El Revolucionario Nº32 (Febrero de 2008)
Aunque el presidente del PJ de la provincia de Buenos Aires, José María Díaz Bancalari, diga indignado que es “canallesco y de bajo nivel” suponer que los u$800.000 dólares de la valija venezolana estaban destinados a la campaña electoral de Cristina Fernández, todos sabemos cómo se financian los partidos del sistema y en especial el PJ. El circuito “blanco” con aportes que se registran mediante depósito bancario no podría cubrir ni un mínimo porcentaje de la enormidad de dinero que gastan en propaganda electoral, de manera que el manejo de dinero “negro” se prueba por sí mismo. Ni siquiera hace falta recurrir a los informes de organizaciones que pugnan por la “transparencia” como Poder Ciudadano, que demuestran que una campaña real cuesta varias veces más que las cifras reconocidas por los partidos, y desconocen que la corrupción es una característica propia y definitoria de la burguesía, que no reconoce límites cuando de tener ganancias se trata.
Y ningún partido representa tan acabadamente a la burguesía en Argentina como el PJ, históricamente asociado a cuanto negociado existe. Así lo prueban hechos recientes como Skanska, Grecco, la bolsa de Miceli, el contrabando de armas de Garré, la “fundación” de Piccolotti y el desvío de fondos de la hermana Alicia, cuyos cheques de “ayuda social” fueron a parar a las campañas peronistas en Chaco y Santiago del Estero. No sorprende, en esa inmundicia cotidiana, una valija con casi un millón de dólares.
ANTONINI WILSON: EL BURGUÉS BOLIVARIANO, DE VALIJERO A ENTREGADOR
El 11 de diciembre, el agente especial del FBI Michael J. Lasiewicki consideró que tenía suficientes pruebas para presentar una acusación formal contra cuatro venezolanos y un uruguayo por actuar como agentes ilegales de gobierno extranjero en EEUU y conspiración con el mismo propósito. En su declaración jurada ante un juez del condado de Miami-Dade, el agente federal explicó que venía vigilando a los latinoamericanos desde el mes de agosto, hasta que obtuvo cintas de video y audio que probaban su actividad a las órdenes del gobierno de la República Bolivariana de Venezuela sin estar registrados oficialmente como agentes extranjeros, como lo exige la ley yanqui. La cámara y el micrófono que registraron la media docena de reuniones entre los acusados de espías estuvieron muy bien ocultos en la ropa del voluminoso venezolano-norteamericano Guido Alejandro Antonini Wilson, más conocido en Argentina como “el hombre de la valija”, que actuó como entregador de sus viejos socios y amigos de la infancia Franklin Durán y Carlos Kauffman, de los también venezolanos Moisés Maionica y Antonio José Canchica Gómez, y del uruguayo Rodolfo Edgardo Wanseele Paciello.
La tarea que el gobierno venezolano les habría encargado, según la acusación, era presionar, mediante promesas de dinero y amenazas a la seguridad de sus hijos, a Guido Antonini, para que se hiciera cargo en forma personal del ilegal ingreso a la Argentina de u$800.000 el 4 de agosto pasado, y siguiera ocultando el origen y el destino del dinero. Para convencerlo de que no corría riesgo de quedar detenido si se presentaba ante la justicia argentina, hicieron viajar el 26 de agosto al abogado argentino, ex camarista federal, Guillermo Ledesma. Con excepción de Canchica Gómez, que se encuentra prófugo, los otros cuatro fueron detenidos y hasta ahora se les ha denegado la libertad bajo fianza. Todo indica que Antonini, a su regreso del fiasco de la valija, decidió que no podía confiar en los que le dieron los dólares ni en quienes debían recibirlo, pues unos y otros estaban más preocupados en ocultar la verdadera naturaleza de la operación, y prefirió, para quedarse seguro en EEUU, denunciar a sus amigos y contactos ante el FBI. Una buena muestra de cómo funcionan el “arrepentido”, el “informante”, el “agente encubierto”, todos con impunidad garantizada, ejemplos de instituciones que los propagandistas del imperio vienen imponiendo hace rato en nuestro país con la excusa del terrorismo, el narcotráfico y la inseguridad.
Como para enrarecer más el panorama, se conoció, por boca del fiscal que acusa a los detenidos, que en una de las grabaciones Franklin Durán habría dicho que los dólares de la valija eran un aporte para la campaña electoral de Cristina Fernández. Casi simultáneamente Victoria Bereziuk, joven ex secretaria de Claudio Uberti, el funcionario argentino echado por el escándalo, declaró ante la fiscal Rivas Diez que después del decomiso de los dólares, y antes de irse del país, Antonini Wilson estuvo en la casa rosada.
Las noticias cayeron como un balde de agua fría sobre los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y de Hugo Chávez, que habían coincidido desde un principio en tratar de bajar los decibeles del asunto. En Argentina, la causa judicial por el decomiso del dinero comenzó como simple infracción aduanera, y sólo se modificó la acusación a contrabando cuando hacía mucho que Antonini había dejado el país sin impedimento legal alguno. Recién cuando se produjeron las detenciones en Miami la jueza requirió a Antonini también por lavado de dinero.
Pero a pesar de sus declamaciones, ni el gobierno de Kirchner ni el de Fernández de Kirchner explicaron nunca por qué funcionarios de Enarsa, la empresa petrolera estatal, viajaron a Venezuela en un avión alquilado en lugar de ir en un vuelo de línea; por qué el elegido fue justamente un carísimo Cessna Citation de la firma Royal Class, que supo ser de Yabrán y hoy es de sus hijos; por qué ese vuelo tenía previsto aterrizar en el sector militar, donde no hay escáneres para el equipaje, y sólo por un desperfecto técnico terminó en un sector civil; por qué en el vuelo de regreso se incorporaron funcionarios de PDVSA, el hijo de su presidente, que ningún cargo oficial tenía, y su acompañante, Guido Antonini, y la famosa valija. El gobierno venezolano, por su parte, nunca explicó cómo fue que salieron de su país los casi u$800.000, cuando hay un riguroso control de cambios que no permite que se viaje al exterior con más de u$10.000. Tampoco dio razón de los numerosos vínculos personales y comerciales de Antonini Wilson con otros “nuevos ricos de la revolución” como Kauffman y Durán, ni de su fluida relación contractual con el estado bolivariano (ver “Un burgués 'bolivariano', no tan pequeño”, en ER Nº28, septiembre de 2007). Lo que queda claro, con o sin explicaciones, es la calaña pareja de todos los involucrados en la historia.
Aunque el presidente del PJ de la provincia de Buenos Aires, José María Díaz Bancalari, diga indignado que es “canallesco y de bajo nivel” suponer que los u$800.000 dólares de la valija venezolana estaban destinados a la campaña electoral de Cristina Fernández, todos sabemos cómo se financian los partidos del sistema y en especial el PJ. El circuito “blanco” con aportes que se registran mediante depósito bancario no podría cubrir ni un mínimo porcentaje de la enormidad de dinero que gastan en propaganda electoral, de manera que el manejo de dinero “negro” se prueba por sí mismo. Ni siquiera hace falta recurrir a los informes de organizaciones que pugnan por la “transparencia” como Poder Ciudadano, que demuestran que una campaña real cuesta varias veces más que las cifras reconocidas por los partidos, y desconocen que la corrupción es una característica propia y definitoria de la burguesía, que no reconoce límites cuando de tener ganancias se trata.
Y ningún partido representa tan acabadamente a la burguesía en Argentina como el PJ, históricamente asociado a cuanto negociado existe. Así lo prueban hechos recientes como Skanska, Grecco, la bolsa de Miceli, el contrabando de armas de Garré, la “fundación” de Piccolotti y el desvío de fondos de la hermana Alicia, cuyos cheques de “ayuda social” fueron a parar a las campañas peronistas en Chaco y Santiago del Estero. No sorprende, en esa inmundicia cotidiana, una valija con casi un millón de dólares.
ANTONINI WILSON: EL BURGUÉS BOLIVARIANO, DE VALIJERO A ENTREGADOR
El 11 de diciembre, el agente especial del FBI Michael J. Lasiewicki consideró que tenía suficientes pruebas para presentar una acusación formal contra cuatro venezolanos y un uruguayo por actuar como agentes ilegales de gobierno extranjero en EEUU y conspiración con el mismo propósito. En su declaración jurada ante un juez del condado de Miami-Dade, el agente federal explicó que venía vigilando a los latinoamericanos desde el mes de agosto, hasta que obtuvo cintas de video y audio que probaban su actividad a las órdenes del gobierno de la República Bolivariana de Venezuela sin estar registrados oficialmente como agentes extranjeros, como lo exige la ley yanqui. La cámara y el micrófono que registraron la media docena de reuniones entre los acusados de espías estuvieron muy bien ocultos en la ropa del voluminoso venezolano-norteamericano Guido Alejandro Antonini Wilson, más conocido en Argentina como “el hombre de la valija”, que actuó como entregador de sus viejos socios y amigos de la infancia Franklin Durán y Carlos Kauffman, de los también venezolanos Moisés Maionica y Antonio José Canchica Gómez, y del uruguayo Rodolfo Edgardo Wanseele Paciello.
La tarea que el gobierno venezolano les habría encargado, según la acusación, era presionar, mediante promesas de dinero y amenazas a la seguridad de sus hijos, a Guido Antonini, para que se hiciera cargo en forma personal del ilegal ingreso a la Argentina de u$800.000 el 4 de agosto pasado, y siguiera ocultando el origen y el destino del dinero. Para convencerlo de que no corría riesgo de quedar detenido si se presentaba ante la justicia argentina, hicieron viajar el 26 de agosto al abogado argentino, ex camarista federal, Guillermo Ledesma. Con excepción de Canchica Gómez, que se encuentra prófugo, los otros cuatro fueron detenidos y hasta ahora se les ha denegado la libertad bajo fianza. Todo indica que Antonini, a su regreso del fiasco de la valija, decidió que no podía confiar en los que le dieron los dólares ni en quienes debían recibirlo, pues unos y otros estaban más preocupados en ocultar la verdadera naturaleza de la operación, y prefirió, para quedarse seguro en EEUU, denunciar a sus amigos y contactos ante el FBI. Una buena muestra de cómo funcionan el “arrepentido”, el “informante”, el “agente encubierto”, todos con impunidad garantizada, ejemplos de instituciones que los propagandistas del imperio vienen imponiendo hace rato en nuestro país con la excusa del terrorismo, el narcotráfico y la inseguridad.
Como para enrarecer más el panorama, se conoció, por boca del fiscal que acusa a los detenidos, que en una de las grabaciones Franklin Durán habría dicho que los dólares de la valija eran un aporte para la campaña electoral de Cristina Fernández. Casi simultáneamente Victoria Bereziuk, joven ex secretaria de Claudio Uberti, el funcionario argentino echado por el escándalo, declaró ante la fiscal Rivas Diez que después del decomiso de los dólares, y antes de irse del país, Antonini Wilson estuvo en la casa rosada.
Las noticias cayeron como un balde de agua fría sobre los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner y de Hugo Chávez, que habían coincidido desde un principio en tratar de bajar los decibeles del asunto. En Argentina, la causa judicial por el decomiso del dinero comenzó como simple infracción aduanera, y sólo se modificó la acusación a contrabando cuando hacía mucho que Antonini había dejado el país sin impedimento legal alguno. Recién cuando se produjeron las detenciones en Miami la jueza requirió a Antonini también por lavado de dinero.
Pero a pesar de sus declamaciones, ni el gobierno de Kirchner ni el de Fernández de Kirchner explicaron nunca por qué funcionarios de Enarsa, la empresa petrolera estatal, viajaron a Venezuela en un avión alquilado en lugar de ir en un vuelo de línea; por qué el elegido fue justamente un carísimo Cessna Citation de la firma Royal Class, que supo ser de Yabrán y hoy es de sus hijos; por qué ese vuelo tenía previsto aterrizar en el sector militar, donde no hay escáneres para el equipaje, y sólo por un desperfecto técnico terminó en un sector civil; por qué en el vuelo de regreso se incorporaron funcionarios de PDVSA, el hijo de su presidente, que ningún cargo oficial tenía, y su acompañante, Guido Antonini, y la famosa valija. El gobierno venezolano, por su parte, nunca explicó cómo fue que salieron de su país los casi u$800.000, cuando hay un riguroso control de cambios que no permite que se viaje al exterior con más de u$10.000. Tampoco dio razón de los numerosos vínculos personales y comerciales de Antonini Wilson con otros “nuevos ricos de la revolución” como Kauffman y Durán, ni de su fluida relación contractual con el estado bolivariano (ver “Un burgués 'bolivariano', no tan pequeño”, en ER Nº28, septiembre de 2007). Lo que queda claro, con o sin explicaciones, es la calaña pareja de todos los involucrados en la historia.