Los Blaquier

En enero de 2001, el diario La Nación publicó una Carta de Lectores firmada por Carlos Pedro Blaquier, abogado, escritor, dueño y director del ingenio azucarero Ledesma, en la que, en plena crisis con récord de desocupación y miseria, el empresario decía: “Los hombres mejor dotados han sido siempre minoría. De todo lo cual resulta que son muchos menos los que están en los sectores más altos de la escala que los que se encuentran más abajo. Pretender eliminar estas desigualdades es ir contra el orden natural de las cosas y desalentaría a los más aptos para realizar la labor creadora del progreso a la que están llamados”. Así, intentaba naturalizar el rol de explotador de unos pocos, y de explotados de la mayoría.

Desde 1970, es quien dirige el emporio que, hace más de un siglo, se instaló en el norte del país para producir azúcar, a fuerza de híper explotación de tobas, wichis, matacos y mocovíes.

Hoy, la empresa Ledesma, además del azúcar y el papel, tiene fuerte presencia en rubros como frutas, jugos cítricos, carne y cereales; factura 2.500 millones de pesos anuales y explota 7.400 personas.

Durante la dictadura, fue notoria su colaboración con el terrorismo de estado. Además de poner a disposición de los militares sus flotas de camiones y sus pistas de aterrizaje, en julio de 1976, apagaron la usina que daba energía eléctrica a la zona de Libertador General San Martín. Durante el apagón, fueron secuestrados más de 400 trabajadores, estudiantes, sindicalistas, profesionales y campesinos, 38 de las cuales permanecen desaparecidos. Los galpones de mantenimiento de la empresa sirvieron como centros de detención y torturas.

Amigo de Julio Cobos, Eduardo Duhalde y Gerardo Morales, como antes lo fue de Juan Perón, y eufórico “cristinista”, porque “pocos gobiernos han defendido tanto a la industria nacional” alterna su vida entre la mansión de 17.000 m2 en San Isidro y los siete yates de la familia, de un valor total de 14 millones de dólares, que se alinean en el atracadero de Punta del Este: uno de cada uno de sus cinco hijos, otro de su mujer y el restante para él.

El año pasado, un periodista de La Nación le preguntó: “¿Cómo se define ideológicamente?”, respondió: “Me defino como empresario”. Luego, el periodista inquirió: “¿No hay un intento de influencia suya en algún candidato presidencial?” y la respuesta fue igual de sincera: “No, tratamos de influir en todos”(1).

Como demostración de su buena relación con el gobierno, meses atrás, en la interna de la UIA, se alineó, junto a Madanes, con el kirchnerismo. Por eso, más allá de que los voceros gubernamentales, como Hugo Yasky, intenten asociar a los Blaquier exclusivamente con la última dictadura militar, hay que insistir en que, como buen capitalista que es, ayer estuvo con la dictadura y hoy es bien kirchnerista.

Blaquier es, en pocas palabras, un prototipo de explotador, bien conciente de que el estado, cualquiera sea el gobierno de turno, está a su servicio.




NOTAS:

1) La Nación, 25 de julio de 2010