El conflicto en Papel Prensa, así como la decisión del gobierno de anular la licencia de Fibertel, puso sobre todas las primeras planas la disputa entre el kirchnerismo y el Grupo Clarín. Ambos, aliados hasta hace unos pocos años atrás, son los protagonistas hoy de este enfrentamiento de negocios y poder.
De un lado, Clarín, la empresa de medios de comunicación más importante del país, dueña de diarios, radios y canales de televisión, con llegada a todas las provincias, además de ser proveedora de los servicios de internet y televisión por cable. Empresa que, al compás del devenir de sus negocios, ha sabido apoyar a todos y cada uno de los gobiernos nacionales. Así sucedió, por nombrar sólo los casos más recientes, durante el gobierno de Duhalde, gracias al cual Clarín licuó una buena parte de sus deudas, a través de la pesificación. O con su defensa del kirchnerismo, en tiempos en que, por ejemplo, el gobierno de Néstor Kirchner le extendía las concesiones y le permitía la fusión con la otra gran empresa proveedora de televisión por cable, favoreciendo la concentración monopólica que hoy, de forma oportunista, condena.
El Grupo Clarín, en este enfrentamiento con el gobierno, busca posicionarse como abanderado de una supuesta “libertad de prensa”. No es necesario aclarar, que al hablar de “libertad de prensa”, lo que defienden no es otra cosa que la libertad de desarrollar sus negocios. En este caso, el multimillonario negocio de los medios de comunicación.
Por otra parte, detrás de Clarín se ubica casi en pleno la destartalada oposición patronal, que ante su incapacidad actual de hacer frente al kirchnerismo, aprovecha la oportunidad para hacer coro de las propuestas y consignas del grupo de Herrera de Noble. Allí se encontraron, en diferentes momentos, la UCR, el PJ no kirchnerista de Duhalde, De Narváez o Solá, el Partido Socialista, la Coalición Cívica, el GEN, Proyecto Sur… “Me vuelvo loco si me sacan Fibertel”, dijo el oportunista de Pino Solanas en una de las desvergonzadas defensas del Grupo Clarín.
Del otro lado, el kirchnerismo convoca a enfrentar la “dictadura mediática” que, como ya señaláramos, este mismo gobierno peronista contribuyó a fortalecer poco tiempo atrás. La disputa actual, al igual que con la tan propagandizada “ley de medios”, se encuadra dentro del objetivo kirchnerista de construir una estructura mediática adicta, pensando en la campaña para las próximas elecciones de 2011. En ese marco, ya se han creado nuevos diarios, programas televisivos y se han comprado emisoras radiales, ya sea directamente o a través de grupos empresarios afines o, incluso, de burócratas sindicales aliados.
Y a este plan del aparato de propaganda propio, se agrega, desde luego, la perspectiva nada menor de otros grupos empresarios afines al gobierno de participar del millonario negocio de los medios, como se había adelantado sobre el ingreso de las empresas telefónicas que habilitaría la legislación kirchnerista.
Por otra parte, la farsa de la pluralidad que brinda la “libertad de prensa” que ambos dicen defender, queda una y otra vez al desnudo ante la difusión que los medios que unos y otros controlan le dan, por ejemplo, a cada conflicto obrero independiente. Ésta oscila entre el silenciamiento y, cuando esto ya no es posible, la condena explícita, ya sea por interrumpir el tránsito con un corte o una movilización o por impedir la producción durante un paro, lo que evidencia su carácter de clase.
Como sucediera durante el conflicto entre los empresarios del campo y el gobierno kirchnerista, desde ambos bandos se intenta mostrar esta disputa como un hecho central y determinante sobre el futuro de la política nacional. De esta forma, unos y otros convocan a tomar partido en defensa de sus propios intereses.
Se hace necesario, por lo tanto, insistir una vez más sobre esta cuestión: la disputa entre el gobierno y Clarín, no es más que una disputa de negocios y poder entre dos grupos empresarios, hoy enfrentados. Ambos, defensores de los intereses de los capitalistas y enemigos irreconciliables de la clase trabajadora.