El frente de liberación nacional se constituyó como un acuerdo unitario, principalmente en las colonias africanas o asiáticas, para enfrentar la opresión y dominación extranjera. El proyecto político acordado por estos frentes fue la “liberación nacional” ante una potencia imperialista y no el socialismo. Por eso mismo en estos frentes han participado, apoyado y dirigido, tanto los trabajadores y demás sectores oprimidos de esos países, como sectores oligárquicos, empresarios, banqueros, comerciantes y políticos burgueses.
Es evidente la legitimidad de los frentes de liberación en los países ocupados por el
imperialismo, puesto que estos se proponen una lucha justa para expulsar a los invasores en defensa de su libre autodeterminación. Igualmente evidente es el hecho de que esta lucha de resistencia no puede ser considerada por sí misma como un proyecto revolucionario para la derrota del capitalismo.
Aún así, en el marco de las luchas anticoloniales han existido ejemplos históricos en donde los militantes comunistas, gracias a su perseverancia y consecuencia en el combate a la ocupación extranjera, se han ubicado al frente de la resistencia nacional. Vietnam es el caso paradigmático: allí los comunistas encabezaron la lucha del pueblo que resistió heroicamente y venció a franceses y norteamericanos. En el marco de esa lucha promovieron la conformación de un frente de liberación nacional al cual se integraron enormes masas populares y cuya dirección estuvo siempre e indiscutidamente a cargo del PC y su líder Ho Chi Min. Con ese poder político y militar que significaba contar con el amplio apoyo de trabajadores y campesinos, los comunistas pudieron llevar su lucha no sólo contra el enemigo extranjero, sino también contra los explotadores locales, conquistando el poder político y planteando la construcción del socialismo en Vietnam. Ese gran paso fue el fruto, no de un acuerdo, sino, por el contrario, de la independencia frente a la burguesía local y finalmente del enfrentamiento contra ella.
En América Latina, el planteo de frente de liberación nacional fue tomado con fuerza desde los años '60 en adelante, en gran medida bajo la influencia de los frentes de liberación nacional de Argelia y Vietnam. Esto sucedía en países semicoloniales, es decir atrasados y económicamente dependientes del imperialismo, aunque formalmente independientes en materia política y militar (y no bajo la ocupación extranjera, característica de los países coloniales). En este nuevo marco, el frente de liberación nacional consistió habitualmente en un planteo de lucha contra los sectores más reaccionarios de la burguesía local y sus gobiernos dictatoriales, con la expectativa de reestablecer un régimen democrático parlamentario que efectuara medidas progresivas de carácter social y político, aunque siempre en el marco del capitalismo.
Para el ascenso de este proyecto de capitalismo pretendidamente “nacional”, “democrático” y “antiimperialista”, fue importante el peso del populismo latinoamericano (el peronismo en nuestro país), que influyó en el surgimiento de numerosos grupos nacionalistas, dispuestos en muchos casos a la confrontación contra las dictaduras y sus aparatos de represión. Y fue significativo además que, mientras varios de estos movimientos nacionalistas aparecían confrontando con los gobiernos de turno (aunque con una perspectiva no revolucionaria sino capitalista), una parte de la izquierda que reivindicaba el socialismo (y no simplemente la liberación nacional), se mantenía en el más lamentable pacifismo.
Hubo otros sectores de la izquierda que, siguiendo el ejemplo de la revolución cubana y del Che Guevara, asumieron desde entonces la responsabilidad de impulsar el combate contra la burguesía y su estado para tomar el poder y construir el socialismo.
Pero también, en oposición a esa perspectiva, se desarrollaría el planteo stalinista de la alianza de clases, coincidiendo con los grupos nacionalistas en la convocatoria a un frente de liberación nacional. Aquí existió cierto influjo del maoísmo que, en pleno período de confrontación con la URSS, buscaba mostrarse como combativo y llegó a apoyar expresiones de lucha por el poder, promoviendo la adopción de su programa de “revolución democrática, popular y antimperialista”. Y existió, sobre todo, una creciente influencia del stalinismo de origen soviético. que entró por la puerta que le abrió la dirección cubana hacia finales de los ´60, cuando ésta se orientó definitivamente hacia la URSS y se hizo cada vez más afín a las concepciones políticas de los herederos de Stalin(1).
El sostén teórico de esta propuesta era, una vez más, la concepción etapista de la historia, según la cual el socialismo sería una etapa a la que se llegaría luego de que se constituyera un capitalismo plenamente desarrollado, al cual debía antecederle, a su vez, una etapa feudal. Para que esta teoría pudiera tener entrada, se definió a los países latinoamericanos no como países capitalistas atrasados y dependientes (como realmente eran y son), sino como “feudales” (es decir, no capitalistas), o bien “semi-feudales”. Esta teoría, planteada con absoluta claridad por los partidos y dirigentes de los PC, tenía también sus consecuencias bien claras: los trabajadores y el pueblo pobre no debían luchar ahora por el socialismo, sino por un capitalismo pleno, desarrollado y democrático, y debían hacerlo junto a las “fuerzas progresistas, democráticas y antiimperialistas”, es decir, junto a la burguesía nacional y los partidos burgueses “democráticos”. Era admisible acudir a los más avanzados métodos de lucha siempre y cuando fuera para “acabar con el feudalismo” y conquistar el capitalismo. Por eso se hablaba de “revolución”, pero no de “socialismo”, pues los trabajadores no debían dar impulso a la revolución socialista, sino a una “revolución democrática” por la “liberación nacional”.
El frente de liberación nacional se constituía así en la fórmula práctica de la alianza de clases. Para su conformación era indispensable buscar el apoyo de las burguesías locales y, por supuesto, subordinar a ellas el programa revolucionario del socialismo. Así, todo el planteo político del stalinismo iba a contramano de las conclusiones a las que había llegado el Che Guevara, el más destacado revolucionario de esa generación e indiscutido dirigente antiimperialista, quien en 1967 afirmaba: “Las burguesía autóctonas han perdido toda capacidad de enfrentar al imperialismo, si alguna vez la tuvieron, y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución”.
Para defender el frente de liberación nacional, esta camada de dirigentes del stalinismo acudió al ejemplo vietnamita al que pusieron como “modelo”, llegando a plantear que, como en Vietnam, también la revolución debía sostenerse en la tríada de un partido, un ejército popular y un frente de liberación nacional. Así, la heroica lucha del pueblo de Vietnam por la que se había alcanzado el poder de los trabajadores era trocada por una fórmula (frente de liberación nacional) que servía como excusa para legitimar una alianza con la burguesía, y cuyo norte era la conformación de un nuevo gobierno capitalista.
En medio de este manoseo de tácticas y estrategias revolucionarias se omitía, por supuesto, que entre las realidades de Vietnam y las latinoamericanas había una enorme distancia. Allá, un pueblo, curtido tras décadas de lucha contra la ocupación, había dado su apoyo a la dirección comunista por su mérito al frente del combate anticolonial, sumándose a sus organismos de masas (frente de liberación nacional) y siguiéndolo en las tareas revolucionarias contra la misma burguesía local con la toma del poder y la declaración del socialismo. Acá, en cambio, en países formalmente libres, donde los sectores más avanzados iniciaban una lucha para transformar las condiciones de vida intentando sumar a las masas para la revolución, los stalinistas planteaban, como condición para dar impulso a esa lucha, la inclusión de la burguesía nacional y de sus defensores, los grupos nacionalistas, para luchar juntos por un capitalismo pleno e independiente… dejando para otra etapa el socialismo.
De esta forma, el frente de liberación nacional que fue promovido en los '60, '70 y '80 se constituía como una nueva expresión de alianza de clases, en la cual todos aquellos que luchaban por el poder del estado, ya habían condicionado el futuro de esa lucha, garantizándole a la burguesía que no se avanzaría hacia el socialismo, es decir, que no habría expropiación y que, por lo tanto, no se rompería con las relaciones de producción y explotación propias del sistema actual.
Así, bajo el eufemismo de “unidad de todos los que se oponen al imperialismo”, esta corriente proburguesa planteaba la unidad con las burguesías autóctonas, exactamente lo contrario a lo que había promovido el Che en su célebre “Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna” (2).
(1) Sobre las posiciones de la dirección cubana, su paulatino corrimiento de la defensa de la concepción de revolución socialista y su acercamiento a la dirección de Moscú hemos escrito anteriormente, por ejemplo en “cuba: contra la restauración capitalista. Vigencia del pensamiento de Guevara”, en Revista El Revolucionario Nº1, 2008, disponible en http://elrevolucionario-otr.blogspot.com.
(2) Ernesto Che Guevara, Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, 1967.
Es evidente la legitimidad de los frentes de liberación en los países ocupados por el
imperialismo, puesto que estos se proponen una lucha justa para expulsar a los invasores en defensa de su libre autodeterminación. Igualmente evidente es el hecho de que esta lucha de resistencia no puede ser considerada por sí misma como un proyecto revolucionario para la derrota del capitalismo.Aún así, en el marco de las luchas anticoloniales han existido ejemplos históricos en donde los militantes comunistas, gracias a su perseverancia y consecuencia en el combate a la ocupación extranjera, se han ubicado al frente de la resistencia nacional. Vietnam es el caso paradigmático: allí los comunistas encabezaron la lucha del pueblo que resistió heroicamente y venció a franceses y norteamericanos. En el marco de esa lucha promovieron la conformación de un frente de liberación nacional al cual se integraron enormes masas populares y cuya dirección estuvo siempre e indiscutidamente a cargo del PC y su líder Ho Chi Min. Con ese poder político y militar que significaba contar con el amplio apoyo de trabajadores y campesinos, los comunistas pudieron llevar su lucha no sólo contra el enemigo extranjero, sino también contra los explotadores locales, conquistando el poder político y planteando la construcción del socialismo en Vietnam. Ese gran paso fue el fruto, no de un acuerdo, sino, por el contrario, de la independencia frente a la burguesía local y finalmente del enfrentamiento contra ella.
En América Latina, el planteo de frente de liberación nacional fue tomado con fuerza desde los años '60 en adelante, en gran medida bajo la influencia de los frentes de liberación nacional de Argelia y Vietnam. Esto sucedía en países semicoloniales, es decir atrasados y económicamente dependientes del imperialismo, aunque formalmente independientes en materia política y militar (y no bajo la ocupación extranjera, característica de los países coloniales). En este nuevo marco, el frente de liberación nacional consistió habitualmente en un planteo de lucha contra los sectores más reaccionarios de la burguesía local y sus gobiernos dictatoriales, con la expectativa de reestablecer un régimen democrático parlamentario que efectuara medidas progresivas de carácter social y político, aunque siempre en el marco del capitalismo.
Para el ascenso de este proyecto de capitalismo pretendidamente “nacional”, “democrático” y “antiimperialista”, fue importante el peso del populismo latinoamericano (el peronismo en nuestro país), que influyó en el surgimiento de numerosos grupos nacionalistas, dispuestos en muchos casos a la confrontación contra las dictaduras y sus aparatos de represión. Y fue significativo además que, mientras varios de estos movimientos nacionalistas aparecían confrontando con los gobiernos de turno (aunque con una perspectiva no revolucionaria sino capitalista), una parte de la izquierda que reivindicaba el socialismo (y no simplemente la liberación nacional), se mantenía en el más lamentable pacifismo.
Hubo otros sectores de la izquierda que, siguiendo el ejemplo de la revolución cubana y del Che Guevara, asumieron desde entonces la responsabilidad de impulsar el combate contra la burguesía y su estado para tomar el poder y construir el socialismo.
Pero también, en oposición a esa perspectiva, se desarrollaría el planteo stalinista de la alianza de clases, coincidiendo con los grupos nacionalistas en la convocatoria a un frente de liberación nacional. Aquí existió cierto influjo del maoísmo que, en pleno período de confrontación con la URSS, buscaba mostrarse como combativo y llegó a apoyar expresiones de lucha por el poder, promoviendo la adopción de su programa de “revolución democrática, popular y antimperialista”. Y existió, sobre todo, una creciente influencia del stalinismo de origen soviético. que entró por la puerta que le abrió la dirección cubana hacia finales de los ´60, cuando ésta se orientó definitivamente hacia la URSS y se hizo cada vez más afín a las concepciones políticas de los herederos de Stalin(1).
El sostén teórico de esta propuesta era, una vez más, la concepción etapista de la historia, según la cual el socialismo sería una etapa a la que se llegaría luego de que se constituyera un capitalismo plenamente desarrollado, al cual debía antecederle, a su vez, una etapa feudal. Para que esta teoría pudiera tener entrada, se definió a los países latinoamericanos no como países capitalistas atrasados y dependientes (como realmente eran y son), sino como “feudales” (es decir, no capitalistas), o bien “semi-feudales”. Esta teoría, planteada con absoluta claridad por los partidos y dirigentes de los PC, tenía también sus consecuencias bien claras: los trabajadores y el pueblo pobre no debían luchar ahora por el socialismo, sino por un capitalismo pleno, desarrollado y democrático, y debían hacerlo junto a las “fuerzas progresistas, democráticas y antiimperialistas”, es decir, junto a la burguesía nacional y los partidos burgueses “democráticos”. Era admisible acudir a los más avanzados métodos de lucha siempre y cuando fuera para “acabar con el feudalismo” y conquistar el capitalismo. Por eso se hablaba de “revolución”, pero no de “socialismo”, pues los trabajadores no debían dar impulso a la revolución socialista, sino a una “revolución democrática” por la “liberación nacional”.
El frente de liberación nacional se constituía así en la fórmula práctica de la alianza de clases. Para su conformación era indispensable buscar el apoyo de las burguesías locales y, por supuesto, subordinar a ellas el programa revolucionario del socialismo. Así, todo el planteo político del stalinismo iba a contramano de las conclusiones a las que había llegado el Che Guevara, el más destacado revolucionario de esa generación e indiscutido dirigente antiimperialista, quien en 1967 afirmaba: “Las burguesía autóctonas han perdido toda capacidad de enfrentar al imperialismo, si alguna vez la tuvieron, y sólo forman su furgón de cola. No hay más cambios que hacer: o revolución socialista o caricatura de revolución”.
Para defender el frente de liberación nacional, esta camada de dirigentes del stalinismo acudió al ejemplo vietnamita al que pusieron como “modelo”, llegando a plantear que, como en Vietnam, también la revolución debía sostenerse en la tríada de un partido, un ejército popular y un frente de liberación nacional. Así, la heroica lucha del pueblo de Vietnam por la que se había alcanzado el poder de los trabajadores era trocada por una fórmula (frente de liberación nacional) que servía como excusa para legitimar una alianza con la burguesía, y cuyo norte era la conformación de un nuevo gobierno capitalista.
En medio de este manoseo de tácticas y estrategias revolucionarias se omitía, por supuesto, que entre las realidades de Vietnam y las latinoamericanas había una enorme distancia. Allá, un pueblo, curtido tras décadas de lucha contra la ocupación, había dado su apoyo a la dirección comunista por su mérito al frente del combate anticolonial, sumándose a sus organismos de masas (frente de liberación nacional) y siguiéndolo en las tareas revolucionarias contra la misma burguesía local con la toma del poder y la declaración del socialismo. Acá, en cambio, en países formalmente libres, donde los sectores más avanzados iniciaban una lucha para transformar las condiciones de vida intentando sumar a las masas para la revolución, los stalinistas planteaban, como condición para dar impulso a esa lucha, la inclusión de la burguesía nacional y de sus defensores, los grupos nacionalistas, para luchar juntos por un capitalismo pleno e independiente… dejando para otra etapa el socialismo.
De esta forma, el frente de liberación nacional que fue promovido en los '60, '70 y '80 se constituía como una nueva expresión de alianza de clases, en la cual todos aquellos que luchaban por el poder del estado, ya habían condicionado el futuro de esa lucha, garantizándole a la burguesía que no se avanzaría hacia el socialismo, es decir, que no habría expropiación y que, por lo tanto, no se rompería con las relaciones de producción y explotación propias del sistema actual.
Así, bajo el eufemismo de “unidad de todos los que se oponen al imperialismo”, esta corriente proburguesa planteaba la unidad con las burguesías autóctonas, exactamente lo contrario a lo que había promovido el Che en su célebre “Crear dos, tres… muchos Vietnam es la consigna” (2).
(1) Sobre las posiciones de la dirección cubana, su paulatino corrimiento de la defensa de la concepción de revolución socialista y su acercamiento a la dirección de Moscú hemos escrito anteriormente, por ejemplo en “cuba: contra la restauración capitalista. Vigencia del pensamiento de Guevara”, en Revista El Revolucionario Nº1, 2008, disponible en http://elrevolucionario-otr.blogspot.com.
(2) Ernesto Che Guevara, Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, 1967.

