CONSTRUYENDO EL PARTIDO DE LA REVOLUCIÓN

Revista El Revolucionario Nº1 (Noviembre de 2008)

Solamente el Marxismo brinda todas las herramientas necesarias para conducir a la clase obrera por la única senda victoriosa posible: la revolución socialista. Es decir, la toma del poder y la instauración de un gobierno de los trabajadores.
Marx y Engels desarrollaron el estudio de las relaciones sociales que derivan del modo de producción capitalista, hasta desentrañar por completo el mecanismo de la esclavitud asalariada. Asimismo, han expuesto de manera integral cómo y por qué los intereses objetivos de las dos clases en pugna, burguesía y proletariado, son irreconciliables.
Así, estudiando rigurosamente y participando activamente las experiencias históricas, las guerras y revoluciones, el marxismo demuestra cómo el único camino posible para resolver de una vez la explotación del hombre por el hombre es, ni más ni menos, que el combate a muerte contra la burguesía y, por ende, contra toda la superestructura política, ideológica, jurídica y militar que se erige sobre la estructura social.
Jamás en la historia hubo clase social que haya entregado el poder sin oponer la más despiadada resistencia a su enemigo. Para ello, y para garantizar la supervivencia de su régimen en las mejores condiciones posibles, las clases dominantes, la burguesía en la sociedad capitalista, se han valido del estado, que no es más que la maquinaria en la que centralizan las fuerzas de su dominación. A lo largo de la historia, y según el modo de producción imperante, las clases dominantes, a través del estado, han adoptado distintas formas de gobiernos hasta llegar a su forma más acabada: la democracia burguesa. Así lo ilustraba Trotsky, siguiendo a Marx, en “A 90 años del manifiesto del Partido Comunista”: “´El gobierno del estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa´. Esta fórmula sucinta, que los dirigentes de la socialdemocracia consideraron como una paradoja periodística, de hecho contiene la única teoría científica del estado. La democracia creada por la burguesía no es, como lo creyeron Bernstein y Kautsky, una bolsa vacía que puede ser llenada sin problemas con cualquier tipo de contenido de clase. La democracia burguesa sólo puede servir a la burguesía. Un gobierno del “Frente Popular”, esté dirigido por Blum o Chautemps, Caballero o Negrín, no es sino “una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa”. Cuando este “comité” maneja mal las cosas, la burguesía lo echa a patadas.” Hoy, tranquilamente, podríamos reemplazar las figuras de Blum o Negrín por las de Chávez, Morales, Ortega o Kirchner y esta sentencia bien podría haber sido escrita ayer.
La democracia, por tanto, es defendida a ultranza por los capitalistas y psotulada como la forma de gobierno más justa para el conjunto de la sociedad, pretendiendo convencer, de este modo, a los explotados y oprimidos de que sólo mediante su sostenimiento y profundización es viable resolver sus penurias o realizar sus postergaciones. En Argentina, Raúl Alfonsín popularizó esta idea: “Con la democracia se come, se cura y se educa”, decía el ex presidente. Pero la democracia, democracia burguesa precisamente, no es otra cosa que la dictadura de esa clase sobre los trabajadores. Forma de gobierno que se sostiene mediante la “paz social”, es decir el orden necesario para llevar a cabo la explotación.
Según difunden los voceros de la burguesía, la democracia estaría por encima de los intereses de clase, sería neutral, y el estado sería un árbitro de los conflictos sociales. Pero no. Explica Lenin en sus “Tesis de Abril” que “Ese planteamiento de la cuestión al margen de las clases o por encima de ellas, ese planteamiento de la cuestión desde el punto de vista (como dicen falsamente) de todo el pueblo, es una descarada mofa de la teoría principal del socialismo, a saber, de la teoría de la lucha de clases, que los socialistas que se han pasado al lado de la burguesía reconocen de palabra y olvidan en la práctica. Porque en ningún país capitalista civilizado existe la "democracia en general", pues lo que existe en ellos es únicamente la democracia burguesa, y de lo que se trata no es de la "democracia en general", sino de la dictadura de la clase es decir, del proletariado, sobre los opresores y los explotadores, es decir, sobre la burguesía, con el fin de vencer la resistencia que los explotadores oponen en la lucha por su dominación”.
Esta “democracia” se vale incluso de un amplio margen de maniobra, como se demuestra constantemente, según cómo, cuándo y dónde se suceda; y según qué fracción de la burguesía la dirija.
La democracia del gobierno de Uribe Vélez en Colombia, por ejemplo, mantiene una vinculación abiertamente expuesta con el imperialismo norteamericano, no sólo en cuanto a su dependencia económica y, por ende, política, sino, fundamentalmente, en lo que respecta a la intervención militar para combatir la existencia de las FARC-EP, organización que lucha contra el estado colombiano desde hace casi medio siglo. Es la democracia que calza la bota militar.
En cambio, la democracia de Hugo Chávez brinda más concesiones, declama oposición a las injerencias estadounidenses, se reclama “socialista” y ofrece variadas formas de participación popular y democrática, pero sin alterar el orden capitalista.
Ambos presidentes, que gustan mostrarse enfrentados, coinciden en lo fundamental del capitalismo: la defensa de la propiedad privada sobre los medios de producción y la explotación de la clase obrera. Por eso, no dejan de representar a la democracia capitalista, son gobiernos de la burguesía.
Hoy, en América Latina los distintos gobiernos burgueses sostienen y profundizan el régimen de explotación capitalista. Sostienen el atraso y la dependencia mediante su vínculo inevitable con el imperialismo, a la vez que vociferan ser dirigentes de un proceso de independencia y prometen un, cada vez más lejano, futuro mejor para el pueblo trabajador. Algunos con un pasado más o menos vinculado a la lucha social, otros burgueses desde siempre y algunos siervos de sus burguesías cumpliendo tareas en las fuerzas armadas, se vinculan mediante las direcciones de estados capitalistas con el único objetivo común de garantizar la dominación de la clase a la que representan y pertenecen y, además, desarrollar sus negocios.
Muchos de estos gobiernos han logrado encolumnar tras de sí a importantes sectores populares y se han ganado el apoyo de quienes, al contrario de lo señalado por el Che, pretenden “lograr la libertad sin combatir”.
Es la clase obrera, la gran mayoría de la población, quien puede emancipar a toda la sociedad del yugo de los capitalistas. Mientras esto no suceda, en el mejor de los casos el trabajador puede conseguir un mejor o peor pasar según el momento y el lugar en que le toque vivir. Podrá gozar de mayores o menores comodidades cuanto mejor pueda vender su fuerza de trabajo, pero siempre estará privado de la mayoría de los beneficios que el conjunto de su clase produce y le son expropiados.
Se nos impone modificar esta situación y, para ello, es necesario derrotar a la clase dominante para comenzar a dar vuelta toda esta organización social, en la que pocos viven con mucho y muchos viven con poco o nada.
Pretender que la burguesía cambie la sociedad en detrimento propio es pretender que se autodestruya, es negar la historia. La reacción que esta clase ha desempeñado históricamente ante cada avance revolucionario, ya sea en Rusia, Cuba, China, Vietnam..., da cuenta de lo expuesto. Y a su vez, los ejemplos dados demuestran que la burguesía puede ser derrotada. Para ello, la clase trabajadora cuenta sólo con sus propias fuerzas, que no son pocas.
La Revolución Socialista, siguiendo las tradiciones del marxismo revolucionario, es el único norte estratégico de la clase obrera. Fuera de este planteo, sólo es posible oscilar entre reformas transitorias, es decir, probar, siempre, un nuevo maquillaje capitalista.

Hoy, las posiciones revolucionarias se mantienen vivas en la continuidad del marxismo revolucionario, cuyo máximo exponente es el bolchevismo. El carácter socialista e internacional de la revolución, dos de los más importantes principios revolucionarios que prostituyó el stalinismo, se encuentra materializado en la Oposición de Izquierda, dirigida por León Trotsky, y en la acción de Ernesto Che Guevara. Ambas figuras revolucionarias combatieron en la primera línea para garantizar el triunfo revolucionario. Guevara, como comandante del Ejército Rebelde que derrocó la dictadura de Batista; Trotsky, al frente del Ejército Rojo que aplastó la contrarrevolución en la URSS.
Ambos revolucionarios fueron incansables promotores de la revolución mundial. Combatieron, así, no sólo al capitalismo en cada rincón del mundo, sino, también, a la política stalinista del “socialismo en un solo país”, que se vio coronada con la “coexistencia pacífica” y la disolución de la Internacional Comunista. Esta política desembocó en un durísimo revés para la revolución mundial: la restauración capitalista en los países del campo socialista.
Es que la revolución, por su contenido, es internacional. Trotsky realizó denodados esfuerzos por mantener vigente la internacional, el necesario partido mundial de la clase obrera, llegando a lograr la fundación de la IV Internacional, en contraposición a la degenerada Internacional Comunista de Stalin y a la socialdemócrata II Intenacional. Guevara, por su parte, no dudó en entregar su vida por la extensión de la revolución, luego del triunfo en Cuba y fue un firme impulsor y miembro de la Tricontinental.
El marxismo revolucionario reafirma la necesidad de la edificación del estado obrero, mediante la revolución socialista. A un lado quedan todas las propuestas de “frente popular” y “revolución por etapas”, es decir, las distintas reformulaciones de la negación de la revolución obrera, a través de la alianza con algún sector de la burguesía nacional.
Con estas banderas, el stalinismo ahogó en sangre procesos revolucionarios, entregó a miles de comunistas a las garras de la burguesía, en una palabra, se erigió como la corriente contrarrevolucionaria en el mundo entero. Para justificar la alianza de clases, Stalin, polemizando con Trotsky, decía, en agosto de 1927, que “La revolución en los países imperialistas es una cosa: aquí la burguesía es contrarrevolucionaria en todas las fases de la revolución. La revolución en los países coloniales y sometidos es otra cosa. Aquí la burguesía nacional, en una cierta fase y por cierto tiempo puede sostener el movimiento revolucionario.” Con posiciones de esta naturaleza comenzaba el proceso que llegaría a la política del “frente popular”.
Sin embargo, la postura revolucionaria es diametralmente opuesta. La burguesía nacional, por más progresista que se muestre, nunca dejará de ser socia menor del imperialismo, nunca cederá sus privilegios de clase, nunca dejará de ser enemiga de la clase obrera. Pretender lo contrario, sólo es posible si se renuncia, abierta o solapadamente, al marxismo, que explica, con claridad y sin ambigüedades, que la sociedad está dividida “...en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases, que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado”. Así de claros son Marx y Engels en el “Manifiesto del Partido Comunista”.
Contra la tesis stalinista, oponemos y suscribimos a cada una de las palabras de Milcíades Peña: “Cuanto más crece su riqueza, más la burguesía nacional se vincula al imperialismo y más se desnacionaliza. Las Tesis sobre la cuestión de Oriente del Tercer Congreso de la III Internacional señalaban que ´El enérgico desenvolvimiento del capitalismo en Oriente, particularmente en la India y China, ha creado nuevas bases para la lucha revolucionaria. La burguesía de estos países ha ajustado todavía más estrechamente sus ligazones con el capital extranjero, y de tal modo se ha convertido en su principal instrumento de dominación´. Desde entonces, no solo en Oriente, sino también en América Latina, esas palabras son más correctas que nunca. En todas partes el desarrollo industrial hace que la burguesía nacional se ligue ´todavía más estrechamente con el capital financiero´”.
León Trotsky fue un férreo defensor de la independencia de la clase obrera. Fue quien claramente formuló y llevó adelante la consigna de la “dictadura del proletariado”, entendiendo por ello, un gobierno obrero que no deje lugar a la contraofensiva de los capitalistas.
Guevara, por su parte, sintetizaba esta posición en “Crear dos, tres... muchos Vietnam es la consigna”: “…las burguesías autóctonas han perdido toda su capacidad de oposición al imperialismo (si alguna vez la tuvieron) y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer: Revolución Socialista o caricatura de revolución.”
Hoy, estas palabras mantienen toda su vigencia.

La tarea de todo revolucionario es hacer la revolución, decía el Che. Pues bien, esa es la parte que nos toca.
La derrota que sufrió el movimiento revolucionario en los años ´70 representó, sin dudas, un brutal revés para la clase obrera. Al exterminio físico de organizaciones y combatientes, se sumó un sinnúmero de revisionistas que sacaron conclusiones que marchan en el sentido contrario de la revolución.
Explica Trotsky, en “Bolchevismo y stalinismo”, que “Las grandes derrotas políticas, provocan inevitablemente una revisión de valores. (...) El pensamiento de los rutinarios, de los centristas y de los diletantes, atemorizado por las derrotas, tiende a derrocar la autoridad de la tradición revolucionaria y vuelve al pasado con el pretexto de buscar una ´nueva verdad´”. Argentina, por supuesto, tampoco escapó a esta realidad. Rápidamente se reeditaron postulados ajenos al marxismo revolucionario como el “movimiento” en reemplazo del “partido”, la “construcción del poder popular” o “la construcción del socialismo desde abajo” contra la “toma del poder”, el “sujeto-pueblo” en lugar del “proletariado” como clase revolucionaria.
Dichas revisiones responden a la lógica de rechazar todos los grandes aciertos de los revolucionarios en entonces: como el partido fue derrotado, no hay que armar más partidos; como la lucha armada no se impuso, hay que negarla y probar otras vías; como el proletariado no hizo la revolución, hay que encontrar otro sujeto revolucionario; como no se pudo tomar el poder, ni edificar el socialismo, hay que aportar a la democracia.
Sobre la derrota del movimiento revolucionario se erigió la socialdemocracia, con todas sus corrientes internas, como el morenismo y el stalinismo. Las propuestas hacia los trabajadores, en última instancia, se reducen a la participación electoral con todas sus variables, que, encima, van de un fracaso tras otro. Ningún paso efectivo hacia un cambio total.
En medio de una nueva oleada revisionista, reafirmamos, siempre desde el marxismo, que sin organización revolucionaria, no hay revolución posible. Profundizar los aciertos del partido que llevó a su punto más alto la lucha revolucionaria en nuestro país, el PRT, es la obligación del momento. Hay que seguir avanzar, pacientemente, siempre hacia adelante.
Por eso, desde nuestra organización estamos abocados, de lleno, a la tarea más importante de la hora: construir el partido revolucionario en Argentina.