El Revolucionario Nº21 (Enero de 2007)
Al gobierno de Chávez le cabe muy bien aquel planteo de Marx en el que se afirma que hay repeticiones históricas que son simplemente una farsa.
Es que las medidas impulsadas por Chávez tras su reelección, consideradas como una parte central de la “revolución bolivariana” y supuesta base para un proyecto “socialista” (particularmente la nacionalización de importantes empresas), no llegan tan siquiera a compararse con las iniciativas de los gobiernos populistas que se conformaron a mediados del siglo XX en nuestro continente. De hecho, desde Cárdenas hasta Perón y en general todos los caudillos que dirigieron procesos con pretensiones de independencia nacional en el marco del capitalismo, llevaron adelante medidas bastante más osadas que las chavistas, sin que eso haya significado para los pueblos latinoamericanos más que una fugaz ilusión de bienestar.
A más de 8 años de gobierno, Chávez pretende haber impulsado una “reforma agraria” que no es tal (también llamada “guerra contra el latifundio”) y el mismo carácter “revolucionario” (es decir de palabra pero no de hecho) promete seguir su plan de nacionalizaciones.
La reforma agraria, es decir la redistribución de tierras para el beneficio de la gran mayoría de campesinos pobres, no es de hecho una medida “anticapitalista”, significa una mejora en la distribución del ingreso nacional en el marco del sistema. Sin embargo, el gobierno venezolano con dos mandatos presidenciales cumplidos y muchas promesas hechas, sólo promovió la entrega de algunas pocas tierras, en su gran mayoría improductivas (“ociosas”) a los campesinos pobres, manteniendo una estructura agraria según la cual el 80% de las tierras para el cultivo se encuentran en manos de un puñado de terratenientes (5% de la población). No hablemos entonces de compararlo con un plan socialista. En la revolución cubana, por ejemplo, la reforma agraria ya se realizaba en medio de la guerra por la toma del poder (a sólo un año del desembarco del Granma) y se expandió a todo el país en base a la expropiación de las grandes parcelas de tierra apenas en el primer año de gobierno revolucionario, dando lugar enseguida a medidas de socialización y planificación propias de un programa obrero. Es que si hablamos de comparaciones, la “reforma agraria” llevada adelante por la “revolución bolivariana” chavista no le llega a los talones siquiera a las pasadas experiencias burguesas que promovieron los gobiernos nacionalistas latinoamericanos, como en México… o incluso en la misma Venezuela de Betancourt (1960) que como la realidad del continente demuestra no han significado cambios sustanciales para nuestros pueblos.
Lo mismo puede decirse en relación a la nacionalización chavista. La compra de acciones correspondientes a empresas de importancia (del petróleo y las comunicaciones) realizadas con fondos del estado venezolano, no es obviamente una medida “contra el capital” sino más bien, un negocio en el marco del sistema, que no lleva a ningún tipo de ruptura con los grandes monopolios (sean estos yanquis, europeos, latinoamericanos, etc.), a los que se promete un “justo” pago por las acciones vendidas. Para ejemplificar, recordemos que en muchas empresas petroleras la nueva nacionalización chavista consiste en la compra por parte del estado del 2% de las acciones, pasando de tener el 49% a contar con el 51%, dejando el 49% restante al capital privado (casi exclusivamente extranjero). Una vez más lejos de cualquier perfil socialista (en Cuba todos los monopolios fueron expropiados sin pago y pasados a control del estado en los primeros años de gobierno revolucionario) el proyecto bolivariano de Chávez no alcanza siquiera a parecerse a los proyectos burgueses latinoamericanos como el de Perón, que nacionalizaron completamente importantes resortes de la economía y llegaron a promover la implantación de cierta industria mediana en un intento de conformar un proyecto independiente del imperialismo. Este proyecto no sólo no se propuso nunca derribar el capitalismo, sus relaciones de propiedad y la explotación que le corresponden, sino que incluso estaba imposibilitado de antemano para cumplir su propio programa (“soberanía política, independencia económica y justicia social”) debido a que la esencia de la burguesía local radica en ser socia menor del capital imperialista (con la exportación de materias primas, la compra de productos manufacturados, etc.) lo que afianza y perpetúa las relaciones de dependencia.
En todo caso en Venezuela, más que de “revolución” podría hablarse de los “negocios” que lleva adelante el gobierno chavista, gastando los recursos estatales para “comprarle” a los monopolios lo que en realidad le pertenece al pueblo venezolano, lo que le permite dirigir la empresa de teléfonos y controlar todo el circuito del millonario negocio petrolero. De este modo continúa la sangría de capital hacia EEUU y sus empresas (con una deuda externa que ronda los 50.000 millones de dólares y que se paga meticulosamente), en nombre de un “nuevo proyecto social” que en más de 8 años de gobierno chavista más que a los trabajadores y el pueblo de Venezuela ha beneficiado a nuevos sectores del capital nacional y extranjero.
Las excepcionales condiciones de este país, favorecido económicamente con una de las más importantes reservas de petróleo del mundo, le ha permitido al estado venezolano manejar grandes recursos, algunos de los cuales han sido utilizados en los limitados planes de asistencia social, lo que, aunque no significa un cambio estructural, de fondo, da alivio a los sectores más empobrecidos de Venezuela. De todas formas una gran parte de los recursos nacionales no hacen más que aumentar las ganancias de los monopolios y bancos extranjeros y el enriquecimiento de una burguesía criolla que se va consolidando a la sombra de la burocracia estatal. Por esta razón, a tantos años de comenzada la “revolución” de Chávez, y a pesar del permanente aumento de los precios del petróleo en los últimos años, la brecha entre los más ricos y los más pobres sigue tan amplia como antes de su primera asunción. Esta realidad señalada en las estadísticas se refleja en la vida diaria de los venezolanos: extensas villas miseria rodean la ciudad capital y una profunda pobreza se aprecia a lo largo de todo el país, al tiempo que se extiende enormemente la importación de artículos de lujo que forman parte del consumo de las nuevas clases pudientes “bolivarianas”, las cuales han sabido sacar partida de la coyuntura actual, aprovechando la superexplotación obrera por la vía de las cooperativas chavistas, recibiendo importantes subsidios del estado, ganando las licitaciones para los planes gubernamentales de asistencia social, etc.
De esta forma, el proyecto pseudo socialista de Chávez, aún contando con reservas millonarias de petróleo, no se aproxima siquiera a las condiciones sociales promovidas por el capitalismo de corte nacionalista de Perón (quien también financió su política sobre los altos precios de exportación de productos primarios, en particular del agro), pues si bien tanto un proyecto como el otro son incapaces de impulsar un efectivo desarrollo independiente del imperialismo, la estafa que representa el chavismo no logra hoy siquiera disimular el fracaso de su plan con una mejora significativa de las condiciones de vida de su pueblo.
Esta repetición en clave de parodia de los intentos fallidos de independencia nacional que impulsaron varios caudillos a mediados del siglo XX no hace más que confirmar el lamentable balance que dejaron aquellos procesos, los cuales, por más beneficios circunstanciales que dieran a la clase obrera y el pueblo (en forma de salarios, asistencia social, salud, educación, redistribución de tierras, etc.) fueron siempre incapaces de atacar los rasgos estructurales del capitalismo y no hicieron más que amortiguar por un tiempo las duras condiciones de vida, la explotación y la pobreza a la mayoría de nuestros pueblos, dando continuidad a la dominación de la burguesía y el imperialismo. En todo caso lo grotesco del chavismo es el intento de retomar ese falso camino de liberación, en condiciones de mayor dependencia y dominación del imperialismo, lo que lo ha llevado a señalar como revolucionario un régimen que, aún contando con condiciones excepcionales por los recursos petroleros, se limita a dar dádivas a su pueblo (planes de salud, alfabetización y canastas más económicas para los pobres) mientras ve crecer las ganancias de los empresarios locales y las multinacionales asociadas con el estado.
En todo caso, y a su pesar, lo que por la negativa viene demostrando sin cesar la “revolución” chavista, es que es imposible transformar radicalmente la realidad de miseria y explotación que nos impone el capitalismo por la vía de una la revolución “nacionalista” y “democrática”, que licua los intereses de la clase obrera en nombre de “toda la nación” (incluyendo con ello a la burguesía autóctona y sus caudillos) arrastrando así a los trabajadores y el pueblo tras la burguesía; demuestra el fracaso que significa llevar adelante una lucha a fondo contra las injusticias del sistema por la vía institucional de la democracia y el parlamentarismo, negando la inevitable violencia revolucionaria que deben ejercer los trabajadores para sacarse de encima el peso muerto de la burguesía y el imperialismo.
El llamado a la participación popular, la incorporación de ministros provenientes de la clase obrera y sus organizaciones, la conformación de un partido único dirigido por Chávez, etc., son todas medidas que promueven el fortalecimiento del régimen chavista y su engaño de que es posible llevar adelante una revolución socialista por los carriles de la democracia sin enfrentar a la burguesía sino por el contrario, promoviendo la conciliación entre las clases antagónicas.
Con dos mandatos cumplidos, el dominio completo sobre el parlamento, el control de la gran mayoría de las provincias, la dirección de los más grandes sindicatos y un amplio apoyo popular, el gobierno de Chávez ha dado ya sobradas muestras de su incapacidad para llevar adelante transformaciones profundas en Venezuela mostrando con ello los límites de su proyecto burgués de conciliación. Ahora en este nuevo período en que a la millonaria recaudación petrolera deben sumarse los plenos poderes que le han sido otorgados a Chávez para llevar adelante las medidas que considere necesarias, quedará una vez más a la vista de todos los que se dispongan a ver la realidad, que el chavismo, lejos de ser una alternativa pacífica e institucional para llegar al socialismo, es un recurso de la burguesía para encarrilar a los trabajadores tras su propio proyecto: el de defensa de la propiedad privada y de los negocios y las relaciones de explotación capitalistas, y que es, por eso mismo, la prueba más elocuente de que sólo los trabajadores y el pueblo en forma absolutamente independiente de la burguesía, enfrentando al régimen y su institucionalidad con todas sus fuerzas y todos los métodos necesarios, pueden llevar adelante la única revolución que de por tierra con el sistema capitalista: la revolución socialista.
A cada quien lo que quiere escuchar
Al mejor estilo peronista, el coronel Chávez tiene en su manga una frase acorde al gusto de cada sector que esté dispuesto a seguirlo, lo que alienta la participación en su movimiento bolivariano tanto de confundidos como de arribistas, oportunistas y pacifistas. Fue así como, con la conformación del nuevo gabinete ministerial, Chávez, al mismo tiempo que ubicaba a David Velásquez, miembro del Partido Comunista de Venezuela al frente del ministerio de Participación y Desarrollo Social (y lo festejaba diciendo “por primera vez en la historia, tenemos un ministro del Partido Comunista en Venezuela”), encaró a su nuevo ministro de Trabajo José Ramón Rivero, de origen trotskista, diciéndole: “Yo también soy trotskista. Yo soy muy de la línea de Trotsky: la revolución permanente”.
Claro que esta curiosidad, es tanto más notoria y grave desde que el chavismo le promete “revolución” y “socialismo” a un pueblo que ve pasar ante sus ojos promesas a la burguesía sobre su estabilidad. Así, la “defensa de la propiedad privada”, el “pago puntual” (cuando no adelantado) de la deuda, o la “no expropiación”, son frases que no sólo repite frecuentemente el dirigente bolivariano sino que se corresponden plenamente con sus actos. Es por eso que el presidente venezolano, que en cada visita a Argentina nos recuerda: “yo soy de Barrios de Pie”, le aclaró a la prensa que “el socialismo del siglo XXI no será como el de Cuba”.
Del dicho al hecho… dice el refrán. En Argentina el general que frente al golpe dijo: “a la marina la corro con los bomberos”, pidió luego a sus militantes “desensillar hasta que aclare” y terminó creando las Tres A para secuestrar y matar hasta a sus propios activistas. No es poca cosa esa lección histórica.
Al gobierno de Chávez le cabe muy bien aquel planteo de Marx en el que se afirma que hay repeticiones históricas que son simplemente una farsa.
Es que las medidas impulsadas por Chávez tras su reelección, consideradas como una parte central de la “revolución bolivariana” y supuesta base para un proyecto “socialista” (particularmente la nacionalización de importantes empresas), no llegan tan siquiera a compararse con las iniciativas de los gobiernos populistas que se conformaron a mediados del siglo XX en nuestro continente. De hecho, desde Cárdenas hasta Perón y en general todos los caudillos que dirigieron procesos con pretensiones de independencia nacional en el marco del capitalismo, llevaron adelante medidas bastante más osadas que las chavistas, sin que eso haya significado para los pueblos latinoamericanos más que una fugaz ilusión de bienestar.
A más de 8 años de gobierno, Chávez pretende haber impulsado una “reforma agraria” que no es tal (también llamada “guerra contra el latifundio”) y el mismo carácter “revolucionario” (es decir de palabra pero no de hecho) promete seguir su plan de nacionalizaciones.
La reforma agraria, es decir la redistribución de tierras para el beneficio de la gran mayoría de campesinos pobres, no es de hecho una medida “anticapitalista”, significa una mejora en la distribución del ingreso nacional en el marco del sistema. Sin embargo, el gobierno venezolano con dos mandatos presidenciales cumplidos y muchas promesas hechas, sólo promovió la entrega de algunas pocas tierras, en su gran mayoría improductivas (“ociosas”) a los campesinos pobres, manteniendo una estructura agraria según la cual el 80% de las tierras para el cultivo se encuentran en manos de un puñado de terratenientes (5% de la población). No hablemos entonces de compararlo con un plan socialista. En la revolución cubana, por ejemplo, la reforma agraria ya se realizaba en medio de la guerra por la toma del poder (a sólo un año del desembarco del Granma) y se expandió a todo el país en base a la expropiación de las grandes parcelas de tierra apenas en el primer año de gobierno revolucionario, dando lugar enseguida a medidas de socialización y planificación propias de un programa obrero. Es que si hablamos de comparaciones, la “reforma agraria” llevada adelante por la “revolución bolivariana” chavista no le llega a los talones siquiera a las pasadas experiencias burguesas que promovieron los gobiernos nacionalistas latinoamericanos, como en México… o incluso en la misma Venezuela de Betancourt (1960) que como la realidad del continente demuestra no han significado cambios sustanciales para nuestros pueblos.
Lo mismo puede decirse en relación a la nacionalización chavista. La compra de acciones correspondientes a empresas de importancia (del petróleo y las comunicaciones) realizadas con fondos del estado venezolano, no es obviamente una medida “contra el capital” sino más bien, un negocio en el marco del sistema, que no lleva a ningún tipo de ruptura con los grandes monopolios (sean estos yanquis, europeos, latinoamericanos, etc.), a los que se promete un “justo” pago por las acciones vendidas. Para ejemplificar, recordemos que en muchas empresas petroleras la nueva nacionalización chavista consiste en la compra por parte del estado del 2% de las acciones, pasando de tener el 49% a contar con el 51%, dejando el 49% restante al capital privado (casi exclusivamente extranjero). Una vez más lejos de cualquier perfil socialista (en Cuba todos los monopolios fueron expropiados sin pago y pasados a control del estado en los primeros años de gobierno revolucionario) el proyecto bolivariano de Chávez no alcanza siquiera a parecerse a los proyectos burgueses latinoamericanos como el de Perón, que nacionalizaron completamente importantes resortes de la economía y llegaron a promover la implantación de cierta industria mediana en un intento de conformar un proyecto independiente del imperialismo. Este proyecto no sólo no se propuso nunca derribar el capitalismo, sus relaciones de propiedad y la explotación que le corresponden, sino que incluso estaba imposibilitado de antemano para cumplir su propio programa (“soberanía política, independencia económica y justicia social”) debido a que la esencia de la burguesía local radica en ser socia menor del capital imperialista (con la exportación de materias primas, la compra de productos manufacturados, etc.) lo que afianza y perpetúa las relaciones de dependencia.
En todo caso en Venezuela, más que de “revolución” podría hablarse de los “negocios” que lleva adelante el gobierno chavista, gastando los recursos estatales para “comprarle” a los monopolios lo que en realidad le pertenece al pueblo venezolano, lo que le permite dirigir la empresa de teléfonos y controlar todo el circuito del millonario negocio petrolero. De este modo continúa la sangría de capital hacia EEUU y sus empresas (con una deuda externa que ronda los 50.000 millones de dólares y que se paga meticulosamente), en nombre de un “nuevo proyecto social” que en más de 8 años de gobierno chavista más que a los trabajadores y el pueblo de Venezuela ha beneficiado a nuevos sectores del capital nacional y extranjero.
Las excepcionales condiciones de este país, favorecido económicamente con una de las más importantes reservas de petróleo del mundo, le ha permitido al estado venezolano manejar grandes recursos, algunos de los cuales han sido utilizados en los limitados planes de asistencia social, lo que, aunque no significa un cambio estructural, de fondo, da alivio a los sectores más empobrecidos de Venezuela. De todas formas una gran parte de los recursos nacionales no hacen más que aumentar las ganancias de los monopolios y bancos extranjeros y el enriquecimiento de una burguesía criolla que se va consolidando a la sombra de la burocracia estatal. Por esta razón, a tantos años de comenzada la “revolución” de Chávez, y a pesar del permanente aumento de los precios del petróleo en los últimos años, la brecha entre los más ricos y los más pobres sigue tan amplia como antes de su primera asunción. Esta realidad señalada en las estadísticas se refleja en la vida diaria de los venezolanos: extensas villas miseria rodean la ciudad capital y una profunda pobreza se aprecia a lo largo de todo el país, al tiempo que se extiende enormemente la importación de artículos de lujo que forman parte del consumo de las nuevas clases pudientes “bolivarianas”, las cuales han sabido sacar partida de la coyuntura actual, aprovechando la superexplotación obrera por la vía de las cooperativas chavistas, recibiendo importantes subsidios del estado, ganando las licitaciones para los planes gubernamentales de asistencia social, etc.
De esta forma, el proyecto pseudo socialista de Chávez, aún contando con reservas millonarias de petróleo, no se aproxima siquiera a las condiciones sociales promovidas por el capitalismo de corte nacionalista de Perón (quien también financió su política sobre los altos precios de exportación de productos primarios, en particular del agro), pues si bien tanto un proyecto como el otro son incapaces de impulsar un efectivo desarrollo independiente del imperialismo, la estafa que representa el chavismo no logra hoy siquiera disimular el fracaso de su plan con una mejora significativa de las condiciones de vida de su pueblo.
Esta repetición en clave de parodia de los intentos fallidos de independencia nacional que impulsaron varios caudillos a mediados del siglo XX no hace más que confirmar el lamentable balance que dejaron aquellos procesos, los cuales, por más beneficios circunstanciales que dieran a la clase obrera y el pueblo (en forma de salarios, asistencia social, salud, educación, redistribución de tierras, etc.) fueron siempre incapaces de atacar los rasgos estructurales del capitalismo y no hicieron más que amortiguar por un tiempo las duras condiciones de vida, la explotación y la pobreza a la mayoría de nuestros pueblos, dando continuidad a la dominación de la burguesía y el imperialismo. En todo caso lo grotesco del chavismo es el intento de retomar ese falso camino de liberación, en condiciones de mayor dependencia y dominación del imperialismo, lo que lo ha llevado a señalar como revolucionario un régimen que, aún contando con condiciones excepcionales por los recursos petroleros, se limita a dar dádivas a su pueblo (planes de salud, alfabetización y canastas más económicas para los pobres) mientras ve crecer las ganancias de los empresarios locales y las multinacionales asociadas con el estado.
En todo caso, y a su pesar, lo que por la negativa viene demostrando sin cesar la “revolución” chavista, es que es imposible transformar radicalmente la realidad de miseria y explotación que nos impone el capitalismo por la vía de una la revolución “nacionalista” y “democrática”, que licua los intereses de la clase obrera en nombre de “toda la nación” (incluyendo con ello a la burguesía autóctona y sus caudillos) arrastrando así a los trabajadores y el pueblo tras la burguesía; demuestra el fracaso que significa llevar adelante una lucha a fondo contra las injusticias del sistema por la vía institucional de la democracia y el parlamentarismo, negando la inevitable violencia revolucionaria que deben ejercer los trabajadores para sacarse de encima el peso muerto de la burguesía y el imperialismo.
El llamado a la participación popular, la incorporación de ministros provenientes de la clase obrera y sus organizaciones, la conformación de un partido único dirigido por Chávez, etc., son todas medidas que promueven el fortalecimiento del régimen chavista y su engaño de que es posible llevar adelante una revolución socialista por los carriles de la democracia sin enfrentar a la burguesía sino por el contrario, promoviendo la conciliación entre las clases antagónicas.
Con dos mandatos cumplidos, el dominio completo sobre el parlamento, el control de la gran mayoría de las provincias, la dirección de los más grandes sindicatos y un amplio apoyo popular, el gobierno de Chávez ha dado ya sobradas muestras de su incapacidad para llevar adelante transformaciones profundas en Venezuela mostrando con ello los límites de su proyecto burgués de conciliación. Ahora en este nuevo período en que a la millonaria recaudación petrolera deben sumarse los plenos poderes que le han sido otorgados a Chávez para llevar adelante las medidas que considere necesarias, quedará una vez más a la vista de todos los que se dispongan a ver la realidad, que el chavismo, lejos de ser una alternativa pacífica e institucional para llegar al socialismo, es un recurso de la burguesía para encarrilar a los trabajadores tras su propio proyecto: el de defensa de la propiedad privada y de los negocios y las relaciones de explotación capitalistas, y que es, por eso mismo, la prueba más elocuente de que sólo los trabajadores y el pueblo en forma absolutamente independiente de la burguesía, enfrentando al régimen y su institucionalidad con todas sus fuerzas y todos los métodos necesarios, pueden llevar adelante la única revolución que de por tierra con el sistema capitalista: la revolución socialista.
A cada quien lo que quiere escuchar
Al mejor estilo peronista, el coronel Chávez tiene en su manga una frase acorde al gusto de cada sector que esté dispuesto a seguirlo, lo que alienta la participación en su movimiento bolivariano tanto de confundidos como de arribistas, oportunistas y pacifistas. Fue así como, con la conformación del nuevo gabinete ministerial, Chávez, al mismo tiempo que ubicaba a David Velásquez, miembro del Partido Comunista de Venezuela al frente del ministerio de Participación y Desarrollo Social (y lo festejaba diciendo “por primera vez en la historia, tenemos un ministro del Partido Comunista en Venezuela”), encaró a su nuevo ministro de Trabajo José Ramón Rivero, de origen trotskista, diciéndole: “Yo también soy trotskista. Yo soy muy de la línea de Trotsky: la revolución permanente”.
Claro que esta curiosidad, es tanto más notoria y grave desde que el chavismo le promete “revolución” y “socialismo” a un pueblo que ve pasar ante sus ojos promesas a la burguesía sobre su estabilidad. Así, la “defensa de la propiedad privada”, el “pago puntual” (cuando no adelantado) de la deuda, o la “no expropiación”, son frases que no sólo repite frecuentemente el dirigente bolivariano sino que se corresponden plenamente con sus actos. Es por eso que el presidente venezolano, que en cada visita a Argentina nos recuerda: “yo soy de Barrios de Pie”, le aclaró a la prensa que “el socialismo del siglo XXI no será como el de Cuba”.
Del dicho al hecho… dice el refrán. En Argentina el general que frente al golpe dijo: “a la marina la corro con los bomberos”, pidió luego a sus militantes “desensillar hasta que aclare” y terminó creando las Tres A para secuestrar y matar hasta a sus propios activistas. No es poca cosa esa lección histórica.