El kirchnerismo cumple ocho años: Gobernando contra el pueblo trabajador

El 25 de mayo de 2003, Néstor Kirchner daba inicio al primer gobierno de lo que hoy llamamos “kirchnerismo”, para diferenciarlo de otras variantes del peronismo, como el menemismo o el duhaldismo. Ocho años después, mientras Cristina Fernández planea su reelección, una breve reseña de ambos gobiernos alcanza para ver con claridad el rol que cumplieron para relegitimar la gobernabilidad y garantizar la continuidad de la explotación, represión mediante, montados sobre una exitosa política de cooptación.


Eduardo Duhalde, el “hombre fuerte” del PJ que asumió la presidencia después de la caída de la Alianza UCR-Frepaso y el fracaso de los también peronistas Puerta y Rodríguez Saá, ungió candidato a Néstor Kirchner en 2003. Desde el primer minuto, uno de los principales desvelos del nuevo gobierno fue ganar legitimidad, ya que el abandono de Carlos Menem en el ballotage lo privó de ampliar el magro resultado obtenido en la primera vuelta. Ese desvelo fue de la mano con la necesidad de restablecer la legitimidad de la gobernabilidad democrático-burguesa en su conjunto, alterada durante el proceso que condujo a la rebelión popular del 19 y 20 de diciembre. Así, la primera tarea del kirchnerismo fue recuperar a las cuestionadas instituciones y a su repudiada dirigencia política de la extensa desconfianza simbolizada en el grito “Que se vayan todos” de las movilizaciones de 2001 y 2002.

Bajo la prioridad de acumular consenso y ganar aliados, el discurso de la “transversalidad” sumó apoyos por fuera del aparato peronista, logrando un arco tan heterogéneo que se podía ver juntos, en los actos oficiales, a Hebe Pastor de Bonafini y Estela Barnes de Carlotto con gobernadores radicales, D’Elía, Tumini, banqueros del PC y hasta Aldo Rico. Con el tiempo, algunos se fueron, acusando al gobierno peronista de “pejotizarse”, como si alguna vez hubiera sido otra cosa. Los doblemente conversos fueron pronto reemplazados por otros, muchos, en este último tiempo, cautivados por el “nuevo mito” surgido (y bien aprovechado) después de la muerte de Néstor Kirchner.

En su alianza con la burocracia sindical, acomodaron los huevos en ambas canastas, CGT y CTA, de la mano de Moyano y de Yasky, que jugaron un rol central a la hora de la implementación del ajuste kirchnerista sobre el pueblo trabajador, negociando salarios de pobreza y avalando la condiciones de flexibilización laboral, y que sirvieron, también, alternativamente y según el momento, para aislar y, llegado el caso, perseguir y reprimir, a las expresiones independientes y antiburocráticas de la clase trabajadora.

En lo económico, el kirchnerismo no se cansa de agitar la bandera de la “reactivación económica”, merced a algunos vientos internacionales favorables, que, sumados a las ventajas que los capitalistas locales obtienen de los mecanismos de híper explotación, una mayor extranjerización de la economía y la manipulación de las estadísticas, le permiten afirmar que “el país crece”. Lo que crece, cada día más, son las ganancias de todos esos explotadores, mientras la vida de los trabajadores poco cambia y las escuelas y hospitales se caen a pedazos.

Con su larga lista de ministros de economía especialistas en negociar con los organismos internacionales(1), tanto Néstor como Cristina Kirchner recurrieron a cualquier mecanismo (retenciones, fondos del ANSES, del Banco Central) para agrandar la caja destinada a la deuda externa, con tanto ahínco, que no sólo pagan puntualmente, sino por adelantado.

Del mismo modo que dicen que defienden la soberanía nacional, pero pagan la deuda, sirven al imperialismo con las tropas en Haití, tocan la campanita en Wall Street y sancionan una “ley antiterrorista” tras otra, su especialidad es generar gestos simbólicos, nada costosos, para sostener su imagen de “gobierno nacional y popular”. Con medidas como la asignación familiar, las milanesas, carne o merluza “para todos”, que en realidad no se consiguen nunca o no cuestan lo que se propagandiza, maquillan el empobrecimiento de los trabajadores golpeados por la inflación.

Pese al crecimiento de las luchas obreras, los sueldos se mantienen bien lejos del ritmo de aumento del precio de la canasta básica, inalcanzable tanto para quienes perciben un salario mínimo, como para el que pretende vivir de una jubilación(2). Bien lejos de su propaganda oficial, simbolizada en el sonriente negrero “Don Carlos”, la política kirchnerista hacia la clase obrera ha profundizado el ajuste e incentivado todo tipo de súper explotación, a través de herramientas como los contratos temporarios, la tercerización, las tareas eventuales, el trabajo en negro, el impulso a falsas “cooperativas” y otras formas de precarización que achican los costos patronales y aumentan la tasa de ganancia de los capitalistas.

Con su intervención en las causas contra los genocidas de la dictadura y un discurso inflamado, disimulan que, en estos ocho años, tuvieron más presos políticos (más de 100) y muertes por el gatillo fácil y la tortura que cualquiera desde 1983. Con 12 asesinados en la represión a movilizaciones populares desde 2003(2) (9 en el año 2010), los Kirchner superaron, también en este rubro, a Alfonsín, Menem y Duhalde, y sólo ceden el podio ante los 39 muertos de De La Rúa del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Así, con ajuste, represión y pauperización del pueblo trabajador, el gobierno kirchnerista, hoy encabezado por Cristina Fernández, cumple el rol que la clase capitalista argentina le encomendó hace ocho años.







NOTAS:

1) Roberto Lavagna, Felisa Miceli, Miguel Peirano, Martín Lousteau, Carlos Fernández y Amado Boudou.

2) Actualmente el salario mínimo es de $1.840 y la jubilación mínima de $1.227. Bien lejos de esas cifras, la canasta familiar ronda los $5.000.

3) Luis Cuéllar, Jujuy, 2003. Carlos Fuentealba, Neuquén, 2007. Juan Carlos Erazo, Mendoza, 2008. Facundo Vargas, Pacheco, 2010. Nicolás Carrasco y Sergio Cárdenas, Bariloche, 2010. Mariano Ferreyra, Ciudad de Buenos Aires, 2010. Roberto López y Mario López, Formosa, 2010. Bernardo Salgueiro, Rosemary Chura Puña y Emilio Canaviri Álvarez, Ciudad de Buenos Aires, 2010.