Dossier: Entre el antimperilalismo y la alianza de clases
El proceso de lucha encabezado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua es una experiencia de enorme importancia que ha estado cubierta de notables actos de valor y sacrificio de una gran parte del pueblo y de sus organizaciones revolucionarias. Es el caso de una revolución triunfante que, en base a la lucha organizada de los trabajadores y los sectores más postergados del pueblo, llevó, en 1979, a la liquidación del ejército burgués y su sustitución por las filas de los combatientes revolucionarios. Pero Nicaragua es también el caso de una revolución que, apenas 10 años después de la toma del poder, volvió a caer en las manos de la burguesía, llevando a ese país a convertirse en uno de los más miserables del continente. Ante una experiencia tan profunda es preciso hacer, también, un riguroso balance.
La lucha en Nicaragua ha sido una lucha importantísima y aleccionadora. Allí, desde fines de los años '50 numerosos activistas buscaban la forma de darle impulso a la lucha contra el régimen del dictador Somoza. Dirigentes de la talla de Fonseca Amador marcaron un camino de lucha a partir del cual, a principios de la década del '60, se crearon distintas organizaciones político militares que llevarían a la conformación del FSLN.
Desde entonces fueron dos décadas enteras de lucha ininterrumpida contra el gobierno militar, en donde la entrega y el sacrificio de los militantes revolucionarios fueron forjando una fuerza que sería capaz de derrotar a los Somoza, a pesar del fuerte apoyo que tenían por parte de EEUU. La actividad militar de los guerrilleros, iniciada en ámbitos rurales y ampliada luego, a partir de sus propios balances, hacia el enfrentamiento en las ciudades, fue un impulso vital para el movimiento revolucionario, que se sostenía a su vez en la militancia cotidiana que se desarrollaba en lugares de trabajo, escuelas, zonas rurales y barrios urbanos.
Los combatientes del FSLN impulsaron una lucha con la perspectiva de tomar el poder político (en vez de buscar soluciones en el marco de las instituciones del sistema), que fue asumida por enormes masas populares: miles y miles de trabajadores urbanos y rurales, estudiantes y campesinos, se sumaron a la lucha, integrándose en las filas guerrilleras, siendo parte de los grupos de resistencia, colaborando con la logística de la lucha revolucionaria, sumándose a huelgas, movilizaciones y levantamientos insurreccionales…
Así, con esta lucha perseverante, el sandinismo logró la derrota política y militar del régimen y tomó el poder del estado el 19 de julio de 1979, erigiéndose como un enorme ejemplo para todos los explotados del continente. Demostraba, entonces, que es absolutamente posible derrotar a un gobierno antipopular, si los trabajadores y el pueblo pobre se organizan y luchan contra el régimen y su represión hasta conquistar el poder político. El nuevo régimen abría enormes expectativas de transformación social, y tenía, de hecho, la fuerza para hacerlo, puesto que ahora era el pueblo mismo el que se había armado y organizado, y la antigua Guardia Nacional había sido eliminada y sustituida por un nuevo ejército popular formado por los guerrilleros.
El entusiasmo y la participación popular que habían permitido el triunfo revolucionario, marcaron también la predisposición de los años posteriores: la pasión por la transformación social de miles de hombres y mujeres del pueblo inundó por completo este país. Todo el esfuerzo militante para cambiar las condiciones sociales se vio plasmado en el desarrollo de la organización social y el impulso de campañas por la alfabetización, la distribución de la tierra y el mejoramiento de la salud, la vivienda y la educación. Era una enorme gesta que dejaba en evidencia la capacidad del pueblo trabajador para derribar a los gobiernos antipopulares, para vencer a sus fuerzas represivas, para tomar el poder y para organizarse por sí mismo para construir una nueva sociedad.
Pero, además de todo ello, en el devenir posterior a la conquista del poder, la experiencia nicaragüense se convertiría, también, en una lamentable muestra de cómo se puede dilapidar toda la pasión de un pueblo aguerrido que ha luchado por su libertad, cuando esa lucha no es llevada hasta sus últimas consecuencias y, en vez de orientarse hacia la liquidación misma de las relaciones de explotación capitalistas, se limita a establecer un régimen de alianza con la burguesía. Y si una lucha heroica de semejante magnitud hubo de acabar en un gobierno del que formaba parte la burguesía, no fue porque ésta tuviera la fuerza para imponerse (ya que entonces era el pueblo trabajador y campesino el que estaba en condiciones de defender su conquista con las armas en la mano), sino porque ésa era la concepción política dominante en las filas del FSLN: la aspiración a conformar un régimen no socialista, sino nacionalista, que buscara una mayor justicia social pero en el marco del capitalismo, sin expropiar al conjunto de la burguesía, sino sólo a sus sectores más retrógrados como el somocismo.
La revolución nicaragüense es una riquísima experiencia de organización y de lucha y, por lo mismo, un enorme ejemplo, a la vez que una experiencia donde las concepciones políticas dominantes marcaron sus límites y prefiguraron su derrota. Ante ejemplos históricos como éste, que dejan un sinnúmero de enseñanzas, de aciertos y de equivocaciones, todos los que trabajamos para construir el camino de la revolución tenemos la necesidad ineludible de sacar un justo balance que nos permita prepararnos para las luchas que vendrán. En este sentido, la reflexión sobre las experiencias pasadas se ha vuelto problemático desde el momento en que quienes han salido primero a criticar y “autocriticarse” han sido siempre los burgueses vencedores y los renegados que, en el marco de la derrota, buscan justificar el abandono de su militancia, cuando no directamente su paso al lado de los capitalistas.
Como contrapartida se han repetido también los casos en donde la reivindicación de la lucha y la entrega militante de quienes nos antecedieron se transforma, lamentablemente, en una negación de toda reflexión, en un culto a las figuras y organizaciones del pasado, anulando con ello la posibilidad de hacer el necesario balance político que requiere nuestra clase, para que las próximas luchas avancen definitivamente hacia el socialismo. Con esa mirada acrítica se construyó muchas veces una versión de las luchas pasadas, en donde no se veían errores políticos por parte de los combatientes populares, y en cambio toda la razón de las derrotas se le atribuía a una potente acción de la burguesía por medio de golpes de estado o intervenciones norteamericanas.
Es algo que sucedió en el caso de Nicaragua. Allí, tras la toma del poder por el FSLN, el nuevo gobierno fue desgastado fuertemente por el boicot y el ataque que EEUU realizaba por medio de los contras. De hecho, ésa es una situación de la que difícilmente esté exenta alguna revolución en el futuro.
Pero la importancia de la presión yanqui contribuyó, a su vez, a opacar los problemas políticos de la propia revolución. Allí, los dirigentes del FSLN sostenían, como eje de su estrategia política, que era posible y deseable alcanzar un estadio de “liberación nacional” asociados (y no enfrentados) con la burguesía autóctona, en vez de avanzar hacia la expropiación y socialización que permitieran reorganizar la sociedad para el mejoramiento general de las condiciones de vida del pueblo trabajador.
Consecuentemente con la orientación de los frentes de liberación nacional, la posición política de los dirigentes guerrilleros del FSLN consistía en dar impulso a una revolución “popular, democrática y antimperialista”, es decir, una revolución en la que tenían lugar tanto las organizaciones de los trabajadores como las de aquellos sectores de la burguesía que no compartían la política y los negocios con la dictadura gobernante.
Tras el triunfo de la revolución, los dirigentes de este frente de liberación nacional no hicieron más que seguir el curso de sus promesas y objetivos: plantearon la necesidad de conformar un gobierno de “unidad nacional”, en el que el empresariado (llamado “patriótico”) era un actor fundamental y donde, por supuesto, esa burguesía tenía sus representantes. Así, desde que se tomó el poder, en la primera línea de lo que se llamó Gobierno de Reconstrucción Nacional, estaba presente la propia burguesía que, 10 años más tarde, conseguiría la derrota de la revolución, representada, entre otros, en la figura de Violeta Chamorro.
Con este proyecto, y asesorada por los dirigentes cubanos, la dirección del FSLN declaró al mundo que “no sería otra Cuba”, es decir, que no pensaba llevar la revolución hasta la expropiación de la burguesía para garantizar un nuevo tipo de sociedad sin explotación. El régimen defendió la permanencia de la propiedad privada, que fue acompañada por un aumento del tamaño de la propiedad estatal (a lo que llamaban “economía mixta”). Como decía entonces uno de sus dirigentes, el comandante Wheelock: “La salida que levanta el Frente Sandinista no se presenta como liquidadora de los grupos económicos criollos, sino como integradora de los sectores burgueses con opción a participar en la reconstrucción nacional, brindando una oportunidad a los productores privados”.
Como parte integrante de lo que consideraban su “liberación nacional”, los sandinistas evitaron cualquier reminiscencia de socialismo, y, en vez de una dictadura de clase que impulse órganos de decisión para las masas obreras y populares, defendieron la permanencia de la democracia burguesa, suponiendo que la podrían controlar. Pero en 1990, con la segunda elección “democrática”, la burguesía destronó al FSLN por la vía que maneja mejor que nadie. Lo hizo con la candidatura de Chamorro, financiada con millones de dólares aportados por los capitalistas locales y de EEUU, y apelando a cualquier método (como siempre lo ha hecho la burguesía), incluyendo el desabastecimiento y el hostigamiento a la población.
Así, en Nicaragua, el intento de sostener una revolución a medio camino, que tratara de resolver algunos problemas populares, pero sin enfrentar de lleno a la burguesía (sino acordando un proyecto común con ella por medio del frente de liberación nacional), significó una dura derrota para los trabajadores y el pueblo.
Todo esto nos plantea la necesidad de un balance político, en el que debe considerarse que el ejemplo de Nicaragua es demostrativo de que la toma del poder por parte de las organizaciones obreras y populares, la revolución por una nueva sociedad, ha sido y es evidentemente posible. Pero que, para que esa gran lucha no sea derrochada en vano, es imprescindible partir de un proyecto de independencia de clase que permita enfrentar a la burguesía y avanzar con la revolución hacia el socialismo.
El proceso de lucha encabezado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua es una experiencia de enorme importancia que ha estado cubierta de notables actos de valor y sacrificio de una gran parte del pueblo y de sus organizaciones revolucionarias. Es el caso de una revolución triunfante que, en base a la lucha organizada de los trabajadores y los sectores más postergados del pueblo, llevó, en 1979, a la liquidación del ejército burgués y su sustitución por las filas de los combatientes revolucionarios. Pero Nicaragua es también el caso de una revolución que, apenas 10 años después de la toma del poder, volvió a caer en las manos de la burguesía, llevando a ese país a convertirse en uno de los más miserables del continente. Ante una experiencia tan profunda es preciso hacer, también, un riguroso balance.
La lucha en Nicaragua ha sido una lucha importantísima y aleccionadora. Allí, desde fines de los años '50 numerosos activistas buscaban la forma de darle impulso a la lucha contra el régimen del dictador Somoza. Dirigentes de la talla de Fonseca Amador marcaron un camino de lucha a partir del cual, a principios de la década del '60, se crearon distintas organizaciones político militares que llevarían a la conformación del FSLN.Desde entonces fueron dos décadas enteras de lucha ininterrumpida contra el gobierno militar, en donde la entrega y el sacrificio de los militantes revolucionarios fueron forjando una fuerza que sería capaz de derrotar a los Somoza, a pesar del fuerte apoyo que tenían por parte de EEUU. La actividad militar de los guerrilleros, iniciada en ámbitos rurales y ampliada luego, a partir de sus propios balances, hacia el enfrentamiento en las ciudades, fue un impulso vital para el movimiento revolucionario, que se sostenía a su vez en la militancia cotidiana que se desarrollaba en lugares de trabajo, escuelas, zonas rurales y barrios urbanos.
Los combatientes del FSLN impulsaron una lucha con la perspectiva de tomar el poder político (en vez de buscar soluciones en el marco de las instituciones del sistema), que fue asumida por enormes masas populares: miles y miles de trabajadores urbanos y rurales, estudiantes y campesinos, se sumaron a la lucha, integrándose en las filas guerrilleras, siendo parte de los grupos de resistencia, colaborando con la logística de la lucha revolucionaria, sumándose a huelgas, movilizaciones y levantamientos insurreccionales…
Así, con esta lucha perseverante, el sandinismo logró la derrota política y militar del régimen y tomó el poder del estado el 19 de julio de 1979, erigiéndose como un enorme ejemplo para todos los explotados del continente. Demostraba, entonces, que es absolutamente posible derrotar a un gobierno antipopular, si los trabajadores y el pueblo pobre se organizan y luchan contra el régimen y su represión hasta conquistar el poder político. El nuevo régimen abría enormes expectativas de transformación social, y tenía, de hecho, la fuerza para hacerlo, puesto que ahora era el pueblo mismo el que se había armado y organizado, y la antigua Guardia Nacional había sido eliminada y sustituida por un nuevo ejército popular formado por los guerrilleros.
El entusiasmo y la participación popular que habían permitido el triunfo revolucionario, marcaron también la predisposición de los años posteriores: la pasión por la transformación social de miles de hombres y mujeres del pueblo inundó por completo este país. Todo el esfuerzo militante para cambiar las condiciones sociales se vio plasmado en el desarrollo de la organización social y el impulso de campañas por la alfabetización, la distribución de la tierra y el mejoramiento de la salud, la vivienda y la educación. Era una enorme gesta que dejaba en evidencia la capacidad del pueblo trabajador para derribar a los gobiernos antipopulares, para vencer a sus fuerzas represivas, para tomar el poder y para organizarse por sí mismo para construir una nueva sociedad.
Pero, además de todo ello, en el devenir posterior a la conquista del poder, la experiencia nicaragüense se convertiría, también, en una lamentable muestra de cómo se puede dilapidar toda la pasión de un pueblo aguerrido que ha luchado por su libertad, cuando esa lucha no es llevada hasta sus últimas consecuencias y, en vez de orientarse hacia la liquidación misma de las relaciones de explotación capitalistas, se limita a establecer un régimen de alianza con la burguesía. Y si una lucha heroica de semejante magnitud hubo de acabar en un gobierno del que formaba parte la burguesía, no fue porque ésta tuviera la fuerza para imponerse (ya que entonces era el pueblo trabajador y campesino el que estaba en condiciones de defender su conquista con las armas en la mano), sino porque ésa era la concepción política dominante en las filas del FSLN: la aspiración a conformar un régimen no socialista, sino nacionalista, que buscara una mayor justicia social pero en el marco del capitalismo, sin expropiar al conjunto de la burguesía, sino sólo a sus sectores más retrógrados como el somocismo.
La revolución nicaragüense es una riquísima experiencia de organización y de lucha y, por lo mismo, un enorme ejemplo, a la vez que una experiencia donde las concepciones políticas dominantes marcaron sus límites y prefiguraron su derrota. Ante ejemplos históricos como éste, que dejan un sinnúmero de enseñanzas, de aciertos y de equivocaciones, todos los que trabajamos para construir el camino de la revolución tenemos la necesidad ineludible de sacar un justo balance que nos permita prepararnos para las luchas que vendrán. En este sentido, la reflexión sobre las experiencias pasadas se ha vuelto problemático desde el momento en que quienes han salido primero a criticar y “autocriticarse” han sido siempre los burgueses vencedores y los renegados que, en el marco de la derrota, buscan justificar el abandono de su militancia, cuando no directamente su paso al lado de los capitalistas.
Como contrapartida se han repetido también los casos en donde la reivindicación de la lucha y la entrega militante de quienes nos antecedieron se transforma, lamentablemente, en una negación de toda reflexión, en un culto a las figuras y organizaciones del pasado, anulando con ello la posibilidad de hacer el necesario balance político que requiere nuestra clase, para que las próximas luchas avancen definitivamente hacia el socialismo. Con esa mirada acrítica se construyó muchas veces una versión de las luchas pasadas, en donde no se veían errores políticos por parte de los combatientes populares, y en cambio toda la razón de las derrotas se le atribuía a una potente acción de la burguesía por medio de golpes de estado o intervenciones norteamericanas.
Es algo que sucedió en el caso de Nicaragua. Allí, tras la toma del poder por el FSLN, el nuevo gobierno fue desgastado fuertemente por el boicot y el ataque que EEUU realizaba por medio de los contras. De hecho, ésa es una situación de la que difícilmente esté exenta alguna revolución en el futuro.
Pero la importancia de la presión yanqui contribuyó, a su vez, a opacar los problemas políticos de la propia revolución. Allí, los dirigentes del FSLN sostenían, como eje de su estrategia política, que era posible y deseable alcanzar un estadio de “liberación nacional” asociados (y no enfrentados) con la burguesía autóctona, en vez de avanzar hacia la expropiación y socialización que permitieran reorganizar la sociedad para el mejoramiento general de las condiciones de vida del pueblo trabajador.
Consecuentemente con la orientación de los frentes de liberación nacional, la posición política de los dirigentes guerrilleros del FSLN consistía en dar impulso a una revolución “popular, democrática y antimperialista”, es decir, una revolución en la que tenían lugar tanto las organizaciones de los trabajadores como las de aquellos sectores de la burguesía que no compartían la política y los negocios con la dictadura gobernante.
Tras el triunfo de la revolución, los dirigentes de este frente de liberación nacional no hicieron más que seguir el curso de sus promesas y objetivos: plantearon la necesidad de conformar un gobierno de “unidad nacional”, en el que el empresariado (llamado “patriótico”) era un actor fundamental y donde, por supuesto, esa burguesía tenía sus representantes. Así, desde que se tomó el poder, en la primera línea de lo que se llamó Gobierno de Reconstrucción Nacional, estaba presente la propia burguesía que, 10 años más tarde, conseguiría la derrota de la revolución, representada, entre otros, en la figura de Violeta Chamorro.

Con este proyecto, y asesorada por los dirigentes cubanos, la dirección del FSLN declaró al mundo que “no sería otra Cuba”, es decir, que no pensaba llevar la revolución hasta la expropiación de la burguesía para garantizar un nuevo tipo de sociedad sin explotación. El régimen defendió la permanencia de la propiedad privada, que fue acompañada por un aumento del tamaño de la propiedad estatal (a lo que llamaban “economía mixta”). Como decía entonces uno de sus dirigentes, el comandante Wheelock: “La salida que levanta el Frente Sandinista no se presenta como liquidadora de los grupos económicos criollos, sino como integradora de los sectores burgueses con opción a participar en la reconstrucción nacional, brindando una oportunidad a los productores privados”.
Como parte integrante de lo que consideraban su “liberación nacional”, los sandinistas evitaron cualquier reminiscencia de socialismo, y, en vez de una dictadura de clase que impulse órganos de decisión para las masas obreras y populares, defendieron la permanencia de la democracia burguesa, suponiendo que la podrían controlar. Pero en 1990, con la segunda elección “democrática”, la burguesía destronó al FSLN por la vía que maneja mejor que nadie. Lo hizo con la candidatura de Chamorro, financiada con millones de dólares aportados por los capitalistas locales y de EEUU, y apelando a cualquier método (como siempre lo ha hecho la burguesía), incluyendo el desabastecimiento y el hostigamiento a la población.
Así, en Nicaragua, el intento de sostener una revolución a medio camino, que tratara de resolver algunos problemas populares, pero sin enfrentar de lleno a la burguesía (sino acordando un proyecto común con ella por medio del frente de liberación nacional), significó una dura derrota para los trabajadores y el pueblo.
Todo esto nos plantea la necesidad de un balance político, en el que debe considerarse que el ejemplo de Nicaragua es demostrativo de que la toma del poder por parte de las organizaciones obreras y populares, la revolución por una nueva sociedad, ha sido y es evidentemente posible. Pero que, para que esa gran lucha no sea derrochada en vano, es imprescindible partir de un proyecto de independencia de clase que permita enfrentar a la burguesía y avanzar con la revolución hacia el socialismo.