para avanzar en sus negocios.

Por ello, cuando hablamos del Mercosur nos referimos a una reunión de negocios continental, capitaneada por los propios presidentes, cuya evolución está siempre condicionada por el posible acuerdo entre las distintas burguesías competidoras de América Latina (cada una de las cuales prioriza, como es su esencia, su propio negocio), lo que se patenta, las más de las veces, en grandes anuncios y raquíticas conclusiones prácticas que nada tienen para dar a la clase obrera latinoamericana.

Lo que ha sucedido en realidad, es que a esta reunión de negocios, cuyo patético trajín vivenciamos los argentinos desde su fundación, la han auspiciado ahora Fidel Castro y Hugo Chávez, rodeándola de altisonantes frases contestatarias (Chávez llegó a decir que ese era “un nuevo Cordobazo”, mostrando una vez más la enorme distancia que hay entre sus discursos y la cruda realidad). En este marco, la escandalizada prensa reaccionaria, que puso el grito en el cielo ante la presencia del líder cubano, y una trasnochada cohorte de aduladores kirchneristas, vieron una intentona “antiimperialista” donde no había más que una reunión de hombres de negocios.

Un derrame continental

Por lo general casi todos aquellos que proponen la unidad de los estados de América Latina como un camino de solución a los flagelos de los sectores oprimidos, adscriben más o menos concientemente a un clásico de la económica capitalista: la teoría del derrame; que quieren elevar ahora a escala continental.

Los economistas burgueses y sus apologetas han acuñado este concepto para justificar su propio enriquecimiento y la necesidad de la explotación. Sostienen que el “crecimiento”, que el “desarrollo” de la economía nacional (industria, agricultura, servicios, etc.) implica siempre y naturalmente un traslado de recursos hacia los sectores más empobrecidos. Así, en nombre del bienestar de “toda la nación” llaman a impulsar y cuidar las inversiones de los grandes capitalistas, reclamando “estabilidad” y “seguridad jurídica” para sus negocios (léase: bajos salarios, altos índices de accidentes laborales, extensas jornadas de trabajo, etc.).

Pero lo más notable es que esta idea, que el progresismo pretende achacarle exclusivamente al “neoliberalismo”, tiene su correlato “progre” en las expectativas sobre una “redistribución” de la riqueza nacional como lo reclaman no sólo algunos miembros de la izquierda reformista, sino incluso la pata izquierda del propio gobierno kirchnerista (Barrios de Pie, miembros de la CTA, etc.). Esperan que el estado burgués se haga cargo de esa tarea.

Sin embargo, esta propuesta, además de ser humillante (pues llama al pueblo a contentarse con las migajas que “deberían derramarse” del festín capitalista) es absolutamente mentirosa. El actual “crecimiento económico” argentino demuestra, como tantos otros casos, que por más que desborden los bolsillos de capitalistas, banqueros y terratenientes locales, la enorme mayoría de los trabajadores argentinos siguen sumergidos en la pobreza y sufriendo la explotación.

En el caso del Mercosur, los distintos gobiernos burgueses no hacen más que enarbolar este falso razonamiento (¡tantas veces tildado de “neoliberal” por ellos mismos!) prometiéndole bienestar a sus pueblos allí donde sólo hay beneficios capitalistas: ningún cambio estructural, ningún avance frente a las clases dominantes… nada de eso, sólo la sumatoria de varios países capitalistas que alcanzaría, según prometen, para mejorar las condiciones de vida de los explotados y oprimidos latinoamericanos. Estamos una vez más ante el mismo engaño: nos auguran un futuro prominente basado no ya en el derrame particular de cada uno de los países sino en un “gran derrame” continental que será fruto de la suma de los negocios de todas las burguesías de América Latina… ¡nos llaman a sumar todas las migajas! Da vergüenza responder semejante grosería. Tal vez sea bueno recordar a Milcíades Peña: “La unión de veinte países capitalistas atrasados haría simplemente un país atrasado de dimensión continental”.

Porque, aunque los defensores del Mercosur prefieran olvidarlo, es bueno recordar que vivimos en países dependientes y atrasados, que no han desarrollado la gran industria, que siguen siendo esencialmente productores de materias primas para el mercado mundial, dependientes en absoluto de la producción extranjera, dominados económica, políticamente y militarmente por el imperialismo. Y es bueno recordar además que estamos inmersos en un sistema caótico, incapaz de la planificación, en el que los capitalistas montan sus negocios allí donde y cuando les es redituable y los sacan cuando ya no lo es, sin que tengan el más mínimo “proyecto nacional” ni mucho menos “continental” para un supuesto bienestar general.

Es curioso como logra volar la imaginación en las mentes abstractas de los mercosurianos… sólo ver el pleito que significa para Brasil y Argentina acordar las cuotas de importación/exportación de electrodomésticos (cuando no de simples chancletas), muestra lo lejos que está de ambos países (y sus burguesías) el perfilarse mancomunadamente en un proyecto integrador para el bienestar de todo el continente.

Bien lo dice Peña en su “Industria, Burguesía Industrial y Liberación Nacional”: “No es "la unidad nacional de nuestros pueblos" por sí sola la que enterrará el atraso y la opresión imperialista, sino la unidad latinoamericana más la planificación socialista de la economía, producto de esa revolución permanente sin la cual no es viable la unidad de América Latina. Cuando el sembrador de confusiones afirma frívolamente que "la unidad nacional de América Latina", por sí misma y con abstracción de su contenido social traerá la emancipación y la superación del atraso, desempeña dos funciones políticas bien definidas: primero, ocultar el carácter necesariamente socialista de las bases sobre las cuales se asentará la unidad de América Latina, despertando y fomentando así la ilusión fatal de que esa unidad es posible y probable como unidad de naciones capitalistas; segundo, ocultar que la unidad de América Latina, admitiendo por un instante que fuera posible sobre bases capitalistas, resultaría en sí misma incapaz de superar el atraso del continente, pues esta superación requiere la planificación socialista de la economía, condición sine qua non para elevar el rendimiento del trabajo.”

Trampas

Por supuesto, la burguesía, sus aliados y representantes tiran sus trampas, una tras otra, en el camino de la emancipación de nuestra clase. La defensa del Mercosur, el llamamiento a la “liberación” por la vía de la “unidad (capitalista) de América Latina” (proyecto que es defendido hasta “teóricamente” por estafadores como H. Tumini o H. Dietrich) no hace más que confundir a los trabajadores y desviarlos de sus tareas revolucionarias. La difusión de los problemas de clase en un gran problema nacional (tanto de trabajadores como de burgueses) ha sido el arma más afilada que han utilizado los capitalistas y sus partidos para contener la lucha de la clase obrera por el poder.

Sobre esto dice Peña: “al describir la autodeterminación sin distinguir niveles, como sólo realizable mediante la unidad de América Latina, y para colmo mediante una "unidad" enunciada en abstracto, sin especificar su necesario contenido socialista, el crítico de Fichas [en nuestro caso la enorme lista de mercosureanos] cumple, acabadamente su propósito de sembrar una masa inextrincable de confusión acerca de las etapas, del ritmo y del eslabonamiento de las tareas capaces de conducir a la emancipación nacional latinoamericana.”

El Mercosur y su “cumbre de los pueblos” son nuevas trampas de una burguesía que pretende enriquecerse, comerciando con sus vecinas y negociando en mejores condiciones con el imperialismo. “Exaltar apologéticamente a la burguesía criolla y persuadir al proletariado de que debe marchar tras la política burguesa dice Peña-. Tal es el fin político práctico que persigue el crítico de Fichas al hablar de autodeterminación nacional y de unidad de América Latina en general, como si esa unidad y esa autodeterminación fueran factibles sobre otras bases que la unidad de estados obreros y socialistas” El futuro de América Latina está inevitablemente en la revolución socialista.