CINCO AÑOS DE GOBIERNO KIRCHNERISTA

El Revolucionario Nº36 (Junio de 2008)

Hace cinco años, el gobierno de Néstor Kirchner vino a recomponer la legitimidad perdida por el gobierno y sus instituciones tras largos años de saqueo ininterrumpido y de ajuste contra el pueblo. Cumplía así con el reclamo de empresarios, banqueros, estancieros y demás explotadores cuya preocupación central era sostener y aumentar la cuota de sus ganancias a costa de nuestro pueblo trabajador.

El 20 de diciembre de 2001, tras largas horas de combate callejero contra la represión estatal, la movilización popular derribó al gobierno de la “Alianza” (compuesto por el radicalismo, grupos peronistas y sectores que se consideran “progresistas”). Junto a De la Rua rodó la cabeza del “superministro” Cavallo, aquel que pasando de gobierno en gobierno supo sintetizar la política común de peronistas y radicales: cumplir con el pago de la deuda externa a cómo dé lugar, profundizando la entrega y la sumisión frente a EEUU y sosteniendo un ajuste creciente contra los trabajadores y el pueblo.
Como es habitual, los entregadores de turno justificaban su accionar con el voto popular (omitiendo, por supuesto, que con las elecciones el pueblo siempre se había visto obligado a “optar” entre distintos grupos proimperialistas) y, en su nombre, liquidaban las pocas empresas estatales, defendían a los patrones y sus ganancias, ajustaban el ingreso de los trabajadores, empujaban a miles a la pobreza y la desocupación, reprimían a quienes se oponían a tanta impudicia y, para colmo de males, se burlaban del pueblo exhibiendo en su cara cómo se enriquecían de un día para el otro.
De esta forma, tras el 20 de diciembre, el descrédito de las instituciones democráticas era tal que gran parte del país ya no participaba en las elecciones y los políticos del régimen se veían obligados a cambiar de nombre sus etiquetas, buscando salvar su imagen en medio de una critica generalizad a sus partidos. La burguesía buscaba salir cuanto antes de una crisis política que retrasaba la reorganización de la explotación y el repunte de sus negocios, pero para ello necesitaba un nuevo fusible, aún sin quemar, que en su imagen se mostrara distinto a los partidos tradicionales y el abierto entreguismo y despilfarro reinante.

El discurso
Néstor Kirchner fue presentado por Duhalde como su apadrinado para seguirlo en el poder. A pesar de ser una figura aún poco conocida para el gran público, Kirchner era entonces un ya antiguo miembro del PJ, con larga trayectoria en el peronismo sureño, que supo hacer negocios en la época de la dictadura y fue fiel seguidor de cada etapa peronista.
El antiguo menemista y duhaldista, se rodeó de otros muchos menemistas y duhaldistas (como su mano derecha Fernández, el ex ministro Lavagna, o el propio Duhalde que presidió el Mercosur, entre otros.), además de un buen número de “aliancistas” (como Chacho Álvarez o Nilda Garré) pero negó súbitamente su origen y trayectoria y acusó alternativamente de todos los males del país a la Alianza de De la Rua y a sus compañeros de partido Menem y Duhalde. La farsa fue tan grande que aquel antiguo amigo de la “concertación” con los militares se forjó una falsa fama de “ex montonero”, gracias a la participación y apoyo a su gobierno de antiguos hombres de esa corriente como Bielsa, Bonaso, Vertbisky y otros.
En su discurso surgió entonces el engaño de la transversalidad, mediante el cual simulaba haber abandonado la estructura del PJ y su tradición antiobrera, para dar lugar a la participación popular. Por este mecanismo consiguió cooptar a diferentes sectores sociales, por lo general ya afines al peronismo o a las instituciones del estado, aunque logrando un giro importante en otras, como la Asociación de Madres de Plaza de Mayo. Así, organizaciones sociales y políticas, grupos piqueteros y de DDHH, como Madres, Abuelas e Hijos, se incorporaron de lleno a la política gubernamental y todos ellos fueron premiados con recursos económicos y/o cargos políticos remunerados.
Al defender los intereses de los grandes capitalistas, el kirchnerismo no hubiera podido nunca plantear un proyecto de cambios estructurales para el bienestar del pueblo, pero sí podía llevar adelante una larga lista de “gestos” que le ayudaran a pintar de un tinte progresista un gobierno cuyos planes eran abiertamente afines a los intereses del empresariado y el imperialismo.
Así, el gobierno llevó adelante gestos tan irrisorios como el descuelgue de cuadros de militares de la dictadura, o la transformación de antiguos centros de tortura en museos y centros culturales, como en la ESMA, que fueron acompañados por algunos juicios a gerontes del 76. Del mismo modo, en su discurso orientado hacia el progresismo el kirchnerismo se mostró reacio con el FMI, amigo de Chávez y tolerante con Cuba (aunque es bueno recordar que ni siquiera cumplió el prometido “gesto” de viajar a la isla, y por el contrario se limitó a hacer gestiones por la madre de la gusana, Hilda Molina).

Una política antipopular
Sin embargo, por debajo de tanto disimulo, el gobierno kirchnerista se mantuvo fiel a la línea trazada por sus antecesores. Su famoso latiguillo “no pagaremos la deuda con el hambre del pueblo” muestra un saldo trágico cuando la mitad del país está sumergido en la pobreza y en su lugar se ha venido pagando la deuda en forma sistemática todos los años (en aquel momento se desembolsaron 10.000 millones de dólares de una sola vez), sin que por ello el endeudamiento se haya reducido (hoy se deben cerca de 180.000 millones de dólares que el gobierno piensa seguir pagando).
Las condiciones de vida y trabajo son inhumanas. La flexibilización, consolidada en el menemismo, sigue siendo la base para una explotación a la medida de los empresarios, negando todo derecho a los trabajadores, y el nivel de los ingresos de los asalariados cae permanentemente gracias al aumento inflacionario y la complicidad de la burocracia sindical que pacta aumentos siempre menores a la inflación real.
Por si fuera poco, mientras el kirchnerismo mentía hablando de una supuesta “industrialización”, la dependencia frente al gran capital transnacional se ha vuelto más alevosa que nunca: no sólo porque ha sido en esta etapa que se ha llegado al tope de la extranjerización de la economía, poniendo en manos extranjeras la mayoría de las empresas de importancia, sino además porque la economía está volcada de lleno a la elemental producción agrícola y se orienta en el camino de la monoprocucción sojera, alejándose por completo de cualquier intento de desarrollo nacional.
Irónicamente, el gobierno que se ha querido mostrar como defensor de los derechos humanos, sostiene esa política de sumisión al imperialismo y ajuste permanente a los trabajadores a través de una represión sistemática que golpea diariamente en los sectores más humildes por medio de la tortura, el gatillo fácil y demás recursos de las fuerzas de seguridad, y que ataca a los sectores organizados con la represión encubierta con patotas y grupos parapoliciales, o abierta, causando muertos en movilizaciones, como Fuentealba o Cuellar, y llevando tantos presos políticos a sus cárceles que supera a todos sus antecesores gobiernos democráticos.
Ni siquiera la supuesta austeridad con la que se llenaba la boca el kirchnerismo en sus primeros momentos ha congeniado con la realidad, pues el despilfarro menemista de la pizza con champagne o delarruista del grupo sushi, poco tiene que envidiarle a una presidenta que hoy gasta millonadas en suites francesas, comidas majestuosas, viajes, ropa, carteras, relojes... y cuyo gobierno ha realizado espectaculares negociados, como Skanka, la bolsa de Miceli, la valija de Antonini Wilson, que prometen ser poco frente a la millonaria fiesta que se está preparando con el tren bala.
Así pues, los Kirchner vinieron a recomponer la estabilidad y prosperidad de una clase a la que representan y de la que además forman parte. Gracias a ello hoy el empresariado rural, los comerciantes y sus socios en el estado se enriquecen enormemente aprovechando los altos precios de los productos agrícolas, y el capital extranjero se aprovecha también en forma extraordinaria de las condiciones para el saqueo. La reorganización de la CGT y del PJ son los garantes de esta devastación que sostiene la burguesía a costa de mantener en una situación cada vez más denigrante al pueblo trabajador.