Los talleres clandestinos no son ni más ni menos que “la industria textil en la Argentina ”.
El Revolucionario Nº21 (Enero de 2007)
Al mejor estilo peronista, Telerman se adelantó rápidamente a denunciar, antes que estallara el escándalo en época electoral, la innumerable cantidad de talleres textiles clandestinos que funcionan dentro de la Ciudad de Buenos Aires. Esta vez, el tema fue la inspección de un taller “clandestino” que trabajaba para la firma Cheeky S.A. de ropa para bebés, en el que se mantenía a los trabajadores en pésimas condiciones laborales.
Esta denuncia fue hecha después de las declaraciones públicas del Ministro de Producción de la Ciudad , luego de la muerte de obreros por un incendio dentro de uno de estos talleres, cuando dijo que renunciaría si en tres meses no podía acabar con ellos. Obviamente, el funcionario no renunció y los talleres se reproducen.
Pues esta forma de producir lejos está de ser la excepción, aunque así intenten mostrarlo desde el gobierno y la prensa cómplice. Es la forma más corriente en que las grandes empresas y sus intermediarios (los dueños de las PyMES, en este caso “talleristas”), recaudan su ganancia.
Por muy escandalizados que se muestren desde la Defensoría del Pueblo, desde el Ministerio de Producción, o los periodistas de radio, diarios y televisión, lo cierto es que el capitalismo, sistema perverso en que vivimos, no le permite a la burguesía reproducirse como clase si no es a costa de la mayor explotación. Y la explotación se hace cada vez más salvaje cuando se trata de la burguesía de países atrasados como el nuestro, que además de mantenerse ella misma debe transferir ganancias a la burguesía imperialista. “…una parte de la plusvalía producida por los obreros de las pequeñas empresas va a parar a manos de las grandes empresas que manejan las grandes ramas de la industria y regulan el mercado. Por eso los obreros de las pequeñas suelen ser más brutalmente explotados: tienen que dar de comer y producir ganancia no sólo a sus patrones “negreros” sino también a los grandes pulpos monopolistas que controlan la economía.” (M. Roberto Santucho, 1972)
No es trabajo esclavo.
Los obreros trabajan 20 horas diarias hacinados en talleres (casas) que se caen a pedazos sin ventilación ni condiciones mínimas de higiene y seguridad; perciben como remuneración de su trabajo menos del 1% de lo que producen (las prendas mejores pagas estaban a $0.30 centavos, el tallerista cobraba $1 y la firma la vendía en el mercado a $32); viven en estos talleres, ya que la mayoría son inmigrantes y su mísero salario no permite pagar ni el alquiler de una habitación de pensión; tienen que preparar su comida en una cocina mugrienta invadida por completo por las cucarachas y duermen por turnos de a dos en cada cama. Estos obreros son también niños, y mujeres embarazadas, que para no perder el empleo se ven obligadas a volver al taller inmediatamente después de parir. El patrón suele mantenerlos bajo llave durante días. Estas son las condiciones habituales de trabajo en la industria textil argentina.
Nadie puede pensar ingenuamente que miles de obreros trabajan en estas condiciones como “excepción”, porque si así fuera deberíamos entender que justo tuvieron la mala suerte de caer en tal o cual taller o que esto les ocurre sólo porque son indocumentados y es el costo que pagan por tener que trabajar en un país que no es el suyo. La realidad es que para los sectores menos calificados de la clase obrera es el trabajo que hay, no hay otra opción. Y tienen que aguantarse lo que sea, porque tienen que sobrevivir y quizás hasta mandar dinero a sus familias. Así pocos se atreven a denunciar estas condiciones o intentan escapar de ellas, pues saben que fuera de esto para ellos no hay nada.
Como si no sobraran motivos para la indignación ante la situación que padecen los trabajadores diariamente, hay que soportar los comentarios cínicos de periodistas como Tenembaum, que comentó en su programa de radio Mitre que se sentía “dolido” al pensar en lo mucho que le gustaba ir a la tienda Cheeky, la que le parecía muy “tierna” porque los niños cuentan con juegos para que sus padres gasten tranquilos. Pero el capitalismo a veces hace poner incómodo al progresismo y el pobre periodista ahora tuvo que enterarse que ese mundo tan feliz está sostenido por padres y madres que crían a sus hijos en el hambre, en el frío, en la más cruda miseria y humillación.
Estas denigrantes condiciones de trabajo para nada son patrimonio del “esclavismo” como está de moda escuchar de la boca de los progres. No es una fotografía del pasado incrustada en el presente por algunos avarientos empresarios, sino que son las condiciones actuales, capitalistas, en que sectores de la industria producen en nuestro país: el textil, la construcción, el campo...
Por supuesto que no se puede sostener esta forma habitual de producción sin el aval del gobierno, tanto de la ciudad como a nivel nacional, y la de sus gestores del negocio: los inspectores y la policía.
“Policías de la comisaría 43ª visitaban el lugar mensualmente aunque no entraban al local, aseguró Quispe (uno de los obreros que denuncia la situación). La ex esposa del patrón le dijo (a Quispe) que éste le pagaba $500 por mes para que no molestaran. También vio que se acercaban inspectores que se allegaban a la puerta y que no entraban. El día antes de realizarse una inspección el patrón es avisado del procedimiento por lo que esconde y reduce al personal, agregó.” (Página 12, martes 16 de enero de 2007).
Tan burda es la situación que hasta la prensa kirchnerista salió a denunciar la situación despegando al gobierno de su responsabilidad. Hasta hay una causa conocida como “del trabajo esclavo” que ya data de 2005, que recayó en manos del juez Oyarbide, que cerró la causa y terminó acusando por injurias a los denunciantes. Finalmente, era tal el escándalo que fue obligado a retroceder.
Esta causa fue iniciada por Alicia Pierini, Defensora del Pueblo de la Ciudad , luego de la denuncia de Gustavo Vera, representante de la cooperativa La Alameda , contando con una cámara oculta que había realizado una de las integrantes de esa cooperativa. Esta cámara la habían presentado hace un tiempo al programa CQC de Mario Pergolini en el que decidieron no sacarla al aire. Como puede observarse, pruebas hay de sobra.
Hay una estrecha ligazón entre los empresarios, los dueños de los talleres y el gobierno que respalda esta forma barata de reactivar la economía. En las estadísticas que miden la reactivación y la generación de empleo los obreros textiles engordan los números alentadores y lejos están de ser una realidad desconocida para el gobierno.
La política del kirchnerismo se desarrolla apostando fuerte a las PyMES, a quienes subsidia y respalda. Eso sí, para su suerte no está sólo en este proyecto y cuenta con la política rastrera y arribista de la CTA , el grupo Moreno, Fedecámaras, el PC y su Banco de Fondo Cooperativos, por poner algunos ejemplos. Estas organizaciones no hicieron ninguna declaración en la cual mostraran su repudio ante la explotación más salvaje.
Para un pequeño burgués no resulta tan difícil ser dueño de su Pequeña y Mediana Empresa. Sólo debe estar dispuesto a superexplotar a sus trabajadores. Para obtener un subsidio y montar un microemprendimiento debe presentar un proyecto al gobierno que sea barato y rentable, que cuente con un número mínimo de empleados, además de establecer algún que otro contacto. Ahora bien, la pequeña empresa sólo funciona en el marco de las leyes del mercado manteniendo a sus trabajadores en negro (sin aportes jubilatorios, sin obra social, sin seguro de riesgo de trabajo, sin antigüedad, sin aumentos), produciendo con maquinaria vieja o precaria, lo que implica un mayor esfuerzo en el trabajo del obrero. Para poder aumentar la producción, aumenta la jornada laboral. El resultado no es otro que el aumento de la explotación. Así encuentra su salida la pequeña burguesía tan ensalzada con el mote de progresista por el PC y el PCR.
No es menor el aporte que hacen al soporte a estas condiciones de trabajo que impulsa el gobierno los “cooperativistas”, quienes detrás del paraíso de la “fábrica sin patrón” se limitan a autoexplotarse para poder competir en el mercado dependiendo eternamente de la ayuda gubernamental. Es el ejemplo ni más ni menos que de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo, beneficiadas con un subsidio para la construcción de viviendas ya que su proyecto mostraba ser económico, como lo manifestó su apoderado el Dr. Schoklender en una de las ediciones de Telesur en canal 7.
Esta condición de aumento de la explotación a la clase obrera es la conclusión de las políticas propatronales de los gobiernos, hoy el kirchnerismo y la burocracia sindical, quienes ven engordar sus negocios. Les ha sido posible aplicar estas políticas a fuerza de represión absoluta (despidos, palos y muerte) para amansar a los trabajadores, a quienes luego el gobierno, con migajas, logra tener contentos por un rato.
Al mejor estilo peronista, Telerman se adelantó rápidamente a denunciar, antes que estallara el escándalo en época electoral, la innumerable cantidad de talleres textiles clandestinos que funcionan dentro de la Ciudad de Buenos Aires. Esta vez, el tema fue la inspección de un taller “clandestino” que trabajaba para la firma Cheeky S.A. de ropa para bebés, en el que se mantenía a los trabajadores en pésimas condiciones laborales.
Esta denuncia fue hecha después de las declaraciones públicas del Ministro de Producción de la Ciudad , luego de la muerte de obreros por un incendio dentro de uno de estos talleres, cuando dijo que renunciaría si en tres meses no podía acabar con ellos. Obviamente, el funcionario no renunció y los talleres se reproducen.
Pues esta forma de producir lejos está de ser la excepción, aunque así intenten mostrarlo desde el gobierno y la prensa cómplice. Es la forma más corriente en que las grandes empresas y sus intermediarios (los dueños de las PyMES, en este caso “talleristas”), recaudan su ganancia.
Por muy escandalizados que se muestren desde la Defensoría del Pueblo, desde el Ministerio de Producción, o los periodistas de radio, diarios y televisión, lo cierto es que el capitalismo, sistema perverso en que vivimos, no le permite a la burguesía reproducirse como clase si no es a costa de la mayor explotación. Y la explotación se hace cada vez más salvaje cuando se trata de la burguesía de países atrasados como el nuestro, que además de mantenerse ella misma debe transferir ganancias a la burguesía imperialista. “…una parte de la plusvalía producida por los obreros de las pequeñas empresas va a parar a manos de las grandes empresas que manejan las grandes ramas de la industria y regulan el mercado. Por eso los obreros de las pequeñas suelen ser más brutalmente explotados: tienen que dar de comer y producir ganancia no sólo a sus patrones “negreros” sino también a los grandes pulpos monopolistas que controlan la economía.” (M. Roberto Santucho, 1972)
No es trabajo esclavo.
Los obreros trabajan 20 horas diarias hacinados en talleres (casas) que se caen a pedazos sin ventilación ni condiciones mínimas de higiene y seguridad; perciben como remuneración de su trabajo menos del 1% de lo que producen (las prendas mejores pagas estaban a $0.30 centavos, el tallerista cobraba $1 y la firma la vendía en el mercado a $32); viven en estos talleres, ya que la mayoría son inmigrantes y su mísero salario no permite pagar ni el alquiler de una habitación de pensión; tienen que preparar su comida en una cocina mugrienta invadida por completo por las cucarachas y duermen por turnos de a dos en cada cama. Estos obreros son también niños, y mujeres embarazadas, que para no perder el empleo se ven obligadas a volver al taller inmediatamente después de parir. El patrón suele mantenerlos bajo llave durante días. Estas son las condiciones habituales de trabajo en la industria textil argentina.
Nadie puede pensar ingenuamente que miles de obreros trabajan en estas condiciones como “excepción”, porque si así fuera deberíamos entender que justo tuvieron la mala suerte de caer en tal o cual taller o que esto les ocurre sólo porque son indocumentados y es el costo que pagan por tener que trabajar en un país que no es el suyo. La realidad es que para los sectores menos calificados de la clase obrera es el trabajo que hay, no hay otra opción. Y tienen que aguantarse lo que sea, porque tienen que sobrevivir y quizás hasta mandar dinero a sus familias. Así pocos se atreven a denunciar estas condiciones o intentan escapar de ellas, pues saben que fuera de esto para ellos no hay nada.
Como si no sobraran motivos para la indignación ante la situación que padecen los trabajadores diariamente, hay que soportar los comentarios cínicos de periodistas como Tenembaum, que comentó en su programa de radio Mitre que se sentía “dolido” al pensar en lo mucho que le gustaba ir a la tienda Cheeky, la que le parecía muy “tierna” porque los niños cuentan con juegos para que sus padres gasten tranquilos. Pero el capitalismo a veces hace poner incómodo al progresismo y el pobre periodista ahora tuvo que enterarse que ese mundo tan feliz está sostenido por padres y madres que crían a sus hijos en el hambre, en el frío, en la más cruda miseria y humillación.
Estas denigrantes condiciones de trabajo para nada son patrimonio del “esclavismo” como está de moda escuchar de la boca de los progres. No es una fotografía del pasado incrustada en el presente por algunos avarientos empresarios, sino que son las condiciones actuales, capitalistas, en que sectores de la industria producen en nuestro país: el textil, la construcción, el campo...
Por supuesto que no se puede sostener esta forma habitual de producción sin el aval del gobierno, tanto de la ciudad como a nivel nacional, y la de sus gestores del negocio: los inspectores y la policía.
“Policías de la comisaría 43ª visitaban el lugar mensualmente aunque no entraban al local, aseguró Quispe (uno de los obreros que denuncia la situación). La ex esposa del patrón le dijo (a Quispe) que éste le pagaba $500 por mes para que no molestaran. También vio que se acercaban inspectores que se allegaban a la puerta y que no entraban. El día antes de realizarse una inspección el patrón es avisado del procedimiento por lo que esconde y reduce al personal, agregó.” (Página 12, martes 16 de enero de 2007).
Tan burda es la situación que hasta la prensa kirchnerista salió a denunciar la situación despegando al gobierno de su responsabilidad. Hasta hay una causa conocida como “del trabajo esclavo” que ya data de 2005, que recayó en manos del juez Oyarbide, que cerró la causa y terminó acusando por injurias a los denunciantes. Finalmente, era tal el escándalo que fue obligado a retroceder.
Esta causa fue iniciada por Alicia Pierini, Defensora del Pueblo de la Ciudad , luego de la denuncia de Gustavo Vera, representante de la cooperativa La Alameda , contando con una cámara oculta que había realizado una de las integrantes de esa cooperativa. Esta cámara la habían presentado hace un tiempo al programa CQC de Mario Pergolini en el que decidieron no sacarla al aire. Como puede observarse, pruebas hay de sobra.
Hay una estrecha ligazón entre los empresarios, los dueños de los talleres y el gobierno que respalda esta forma barata de reactivar la economía. En las estadísticas que miden la reactivación y la generación de empleo los obreros textiles engordan los números alentadores y lejos están de ser una realidad desconocida para el gobierno.
La política del kirchnerismo se desarrolla apostando fuerte a las PyMES, a quienes subsidia y respalda. Eso sí, para su suerte no está sólo en este proyecto y cuenta con la política rastrera y arribista de la CTA , el grupo Moreno, Fedecámaras, el PC y su Banco de Fondo Cooperativos, por poner algunos ejemplos. Estas organizaciones no hicieron ninguna declaración en la cual mostraran su repudio ante la explotación más salvaje.
Para un pequeño burgués no resulta tan difícil ser dueño de su Pequeña y Mediana Empresa. Sólo debe estar dispuesto a superexplotar a sus trabajadores. Para obtener un subsidio y montar un microemprendimiento debe presentar un proyecto al gobierno que sea barato y rentable, que cuente con un número mínimo de empleados, además de establecer algún que otro contacto. Ahora bien, la pequeña empresa sólo funciona en el marco de las leyes del mercado manteniendo a sus trabajadores en negro (sin aportes jubilatorios, sin obra social, sin seguro de riesgo de trabajo, sin antigüedad, sin aumentos), produciendo con maquinaria vieja o precaria, lo que implica un mayor esfuerzo en el trabajo del obrero. Para poder aumentar la producción, aumenta la jornada laboral. El resultado no es otro que el aumento de la explotación. Así encuentra su salida la pequeña burguesía tan ensalzada con el mote de progresista por el PC y el PCR.
No es menor el aporte que hacen al soporte a estas condiciones de trabajo que impulsa el gobierno los “cooperativistas”, quienes detrás del paraíso de la “fábrica sin patrón” se limitan a autoexplotarse para poder competir en el mercado dependiendo eternamente de la ayuda gubernamental. Es el ejemplo ni más ni menos que de la Asociación de Madres de Plaza de Mayo, beneficiadas con un subsidio para la construcción de viviendas ya que su proyecto mostraba ser económico, como lo manifestó su apoderado el Dr. Schoklender en una de las ediciones de Telesur en canal 7.
Esta condición de aumento de la explotación a la clase obrera es la conclusión de las políticas propatronales de los gobiernos, hoy el kirchnerismo y la burocracia sindical, quienes ven engordar sus negocios. Les ha sido posible aplicar estas políticas a fuerza de represión absoluta (despidos, palos y muerte) para amansar a los trabajadores, a quienes luego el gobierno, con migajas, logra tener contentos por un rato.