El Revolucionario Nº11 (Marzo de 2006)
“Si a nosotros -los que en un pequeño punto del mapa del mundo cumplimos el deber que preconizamos y ponemos a disposición de la lucha este poco que nos es permitido dar, nuestras vidas, nuestro sacrificio- nos toca alguno de estos días lanzar el último suspiro sobre cualquier tierra, ya nuestra, regada con nuestra sangre, sépase que hemos medido el alcance de nuestros actos y que no nos consideramos nada más que elementos en el gran ejército del proletariado…” (Ernesto Che Guevara, “Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna”)
“Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo”, decía el Che a fines de los 60 y en ese espíritu crecía y se desarrollaba en nuestro país un combate cada vez más vigoroso contra el sistema y sus caras visibles: los gobiernos civiles y militares, las fuerzas represivas de todo tipo (desde las AAA hasta las FFAA) y la burguesía en su conjunto, tanto nacional como extranjera, quienes apostaban fuertemente a la derrota de la lucha obrera y popular.
Así, la movilización en los años previos al golpe del 76 ubicaba a miles de compañeros en la lucha diaria por la transformación social, tomando parte en el desarrollo sindical (desde comisiones internas, sindicatos, centros de estudiantes, organizaciones barriales, etc.) hasta la lucha estratégica por la toma del poder con organizaciones político militares como el PRT, que emprendieron la lucha revolucionaria por el socialismo.
Junto al sonado fracaso del proyecto peronista para un desarrollo nacional independiente, las organizaciones políticas que se entregaban al combate por el socialismo crecían, al tiempo que surgían nuevos nucleamientos, planteando una perspectiva revolucionaria para ese proceso de lucha. El temor y la previsión del imperialismo y sus socios locales los llevaría a dar el golpe más duro posible a nuestro pueblo para que abandonara la lucha por la transformación social: el golpe militar de 1976.
Esta embestida contrarrevolucionaria de la burguesía, que en nuestro país se llevó a 30.000 compañeros desaparecidos y que ha sido repetida con formas similares en numerosos países latinoamericanos (siempre bajo la dirección del imperialismo yanqui), tenía un claro objetivo: frenar la lucha revolucionaria de los trabajadores y amplios sectores del pueblo para garantizar así el sostenimiento de la burguesía en el poder y, con ella, de todo un sistema basado en la explotación sobre nuestra clase, que se expresa a diario en penurias permanentes para la enorme mayoría de nuestro pueblo.
Para vivir como parásitos de la sangre de los trabajadores argentinos, la burguesía criolla (que al igual que hoy se organizaba en nucleamientos como la CGE o la UIA) apostó fuerte al triunfo del golpe, lo que le permitiría ver crecer sus ganancias gracias a los mayores niveles de explotación que conquistó con la desorganización y gran limitación para la acción con que quedó el movimiento obrero y revolucionario. Así, la burguesía nacional a coro saludaba los nuevos rumbos de la política argentina por medio de comunicados y enormes solicitadas en medios de amplia difusión, al tiempo que se encargaba de entregar a los activistas sociales y sindicales que osaran continuar la lucha.
El imperialismo, junto al empresariado local, garantizaba su supervivencia por medio del plan de exterminio de las organizaciones revolucionarias y fuerzas populares que desarrolló por el continente entero, mientras agrandaba sus bolsillos por medio del saqueo de los recursos naturales y reafirmaba su ascendencia sobre los países pobres reforzando las ataduras imperiales con el crecimiento fraudulento del endeudamiento externo, primero con la mecánica de los “autopréstamos”, y luego con la estatización de la deuda privada.
Por eso es que la dictadura militar que comenzó con el golpe del 76, un golpe de la burguesía y el imperialismo para mantener su dominación y acrecentar su poderío y sus ganancias, duró lo que debía durar para dejar asegurada la dominación burguesa con la vigencia del capitalismo y, por lo tanto, la derrota de las organizaciones revolucionarias.
Cuando tras siete años de represión sistemática, las clases dominantes entendieron que el “peligro” de la revolución estaba sorteado y entendieron que la “lección” dada a las fuerzas populares había sido lo suficientemente disiplinadora como para evitar el reagrupamiento combativo de nuestra clase por la destrucción de este sistema, entonces se propusieron retomar el mecanismo de dominación más fino y sutil que ha encontrado la burguesía para aplacar a nuestro pueblo: la democracia.
No fue el triunfo de una fuerte lucha popular, como sucedió por ejemplo en Nicaragua cuatro años antes, el que “derribó” a la dictadura militar en el 83. De hecho el objetivo burgués de limitar enormemente la lucha combativa de nuestro pueblo había conseguido cierto éxito en ese momento. Lejos de una “revolución democrática” en la que, cómo llegó a plantear algún dirigente trasnochado, se habría conseguido ubicar en el poder al “Kerensky argentino” (por Raúl Alfonsín), la llegada de la democracia en nuestro país (y esto sin desmerecer las valiosas luchas contra la dictadura ni ignorar la crisis interburguesa de la derrota militar en Malvinas) significó sobre todo el fortalecimiento de una burguesía que ya no necesitaba estar con el garrote a la vista para frenar el combate popular, puesto que podía controlar a los trabajadores por medio del perverso juego electoral, el control de la burocracia sindical y la utilización de la represión “legal”.
Claro que el carácter “no revolucionario” de la llegada de la democracia no debe opacar lo ventajoso que es para los actuales militantes aprovechar este período de legalidad burguesa en el cual ciertos derechos de asociación, exposición pública, etc., permiten un mayor debate y una reorganización más veloz de las filas de los revolucionarios, sin olvidar, por supuesto, que el rol de la actual democracia es, justamente, perpetuar las relaciones de explotación y opresión propias de la dominación burguesa, al evitar que se expongan con claridad las contradicciones entre la burguesía y el proletariado que son inherentes al capitalismo y que se explicitan mucho más claramente cuando el estado debe mostrar todos sus dientes para defender a su clase.
El sostenimiento de políticas de estado que sólo significan hambre y miseria para la gran mayoría de nuestro pueblo y que han desmoronado en estos últimos 30 años el salario obrero hasta el punto de mayor diferencia entre el ingreso de ricos y pobres, el empeoramiento de las condiciones de vida y de trabajo con la reforma permanente de las leyes laborales para provecho del empresariado y castigo de nuestra clase, y en última instancia, la continuación de este sistema y sus relaciones de propiedad y explotación, nos hablan siempre de una continuidad entre aquel proceso militar y la actual vida democrática.
Una continuidad que fue ampliamente denunciada cuando los planes antipopulares y entreguistas de la clase dominante argentina llegaron a su apogeo con el menemismo y que hoy intenta ser disimulada nuevamente por la burguesía con un nuevo recurso: el gobierno del progresismo y los “setentistas” remozados. En general en nuestro continente la política para la eliminación de la lucha revolucionaria que fue impulsada por el imperialismo yanqui y que en nuestro país se plasmó en el golpe del 76, encontró continuidad en lo que algunos llamaron la etapa del “neoliberalismo” donde el saqueo de los recursos nacionales y el recrudecimiento de la explotación fueron la norma expandida por gran parte de América Latina, y busca ahora su supervivencia por medio del reciclaje de viejos cuadros quebrados y adaptados al sistema, autoproclamados “progresistas”, que armados de pura demagogia vienen a buscar la permanencia del capitalismo y a frenar la reorganización de un proyecto revolucionario que de por tierra con él.
En Uruguay, por ejemplo, la defensa de una vía “democrática” y “pacífica” ha ubicado a ex guerrilleros reconvertidos en funcionarios pro yanquis como Mujica, dirigentes de un proyecto de hambre y represión cuyo Jefe del Ejército ya está advirtiendo que volverá a los métodos de la dictadura cuando lo encuentre necesario. Y junto a la uruguaya, muchas burguesías han visto en la opción “progresista” la clave para sostener su dominación, anticipándose a la previsible reorganización de fuerzas populares disconformes con este sistema, y enfrentando, en algunos casos, importantes procesos de movilización de masas. Es lo que sucede hoy en Bolivia, donde el MAS de Evo Morales y el ex guerrillero Chato Peredo intentan llevar a vía muerta la lucha popular.
También acá, los mismos empresarios que apoyaron el golpe y que se enriquecieron enormemente con Menem, ven ahora en el “hijo de las madres de Plaza de Mayo” el mejor protector de sus negocios. Los planteos demagógicos y simbólicos sobre DDHH han sido la mejor presentación del “montonero” Kirchner para avanzar aún más contra la clase obrera y el pueblo con medidas de ajuste y represión que garantizan el enriquecimiento del empresariado nacional y extranjero, y el giro creciente de millones de dólares para las arcas del imperialismo mediante el pago permanente de la deuda externa.
De este modo, con cada preso político y cada gatillo fácil, con cada ajuste al obrero por medio de la inflación y la precarización, con cada nuevo golpe de este gobierno a nuestra clase, se reafirma la continuidad de una política de estado que defiende sostenidamente a la burguesía y el imperialismo, y cobra por eso mismo cada vez más vigencia la lucha de nuestros compañeros caídos en combate por la transformación de esta sociedad.
La voz de los combatientes que han caído en la lucha revolucionaria en nuestro país está presente en las palabras del Che: “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano extienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria”.
La claridad y actualidad de su pelea nos lleva a recordar una verdad de hierro: a los compañeros caídos no se los llora, se los reemplaza, y a continuar nuestra labor por la recomposición de las fuerzas revolucionarias en nuestro país.
Sabemos que este sistema, sostenido sobre las espaldas de los trabajadores, debe ser derrotado para que esas aspiraciones de transformación sean realmente concretadas y es por eso que nuestra lucha es la misma que tan claramente propusiera el Che: la Revolución Socialista, que ubicará a nuestra clase en el poder.
Por eso es que hoy, a 30 años del golpe que vino a poner freno a la lucha revolucionaria de nuestro pueblo, levantamos las banderas de nuestros compañeros caídos y tomamos como una tarea central el impulso para la organización y lucha de los trabajadores de nuestro país poniendo especial énfasis en la construcción de un Partido Revolucionario de los Trabajadores que asuma la responsabilidad de impulsar hasta el final la lucha por la toma del poder y la instauración del socialismo.
“Si a nosotros -los que en un pequeño punto del mapa del mundo cumplimos el deber que preconizamos y ponemos a disposición de la lucha este poco que nos es permitido dar, nuestras vidas, nuestro sacrificio- nos toca alguno de estos días lanzar el último suspiro sobre cualquier tierra, ya nuestra, regada con nuestra sangre, sépase que hemos medido el alcance de nuestros actos y que no nos consideramos nada más que elementos en el gran ejército del proletariado…” (Ernesto Che Guevara, “Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna”)
“Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo”, decía el Che a fines de los 60 y en ese espíritu crecía y se desarrollaba en nuestro país un combate cada vez más vigoroso contra el sistema y sus caras visibles: los gobiernos civiles y militares, las fuerzas represivas de todo tipo (desde las AAA hasta las FFAA) y la burguesía en su conjunto, tanto nacional como extranjera, quienes apostaban fuertemente a la derrota de la lucha obrera y popular.
Así, la movilización en los años previos al golpe del 76 ubicaba a miles de compañeros en la lucha diaria por la transformación social, tomando parte en el desarrollo sindical (desde comisiones internas, sindicatos, centros de estudiantes, organizaciones barriales, etc.) hasta la lucha estratégica por la toma del poder con organizaciones político militares como el PRT, que emprendieron la lucha revolucionaria por el socialismo.
Junto al sonado fracaso del proyecto peronista para un desarrollo nacional independiente, las organizaciones políticas que se entregaban al combate por el socialismo crecían, al tiempo que surgían nuevos nucleamientos, planteando una perspectiva revolucionaria para ese proceso de lucha. El temor y la previsión del imperialismo y sus socios locales los llevaría a dar el golpe más duro posible a nuestro pueblo para que abandonara la lucha por la transformación social: el golpe militar de 1976.
Esta embestida contrarrevolucionaria de la burguesía, que en nuestro país se llevó a 30.000 compañeros desaparecidos y que ha sido repetida con formas similares en numerosos países latinoamericanos (siempre bajo la dirección del imperialismo yanqui), tenía un claro objetivo: frenar la lucha revolucionaria de los trabajadores y amplios sectores del pueblo para garantizar así el sostenimiento de la burguesía en el poder y, con ella, de todo un sistema basado en la explotación sobre nuestra clase, que se expresa a diario en penurias permanentes para la enorme mayoría de nuestro pueblo.
Para vivir como parásitos de la sangre de los trabajadores argentinos, la burguesía criolla (que al igual que hoy se organizaba en nucleamientos como la CGE o la UIA) apostó fuerte al triunfo del golpe, lo que le permitiría ver crecer sus ganancias gracias a los mayores niveles de explotación que conquistó con la desorganización y gran limitación para la acción con que quedó el movimiento obrero y revolucionario. Así, la burguesía nacional a coro saludaba los nuevos rumbos de la política argentina por medio de comunicados y enormes solicitadas en medios de amplia difusión, al tiempo que se encargaba de entregar a los activistas sociales y sindicales que osaran continuar la lucha.
El imperialismo, junto al empresariado local, garantizaba su supervivencia por medio del plan de exterminio de las organizaciones revolucionarias y fuerzas populares que desarrolló por el continente entero, mientras agrandaba sus bolsillos por medio del saqueo de los recursos naturales y reafirmaba su ascendencia sobre los países pobres reforzando las ataduras imperiales con el crecimiento fraudulento del endeudamiento externo, primero con la mecánica de los “autopréstamos”, y luego con la estatización de la deuda privada.
Por eso es que la dictadura militar que comenzó con el golpe del 76, un golpe de la burguesía y el imperialismo para mantener su dominación y acrecentar su poderío y sus ganancias, duró lo que debía durar para dejar asegurada la dominación burguesa con la vigencia del capitalismo y, por lo tanto, la derrota de las organizaciones revolucionarias.
Cuando tras siete años de represión sistemática, las clases dominantes entendieron que el “peligro” de la revolución estaba sorteado y entendieron que la “lección” dada a las fuerzas populares había sido lo suficientemente disiplinadora como para evitar el reagrupamiento combativo de nuestra clase por la destrucción de este sistema, entonces se propusieron retomar el mecanismo de dominación más fino y sutil que ha encontrado la burguesía para aplacar a nuestro pueblo: la democracia.
No fue el triunfo de una fuerte lucha popular, como sucedió por ejemplo en Nicaragua cuatro años antes, el que “derribó” a la dictadura militar en el 83. De hecho el objetivo burgués de limitar enormemente la lucha combativa de nuestro pueblo había conseguido cierto éxito en ese momento. Lejos de una “revolución democrática” en la que, cómo llegó a plantear algún dirigente trasnochado, se habría conseguido ubicar en el poder al “Kerensky argentino” (por Raúl Alfonsín), la llegada de la democracia en nuestro país (y esto sin desmerecer las valiosas luchas contra la dictadura ni ignorar la crisis interburguesa de la derrota militar en Malvinas) significó sobre todo el fortalecimiento de una burguesía que ya no necesitaba estar con el garrote a la vista para frenar el combate popular, puesto que podía controlar a los trabajadores por medio del perverso juego electoral, el control de la burocracia sindical y la utilización de la represión “legal”.
Claro que el carácter “no revolucionario” de la llegada de la democracia no debe opacar lo ventajoso que es para los actuales militantes aprovechar este período de legalidad burguesa en el cual ciertos derechos de asociación, exposición pública, etc., permiten un mayor debate y una reorganización más veloz de las filas de los revolucionarios, sin olvidar, por supuesto, que el rol de la actual democracia es, justamente, perpetuar las relaciones de explotación y opresión propias de la dominación burguesa, al evitar que se expongan con claridad las contradicciones entre la burguesía y el proletariado que son inherentes al capitalismo y que se explicitan mucho más claramente cuando el estado debe mostrar todos sus dientes para defender a su clase.
El sostenimiento de políticas de estado que sólo significan hambre y miseria para la gran mayoría de nuestro pueblo y que han desmoronado en estos últimos 30 años el salario obrero hasta el punto de mayor diferencia entre el ingreso de ricos y pobres, el empeoramiento de las condiciones de vida y de trabajo con la reforma permanente de las leyes laborales para provecho del empresariado y castigo de nuestra clase, y en última instancia, la continuación de este sistema y sus relaciones de propiedad y explotación, nos hablan siempre de una continuidad entre aquel proceso militar y la actual vida democrática.
Una continuidad que fue ampliamente denunciada cuando los planes antipopulares y entreguistas de la clase dominante argentina llegaron a su apogeo con el menemismo y que hoy intenta ser disimulada nuevamente por la burguesía con un nuevo recurso: el gobierno del progresismo y los “setentistas” remozados. En general en nuestro continente la política para la eliminación de la lucha revolucionaria que fue impulsada por el imperialismo yanqui y que en nuestro país se plasmó en el golpe del 76, encontró continuidad en lo que algunos llamaron la etapa del “neoliberalismo” donde el saqueo de los recursos nacionales y el recrudecimiento de la explotación fueron la norma expandida por gran parte de América Latina, y busca ahora su supervivencia por medio del reciclaje de viejos cuadros quebrados y adaptados al sistema, autoproclamados “progresistas”, que armados de pura demagogia vienen a buscar la permanencia del capitalismo y a frenar la reorganización de un proyecto revolucionario que de por tierra con él.
En Uruguay, por ejemplo, la defensa de una vía “democrática” y “pacífica” ha ubicado a ex guerrilleros reconvertidos en funcionarios pro yanquis como Mujica, dirigentes de un proyecto de hambre y represión cuyo Jefe del Ejército ya está advirtiendo que volverá a los métodos de la dictadura cuando lo encuentre necesario. Y junto a la uruguaya, muchas burguesías han visto en la opción “progresista” la clave para sostener su dominación, anticipándose a la previsible reorganización de fuerzas populares disconformes con este sistema, y enfrentando, en algunos casos, importantes procesos de movilización de masas. Es lo que sucede hoy en Bolivia, donde el MAS de Evo Morales y el ex guerrillero Chato Peredo intentan llevar a vía muerta la lucha popular.
También acá, los mismos empresarios que apoyaron el golpe y que se enriquecieron enormemente con Menem, ven ahora en el “hijo de las madres de Plaza de Mayo” el mejor protector de sus negocios. Los planteos demagógicos y simbólicos sobre DDHH han sido la mejor presentación del “montonero” Kirchner para avanzar aún más contra la clase obrera y el pueblo con medidas de ajuste y represión que garantizan el enriquecimiento del empresariado nacional y extranjero, y el giro creciente de millones de dólares para las arcas del imperialismo mediante el pago permanente de la deuda externa.
De este modo, con cada preso político y cada gatillo fácil, con cada ajuste al obrero por medio de la inflación y la precarización, con cada nuevo golpe de este gobierno a nuestra clase, se reafirma la continuidad de una política de estado que defiende sostenidamente a la burguesía y el imperialismo, y cobra por eso mismo cada vez más vigencia la lucha de nuestros compañeros caídos en combate por la transformación de esta sociedad.
La voz de los combatientes que han caído en la lucha revolucionaria en nuestro país está presente en las palabras del Che: “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ese, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano extienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria”.
La claridad y actualidad de su pelea nos lleva a recordar una verdad de hierro: a los compañeros caídos no se los llora, se los reemplaza, y a continuar nuestra labor por la recomposición de las fuerzas revolucionarias en nuestro país.
Sabemos que este sistema, sostenido sobre las espaldas de los trabajadores, debe ser derrotado para que esas aspiraciones de transformación sean realmente concretadas y es por eso que nuestra lucha es la misma que tan claramente propusiera el Che: la Revolución Socialista, que ubicará a nuestra clase en el poder.
Por eso es que hoy, a 30 años del golpe que vino a poner freno a la lucha revolucionaria de nuestro pueblo, levantamos las banderas de nuestros compañeros caídos y tomamos como una tarea central el impulso para la organización y lucha de los trabajadores de nuestro país poniendo especial énfasis en la construcción de un Partido Revolucionario de los Trabajadores que asuma la responsabilidad de impulsar hasta el final la lucha por la toma del poder y la instauración del socialismo.